Abstract
Through the figure of Rubín de Cendoya, Ortega distinguishes political thinking — which produces useful, effective ideas — from thinking the truth, and calls it inward lying to take the useful for the true. There follows a conversation about the “restorative” spirit rising in continental Europe.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Rubín de Cendoya, místico español, descubrió un día no lejano que se había entregado excesivamente a la política. Su espíritu, siguiendo la exigencia de la época, había llegado a contraer el hábito de no pensar sino políticamente. Esto era muy grave. La política es el mundo de la eficacia. Todo lo que no es eficaz es impolítico. Pensar políticamente no es, pues, pensar la verdad, sino, más bien, producir ideas que muevan los ánimos de las gentes en un sentido o en otro, ideas oportunas y estratégicas cuyo valor no yace en sí mismas, sino en sus efectos externos y mecánicos. ¿Cómo no reconocer que este uso del intelecto es pasajeramente benéfico? Pero a la larga contrae la mente el vicio más grave que puede imaginarse: la propensión a mentir. ¿Pues qué otra cosa es mentir que pensar utilitariamente, en vista de una ventaja, de un efecto que se quiere obtener?
La definición del catecismo no es satisfactoria: «decir lo contrario de lo que se piensa». Ésta es sólo la forma más grosera de la mentira: la exterior. Es sólo el decir la mentira, y claro está que, antes de decirla, hubo que pensarla. He aquí la mentira íntima, la gravísima. ¿Cómo describir su esencia en muy pocas palabras? El pensamiento, contra lo que afirmaba el óptimo Donoso Cortés, sólo piensa la verdad, unas veces mayor, otras menor. Cuando pretendemos conseguir algo nos ocurren algunas ideas que son verdaderamente útiles para lograr aquella intención nuestra. Pues tal vez consista la mentira en que al ocurrírsenos una cosa verdaderamente útil, pensemos que, aun aparte de su utilidad, es verdadera.
Al que sólo piensa políticamente, sólo le ocurren ideas útiles, y al darlas a los demás o tomarlas él mismo, de buena fe, como verdades, vive en perpetua falsificación. Si desde el Parlamento hasta el jirón doméstico no existe en un país más ejercicio normal que la política, se corre el peligro de que, a poco, se respire una atmósfera intelectual compuesta únicamente de falsificaciones ideológicas.
Convencido de esto, se propuso Rubín de Cendoya huir, por lo menos a ratos, de esa nociva aspiración a la eficacia y sostuvo con sus amigos conversaciones inútiles, de levantada superfluidad, en que se hablaba de las cosas sin más intención que contemplarlas bajo su aspecto más verdadero. Eran, como suele decirse, conversaciones de Puerta de Tierra.
—Para los que no cuentan más de cincuenta años —comenzó el otro día—, ofrece ahora la Europa continental un fenómeno curioso y que hasta ahora no habían tenido ocasión de observar. Me refiero al espíritu restaurador que comienza a levantarse por dondequiera en esta «llanura ancha», que es, según algunos, el sentido original de la palabra Europa.
—¿Cómo? ¿Cree usted que la política inglesa vigente sea restauradora?
—Yo no conozco bien la intimidad, los fermentos soterráneos de la vida inglesa, y la restauración a que me refiero anda todavía por dentro de los corazones; me hallo, pues, dispuesto a abrir una excepción en su favor. Tal vez Inglaterra sienta hoy, con mayor poder que nunca, los apetitos progresistas, mientras Francia, Alemania e Italia se entregan al sentimentalismo de la restauración. La condición isleña de Inglaterra ha solido dirigir sus destinos por sendas siempre contradictorias de las que seguía el resto de Europa y su historia ha sido, desde el punto de vista continental, un perpetuo anacronismo.
—¿Y dónde descubre usted ese afán restaurador de las demás potencias?
—Aunque secreto en lo esencial, comienza ya a enviar al exterior algunas manifestaciones, que son ciertamente las menos importantes y decisivas. Pero tiene usted, por lo pronto, el hecho de que en Inglaterra, donde apenas existía organización socialista, es donde más cantidad de socialismo se va instaurando, al paso que en Francia, Alemania e Italia, donde el socialismo posee enormes cuerpos disciplinados, triunfa una política digna de los reyes por la gracia de Dios. Éste es un hecho que pone de manifiesto hasta qué punto son limitadas las fuerzas de la llamada fuerza política.
