Ortega y Gasset

Abstract

A review of Les forces éternelles: the Countess de Noailles weaves and reweaves the same book around love and death. Ortega judges her eroticism monotonous and not spiritual but vegetal — the soul of a plant, all atmospheric sensation: “it is not properly love, it is voluptuousness”. Literary criticism.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hablemos un poco en torno a la más poética de las condesas y la más condesa de las poetisas. Ana de Noailles es hoy la hilandera mayor del lirismo francés. Con un fuego ejemplar, laboriosa, constante, hila cada lustro los versos de un libro que es siempre parejo a los anteriores —tan bello, tan cálido, tan voluptuoso. Diríase que el libro precedente se deshizo y fue necesario volverlo a tejer. Ana de Noailles es, literariamente, Penélope.

El postrer volumen se llama Las fuerzas eternas. Estas fuerzas eternas son, ante todo, el amor y la muerte. No se crea, sin embargo, que ha esperado la condesa hasta ahora para cantar esas potencias esenciales. Toda su obra ha gravitado siempre hacia ellas, basculando deleitablemente de la una a la otra.

Son cuatrocientas páginas de apretada poesía. Llega a nosotros el libro atestado de flores, de astros, de abejas, de nubes, golondrinas y gacelas. Cada poeta tiene un repertorio de objetos que son sus utensilios profesionales. Como el lañador trashumante viaja con su berbiquí y sus alambres, la condesa necesita desplazarse con toda esa impedimenta para poder operar sus preciosas fantasmagorías. Sobre cosas tan bonitas no es posible decir cosas más bonitas.

L’abeille aux bonds chantants, vigoureusement molle,

parece en sus vuelos perseguirse a sí misma.

La golondrina pasa con sus gritos de pájaro que alguien asesina:

Je connais bien ce cri brisant de l’hirondelle

Comme une flèche oblique ancrée au coeur du soir.

Los campanarios son dulces colmenas de abejas argentinas.

Las ranas son cigarras de la onda.

La lluvia es un sol que juega con rayos de metal.

En el viaje.

Tes réveuses prunelles

Contemplaient l’horizon, flagellé et chassé

Par le vent, qui, cherchant ton visage oppressé,

Faisait bondir sur toi ses fluides gazelles.

La campanilla que anuncia la cena da sus brincos de cabrilla loca atada a su cuerda.

En la noche limpia, los astros son fragmentos de día.

Hay en los versos de Ana de Noailles, lo mismo que en su prosa, una excesiva y monótona preocupación por el amor. El amor es todo —dice varias veces en este volumen.

Amour, tâche pure et certaine,

Acte joyeux et sans remord;

Le seul combat contre la mort,

La seule arme proche et lointaine

Dont dispose, en sa pauvreté,

L’être hanté d’éternité.

Este erotismo tan exclusivista fatiga un poco al lector que no posee una disposición tan continuada para el deliquio apasionado. Al resbalar por estas páginas, pensamos más de una vez que se trata de una curiosa ilusión óptica padecida por este poeta. No es que el amor sea todo en verdad, sino que la elocuencia poética sólo brota en Ana de Noailles de estados de ánimo voluptuosos.

Plus je vis, oh mon Dieu, moins je peux exprimer

La force de mon coeur, l’infinité d’aimer,

Ce languissant ou bien ce bondissant orage.

Je suis comme l’étable où entrent les rois mages

Tenant entre leurs mains leurs cadeaux parfumés.

Je suis cette humble porte ouverte sur le monde;

La nuit, l’air, les parfums et l’étoile m’inondent.

Esta perpetua cantinela voluptuosa fluye como un río denso por el cauce del verso. No es, pues, propiamente amor; es simplemente voluptuosidad. Sus metáforas son casi siempre del mismo tipo; en casi todas se alude al estremecimiento erótico y repercute el espasmo. El alma que en esta poesía se expresa no es espiritual; es más bien el alma de un cuerpo que fuera vegetal.

Si intentamos imaginar el alma de una planta, no podremos atribuirle ideas ni sentimientos: no habrá en ella más que sensaciones, y aun éstas, vagas, difusas, atmosféricas. La planta se sentirá bien bajo un cielo benigno, bajo la blanda mano de un viento suave; se sentirá mal bajo la borrasca, azotada por la nieve inverniza. La voluptuosidad femenina es acaso, de todas las humanas impresiones, la que más próxima nos parece a la existencia botánica.

Ana de Noailles siente el universo como una magnolia, una rosa o un jazmín. De aquí su prodigiosa sensibilidad para los cambios atmosféricos, climas, estaciones. No obstante su insistencia amorosa, es revelador que el hombre no aparece nunca dibujado en el fondo aéreo de esta poesía. En cambio, actúan los entes anónimos y difusos: el viento, la humedad, el azul, el silencio.

Le flot léger de l’air vient par ondes dansantes…

¿No es ésta una idea que cabe muy bien en el corazón de una amapola?

