Ortega y Gasset
Abstract
Through the figure of Rubín de Cendoya, Ortega distinguishes political thinking — which produces useful, effective ideas — from thinking the truth, and calls it inward lying to take the useful for the true. There follows a conversation about the “restorative” spirit rising in continental Europe.
Connections
Forme: dialogo
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Rubín de Cendoya, místico español, descubrió un día no lejano que se había entregado excesivamente a la política. Su espíritu, siguiendo la exigencia de la época, había llegado a contraer el hábito de no pensar sino políticamente. Esto era muy grave. La política es el mundo de la eficacia. Todo lo que no es eficaz es impolítico. Pensar políticamente no es, pues, pensar la verdad, sino, más bien, producir ideas que muevan los ánimos de las gentes en un sentido o en otro, ideas oportunas y estratégicas cuyo valor no yace en sí mismas, sino en sus efectos externos y mecánicos. ¿Cómo no reconocer que este uso del intelecto es pasajeramente benéfico? Pero a la larga contrae la mente el vicio más grave que puede imaginarse: la propensión a mentir. ¿Pues qué otra cosa es mentir que pensar utilitariamente, en vista de una ventaja, de un efecto que se quiere obtener?
La definición del catecismo no es satisfactoria: «decir lo contrario de lo que se piensa». Ésta es sólo la forma más grosera de la mentira: la exterior. Es sólo el decir la mentira, y claro está que, antes de decirla, hubo que pensarla. He aquí la mentira íntima, la gravísima. ¿Cómo describir su esencia en muy pocas palabras? El pensamiento, contra lo que afirmaba el óptimo Donoso Cortés, sólo piensa la verdad, unas veces mayor, otras menor. Cuando pretendemos conseguir algo nos ocurren algunas ideas que son verdaderamente útiles para lograr aquella intención nuestra. Pues tal vez consista la mentira en que al ocurrírsenos una cosa verdaderamente útil, pensemos que, aun aparte de su utilidad, es verdadera.
Al que sólo piensa políticamente, sólo le ocurren ideas útiles, y al darlas a los demás o tomarlas él mismo, de buena fe, como verdades, vive en perpetua falsificación. Si desde el Parlamento hasta el jirón doméstico no existe en un país más ejercicio normal que la política, se corre el peligro de que, a poco, se respire una atmósfera intelectual compuesta únicamente de falsificaciones ideológicas.
Convencido de esto, se propuso Rubín de Cendoya huir, por lo menos a ratos, de esa nociva aspiración a la eficacia y sostuvo con sus amigos conversaciones inútiles, de levantada superfluidad, en que se hablaba de las cosas sin más intención que contemplarlas bajo su aspecto más verdadero. Eran, como suele decirse, conversaciones de Puerta de Tierra.
—Para los que no cuentan más de cincuenta años —comenzó el otro día—, ofrece ahora la Europa continental un fenómeno curioso y que hasta ahora no habían tenido ocasión de observar. Me refiero al espíritu restaurador que comienza a levantarse por dondequiera en esta «llanura ancha», que es, según algunos, el sentido original de la palabra Europa.
—¿Cómo? ¿Cree usted que la política inglesa vigente sea restauradora?
—Yo no conozco bien la intimidad, los fermentos soterráneos de la vida inglesa, y la restauración a que me refiero anda todavía por dentro de los corazones; me hallo, pues, dispuesto a abrir una excepción en su favor. Tal vez Inglaterra sienta hoy, con mayor poder que nunca, los apetitos progresistas, mientras Francia, Alemania e Italia se entregan al sentimentalismo de la restauración. La condición isleña de Inglaterra ha solido dirigir sus destinos por sendas siempre contradictorias de las que seguía el resto de Europa y su historia ha sido, desde el punto de vista continental, un perpetuo anacronismo.
—¿Y dónde descubre usted ese afán restaurador de las demás potencias?
—Aunque secreto en lo esencial, comienza ya a enviar al exterior algunas manifestaciones, que son ciertamente las menos importantes y decisivas. Pero tiene usted, por lo pronto, el hecho de que en Inglaterra, donde apenas existía organización socialista, es donde más cantidad de socialismo se va instaurando, al paso que en Francia, Alemania e Italia, donde el socialismo posee enormes cuerpos disciplinados, triunfa una política digna de los reyes por la gracia de Dios. Éste es un hecho que pone de manifiesto hasta qué punto son limitadas las fuerzas de la llamada fuerza política.
—¿De manera que le parece a usted desdeñable la fuerza de tres millones de socialistas como hay en Alemania?
—Yo no la desdeño, amigo mío; la respeto, afecciono y admiro; pero ¡ahí tiene usted lo que son las cosas!, la realidad, la terrible realidad se muestra con ella bastante desdeñosa.
—¡Pues es incomprensible!
—Veo que le cuesta a usted mucho trabajo creer en la inocuidad de los tres millones de socialistas dentro de la política efectiva del Imperio, y, sin embargo, es así. Aquí tengo en el bolsillo el número de hoy de Le Temps, donde se copian unos párrafos de un artículo oficioso publicado en una revista oficiosa, verdaderamente representativa del espíritu medio alemán. El artículo comienza así: «En la persecución de nuestra política exterior hemos llegado a temer hoy menos la ausencia de patriotismo que las exageraciones de este sentimiento. Tememos menos a los que quieren, como en otro tiempo Bamberger y Windthorst, contrariar los pasos vigorosos del gobierno, que los que se obstinan en fijar a nuestra política remotos fines inaccesibles o comprometedores». Como ve usted, el gobierno imperialista del Imperio, no sólo no teme a los socialistas, sino que éstos no le sirven siquiera para retener a los más papistas que el Papa.
—No conocía ese dato.
—Cuantos quiera hallará usted. Alemania mueve sus músculos en el ámbito histórico exactamente lo mismo que los movería si no existieran socialistas. Lo que en favor del obrero haga y lo que en favor del aristócrata de alma angosta y terca deje de hacer, se debe a cierta presión ambiente de las convicciones básicas, generales a la época, independiente de la presión específica que pretendan ejercer las organizaciones políticas.
—¿Entonces, es que en Alemania no se hace caso de la opinión pública?
—Pues en eso justamente veo yo lo curioso de tal fenómeno social. Las cosas que va haciendo un pueblo ¿quién las quiere? ¿Cómo es posible que un gobierno haga algo contra la opinión pública? ¿No es él mismo creado y sostenido, en una u otra forma, por esa misma opinión? Me parece que esta aparente contradicción nace de que no sabemos bien qué es opinión pública.
—Para mí, es la que se manifiesta en las elecciones legales.
—Lo siento mucho, amigo; para mí es todo lo contrario. La vida parlamentaria significa casi siempre una gesticulación de primer plano, al amparo de la cual sigue su curso la vida profunda y ejecutiva de la nación, muy rara vez coincidente con aquélla. De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública. No me refiero con esta antítesis a los casos anómalos en que un régimen legal torpe da ocasión a las falsificaciones del sufragio. Admito que las oposiciones expresadas en el Parlamento sean las mismas que las formuladas en los meetings, en los Comités electorales, en la Prensa, en las discusiones de café. Pero la opinión pública no es nada de esto. Yo, ciudadano particular, pienso blanco; usted piensa negro: ¿cuál de nuestras opiniones divergentes es la pública?
