Ortega y Gasset

Abstract

Against a pedagogy that works against the child’s childhood: childhood must be educated as such, not by an ideal of the mature man. Maturity does not suppress childhood but integrates it (Ortega cites Hegel’s Aufhebung: to overcome is to negate, but to negate is to preserve); we are all double creatures, like a rattle, with a bold child inside the adult shell.

Connections

Concetti: educazione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La incomprensión de la vida infantil que solemos padecer procede de que juzgamos los actos de los niños suponiendo a éstos sumergidos en el mismo medio que nosotros. Partimos de nuestro mundo como de algo definitivo; y en vista de que el niño se mueve torpemente por este paisaje nuestro, consideramos la infancia como una etapa enfermiza, defectuosa, que la vida humana atraviesa para llegar a la madurez.

De aquí que la pedagogía tienda siempre a actuar contra la niñez del niño, a reducir cuanto puede su puerilidad, introduciendo en él la mayor cantidad posible de hombre. Las ideas de Froebel, que permitían la invasión del juego en la seriedad triste de las escuelas, sonaron durante mucho tiempo a paradoja. Y eso que la afirmación de los derechos infantiles hecha por Froebel no tiene carácter radical. Al fin y al cabo, Froebel usa arteramente del juego como de un mecanismo para educar al hombre en el niño; pero no porque el juego por sí mismo —esto es, la niñez por sí misma— le parezca cosa importante. Siempre se hace que la madurez gravite sobre la infancia, oprimiéndola, amputándola, deformándola.

Suele pensarse que el procedimiento mejor para obtener hombres perfectos consiste en adaptar desde luego el niño al ideal que tengamos del hombre maduro. En los artículos anteriores va insinuada la necesidad de iniciar un método inverso. La madurez y la cultura son creación, no del adulto y del sabio, sino que nacieron del niño y del salvaje. Hagamos niños perfectos, abstrayendo en la medida posible de que van a ser hombres; eduquemos la infancia como tal, rigiéndola, no por un ideal de hombre ejemplar, sino por un standard de puerilidad. El hombre mejor no es nunca el que fue menos niño, sino al revés: el que al frisar los treinta años encuentra acumulado en su corazón más espléndido tesoro de infancia.

Las personalidades culminantes suelen parecer algo pueriles al ciudadano mediocre. El comerciante —a mi entender, el tipo inferior del hombre— encuentra siempre un tanto infantil al poeta y al sabio, al general y al político; le parecen gentes que se ocupan de cosas superfluas y cuyo trabajo tiene siempre un aire de juego. Esta impresión que el filisteo recibe del hombre genial no es inmotivada; sólo que de esa propensión a gastar esfuerzo en lo superfluo ha nacido cuanto en el mundo hallamos de respetable, incluso los inventos, que, una vez logrados, enriquecen al mediocre mercader. Hay hombres que llevan en el ángulo de la pupila una inquietud latente, la cual hace pensar en un niño acurrucado y escondido, presto a dar el brinco genial sobre la vida, la carrera loca y alegre que proporciona el gran botín de la ciencia, del arte y del imperio. Sólo esos hombres me parecen estimables, y el resto es contabilidad.

Más arriba[116] he combatido la tendencia a creer que en la evolución de la cultura cada nuevo estadio suprime el anterior y todos ellos suponen la muerte previa del salvajismo. Del mismo modo se imagina que en el desarrollo del organismo, hasta su culminación, cada etapa implica la supresión de la antecedente; por tanto, que la madurez trae consigo la desaparición de la niñez en el hombre. Nada más falso. Hegel vio muy bien que en todo lo vivo —la idea o la carne— superar es negar; pero negar es conservar. El siglo XX supera al XIX en la medida que niega sus peculiaridades; pero esta negación supone que el siglo pasado perdura dentro del actual, como el alimento en el estómago que lo digiere.

Así, es la madurez no una supresión, sino una integración de la infancia. Todo el que tenga fino oído psicológico habrá notado que su personalidad adulta forma una sólida coraza hecha de buen sentido, de previsión y cálculo, de energía y voluntad, dentro de la cual se agita, incansable y prisionero, un niño audaz. Este díscolo personaje interior es el que nos hace tal vez reír en medio de un duelo, o decir una impertinencia a un grave magistrado, o seguir tomando el sol cuando el deber nos obliga a ausentarnos. Somos todos, en varia medida, como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa, que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Y es el caso que, como el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para libertarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión. El trino alegre que hacia fuera envía el cascabel está hecho por dentro con las quejas doloridas de su cordial pedrezuela. Así, el canto del poeta y la palabra del sabio, la ambición del político y el gesto del guerrero son siempre ecos adultos de un incorregible niño prisionero.