Y en otro lugar:

Les vents légers ont ce matin

Cette odeur d’onde et de lointain

Qu’ont les vagues contre les rives.

Otra vez habla del «secreto olor metálico del frío» y del «jovial olor de la nieve», o reconoce en el viento los aromas de que en su viaje se ha cargado, como en el vino se sabe del odre. Olores, sabores, contactos —esto son sus paisajes. El contorno visual falta casi siempre: sería demasiado humano, demasiado «espiritual» para este genio vegetativo. Es divinamente ciega como una camelia.

Una vez filiada como planta sublime, no nos extraña que sea «rebelde al otoño» y le dedique un sincero vejamen:

Je ne vous aime pas, saison mélancolique…

Se trata de una condesa eminentemente estival. En sus paisajes todo es verano; a lo sumo, un estío que se acuerda de su infantil primavera o se asoma a la vertiente declinante de su otoño. Esta poesía vive exenta de invierno. Lo que más abunda en ella es el cielo pulimentado. Imaginamos a la condesa con un vago gesto de criolla, sentada al balcón, sobre un jardín, bebedora de azul.

Certes, rien ne me plait que tes étés, o monde!

Magnolia, rosal, jazmín, le sabe la tierra húmeda, paladea las brisas y se estremece cuando pasa en el caz, temblando, el agua andarina.

De paso, flirtea con la nube transeúnte:

La nuit, me soulevant d’un lit tiède et paisible,

M’accoudant au balcon, j’interrogeais les cieux,

Et j’échangeais avec la nue inaccessible

Le langage sacré du silence et des yeux.

Porque hay en este lirismo vegetal un poro al través del cual sorprendemos que dentro de la planta hay una mujer, mejor, una alta dama. Y es que primavera, estío, azul de cielo, aura de septiembre, vaho abrileño de lluvia, todo lo recibe como si se tratase de caricias que le fuesen personalmente dedicadas. Nos habla «del cielo que alarga sus lácteas caricias», o bien comienza una composición de esta suerte:

Charme d’un soir de mai, que voulez-vous me dire?

Comme un corps plein d’amour vous venez contre moi…

Con todo esto, una cosa debe quedar taxativamente dicha: la poesía de la Noailles es espléndida. Tal vez no haya habido en todas las literaturas modernas otra mujer dotada de parejo ímpetu poético. Las observaciones que acabo de hacer no son propiamente reparos, más bien subrayan y definen la calidad de su admirable estilo. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, asoma durante la lectura a nuestro ánimo, irreprimible, una pregunta perturbadora.

¿Hasta qué punto puede alojarse en la mujer la genialidad lírica? La cuestión es poco galante y corre el riesgo de suscitar en contra todas las banalidades del feminismo. No obstante, algún día será preciso responder a esta pregunta con toda claridad. Por ahora, permítaseme una ligera indicación. El lirismo es la cosa más delicada del mundo. Supone una innata capacidad para lanzar al universo lo íntimo de nuestra persona. Mas, por lo mismo, es preciso que esta intimidad nuestra sea apta para semejante ostentación. Un ser cuyo secreto personal tenga más o menos carácter privado producirá una lírica trivial y prosaica. Hace falta que el último núcleo de nuestra persona sea de suyo como impersonal y esté, desde luego, constituido por materias trascendentes.

Ahora bien: estas condiciones sólo se dan en el varón. Sólo en el hombre es normal y espontáneo ese afán de dar al público lo más personal de su persona. Todas las actividades históricas del sexo masculino nacen de ésta su condición esencialmente lírica. Ciencia, política, creación industrial, poesía, son oficios que consisten en dar al público anónimo, dispersar en el contorno cósmico lo que constituye la energía íntima de cada individuo. La mujer, por el contrario, es nativamente ocultadora. El contacto con el público, con el derredor innominado, produce automáticamente en la mujer normal un cauto hermetismo. Ante «todos», el alma femenina se cierra hacia dentro. En cambio, reserva su intimidad para uno solo. Al revés que el hombre, el cual, en la relación privada o individual con otro semejante —una mujer u otro varón— es siempre insincero, torpe e insignificante. Es vano oponerse a la ley esencial y no meramente histórica, transitoria o empírica que hace del varón un ser substancialmente público y de la mujer un temperamento privado. Todo intento de subvertir ese destino termina en fracaso. No es azar que la máxima aniquilación de la norma femenina consista en que la mujer se convierta en «mujer pública», y que la perfección de la misión varonil, el tipo más alto de existencia masculina, sea el «hombre público».

Let us speak a little around the most poetic of countesses and the most countess of poetesses. Ana de Noailles is today the greatest spinner of French lyricism. With an exemplary fire, laborious, constant, she spins every lustrum the verses of a book that is always even to the previous ones —so beautiful, so warm, so voluptuous. One would say that the preceding book came undone and it was necessary to weave it anew. Ana de Noailles is, literarily, Penelope.