—La que sea admitida por una mayoría, respondemos los liberales, los socialistas, los socializadores.
—Sin embargo, yo soy también liberal, socialista y socializador; mas no creo que la opinión pública sea la opinión de la mayoría. Se trata, es cierto, al confundir ambas cosas, de una piadosa y necesaria mixtificación. La mayoría es un régimen, es decir, una ficción jurídica por medio de la cual se pone algún cauce a la lucha de las opiniones particulares que aspiran a realizarse. Al través de ella no llegamos nunca a la opinión pública, no salimos de una opinión particular mayor frente a una opinión particular menor. ¿Qué sentido puede tener el que excluyamos de la participación en la opinión pública a la opinión particular menos numerosa?
—¡Pues no entiendo el liberalismo de usted! ¿Cómo se puede ser liberal sin creer en la justicia de la mayoración?
—Realmente es muy difícil, y por eso yo no he dudado nunca de que sea justa, y por eso la considero como un benéfico artificio del derecho. Pero ahora no tratamos de qué opinión deba o no deba en justicia triunfar, sino de qué opinión merece llamarse la opinión pública. Es ésta tan escurridiza y equívoca sustancia, que, a la vez, mayorías y minorías suelen atribuirse su posesión. Ahora bien; el público es precisamente la mayoría y la minoría juntas.
—Pues ¡ahora sí que estamos frescos! De lo que usted dice se desprendería que la opinión pública es la opinión de la mayoría y de la minoría juntas. Pero como la mayoría piensa blanco y la minoría negro, la opinión pública está condenada a ser una opinión berrenda, contradictoria, absurda, inopinable.
I
Rubín de Cendoya, a Spanish mystic, discovered one day not long ago that he had given himself over excessively to politics. His spirit, following the exigency of the age, had come to contract the habit of thinking only politically. This was very grave. Politics is the world of efficacy. Everything that is not efficacious is unpolitical. To think politically is not, then, to think the truth, but rather to produce ideas that move people’s minds in one direction or another, timely and strategic ideas whose value lies not in themselves but in their external and mechanical effects. How can one fail to recognize that this use of the intellect is transiently beneficial? But in the long run it contracts in the mind the gravest vice that can be imagined: the propensity to lie. For what else is lying than thinking utilitarianly, with a view to an advantage, to an effect one wishes to obtain?
The catechism’s definition is not satisfactory: ‘to say the contrary of what one thinks.’ This is only the coarsest form of lying: the outward one. It is only the saying of the lie, and it is clear that, before saying it, one had to think it. Here is the intimate lie, the gravest of all. How to describe its essence in very few words? Thought, contrary to what the excellent Donoso Cortés affirmed, thinks only the truth, sometimes greater, sometimes lesser. When we aim to obtain something, some ideas occur to us that are truly useful for achieving that intention of ours. Perhaps the lie consists in this: when a truly useful thing occurs to us, we think that, even apart from its utility, it is true.
He who thinks only politically has only useful ideas occur to him, and giving them to others or taking them himself, in good faith, as truths, he lives in perpetual falsification. If from Parliament to the domestic hearth no more normal exercise exists in a country than politics, one runs the danger that, before long, an intellectual atmosphere composed solely of ideological falsifications will be breathed.
Convinced of this, Rubín de Cendoya resolved to flee, at least at times, that noxious aspiration to efficacy, and he held with his friends useless conversations, of lofty superfluity, in which one spoke of things with no other intention than to contemplate them under their truest aspect. They were, as the saying goes, Puerta de Tierra conversations.
—For those who count no more than fifty years —he began the other day— continental Europe now offers a curious phenomenon which until now they have had no occasion to observe. I refer to the restorationist spirit that is beginning to rise everywhere in this ‘broad plain’, which is, according to some, the original meaning of the word Europe.
—How so? Do you believe that the English politics in force is restorationist?
—I do not well know the intimacy, the subterranean ferments of English life, and the restoration I refer to still moves within the hearts; I am, therefore, disposed to make an exception in its favour. Perhaps England feels today, with greater power than ever, progressive appetites, while France, Germany and Italy give themselves over to the sentimentalism of restoration. England’s insular condition has been wont to direct its destinies along paths always contradictory to those which the rest of Europe followed, and its history has been, from the continental point of view, a perpetual anachronism.
—And where do you discover that restorationist craving of the other powers?
—Although secret in its essentials, it is already beginning to send abroad some manifestations, which are certainly the least important and decisive. But you have, to begin with, the fact that in England, where a socialist organization barely existed, is where the greatest quantity of socialism is being installed, whereas in France, Germany and Italy, where socialism possesses enormous disciplined bodies, a politics worthy of kings by the grace of God triumphs. This is a fact which makes manifest to what degree the forces of the so-called political force are limited.
—So the strength of three million socialists such as there are in Germany seems to you contemptible?
—I do not despise it, my friend; I respect it, hold it dear and admire it; but there you have how things are! reality, the terrible reality shows itself fairly disdainful toward it.
—Well, that is incomprehensible!
—I see that you find it very hard to believe in the innocuousness of the three million socialists within the effective politics of the Empire, and yet it is so. Here I have in my pocket today’s issue of Le Temps, where some paragraphs are copied from an official-sounding article published in an official-sounding review, truly representative of the average German spirit. The article begins thus: ‘In the pursuit of our foreign policy we have come to fear today less the absence of patriotism than the exaggerations of this sentiment. We fear less those who wish, as once Bamberger and Windthorst, to thwart the government’s vigorous steps, than those who are obstinate in fixing remote, inaccessible or compromising ends to our policy.’ As you see, the imperialist government of the Empire not only does not fear the socialists, but they do not even serve it to restrain those more papal than the Pope.
—I did not know that fact.
—As many as you like you will find. Germany moves its muscles in the historical sphere exactly as it would move them if socialists did not exist. What it does in favour of the worker and what it leaves undone in favour of the aristocrat of narrow and stubborn soul, is owing to a certain ambient pressure of the basic convictions, general to the age, independent of the specific pressure which the political organizations claim to exert.
—So then, in Germany no case is made of public opinion?
—Well, it is precisely in that that I see what is curious about such a social phenomenon. The things a people goes on doing, who wants them? How is it possible for a government to do anything against public opinion? Is it not itself created and sustained, in one form or another, by that same opinion? It seems to me that this apparent contradiction arises from the fact that we do not well know what public opinion is.
—For me, it is that which manifests itself in legal elections.
—I am very sorry, friend; for me it is the very contrary. Parliamentary life almost always signifies a foreground gesticulation, under whose shelter the deep and executive life of the nation follows its course, very rarely coinciding with the former. On one side goes parliamentary opinion; on the other, with a suppressed mockery, walks public opinion. With this antithesis I do not refer to those anomalous cases in which a clumsy legal regime gives occasion to the falsifications of the suffrage. I admit that the oppositions expressed in Parliament may be the same as those formulated in the meetings, in the electoral committees, in the Press, in the café discussions. But public opinion is none of this. I, a private citizen, think white; you think black: which of our divergent opinions is the public one?
—That which is admitted by a majority, we liberals, socialists, socializers reply.
