Abstract

A political comment on parliamentary obstruction: lacking any juridical regulator, it has an almost infallible psychological one — the five obstructing deputies feel backed by liberal opinion. The real obstructionist, he concludes, is Señor Moret. Occasional political journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuenta Lichtenberg, el finísimo burlón alemán, que cierta vez ofrecía en una librería libros nuevos el tendero al parroquiano. —¿Por qué —decía aquél— no se lleva usted esta obra de Cramer? —Porque no me interesa. —Le advierto a usted —insistió el bibliópola— que es un libro imprescindible. —¿Cómo imprescindible? —Sí, señor; sin este libro no puede usted entender una sola línea de las odas de Klopstock. —Bueno —repuso el parroquiano—, es que yo no leo las odas de Klopstock.

Meditando acerca de este negocio de la obstrucción, que tanto traen y llevan, nos hemos acordado cien veces de la parábola referida. Quisiéramos formar en nuestra intimidad un juicio medianamente recto sobre la obstrucción parlamentaria. ¿Es lícita? ¿Es fecunda? ¿Es posible? Pero ocurre que todas estas preguntas tiene que quedar sin respuesta lógica. Porque si algún demiurgo favorable hubiera gobernado según nuestro gusto las andanzas españolas en los últimos meses, no habría llegado el caso de la obstrucción. Esto es una perogrullada, ¿no es cierto? Mas camina este alma nuestra por tales trances, que hoy sería Perogrullo el más significado heterodoxo.

La votación es derecho de las mayorías, reales o relativas; la obstrucción acaso sea el derecho de las minorías. Pero un derecho no es nunca un capricho: la obstrucción es uno de los barrios bajos de la legalidad parlamentaria, rayano con el libre campo extralegal. Carece, pues, de regulador jurídico y es decididamente un derecho al abuso justo; en el organismo legislativo, todo él armónico y homogéneo, representa el cuerpo extraño, inorgánico, bruto, que tapona el corazón e impide la fluencia salutífera del manadero legal. Pero si la obstrucción, como límite de los medios legales, no tiene un regulador jurídico que, merced al procedimiento de encaje, determine cuándo es lícita y cuándo no, tiene un regulador muy exacto, casi infalible y automático: un regulador psicológico.

Y si no, mírese el caso presente: cinco diputados de la extrema izquierda, que vienen a formar una Oceanía parlamentaria, deciden hacer la obstrucción, deciden abusar de la letra legal. ¿Quiere esto decir que abusen del espíritu? ¿Dónde se abrevan de energía para, solos y señeros, oponerse y atascar el raudal legislativo? Sus electores son harto poco numerosos para que constituyan un resonador bastante de su acción. ¿Los republicanos en general? Tampoco: buena parte de republicanos, los más graves, se apartan de ellos. Y, sin embargo, esos cinco hombres de corazón obstruccionista sienten una recia solidaridad con el ambiente externo al Parlamento. En cuanto es posible hablar de esa vaga cosa que llaman opinión, bien claro es que les apoya una briosa fuerza de opinión. Y cabe precisar más: los apoya la opinión liberal íntegramente.

No queremos hoy hablar del proyecto de ley de Administración local; notemos sólo el hecho de que los liberales —por lo menos los liberales no diputados— se obstinan en no querer tal ley. Si no fuera así, los cinco diputados enhiestos habrían desaparecido de sobre la haz parlamentaria: andarían mohínos y turbados, en vez de heroicos y altivos. El regulador psicológico de las obstrucciones ha marcado su decisión: los obstruccionistas se sienten tácitamente investidos de una representación especial, y acaso una divinidad se ha llegado a sus corazones y los ha ungido por un momento como hombres simbólicos del liberalismo español.

Si las andanzas españolas hubieran marchado más discretamente en las últimas semanas, el partido liberal y su jefe, el señor Moret, habrían ofrecido al liberalismo garantía suficiente de que el proyecto no llegaría a madurar en ley. Entonces no habría habido obstrucción: las minorías progresistas de la Cámara, compaginadas en un bloque sin porosidades, habrían significado mayoría relativa, y una votación tranquila y corriente habría bastado. Pero no ha sido así: el señor Moret no conoce bien los deberes que le fueron impuestos al elegirlo como guarda y sustentador del Santo Grial progresista. Parece decidido a raer del alma española los postreros líquenes de liberalismo que aun no agarran a este ánima granítica. Y él, el señor Moret, es el verdadero obstruccionista: los cinco diputados feroces son no más que las víctimas inocentes, instrumentos del Destino.

Por lo demás, quisiéramos haber visto más nombres en esa lista de obstrucción. Será ésta —convencidos de ello estamos— una lamentable necesidad, una inelegancia; pero, en ocasiones, es deber de una ilustre humildad que nos someta a acciones desgarbadas. El señor Azcárate y el señor Álvarez acostumbran pecar de narcisismo parlamentario; míranse en el espejo de sí mismos a toda hora, y aguardan a intervenir cuando hay lugar para las espléndidas o irreprochables posturas. Como el filósofo Aristipo, no filosofan sino cuando los llevan en litera. Son uno y otro harto dandies para ser bastante demócratas. Para probar el rancho es preciso meterse en filas, y hay a veces que exponer la propia fama a fin de que no peligre el porvenir de una idea. Los señores Azcárate y Álvarez suelen cultivar con excesivo ahínco cierta forma del gubernamentalismo y de la gravedad pseudo-científica que consiste en tomar posturas equívocas y en rehuir los instantes en que se combate oscuramente, cuerpo a cuerpo. Antójasenos esta palabra —«gubernamentalismo»— considerablemente hueca y sin contenido; de todas suertes, estamos muy ciertos de que no significa nada frente a la sinceridad y el sacrificio.

Y de una y otra cosa es ahora la sazón. La guerra obstruccionista no es la más bella ni la más fructífera. ¡Cómo andarán de torcidas las cosas en nuestra tierra, que acaso, acaso, tengamos que loar en ella un episodio nacional!

Faro, 5 de abril de 1908