—¿De manera que le parece a usted desdeñable la fuerza de tres millones de socialistas como hay en Alemania?
—Yo no la desdeño, amigo mío; la respeto, afecciono y admiro; pero ¡ahí tiene usted lo que son las cosas!, la realidad, la terrible realidad se muestra con ella bastante desdeñosa.
—¡Pues es incomprensible!
—Veo que le cuesta a usted mucho trabajo creer en la inocuidad de los tres millones de socialistas dentro de la política efectiva del Imperio, y, sin embargo, es así. Aquí tengo en el bolsillo el número de hoy de Le Temps, donde se copian unos párrafos de un artículo oficioso publicado en una revista oficiosa, verdaderamente representativa del espíritu medio alemán. El artículo comienza así: «En la persecución de nuestra política exterior hemos llegado a temer hoy menos la ausencia de patriotismo que las exageraciones de este sentimiento. Tememos menos a los que quieren, como en otro tiempo Bamberger y Windthorst, contrariar los pasos vigorosos del gobierno, que los que se obstinan en fijar a nuestra política remotos fines inaccesibles o comprometedores». Como ve usted, el gobierno imperialista del Imperio, no sólo no teme a los socialistas, sino que éstos no le sirven siquiera para retener a los más papistas que el Papa.
—No conocía ese dato.
—Cuantos quiera hallará usted. Alemania mueve sus músculos en el ámbito histórico exactamente lo mismo que los movería si no existieran socialistas. Lo que en favor del obrero haga y lo que en favor del aristócrata de alma angosta y terca deje de hacer, se debe a cierta presión ambiente de las convicciones básicas, generales a la época, independiente de la presión específica que pretendan ejercer las organizaciones políticas.
—¿Entonces, es que en Alemania no se hace caso de la opinión pública?
—Pues en eso justamente veo yo lo curioso de tal fenómeno social. Las cosas que va haciendo un pueblo ¿quién las quiere? ¿Cómo es posible que un gobierno haga algo contra la opinión pública? ¿No es él mismo creado y sostenido, en una u otra forma, por esa misma opinión? Me parece que esta aparente contradicción nace de que no sabemos bien qué es opinión pública.
—Para mí, es la que se manifiesta en las elecciones legales.
—Lo siento mucho, amigo; para mí es todo lo contrario. La vida parlamentaria significa casi siempre una gesticulación de primer plano, al amparo de la cual sigue su curso la vida profunda y ejecutiva de la nación, muy rara vez coincidente con aquélla. De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública. No me refiero con esta antítesis a los casos anómalos en que un régimen legal torpe da ocasión a las falsificaciones del sufragio. Admito que las oposiciones expresadas en el Parlamento sean las mismas que las formuladas en los meetings, en los Comités electorales, en la Prensa, en las discusiones de café. Pero la opinión pública no es nada de esto. Yo, ciudadano particular, pienso blanco; usted piensa negro: ¿cuál de nuestras opiniones divergentes es la pública?
—La que sea admitida por una mayoría, respondemos los liberales, los socialistas, los socializadores.
—Sin embargo, yo soy también liberal, socialista y socializador; mas no creo que la opinión pública sea la opinión de la mayoría. Se trata, es cierto, al confundir ambas cosas, de una piadosa y necesaria mixtificación. La mayoría es un régimen, es decir, una ficción jurídica por medio de la cual se pone algún cauce a la lucha de las opiniones particulares que aspiran a realizarse. Al través de ella no llegamos nunca a la opinión pública, no salimos de una opinión particular mayor frente a una opinión particular menor. ¿Qué sentido puede tener el que excluyamos de la participación en la opinión pública a la opinión particular menos numerosa?
—¡Pues no entiendo el liberalismo de usted! ¿Cómo se puede ser liberal sin creer en la justicia de la mayoración?