—However, I too am liberal, socialist and socializer; but I do not believe that public opinion is the opinion of the majority. It is, to be sure, a pious and necessary mystification to confuse the two things. The majority is a regime, that is, a juridical fiction by means of which some channel is set to the struggle of the particular opinions that aspire to realize themselves. Through it we never reach public opinion; we do not get out of a greater particular opinion face to face with a lesser particular opinion. What meaning can it have that we exclude from participation in public opinion the less numerous particular opinion?
—Well then, I do not understand your liberalism! How can one be a liberal without believing in the justice of the majority principle?
—Really it is very difficult, and for that reason I have never doubted that it is just, and for that reason I consider it a beneficent artifice of the law. But now we are not treating of which opinion ought or ought not in justice to triumph, but of which opinion deserves to be called public opinion. It is such a slippery and equivocal substance that, at once, majorities and minorities are wont to attribute to themselves its possession. Now then; the public is precisely the majority and the minority together.
—Well, now we are in a fine pickle! From what you say it would follow that public opinion is the opinion of the majority and the minority together. But since the majority thinks white and the minority black, public opinion is condemned to be a piebald, contradictory, absurd, unopinionable opinion.
I
Rubín de Cendoya, mistico spagnolo, scoprì un giorno non lontano di essersi consegnato eccessivamente alla politica. Il suo spirito, seguendo l’esigenza dell’epoca, era giunto a contrarre l’abitudine di non pensare se non politicamente. Questo era molto grave. La politica è il mondo dell’efficacia. Tutto ciò che non è efficace è impolitico. Pensare politicamente non è, dunque, pensare la verità, ma, piuttosto, produrre idee che muovano gli animi delle genti in un senso o nell’altro, idee opportune e strategiche il cui valore non giace in sé stesse, ma nei loro effetti esterni e meccanici. Come non riconoscere che questo uso dell’intelletto è passeggeramente benefico? Ma alla lunga contrae nella mente il vizio più grave che si possa immaginare: la propensione a mentire. Che cos’altro è infatti mentire se non pensare utilitariamente, in vista di un vantaggio, di un effetto che si vuole ottenere?
La definizione del catechismo non è soddisfacente: «dire il contrario di ciò che si pensa». Questa è solo la forma più grossolana della menzogna: quella esteriore. È solo il dire la menzogna, ed è chiaro che, prima di dirla, bisognò pensarla. Ecco la menzogna intima, la gravissima. Come descrivere la sua essenza in pochissime parole? Il pensiero, contro ciò che affermava l’ottimo Donoso Cortés, pensa solo la verità, ora maggiore, ora minore. Quando pretendiamo di ottenere qualcosa, ci vengono in mente alcune idee che sono veramente utili per conseguire quella nostra intenzione. Forse la menzogna consiste proprio in questo: che, venendoci in mente una cosa veramente utile, pensiamo che, anche a prescindere dalla sua utilità, sia vera.
A chi pensa solo politicamente, vengono in mente solo idee utili, e dandole agli altri o prendendole egli stesso, in buona fede, come verità, vive in perpetua falsificazione. Se dal Parlamento fino al cantuccio domestico non esiste in un paese esercizio più normale della politica, si corre il pericolo che, di lì a poco, si respiri un’atmosfera intellettuale composta unicamente di falsificazioni ideologiche.
Convinto di questo, Rubín de Cendoya si propose di fuggire, almeno a tratti, da quella nociva aspirazione all’efficacia e intrattenne con i suoi amici conversazioni inutili, di elevata superfluità, in cui si parlava delle cose senza altra intenzione che contemplarle sotto il loro aspetto più vero. Erano, come suol dirsi, conversazioni di Puerta de Tierra.
—Per coloro che non contano più di cinquant’anni —cominciò l’altro giorno—, offre ora l’Europa continentale un fenomeno curioso che finora non avevano avuto occasione di osservare. Mi riferisco allo spirito restauratore che comincia a levarsi ovunque in questa «pianura ampia», che è, secondo alcuni, il senso originario della parola Europa.
—Come? Crede lei che la politica inglese vigente sia restauratrice?
—Io non conosco bene l’intimità, i fermenti sotterranei della vita inglese, e la restaurazione a cui mi riferisco cammina ancora dentro i cuori; mi trovo, dunque, disposto ad aprire un’eccezione in suo favore. Forse l’Inghilterra sente oggi, con maggior forza che mai, gli appetiti progressisti, mentre Francia, Germania e Italia si abbandonano al sentimentalismo della restaurazione. La condizione insulare dell’Inghilterra ha solito dirigere i suoi destini per sentieri sempre contraddittori rispetto a quelli che seguiva il resto d’Europa, e la sua storia è stata, dal punto di vista continentale, un perpetuo anacronismo.
—E dove scopre lei questo zelo restauratore delle altre potenze?
—Sebbene segreto nell’essenziale, comincia già a inviare all’esterno alcune manifestazioni, che sono certamente le meno importanti e decisive. Ma lei ha, intanto, il fatto che in Inghilterra, dove appena esisteva un’organizzazione socialista, è dove maggior quantità di socialismo si va instaurando, mentre in Francia, Germania e Italia, dove il socialismo possiede enormi corpi disciplinati, trionfa una politica degna dei re per grazia di Dio. Questo è un fatto che mette in luce fino a che punto siano limitate le forze della cosiddetta forza politica.
—Sicché le sembra spregevole la forza di tre milioni di socialisti come ce ne sono in Germania?
—Io non la disprezzo, amico mio; la rispetto, la affeziono e la ammiro; ma ecco come stanno le cose! la realtà, la terribile realtà si mostra con essa abbastanza sdegnosa.
—Ebbene, è incomprensibile!
—Vedo che lei fa molta fatica a credere nell’innocuità dei tre milioni di socialisti dentro la politica effettiva dell’Impero, e, tuttavia, è così. Qui ho in tasca il numero di oggi di Le Temps, dove si copiano alcuni paragrafi di un articolo ufficioso pubblicato in una rivista ufficiosa, veramente rappresentativa dello spirito medio tedesco. L’articolo comincia così: «Nella conduzione della nostra politica estera siamo giunti a temere oggi meno l’assenza di patriottismo che le esagerazioni di questo sentimento. Temiamo meno coloro che vogliono, come un tempo Bamberger e Windthorst, contrariare i passi vigorosi del governo, di coloro che si ostinano a fissare alla nostra politica fini remoti, inaccessibili o compromettenti». Come vede, il governo imperialista dell’Impero non solo non teme i socialisti, ma questi non gli servono nemmeno per trattenere i più papisti del Papa.
—Non conoscevo questo dato.
—Quanti ne voglia ne troverà. La Germania muove i suoi muscoli nell’ambito storico esattamente come li muoverebbe se i socialisti non esistessero. Ciò che fa in favore dell’operaio e ciò che lascia di fare in favore dell’aristocratico dall’anima angusta e caparbia, si deve a una certa pressione ambientale delle convinzioni di base, generali all’epoca, indipendente dalla pressione specifica che pretendono di esercitare le organizzazioni politiche.
—Allora, è che in Germania non si fa caso dell’opinione pubblica?