Influidos por una psicología ya anticuada, queremos cegarnos ante el hecho palmario de que, en la realidad psíquica, el pasado no muere, sino que persiste, formando parte de nuestro hoy. Y no sólo perduran aquellos breves trozos de nuestro personal pretérito que recordamos, sino que todo él, íntegramente, colabora en nuestro ser actual, como en el fin de una melodía actúa su comienzo, inyectándolo de sentido peculiar.

El genial psiquiatra Freud descubre la génesis de muchas enfermedades mentales y de ciertas formas del histerismo en la explosión anómala que hace dentro del hombre adulto su niñez maltratada. Fue acaso una escena violenta presenciada en los primeros años, una cruda negativa de los padres a satisfacer un enérgico deseo del niño; el choque afectivo experimentado entonces forma a modo de un quiste o tumor psíquico que acompaña al alma en su crecimiento, deformándola, hasta el día en que explota como una carga de espiritual dinamita. ¡Cuántas veces, al mirar los ojos de un hombre maduro, vemos deslizarse por el fondo de ellos su niño inicial, que se arrastra, todavía doliente, con un plomo en el ala![117]

Pues grande parte de la pedagogía actual —no obstante los progresos innegables, que comienzan con Rousseau y Pestalozzi— tiene el carácter de una caza al niño, de un método cruel para vulnerar la infancia y producir hombres que llevan dentro una puerilidad gangrenada.

Y todo ello por querer suplantar el paisaje natural del niño con el medio que rodea a las personas mayores.

The incomprehension of infantile life that we usually suffer proceeds from our judging the acts of children by supposing them submerged in the same environment as ourselves. We set out from our world as from something definitive; and in view of the fact that the child moves clumsily about this landscape of ours, we consider childhood as a sickly, defective stage that human life crosses in order to arrive at maturity.

Hence it is that pedagogy always tends to act against the childhood of the child, to reduce as much as it can his puerility, introducing into him the greatest possible quantity of man. The ideas of Froebel, which permitted the invasion of play into the sad seriousness of schools, sounded for a long time as a paradox. And yet the affirmation of infantile rights made by Froebel does not have a radical character. After all, Froebel uses play artfully as a mechanism to educate the man in the child; but not because play in itself —that is, childhood in itself— seems to him an important thing. Maturity is always made to gravitate over infancy, oppressing it, amputating it, deforming it.

It is usually thought that the best procedure for obtaining perfect men consists in adapting from the outset the child to the ideal that we have of the mature man. In the previous articles there is insinuated the necessity of initiating an inverse method. Maturity and culture are creation, not of the adult and of the sage, but they were born of the child and of the savage. Let us make perfect children, abstracting as far as possible from the fact that they are going to be men; let us educate infancy as such, governing it, not by an ideal of exemplary man, but by a standard of puerility. The better man is never the one who was less a child, but on the contrary: the one who, on brushing thirty years, finds accumulated in his heart the most splendid treasure of childhood.

Culminant personalities usually appear somewhat puerile to the mediocre citizen. The merchant —in my understanding, the inferior type of man— always finds a bit infantile the poet and the sage, the general and the politician; they seem to him people who occupy themselves with superfluous things and whose work always has an air of play. This impression that the philistine receives of the genial man is not unmotivated; only that from that propensity to spend effort on the superfluous has been born all that we find respectable in the world, even the inventions, which, once achieved, enrich the mediocre tradesman. There are men who carry in the corner of the pupil a latent restlessness, which makes one think of a child curled up and hidden, ready to give the genial leap upon life, the mad and joyous race that provides the great booty of science, of art, and of empire. Only these men seem estimable to me, and the rest is bookkeeping.

Further above[116] I have combated the tendency to believe that in the evolution of culture each new stage suppresses the preceding one and all of them suppose the prior death of savagery. In the same way it is imagined that in the development of the organism, up to its culmination, each stage implies the suppression of the antecedent one; therefore, that maturity brings with it the disappearance of childhood in man. Nothing more false. Hegel saw very well that in everything living —the idea or the flesh— to surpass is to negate; but to negate is to conserve. The twentieth century surpasses the nineteenth to the extent that it negates its peculiarities; but this negation supposes that the past century endures within the present one, like the food in the stomach that digests it.

