Ortega y Gasset

Abstract

The digest contains no prose sample at all (0 atoms, 991 words declared): the content cannot be judged. The title points to an article on peace and an unprepared Spain, but this cannot be verified.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Alemania, Austria y Turquía piden la paz. Sea cualquiera el resultado próximo de este hecho, quiere decir que, en uno u otro modo, la paz está ahí: sobre la línea del horizonte quiebran los albores de un tiempo nuevo.

Queremos que esta primera columna sea hoy reservada para el primer sentimiento que ese hecho despierta en nosotros. Este primer sentimiento no es otro que el de esta pregunta: ¿Y España? ¿Qué significa ese enorme y venturoso suceso de la paz para España, para esta tierra amada que vivimos, para este pueblo que somos?

Y tomamos la pluma con la emoción que en toda alma noble descargan las horas agudas. Porque así como la guerra, al abrir su terrible período, significaba un cambio en las condiciones de la vida mundial, así la paz, sobre todo esta paz, significa una mutación radical de la existencia para los pueblos y los individuos. Con dolor, con rencor vimos que España no se había apercibido para atravesar ventajosamente la zona de los años guerreros, y ello nos hostigaba a pedir, día por día, a nuestros compatriotas, en todos los tonos y en todas las formas, que evitasen el que la hora de la paz nos sorprendiese igualmente desprevenidos. Y la paz viene y España está menos presta que nunca para hacerse su lugar en el tiempo nuevo que alborea. Había de traer la paz, por algún mágico destino, la mejor fortuna a nuestro país, y no nos serviría de nada, porque no tenemos órgano creado para recibirla.

Por eso, aprovechando la solemnidad de este momento, decimos a todos los españoles capaces de reflexión y energía: ¡esto no puede ser, no puede ser! Estemos resueltos a no tolerar que España entre en la zona de la paz sin poseer una fuerte organización pública, un poder respetable y respetado, unos núcleos políticos compuestos de cabezas claras y temperamentos ejecutivos, libres de fetichismos por lo viejo, prontos a tajar instituciones caducas, estructuras encallecidas, prejuicios osificados.

Convenzamos a todos los españoles de que la paz es para España sazón más difícil que la guerra. La paz no es inercia ni es quietud: es también lucha como la guerra, sólo que en la guerra luchan las pasiones, y en la paz luchan las virtudes —la competencia, la eficacia, la agilidad, la previsión, la clarividencia. De la guerra cabe ampararse, a la postre, huyendo de ella. Pero la lucha de la paz no tolera abstenciones: el pueblo que mañana se ausente de esa lucha comercial, industrial, intelectual y moral, puede despedirse de la vida.

Y, en tanto, ¿qué hay hoy en España? Hagamos en abreviatura el inventario esencial: arriba, el cadáver de un Gobierno donde los gusanos tradicionales intrigan. Bajo él, una estructura pública, una España oficial de la que no funciona bien una sola rueda, y que ha perdido con todos los prestigios toda la autoridad. Pero en torno de esto hay una España que con mayor o menor intensidad, en unas partes declaradamente, en otras inconscientemente, aspira a una existencia plenaria, a una vida de perfecta modernidad, donde las cosas se hagan bien por los hombres más adecuados, donde la seriedad, la justicia y la pulcritud sean, cuando menos, la norma y lo usual.

En tales circunstancias, con la paz proyectando desde Oriente su patética aurora, ¿qué deben hacer los españoles?

A nuestro juicio, la cuestión es mucho más sencilla de lo que la inercia de los inertes supone. Es preciso dar el Gobierno a las únicas fuerzas políticas que son hoy capaces de transformar la estructura pública de España. ¿Cuáles son éstas?

Los partidos conservador y liberal no existen como potencias eficaces: no representan fuerzas reales de ningún género. A lo sumo, simbolizan sus desprestigiados hombres la España paralítica.

El partido republicano, hermano de los anteriores, es, como ellos, un evaporado. Sus directores no dirigen nada y no despiertan en las masas republicanas esperanza ni fe; cuando más, caridad. Esas masas republicanas, si restamos de ellas los amigos del ruido, quedan integradas por los que anhelan imprecisamente un profundo cambio de la realidad colectiva, y que hoy siguen mejor a un socialista que a un titular del republicanismo.