—Realmente es muy difícil, y por eso yo no he dudado nunca de que sea justa, y por eso la considero como un benéfico artificio del derecho. Pero ahora no tratamos de qué opinión deba o no deba en justicia triunfar, sino de qué opinión merece llamarse la opinión pública. Es ésta tan escurridiza y equívoca sustancia, que, a la vez, mayorías y minorías suelen atribuirse su posesión. Ahora bien; el público es precisamente la mayoría y la minoría juntas.
—Pues ¡ahora sí que estamos frescos! De lo que usted dice se desprendería que la opinión pública es la opinión de la mayoría y de la minoría juntas. Pero como la mayoría piensa blanco y la minoría negro, la opinión pública está condenada a ser una opinión berrenda, contradictoria, absurda, inopinable.
—Yo creo que lleva usted un poco de razón, salvo en lo de que sea contradictoria y absurda. En mi entender, comete usted un error considerando las opiniones particulares de la mayoría y la minoría como las iniciales y suponiendo que luego la opinión pública se forma de la manera que una resultante. Lejos de ser así, pienso que las opiniones particulares son posteriores a la pública: ésta es la originaria; aquéllas, diversificaciones de ésta. Verá usted…
El Imparcial, 19 de septiembre de 1912
II
Opinión de la mayoría es una noción numérica que no dice nada de la energía o capacidad de imponerse ínsita en la opinión. Así ocurre que hoy forman mayoría en el continente los que piensan a ciertas horas que la propiedad individual de los capitales es injusta, y sin embargo, esta opinión, numéricamente extensísima, no triunfa, no llega a realizarse; no es ella, por tanto, la que posee hoy, de hecho, una mayor realidad. La opinión pública, en cambio, no depende de que la declaren muchos o pocos; a lo mejor, nadie entre los vivos la ha formulado de una manera clara, y, sin embargo, es la que desde Adán y Eva decide en las variaciones de la historia. La opinión pública es una opinión única latente bajo las opiniones particulares, aun las que más discrepen. Vea usted otro ejemplo: la actual política marroquí que verifica nuestra nación. ¿Quién duda que es enormemente superior el número de españoles que opinan como particulares contra esa expansión colonial, especialmente contra las concomitancias bélicas que de una manera fatal lleva anejas? No se ha oído ni una voz suficientemente amplia y representativa que envíe a la obra un aliento de entusiasmo. En cambio se han oído innumerables vociferaciones en sentido hostil. Sin embargo, la colonización se prepara. El señor Canalejas va a colonizar el Rif, y, no obstante, el señor Canalejas, que no carece de principios, opina indudablemente que los pueblos tienen derecho a vivir regidos por sí mismos. ¿No es esto curioso? La opinión favorable a la política colonista apenas si tiene defensores; la opinión contraria los tiene, al parecer, y fortísimos. Acontece que aquélla triunfa. Su fuerza, pues, no proviene del número de sus defensores, sino que es una peculiar energía y como fatal poder residente en el cuerpo mismo invisible de esa opinión.
—Según esto, la opinión pública sería la no opinada por nadie… Convendrá usted en que esto es una paradoja y, por consiguiente, una invitación a que le deje a usted solo. ¡Parece mentira que un hombre tan cortés como usted acepte esa forma máxima de la descortesía, la paradoja! La paradoja es el cachete teórico inventado, sin duda, por alguien demasiado tímido para darlos con la mano y demasiado bilioso para dejar de darlos.
—Efectivamente; pero cálmese usted, y advierta que lo paradójico de un pensamiento es sólo su expresión, y la expresión ha salido de usted, no de mí. Para que se tranquilice, corro a deshacer lo que pueda hallarse de paradoxal en mi idea. Después de todo, no pretendo sino rehabilitar lo que vulgarmente se dice, a saber: que la opinión pública es la opinión de todo el mundo. Pero recuerde usted una frase sapiente, que también el vulgo repite: «Otra le queda dentro». Pues bien; la opinión pública es la opinión que le queda a todo el mundo dentro. Ahora aparece excluida la paradoja. Ante cada cuestión la mayoría opina blanco, la minoría negro; pero ésta es la opinión expresada. Inexpresada, confusa, si usted quiere; inconfesada, otra les queda dentro al blanco y al negro. Sobrevendrá la contienda: en la discusión, ambas opiniones se exagerarán más; lo blanco será níveo; lo negro, como el ébano; pero algo decisivo faltará siempre, cuya ausencia permite que, al fin, se haga una cosa azul o colorada.
