Ortega y Gasset

Abstract

Starting from Westenhofer’s research (man does not descend from the ape but the ape from man), Ortega denounces a defect of specialist culture: a doctrine migrating out of the speciality that bore it loses its index of problematicity and descends as dogma on everyone else. At stake is the idea man has of man and of his zoological destiny.

Connections

Assi: Natura umana
Concetti: natura
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En una reciente conferencia dada ante el Congreso de Antropología (Salzburg, septiembre de este año), y en un artículo que publica el Archivo de Ginecología[30], aduce el profesor Westenhofer nuevas pruebas para la tesis, según la cual, no es el hombre quien procede del mono, sino el mono quien se deriva del hombre. Ya en 1924 había tratado con este fin del mentón humano y, en 1923, de ciertas particularidades internas, como los lóbulos del riñón y las muescas del bazo, que revelan la extrema antigüedad de nuestra especie.

Las investigaciones de Westenhofer son del mayor interés y gran rigor; pero el hecho de que causen sorpresa, y la tesis por él defendida suene a novedad o paradoja, pone de manifiesto un grave mal anejo a la forma actual de la cultura.

Este defecto de nuestra organización cultural podría definirse así: la cultura del presente está regida por la ciencia, pero la ciencia sólo es lo que pretende ser y lo que la hace apta para regir la cultura, si se la considera como el sistema integral del saber. La ciencia, pues, no es especialista. Mas, por otra parte, la inmensidad de su extensión obliga a que el trabajo científico se produzca en una dispersión de especialidades. De suerte que el especialismo es, a la vez, una necesidad y una contradicción de la ciencia. Entre la muchedumbre de daños que esto trae consigo, sólo uno apunto ahora.

De cada especialidad emerge un buen día cierta doctrina, que tiene directamente interés general. Esta doctrina desciende, como un dogma, sobre el resto de los hombres cultos, inclusive sobre los que cultivan otras especialidades. No pudiendo éstos discutirla, se limitan a aceptarla sumisamente, como un bloque rígido, de aristas rigorosas, de solidez inquebrantable. Es decir, que al transmigrar la doctrina de las mentes que la crearon a las demás, pierde precisamente los caracteres propios de la idea científica. Porque, dentro de la ciencia, toda teoría, aun la más firme, se presenta siempre con un índice de problematismo, de mera aproximación a la verdad ejemplar y única. Jamás excluye otras posibilidades en parte antagónicas. Esta endeblez de toda teoría científica es una de sus virtudes, tal vez la que más la diferencia de un dogma. Merced a ella, es elástica, y deja margen a la multiplicidad de puntos de vista y de innovaciones.

Un buen ejemplo de esto es lo acontecido con la descendencia simiesca del hombre. Nunca fue para el zoólogo otra cosa que una doctrina probable; nunca dejó de ser, en buena porción, problemática; siempre convivió con otras soluciones muy diferentes. Y, sin embargo, el dogma del origen pitecoide del hombre se instaló tiránicamente en muchas cabezas de psicólogos, filósofos, moralistas, historiadores, etcétera. ¡Cuántas ideas fecundas que en algunos de éstos pudieron nacer quedaron a limine agostadas, por no ser compatibles con aquella doctrina! Si hubiesen conocido la antropología, como la conocen los especialistas, se hubieran libertado del dogma que frenó ideas tal vez fecundas. El daño, en un caso como el que ahora apuntamos, es de grueso calibre; porque anda en juego, nada menos, que la idea que el hombre tenga del hombre, y en ella ha de influir forzosamente la idea que tenga de sus destinos zoológicos.

Y acaece que, dentro de la antropología, no ha imperado nunca tiránicamente la tesis del hombre-mono. La opinión opuesta, que ahora con nuevos argumentos propugna Westenhofer, tiene una historia muy larga, tanto casi como la de su antagonista. Para la noción del puesto que al hombre compete en la naturaleza es de suma importancia el acogimiento a una u otra doctrina.

La idea de que el hombre es oriundo del mono nos lleva a concebir la especie humana como una de las más recientes y avanzadas en el proceso de adaptación biológica. A la luz de la idea contrapuesta —el mono oriundo del hombre— aparece nuestra especie como una de las más antiguas entre los mamíferos, tal vez la más antigua que hoy existe. Su organización revelaría una sorprendente supervivencia de formas arcaicas y una energía conservadora incalculable. Sería el hombre un caso extremo de resistencia a la variación, una especie retardataria e inadaptada, extrañamente detenida y fija: en cierto modo, un estancamiento biológico y un callejón sin salida de la evolución orgánica.