Thus, maturity is not a suppression, but an integration of infancy. Whoever has a fine psychological ear will have noticed that his adult personality forms a solid cuirass made of good sense, of foresight and calculation, of energy and will, within which there stirs, tireless and prisoner, an audacious child. This unruly inner character is the one that makes us perhaps laugh in the midst of a mourning, or say an impertinence to a grave magistrate, or go on taking the sun when duty obliges us to absent ourselves. We are all, in varying measure, like the little bell, double creatures, with an outer cuirass that imprisons an intimate nucleus, always agitated and vivacious. And it is the case that, like the little bell, the best of us is in the sound that the inner child makes in giving a leap to free itself and clash against the inexorable walls of its prison. The cheerful trill that the little bell sends outward is made within with the pained complaints of its heartfelt little stone. Thus, the song of the poet and the word of the sage, the ambition of the politician and the gesture of the warrior are always adult echoes of an incorrigible prisoner child.

Influenced by an already antiquated psychology, we want to blind ourselves before the palpable fact that, in psychical reality, the past does not die, but persists, forming part of our today. And not only do those brief pieces of our personal past that we remember endure, but all of it, integrally, collaborates in our present being, as in the end of a melody its beginning acts, injecting it with peculiar sense.

The genial psychiatrist Freud discovers the genesis of many mental illnesses and of certain forms of hysteria in the anomalous explosion that his maltreated childhood makes within the adult man. It was perhaps a violent scene witnessed in the early years, a crude refusal of the parents to satisfy an energetic desire of the child; the affective shock experienced then forms by way of a cyst or psychic tumor that accompanies the soul in its growth, deforming it, until the day in which it explodes like a charge of spiritual dynamite. How many times, in looking at the eyes of a mature man, we see slide along their depths his initial child, which drags itself, still painful, with a lead in its wing![117]

For a great part of present pedagogy —notwithstanding the undeniable progresses, which begin with Rousseau and Pestalozzi— has the character of a hunt of the child, of a cruel method to wound infancy and produce men who carry within a gangrened puerility.

And all this for wanting to supplant the natural landscape of the child with the environment that surrounds grown-up persons.

L’incomprensione della vita infantile che di solito patiamo procede dal fatto che giudichiamo gli atti dei bambini supponendoli immersi nello stesso ambiente nostro. Partiamo dal nostro mondo come da qualcosa di definitivo; e in considerazione del fatto che il bambino si muove goffamente per questo nostro paesaggio, consideriamo l’infanzia come una tappa malaticcia, difettosa, che la vita umana attraversa per giungere alla maturità.

Di qui che la pedagogia tenda sempre ad agire contro la fanciullezza del bambino, a ridurre quanto può la sua puerilità, introducendo in lui la maggior quantità possibile di uomo. Le idee di Froebel, che permettevano l’invasione del gioco nella triste serietà delle scuole, suonarono a lungo come paradosso. Eppure l’affermazione dei diritti infantili fatta da Froebel non ha carattere radicale. In fin dei conti, Froebel usa astutamente del gioco come di un meccanismo per educare l’uomo nel bambino; ma non perché il gioco per se stesso —cioè, la fanciullezza per se stessa— gli paia cosa importante. Si fa sempre che la maturità graviti sull’infanzia, opprimendola, amputandola, deformandola.

Si suole pensare che il procedimento migliore per ottenere uomini perfetti consista nell’adattare fin da subito il bambino all’ideale che abbiamo dell’uomo maturo. Negli articoli precedenti va insinuata la necessità di iniziare un metodo inverso. La maturità e la cultura sono creazione, non dell’adulto e del sapiente, ma nacquero dal bambino e dal selvaggio. Facciamo bambini perfetti, astraendo per quanto possibile dal fatto che saranno uomini; educhiamo l’infanzia come tale, reggendola, non con un ideale di uomo esemplare, ma con uno standard di puerilità. L’uomo migliore non è mai quello che fu meno bambino, ma al contrario: quello che nel toccare i trent’anni trova accumulato nel suo cuore il più splendido tesoro di infanzia.

