Ortega y Gasset
Abstract
An Argentine travel piece: on the train to Mendoza, Ortega feels the Pampa invade him as his new landscape after years of insensibility. Digressions on landscapes as organisms, on love as inalienable choice, and on memoirs as an attempt to save one’s lived life.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hay en mi obra bastantes estudios de paisaje. He sentido los campos apasionadamente, he vivido absorto ante ellos, sumido en su textura de gran tapiz botánico y telúrico; he amado, he sufrido en ellos. A la verdad, sólo se ven bien los paisajes cuando han sido fondo y escenario para el dramatismo de nuestro corazón. Conforme avanza éste por la vida lleva consigo a la rastra todo el repertorio de sus antiguos paisajes esenciales como un empresario de teatro viaja con sus decoraciones y bastidores.
En mis estudios de paisaje he intentado algo nuevo sin lograrlo tal vez. No me he contentado con describirlo, sino que me he propuesto hacer un análisis de su estructura —por decirlo así—, su anatomía y su fisiología. Porque los paisajes son organismos. No sólo hay en ellos cosas, sino que estas cosas son sus órganos y ejercen funciones intransferibles.
Sin embargo, hacía mucho tiempo que no me entregaba a ningún paisaje nuevo. La vida, en su madurez, si es leal consigo misma, si siente el pudor de la propia riqueza acumulada —madurez es vida atesorada como la uva en otoño es toda ya dulzor de muchos soles— suele ser muy exigente y no se entrega a cualquier belleza transeúnte, sino que se reserva para darse no más a lo sutil. Por eso es la mujer de treinta años la mejor: ya no ama a cualquiera, sino que elige. Yo no creo que haya auténtico amor si no hay elección. Pero la elección es cosa mucho menos frecuente de lo que se supone: no consiste en preferir a un ser entre muchos que pueden ser amados. Con esta pseudo-elección se contenta casi todo el mundo, y, sin embargo, de ella sólo puede nacer un pseudo-amor. La verdadera elección consiste en no ser capaz de amar más que a determinado ser —es el amor inalienable. En él llega el erotismo a su máxima potencia de delicia y de fatalidad. El rango del amor no se mide por su violencia, por los extremos a que nos lleva, por su fuerza mecánica de pasión, sino por esa virtual calidad de la irremediable elección.
Al notar la menor frecuencia y mayor dificultad de nuestras reacciones sentimentales presumimos que la vida, usando de nuestro corazón, comienza a embotarlo. Pero al día siguiente de pensar esto, súbita, ineludible, llega la ráfaga que nos arrebata como jamás lo habíamos sido. La vida, cuando sigue alerta, no embota, sino que refina y sutiliza. Por eso nos hace pasar indemnes ante tantos paisajes…
Pero Buenos Aires, por bien o por mal, pone en carne viva, desuella nuestra persona, la hiperestesia, y ahora, en el tren, camino de Mendoza, sólo conmigo mismo, he sentido en mí, incontrastable, la invasión de la Pampa, mi nuevo paisaje tras largos años de insensibilidad.
Con sorpresa he advertido que en esta ciudad tan áspera que se llama Buenos Aires o en sus informes alrededores se estremecía una raíz de mí mismo, ignorada por mí, de la cual no crece ni ha crecido nunca mi vida real, sino que es como una ideal raíz de que brotase no sé bien qué posible vida criolla, no vivida, claro está, por mí. Nuestras sensaciones en el país extraño son de muy diversa índole. Unas superficiales, cutáneas, de azar, a veces cómicas. (Por ejemplo: he tardado mucho en averiguar por qué las calles de Buenos Aires a prima noche me hacen pensar en Kant con incongruente frecuencia. Por fin, he sorprendido la sencilla explicación. A esa hora los vendedores de periódicos pregonan: «¡Crítica! ¡La Razón!», y en la asociación, calamburescamente, surge inevitable el título de la obra de Kant). Pero otras veces la resonancia íntima es profunda, esencial, va a herir zonas intactas de nuestro ser, moviliza inercias, dispara potencias que, sin saberlo, transportábamos. Así, yo no he vivido la vida criolla, pero la siento como un muñón. Cuando un día escriba mis Memorias procuraré hacerlo según creo que es debido. Las Memorias o su sustituto la novela en que contamos nuestra vida, se proponen, en definitiva, salvar ésta, evitar su absoluta volatilización. Quisiéramos, agradecidos, devolver a la vida lo que ella nos ha dado, o le hemos arrancado, devolverlo después de meditarlo y alquitararlo. Por eso el lema de mis Memorias y novelas futuras será éste: ¡Neblí, neblí, suelta tu presa! Pues bien, no me parece justo que salvemos sólo la vida que de hecho hemos vivido. Todos tenemos la conciencia de que conforme nos íbamos realizando en la existencia caían a diestra y siniestra, decimadas por el destino, otras vidas que igualmente podríamos haber vivido. La fatalidad ha seleccionado de nuestras posibles trayectorias una y ha eliminado las demás. Mis Memorias contarán también, junto a mi vida efectiva, las que pude vivir, vidas desnucadas antes de nacer, pobres existencias que para siempre quedaron exangües sin ser cumplidas, espectros errabundos que son nuestro múltiple ser fracasado. No se trata de abstractas posibilidades, sino que cada ser humano lleva en torno al núcleo de su existencia efectiva un elenco concreto, individualísimo de otras posibles vidas, suyas y sólo suyas. Y solamente destacándolo sobre el fondo de esas biografías espectrales aparece claro y rigoroso el perfil fatal, estricto de nuestro destino. Así yo contaré mi posible y nonnata vida criolla. Que yo sepa no ha dicho nunca un europeo en qué consiste el peculiar sabor que para él tiene la posibilidad de criollismo. Y, sin embargo, tal vez ahí, en ese sabor se esconde el secreto de la existencia actual americana. Pero quede para otra vez el ensayarlo.
Cada cosa, para ser bien vista, nos impone una distancia determinada y muchas otras condiciones. Si queremos ver una catedral a la distancia a que vemos bien un ladrillo, acercándolo al ojo, percibiremos sólo los poros de una de sus piedras. La Pampa no puede ser vista sin ser vivida. No basta el aparato ocular con su función abstracta de ver. Todo el ser tiene que servir de órgano y colaborar en la percepción de este paisaje, que parece sin forma porque la tiene sutil. Como yo no lo he vivido no puedo decir que lo he visto y lo subsecuente va dicho como a ciegas.
La Pampa, en cuanto paisaje, posee una estructura anómala. Todo paisaje tiene primero y último término. Del discanto entre ambos resulta su música. Pero lo normal es que el primer término lo sea en verdad, quiero decir que nuestra mirada se fije primero en lo que nos es más próximo. En una región de pequeños valles, como Asturias, atendemos primero a los objetos inmediatos —la casa, el hórreo, la vaca— que adquieren una calidad monumental. Sólo después, y sin insistencia, nuestra mirada percibe el confuso fondo, el seno del valle, el flanco de la colina, la vaga cima del cerro. De este modo, el último término representa su propio papel de personaje secundario, de marco. Lo mismo acontece en un paisaje más abierto, como el de Francia, donde las cosas a nuestra vera atraen la atención visual, retienen primero la mirada, nos interesan. Cuando las hemos cobrado en la visión como buenas piezas, la mirada avanza, poco a poco, en dirección a lo lejano. En este sentido digo que, normalmente, el paisaje vive de su primer término. Mas la Pampa vive de su confín. En ella lo próximo es pura área geométrica, es simplemente tierra, mies, algo abstracto, sin fisonomía singular, igual acá que allá. No hay razón alguna para fijarse en este sitio más que en aquél o en otro cualquiera: el cobertizo, la vivienda parecen hechos para despegar la mirada, para que no se los vea. Esta indiferencia del primer término, del lugar donde estamos y próximo a nuestros pies, empuja sin más la mirada hasta el último término, porque el ojo busca algo interesante que ver y en la Pampa no hay nada particular, singular que interese.