En rigor, desde los tiempos de Häckel nadie sostiene que el hombre proceda del mono, sino que uno y otro nacieron de una especie anterior. Lo que se discute es si esa especie paternal se parece más al mono o al hombre. Basta comparar el índice intermembral del hombre, aun el más primitivo, con el de los simios actuales, para comprender que representan formas divergentes de la evolución. El Homo primigenius da un índice de 68; el chimpancé, 110; el gorila, 117[31].

Si, como he dicho, es característico de la estricta teoría científica su posible convivencia con otras teorías que contradicen aquélla, en cambio, hay siempre en la ciencia —como en la política— un partido, una teoría que ocupa el poder. Ésta, que podemos llamar teoría canónica, impera siempre sobre las mentes menos inquietas y creadoras. Es la opinión más «seria», es decir, la menos genial e inteligente. Así, en la descendencia del hombre ejerce hoy la magistratura de teoría canónica la que considera al hombre como pariente próximo del chimpancé. Con gran formalidad se han reducido a estadísticas las semejanzas entre nuestra especie y las diferentes clases de simios. Según Schwalbe, coincidimos en 188 puntos con el gibón; en 272, con el orangután; en 385, con el gorila; en 396, con el chimpancé. Queda adjudicado el honroso título de primo del hombre a esta última bestia.

Pero conste que si las recientes observaciones de Westenhofer son, en su detalle, una novedad, no lo es, ni mucho menos, la presunción general que vienen a corroborar. Desde 1899, el gran antropólogo Klaatsch había invertido la tesis canónica, y ponía su genio y su brío al servicio de la otra idea: la gran antigüedad filogenética de la especie humana[32]. Schoetensack, Ranke, Kollmann, le siguieron por idéntica o paralela vía; de suerte que la anterioridad del hombre respecto del mono es hoy una doctrina tan clásica como la otra.

La colocación de una especie en la serie genealógica depende, como toda cuestión cronológica, de que hallemos un término post quem y un término ante quem. La dentadura humana nos lleva a situar nuestra especie en tiempo posterior a la aparición de los peces. La dentina, que, bajo el esmalte, constituye su materia, procede de las escamas de los peces. En rigor, todo el esqueleto está compuesto de materias —fosfatos, carbonatos, flúor, magnesia— que existen en disolución en el agua marina. Lo que en el pez era coraza exterior, se ha internado, y es hueso y boca. No deja de ser curioso advertir que el gusto sólo conoce diferencias que el cuerpo pisciforme percibe con su periferia —lo dulce, lo ácido, lo amargo, lo salado. Por otra parte, oído, garganta y maxilares son transformación de las branquias del pez.

Pero la dentadura, que hace del hombre una especie más joven que el pez, le hace a la par más viejo que los demás mamíferos. Las armas dentales del roedor, del carnívoro, del rumiante, están especializadas para un exclusivo régimen de alimentación. La dentadura humana presenta en germen todas las diferenciaciones futuras, ninguna desarrollada, en confusa unidad. El síntoma es de importancia suma: acusa una extrema inadaptación en función tan decisiva como la alimenticia. Con razón llama Scheler al hombre un dilettante de la vida. Por lo pronto, lo es en el grave capítulo de la nutrición.

Lo propio acontece si atendemos a las extremidades. La disposición en el hombre de brazos y piernas con respecto al torso recuerda ante todo a la rana, inclusive en la ordenación de los músculos. La rana y el lagarto son parientes no muy lejanos del hombre. Es lo más probable que los peces primitivos poseyeran una disposición de aletas más próxima a la de los saurios que los peces actuales. Las especies vivientes más antiguas, como el barramuda de los ríos australianos, tienen otro par de aletas traseras que con las delanteras anuncian la colocación de las cuatro extremidades en los sauro-mammalia del período primario[33].