The last volume is called The Eternal Forces. These eternal forces are, above all, love and death. Let it not be believed, however, that the countess has waited until now to sing those essential powers. All her work has always gravitated toward them, swaying delightfully from one to the other.

They are four hundred pages of dense poetry. The book reaches us crammed with flowers, with stars, with bees, with clouds, swallows and gazelles. Every poet has a repertoire of objects that are his professional utensils. As the itinerant tinker travels with his brace and his wires, the countess needs to move with all that impedimenta in order to work her precious phantasmagorias. On such pretty things it is not possible to say prettier things.

L’abeille aux bonds chantants, vigoureusement molle,

seems in its flights to pursue itself.

The swallow passes with its cries of a bird that someone murders:

Je connais bien ce cri brisant de l’hirondelle

Comme une flèche oblique ancrée au coeur du soir.

The belfries are sweet hives of silvery bees.

The frogs are cicadas of the wave.

The rain is a sun that plays with rays of metal.

On the journey.

Tes réveuses prunelles

Contemplaient l’horizon, flagellé et chassé

Par le vent, qui, cherchant ton visage oppressé,

Faisait bondir sur toi ses fluides gazelles.

The bell that announces dinner gives its leaps of a mad little goat tied to its rope.

In the clean night, the stars are fragments of day.

There is in the verses of Ana de Noailles, as in her prose, an excessive and monotonous preoccupation with love. Love is everything —she says several times in this volume.

Amour, tâche pure et certaine,

Acte joyeux et sans remord;

Le seul combat contre la mort,

La seule arme proche et lointaine

Dont dispose, en sa pauvreté,

L’être hanté d’éternité.

This so exclusivist eroticism tires a little the reader who does not possess so continuous a disposition for the passionate swoon. Sliding over these pages, we think more than once that it is a curious optical illusion suffered by this poet. It is not that love is everything in truth, but that poetic eloquence in Ana de Noailles springs only from voluptuous states of mind.

Plus je vis, oh mon Dieu, moins je peux exprimer

La force de mon coeur, l’infinité d’aimer,

Ce languissant ou bien ce bondissant orage.

Je suis comme l’étable où entrent les rois mages

Tenant entre leurs mains leurs cadeaux parfumés.

Je suis cette humble porte ouverte sur le monde;

La nuit, l’air, les parfums et l’étoile m’inondent.

This perpetual voluptuous singsong flows like a dense river through the bed of the verse. It is not, then, properly love; it is simply voluptuousness. Its metaphors are almost always of the same type; in almost all of them the erotic shudder is alluded to and the spasm reverberates. The soul that expresses itself in this poetry is not spiritual; it is rather the soul of a body that were vegetable.

If we try to imagine the soul of a plant, we shall not be able to attribute to it ideas or feelings: there will be in it nothing but sensations, and even these, vague, diffuse, atmospheric. The plant will feel well under a benign sky, under the soft hand of a gentle wind; it will feel ill under the storm, lashed by the wintry snow. Feminine voluptuousness is perhaps, of all the human impressions, the one that seems to us most near to the botanical existence.

Ana de Noailles feels the universe like a magnolia, a rose or a jasmine. Hence her prodigious sensibility for the atmospheric changes, climates, seasons. Notwithstanding her amorous insistence, it is revealing that man never appears drawn in the airy background of this poetry. Instead, the anonymous and diffuse entities act: the wind, the humidity, the blue, the silence.

Le flot léger de l’air vient par ondes dansantes…

Is not this an idea that fits very well in the heart of a poppy?

And in another place:

Les vents légers ont ce matin

Cette odeur d’onde et de lointain

Qu’ont les vagues contre les rives.

Another time she speaks of the ‘secret metallic smell of the cold’ and of the ‘jovial smell of the snow’, or recognizes in the wind the aromas with which it has loaded itself on its journey, as in the wine one knows the wineskin. Smells, tastes, contacts —these are her landscapes. The visual outline is almost always lacking: it would be too human, too ‘spiritual’ for this vegetative genius. She is divinely blind like a camellia.

Once classified as a plant sublime, it does not surprise us that she is ‘rebellious to autumn’ and dedicates to it a sincere vituperation:

Je ne vous aime pas, saison mélancolique…

It is a question of an eminently summery countess. In her landscapes everything is summer; at most, a summer that remembers its infantile spring or leans out to the declining slope of its autumn. This poetry lives exempt from winter. What most abounds in it is the polished sky. We imagine the countess with a vague criolla gesture, seated at the balcony, over a garden, a drinker of blue.

Certes, rien ne me plait que tes étés, o monde!

Magnolia, rosebush, jasmine, she knows the damp earth, savours the breezes and shudders when the walking water passes, trembling, in the mill-race.