—Ebbene, è proprio in questo che io vedo il curioso di tale fenomeno sociale. Le cose che va facendo un popolo, chi le vuole? Come è possibile che un governo faccia qualcosa contro l’opinione pubblica? Non è forse esso stesso creato e sostenuto, in una forma o nell’altra, da quella stessa opinione? Mi pare che questa apparente contraddizione nasca dal fatto che non sappiamo bene che cosa sia l’opinione pubblica.
—Per me, è quella che si manifesta nelle elezioni legali.
—Mi dispiace molto, amico; per me è tutto il contrario. La vita parlamentare significa quasi sempre una gesticolazione di primo piano, all’ombra della quale segue il suo corso la vita profonda ed esecutiva della nazione, ben di rado coincidente con quella. Da un lato va l’opinione parlamentare; dall’altro, con una sorniona contenuta, cammina l’opinione pubblica. Non mi riferisco con questa antitesi ai casi anomali in cui un regime legale maldestro dà occasione alle falsificazioni del suffragio. Ammetto che le opposizioni espresse in Parlamento siano le stesse che vengono formulate nei meetings, nei Comitati elettorali, nella Stampa, nelle discussioni di caffè. Ma l’opinione pubblica non è nulla di tutto questo. Io, cittadino particolare, penso bianco; lei pensa nero: quale delle nostre opinioni divergenti è quella pubblica?
—Quella che sia ammessa da una maggioranza, rispondiamo noi liberali, socialisti, socializzatori.
—Tuttavia, anch’io sono liberale, socialista e socializzatore; ma non credo che l’opinione pubblica sia l’opinione della maggioranza. Si tratta, è vero, nel confondere le due cose, di una pia e necessaria mistificazione. La maggioranza è un regime, cioè una finzione giuridica per mezzo della quale si mette qualche argine alla lotta delle opinioni particolari che aspirano a realizzarsi. Attraverso di essa non giungiamo mai all’opinione pubblica, non usciamo da un’opinione particolare maggiore di fronte a un’opinione particolare minore. Che senso può avere l’escludere dalla partecipazione all’opinione pubblica l’opinione particolare meno numerosa?
—Ebbene, non capisco il suo liberalismo! Come si può essere liberali senza credere nella giustizia del principio maggioritario?
—Realmente è molto difficile, e per questo io non ho mai dubitato che sia giusta, e per questo la considero un benefico artificio del diritto. Ma ora non trattiamo di quale opinione debba o non debba in giustizia trionfare, bensì di quale opinione meriti di chiamarsi l’opinione pubblica. È questa una sostanza così sfuggente ed equivoca che, a un tempo, maggioranze e minoranze sogliono attribuirsene il possesso. Orbene; il pubblico è precisamente la maggioranza e la minoranza insieme.
—Ebbene, ora sì che siamo freschi! Da ciò che lei dice si dedurrebbe che l’opinione pubblica è l’opinione della maggioranza e della minoranza insieme. Ma poiché la maggioranza pensa bianco e la minoranza nero, l’opinione pubblica è condannata a essere un’opinione pezzata, contraddittoria, assurda, inopinabile.
—Yo creo que lleva usted un poco de razón, salvo en lo de que sea contradictoria y absurda. En mi entender, comete usted un error considerando las opiniones particulares de la mayoría y la minoría como las iniciales y suponiendo que luego la opinión pública se forma de la manera que una resultante. Lejos de ser así, pienso que las opiniones particulares son posteriores a la pública: ésta es la originaria; aquéllas, diversificaciones de ésta. Verá usted…
El Imparcial, 19 de septiembre de 1912
II
Opinión de la mayoría es una noción numérica que no dice nada de la energía o capacidad de imponerse ínsita en la opinión. Así ocurre que hoy forman mayoría en el continente los que piensan a ciertas horas que la propiedad individual de los capitales es injusta, y sin embargo, esta opinión, numéricamente extensísima, no triunfa, no llega a realizarse; no es ella, por tanto, la que posee hoy, de hecho, una mayor realidad. La opinión pública, en cambio, no depende de que la declaren muchos o pocos; a lo mejor, nadie entre los vivos la ha formulado de una manera clara, y, sin embargo, es la que desde Adán y Eva decide en las variaciones de la historia. La opinión pública es una opinión única latente bajo las opiniones particulares, aun las que más discrepen. Vea usted otro ejemplo: la actual política marroquí que verifica nuestra nación. ¿Quién duda que es enormemente superior el número de españoles que opinan como particulares contra esa expansión colonial, especialmente contra las concomitancias bélicas que de una manera fatal lleva anejas? No se ha oído ni una voz suficientemente amplia y representativa que envíe a la obra un aliento de entusiasmo. En cambio se han oído innumerables vociferaciones en sentido hostil. Sin embargo, la colonización se prepara. El señor Canalejas va a colonizar el Rif, y, no obstante, el señor Canalejas, que no carece de principios, opina indudablemente que los pueblos tienen derecho a vivir regidos por sí mismos. ¿No es esto curioso? La opinión favorable a la política colonista apenas si tiene defensores; la opinión contraria los tiene, al parecer, y fortísimos. Acontece que aquélla triunfa. Su fuerza, pues, no proviene del número de sus defensores, sino que es una peculiar energía y como fatal poder residente en el cuerpo mismo invisible de esa opinión.
—Según esto, la opinión pública sería la no opinada por nadie… Convendrá usted en que esto es una paradoja y, por consiguiente, una invitación a que le deje a usted solo. ¡Parece mentira que un hombre tan cortés como usted acepte esa forma máxima de la descortesía, la paradoja! La paradoja es el cachete teórico inventado, sin duda, por alguien demasiado tímido para darlos con la mano y demasiado bilioso para dejar de darlos.
—Efectivamente; pero cálmese usted, y advierta que lo paradójico de un pensamiento es sólo su expresión, y la expresión ha salido de usted, no de mí. Para que se tranquilice, corro a deshacer lo que pueda hallarse de paradoxal en mi idea. Después de todo, no pretendo sino rehabilitar lo que vulgarmente se dice, a saber: que la opinión pública es la opinión de todo el mundo. Pero recuerde usted una frase sapiente, que también el vulgo repite: «Otra le queda dentro». Pues bien; la opinión pública es la opinión que le queda a todo el mundo dentro. Ahora aparece excluida la paradoja. Ante cada cuestión la mayoría opina blanco, la minoría negro; pero ésta es la opinión expresada. Inexpresada, confusa, si usted quiere; inconfesada, otra les queda dentro al blanco y al negro. Sobrevendrá la contienda: en la discusión, ambas opiniones se exagerarán más; lo blanco será níveo; lo negro, como el ébano; pero algo decisivo faltará siempre, cuya ausencia permite que, al fin, se haga una cosa azul o colorada.
—Ahora me parece más tolerable su pensamiento.
—¡Como que es una perogrullada! Y, no obstante, usted mismo se resiste a ella, o, cuando menos, a sus inmediatas consecuencias.
—¿Cómo?