De este modo, la vista, sin llegar a fijarse en nada, es despedida hasta los confines del curvo horizonte. En estos confines, allá lejos, están los boscajes —y allí la tierra se envaguece, abre sus poros, pierde peso, se vaporiza, se nubifica, se aproxima al cielo y recibe por contaminación las capacidades de plasticidad y alusión que hay en la nube —, en esa nube que el dedo eléctrico de Hamlet mostraba a Polonio y parecía un perfil de doncella o tal vez una comadreja.
En el confín, la Pampa entreabre su cuerpo y sus venas para que toda la inverosimilitud adscrita a lo aéreo y celestial sea absorbida por la tierra geométrica, abstracta y como vacía, del primer término. El paisaje bebe allí cielo, se abreva y embriaga de irrealidad, y por eso el horizonte pampero vacila como borracho, flota, ondula, vibra como los bordes de una bandera al viento, y no está fijo en la tierra, no radica en una localización rígida, a tantos kilómetros o a cuantos.
In my work there are quite a few landscape studies. I have felt the fields passionately, I have lived absorbed before them, sunk in their texture of a great botanical and telluric tapestry; I have loved, I have suffered in them. In truth, landscapes are seen well only when they have been the background and stage for the dramatism of our heart. As this advances through life it carries along in tow the whole repertoire of its ancient essential landscapes, like a theatre manager travels with his scenery and his flats.
In my landscape studies I have attempted something new without perhaps achieving it. I have not contented myself with describing it, but I have proposed to make an analysis of its structure —so to speak—, its anatomy and its physiology. For landscapes are organisms. Not only are there things in them, but these things are their organs and exercise non-transferable functions.
However, it had been a long time since I gave myself over to any new landscape. Life, in its maturity, if it is loyal to itself, if it feels the modesty of its own accumulated wealth —maturity is life treasured, as the grape in autumn is already all sweetness of many suns— is wont to be very exacting and does not give itself to just any passing beauty, but reserves itself to give itself only to the subtle. That is why the woman of thirty is the best: she no longer loves anyone, but chooses. I do not believe there is authentic love if there is no choice. But choice is a much less frequent thing than is supposed: it does not consist in preferring one being among many that can be loved. With this pseudo-choice almost everyone contents himself, and yet from it only a pseudo-love can be born. The true choice consists in being capable of loving no one but a determinate being —it is the inalienable love. In it eroticism reaches its maximum power of delight and of fatality. The rank of love is not measured by its violence, by the extremes to which it carries us, by its mechanical force of passion, but by that virtual quality of the irremediable choice.
Noting the lesser frequency and greater difficulty of our sentimental reactions, we presume that life, using our heart, begins to blunt it. But the day after thinking this, sudden, ineluctable, comes the gust that carries us away as never before we had been. Life, when it stays alert, does not blunt, but refines and subtilizes. That is why it makes us pass unscathed before so many landscapes…
But Buenos Aires, for good or for ill, exposes, flays our person —hypersethesia—, and now, in the train, on the way to Mendoza, alone with myself, I have felt in me, irresistibly, the invasion of the Pampa, my new landscape after long years of insensibility.
With surprise I have noticed that in this city so harsh that is called Buenos Aires, or in its formless outskirts, a root of myself was stirring, unknown to me, from which my real life does not grow nor has ever grown, but which is like an ideal root from which there sprouted, I know not well, some possible criollo life, not lived, of course, by me. Our sensations in the foreign country are of very diverse natures. Some superficial, cutaneous, of chance, at times comical. (For example: I have taken long to find out why the streets of Buenos Aires at early night make me think of Kant with incongruent frequency. At last I have caught the simple explanation. At that hour the newspaper vendors cry: ‘¡Crítica! ¡La Razón!’, and in the association, punningly, the title of Kant’s work arises inevitably). But other times the intimate resonance is deep, essential, goes to wound intact zones of our being, mobilizes inertias, fires powers that, without knowing it, we transported. Thus, I have not lived the criollo life, but I feel it like a stump. When one day I write my Memoirs I shall try to do it as I believe is due. Memoirs or their substitute, the novel in which we tell our life, propose, in the end, to save this, to avoid its absolute volatilization. We should like, gratefully, to return to life what it has given us, or what we have torn from it, to return it after meditating and distilling it. That is why the motto of my Memoirs and future novels will be this: ¡Neblí, neblí, suelta tu presa! Well then, it does not seem to me just that we save only the life we have in fact lived. We all have the consciousness that, as we went realizing ourselves in existence, there fell to right and left, decimated by destiny, other lives that we equally could have lived. Fatality has selected from our possible trajectories one and has eliminated the rest. My Memoirs will also tell, alongside my effective life, those I could have lived, lives with their necks broken before being born, poor existences that for ever remained exsanguinated without being fulfilled, wandering spectres that are our multiple failed being. It is not a question of abstract possibilities, but every human being carries around the nucleus of his effective existence a concrete, most individual catalogue of other possible lives, his own and only his own. And only by standing out against the background of those spectral biographies does the fatal, strict profile of our destiny appear clear and rigorous. Thus I shall tell my possible and unborn criollo life. As far as I know, no European has ever said in what consists the peculiar flavour that the possibility of criollism has for him. And, yet, perhaps there, in that flavour, hides the secret of the present American existence. But let the essaying of it remain for another time.
Each thing, to be well seen, imposes on us a determinate distance and many other conditions. If we want to see a cathedral at the distance at which we see a brick well, bringing it close to the eye, we shall perceive only the pores of one of its stones. The Pampa cannot be seen without being lived. The ocular apparatus with its abstract function of seeing is not enough. The whole being has to serve as organ and collaborate in the perception of this landscape, which seems formless because it has a subtle form. Since I have not lived it, I cannot say that I have seen it, and what follows is said, as it were, blindly.
The Pampa, as a landscape, possesses an anomalous structure. Every landscape has a foreground and a background. From the descant between the two results its music. But the normal thing is that the foreground really is one, I mean that our gaze fixes itself first on what is most near to us. In a region of small valleys, like Asturias, we attend first to the immediate objects —the house, the hórreo, the cow— which acquire a monumental quality. Only afterwards, and without insistence, our gaze perceives the confused background, the bosom of the valley, the flank of the hill, the vague summit of the hillock. In this way, the background plays its own role of secondary character, of frame. The same happens in a more open landscape, like that of France, where the things at our side attract the visual attention, retain first the gaze, interest us. When we have taken them into vision like good quarry, the gaze advances, little by little, in the direction of the far away. In this sense I say that, normally, the landscape lives from its foreground. But the Pampa lives from its limit. In it the near is pure geometrical area, it is simply earth, cornfield, something abstract, without singular physiognomy, the same here as there. There is no reason whatever to fix oneself on this site more than on that one or on any other: the shed, the dwelling seem made to detach the gaze, so that they may not be seen. This indifference of the foreground, of the place where we are and near to our feet, pushes the gaze straight to the background, because the eye seeks something interesting to see and in the Pampa there is nothing particular, singular that interests.