In passing, she flirts with the transient cloud:

La nuit, me soulevant d’un lit tiède et paisible,

M’accoudant au balcon, j’interrogeais les cieux,

Et j’échangeais avec la nue inaccessible

Le langage sacré du silence et des yeux.

Because there is in this vegetal lyricism a pore through which we surprise that inside the plant there is a woman, better, a high lady. And it is that spring, summer, blue of sky, aura of September, April vapour of rain, she receives everything as if it were caresses that were personally dedicated to her. She speaks to us ‘of the sky that stretches its milky caresses’, or else she begins a composition of this sort:

Charme d’un soir de mai, que voulez-vous me dire?

Comme un corps plein d’amour vous venez contre moi…

With all this, one thing must remain categorically said: the poetry of the Noailles is splendid. Perhaps in all the modern literatures there has been no other woman endowed with like poetic impetus. The observations I have just made are not properly objections; rather they underline and define the quality of her admirable style. Nevertheless, or perhaps for that very reason, there surfaces during the reading in our mind, irrepressible, a disturbing question.

To what degree can lyrical genius find lodging in woman? The question is little gallant and runs the risk of raising against it all the banalities of feminism. Nevertheless, some day it will be necessary to answer this question with all clarity. For now, let me be permitted a light indication. Lyricism is the most delicate thing in the world. It supposes an innate capacity to launch to the universe the intimate of our person. But, for that very reason, it is necessary that this intimacy of ours be apt for such an ostentation. A being whose personal secret has more or less a private character will produce a trivial and prosaic lyric. It is necessary that the last nucleus of our person be in itself, as it were, impersonal and be, of course, constituted of transcendent matters.

Now then: these conditions are given only in the male. Only in man is that eagerness to give to the public the most personal of his person normal and spontaneous. All the historical activities of the masculine sex are born of this its essentially lyrical condition. Science, politics, industrial creation, poetry, are trades that consist in giving to the anonymous public, in dispersing in the cosmic surroundings what constitutes the intimate energy of each individual. Woman, by contrast, is natively a hider. Contact with the public, with the unnamed surroundings, automatically produces in the normal woman a cautious hermeticism. Before ‘everyone’, the feminine soul closes toward within. Instead, she reserves her intimacy for one alone. The reverse of man, who, in the private or individual relation with another like himself —a woman or another male— is always insincere, clumsy and insignificant. It is vain to oppose the essential law and not merely historical, transitory or empirical, that makes of the male a substantially public being and of the woman a private temperament. Every attempt to subvert that destiny ends in failure. It is not chance that the maximum annihilation of the feminine norm consists in the woman becoming a ‘public woman’, and that the perfection of the masculine mission, the highest type of masculine existence, be the ‘public man’.

Parliamo un po’ intorno alla più poetica delle contesse e alla più contessa delle poetesse. Ana de Noailles è oggi la maggior filatrice del lirismo francese. Con un fuoco esemplare, laboriosa, costante, fila ogni lustro i versi di un libro che è sempre uguale ai precedenti —tanto bello, tanto caldo, tanto voluttuoso. Si direbbe che il libro precedente si sia disfatto e che sia stato necessario ritesserlo. Ana de Noailles è, letterariamente, Penelope.

L’ultimo volume si chiama Le forze eterne. Queste forze eterne sono, innanzi tutto, l’amore e la morte. Non si creda, tuttavia, che la contessa abbia aspettato fino a ora per cantare quelle potenze essenziali. Tutta la sua opera ha sempre gravitato verso di esse, oscillando deliziosamente dall’una all’altra.

Sono quattrocento pagine di poesia fitta. Ci giunge il libro stracolmo di fiori, di astri, di api, di nubi, rondini e gazzelle. Ogni poeta ha un repertorio di oggetti che sono i suoi utensili professionali. Come lo stagnino ambulante viaggia con il suo trapano e i suoi fili, la contessa ha bisogno di spostarsi con tutto quell’armamentario per poter operare le sue preziose fantasmagorie. Su cose tanto carine non è possibile dire cose più carine.

L’abeille aux bonds chantants, vigoureusement molle,

sembra nei suoi voli inseguire sé stessa.

La rondine passa con i suoi gridi di uccello che qualcuno assassina:

Je connais bien ce cri brisant de l’hirondelle

Comme une flèche oblique ancrée au coeur du soir.

I campanili sono dolci alveari di api argentee.

Le rane sono cicale dell’onda.

La pioggia è un sole che gioca con raggi di metallo.

In viaggio.

Tes réveuses prunelles

Contemplaient l’horizon, flagellé et chassé

Par le vent, qui, cherchant ton visage oppressé,

Faisait bondir sur toi ses fluides gazelles.

La campanella che annuncia la cena fa i suoi salti di capretta pazza legata alla sua corda.

Nella notte limpida, gli astri sono frammenti di giorno.

C’è nei versi di Ana de Noailles, come nella sua prosa, un’eccessiva e monotona preoccupazione per l’amore. L’amore è tutto —dice varie volte in questo volume.