—Muy sencillo: creyendo que el lugar donde se manifiesta más amplia y claramente la opinión pública es en la política, cuando ocurre lo contrario. La opinión pública vemos que consiste en una profunda coincidencia que habita el vértice de nuestros corazones, hombres de una raza y de una época, una radical comunidad que gobierna y da su matiz decisivo aun a nuestras mayores discrepancias. Hablo de los hombres que no representan una anormalidad. En cambio, la política, desde su base a su cima, es toda ella lucha, divergencia, disensión, y no es más que lucha, divergencia y disensión. Si no existieran éstas no habría política: sólo habría administración, régimen automático de las funciones sociales, según aforismos técnicos y como algebraicos. Ahora bien; si la divergencia fuera, no superficial y cutánea, como yo creo que es, sino honda y extrema, la vida en común, supuesto de esas mismas divergencias, advendría imposible. La historia va mostrando, por el contrario, un aumento de bienestar en la convivencia; cada vez nos sentimos menos mal unos con otros, no nos degollamos tan fácilmente unos a otros, no nos dispersamos a cada pretexto como los pueblos salvajes. Mirado al trasluz este progreso exterior, no es sino el progreso interior de la opinión pública, de la concordancia. La apariencia de querellas constantes, de polémicas, de disputaciones, proviene de que muy sabiamente se han fabricado unos aparatos resonadores, como Parlamentos, cafés, periódicos, donde los gérmenes de discordia hallan tan favorable transcripción sonora que no aspiran a más de ordinario.
—De manera, ¿que la política no sirve para nada?
—¿No ha de servir? ¿Es nada que lo ruidoso encuentre su escape satisfactorio y no se corrompa reprimido? Pero, además, la organización de la política vale como una extensísima enseñanza cuyos elementos puramente sonoros dispersa el aire, mientras lo que en las ideas políticas hay de enérgico y fecundo va por lenta decantación, como paso de oso, a aumentar los sedimentos de la opinión pública. Mas, ¡ay!, cuando esto ha ocurrido ya, cuando ha pasado algo de la política a la opinión, ya no se discute sobre ello, ya no es tema político. Vea usted la razón de por qué el plano de la política y el de la opinión pública, tomados ambos estrictamente, no coinciden nunca, aunque unas veces se aproximen más que otras.
—Si esto es así, en todos los pueblos ocurriría lo mismo, y entonces, ¿a qué esa lamentación perpetua de muchos españoles, según los cuales nuestra política no representa la opinión pública?
—Lealmente, diré a usted que, aparte algunas reservas, ahora innecesarias, considero injustificado ese lamento. Solemos creer que la política vigente suplanta nuestra opinión nacional porque aquélla nos parece absurda, y no tenemos el valor de reconocer que ésta lo es también y exactamente por las mismas razones. Si tomáramos uno cualquiera de los defectos imputados a nuestros políticos, hallaríamos que era un defecto común a los españoles.
—Mire usted, la verdad, no acabo de ver clara la relación que, según usted, existe entre las diversas opiniones políticas y la opinión pública. Por otra parte, aunque español, me gusta, ya que estoy oyendo a alguien, enterarme realmente de lo que dice, esto es, oírle a él y no meramente oír lo que yo me voy diciendo mientras él habla.
—Pues, verá usted, Don Mirlo Blanco, aurícula ideal, hispano increíble, verá usted lo que yo pienso, siempre que no me atribuya una peculiar vanidad, en vista de que ensayo el ejercicio de este humilde verbo pensar.
La dificultad que halla en lo que he dicho proviene de que insiste usted sin darse cuenta, y llevado tal vez de los ejemplos por mí usados, en suponer que la opinión pública es exclusiva o casi exclusivamente una opinión política. No ocurre tal cosa. Los asuntos políticos son una mínima porción entre los que más interesan. Frente a ellos están, por lo pronto, los privados. ¡Imagine usted la selva de las preocupaciones privadas, de cuestiones y temas que hacen presa en nuestra atención antes que los públicos! Solemos llegar a los veinte años sin habernos percatado absolutamente de los problemas que encierra el régimen de nuestro pueblo. Sin embargo, a los veinte años nos han interesado ya hartas cosas, tantas, que en cierto modo somos ya lo que vamos a ser después; las nuevas cuestiones que nos salgan al camino tienen que someterse a la tintura o prejuicio que fatalmente llevábamos dentro al tropezarlas. Además, si yo, pensando sobre un rompecabezas administrativo, llego a una conclusión y digo, por ejemplo: lo mejor es la República, ¿soy por esto, sin más ni más, republicano? Es muy posible que el resto de mis opiniones sobre las demás cosas del mundo concuerde mal con el advenimiento de la República. ¿Qué hacer entonces?
—Para mí no hay duda: su deber es hacerse republicano.
—I think you have a little reason, except in the matter of its being contradictory and absurd. To my mind, you commit an error in considering the particular opinions of the majority and the minority as the initial ones and supposing that public opinion is then formed in the manner of a resultant. Far from being so, I think the particular opinions are posterior to the public one: the latter is the original; the former, differentiations of it. You will see…
El Imparcial, September 19, 1912
II
Opinion of the majority is a numerical notion that says nothing of the energy or capacity to impose itself inherent in opinion. Thus it happens that today those form a majority on the continent who think at certain hours that the individual ownership of capital is unjust, and yet this opinion, numerically most extensive, does not triumph, does not come to realize itself; it is not, therefore, the one that today possesses, in fact, a greater reality. Public opinion, by contrast, does not depend on its being declared by many or few; perhaps no one among the living has formulated it in a clear manner, and yet it is the one that since Adam and Eve decides in the variations of history. Public opinion is a single opinion latent beneath the particular opinions, even those that most differ. Take another example: the present Moroccan policy which our nation is carrying out. Who doubts that the number of Spaniards who opine as private individuals against that colonial expansion is enormously superior, especially against the bellicose concomitants that it fatally carries attached? Not a single sufficiently broad and representative voice has been heard that sends a breath of enthusiasm to the enterprise. On the other hand, innumerable vociferations have been heard in a hostile sense. Nevertheless, colonization is being prepared. Mr. Canalejas is going to colonize the Rif, and yet Mr. Canalejas, who is not lacking in principles, undoubtedly opines that peoples have the right to live governed by themselves. Is this not curious? The opinion favourable to the colonizing policy barely has defenders; the contrary opinion has them, it seems, and very strong ones. It happens that the former triumphs. Its force, then, does not come from the number of its defenders, but is a peculiar energy and, as it were, a fatal power residing in the invisible body itself of that opinion.
—According to this, public opinion would be that which is opined by no one… You will agree that this is a paradox and, consequently, an invitation to leave you alone. It seems incredible that a man as courteous as you accepts that maximum form of discourtesy, the paradox! The paradox is the theoretical slap invented, no doubt, by someone too timid to give it with the hand and too bilious to leave off giving it.
—Indeed; but calm yourself, and note that what is paradoxical in a thought is only its expression, and the expression has issued from you, not from me. To set your mind at rest, I run to undo whatever may be found paradoxical in my idea. After all, I claim no more than to rehabilitate what is vulgarly said, namely: that public opinion is the opinion of everyone. But recall a wise phrase, which the vulgar also repeat: ‘Another one remains within.’ Well then; public opinion is the opinion that remains within everyone. Now the paradox appears excluded. Before each question the majority opines white, the minority black; but this is the expressed opinion. Unexpressed, confused, if you will; unconfessed, another remains within the white and the black. The contest will come: in the discussion, both opinions will exaggerate themselves further; the white will be snow-white; the black, like ebony; but something decisive will always be lacking, whose absence allows that, in the end, a thing blue or red be made.