In this way, the sight, without ever fixing itself on anything, is dismissed as far as the confines of the curved horizon. In these confines, far off there, are the thickets —and there the earth becomes blurred, opens its pores, loses weight, vaporizes, clouds over, approaches the sky and receives by contamination the capacities of plasticity and allusion that there are in the cloud—, in that cloud which Hamlet’s electric finger showed to Polonius and which seemed a maiden’s profile or perhaps a weasel.
In the limit, the Pampa half-opens its body and its veins so that all the improbability ascribed to the airy and celestial may be absorbed by the geometric, abstract and as it were empty earth of the foreground. The landscape drinks sky there, quenches itself and grows drunk with unreality, and that is why the pampean horizon wavers like a drunkard, floats, undulates, vibrates like the edges of a flag in the wind, and is not fixed on the earth, does not take root in a rigid location, at so many kilometres or at however many.
Nella mia opera ci sono parecchi studi di paesaggio. Ho sentito i campi appassionatamente, ho vissuto assorto davanti a essi, immerso nella loro trama di grande tappeto botanico e tellurico; ho amato, ho sofferto in essi. In verità, i paesaggi si vedono bene solo quando sono stati fondo e scenario per il drammatismo del nostro cuore. A misura che questo avanza per la vita, porta con sé a rimorchio tutto il repertorio dei suoi antichi paesaggi essenziali, come un impresario teatrale viaggia con le sue decorazioni e le sue quinte.
Nei miei studi di paesaggio ho tentato qualcosa di nuovo senza forse riuscirci. Non mi sono accontentato di descriverlo, ma mi sono proposto di fare un’analisi della sua struttura —per così dire—, la sua anatomia e la sua fisiologia. Perché i paesaggi sono organismi. Non solo ci sono in essi delle cose, ma queste cose sono i loro organi ed esercitano funzioni intrasferibili.
Tuttavia, era da molto tempo che non mi abbandonavo a nessun paesaggio nuovo. La vita, nella sua maturità, se è leale con sé stessa, se sente il pudore della propria ricchezza accumulata —maturità è vita tesaurizzata, come l’uva in autunno è ormai tutta dolcezza di molti soli— suole essere molto esigente e non si dà a una bellezza qualsiasi e transeunte, ma si riserva per darsi soltanto al sottile. Per questo la donna di trent’anni è la migliore: non ama più chiunque, ma sceglie. Io non credo che ci sia autentico amore se non c’è elezione. Ma l’elezione è cosa molto meno frequente di quanto si supponga: non consiste nel preferire un essere tra molti che possono essere amati. Con questa pseudo-elezione si accontenta quasi tutto il mondo, e, tuttavia, da essa può nascere solo un pseudo-amore. La vera elezione consiste nel non essere capaci di amare che un determinato essere —è l’amore inalienabile. In esso l’erotismo raggiunge la sua massima potenza di delizia e di fatalità. Il rango dell’amore non si misura per la sua violenza, per gli estremi a cui ci porta, per la sua forza meccanica di passione, ma per quella qualità virtuale della irrimediabile elezione.
Notando la minor frequenza e maggior difficoltà delle nostre reazioni sentimentali, presumiamo che la vita, usando del nostro cuore, cominci a ottunderlo. Ma il giorno dopo aver pensato questo, subitanea, ineludibile, giunge la raffica che ci rapisce come mai eravamo stati rapiti. La vita, quando resta vigile, non ottunde, ma raffina e sottilizza. Per questo ci fa passare indenni davanti a tanti paesaggi…
Ma Buenos Aires, per bene o per male, mette in carne viva, scortica la nostra persona —l’iperestesia—, e ora, nel treno, in cammino verso Mendoza, solo con me stesso, ho sentito in me, incontrastabile, l’invasione della Pampa, il mio nuovo paesaggio dopo lunghi anni di insensibilità.
Con sorpresa ho avvertito che in questa città così aspra che si chiama Buenos Aires o nei suoi informi dintorni si agitava una radice di me stesso, da me ignorata, dalla quale non cresce né è mai cresciuta la mia vita reale, ma che è come una radice ideale da cui germogliasse non so bene che possibile vita criolla, non vissuta, naturalmente, da me. Le nostre sensazioni nel paese straniero sono di natura molto diversa. Alcune superficiali, cutanee, di caso, a volte comiche. (Per esempio: ho tardato molto a scoprire perché le strade di Buenos Aires alla prima sera mi facciano pensare a Kant con incongruente frequenza. Finalmente ho sorpreso la semplice spiegazione. A quell’ora i venditori di giornali gridano: «¡Crítica! ¡La Razón!», e nell’associazione, calamburrescamente, sorge inevitabile il titolo dell’opera di Kant). Ma altre volte la risonanza intima è profonda, essenziale, va a ferire zone intatte del nostro essere, mobilita inerzie, spara potenze che, senza saperlo, trasportavamo. Così, io non ho vissuto la vita criolla, ma la sento come un moncherino. Quando un giorno scriverò le mie Memorie procurerò di farlo secondo ciò che credo sia doveroso. Le Memorie o il loro sostituto, il romanzo in cui raccontiamo la nostra vita, si propongono, in definitiva, di salvare questa, evitare la sua assoluta volatilizzazione. Vorremmo, grati, restituire alla vita ciò che essa ci ha dato, o che le abbiamo strappato, restituirlo dopo averlo meditato e alambiccato. Per questo il motto delle mie Memorie e dei miei romanzi futuri sarà questo: ¡Neblí, neblí, suelta tu presa! Ebbene, non mi pare giusto che salviamo solo la vita che di fatto abbiamo vissuto. Tutti abbiamo la coscienza che, a misura che ci andavamo realizzando nell’esistenza, cadevano a destra e a manca, decimate dal destino, altre vite che ugualmente avremmo potuto vivere. La fatalità ha selezionato delle nostre possibili traiettorie una sola e ha eliminato le altre. Le mie Memorie racconteranno anche, accanto alla mia vita effettiva, quelle che potei vivere, vite spezzate prima di nascere, povere esistenze che per sempre rimasero esangui senza essere compiute, spettri erranti che sono il nostro molteplice essere fallito. Non si tratta di astratte possibilità, ma ogni essere umano porta attorno al nucleo della sua esistenza effettiva un elenco concreto, individualissimo, di altre possibili vite, sue e solo sue. E solo facendolo risaltare sul fondo di quelle biografie spettrali appare chiaro e rigoroso il profilo fatale, stretto del nostro destino. Così racconterò io la mia possibile e nonnata vita criolla. Che io sappia, nessun europeo ha mai detto in che cosa consista il sapore peculiare che ha per lui la possibilità del criollismo. E, tuttavia, forse lì, in quel sapore, si nasconde il segreto dell’esistenza americana attuale. Ma resti per un’altra volta il tentarlo.
Ogni cosa, per essere ben vista, ci impone una distanza determinata e molte altre condizioni. Se vogliamo vedere una cattedrale alla distanza a cui vediamo bene un mattone, avvicinandolo all’occhio, percepiremo solo i pori di una delle sue pietre. La Pampa non può essere vista senza essere vissuta. Non basta l’apparato oculare con la sua funzione astratta di vedere. Tutto l’essere deve servire da organo e collaborare nella percezione di questo paesaggio, che pare senza forma perché ne ha una sottile. Poiché io non l’ho vissuto, non posso dire di averlo visto, e ciò che segue è detto come alla cieca.