In a recent lecture given before the Congress of Anthropology (Salzburg, September of this year), and in an article that the Archive of Gynecology[30] publishes, Professor Westenhofer adduces new proofs for the thesis according to which it is not man who proceeds from the ape, but the ape who is derived from man. Already in 1924 he had treated, to this end, of the human chin and, in 1923, of certain internal peculiarities, like the lobes of the kidney and the notches of the spleen, which reveal the extreme antiquity of our species.

The investigations of Westenhofer are of the greatest interest and great rigor; but the fact that they cause surprise, and that the thesis defended by him sounds of novelty or paradox, brings to light a grave evil annexed to the present form of culture.

This defect of our cultural organization could be defined thus: the culture of the present is governed by science, but science is only what it pretends to be and what makes it apt to govern culture, if it is considered as the integral system of knowledge. Science, then, is not specialist. But, on the other hand, the immensity of its extension obliges that the scientific work be produced in a dispersion of specialties. So that specialism is, at once, a necessity and a contradiction of science. Among the multitude of harms that this brings with it, I point out only one now.

From each specialty there emerges one fine day a certain doctrine, which has directly general interest. This doctrine descends, like a dogma, upon the rest of cultivated men, including those who cultivate other specialties. Not being able to discuss it, they limit themselves to accepting it submissively, like a rigid block, of rigorous edges, of unshakeable solidity. That is to say, that in transmigrating the doctrine from the minds that created it to the others, it loses precisely the proper characters of the scientific idea. Because, within science, every theory, even the firmest, always presents itself with an index of problematism, of mere approximation to the exemplary and unique truth. It never excludes other partly antagonistic possibilities. This debility of every scientific theory is one of its virtues, perhaps the one that most differentiates it from a dogma. Thanks to it, it is elastic, and leaves margin to the multiplicity of points of view and of innovations.

A good example of this is what happened with the simian descent of man. It never was for the zoologist anything but a probable doctrine; it never ceased to be, in good part, problematic; it always coexisted with other very different solutions. And, nevertheless, the dogma of the pithecoid origin of man installed itself tyrannically in many heads of psychologists, philosophers, moralists, historians, etcetera. How many fecund ideas that in some of these could have been born remained withered at the threshold, for not being compatible with that doctrine! If they had known anthropology, as the specialists know it, they would have freed themselves from the dogma that reined in perhaps fecund ideas. The harm, in a case such as the one we now point out, is of coarse caliber; because there is at stake, nothing less, the idea that man has of man, and in it must forcibly influence the idea he has of his zoological destinies.

And it happens that, within anthropology, the thesis of man-ape has never reigned tyrannically. The opposite opinion, which now with new arguments Westenhofer advocates, has a very long history, almost as long as that of its antagonist. For the notion of the place that belongs to man in nature, the acceptance of the one or the other doctrine is of utmost importance.

The idea that man is native to the ape leads us to conceive the human species as one of the most recent and advanced in the process of biological adaptation. In the light of the contraposed idea —the ape native to man— our species appears as one of the most ancient among the mammals, perhaps the most ancient that today exists. Its organization would reveal a surprising survival of archaic forms and an incalculable conservative energy. Man would be an extreme case of resistance to variation, a retardatory and unadapted species, strangely arrested and fixed: in a certain way, a biological stagnation and a blind alley of organic evolution.

Strictly speaking, since the times of Häckel no one maintains that man proceeds from the ape, but that the one and the other were born of an anterior species. What is discussed is whether that paternal species resembles more the ape or man. It suffices to compare the intermembral index of man, even the most primitive, with that of the present simians, to understand that they represent divergent forms of evolution. Homo primigenius gives an index of 68; the chimpanzee, 110; the gorilla, 117[31].

If, as I have said, it is characteristic of the strict scientific theory its possible coexistence with other theories that contradict it, instead, there is always in science —as in politics— a party, a theory that occupies power. This one, which we can call canonical theory, always reigns over the least restless and creative minds. It is the most «serious» opinion, that is to say, the least genial and intelligent. Thus, in the descent of man there exercises today the magistracy of canonical theory the one that considers man as a close relative of the chimpanzee. With great formality there have been reduced to statistics the similarities between our species and the different classes of simians. According to Schwalbe, we coincide in 188 points with the gibbon; in 272, with the orangutan; in 385, with the gorilla; in 396, with the chimpanzee. The honorable title of cousin of man remains adjudicated to this last beast.