Amour, tâche pure et certaine,

Acte joyeux et sans remord;

Le seul combat contre la mort,

La seule arme proche et lointaine

Dont dispose, en sa pauvreté,

L’être hanté d’éternité.

Questo erotismo tanto esclusivista stanca un po’ il lettore che non possiede una disposizione così continuata per il deliquio appassionato. Scivolando per queste pagine, pensiamo più di una volta che si tratti di una curiosa illusione ottica patita da questa poetessa. Non è che l’amore sia tutto in verità, ma che l’eloquenza poetica in Ana de Noailles sgorghi solo da stati d’animo voluttuosi.

Plus je vis, oh mon Dieu, moins je peux exprimer

La force de mon coeur, l’infinité d’aimer,

Ce languissant ou bien ce bondissant orage.

Je suis comme l’étable où entrent les rois mages

Tenant entre leurs mains leurs cadeaux parfumés.

Je suis cette humble porte ouverte sur le monde;

La nuit, l’air, les parfums et l’étoile m’inondent.

Questa perpetua cantilena voluttuosa fluisce come un fiume denso per il letto del verso. Non è, dunque, propriamente amore; è semplicemente voluttuosità. Le sue metafore sono quasi sempre dello stesso tipo; in quasi tutte si allude al fremito erotico e ripercuote lo spasmo. L’anima che in questa poesia si esprime non è spirituale; è piuttosto l’anima di un corpo che fosse vegetale.

Se tentiamo di immaginare l’anima di una pianta, non potremo attribuirle idee né sentimenti: non ci sarà in essa che sensazioni, e anche queste, vaghe, diffuse, atmosferiche. La pianta si sentirà bene sotto un cielo benigno, sotto la molle mano di un vento soave; si sentirà male sotto la bufera, sferzata dalla neve invernale. La voluttuosità femminile è forse, di tutte le impressioni umane, quella che ci pare più prossima all’esistenza botanica.

Ana de Noailles sente l’universo come una magnolia, una rosa o un gelsomino. Di qui la sua prodigiosa sensibilità per i cambiamenti atmosferici, i climi, le stagioni. Nondimeno la sua insistenza amorosa, è rivelatore che l’uomo non appaia mai disegnato nel fondo aereo di questa poesia. Invece, agiscono gli enti anonimi e diffusi: il vento, l’umidità, l’azzurro, il silenzio.

Le flot léger de l’air vient par ondes dansantes…

Non è questa un’idea che trova molto bene posto nel cuore di un papavero?

E in altro luogo:

Les vents légers ont ce matin

Cette odeur d’onde et de lointain

Qu’ont les vagues contre les rives.

Un’altra volta parla del «segreto odore metallico del freddo» e del «gioviale odore della neve», o riconosce nel vento gli aromi di cui si è caricato nel suo viaggio, come nel vino si conosce l’otre. Odori, sapori, contatti —questi sono i suoi paesaggi. Il contorno visuale manca quasi sempre: sarebbe troppo umano, troppo «spirituale» per questo genio vegetativo. È divinamente cieca come una camelia.

Una volta classificata come pianta sublime, non ci stupisce che sia «ribelle all’autunno» e gli dedichi un sincero vituperio:

Je ne vous aime pas, saison mélancolique…

Si tratta di una contessa eminentemente estiva. Nei suoi paesaggi tutto è estate; al massimo, un’estate che si ricorda della sua infantile primavera o si affaccia al versante declinante del suo autunno. Questa poesia vive esente da inverno. Ciò che più abbonda in essa è il cielo levigato. Immaginiamo la contessa con un vago gesto di criolla, seduta al balcone, sopra un giardino, bevitrice di azzurro.

Certes, rien ne me plait que tes étés, o monde!

Magnolia, rosalo, gelsomino, le sa la terra umida, assapora le brezze e rabbrividisce quando passa nel canale, tremando, l’acqua andarina.

Di passaggio, flirta con la nube transeunte:

La nuit, me soulevant d’un lit tiède et paisible,

M’accoudant au balcon, j’interrogeais les cieux,

Et j’échangeais avec la nue inaccessible

Le langage sacré du silence et des yeux.

Perché c’è in questo lirismo vegetale un poro attraverso il quale sorprendiamo che dentro la pianta c’è una donna, meglio, un’alta dama. Ed è che primavera, estate, azzurro di cielo, aura di settembre, vapore d’aprile di pioggia, tutto lo riceve come se si trattasse di carezze che le fossero personalmente dedicate. Ci parla «del cielo che allunga le sue lattee carezze», oppure comincia una composizione di questa sorta:

Charme d’un soir de mai, que voulez-vous me dire?