La Pampa, in quanto paesaggio, possiede una struttura anomala. Ogni paesaggio ha primo e ultimo termine. Dal discanto tra entrambi risulta la sua musica. Ma la normalità è che il primo termine lo sia in verità, voglio dire che il nostro sguardo si fissi prima su ciò che ci è più prossimo. In una regione di piccole valli, come le Asturie, attendiamo prima agli oggetti immediati —la casa, l’hórreo, la vacca— che acquistano una qualità monumentale. Solo dopo, e senza insistenza, il nostro sguardo percepisce il confuso fondo, il seno della valle, il fianco della collina, la vaga cima del colle. In questo modo, l’ultimo termine rappresenta il proprio ruolo di personaggio secondario, di cornice. Lo stesso accade in un paesaggio più aperto, come quello di Francia, dove le cose al nostro fianco attirano l’attenzione visiva, trattengono prima lo sguardo, ci interessano. Quando le abbiamo prese nella visione come buone prede, lo sguardo avanza, poco a poco, in direzione del lontano. In questo senso dico che, normalmente, il paesaggio vive del suo primo termine. Ma la Pampa vive del suo confine. In essa il prossimo è pura area geometrica, è semplicemente terra, messe, qualcosa di astratto, senza fisionomia singolare, uguale qua e là. Non c’è alcuna ragione per fissarsi in questo luogo più che in quello o in un altro qualunque: il capanno, l’abitazione sembrano fatti per staccare lo sguardo, perché non li si veda. Questa indifferenza del primo termine, del luogo dove siamo e prossimo ai nostri piedi, spinge senz’altro lo sguardo fino all’ultimo termine, perché l’occhio cerca qualcosa di interessante da vedere e nella Pampa non c’è nulla di particolare, di singolare che interessi.
In questo modo, la vista, senza giungere a fissarsi in nulla, è congedata fino ai confini del curvo orizzonte. In questi confini, là in lontananza, stanno i boscaglie —e lì la terra si sfuma, apre i suoi pori, perde peso, si vaporizza, si nubifica, si approssima al cielo e riceve per contaminazione le capacità di plasticità e di allusione che ci sono nella nube—, in quella nube che il dito elettrico di Amleto mostrava a Polonio e pareva un profilo di donzella o forse una donnola.
Nel confine, la Pampa socchiude il suo corpo e le sue vene perché tutta l’inverosimiglianza ascritta all’aereo e al celeste sia assorbita dalla terra geometrica, astratta e come vuota, del primo termine. Il paesaggio beve lì cielo, si abbevera e inebria di irrealtà, e per questo l’orizzonte pampero vacilla come un ubriaco, fluttua, ondeggia, vibra come i bordi di una bandiera al vento, e non è fisso sulla terra, non radica in una localizzazione rigida, a tanti chilometri o a quanti.
Esos boscajes de la lejanía pueden ser todo: ciudades, castillos de placer, sotos, islas a la deriva —son materia blanda seducida por toda posible forma, son metáfora universal. Son la constante y omnímoda promesa. El hombre está en su primer término —pero vive con los ojos puestos en el horizonte. Allí se le cargan de la embriaguez que hay allí —y entonces los retrae hacia su inmediato contorno. La Pampa se mira comenzando por su fin, por su órgano de promesas, vago oleaje de imaginación donde la inverosimilitud forma su espumosa rompiente que el primer término, tiritando de su propia miseria, de no ser sino atroz y vacía realidad, afanoso absorbe.
Acaso lo esencial de la vida argentina es eso —ser promesa. Tiene el don de poblarnos el espíritu con promesas, reverbera en esperanzas como un campo de mica en reflejos innumerables. El que llega a esta costa ve ante todo lo de después —la fortuna si es homo oeconomicus, el amor logrado si es sentimental, la situación si es ambicioso. La Pampa promete, promete, promete… Hace desde el horizonte inagotables ademanes de abundancia y concesión. Todo vive aquí de lejanías —y desde lejanías. Casi nadie está donde está, sino por delante de sí mismo, muy adelante en el horizonte de sí mismo y desde allí gobierna y ejecuta su vida de aquí, la real, presente y efectiva. La forma de existencia del argentino es lo que yo llamaría el futurismo concreto de cada cual. No es el futurismo genérico de un ideal común, de una utopía colectiva, sino que cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fuesen ya la realidad[149]. Las ruedas de los molinitos mecánicos que, como innumerables coleópteros, se alzan en la Pampa prometen todas y aspiran a ser cada una la auténtica rueda de la fortuna.
—El tren prosigue también su marcha al confín. Por el camino va una tropilla envuelta en su polvareda que es como su atmósfera y avanza con ella —lo mismo que en Homero el Dios camina embozado en la nube. El sol occidente gasta sus últimos rayos en orificar ese polvillo y proporciona a la móvil escena un cariz mitológico.
Pero esas promesas de la Pampa tan generosas, tan espontáneas, muchas veces no se cumplen. Entonces quedan hombre y paisaje atónitos, reducidos al vacío geométrico, a la monotonía de su primer término —y no saben cómo vivir tras aquella amputación de las lontananzas, de las promesas en que había puesto los labios y le hacían respirar. Las derrotas en América deben ser más atroces que en ninguna parte. Queda el hombre de pronto mutilado, en seco, sin explicaciones, sin cuidados para la herida. Un viraje de la suerte le corta toda comunicación con la inverosimilitud en que posaba.
Otra fuente de promesas en este panorama es el continuo viaje de los pájaros y de los cielos migratorios. Todo es un ir hacia más allá, un aspirar, un anunciar que algo va a ser. La Pampa se extenúa en gestos promisores. Ella no está en su material consistencia, sino en sus incesantes alusiones.
Es un área pura y vacía, como hecha para que en ella borde la promesa sus dinámicas caligrafías —el vuelo rectilíneo de un ave, el perfil indeciso de un boscaje, o allá, en las postrimerías del cuadro, el ojal de una laguna donde un pedazo de cielo se ha caído.
En rigor, el alma criolla está llena de promesas heridas, sufre radicalmente de un divino descontento —ya lo dije en 1916—, siente dolor en miembros que le faltan y que, sin embargo, no ha tenido nunca. Frente a la Tierra Prometida es la Pampa la tierra promisora. Si yo pudiese asomarme al alma de cualquier viejo criollo creo que sorprendería su secreta impresión de que se le ha ido la vida toda en vano por el arco de la esperanza, es decir, de que se le ha ido sin haber pasado. No se trata de la sensación universal que a nadie ha faltado del fracaso mayor o menor que arrastra su vida. La cosa es más delicada. Para que nuestra vida fracase es menester que asistamos a su fractura, por tanto que la estemos viviendo. Pero si se me entiende con fino oído, yo diría que el criollo no asiste a su vida efectiva, sino que se la ha pasado fuera de sí, instalado en la otra, en la vida prometida. Por eso, cuando al llegar la vejez mira atrás, no encuentra su vida, que no ha pasado por él, a la que no ha atendido y halla sólo la huella dolorida y romántica de una existencia que no existió. Encuentra, pues, en rigor, el vacío, el hueco de su propia vida.