—Now your thought seems to me more tolerable.
—For it is a truism! And, nevertheless, you yourself resist it, or, at least, its immediate consequences.
—How?
—Very simple: by believing that the place where public opinion manifests itself most broadly and clearly is politics, when the contrary occurs. We see that public opinion consists in a profound coincidence that inhabits the summit of our hearts, men of one race and one age, a radical community that governs and gives its decisive tint even to our greatest divergences. I speak of the men who do not represent an abnormality. On the other hand, politics, from its base to its summit, is all struggle, divergence, dissension, and is nothing but struggle, divergence and dissension. If these did not exist there would be no politics: there would only be administration, the automatic regime of the social functions, according to technical and almost algebraic aphorisms. Now then; if divergence were, not superficial and cutaneous, as I believe it to be, but deep and extreme, life in common, the presupposition of those very divergences, would become impossible. History, on the contrary, goes on showing an increase of well-being in coexistence; each time we feel less ill with one another, we do not cut one another’s throats so easily, we do not scatter at every pretext like savage peoples. Looked at against the light, this exterior progress is nothing but the interior progress of public opinion, of concord. The appearance of constant quarrels, of polemics, of disputations, comes from the fact that very wisely certain resonant apparatuses have been fabricated, such as Parliaments, cafés, newspapers, where the germs of discord find so favourable a sound transcription that ordinarily they aspire to nothing more.
—So then, politics serves for nothing?
—Should it not serve? Is it nothing that the noisy finds its satisfactory outlet and does not corrupt itself repressed? But, moreover, the organization of politics is worth as a most extensive teaching whose purely sonorous elements the air disperses, while whatever in political ideas is energetic and fruitful goes, by slow decantation, like the step of a bear, to increase the sediments of public opinion. But, alas, when this has already occurred, when something has passed from politics to opinion, one no longer discusses it, it is no longer a political theme. You see the reason why the plane of politics and that of public opinion, taken both strictly, never coincide, although sometimes they draw closer than at others.
—If this is so, in all peoples the same would occur, and then, to what end that perpetual lament of many Spaniards, according to whom our politics does not represent public opinion?
—Loyally, I will tell you that, apart from some reservations, now unnecessary, I consider that lament unjustified. We are wont to believe that the politics in force supplants our national opinion because the former seems absurd to us, and we have not the courage to recognize that the latter is so too and exactly for the same reasons. If we took any one of the defects imputed to our politicians, we should find it a defect common to the Spaniards.
—Look here, to tell the truth, I do not quite manage to see clearly the relation that, according to you, exists between the various political opinions and public opinion. On the other hand, although a Spaniard, I like, since I am listening to someone, really to inform myself of what he says, that is, to hear him and not merely to hear what I go on telling myself while he speaks.
—Well, you will see, Don Mirlo Blanco, ideal auricle, incredible Hispanic, you will see what I think, provided you do not attribute to me a peculiar vanity, seeing that I try the exercise of this humble verb to think.
The difficulty you find in what I have said comes from your insisting, without realizing it, and perhaps carried by the examples I have used, on supposing that public opinion is exclusively or almost exclusively a political opinion. No such thing occurs. Political affairs are a minimal portion among those that most interest. Facing them stand, to begin with, the private ones. Imagine the forest of private preoccupations, of questions and themes that take hold of our attention before the public ones! We are wont to reach twenty years of age without having become absolutely aware of the problems that the regime of our people encloses. Yet at twenty many things have already interested us, so many that in a certain way we are already what we are going to be afterwards; the new questions that come out to meet us on the road have to submit to the tint or prejudice that we fatally carried within us when we stumbled upon them. Moreover, if I, thinking over an administrative puzzle, reach a conclusion and say, for example: the best is the Republic, am I therefore, simply, a republican? It is quite possible that the rest of my opinions on the other things of the world agrees ill with the advent of the Republic. What to do then?
—For me there is no doubt: your duty is to become a republican.
—Io credo che lei abbia un po’ di ragione, salvo in ciò che sia contraddittoria e assurda. A mio intendere, lei commette un errore considerando le opinioni particolari della maggioranza e della minoranza come quelle iniziali e supponendo che poi l’opinione pubblica si formi a mo’ di risultante. Lungi dall’essere così, penso che le opinioni particolari siano posteriori alla pubblica: questa è l’originaria; quelle, diversificazioni di questa. Vedrà…
El Imparcial, 19 settembre 1912
II
L’opinione della maggioranza è una nozione numerica che non dice nulla dell’energia o della capacità di imporsi insita nell’opinione. Così accade che oggi formino maggioranza nel continente coloro che pensano a certe ore che la proprietà individuale dei capitali sia ingiusta, e, tuttavia, questa opinione, numericamente estesissima, non trionfa, non giunge a realizzarsi; non è essa, quindi, quella che possiede oggi, di fatto, una maggiore realtà. L’opinione pubblica, invece, non dipende dal fatto che la dichiarino molti o pochi; magari, nessuno tra i vivi l’ha formulata in maniera chiara, e, tuttavia, è quella che da Adamo ed Eva decide nelle variazioni della storia. L’opinione pubblica è un’opinione unica, latente sotto le opinioni particolari, anche le più discordanti. Veda un altro esempio: l’attuale politica marocchina che attua la nostra nazione. Chi dubita che sia enormemente superiore il numero degli spagnoli che opinano come privati contro quella espansione coloniale, specialmente contro le concomitanze belliche che in maniera fatale porta annesse? Non si è udita nemmeno una voce sufficientemente ampia e rappresentativa che invii all’opera un alito di entusiasmo. Invece si sono udite innumerevoli vociferazioni in senso ostile. Tuttavia, la colonizzazione si prepara. Il signor Canalejas andrà a colonizzare il Rif, e, nondimeno, il signor Canalejas, che non manca di princìpi, opina indubbiamente che i popoli hanno diritto a vivere retti da sé stessi. Non è curioso? L’opinione favorevole alla politica colonista ha appena difensori; l’opinione contraria li ha, a quanto pare, e fortissimi. Accade che la prima trionfi. La sua forza, dunque, non proviene dal numero dei suoi difensori, ma è una peculiare energia e come un potere fatale residente nel corpo stesso invisibile di quell’opinione.
—Secondo questo, l’opinione pubblica sarebbe quella non opinata da nessuno… Converrà lei che questo è un paradosso e, per conseguenza, un invito a lasciarla sola. Pare impossibile che un uomo così cortese come lei accetti quella forma massima della scortesia, il paradosso! Il paradosso è lo schiaffo teorico inventato, senza dubbio, da qualcuno troppo timido per darlo con la mano e troppo bilioso per rinunciare a darlo.
—Efficace; ma si calmi, e avverta che il paradossale di un pensiero è solo la sua espressione, e l’espressione è uscita da lei, non da me. Perché si tranquillizzi, corro a disfare ciò che si possa trovare di paradossale nella mia idea. Dopo tutto, non pretendo se non di riabilitare ciò che volgarmente si dice, cioè: che l’opinione pubblica è l’opinione di tutto il mondo. Ma ricordi una frase sapiente, che anche il volgo ripete: «Un’altra gliene resta dentro». Ebbene; l’opinione pubblica è l’opinione che resta dentro a tutto il mondo. Ora il paradosso appare escluso. Davanti a ogni questione la maggioranza opina bianco, la minoranza nero; ma questa è l’opinione espressa. Inespressa, confusa, se vuole; inconfessata, un’altra resta dentro al bianco e al nero. Sopravverrà la contesa: nella discussione, entrambe le opinioni si esagereranno di più; il bianco sarà niveo; il nero, come l’ebano; ma mancherà sempre qualcosa di decisivo, la cui assenza permette che, alla fine, si faccia una cosa azzurra o colorata.
