Abstract
1918 editorial on peace after the Great War: Spain faces it unprepared; peace is a struggle of virtues (competence, efficiency) requiring political forces able to transform the state. Non-philosophical.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Alemania, Austria y Turquía piden la paz. Sea cualquiera el resultado próximo de este hecho, quiere decir que, en uno u otro modo, la paz está ahí: sobre la línea del horizonte quiebran los albores de un tiempo nuevo.
Queremos que esta primera columna sea hoy reservada para el primer sentimiento que ese hecho despierta en nosotros. Este primer sentimiento no es otro que el de esta pregunta: ¿Y España? ¿Qué significa ese enorme y venturoso suceso de la paz para España, para esta tierra amada que vivimos, para este pueblo que somos?
Y tomamos la pluma con la emoción que en toda alma noble descargan las horas agudas. Porque así como la guerra, al abrir su terrible período, significaba un cambio en las condiciones de la vida mundial, así la paz, sobre todo esta paz, significa una mutación radical de la existencia para los pueblos y los individuos. Con dolor, con rencor vimos que España no se había apercibido para atravesar ventajosamente la zona de los años guerreros, y ello nos hostigaba a pedir, día por día, a nuestros compatriotas, en todos los tonos y en todas las formas, que evitasen el que la hora de la paz nos sorprendiese igualmente desprevenidos. Y la paz viene y España está menos presta que nunca para hacerse su lugar en el tiempo nuevo que alborea. Había de traer la paz, por algún mágico destino, la mejor fortuna a nuestro país, y no nos serviría de nada, porque no tenemos órgano creado para recibirla.
Por eso, aprovechando la solemnidad de este momento, decimos a todos los españoles capaces de reflexión y energía: ¡esto no puede ser, no puede ser! Estemos resueltos a no tolerar que España entre en la zona de la paz sin poseer una fuerte organización pública, un poder respetable y respetado, unos núcleos políticos compuestos de cabezas claras y temperamentos ejecutivos, libres de fetichismos por lo viejo, prontos a tajar instituciones caducas, estructuras encallecidas, prejuicios osificados.
Convenzamos a todos los españoles de que la paz es para España sazón más difícil que la guerra. La paz no es inercia ni es quietud: es también lucha como la guerra, sólo que en la guerra luchan las pasiones, y en la paz luchan las virtudes —la competencia, la eficacia, la agilidad, la previsión, la clarividencia. De la guerra cabe ampararse, a la postre, huyendo de ella. Pero la lucha de la paz no tolera abstenciones: el pueblo que mañana se ausente de esa lucha comercial, industrial, intelectual y moral, puede despedirse de la vida.
Y, en tanto, ¿qué hay hoy en España? Hagamos en abreviatura el inventario esencial: arriba, el cadáver de un Gobierno donde los gusanos tradicionales intrigan. Bajo él, una estructura pública, una España oficial de la que no funciona bien una sola rueda, y que ha perdido con todos los prestigios toda la autoridad. Pero en torno de esto hay una España que con mayor o menor intensidad, en unas partes declaradamente, en otras inconscientemente, aspira a una existencia plenaria, a una vida de perfecta modernidad, donde las cosas se hagan bien por los hombres más adecuados, donde la seriedad, la justicia y la pulcritud sean, cuando menos, la norma y lo usual.
En tales circunstancias, con la paz proyectando desde Oriente su patética aurora, ¿qué deben hacer los españoles?
A nuestro juicio, la cuestión es mucho más sencilla de lo que la inercia de los inertes supone. Es preciso dar el Gobierno a las únicas fuerzas políticas que son hoy capaces de transformar la estructura pública de España. ¿Cuáles son éstas?
Los partidos conservador y liberal no existen como potencias eficaces: no representan fuerzas reales de ningún género. A lo sumo, simbolizan sus desprestigiados hombres la España paralítica.
El partido republicano, hermano de los anteriores, es, como ellos, un evaporado. Sus directores no dirigen nada y no despiertan en las masas republicanas esperanza ni fe; cuando más, caridad. Esas masas republicanas, si restamos de ellas los amigos del ruido, quedan integradas por los que anhelan imprecisamente un profundo cambio de la realidad colectiva, y que hoy siguen mejor a un socialista que a un titular del republicanismo.
Todo esto tiene que ser definitivamente enterrado, por no decir barrido.
¿Quién, pues, debe gobernar? No creemos que la política sea una obra de imaginación: no es en el reino del ensueño donde hay que buscar quiénes deben gobernar, sino en la tierra real con los ojos de la cara. Deben gobernar los que pueden gobernar, y pueden gobernar sólo los que poseen una fuerza política activa.
Si resbalamos la mirada sobre el haz nacional, sólo dos núcleos orgánicos hallamos con potencialidad política: los descentralizadores y las agrupaciones de los que trabajan. En torno de esos dos movimientos se agrupan con matizada gradación todas las energías aprovechables de la España de 1918, de la España que va a entrar en la zona de la paz. ¿Por qué esas dos corrientes no se solidarizan entre sí? No hay razón en contra y sobran motivos en pro. Únanse frente a la España caduca y enemiga de la vida, busquen para que las representen en el poder hombres ejecutivos, pero libres de todo radicalismo extravagante, y juntas labren valerosamente, resueltamente, una sociedad moderna, donde cada español pueda dar el máximum de su rendimiento humano, que aproveche toda fuerza existente, fomente solícita las que germinan y prevenga las que faltan. Sólo quien intente esto y para ello rompa todo lo que debe ser roto, devolverá al Estado el prestigio y la autoridad de que hoy carece. Con verdad decía hace pocos días un ministro que si no se intenta esto, vendrá audaz la anarquía.
El día de la paz amanece derramando júbilo y promesas sobre los hombres de buena voluntad: ¡que no llegue el mediodía sin que España se halle por completo en pie!
Publicado sin firma, El Sol, 7 de octubre de 1918