Abstract
A parliamentary chronicle turning into a defence of conventionalism: science and art, morality and courtesy, patriotism and justice are all sublime conventions, and debate is healthy so long as it stays within them. In the second part Ortega holds with Álvarez that the people is the sole originary source of civil power: King and Cortes are not sovereign but organs exercising sovereign functions.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ya ve el señor La Cierva cómo las censuras que se le dirigen suelen tener fundamento. A la hora que escribíamos ayer nuestra nota sobre la retirada de su minoría él mismo recapacitaba y comprendía la sinrazón de su desplante contra el presidente de la Cámara. Había empleado no menos de hora y media en rectificar, y ello dentro de un debate donde lo que primordialmente se discute no es la anatomía del señor La Cierva, sino el hecho anónimo y lamentable de la inquietud barcelonesa. El acuerdo reglamentario es taxativo y ya en días anteriores se había rigorosamente aplicado. ¿Cómo pretendió el señor La Cierva dilatar la norma establecida para alojar en ella su personal capricho? Desvanecido el hervor de sus nervios, y en un arrebato de cordura, resolvió ayer corregir limpiamente su error. Si el día anterior hizo mal perdiendo el compás, ayer hizo bien recobrándolo. Véase cómo lo que pedimos los escritores ariscos no son peras al olmo, sino un poco de reflexión a los hombres. Ayer combatió el señor La Cierva acerbamente al señor Álvarez, pero la disputa se mantuvo en el plano debido. Se llama a este plano debido convencionalismo político o convencionalismo parlamentario. Pues bien; nosotros nos permitimos decir: ¡viva el convencionalismo! Es uso a estas horas, y sospechamos que en plena ignorancia de lo que se dice, protestar de los convencionalismos y atribuirles no sabemos cuántas perniciosidades. He aquí un punto en que nos permitimos discrepar de la opinión pública: no creemos que de un convencionalismo pueda fácilmente originarse daño grave, y en cambio, nos parece que de ellos vienen todos los provechos. Todo lo que vale algo en el hombre es más o menos convencional: ciencia y arte, moral y cortesía. Poincaré, no Raimundo, sino el otro, el mejor, llama convenciones a los axiomas matemáticos. Convencionales se llamaron los liberales primeros que vertieron su sangre bajo el estandarte de Cromwell, al grito de «¡Dios con nosotros!» Convencionales fueron los demócratas franceses de 1793. Patriotismo y lealtad, justicia y honor son no más que sublimes, irreales convenciones, y en general, créasenos, es convención cuanto hacemos más allá del mordisco y la canina procreación.
Ayer el debate volvió al saludable cauce del convencionalismo, contra el cual sólo pueden protestar los que aspiren a orangutanes. El señor La Cierva se presentó en el hemiciclo con taparrabos, la esencial convención. Subrayemos el evidente progreso y felicitemos al terrible señor La Cierva por haber sabido una vez dominar la jauría de sus nervios.
Claro es que nuestra felicitación se reduce a los límites de esa zona mística. La política de su discurso fue, a nuestro juicio, tan errónea e inaceptable como la de los días y los años anteriores.
¿Es concebible que un político monárquico se sitúe a la puerta de Palacio resuelto a impedir la entrada en el Alcázar de hombres que hasta hace poco eran indóciles a la institución coronada? La cuestión es de tal importancia que quisiéramos tratarla con más calma en otro momento. Mézclanse en ella todos los grandes temas de la política actual, y ayer mismo se vio que apenas se la roza resuenan por simpatía todos los principios constitucionales y todos los atributos de la soberanía.
Para nosotros es indubitable que la única teoría que en 1920 puede, sin anacronismo, sustentarse es la expuesta por el señor Álvarez. El pueblo, la comunidad de los ciudadanos es la única fuente originaria del Poder civil. Todas las demás son secundarias y derivadas. Nuestra Constitución, impura en sus principios y nacida del acomodo, rehuye definir quién es el soberano y sólo define quiénes ejercen la soberanía. Las Cortes y el Rey —dice. Luego es el Rey también soberano, pensará el ministro de Hacienda, que ayer hacía una desafortunada interrupción. No hay tal, osamos decir nosotros. El Rey no es propiamente soberano, como no lo son las Cortes. Rey y Cortes son órganos encargados de ejercer, conforme a la ley, las funciones soberanas. El hombre no es ni su cabeza ni su mano: una y otra son órganos del hombre.
Pero repetimos que no es nuestro ánimo desarrollar hoy el tema, sino meramente advertir al lector de que, suscitado en la contienda de ayer, se demostró la vaguedad en que estas ideas fundamentales de la vida civil se dan en los cerebros de nuestros parlamentarios, incluso en el sutil caletre del señor Bugallal, nuestro financiero celta.
Mientras el señor Álvarez, con admirable precisión, con ejemplar veracidad, exponía la única interpretación posible dentro del liberalismo, el señor La Cierva restauraba la Monarquía de derecho divino, el señor Dato vacilaba, el señor Nougués dormía y el conde de Romanones, profundamente, como Buddha, callaba…
Publicado sin firma, El Sol, 30 de enero de 1920