Abstract

An Argentine travel piece: on the train to Mendoza, Ortega feels the Pampa invade him as his new landscape after years of insensibility. Digressions on landscapes as organisms, on love as inalienable choice, and on memoirs as an attempt to save one’s lived life.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hay en mi obra bastantes estudios de paisaje. He sentido los campos apasionadamente, he vivido absorto ante ellos, sumido en su textura de gran tapiz botánico y telúrico; he amado, he sufrido en ellos. A la verdad, sólo se ven bien los paisajes cuando han sido fondo y escenario para el dramatismo de nuestro corazón. Conforme avanza éste por la vida lleva consigo a la rastra todo el repertorio de sus antiguos paisajes esenciales como un empresario de teatro viaja con sus decoraciones y bastidores.

En mis estudios de paisaje he intentado algo nuevo sin lograrlo tal vez. No me he contentado con describirlo, sino que me he propuesto hacer un análisis de su estructura —por decirlo así—, su anatomía y su fisiología. Porque los paisajes son organismos. No sólo hay en ellos cosas, sino que estas cosas son sus órganos y ejercen funciones intransferibles.

Sin embargo, hacía mucho tiempo que no me entregaba a ningún paisaje nuevo. La vida, en su madurez, si es leal consigo misma, si siente el pudor de la propia riqueza acumulada —madurez es vida atesorada como la uva en otoño es toda ya dulzor de muchos soles— suele ser muy exigente y no se entrega a cualquier belleza transeúnte, sino que se reserva para darse no más a lo sutil. Por eso es la mujer de treinta años la mejor: ya no ama a cualquiera, sino que elige. Yo no creo que haya auténtico amor si no hay elección. Pero la elección es cosa mucho menos frecuente de lo que se supone: no consiste en preferir a un ser entre muchos que pueden ser amados. Con esta pseudo-elección se contenta casi todo el mundo, y, sin embargo, de ella sólo puede nacer un pseudo-amor. La verdadera elección consiste en no ser capaz de amar más que a determinado ser —es el amor inalienable. En él llega el erotismo a su máxima potencia de delicia y de fatalidad. El rango del amor no se mide por su violencia, por los extremos a que nos lleva, por su fuerza mecánica de pasión, sino por esa virtual calidad de la irremediable elección.

Al notar la menor frecuencia y mayor dificultad de nuestras reacciones sentimentales presumimos que la vida, usando de nuestro corazón, comienza a embotarlo. Pero al día siguiente de pensar esto, súbita, ineludible, llega la ráfaga que nos arrebata como jamás lo habíamos sido. La vida, cuando sigue alerta, no embota, sino que refina y sutiliza. Por eso nos hace pasar indemnes ante tantos paisajes…

Pero Buenos Aires, por bien o por mal, pone en carne viva, desuella nuestra persona, la hiperestesia, y ahora, en el tren, camino de Mendoza, sólo conmigo mismo, he sentido en mí, incontrastable, la invasión de la Pampa, mi nuevo paisaje tras largos años de insensibilidad.