Como no podía menos, esta impresión de habernos sido escamoteado nuestro propio ser surge en todos los humanos. Si no fuese un ingrediente esencial de toda vida, no podría calificar la del argentino. Los diferentes modos de existir se diferencian, a la postre, sólo en la proporción diversa de elementos siempre los mismos. Quiero decir, pues, que en el argentino predomina, como acaso en ningún otro tipo de hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que se advierta.
Me interesaría sobremanera que algún filólogo escrutase en la literatura argentina y, en general, criolla para averiguar si en ella aparece con frecuencia o intensidad peculiares el tema de la fugacidad de la vida. Sobre todo habría que estudiar en cada autor su producción de la madurez y ancianidad.
Porque ese atributo de fugacidad que el hombre ha descubierto en la vida procede de nuestra falta de atención al presente. Si asistiésemos atentos a cada instante de nuestra carrera mundanal no nos parecería huidiza, sino que habría corrido al mismo paso que nosotros. Lo malo es que desatendemos a menudo las horas semovientes y cuando nos ocurre buscarlas hallamos que han pasado ya. Y como hacemos esta averiguación en un instante, es la consecuencia que para nosotros todas aquellas horas han pasado, efectivamente, en un solo instante.
La vida no camina con paso igual en todos los hombres. El buen burgués de alma quieta, poco imaginativo, a quien nada suele llamar fuera de su circunstancia presente, goza de una vida más lenta que el temperamento ingrávido, a quien el soplo de las promesas arranca sin cesar del minuto actual y lo lanza hacia un futuro imaginario.
Este intento de definir la estructura del paisaje pampero tiene muchas probabilidades de ser erróneo. No es fácil que un extraño acierte con los secretos de un terruño. Estos secretos se absorben con las raíces del ser y exigen, por tanto, radicación. Es ello tan evidente que sorprende un poco la frecuencia con que los indígenas se extrañan o se irritan cuando un viajero, al hablar de su tierra o de su alma, padece error. ¿No es esto lo más natural? Hay plena incongruencia en esperar de un extranjero la verdad sobre nosotros mismos. Lo más probable es que ésta brote en una mente autóctona, saturada por dentro y por fuera del hecho que se analiza. El acierto suele surgir de la saturación intuitiva.
Me atrevería a sostener que la manera de colaborar un extraño en el conocimiento de nuestro país es precisamente por medio de sus errores. No siendo probable que ponga la flecha en el blanco sino, en el mejor caso, que forme opiniones desdibujadas, sin perspectiva ni buen coyuntamiento, debemos aprovechar esta misma monstruosidad. Si se quiere una expresión paradójica hela aquí: la verdad del viajero es su error. ¿Por qué se ha producido en él este determinado error y no otro? ¿Por qué ha desdibujado la realidad en tal dirección y no en tal otra? A poco interesante que sea el alma del extraño por fuerza debe interesarnos la línea de su error. En su alma nuestra tierra y nuestro modo de ser étnico han producido un precipitado distinto del que otra tierra y otra raza engendraron. Inclinémonos con la lupa sobre ese polvillo mental, seguros de que en el error del viajero encontraremos siempre, más acusado que en nuestra propia experiencia, un pedazo de la auténtica verdad.
Pero aun como viajero yo hablo ahora por vez primera sobre estos modos criollos de la humanidad con especial temor. Pues es la verdad que casi ni viajero he sido. Y aun elevo esto a una potencia superlativa. ¿Es posible, prácticamente posible, ser viajero en la Argentina? ¿Se ha caído en la cuenta de que en ese país, donde hay posibilidad abierta para las clases más diversas de hombres, el único prácticamente imposible es, tal vez, el viajero?
Those thickets of the distance can be everything: cities, pleasure castles, groves, islands adrift —they are matter soft, seduced by every possible form, they are universal metaphor. They are the constant and all-embracing promise. Man is in his foreground —but lives with his eyes fixed on the horizon. There he loads himself with the intoxication that is there —and then he retracts them toward his immediate surroundings. The Pampa is looked at beginning from its end, from its organ of promises, vague swell of imagination where improbability forms its foamy breaker which the foreground, shivering from its own misery, from being nothing but atrocious and empty reality, eagerly absorbs.
Perhaps the essential of Argentine life is that —to be promise. It has the gift of peopling our spirit with promises, it reverberates in hopes like a field of mica in innumerable reflections. He who arrives at this coast sees before all the afterwards —fortune if he is a homo oeconomicus, fulfilled love if he is sentimental, position if he is ambitious. The Pampa promises, promises, promises… It makes from the horizon inexhaustible gestures of abundance and concession. Everything lives here from distances —and from distances. Almost no one is where he is, but ahead of himself, far ahead in the horizon of himself, and from there governs and executes his life of here, the real, present and effective one. The form of existence of the Argentine is what I should call each one’s concrete futurism. It is not the generic futurism of a common ideal, of a collective utopia, but each one lives from his illusions as if they were already reality[149]. The wheels of the little mechanical windmills that, like innumerable coleopters, rise in the Pampa, all promise and each aspires to be the authentic wheel of fortune.
—The train also continues its march to the limit. Along the way goes a tropilla wrapped in its cloud of dust, which is like its atmosphere and advances with it —just as in Homer the God walks muffled in the cloud. The setting sun spends its last rays in gilding that fine dust and gives the mobile scene a mythological aspect.
But those promises of the Pampa, so generous, so spontaneous, many times are not fulfilled. Then man and landscape remain astonished, reduced to the geometrical void, to the monotony of their foreground —and they do not know how to live after that amputation of the distances, of the promises on which he had set his lips and which made him breathe. Defeats in America must be more atrocious than anywhere else. Man is left suddenly mutilated, high and dry, without explanations, without cares for the wound. A turn of fortune cuts off all his communication with the improbability in which he rested.
Another source of promises in this panorama is the continual voyage of the birds and of the migratory skies. Everything is a going toward beyond, an aspiring, an announcing that something is going to be. The Pampa exhausts itself in promising gestures. It is not in its material consistency, but in its ceaseless allusions.
It is a pure and empty area, as if made for the promise to embroider in it its dynamic calligraphies —the rectilinear flight of a bird, the indecisive profile of a thicket, or there, in the far edges of the picture, the buttonhole of a lagoon where a piece of sky has fallen.
Strictly speaking, the criollo soul is full of wounded promises, suffers radically from a divine discontent —I already said it in 1916—, feels pain in members that are lacking to it and that, nevertheless, it has never had. Facing the Promised Land, the Pampa is the promising land. If I could lean into the soul of any old criollo, I believe I should surprise his secret impression that his whole life has gone from him in vain through the arch of hope, that is, that it has gone from him without having passed. It is not a question of the universal sensation, which no one has lacked, of the greater or lesser failure that his life drags along. The thing is more delicate. For our life to fail, it is necessary that we attend its fracture, therefore that we be living it. But if I am understood with a fine ear, I should say that the criollo does not attend his effective life, but has spent it outside himself, installed in the other, in the promised life. That is why, when on reaching old age he looks back, he does not find his life, which has not passed through him, to which he has not attended, and finds only the painful and romantic trace of an existence that did not exist. He finds, then, strictly speaking, the void, the hollow of his own life.
As could not fail to happen, this impression that our own being has been smuggled away from us arises in all humans. If it were not an essential ingredient of every life, it could not qualify that of the Argentine. The different modes of existing are differentiated, in the end, only in the diverse proportion of elements always the same. I mean, then, that in the Argentine predominates, as perhaps in no other type of man, that sensation of a life evaporated without being noticed.