Le personalità culminanti sogliono parere un po’ puerili al cittadino mediocre. Il commerciante —a mio intendere, il tipo inferiore dell’uomo— trova sempre alquanto infantile il poeta e il sapiente, il generale e il politico; gli paiono gente che si occupa di cose superflue e il cui lavoro ha sempre un’aria di gioco. Questa impressione che il filisteo riceve dall’uomo geniale non è immotivata; soltanto che da quella propensione a spendere sforzo nel superfluo è nato quanto nel mondo troviamo di rispettabile, persino gli inventi, che, una volta riusciti, arricchiscono il mediocre mercante. Ci sono uomini che portano nell’angolo della pupilla un’inquietudine latente, che fa pensare a un bambino rannicchiato e nascosto, pronto a dare il balzo geniale sulla vita, la corsa pazza e allegra che procura il grande bottino della scienza, dell’arte e dell’impero. Solo questi uomini mi paiono stimabili, e il resto è contabilità.

Più sopra[116] ho combattuto la tendenza a credere che nell’evoluzione della cultura ogni nuovo stadio sopprima il precedente e tutti essi suppongano la morte previa del selvaggismo. Del medesimo modo si immagina che nello sviluppo dell’organismo, fino alla sua culminazione, ogni tappa implichi la soppressione dell’antecedente; quindi, che la maturità porti con sé la scomparsa della fanciullezza nell’uomo. Nulla di più falso. Hegel vide molto bene che in tutto ciò che è vivo —l’idea o la carne— superare è negare; ma negare è conservare. Il secolo XX supera il XIX nella misura in cui nega le sue peculiarità; ma questa negazione suppone che il secolo passato perduri dentro quello attuale, come il cibo nello stomaco che lo digerisce.

Così, la maturità non è una soppressione, ma un’integrazione dell’infanzia. Chiunque abbia fine orecchio psicologico avrà notato che la sua personalità adulta forma una solida corazza fatta di buon senso, di previsione e calcolo, di energia e volontà, dentro la quale si agita, instancabile e prigioniero, un bambino audace. Questo discolo personaggio interiore è quello che ci fa forse ridere in mezzo a un lutto, o dire un’impertinenza a un grave magistrato, o continuare a prendere il sole quando il dovere ci obbliga ad assentarsi. Siamo tutti, in varia misura, come il sonaglio, creature doppie, con una corazza esterna, che imprigiona un nucleo intimo, sempre agitato e vivace. Ed è il caso che, come il sonaglio, il meglio di noi è nel suono che fa il bambino interiore nel dare un balzo per liberarsi e urtare contro le pareti inesorabili della sua prigione. Il trillo allegro che verso l’esterno manda il sonaglio è fatto dentro con i lamenti dolorosi della sua cordiale pietruzza. Così, il canto del poeta e la parola del sapiente, l’ambizione del politico e il gesto del guerriero sono sempre echi adulti di un incorreggibile bambino prigioniero.

Influenzati da una psicologia ormai antiquata, vogliamo accecarci dinanzi al fatto palmare che, nella realtà psichica, il passato non muore, ma persiste, formando parte del nostro oggi. E non soltanto perdurano quei brevi pezzi del nostro pretérito personale che ricordiamo, ma tutto esso, integralmente, collabora nel nostro essere attuale, come nella fine di una melodia agisce il suo inizio, iniettandolo di senso peculiare.

Il geniale psichiatra Freud scopre la genesi di molte malattie mentali e di certe forme dell’isterismo nell’esplosione anomala che fa dentro l’uomo adulto la sua fanciullezza maltrattata. Fu forse una scena violenta presenziata nei primi anni, un crudo rifiuto dei genitori a soddisfare un energico desiderio del bambino; il colpo affettivo sperimentato allora forma a mo’ di una ciste o tumore psichico che accompagna l’anima nella sua crescita, deformandola, fino al giorno in cui esplode come una carica di spirituale dinamite. Quante volte, nel guardare gli occhi di un uomo maturo, vediamo scivolare sul fondo di essi il suo bambino iniziale, che si trascina, ancora dolente, con un piombo nell’ala![117]

Poiché gran parte della pedagogia attuale —nonostante i progressi innegabili, che cominciano con Rousseau e Pestalozzi— ha il carattere di una caccia al bambino, di un metodo crudele per vulnerare l’infanzia e produrre uomini che portano dentro una puerilità cancrenata.

E tutto ciò per voler soppiantare il paesaggio naturale del bambino con l’ambiente che circonda le persone grandi.