Comme un corps plein d’amour vous venez contre moi…

Con tutto questo, una cosa deve restare tassativamente detta: la poesia della Noailles è splendida. Forse non c’è stata in tutte le letterature moderne un’altra donna dotata di pari impeto poetico. Le osservazioni che ho appena fatto non sono propriamente appunti, piuttosto sottolineano e definiscono la qualità del suo ammirevole stile. Tuttavia, o forse per ciò stesso, affiora durante la lettura al nostro animo, irrefrenabile, una domanda perturbatrice.

Fino a che punto può albergare la donna la genialità lirica? La questione è poco galante e corre il rischio di suscitare contro tutte le banalità del femminismo. Nondimeno, un giorno sarà necessario rispondere a questa domanda con tutta chiarezza. Per ora, mi sia permessa una leggera indicazione. Il lirismo è la cosa più delicata del mondo. Suppone un’innata capacità di lanciare all’universo l’intimo della nostra persona. Ma, proprio per questo, è necessario che questa nostra intimità sia adatta a siffatta ostentazione. Un essere il cui segreto personale abbia più o meno carattere privato produrrà una lirica triviale e prosaica. Fa bisogno che l’ultimo nucleo della nostra persona sia di per sé come impersonale e sia, comunque, costituito da materie trascendenti.

Orbene: queste condizioni si danno solo nel maschio. Solo nell’uomo è normale e spontaneo quell’ardore di dare al pubblico il più personale della sua persona. Tutte le attività storiche del sesso maschile nascono da questa sua condizione essenzialmente lirica. Scienza, politica, creazione industriale, poesia, sono mestieri che consistono nel dare al pubblico anonimo, nel disperdere nel contorno cosmico ciò che costituisce l’energia intima di ogni individuo. La donna, al contrario, è nativamente occultante. Il contatto con il pubblico, con l’intorno innominato, produce automaticamente nella donna normale un cauto ermetismo. Davanti a «tutti», l’anima femminile si chiude verso l’interno. In cambio, riserva la sua intimità a uno solo. Al contrario dell’uomo, il quale, nella relazione privata o individuale con un altro simile —una donna o un altro maschio— è sempre insincero, goffo e insignificante. È vano opporsi alla legge essenziale e non meramente storica, transitoria o empirica che fa del maschio un essere sostanzialmente pubblico e della donna un temperamento privato. Ogni tentativo di sovvertire quel destino termina in fallimento. Non è caso che la massima annichilazione della norma femminile consista nel fatto che la donna si converta in «donna pubblica», e che la perfezione della missione maschile, il tipo più alto di esistenza maschile, sia l’«uomo pubblico».

Ese mecanismo de sinceridad que mueve al lirismo, ese arrojar fuera lo íntimo es en la mujer siempre forzado, y si es efectivo, si no es una ficticia confesión, sabe a cínico. Conviene a este propósito recordar que ha habido un género literario donde sólo han descollado mujeres y donde siempre el hombre ha fracasado: el género epistolar. Es él la única forma privada de la literatura, y, como tal, estaba predispuesto para la mujer. En cambio, el hombre no acierta a escribir cartas porque, sin darse cuenta, convierte al corresponsal en todo un público y hace ante él gestos de escenario. Cuando se da el caso de que una mujer posea facilidad y gracia bastantes para transmitir a la muchedumbre su secreto personal de una manera convincente y auténtica, nuestra desilusión llega al extremo. Porque entonces descubrimos que esa intimidad femenina, tan deliciosa bajo la luz de un interior, puesta al aire libre resulta la cosa más pobre del mundo. La personalidad de la mujer es poco personal, o, dicho de otra manera, la mujer es más bien un género que un individuo. Me parece vano querer cegarse ante esta evidente realidad, que explica tan bien la labor de la mujer en la historia y la perpetua mala inteligencia interpuesta entre ambos sexos. Ello es que la mejor lírica femenina, al desnudar las raíces de su alma, deja ver la monotonía del eterno femenino y la exigüidad de sus ingredientes.

La pintura se ha encontrado sorprendida por la misma experiencia. En el retrato se plantea el problema de crear plásticamente una individualidad, una figura que afirme su carácter único, insustituible, señero. Para ello hace falta que el pincel sea capaz de individualizar su objeto; pero, además, que éste sea de suyo individual y no igual a otros muchos, mero representante de un tipo. Y acaece que si hay pocos verdaderos retratos de hombre, puede decirse que no hay ninguno de mujer. El retrato femenino es la desesperación de la pintura. El artista se ve forzado, para singularizar la fisonomía copiada, a acumular distintivos ornamentales, buscando en el traje diferenciaciones que faltan en la persona. La mujer es para el pintor, como para el amante, una promesa de individualidad que nunca se cumple.

Si hubiese habido mayor número de mujeres dotadas de los talentos formales para la poesía, sería patente e indiscutido el hecho de que el fondo personal de las almas femeninas es, poco más o menos, idéntico.

No es, por tanto, nada extraño que en Ana de Noailles, postrera poetisa, hallemos una rara coincidencia con la primera mujer versipotente: con Safo la de Lesbos.