But let it stand that if the recent observations of Westenhofer are, in their detail, a novelty, it is not, by far, the general presumption that they come to corroborate. Since 1899, the great anthropologist Klaatsch had inverted the canonical thesis, and placed his genius and his verve at the service of the other idea: the great phylogenetic antiquity of the human species[32]. Schoetensack, Ranke, Kollmann, followed him by identical or parallel path; so that the priority of man with respect to the ape is today a doctrine as classical as the other.

The placement of a species in the genealogical series depends, like every chronological question, on our finding a term post quem and a term ante quem. The human dentition brings us to situate our species in a time posterior to the appearance of the fishes. The dentine, which, under the enamel, constitutes its matter, proceeds from the scales of the fishes. Strictly speaking, the whole skeleton is composed of matters —phosphates, carbonates, fluorine, magnesia— that exist in dissolution in the sea water. What in the fish was an outer shell has gone inward, and is bone and mouth. It is not without curiosity to note that taste only knows differences that the pisciform body perceives with its periphery —the sweet, the acid, the bitter, the salty. On the other hand, ear, throat, and maxillae are a transformation of the gills of the fish.

But the dentition, which makes of man a species younger than the fish, makes him at the same time older than the other mammals. The dental arms of the rodent, of the carnivore, of the ruminant, are specialized for an exclusive regime of alimentation. The human dentition presents in germ all the future differentiations, none developed, in confused unity. The symptom is of utmost importance: it denounces an extreme inadaptation in a function as decisive as the alimentary one. With reason Scheler calls man a dilettante of life. For the moment, he is it in the grave chapter of nutrition.

The same happens if we attend to the extremities. The disposition in man of arms and legs with respect to the torso recalls above all the frog, even in the ordering of the muscles. The frog and the lizard are not very distant relatives of man. It is most probable that the primitive fishes possessed a disposition of fins closer to that of the saurians than the present fishes. The oldest living species, like the barramunda of the Australian rivers, have another pair of hind fins that with the front ones announce the placement of the four extremities in the sauro-mammals of the primary period[33].

In una recente conferenza tenuta dinanzi al Congresso di Antropologia (Salisburgo, settembre di quest’anno), e in un articolo che pubblica l’Archivio di Ginecologia[30], il professor Westenhofer adduce nuove prove per la tesi secondo la quale non è l’uomo che procede dalla scimmia, ma è la scimmia che si deriva dall’uomo. Già nel 1924 aveva trattato a questo fine del mento umano e, nel 1923, di certe particolarità interne, come i lobi del rene e le tacche della milza, che rivelano l’estrema antichità della nostra specie.

Le ricerche di Westenhofer sono del massimo interesse e di grande rigore; ma il fatto che causino sorpresa, e che la tesi da lui difesa suoni a novità o paradosso, mette in luce un grave male annesso alla forma attuale della cultura.

Questo difetto della nostra organizzazione culturale potrebbe definirsi così: la cultura del presente è retta dalla scienza, ma la scienza è soltanto ciò che pretende di essere e ciò che la rende atta a reggere la cultura, se la si considera come il sistema integrale del sapere. La scienza, dunque, non è specialistica. Ma, d’altra parte, l’immensità della sua estensione obbliga a che il lavoro scientifico si produca in una dispersione di specialità. Di modo che lo specialismo è, a un tempo, una necessità e una contraddizione della scienza. Tra la moltitudine di danni che questo porta con sé, ora ne segnalo uno soltanto.

Da ogni specialità emerge un bel giorno una certa dottrina, che ha direttamente interesse generale. Questa dottrina discende, come un dogma, sul resto degli uomini colti, inclusi quelli che coltivano altre specialità. Non potendo costoro discuterla, si limitano ad accettarla sommessamente, come un blocco rigido, di spigoli rigorosi, di solidità inattaccabile. Vale a dire, che nel trasmigrare la dottrina dalle menti che la crearono alle altre, perde precisamente i caratteri propri dell’idea scientifica. Perché, dentro la scienza, ogni teoria, anche la più ferma, si presenta sempre con un indice di problematismo, di mera approssimazione alla verità esemplare e unica. Mai esclude altre possibilità in parte antagoniste. Questa debolezza di ogni teoria scientifica è una delle sue virtù, forse quella che più la differenzia da un dogma. Grazie ad essa, è elastica, e lascia margine alla molteplicità di punti di vista e di innovazioni.