Con sorpresa he advertido que en esta ciudad tan áspera que se llama Buenos Aires o en sus informes alrededores se estremecía una raíz de mí mismo, ignorada por mí, de la cual no crece ni ha crecido nunca mi vida real, sino que es como una ideal raíz de que brotase no sé bien qué posible vida criolla, no vivida, claro está, por mí. Nuestras sensaciones en el país extraño son de muy diversa índole. Unas superficiales, cutáneas, de azar, a veces cómicas. (Por ejemplo: he tardado mucho en averiguar por qué las calles de Buenos Aires a prima noche me hacen pensar en Kant con incongruente frecuencia. Por fin, he sorprendido la sencilla explicación. A esa hora los vendedores de periódicos pregonan: «¡Crítica! ¡La Razón!», y en la asociación, calamburescamente, surge inevitable el título de la obra de Kant). Pero otras veces la resonancia íntima es profunda, esencial, va a herir zonas intactas de nuestro ser, moviliza inercias, dispara potencias que, sin saberlo, transportábamos. Así, yo no he vivido la vida criolla, pero la siento como un muñón. Cuando un día escriba mis Memorias procuraré hacerlo según creo que es debido. Las Memorias o su sustituto la novela en que contamos nuestra vida, se proponen, en definitiva, salvar ésta, evitar su absoluta volatilización. Quisiéramos, agradecidos, devolver a la vida lo que ella nos ha dado, o le hemos arrancado, devolverlo después de meditarlo y alquitararlo. Por eso el lema de mis Memorias y novelas futuras será éste: ¡Neblí, neblí, suelta tu presa! Pues bien, no me parece justo que salvemos sólo la vida que de hecho hemos vivido. Todos tenemos la conciencia de que conforme nos íbamos realizando en la existencia caían a diestra y siniestra, decimadas por el destino, otras vidas que igualmente podríamos haber vivido. La fatalidad ha seleccionado de nuestras posibles trayectorias una y ha eliminado las demás. Mis Memorias contarán también, junto a mi vida efectiva, las que pude vivir, vidas desnucadas antes de nacer, pobres existencias que para siempre quedaron exangües sin ser cumplidas, espectros errabundos que son nuestro múltiple ser fracasado. No se trata de abstractas posibilidades, sino que cada ser humano lleva en torno al núcleo de su existencia efectiva un elenco concreto, individualísimo de otras posibles vidas, suyas y sólo suyas. Y solamente destacándolo sobre el fondo de esas biografías espectrales aparece claro y rigoroso el perfil fatal, estricto de nuestro destino. Así yo contaré mi posible y nonnata vida criolla. Que yo sepa no ha dicho nunca un europeo en qué consiste el peculiar sabor que para él tiene la posibilidad de criollismo. Y, sin embargo, tal vez ahí, en ese sabor se esconde el secreto de la existencia actual americana. Pero quede para otra vez el ensayarlo.


Cada cosa, para ser bien vista, nos impone una distancia determinada y muchas otras condiciones. Si queremos ver una catedral a la distancia a que vemos bien un ladrillo, acercándolo al ojo, percibiremos sólo los poros de una de sus piedras. La Pampa no puede ser vista sin ser vivida. No basta el aparato ocular con su función abstracta de ver. Todo el ser tiene que servir de órgano y colaborar en la percepción de este paisaje, que parece sin forma porque la tiene sutil. Como yo no lo he vivido no puedo decir que lo he visto y lo subsecuente va dicho como a ciegas.

La Pampa, en cuanto paisaje, posee una estructura anómala. Todo paisaje tiene primero y último término. Del discanto entre ambos resulta su música. Pero lo normal es que el primer término lo sea en verdad, quiero decir que nuestra mirada se fije primero en lo que nos es más próximo. En una región de pequeños valles, como Asturias, atendemos primero a los objetos inmediatos —la casa, el hórreo, la vaca— que adquieren una calidad monumental. Sólo después, y sin insistencia, nuestra mirada percibe el confuso fondo, el seno del valle, el flanco de la colina, la vaga cima del cerro. De este modo, el último término representa su propio papel de personaje secundario, de marco. Lo mismo acontece en un paisaje más abierto, como el de Francia, donde las cosas a nuestra vera atraen la atención visual, retienen primero la mirada, nos interesan. Cuando las hemos cobrado en la visión como buenas piezas, la mirada avanza, poco a poco, en dirección a lo lejano. En este sentido digo que, normalmente, el paisaje vive de su primer término. Mas la Pampa vive de su confín. En ella lo próximo es pura área geométrica, es simplemente tierra, mies, algo abstracto, sin fisonomía singular, igual acá que allá. No hay razón alguna para fijarse en este sitio más que en aquél o en otro cualquiera: el cobertizo, la vivienda parecen hechos para despegar la mirada, para que no se los vea. Esta indiferencia del primer término, del lugar donde estamos y próximo a nuestros pies, empuja sin más la mirada hasta el último término, porque el ojo busca algo interesante que ver y en la Pampa no hay nada particular, singular que interese.

De este modo, la vista, sin llegar a fijarse en nada, es despedida hasta los confines del curvo horizonte. En estos confines, allá lejos, están los boscajes —y allí la tierra se envaguece, abre sus poros, pierde peso, se vaporiza, se nubifica, se aproxima al cielo y recibe por contaminación las capacidades de plasticidad y alusión que hay en la nube —, en esa nube que el dedo eléctrico de Hamlet mostraba a Polonio y parecía un perfil de doncella o tal vez una comadreja.