Todo esto tiene que ser definitivamente enterrado, por no decir barrido.

¿Quién, pues, debe gobernar? No creemos que la política sea una obra de imaginación: no es en el reino del ensueño donde hay que buscar quiénes deben gobernar, sino en la tierra real con los ojos de la cara. Deben gobernar los que pueden gobernar, y pueden gobernar sólo los que poseen una fuerza política activa.

Si resbalamos la mirada sobre el haz nacional, sólo dos núcleos orgánicos hallamos con potencialidad política: los descentralizadores y las agrupaciones de los que trabajan. En torno de esos dos movimientos se agrupan con matizada gradación todas las energías aprovechables de la España de 1918, de la España que va a entrar en la zona de la paz. ¿Por qué esas dos corrientes no se solidarizan entre sí? No hay razón en contra y sobran motivos en pro. Únanse frente a la España caduca y enemiga de la vida, busquen para que las representen en el poder hombres ejecutivos, pero libres de todo radicalismo extravagante, y juntas labren valerosamente, resueltamente, una sociedad moderna, donde cada español pueda dar el máximum de su rendimiento humano, que aproveche toda fuerza existente, fomente solícita las que germinan y prevenga las que faltan. Sólo quien intente esto y para ello rompa todo lo que debe ser roto, devolverá al Estado el prestigio y la autoridad de que hoy carece. Con verdad decía hace pocos días un ministro que si no se intenta esto, vendrá audaz la anarquía.

El día de la paz amanece derramando júbilo y promesas sobre los hombres de buena voluntad: ¡que no llegue el mediodía sin que España se halle por completo en pie!

Publicado sin firma, El Sol, 7 de octubre de 1918

Germany, Austria and Turkey ask for peace. Whatever the proximate result of this fact, it means that, in one way or another, peace is there: on the line of the horizon break the dawns of a new time.

We want this first column to be reserved today for the first sentiment that this fact awakens in us. This first sentiment is none other than that of this question: And Spain? What does that enormous and fortunate event of peace mean for Spain, for this beloved land that we live, for this people that we are?

And we take up the pen with the emotion that the acute hours discharge in every noble soul. Because just as the war, in opening its terrible period, signified a change in the conditions of the world’s life, so peace, above all this peace, signifies a radical mutation of existence for peoples and for individuals. With grief, with rancour we saw that Spain had not made itself ready to cross advantageously the zone of the warrior years, and this harassed us to ask, day by day, of our compatriots, in every tone and in every form, that they avoid the hour of peace surprising us equally unprepared. And peace comes, and Spain is less ready than ever to make its place in the new time that dawns. Peace was to bring, by some magical destiny, the best fortune to our country, and it would serve us nothing, because we have no organ created to receive it.

For this reason, taking advantage of the solemnity of this moment, we say to all the Spaniards capable of reflection and energy: this cannot be, cannot be! Let us be resolved not to tolerate that Spain enter the zone of peace without possessing a strong public organization, a respectable and respected power, political nuclei composed of clear heads and executive temperaments, free of fetishisms for the old, ready to cut down decrepit institutions, calloused structures, ossified prejudices.

Let us convince all the Spaniards that peace is for Spain a more difficult season than war. Peace is not inertia nor is it quietness: it is also a struggle like war, only that in war the passions struggle, and in peace the virtues struggle —competence, efficacy, agility, foresight, clairvoyance. From war one can shelter oneself, in the end, by fleeing it. But the struggle of peace tolerates no abstentions: the people that tomorrow absents itself from that commercial, industrial, intellectual and moral struggle, may bid farewell to life.

And, meanwhile, what is there today in Spain? Let us make in abbreviation the essential inventory: above, the corpse of a Government in which the traditional worms intrigue. Beneath it, a public structure, an official Spain of which not a single wheel works well, and which has lost with all the prestiges all the authority. But around this there is a Spain that with greater or lesser intensity, in some parts declaredly, in others unconsciously, aspires to a plenary existence, to a life of perfect modernity, where things are done well by the most adequate men, where seriousness, justice and neatness are, at least, the norm and the usual.