Un buon esempio di questo è quanto accadde con la discendenza scimmiesca dell’uomo. Mai fu per lo zoologo altro che una dottrina probabile; mai cessò di essere, in buona parte, problematica; sempre convisse con altre soluzioni molto diverse. E, tuttavia, il dogma dell’origine pitecoide dell’uomo si installò tirannicamente in molte teste di psicologi, filosofi, moralisti, storici, eccetera. Quante idee feconde che in alcuni di costoro poterono nascere rimasero a limine inaridite, per non essere compatibili con quella dottrina! Se avessero conosciuto l’antropologia, come la conoscono gli specialisti, si sarebbero liberati del dogma che frenò idee forse feconde. Il danno, in un caso come quello che ora segnaliamo, è di grosso calibro; perché ci va di mezzo, niente meno, l’idea che l’uomo abbia dell’uomo, e in essa deve influire per forza l’idea che abbia dei suoi destini zoologici.

E accade che, dentro l’antropologia, non ha mai imperato tirannicamente la tesi dell’uomo-scimmia. L’opinione opposta, che ora con nuovi argomenti propugna Westenhofer, ha una storia molto lunga, quasi quanto quella della sua antagonista. Per la nozione del posto che compete all’uomo nella natura è di somma importanza l’accoglimento dell’una o dell’altra dottrina.

L’idea che l’uomo sia oriundo della scimmia ci porta a concepire la specie umana come una delle più recenti e avanzate nel processo di adattamento biologico. Alla luce dell’idea contrapposta —la scimmia oriunda dell’uomo— la nostra specie appare come una delle più antiche tra i mammiferi, forse la più antica che oggi esista. La sua organizzazione rivelerebbe una sorprendente sopravvivenza di forme arcaiche e un’energia conservatrice incalcolabile. Sarebbe l’uomo un caso estremo di resistenza alla variazione, una specie ritardataria e inadattata, stranamente arrestata e fissa: in certo modo, uno stagnamento biologico e un vicolo cieco dell’evoluzione organica.

In rigor di termini, dai tempi di Häckel nessuno sostiene che l’uomo proceda dalla scimmia, ma che l’uno e l’altro nacquero da una specie anteriore. Ciò che si discute è se quella specie paterna somigli più alla scimmia o all’uomo. Basta comparare l’indice intermembrale dell’uomo, anche il più primitivo, con quello delle scimmie attuali, per comprendere che rappresentano forme divergenti dell’evoluzione. L’Homo primigenius dà un indice di 68; lo scimpanzé, 110; il gorilla, 117[31].

Se, come ho detto, è caratteristico della stretta teoria scientifica la sua possibile convivenza con altre teorie che contraddicono quella, invece, vi è sempre nella scienza —come nella politica— un partito, una teoria che occupa il potere. Questa, che possiamo chiamare teoria canonica, impera sempre sulle menti meno inquiete e creatrici. È l’opinione più «seria», vale a dire, la meno geniale e intelligente. Così, nella discendenza dell’uomo esercita oggi la magistratura di teoria canonica quella che considera l’uomo come parente prossimo dello scimpanzé. Con grande formalità si sono ridotte a statistiche le somiglianze tra la nostra specie e le differenti classi di scimmie. Secondo Schwalbe, coincidiamo in 188 punti con il gibbone; in 272, con l’orango; in 385, con il gorilla; in 396, con lo scimpanzé. Resta aggiudicato l’onorifico titolo di cugino dell’uomo a quest’ultima bestia.

Ma consti che se le recenti osservazioni di Westenhofer sono, nel loro dettaglio, una novità, non lo è, né da lontano, la presunzione generale che vengono a corroborare. Dal 1899, il grande antropologo Klaatsch aveva invertito la tesi canonica, e metteva il suo genio e il suo brio al servizio dell’altra idea: la grande antichità filogenetica della specie umana[32]. Schoetensack, Ranke, Kollmann, lo seguirono per identica o parallela via; di modo che l’anteriorità dell’uomo rispetto alla scimmia è oggi una dottrina tanto classica quanto l’altra.