—Ora il suo pensiero mi pare più tollerabile.
—Perbacco, è una perogrullata! E, nondimeno, lei stesso vi si oppone, o, quanto meno, alle sue immediate conseguenze.
—Come?
—Molto semplice: credendo che il luogo dove si manifesta più ampia e chiara l’opinione pubblica sia la politica, quando accade il contrario. Vediamo che l’opinione pubblica consiste in una profonda coincidenza che abita il vertice dei nostri cuori, uomini di una razza e di un’epoca, una radicale comunità che governa e dà il suo tono decisivo anche alle nostre maggiori discrepanze. Parlo degli uomini che non rappresentano un’anormalità. Invece, la politica, dalla sua base alla sua cima, è tutta lotta, divergenza, dissensione, e non è altro che lotta, divergenza e dissensione. Se queste non esistessero, non ci sarebbe politica: ci sarebbe solo amministrazione, regime automatico delle funzioni sociali, secondo aforismi tecnici e quasi algebrici. Orbene; se la divergenza fosse, non superficiale e cutanea, come io credo che sia, ma profonda ed estrema, la vita in comune, presupposto di quelle stesse divergenze, diventerebbe impossibile. La storia va mostrando, al contrario, un aumento di benessere nella convivenza; ogni volta ci sentiamo meno male gli uni con gli altri, non ci sgozziamo più così facilmente a vicenda, non ci disperdiamo a ogni pretesto come i popoli selvaggi. Guardato in trasparenza, questo progresso esteriore non è che il progresso interiore dell’opinione pubblica, della concordanza. L’apparenza di liti costanti, di polemiche, di disputazioni, proviene dal fatto che molto saggiamente si sono fabbricati alcuni apparecchi risonatori, come Parlamenti, caffè, giornali, dove i germi di discordia trovano una trascrizione sonora così favorevole che di ordinario non aspirano a niente di più.
—Sicché la politica non serve a niente?
—Come, non deve servire? È forse nulla che il rumoroso trovi il suo sfogo soddisfacente e non si corrompa represso? Ma, inoltre, l’organizzazione della politica vale come un estesissimo insegnamento i cui elementi puramente sonori l’aria disperde, mentre ciò che nelle idee politiche c’è di energico e fecondo va, per lenta decantazione, come passo d’orso, ad accrescere i sedimenti dell’opinione pubblica. Ma, ahimè, quando questo è già accaduto, quando qualcosa è passato dalla politica all’opinione, non si discute più su di esso, non è più tema politico. Veda la ragione per cui il piano della politica e quello dell’opinione pubblica, presi entrambi strettamente, non coincidono mai, sebbene alcune volte si avvicinino più di altre.
—Se è così, in tutti i popoli accadrebbe lo stesso, e allora, a che pro quel lamento perpetuo di molti spagnoli, secondo i quali la nostra politica non rappresenta l’opinione pubblica?
—Lealmente, le dirò che, a parte alcune riserve, ora inutili, considero ingiustificato quel lamento. Sogliamo credere che la politica vigente supplanti la nostra opinione nazionale perché quella ci pare assurda, e non abbiamo il coraggio di riconoscere che questa lo è anch’essa ed esattamente per le stesse ragioni. Se prendessimo uno qualunque dei difetti imputati ai nostri politici, troveremmo che è un difetto comune agli spagnoli.
—Senta, la verità, non finisco di vedere chiara la relazione che, secondo lei, esiste tra le diverse opinioni politiche e l’opinione pubblica. D’altra parte, sebbene spagnolo, mi piace, dal momento che sto ascoltando qualcuno, informarmi realmente di ciò che dice, cioè ascoltare lui e non semplicemente ascoltare ciò che io vado dicendo a me stesso mentre lui parla.
—Ebbene, vedrà, Don Mirlo Blanco, auricola ideale, ispano incredibile, vedrà ciò che io penso, sempre che non mi attribuisca una peculiare vanità, visto che provo l’esercizio di questo umile verbo pensare.
La difficoltà che lei trova in ciò che ho detto proviene dal fatto che insiste, senza accorgersene, e condotto forse dagli esempi da me usati, nel supporre che l’opinione pubblica sia esclusivamente o quasi esclusivamente un’opinione politica. Non accade tale cosa. Gli affari politici sono una minima porzione tra quelli che più interessano. Di fronte a essi stanno, intanto, i privati. Immagini la selva delle preoccupazioni private, delle questioni e dei temi che fanno preda della nostra attenzione prima di quelli pubblici! Sogliamo giungere ai vent’anni senza esserci per nulla accorti dei problemi che racchiude il regime del nostro popolo. Tuttavia, a vent’anni ci hanno già interessato parecchie cose, tante, che in certo modo siamo già ciò che saremo dopo; le nuove questioni che ci escono incontro per strada devono sottomettersi alla tinta o al pregiudizio che fatalmente portavamo dentro quando le incontrammo. Inoltre, se io, pensando sopra un rompicapo amministrativo, giungo a una conclusione e dico, per esempio: la meglio è la Repubblica, sono per questo, senza altro, repubblicano? È molto possibile che il resto delle mie opinioni sulle altre cose del mondo concordi male con l’avvento della Repubblica. Che fare allora?
—Per me non c’è dubbio: il suo dovere è farsi repubblicano.
—¡Admirable! Ya soy republicano; voto por los republicanos, me abono a los periódicos republicanos, peroro en las conglomeraciones republicanas. Pero, ser republicano por deber ¿no indica precisamente que no lo soy por plenitud? Sólo un átomo del cosmos interior que componen mis opiniones personales va a la República, arrastrando como una enorme inercia el resto de mí mismo. ¿Qué va hacer la República, que hay que traer, con republicanos que no pueden ni llevarse a sí mismos? Excuso decirle que se trata de un ejemplo nada más; lo mismo podía haberme supuesto monárquico.
Así se explica lo que a todas horas vemos, lo que en tantas páginas reseña la historia: pueblos con mayorías republicanas que viven monárquicamente, y viceversa; pueblos irreligiosos donde la religión omnipuede. Los tres millones de votos socialistas en el Imperio imperialista alemán. En fin, la restauración levantándose como una neblina sobre el paisaje europeo, donde todas las cosas parecen progresistas. Este símil expresa a gusto lo que en definitiva quería decirle: la opinión pública es la neblina, la tonalidad que envuelve y modula las opiniones todas de una época, y dentro del individuo, los juicios particulares que vamos formando. El prejuicio, el plano general sobre que se alzan las diversas opiniones.
—Ahora ya comprendo: imagina usted que los pueblos y los individuos poseen una cantidad inmensa de opiniones periféricas, sinceramente sostenidas, pero con una sinceridad de primer plano: bajo ellas, empero, late otra opinión decisiva, prepotente.