En los escasos fragmentos que de ésta nos han conservado se enuncian exactamente los mismos temas e igual modulación que en nuestra musa contemporánea:

Como el viento resbala por las laderas

Y resuena entre los pinos,

Así estremece Eros mi corazón.

(Fragmento 42)

De nuevo Eros me atormenta, Eros que adormece los miembros;

Monstruo agridulce, irresistible…

(Fragmento 40)

La misma sensibilidad para el contorno cósmico que en versos antes citados, transparece en estos otros, viejos de casi tres mil años:

La luna y las pléyades han declinado.

Es media noche;

Hace mucho que pasó la hora…

Hoy he de yacer solitaria.

Melancólica queja de una mujer también «rebelde al otoño», para quien ha pasado la hora incendiada del amor.

Un radieux effroi fait trembler mes genoux,

entona la Noailles.

Un temblor se apodera de mí toda,

entona Safo.

Deux êtres luttent dans mon coeur:

C’est la bacchante avec la nonne.

¿Se ha conocido alguna vez una mujer que no sostenga llevar dos dentro de sí? Centauresa de bacante y de monja, no hace la Noailles sino repercutir el verso solitario de Safo:

No sé lo que hago: hay en mí dos almas.

Las dos mujeres divinas, situadas a ambos extremos del destino europeo, sienten la fuerza anónima del silencio con inesperada coincidencia. La actual «observa, tenso el espíritu, como un cazador, el curso ilimitado y puro del silencio». La antigua, con mayor modernidad, dice sólo esto: «La noche está llena de orejitas que escuchan».

Culmina este paralelismo en haber dicho Safo de sí misma que era pequeña y morena: mikrà kaì mélaina. La condesa de Noailles no lo dice, pero lo es maravillosamente.

Revista de Occidente, julio, 1923

That mechanism of sincerity that moves lyricism, that casting outward of the intimate, is in woman always forced, and if it is effective, if it is not a fictitious confession, it smacks of cynicism. It is worth recalling in this regard that there has been a literary genre in which only women have excelled and in which man has always failed: the epistolary genre. It is the only private form of literature and, as such, was predisposed for woman. Man, on the other hand, cannot manage to write letters because, without realizing it, he turns his correspondent into a whole public and makes theatrical gestures before him. When the case arises that a woman possesses enough ease and grace to transmit to the crowd her personal secret in a convincing and authentic manner, our disillusion reaches its extreme. For then we discover that that feminine intimacy, so delicious in the light of an interior, placed in the open air turns out to be the poorest thing in the world. Woman’s personality is little personal, or, said in another way, woman is rather a genre than an individual. It seems to me vain to wish to blind oneself before this evident reality, which explains so well woman’s work in history and the perpetual misunderstanding interposed between the two sexes. The fact is that the best feminine lyric, laying bare the roots of its soul, reveals the monotony of the eternal feminine and the meagerness of its ingredients.

Painting has found itself surprised by the same experience. In portraiture there is posed the problem of creating plastically an individuality, a figure that affirms its unique, irreplaceable, singular character. For this it is necessary that the brush be capable of individualizing its object; but, moreover, that this object be in itself individual and not like many others, a mere representative of a type. And it happens that if there are few true portraits of man, it may be said that there is none of woman. The feminine portrait is the despair of painting. The artist finds himself forced, in order to singularize the copied physiognomy, to accumulate ornamental distinctives, seeking in the dress differentiations that are lacking in the person. Woman is for the painter, as for the lover, a promise of individuality that is never fulfilled.

Had there been a greater number of women endowed with the formal talents for poetry, the fact that the personal depth of feminine souls is, more or less, identical would be patent and undisputed.

It is not, therefore, at all strange that in Ana de Noailles, the last poetess, we should find a rare coincidence with the first woman powerful in verse: with Sappho of Lesbos.

In the scanty fragments of her that have been preserved to us there are set forth exactly the same themes and the same modulation as in our contemporary muse:

As the wind slides down the slopes

And resounds among the pines,

So Eros makes my heart tremble.

(Fragment 42)

Again Eros torments me, Eros that lulls the limbs;

Bittersweet monster, irresistible…

(Fragment 40)

The same sensibility for the cosmic contour that in verses cited earlier transpires in these others, old by almost three thousand years:

The moon and the Pleiades have declined.

It is midnight;

Long ago the hour passed…

Today I must lie alone.

A melancholy complaint of a woman also «rebel to autumn», for whom the burning hour of love has passed.

Un radieux effroi fait trembler mes genoux,

intones de Noailles.

A trembling seizes all of me,

intones Sappho.

Deux êtres luttent dans mon heart:

C’est la bacchante avec la nonne.

Has there ever been known a woman who does not maintain that she carries two within herself? Centauress of bacchante and nun, de Noailles does nothing but echo the solitary verse of Sappho:

I know not what I do: there are in me two souls.