—Ahora me parece más tolerable su pensamiento.
—¡Como que es una perogrullada! Y, no obstante, usted mismo se resiste a ella, o, cuando menos, a sus inmediatas consecuencias.
—¿Cómo?
—Muy sencillo: creyendo que el lugar donde se manifiesta más amplia y claramente la opinión pública es en la política, cuando ocurre lo contrario. La opinión pública vemos que consiste en una profunda coincidencia que habita el vértice de nuestros corazones, hombres de una raza y de una época, una radical comunidad que gobierna y da su matiz decisivo aun a nuestras mayores discrepancias. Hablo de los hombres que no representan una anormalidad. En cambio, la política, desde su base a su cima, es toda ella lucha, divergencia, disensión, y no es más que lucha, divergencia y disensión. Si no existieran éstas no habría política: sólo habría administración, régimen automático de las funciones sociales, según aforismos técnicos y como algebraicos. Ahora bien; si la divergencia fuera, no superficial y cutánea, como yo creo que es, sino honda y extrema, la vida en común, supuesto de esas mismas divergencias, advendría imposible. La historia va mostrando, por el contrario, un aumento de bienestar en la convivencia; cada vez nos sentimos menos mal unos con otros, no nos degollamos tan fácilmente unos a otros, no nos dispersamos a cada pretexto como los pueblos salvajes. Mirado al trasluz este progreso exterior, no es sino el progreso interior de la opinión pública, de la concordancia. La apariencia de querellas constantes, de polémicas, de disputaciones, proviene de que muy sabiamente se han fabricado unos aparatos resonadores, como Parlamentos, cafés, periódicos, donde los gérmenes de discordia hallan tan favorable transcripción sonora que no aspiran a más de ordinario.
—De manera, ¿que la política no sirve para nada?
—¿No ha de servir? ¿Es nada que lo ruidoso encuentre su escape satisfactorio y no se corrompa reprimido? Pero, además, la organización de la política vale como una extensísima enseñanza cuyos elementos puramente sonoros dispersa el aire, mientras lo que en las ideas políticas hay de enérgico y fecundo va por lenta decantación, como paso de oso, a aumentar los sedimentos de la opinión pública. Mas, ¡ay!, cuando esto ha ocurrido ya, cuando ha pasado algo de la política a la opinión, ya no se discute sobre ello, ya no es tema político. Vea usted la razón de por qué el plano de la política y el de la opinión pública, tomados ambos estrictamente, no coinciden nunca, aunque unas veces se aproximen más que otras.
—Si esto es así, en todos los pueblos ocurriría lo mismo, y entonces, ¿a qué esa lamentación perpetua de muchos españoles, según los cuales nuestra política no representa la opinión pública?
—Lealmente, diré a usted que, aparte algunas reservas, ahora innecesarias, considero injustificado ese lamento. Solemos creer que la política vigente suplanta nuestra opinión nacional porque aquélla nos parece absurda, y no tenemos el valor de reconocer que ésta lo es también y exactamente por las mismas razones. Si tomáramos uno cualquiera de los defectos imputados a nuestros políticos, hallaríamos que era un defecto común a los españoles.
—Mire usted, la verdad, no acabo de ver clara la relación que, según usted, existe entre las diversas opiniones políticas y la opinión pública. Por otra parte, aunque español, me gusta, ya que estoy oyendo a alguien, enterarme realmente de lo que dice, esto es, oírle a él y no meramente oír lo que yo me voy diciendo mientras él habla.
—Pues, verá usted, Don Mirlo Blanco, aurícula ideal, hispano increíble, verá usted lo que yo pienso, siempre que no me atribuya una peculiar vanidad, en vista de que ensayo el ejercicio de este humilde verbo pensar.
