Abstract
A political programme: it starts from the irremediable discredit of state institutions and concludes that replacing the politicians is not enough, nor is a politics of “intellectuals” — what is needed is that politics in the old sense not be practised at all, since it is the uses, not the abuses, that corrupt even the best men.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La política que España va a propagar y defender, cuando menos, parte de una idea clara, que es, a la vez, una idea prácticamente nueva. Vamos a ensayar su realización por cuantos medios se hallen a nuestra mano. Si fracasamos en el intento no desmayaremos: volveremos a empezar de nuevo. Una vida noble no es una vida con buen éxito, sino una vida poblada de honrados intentos. Cervantes, nuestro divino y dolorido Cervantes, nos lo dice como en un supremo consejo: «Vale más el camino que la posada». Echemos, pues, a andar pensando que lo que diferencia al nuestro de los demás pueblos europeos no es el número de cosas que en él fracasan, sino el número de cosas que en él no se intentan.
Cerremos los oídos a las conversaciones frívolas y disolventes de cuatro tertulias madrileñas y barcelonesas, que lejos de ser España, la ancha España del sufrir y del esperar, son, a lo sumo, la Oceanía del alma nacional. Se nos acusará —¿cómo no, siendo tan fácil dar al aire vocablos ineptos?— de inaudita petulancia, de hinchada ambición, etcétera, etcétera. Mas nosotros diríamos que una raza entristecida, pero capaz de revivir un día, está ahí esperando palabras y actos de amor, de fuerte amor colectivo. Aguarda demasiado tiempo hace para que nos entretengamos ahora en resolver esas minucias personales. Luego discutiremos. Piensen ustedes de nosotros lo que gusten. Si tuviéramos que resolver algún problema hondo de teoría, de arte, de política, algún delicado conflicto de conciencia, no se nos ocurriría pedir a ustedes la solución. ¿Cómo vamos a preocuparnos ahora de esos juicios sobre nosotros? Buscamos la gran cordialidad española más allá de las tertulias del bien y del mal.
Y la idea, por lo menos clara, de que parte la política de España, consiste sencillamente en sacar la consecuencia de este hecho: el desprestigio irremediable de las instituciones del Estado, especialmente de las instituciones en estricto sentido políticas. Es tal el desprestigio, que cuando un hombre lleno de autoridad ética se acerca no más a una de ellas, al Parlamento por ejemplo, pierde automáticamente a los ojos del pueblo una parte de su peso moral. No digo yo ahora que esto deba ser ni que no deba ser: digo que es así, que así acontece.
Ante ese hecho, el más profundo y el más amplio en la conciencia pública, toda política que, con estas o aquellas tildes lo siga siendo en el viejo sentido de la palabra, no hará sino engrosar el volumen de lo desprestigiado. Nada más absurdo que pensar en arreglarlo todo sustituyendo a la política de unos políticos con la política de otros. Esto es desconocer la densidad de la desconfianza nacional: el político, por lo menos transitoriamente, no podrá llevar, quienquiera que sea, la plenaria esperanza al corazón popular.
No menos absurda sería una política de no políticos. ¿Qué quiere decir esto? Que el Parlamento se llene de otros hombres que balbuceen los mismos lugares comunes dentro del cauce de los mismos reglamentos, obligados a apoyarse en análogos andamiajes de caciquismo: juzgados, policía, gobiernos civiles… No es lo bastante y lo urgente que otros hombres hagan la política, sino que no se haga la política, que no se haga la política. Porque la política, es decir, el ejercicio de las instituciones actuales, es de sobra vicioso para viciar a los hombres mejores. No los abusos son lo peor en España, sino los usos.
Risible fuera proponer como triaca una política de «intelectuales». ¿Qué títulos tienen, mejor dicho, tenemos —puesto que yo, escritor y catedrático, debo incluirme en este nombre que indica un oficio determinado—, qué títulos tenemos para optar a la esperanza del pueblo? ¿Qué tradición gloriosa de nutridos y largos esfuerzos, de triunfos logrados, de ejemplaridad gremial pueden garantizarnos ante la raza? Algunos, contadísimos individuos —como Giner, como Cajal—, son excepciones venerables que en este caso sólo sirven para refrendar la falta de autoridad de los demás, de todos nosotros como corporación. No somos, en efecto, mejores que los políticos.
Recordemos la amonestación de Don Quijote —siempre el divino y dolorido Cervantes—: «Considera, hermano Sancho, que nadie es más que otro mientras no haga más que otro». En cuanto intelectuales, pues, sólo nos toca trabajar y ser humildes.
Todas estas soluciones son compromisos con la vieja política al gusto del siglo XIX: política jurídica y gubernamental, política de Estado, de Parlamento y de Ministerio. Por acción política se entendía exclusivamente ganar votos para sentarse en el Congreso, entrar en un Gabinete o salir de él, gravitar sobre la Gaceta, acosar a los ministros; en el mejor caso, esperarlo todo del Estado y de su ejecutor el Gobierno. Y este ir y venir para tales menesteres, esta… política, ha ocupado y ocupa el centro de la atención pública. Y como ese edificio de fantasmas es lo que más se ve, hemos llegado a creernos fantasmas todos los españoles. ¡Concluya, al fin, la fantasmagoría! La más pobre realidad es preferible: peor aún que ser tullido es ser la sombra de un tullido.
Cambiemos íntegramente la perspectiva: hagamos la otra política, y no la misma con otros hombres. Intentemos que la nación española vuelva las espaldas al Estado español, como a un doméstico infiel. Que dejen de ser las funciones de Estado lo sustantivo. En lugar de ir a los pueblos a pedir votos, id a irritar su pasión colectiva, a incitar su honor urbano, a despertarles la voluntad de vivir su propia vida: hostigad los intereses del obrero y del productor, trabadlos en sindicaciones independientes, prontas a la defensa de sus afanes: despertad en el individuo y en los grupos la ambición de ser fuertes, de ser ricos, de ser suspicaces frente a la autoridad que abusa y el Estado que usa de ellos. Proclamad la supremacía del poder vital —trabajar, saber y gozar— sobre todo otro poder. Aprendamos a esperarlo todo de nosotros mismos y a temerlo todo del Estado. En suma, política de nación frente a política de Estado. ¿Se quiere un maestro y una orientación? Inglaterra, donde el Estado y sus instituciones son un adjetivo y nada más de la nación.
Pero el primer paso había de consistir en hacer de hecho intangible aquel margen legal ya conquistado de derecho por la nación para conducir su vida independientemente del Estado. El Gobierno está en estos días hollando ese derecho, que es el que más nos importa: la libertad de reunión. ¿Por qué? Porque sí, porque le es más cómodo. El Parlamento dedica una de sus sesiones alucinadas a fingir una protesta. Con más o menos energías salvan los jefes parlamentarios su responsabilidad. Pero el derecho de libre reunión no se salva. He aquí el primer paso: encrespar el honor civil de los españoles en una ola de coraje. ¿Cuándo se conseguirá?
La política que España va a propagar y defender, cuando menos, parte de esta idea clara, encinta de minuciosos corolarios: la organización de los españoles frente al Estado español.
Dentro de los estrechos límites que deja la fatal convivencia parlamentaria, algunas nuevas agrupaciones procuran moverse en el sentido de esta política. Pero su obra tiene que ser muy reducida. La labor grande está fuera del Parlamento y del Gobierno. Está en las ciudades, los campos, las costas.
Para ello caminemos de pueblo en pueblo. Sembrándola de las virtudes teologales, recorramos España —si fuese preciso, a pie, y si no fuera por la prisa de rodillas.
España, 12 de febrero de 1915