It would interest me exceedingly if some philologist were to scrutinize Argentine literature and, in general, criollo literature, to find out whether in it appears with peculiar frequency or intensity the theme of the fugacity of life. Above all one would have to study in each author his production of maturity and old age.
Because that attribute of fugacity that man has discovered in life proceeds from our lack of attention to the present. If we attended attentively to each instant of our worldly course, it would not seem to us fleeting, but would have run at the same pace as we. The bad thing is that we often disregard the moving hours, and when it happens that we seek them, we find that they have already passed. And since we make this inquiry in an instant, the consequence is that for us all those hours have passed, effectively, in a single instant.
Life does not walk with equal step in all men. The good bourgeois of quiet soul, little imaginative, whom nothing is wont to call outside his present circumstance, enjoys a slower life than the weightless temperament, from whom the breath of promises ceaselessly tears away the present minute and hurls him toward an imaginary future.
This attempt to define the structure of the pampean landscape has many probabilities of being erroneous. It is not easy for a stranger to hit upon the secrets of a patch of earth. These secrets are absorbed with the roots of being and demand, therefore, rootedness. It is so evident that the frequency with which the natives wonder or grow irritated when a traveller, speaking of their land or their soul, commits error surprises one a little. Is not this the most natural thing? There is full incongruity in expecting from a foreigner the truth about ourselves. The most probable thing is that it sprouts in an autochthonous mind, saturated inside and out with the fact that is analysed. Hitting the mark usually arises from intuitive saturation.
I should dare to maintain that the way a stranger collaborates in the knowledge of our country is precisely through his errors. Since it is not probable that he puts the arrow in the bull’s-eye but, in the best case, that he forms blurred opinions, without perspective or good articulation, we must take advantage of this very monstrosity. If one wants a paradoxical expression, here it is: the traveller’s truth is his error. Why has this determinate error been produced in him and not another? Why has he blurred reality in such a direction and not in such another? However little interesting the stranger’s soul may be, by force the line of his error must interest us. In his soul our land and our ethnic manner of being have produced a precipitate different from the one that another land and another race engendered. Let us bend with the magnifying glass over that mental dust, sure that in the traveller’s error we shall always find, more marked than in our own experience, a piece of the authentic truth.
But even as a traveller, I now speak for the first time of these criollo modes of humanity with special fear. For it is the truth that I have barely even been a traveller. And I raise even this to a superlative power. Is it possible, practically possible, to be a traveller in Argentina? Has it been realized that in that country, where there is open possibility for the most diverse classes of men, the only practically impossible one is, perhaps, the traveller?
Quei boscaglie della lontananza possono essere tutto: città, castelli di piacere, boschetti, isole alla deriva —sono materia molle sedotta da ogni forma possibile, sono metafora universale. Sono la costante e omnimoda promessa. L’uomo è nel suo primo termine —ma vive con gli occhi fissi sull’orizzonte. Là gli si caricano dell’ebbrezza che c’è là —e allora li ritrae verso il suo contorno immediato. La Pampa si guarda cominciando dalla sua fine, dal suo organo di promesse, vago ondeggiare di immaginazione dove l’inverosimiglianza forma la sua spumosa risacca che il primo termine, tremando della propria miseria, di non essere se non atroce e vuota realtà, affannoso assorbe.
Forse l’essenziale della vita argentina è questo —essere promessa. Ha il dono di popolarci lo spirito di promesse, riverbera in speranze come un campo di mica in riflessi innumerevoli. Chi giunge a questa costa vede prima di tutto il dopo —la fortuna se è homo oeconomicus, l’amore riuscito se è sentimentale, la posizione se è ambizioso. La Pampa promette, promette, promette… Fa dall’orizzonte inesauribili gesti di abbondanza e di concessione. Tutto vive qui di lontananze —e dalle lontananze. Quasi nessuno è dove è, ma davanti a sé stesso, molto avanti nell’orizzonte di sé stesso, e da lì governa ed esegue la sua vita di qui, quella reale, presente ed effettiva. La forma di esistenza dell’argentino è ciò che io chiamerei il futurismo concreto di ciascuno. Non è il futurismo generico di un ideale comune, di un’utopia collettiva, ma ciascuno vive dalle sue illusioni come se fossero già la realtà[149]. Le ruote dei mulini a vento meccanici che, come innumerevoli coleotteri, si levano nella Pampa promettono tutte e aspirano a essere ciascuna l’autentica ruota della fortuna.
—Il treno prosegue anche la sua marcia verso il confine. Per la strada va una tropilla avvolta nella sua polverìa, che è come la sua atmosfera e avanza con essa —come in Omero il Dio cammina avvolto nella nube. Il sole al tramonto consuma i suoi ultimi raggi a indorare quella polvere e fornisce alla mobile scena un aspetto mitologico.
Ma quelle promesse della Pampa, tanto generose, tanto spontanee, molte volte non si compiono. Allora restano uomo e paesaggio attoniti, ridotti al vuoto geometrico, alla monotonia del loro primo termine —e non sanno come vivere dopo quell’amputazione delle lontananze, delle promesse su cui aveva posto le labbra e che gli facevano respirare. Le sconfitte in America devono essere più atroci che in nessun’altra parte. Resta l’uomo d’improvviso mutilato, in secco, senza spiegazioni, senza cure per la ferita. Una svolta della sorte gli taglia ogni comunicazione con l’inverosimiglianza in cui posava.
Un’altra fonte di promesse in questo panorama è il continuo viaggio degli uccelli e dei cieli migratori. Tutto è un andare verso il più oltre, un aspirare, un annunciare che qualcosa sarà. La Pampa si estenua in gesti promissori. Essa non sta nella sua consistenza materiale, ma nelle sue incessanti allusioni.
È un’area pura e vuota, come fatta perché in essa la promessa ricami le sue dinamiche calligrafie —il volo rettilineo di un uccello, il profilo indeciso di un boscaglia, o là, nelle estremità del quadro, l’asola di una laguna dove un pezzo di cielo è caduto.
In rigore, l’anima criolla è piena di promesse ferite, soffre radicalmente di un divino scontento —già lo dissi nel 1916—, sente dolore in membri che le mancano e che, tuttavia, non ha mai avuto. Di fronte alla Terra Promessa, la Pampa è la terra promissoria. Se io potessi affacciarmi all’anima di un qualunque vecchio criollo, credo che sorprenderei la sua segreta impressione che la vita gli se ne sia andata tutta in vano per l’arco della speranza, cioè che gli se ne sia andata senza essere passata. Non si tratta della sensazione universale, che a nessuno è mancata, del fallimento maggiore o minore che la sua vita trascina. La cosa è più delicata. Perché la nostra vita fallisca, è necessario che assistiamo alla sua frattura, quindi che la stiamo vivendo. Ma se mi si intende con orecchio fine, io direi che il criollo non assiste alla sua vita effettiva, ma se l’è passata fuori di sé, installato nell’altra, nella vita promessa. Per questo, quando arrivando alla vecchiaia guarda indietro, non trova la sua vita, che non è passata per lui, alla quale non ha atteso, e trova solo l’orma dolorosa e romantica di un’esistenza che non esisté. Trova, dunque, in rigore, il vuoto, il cavo della propria vita.