En el confín, la Pampa entreabre su cuerpo y sus venas para que toda la inverosimilitud adscrita a lo aéreo y celestial sea absorbida por la tierra geométrica, abstracta y como vacía, del primer término. El paisaje bebe allí cielo, se abreva y embriaga de irrealidad, y por eso el horizonte pampero vacila como borracho, flota, ondula, vibra como los bordes de una bandera al viento, y no está fijo en la tierra, no radica en una localización rígida, a tantos kilómetros o a cuantos.

Esos boscajes de la lejanía pueden ser todo: ciudades, castillos de placer, sotos, islas a la deriva —son materia blanda seducida por toda posible forma, son metáfora universal. Son la constante y omnímoda promesa. El hombre está en su primer término —pero vive con los ojos puestos en el horizonte. Allí se le cargan de la embriaguez que hay allí —y entonces los retrae hacia su inmediato contorno. La Pampa se mira comenzando por su fin, por su órgano de promesas, vago oleaje de imaginación donde la inverosimilitud forma su espumosa rompiente que el primer término, tiritando de su propia miseria, de no ser sino atroz y vacía realidad, afanoso absorbe.

Acaso lo esencial de la vida argentina es eso —ser promesa. Tiene el don de poblarnos el espíritu con promesas, reverbera en esperanzas como un campo de mica en reflejos innumerables. El que llega a esta costa ve ante todo lo de después —la fortuna si es homo oeconomicus, el amor logrado si es sentimental, la situación si es ambicioso. La Pampa promete, promete, promete… Hace desde el horizonte inagotables ademanes de abundancia y concesión. Todo vive aquí de lejanías —y desde lejanías. Casi nadie está donde está, sino por delante de sí mismo, muy adelante en el horizonte de sí mismo y desde allí gobierna y ejecuta su vida de aquí, la real, presente y efectiva. La forma de existencia del argentino es lo que yo llamaría el futurismo concreto de cada cual. No es el futurismo genérico de un ideal común, de una utopía colectiva, sino que cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fuesen ya la realidad[149]. Las ruedas de los molinitos mecánicos que, como innumerables coleópteros, se alzan en la Pampa prometen todas y aspiran a ser cada una la auténtica rueda de la fortuna.

—El tren prosigue también su marcha al confín. Por el camino va una tropilla envuelta en su polvareda que es como su atmósfera y avanza con ella —lo mismo que en Homero el Dios camina embozado en la nube. El sol occidente gasta sus últimos rayos en orificar ese polvillo y proporciona a la móvil escena un cariz mitológico.

Pero esas promesas de la Pampa tan generosas, tan espontáneas, muchas veces no se cumplen. Entonces quedan hombre y paisaje atónitos, reducidos al vacío geométrico, a la monotonía de su primer término —y no saben cómo vivir tras aquella amputación de las lontananzas, de las promesas en que había puesto los labios y le hacían respirar. Las derrotas en América deben ser más atroces que en ninguna parte. Queda el hombre de pronto mutilado, en seco, sin explicaciones, sin cuidados para la herida. Un viraje de la suerte le corta toda comunicación con la inverosimilitud en que posaba.

Otra fuente de promesas en este panorama es el continuo viaje de los pájaros y de los cielos migratorios. Todo es un ir hacia más allá, un aspirar, un anunciar que algo va a ser. La Pampa se extenúa en gestos promisores. Ella no está en su material consistencia, sino en sus incesantes alusiones.

Es un área pura y vacía, como hecha para que en ella borde la promesa sus dinámicas caligrafías —el vuelo rectilíneo de un ave, el perfil indeciso de un boscaje, o allá, en las postrimerías del cuadro, el ojal de una laguna donde un pedazo de cielo se ha caído.