La dificultad que halla en lo que he dicho proviene de que insiste usted sin darse cuenta, y llevado tal vez de los ejemplos por mí usados, en suponer que la opinión pública es exclusiva o casi exclusivamente una opinión política. No ocurre tal cosa. Los asuntos políticos son una mínima porción entre los que más interesan. Frente a ellos están, por lo pronto, los privados. ¡Imagine usted la selva de las preocupaciones privadas, de cuestiones y temas que hacen presa en nuestra atención antes que los públicos! Solemos llegar a los veinte años sin habernos percatado absolutamente de los problemas que encierra el régimen de nuestro pueblo. Sin embargo, a los veinte años nos han interesado ya hartas cosas, tantas, que en cierto modo somos ya lo que vamos a ser después; las nuevas cuestiones que nos salgan al camino tienen que someterse a la tintura o prejuicio que fatalmente llevábamos dentro al tropezarlas. Además, si yo, pensando sobre un rompecabezas administrativo, llego a una conclusión y digo, por ejemplo: lo mejor es la República, ¿soy por esto, sin más ni más, republicano? Es muy posible que el resto de mis opiniones sobre las demás cosas del mundo concuerde mal con el advenimiento de la República. ¿Qué hacer entonces?
—Para mí no hay duda: su deber es hacerse republicano.
—¡Admirable! Ya soy republicano; voto por los republicanos, me abono a los periódicos republicanos, peroro en las conglomeraciones republicanas. Pero, ser republicano por deber ¿no indica precisamente que no lo soy por plenitud? Sólo un átomo del cosmos interior que componen mis opiniones personales va a la República, arrastrando como una enorme inercia el resto de mí mismo. ¿Qué va hacer la República, que hay que traer, con republicanos que no pueden ni llevarse a sí mismos? Excuso decirle que se trata de un ejemplo nada más; lo mismo podía haberme supuesto monárquico.
Así se explica lo que a todas horas vemos, lo que en tantas páginas reseña la historia: pueblos con mayorías republicanas que viven monárquicamente, y viceversa; pueblos irreligiosos donde la religión omnipuede. Los tres millones de votos socialistas en el Imperio imperialista alemán. En fin, la restauración levantándose como una neblina sobre el paisaje europeo, donde todas las cosas parecen progresistas. Este símil expresa a gusto lo que en definitiva quería decirle: la opinión pública es la neblina, la tonalidad que envuelve y modula las opiniones todas de una época, y dentro del individuo, los juicios particulares que vamos formando. El prejuicio, el plano general sobre que se alzan las diversas opiniones.
—Ahora ya comprendo: imagina usted que los pueblos y los individuos poseen una cantidad inmensa de opiniones periféricas, sinceramente sostenidas, pero con una sinceridad de primer plano: bajo ellas, empero, late otra opinión decisiva, prepotente.
—Así es. La verdadera opinión late: no se la ve, hay que descubrirla al través de sus efectos. Ahí tiene usted la genialidad del Político con mayúscula; la política minúscula es el juego de la superficie. El político opina sobre las cosas: el Político no opina por sí mismo, descubre en cambio con mirada de zahorí la opinión pública, la real, la eficaz y decisiva. Descubierta, la expresa, la saca a la luz y triunfa.
—No; él no triunfa: triunfa la opinión pública.
—Ciertamente: eso distingue al grande del pequeño. Éste, el coleóptero político quiere triunfar él, es decir, quiere hacer triunfar sus opiniones. Claro está que no lo consigue: es un fracasado de nacimiento. El gran político, por el contrario, abre las compuertas a la opinión pública y se cruza de brazos.
—Oiga usted, y ¿se le ha ocurrido a usted solo esto?
—Hombre, yo no soy Robinsón ni Adán: he tenido algunos precursores. Por ejemplo, un tal Fichte que decía: el secreto de la política de Napoleón fue el «expresar en cada momento lo que es en verdad». Y luego, por ejemplo, un tal Fernando Lassalle que dice: «Tiene razón Fichte». Se trata, pues, de tres triunfadores: el uno hizo un Imperio, el otro una Alemania, el tercero el partido socialista. Busque usted en el siglo XIX tres casos de mayor calibre.
—Bueno, acepto momentáneamente esa opinión particular que tiene usted de la opinión pública. Veamos ahora en qué consiste ese espíritu restaurador que usted cree adivinar en el fondo de la actualidad continental.
El Imparcial, 20 de septiembre de 1912