Come non poteva non accadere, questa impressione che il nostro proprio essere ci sia stato sottratto sorge in tutti gli umani. Se non fosse un ingrediente essenziale di ogni vita, non potrebbe qualificare quella dell’argentino. I diversi modi di esistere si differenziano, alla fine, solo nella proporzione diversa di elementi sempre gli stessi. Voglio dire, dunque, che nell’argentino predomina, come forse in nessun altro tipo di uomo, quella sensazione di una vita evaporata senza che ci si accorga.
Mi interesserebbe oltremodo che qualche filologo scrutasse nella letteratura argentina e, in generale, criolla per scoprire se in essa appaia con frequenza o intensità peculiari il tema della fugacità della vita. Soprattutto bisognerebbe studiare in ogni autore la sua produzione della maturità e della vecchiaia.
Perché quell’attributo di fugacità che l’uomo ha scoperto nella vita procede dalla nostra mancanza di attenzione al presente. Se assistessimo attenti a ogni istante della nostra corsa mondana, essa non ci parrebbe fuggitiva, ma sarebbe corsa allo stesso passo nostro. Il male è che disattendiamo spesso le ore semoventi e, quando ci accade di cercarle, troviamo che sono già passate. E poiché facciamo questa indagine in un istante, ne consegue che per noi tutte quelle ore sono passate, effettivamente, in un solo istante.
La vita non cammina con passo uguale in tutti gli uomini. Il buon borghese dall’anima quieta, poco immaginativo, che nulla suole chiamare fuori della sua circostanza presente, gode di una vita più lenta del temperamento ingravido, a cui il soffio delle promesse strappa senza tregua dal minuto attuale e lo lancia verso un futuro immaginario.
Questo tentativo di definire la struttura del paesaggio pampero ha molte probabilità di essere erroneo. Non è facile che un estraneo colga i segreti di un terruzzo. Questi segreti si assorbono con le radici dell’essere ed esigono, quindi, radicamento. È cosa così evidente che sorprende un po’ la frequenza con cui gli indigeni si stupiscono o si irritano quando un viaggiatore, parlando della loro terra o della loro anima, cade in errore. Non è forse questa la cosa più naturale? C’è piena incongruenza nell’aspettarsi da un forestiero la verità su noi stessi. Il più probabile è che essa germogli in una mente autoctona, satura per dentro e per fuori del fatto che si analizza. L’indovinare suole sorgere dalla saturazione intuitiva.
Oserei sostenere che il modo di collaborare di un estraneo alla conoscenza del nostro paese è precisamente per mezzo dei suoi errori. Non essendo probabile che metta la freccia nel bersaglio ma, nel migliore dei casi, che formi opinioni sfocate, senza prospettiva né buon incastro, dobbiamo approfittare di questa stessa mostruosità. Se si vuole un’espressione paradossale, eccola: la verità del viaggiatore è il suo errore. Perché si è prodotto in lui questo determinato errore e non un altro? Perché ha sfocato la realtà in tale direzione e non in tale altra? Per poco interessante che sia l’anima dell’estraneo, per forza deve interessarci la linea del suo errore. Nella sua anima, la nostra terra e il nostro modo di essere etnico hanno prodotto un precipitato diverso da quello che un’altra terra e un’altra razza generarono. Inchiniamoci con la lente su quella polvere mentale, sicuri che nell’errore del viaggiatore troveremo sempre, più marcato che nella nostra propria esperienza, un pezzo dell’autentica verità.
Ma anche come viaggiatore, parlo ora per la prima volta di questi modi criolli dell’umanità con speciale timore. Poiché è la verità che non sono stato quasi nemmeno viaggiatore. E innalzo anche questo a una potenza superlativa. È possibile, praticamente possibile, essere viaggiatore in Argentina? Ci si è resi conto che in quel paese, dove c’è possibilità aperta per le classi più diverse di uomini, l’unico praticamente impossibile è, forse, il viaggiatore?
Viajar no es ir a la Argentina como emigrante, ni para concluir un negocio, ni a dar unas conferencias. Todo esto es ir a hacer y a pasar, no es ir a ver y a estar. A mi juicio, esto último es la esencia del viaje. Justamente las dos cosas —ver y estar— que no es fácil o que es imposible practicar en nuestra patria, a la cual nos hallamos demasiado adheridos para lograr la distancia que requiere la visión, y donde los asuntos privados y públicos, el tráfago activo en que desde siempre nos hallamos insertos, nos impiden vivir estáticamente, en actitud receptiva y quieta. La celeridad de los medios de tránsito hace olvidar que lo propio del viaje no es la movilización y el correr tierras, sino la demora que en cada una se hace. Como pasa siempre al llevar una cosa hasta su forma extrema, se la anula. Cook ha acabado con el verdadero viaje, y el turismo lo ha vaciado, quedándose sólo con el pellejo, conservando de tan jugosa aventura externa e íntima como es el viajar su porción abstracta y material: el paso ante las cosas.
Sin embargo, no hay apenas región del mundo donde no puedan encontrarse en cualquier momento gentes que se hallan allí no más que por estar, por ver, por practicar la exquisita absorción de un contorno. La Argentina es una de las pocas excepciones que existen, y si se atiende al tamaño de su territorio y a la importancia de su desarrollo actual es, sin duda, la más sorprendente. Con muy pocas probabilidades de error puede asegurarse que a la hora en que el lector de Buenos Aires lea estas páginas, no hay en toda la República un solo viajero, dando al término su rigoroso sentido. A lo sumo habrá alguna bandada de ocas turistas.
Sirve sólo para ocultar lo interesante del fenómeno apresurarse en aducir sus causas más obvias: la enorme distancia de Europa, la carestía del viaje, etcétera. ¡Cómo si la India o China estuviesen a la mano y su visita fuese gratuita! Lo interesante no son por esta vez las causas, sino, al revés, las consecuencias del hecho. Una es que por falta de auténticos viajeros no se ha ejecutado aún el más ligero intento de definir el alma argentina. Se habla mucho de este país, se habla demasiado —es éste ya un problema curioso: la desproporción entre lo que aún es la Argentina y el ruido que produce en el mundo—, se habla casi siempre mal. Se enumeran sus defectos, se llega a hacer del argentino un símbolo de humanidad deficiente, pero insistiendo tanto en las faltas, en lo que el argentino no es, nadie se ha ocupado en descubrirnos lo que es. (La peor manera de ser viajero es pasar por una nación para escribir sobre ella. Esta premeditación nos impide absorber sus principales secretos).
Otra consecuencia acarreada por la falta de viajeros, es que el argentino no sabría recibirlos: de tal modo está habituado a su ausencia. La persona que al llegar a Buenos Aires dijese que no iba a nada determinado, sino simplemente a vivir, lo pasaría muy mal. Casi nadie la creería, en torno suyo crecería universal suspicacia, y por el delito de no ir a nada se le imputarían los más inconfesables propósitos. De modo que se puede ir a la Argentina para todo, con tal que no sea para nada.
Esto que, a primera vista, no tiene importancia, es, a mi juicio, un síntoma muy grave, y que permite sorprender, como por una brecha, no pocos arcanos ingredientes de aquella existencia. ¿Cómo se puede entender que a un hombre sorprenda que otro se proponga simplemente vivir? Sólo de una manera: si el que se sorprende, él mismo no vive. Y, en efecto, una de las cosas menos frecuentes en la Argentina es hallar alguien que tenga puesta su vida primariamente a vivirla y sólo secundariamente a esta o la otra meta parcial dentro de la vida. De esta peculiaridad, que enunciada así tiene un aspecto abstruso, se derivan no pocos rasgos del alma argentina, por lo menos los que más extrañan al transeúnte europeo.