En rigor, el alma criolla está llena de promesas heridas, sufre radicalmente de un divino descontento —ya lo dije en 1916—, siente dolor en miembros que le faltan y que, sin embargo, no ha tenido nunca. Frente a la Tierra Prometida es la Pampa la tierra promisora. Si yo pudiese asomarme al alma de cualquier viejo criollo creo que sorprendería su secreta impresión de que se le ha ido la vida toda en vano por el arco de la esperanza, es decir, de que se le ha ido sin haber pasado. No se trata de la sensación universal que a nadie ha faltado del fracaso mayor o menor que arrastra su vida. La cosa es más delicada. Para que nuestra vida fracase es menester que asistamos a su fractura, por tanto que la estemos viviendo. Pero si se me entiende con fino oído, yo diría que el criollo no asiste a su vida efectiva, sino que se la ha pasado fuera de sí, instalado en la otra, en la vida prometida. Por eso, cuando al llegar la vejez mira atrás, no encuentra su vida, que no ha pasado por él, a la que no ha atendido y halla sólo la huella dolorida y romántica de una existencia que no existió. Encuentra, pues, en rigor, el vacío, el hueco de su propia vida.

Como no podía menos, esta impresión de habernos sido escamoteado nuestro propio ser surge en todos los humanos. Si no fuese un ingrediente esencial de toda vida, no podría calificar la del argentino. Los diferentes modos de existir se diferencian, a la postre, sólo en la proporción diversa de elementos siempre los mismos. Quiero decir, pues, que en el argentino predomina, como acaso en ningún otro tipo de hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que se advierta.

Me interesaría sobremanera que algún filólogo escrutase en la literatura argentina y, en general, criolla para averiguar si en ella aparece con frecuencia o intensidad peculiares el tema de la fugacidad de la vida. Sobre todo habría que estudiar en cada autor su producción de la madurez y ancianidad.

Porque ese atributo de fugacidad que el hombre ha descubierto en la vida procede de nuestra falta de atención al presente. Si asistiésemos atentos a cada instante de nuestra carrera mundanal no nos parecería huidiza, sino que habría corrido al mismo paso que nosotros. Lo malo es que desatendemos a menudo las horas semovientes y cuando nos ocurre buscarlas hallamos que han pasado ya. Y como hacemos esta averiguación en un instante, es la consecuencia que para nosotros todas aquellas horas han pasado, efectivamente, en un solo instante.

La vida no camina con paso igual en todos los hombres. El buen burgués de alma quieta, poco imaginativo, a quien nada suele llamar fuera de su circunstancia presente, goza de una vida más lenta que el temperamento ingrávido, a quien el soplo de las promesas arranca sin cesar del minuto actual y lo lanza hacia un futuro imaginario.


Este intento de definir la estructura del paisaje pampero tiene muchas probabilidades de ser erróneo. No es fácil que un extraño acierte con los secretos de un terruño. Estos secretos se absorben con las raíces del ser y exigen, por tanto, radicación. Es ello tan evidente que sorprende un poco la frecuencia con que los indígenas se extrañan o se irritan cuando un viajero, al hablar de su tierra o de su alma, padece error. ¿No es esto lo más natural? Hay plena incongruencia en esperar de un extranjero la verdad sobre nosotros mismos. Lo más probable es que ésta brote en una mente autóctona, saturada por dentro y por fuera del hecho que se analiza. El acierto suele surgir de la saturación intuitiva.

Me atrevería a sostener que la manera de colaborar un extraño en el conocimiento de nuestro país es precisamente por medio de sus errores. No siendo probable que ponga la flecha en el blanco sino, en el mejor caso, que forme opiniones desdibujadas, sin perspectiva ni buen coyuntamiento, debemos aprovechar esta misma monstruosidad. Si se quiere una expresión paradójica hela aquí: la verdad del viajero es su error. ¿Por qué se ha producido en él este determinado error y no otro? ¿Por qué ha desdibujado la realidad en tal dirección y no en tal otra? A poco interesante que sea el alma del extraño por fuerza debe interesarnos la línea de su error. En su alma nuestra tierra y nuestro modo de ser étnico han producido un precipitado distinto del que otra tierra y otra raza engendraron. Inclinémonos con la lupa sobre ese polvillo mental, seguros de que en el error del viajero encontraremos siempre, más acusado que en nuestra propia experiencia, un pedazo de la auténtica verdad.