In such circumstances, with peace projecting from the East its pathetic dawn, what should the Spaniards do?

In our judgment, the question is much simpler than the inertia of the inert supposes. It is necessary to give the Government to the only political forces that today are capable of transforming the public structure of Spain. Which are these?

The conservative and liberal parties do not exist as efficacious powers: they represent no real forces of any kind. At most, their discredited men symbolize the paralytic Spain.

The republican party, brother of the former, is, like them, an evaporated one. Its directors direct nothing and awaken in the republican masses neither hope nor faith; at most, charity. Those republican masses, if we subtract from them the friends of noise, remain integrated by those who yearn imprecisely for a profound change of the collective reality, and who today follow a socialist better than a titular of republicanism.

All this has to be definitively buried, not to say swept away.

Who, then, must govern? We do not believe that politics is a work of imagination: it is not in the realm of dream where one has to seek who must govern, but in the real earth with the eyes of one’s face. Those who can govern must govern, and only those who possess an active political force can govern.

If we slide the gaze over the national face, we find only two organic nuclei with political potentiality: the decentralizers and the groupings of those who work. Around those two movements are grouped, with nuanced gradation, all the utilisable energies of the Spain of 1918, of the Spain that is going to enter the zone of peace. Why do not those two currents become solidary with each other? There is no reason against and reasons in favour abound. Let them unite in the face of the decrepit Spain, enemy of life, let them seek, so that they may represent them in power, executive men, but free of all extravagant radicalism, and together let them valiantly, resolutely, work a modern society, where each Spaniard can give the maximum of his human yield, which takes advantage of every existing force, solicitously fosters those that germinate and forestalls those that are lacking. Only he who attempts this and for it breaks everything that must be broken, will restore to the State the prestige and the authority it lacks today. A minister said with truth a few days ago that if this is not attempted, anarchy will come boldly.

The day of peace dawns pouring joy and promises over the men of good will: may noon not arrive without Spain finding itself completely on its feet!

Published unsigned, El Sol, October 7, 1918

Germania, Austria e Turchia chiedono la pace. Quale che sia il risultato prossimo di questo fatto, vuol dire che, in un modo o nell’altro, la pace è lì: sulla linea dell’orizzonte rompono le aurore di un tempo nuovo.

Vogliamo che questa prima colonna sia oggi riservata al primo sentimento che quel fatto desta in noi. Questo primo sentimento non è altro che quello di questa domanda: E la Spagna? Che significa quell’enorme e venturoso evento della pace per la Spagna, per questa terra amata che viviamo, per questo popolo che siamo?

E prendiamo la penna con l’emozione che in ogni anima nobile scaricano le ore acute. Perché come la guerra, aprendo il suo terribile periodo, significava un cambiamento nelle condizioni della vita mondiale, così la pace, soprattutto questa pace, significa una mutazione radicale dell’esistenza per i popoli e per gli individui. Con dolore, con rancore vedemmo che la Spagna non si era preparata ad attraversare vantaggiosamente la zona degli anni guerrieri, e ciò ci spronava a chiedere, giorno per giorno, ai nostri compatrioti, in tutti i toni e in tutte le forme, che evitassero che l’ora della pace ci sorprendesse ugualmente impreparati. E la pace viene, e la Spagna è meno pronta che mai a farsi il suo posto nel tempo nuovo che albeggia. Doveva portare la pace, per qualche magico destino, la migliore fortuna al nostro paese, e non ci servirebbe a nulla, perché non abbiamo organo creato per riceverla.

Per questo, approfittando della solennità di questo momento, diciamo a tutti gli spagnoli capaci di riflessione ed energia: questo non può essere, non può essere! Siamo risoluti a non tollerare che la Spagna entri nella zona della pace senza possedere una forte organizzazione pubblica, un potere rispettabile e rispettato, dei nuclei politici composti di teste chiare e temperamenti esecutivi, liberi da feticismi per il vecchio, pronti a recidere istituzioni caduche, strutture incallite, pregiudizi ossificati.