Travelling is not going to Argentina as an emigrant, nor to conclude a business, nor to give some lectures. All that is going to do and to pass through, it is not going to see and to stay. In my judgment, this latter is the essence of travel. Precisely the two things —to see and to stay— which it is not easy or is impossible to practise in our fatherland, to which we find ourselves too adherent to achieve the distance that vision requires, and where the private and public affairs, the active bustle in which we have always found ourselves inserted, prevent us from living statically, in a receptive and quiet attitude. The swiftness of the means of transit makes one forget that what is proper to travel is not mobilization and running through lands, but the sojourn made in each one. As always happens in carrying a thing to its extreme form, one annuls it. Cook has put an end to the true travel, and tourism has emptied it, keeping only the skin, conserving from so juicy an adventure, external and intimate, as travelling is, its abstract and material portion: the passing before things.
However, there is scarcely a region of the world where people may not be found at any moment who find themselves there only to stay, to see, to practise the exquisite absorption of a surroundings. Argentina is one of the few exceptions that exist, and if one attends to the size of its territory and to the importance of its present development, it is, without doubt, the most surprising. With very few probabilities of error it may be assured that at the hour in which the reader of Buenos Aires reads these pages, there is not in the whole Republic a single traveller, giving the term its strict sense. At most there will be some flock of tourist geese.
It serves only to conceal the interesting thing of the phenomenon to hurry to adduce its most obvious causes: the enormous distance from Europe, the costliness of the voyage, etcetera. As if India or China were at hand and their visit were free! The interesting things are not this time the causes, but, on the contrary, the consequences of the fact. One of them is that for lack of authentic travellers there has not yet been executed the lightest attempt to define the Argentine soul. Much is spoken of this country, too much is spoken —this is already a curious problem: the disproportion between what Argentina still is and the noise it produces in the world—, one speaks almost always badly. Its defects are enumerated, one comes to make of the Argentine a symbol of deficient humanity, but insisting so much on the faults, on what the Argentine is not, no one has occupied himself with discovering to us what he is. (The worst way of being a traveller is to pass through a nation to write about it. This premeditation prevents us from absorbing its principal secrets).
Another consequence brought by the lack of travellers is that the Argentine would not know how to receive them: in such a way is he habituated to their absence. The person who on arriving in Buenos Aires said that he was going to nothing determinate, but simply to live, would have a very bad time. Almost no one would believe him, around him a universal suspicion would grow, and for the crime of going to nothing the most unconfessable purposes would be imputed to him. So that one can go to Argentina for everything, provided it be not for nothing.
This which, at first sight, has no importance, is, in my judgment, a very grave symptom, and one that allows us to surprise, as through a breach, not a few arcane ingredients of that existence. How can it be understood that a man should wonder that another proposes himself simply to live? Only in one way: if he who wonders, he himself does not live. And, in effect, one of the least frequent things in Argentina is to find someone who has placed his life primarily to living it and only secondarily to this or that partial goal within life. From this peculiarity, which enunciated thus has an abstruse aspect, are derived not a few traits of the Argentine soul, at least those that most astonish the European passer-by.
Viaggiare non è andare in Argentina come emigrante, né per concludere un affare, né per tenere qualche conferenza. Tutto questo è andare a fare e a passare, non è andare a vedere e a stare. A mio giudizio, quest’ultimo è l’essenza del viaggio. Precisamente le due cose —vedere e stare— che non è facile o che è impossibile praticare nella nostra patria, alla quale ci troviamo troppo aderenti per raggiungere la distanza che richiede la visione, e dove gli affari privati e pubblici, il traffico attivo in cui da sempre ci troviamo inseriti, ci impediscono di vivere staticamente, in atteggiamento ricettivo e quieto. La celerità dei mezzi di transito fa dimenticare che il proprio del viaggio non è la mobilizzazione e il correre terre, ma la sosta che in ciascuna si fa. Come accade sempre portando una cosa fino alla sua forma estrema, la si annulla. Cook ha finito con il vero viaggio, e il turismo lo ha svuotato, restando solo con la buccia, conservando di una così succosa avventura esterna e intima com’è il viaggiare la sua porzione astratta e materiale: il passaggio davanti alle cose.
Tuttavia, non c’è quasi regione del mondo dove non si possano trovare in qualunque momento genti che si trovano lì solo per stare, per vedere, per praticare lo squisito assorbimento di un contorno. L’Argentina è una delle poche eccezioni che esistono, e se si attende alla grandezza del suo territorio e all’importanza del suo sviluppo attuale, è, senza dubbio, la più sorprendente. Con pochissime probabilità di errore si può assicurare che all’ora in cui il lettore di Buenos Aires leggerà queste pagine, non c’è in tutta la Repubblica un solo viaggiatore, dando al termine il suo rigoreoso senso. Al massimo ci sarà qualche stormo di oche turiste.
Serve solo a nascondere l’interessante del fenomeno l’affrettarsi ad addurre le sue cause più ovvie: l’enorme distanza dall’Europa, la carestia del viaggio, eccetera. Come se l’India o la Cina fossero a portata di mano e la loro visita fosse gratuita! L’interessante non sono questa volta le cause, ma, al contrario, le conseguenze del fatto. Una è che per mancanza di autentici viaggiatori non si è ancora eseguito il più lieve tentativo di definire l’anima argentina. Si parla molto di questo paese, si parla troppo —è questo già un problema curioso: la sproporzione tra ciò che l’Argentina è ancora e il rumore che produce nel mondo—, si parla quasi sempre male. Se ne enumerano i difetti, si giunge a fare dell’argentino un simbolo di umanità deficiente, ma insistendo tanto sulle mancanze, su ciò che l’argentino non è, nessuno si è occupato di scoprirci ciò che è. (La peggior maniera di essere viaggiatore è passare per una nazione per scrivere su di essa. Questa premeditazione ci impedisce di assorbire i suoi principali segreti).
Un’altra conseguenza portata dalla mancanza di viaggiatori è che l’argentino non saprebbe riceverli: di tal modo è abituato alla loro assenza. La persona che arrivando a Buenos Aires dicesse che non andava a nulla di determinato, ma semplicemente a vivere, se la passerebbe molto male. Quasi nessuno le crederebbe, attorno a lei crescerebbe una universale suspicacia, e per il delitto di non andare a nulla le si imputerebbero i più inconfessabili propositi. Sicché si può andare in Argentina per tutto, purché non sia per nulla.
Questo che, a prima vista, non ha importanza, è, a mio giudizio, un sintomo molto grave, e che permette di sorprendere, come per una breccia, non pochi arcani ingredienti di quell’esistenza. Come si può intendere che a un uomo faccia meraviglia che un altro si proponga semplicemente di vivere? Solo in un modo: se chi si meraviglia, lui stesso non vive. E, in effetto, una delle cose meno frequenti in Argentina è trovare qualcuno che abbia messa la sua vita primariamente a viverla e solo secondariamente a questa o quell’altra meta parziale dentro la vita. Da questa peculiarità, che enunciata così ha un aspetto astruso, si derivano non pochi tratti dell’anima argentina, per lo meno quelli che più stupiscono il transeunte europeo.