—Así es. La verdadera opinión late: no se la ve, hay que descubrirla al través de sus efectos. Ahí tiene usted la genialidad del Político con mayúscula; la política minúscula es el juego de la superficie. El político opina sobre las cosas: el Político no opina por sí mismo, descubre en cambio con mirada de zahorí la opinión pública, la real, la eficaz y decisiva. Descubierta, la expresa, la saca a la luz y triunfa.
—No; él no triunfa: triunfa la opinión pública.
—Ciertamente: eso distingue al grande del pequeño. Éste, el coleóptero político quiere triunfar él, es decir, quiere hacer triunfar sus opiniones. Claro está que no lo consigue: es un fracasado de nacimiento. El gran político, por el contrario, abre las compuertas a la opinión pública y se cruza de brazos.
—Oiga usted, y ¿se le ha ocurrido a usted solo esto?
—Hombre, yo no soy Robinsón ni Adán: he tenido algunos precursores. Por ejemplo, un tal Fichte que decía: el secreto de la política de Napoleón fue el «expresar en cada momento lo que es en verdad». Y luego, por ejemplo, un tal Fernando Lassalle que dice: «Tiene razón Fichte». Se trata, pues, de tres triunfadores: el uno hizo un Imperio, el otro una Alemania, el tercero el partido socialista. Busque usted en el siglo XIX tres casos de mayor calibre.
—Bueno, acepto momentáneamente esa opinión particular que tiene usted de la opinión pública. Veamos ahora en qué consiste ese espíritu restaurador que usted cree adivinar en el fondo de la actualidad continental.
El Imparcial, 20 de septiembre de 1912
—Admirable! Now I am a republican; I vote for the republicans, I subscribe to the republican newspapers, I harangue in the republican gatherings. But being a republican by duty, does that not precisely indicate that I am not one by fullness? Only one atom of the inner cosmos that my personal opinions compose goes to the Republic, dragging like an enormous inertia the rest of myself. What is the Republic, which has to be brought about, going to do with republicans who cannot even carry themselves? I need not tell you that it is only an example; I might as well have supposed myself a monarchist.
Thus is explained what at all hours we see, what in so many pages history recounts: peoples with republican majorities who live monarchically, and vice versa; irreligious peoples where religion omni-cans. The three million socialist votes in the imperialist German Empire. In short, the restoration rising like a mist over the European landscape, where all things seem progressive. This simile expresses at ease what in the end I wanted to tell you: public opinion is the mist, the tonality that envelops and modulates all the opinions of an age, and within the individual, the particular judgments we go on forming. The prejudice, the general plane upon which the diverse opinions rise.
—Now I understand: you imagine that peoples and individuals possess an immense quantity of peripheral opinions, sincerely held, but with a foreground sincerity: beneath them, however, another decisive, prepotent opinion throbs.
—Just so. The true opinion throbs: it is not seen; one has to discover it through its effects. There you have the genius of the Politician with a capital P; lowercase politics is the game of the surface. The politician opines about things: the Politician does not opine for himself; he discovers instead with a diviner’s gaze the public opinion, the real, the efficacious and decisive one. Once discovered, he expresses it, brings it to light and triumphs.
—No; he does not triumph: public opinion triumphs.
—Certainly: that is what distinguishes the great from the small. The latter, the political coleopter, wants to triumph himself, that is, he wants to make his opinions triumph. It is clear that he does not manage it: he is a born failure. The great politician, by contrast, opens the floodgates to public opinion and folds his arms.
—Listen, and did this occur to you alone?
—My good man, I am no Robinson nor Adam: I have had some precursors. For example, a certain Fichte who said: the secret of Napoleon’s politics was to ‘express at every moment what is in truth’. And then, for example, a certain Ferdinand Lassalle who says: ‘Fichte is right.’ It is a matter, then, of three triumphant men: one made an Empire, another a Germany, the third the socialist party. Look in the nineteenth century for three cases of greater calibre.
—Very well, I momentarily accept that particular opinion you hold of public opinion. Let us now see in what that restorationist spirit consists which you believe you divine at the bottom of the continental actuality.
El Imparcial, September 20, 1912
—Ammirevole! Già sono repubblicano; voto per i repubblicani, mi abbono ai giornali repubblicani, peroro nelle adunate repubblicane. Ma essere repubblicano per dovere non indica forse precisamente che non lo sono per pienezza? Solo un atomo del cosmo interiore che compongono le mie opinioni personali va alla Repubblica, trascinando come un’enorme inerzia il resto di me stesso. Che farà la Repubblica, che bisogna portare, con repubblicani che non possono nemmeno portare sé stessi? È inutile che le dica che si tratta di un esempio e niente più; allo stesso modo avrei potuto suppormi monarchico.
Così si spiega ciò che a tutte le ore vediamo, ciò che in tante pagine riferisce la storia: popoli con maggioranze repubblicane che vivono monarchicamente, e viceversa; popoli irreligiosi dove la religione omnipuò. I tre milioni di voti socialisti nell’Impero imperialista tedesco. Infine, la restaurazione che si leva come una nebbia sul paesaggio europeo, dove tutte le cose sembrano progressiste. Questa similitudine esprime a pieno ciò che in definitiva volevo dirle: l’opinione pubblica è la nebbia, la tonalità che avvolge e modula tutte le opinioni di un’epoca, e dentro l’individuo, i giudizi particolari che andiamo formando. Il pregiudizio, il piano generale su cui si levano le diverse opinioni.
—Ora capisco: lei immagina che i popoli e gli individui possiedano una quantità immensa di opinioni periferiche, sinceramente sostenute, ma con una sincerità di primo piano: sotto di esse, però, palpita un’altra opinione decisiva, prepotente.
—Così è. La vera opinione palpita: non la si vede, bisogna scoprirla attraverso i suoi effetti. Ecco la genialità del Politico con la maiuscola; la politica minuscola è il gioco della superficie. Il politico opina sulle cose: il Politico non opina da sé stesso, scopre invece con sguardo di rabdomante l’opinione pubblica, la reale, l’efficace e decisiva. Scoperta, la esprime, la trae alla luce e trionfa.
—No; non è lui a trionfare: trionfa l’opinione pubblica.
—Certamente: questo distingue il grande dal piccolo. Questo, il coleottero politico, vuole trionfare lui, cioè vuole far trionfare le sue opinioni. È chiaro che non ci riesce: è un fallito di nascita. Il grande politico, al contrario, apre le cateratte all’opinione pubblica e si incrocia le braccia.
—Senta, e questa idea le è venuta da solo?
—Via, io non sono Robinsón né Adamo: ho avuto alcuni precursori. Per esempio, un certo Fichte che diceva: il segreto della politica di Napoleone fu l’«esprimere in ogni momento ciò che è in verità». E poi, per esempio, un certo Fernando Lassalle che dice: «Ha ragione Fichte». Si tratta, dunque, di tre trionfatori: l’uno fece un Impero, l’altro una Germania, il terzo il partito socialista. Cerchi nel XIX secolo tre casi di maggior calibro.
—Bene, accetto momentaneamente quell’opinione particolare che lei ha dell’opinione pubblica. Vediamo ora in che cosa consista quello spirito restauratore che lei crede di indovinare in fondo all’attualità continentale.
El Imparcial, 20 settembre 1912