Pero aun como viajero yo hablo ahora por vez primera sobre estos modos criollos de la humanidad con especial temor. Pues es la verdad que casi ni viajero he sido. Y aun elevo esto a una potencia superlativa. ¿Es posible, prácticamente posible, ser viajero en la Argentina? ¿Se ha caído en la cuenta de que en ese país, donde hay posibilidad abierta para las clases más diversas de hombres, el único prácticamente imposible es, tal vez, el viajero?

Viajar no es ir a la Argentina como emigrante, ni para concluir un negocio, ni a dar unas conferencias. Todo esto es ir a hacer y a pasar, no es ir a ver y a estar. A mi juicio, esto último es la esencia del viaje. Justamente las dos cosas —ver y estar— que no es fácil o que es imposible practicar en nuestra patria, a la cual nos hallamos demasiado adheridos para lograr la distancia que requiere la visión, y donde los asuntos privados y públicos, el tráfago activo en que desde siempre nos hallamos insertos, nos impiden vivir estáticamente, en actitud receptiva y quieta. La celeridad de los medios de tránsito hace olvidar que lo propio del viaje no es la movilización y el correr tierras, sino la demora que en cada una se hace. Como pasa siempre al llevar una cosa hasta su forma extrema, se la anula. Cook ha acabado con el verdadero viaje, y el turismo lo ha vaciado, quedándose sólo con el pellejo, conservando de tan jugosa aventura externa e íntima como es el viajar su porción abstracta y material: el paso ante las cosas.

Sin embargo, no hay apenas región del mundo donde no puedan encontrarse en cualquier momento gentes que se hallan allí no más que por estar, por ver, por practicar la exquisita absorción de un contorno. La Argentina es una de las pocas excepciones que existen, y si se atiende al tamaño de su territorio y a la importancia de su desarrollo actual es, sin duda, la más sorprendente. Con muy pocas probabilidades de error puede asegurarse que a la hora en que el lector de Buenos Aires lea estas páginas, no hay en toda la República un solo viajero, dando al término su rigoroso sentido. A lo sumo habrá alguna bandada de ocas turistas.

Sirve sólo para ocultar lo interesante del fenómeno apresurarse en aducir sus causas más obvias: la enorme distancia de Europa, la carestía del viaje, etcétera. ¡Cómo si la India o China estuviesen a la mano y su visita fuese gratuita! Lo interesante no son por esta vez las causas, sino, al revés, las consecuencias del hecho. Una es que por falta de auténticos viajeros no se ha ejecutado aún el más ligero intento de definir el alma argentina. Se habla mucho de este país, se habla demasiado —es éste ya un problema curioso: la desproporción entre lo que aún es la Argentina y el ruido que produce en el mundo—, se habla casi siempre mal. Se enumeran sus defectos, se llega a hacer del argentino un símbolo de humanidad deficiente, pero insistiendo tanto en las faltas, en lo que el argentino no es, nadie se ha ocupado en descubrirnos lo que es. (La peor manera de ser viajero es pasar por una nación para escribir sobre ella. Esta premeditación nos impide absorber sus principales secretos).

Otra consecuencia acarreada por la falta de viajeros, es que el argentino no sabría recibirlos: de tal modo está habituado a su ausencia. La persona que al llegar a Buenos Aires dijese que no iba a nada determinado, sino simplemente a vivir, lo pasaría muy mal. Casi nadie la creería, en torno suyo crecería universal suspicacia, y por el delito de no ir a nada se le imputarían los más inconfesables propósitos. De modo que se puede ir a la Argentina para todo, con tal que no sea para nada.

Esto que, a primera vista, no tiene importancia, es, a mi juicio, un síntoma muy grave, y que permite sorprender, como por una brecha, no pocos arcanos ingredientes de aquella existencia. ¿Cómo se puede entender que a un hombre sorprenda que otro se proponga simplemente vivir? Sólo de una manera: si el que se sorprende, él mismo no vive. Y, en efecto, una de las cosas menos frecuentes en la Argentina es hallar alguien que tenga puesta su vida primariamente a vivirla y sólo secundariamente a esta o la otra meta parcial dentro de la vida. De esta peculiaridad, que enunciada así tiene un aspecto abstruso, se derivan no pocos rasgos del alma argentina, por lo menos los que más extrañan al transeúnte europeo.