The two divine women, situated at both extremes of the European destiny, feel the anonymous force of silence with unexpected coincidence. The contemporary one «observes, spirit tense, like a hunter, the limitless and pure course of silence». The ancient one, with greater modernity, says only this: «The night is full of little ears that listen».

This parallelism culminates in Sappho’s having said of herself that she was small and dark: mikrà kaì mélaina. The countess de Noailles does not say it, but she is it marvelously.

Revista de Occidente, July 1923

Quel meccanismo di sincerità che muove il lirismo, quel gettar fuori l’intimo è nella donna sempre forzato, e se è effettivo, se non è una confessione fittizia, sa di cinico. Giova a questo proposito ricordare che c’è stato un genere letterario in cui sono riuscite soltanto le donne e in cui l’uomo ha sempre fallito: il genere epistolare. Esso è l’unica forma privata della letteratura e, come tale, era predisposto per la donna. L’uomo, invece, non riesce a scrivere lettere perché, senza accorgersene, trasforma il corrispondente in tutto un pubblico e fa dinanzi a lui gesti da scena. Quando si dà il caso che una donna possieda facilità e grazia bastanti a trasmettere alla folla il suo segreto personale in modo convincente e autentico, la nostra delusione giunge all’estremo. Perché allora scopriamo che quell’intimità femminile, così deliziosa alla luce di un interno, messa all’aria aperta risulta la cosa più povera del mondo. La personalità della donna è poco personale, o, detto in altro modo, la donna è piuttosto un genere che un individuo. Mi pare vano voler chiudere gli occhi dinanzi a questa realtà evidente, che spiega così bene l’opera della donna nella storia e il perpetuo malinteso interposto tra i due sessi. Fatto sta che la migliore lirica femminile, denudando le radici della sua anima, lascia vedere la monotonia dell’eterno femminino e l’esiguità dei suoi ingredienti.

La pittura si è trovata sorpresa dalla stessa esperienza. Nel ritratto si pone il problema di creare plasticamente un’individualità, una figura che affermi il suo carattere unico, insostituibile, eminente. Per questo occorre che il pennello sia capace di individualizzare il suo oggetto; ma, inoltre, che questo sia di per sé individuale e non uguale a molti altri, mero rappresentante di un tipo. E accade che se vi sono pochi veri ritratti d’uomo, si può dire che non ve n’è nessuno di donna. Il ritratto femminile è la disperazione della pittura. L’artista si vede forzato, per singolarizzare la fisionomia copiata, ad accumulare distintivi ornamentali, cercando nel vestito differenziazioni che mancano nella persona. La donna è per il pittore, come per l’amante, una promessa di individualità che non si compie mai.

Se ci fosse stato un maggior numero di donne dotate dei talenti formali per la poesia, sarebbe patente e indiscututo il fatto che il fondo personale delle anime femminili è, poco più o meno, identico.

Non è, quindi, nulla di strano che in Ana de Noailles, ultima poetessa, troviamo una rara coincidenza con la prima donna versipotente: con Saffo di Lesbo.

Negli scarsi frammenti che di lei ci sono stati conservati si enunciano esattamente gli stessi temi e la stessa modulazione che nella nostra musa contemporanea:

Come il vento scivola lungo i pendii

E risuona tra i pini,

Così Eros fa tremare il mio cuore.

(Frammento 42)

Di nuovo Eros mi tormenta, Eros che addormenta le membra;

Mostro agrodolce, irresistibile…

(Frammento 40)

La stessa sensibilità per il contorno cosmico che nei versi sopra citati traspare in questi altri, vecchi di quasi tremila anni:

La luna e le pleiadi sono tramontate.

È mezzanotte;

È passata da molto l’ora…

Oggi dovrò giacere solitaria.

Malinconico lamento di una donna anch’essa «ribelle all’autunno», per la quale è passata l’ora incendiata dell’amore.

Un radieux effroi fait trembler mes genoux,

intona la Noailles.

Un tremore si impadronisce di me tutta,

intona Saffo.

Deux êtres luttent dans mon cuore:

C’est la bacchante avec la nonne.

Si è mai conosciuta una donna che non sostenga di portarne due dentro di sé? Centauressa di baccante e di monaca, la Noailles non fa che ripercuotere il verso solitario di Saffo:

Non so quel che faccio: ci sono in me due anime.

Le due donne divine, situate ai due estremi del destino europeo, sentono la forza anonima del silenzio con inattesa coincidenza. L’attuale «osserva, teso lo spirito, come un cacciatore, il corso illimitato e puro del silenzio». L’antica, con maggiore modernità, dice soltanto questo: «La notte è piena di orecchiette che ascoltano».

Questo parallelismo culmina nell’avere Saffo detto di sé che era piccola e bruna: mikrà kaì mélaina. La contessa de Noailles non lo dice, ma lo è meravigliosamente.

Revista de Occidente, luglio 1923