Convinciamo tutti gli spagnoli che la pace è per la Spagna stagione più difficile della guerra. La pace non è inerzia né è quiete: è anche lotta come la guerra, solo che nella guerra lottano le passioni, e nella pace lottano le virtù —la competenza, l’efficacia, l’agilità, la previsione, la chiaroveggenza. Dalla guerra ci si può riparare, in fin dei conti, fuggendola. Ma la lotta della pace non tollera astensioni: il popolo che domani si assenti da quella lotta commerciale, industriale, intellettuale e morale, può congedarsi dalla vita.

E, intanto, che cosa c’è oggi in Spagna? Facciamo in abbreviatura l’inventario essenziale: sopra, il cadavere di un Governo dove i vermi tradizionali intrigano. Sotto di esso, una struttura pubblica, una Spagna ufficiale di cui non funziona bene una sola ruota, e che ha perso con tutti i prestigi tutta l’autorità. Ma attorno a questo c’è una Spagna che con maggiore o minore intensità, in alcune parti dichiaratamente, in altre inconsciamente, aspira a un’esistenza plenaria, a una vita di perfetta modernità, dove le cose si facciano bene dagli uomini più adeguati, dove la serietà, la giustizia e la pulitezza siano, almeno, la norma e l’usuale.

In tali circostanze, con la pace che proietta da Oriente la sua patetica aurora, che cosa devono fare gli spagnoli?

A nostro giudizio, la questione è molto più semplice di quanto l’inerzia degli inerti supponga. È necessario dare il Governo alle uniche forze politiche che oggi sono capaci di trasformare la struttura pubblica della Spagna. Quali sono queste?

I partiti conservatore e liberale non esistono come potenze efficaci: non rappresentano forze reali di nessun genere. Al massimo, i loro screditati uomini simboleggiano la Spagna paralitica.

Il partito repubblicano, fratello dei precedenti, è, come loro, un evaporato. I suoi direttori non dirigono nulla e non destano nelle masse repubblicane speranza né fede; tutt’al più, carità. Quelle masse repubblicane, se togliamo da esse gli amici del rumore, restano integrate da coloro che anelano imprecisamente a un profondo cambiamento della realtà collettiva, e che oggi seguono meglio un socialista che un titolare del repubblicanesimo.

Tutto questo deve essere definitivamente sepolto, per non dire spazzato via.

Chi, dunque, deve governare? Non crediamo che la politica sia un’opera di immaginazione: non è nel regno del sogno che bisogna cercare chi debba governare, ma nella terra reale con gli occhi della faccia. Devono governare quelli che possono governare, e possono governare solo coloro che possiedono una forza politica attiva.

Se facciamo scorrere lo sguardo sulla faccia nazionale, troviamo solo due nuclei organici con potenzialità politica: i decentratori e le aggregazioni di coloro che lavorano. Attorno a quei due movimenti si raggruppano con graduazione sfumata tutte le energie utilizzabili della Spagna del 1918, della Spagna che sta per entrare nella zona della pace. Perché quelle due correnti non si solidarizzano tra loro? Non c’è ragione in contrario e abbondano i motivi in favore. Si uniscano di fronte alla Spagna caduca e nemica della vita, cerchino perché le rappresentino nel potere uomini esecutivi, ma liberi da ogni radicalismo stravagante, e insieme lavorino valorosamente, risolutamente, una società moderna, dove ogni spagnolo possa dare il massimo del suo rendimento umano, che approfitti di ogni forza esistente, fomenti sollecita quelle che germinano e prevenga quelle che mancano. Solo chi tenti questo e per questo rompa tutto ciò che deve essere rotto, restituirà allo Stato il prestigio e l’autorità di cui oggi manca. Con verità diceva pochi giorni fa un ministro che se non si tenta questo, verrà audace l’anarchia.

Il giorno della pace spunta riversando giubilo e promesse sugli uomini di buona volontà: che non giunga il mezzogiorno senza che la Spagna si trovi completamente in piedi!

Pubblicato senza firma, El Sol, 7 ottobre 1918