La collocazione di una specie nella serie genealogica dipende, come ogni questione cronologica, dal fatto che troviamo un termine post quem e un termine ante quem. La dentatura umana ci porta a situare la nostra specie in tempo posteriore alla comparsa dei pesci. La dentina, che, sotto lo smalto, ne costituisce la materia, procede dalle scaglie dei pesci. In rigor di termini, tutto lo scheletro è composto di materie —fosfati, carbonati, fluoro, magnesia— che esistono in dissoluzione nell’acqua marina. Ciò che nel pesce era corazza esterna, si è internato, ed è osso e bocca. Non lascia di essere curioso avvertire che il gusto conosce soltanto differenze che il corpo pisciforme percepisce con la sua periferia —il dolce, l’acido, l’amaro, il salato. D’altra parte, orecchio, gola e mascelle sono trasformazione delle branchie del pesce.

Ma la dentatura, che fa dell’uomo una specie più giovane del pesce, lo fa a un tempo più vecchio degli altri mammiferi. Le armi dentali del roditore, del carnivoro, del ruminante, sono specializzate per un regime esclusivo di alimentazione. La dentatura umana presenta in germe tutte le differenziazioni future, nessuna sviluppata, in confusa unità. Il sintomo è di somma importanza: accusa un’estrema inadattazione in funzione tanto decisiva quanto l’alimentizia. Con ragione Scheler chiama l’uomo un dilettante della vita. Per il momento, lo è nel grave capitolo della nutrizione.

Lo stesso accade se guardiamo alle estremità. La disposizione nell’uomo di braccia e gambe rispetto al torso ricorda anzitutto la rana, anche nell’ordinamento dei muscoli. La rana e la lucertola sono parenti non molto lontani dell’uomo. È cosa molto probabile che i pesci primitivi possedessero una disposizione di pinne più vicina a quella dei sauri di quanto lo siano i pesci attuali. Le specie viventi più antiche, come il barramunda dei fiumi australiani, hanno un altro paio di pinne posteriori che con le anteriori annunciano la collocazione delle quattro estremità nei sauro-mammiferi del periodo primario[33].

En este período primario, con el reptil, aparece la mano, y desde luego aparece con sus cinco dedos. Uno de los fenómenos más misteriosos de la Historia Natural es esta ley de la pentadactilia que impera en la evolución orgánica. Todo el que haya visto, aunque sólo sea en reproducción fotográfica, la huella del cheirotherion —que pertenece a la época primitiva— habrá experimentado cierto pavor advirtiendo su enorme semejanza con la huella de la mano humana. El pulgar, con su gruesa pulpa, la proporción de los dedos, etcétera, todo coincide inquietadoramente. Lejos, pues, de ser la mano una adquisición de última hora, la verdad es que se trata de uno de los órganos más antiguos, usufructuado ya por el más primitivo vertebrado terrestre. En éste como en otros atributos, se declara —dice Klaatsch— que lo sorprendente del hombre no es su progresiva adaptación, sino, al revés, su conservatismo, la tenacidad con que ha retenido y salvado elementos sumamente antiguos que las demás especies han perdido. La mano es uno de los grandes atributos del hombre. En combinación con el cerebro, ha hecho de él la bestia industriosa que fabrica instrumentos, el homo faber, o, como Franklin solía llamarle, animal instrumentificum. Según esto, lo maravilloso no sería tanto la existencia de la mano, sino la conservación de semejante antigualla zoológica.

Con esto hemos llegado a situar al hombre fabulosamente atrás en la serie de los tiempos. Lo encontramos junto a los primeros vertebrados terrestres. Eran éstos cuadrumanos[34]. La cuadrupedia es una evolución y especialización posterior; la mano es primero. De ella, por ajuste exclusivo a condiciones especiales, nacen por apelmazamiento de los dedos, el casco, la pezuña y la garra. La mano es todo eso y nada de ello. Es un aparato poco adaptado, es un retraso biológico. Se repite el mismo caso de la dentadura.

El embrión humano de dos meses es cuadrumano. Poned al recién nacido que no sabe tenerse un bastón entre pies y manos; se agarrará con tal fuerza, que podéis, levantando el bastón, verle sosteniéndose en vilo. El embrión humano es un animal trepador y reptil.

Tendríamos, pues, que hombres y monos formarían un grupo de animales más próximos que ningún otro al primer vertebrado terrestre y ocuparían el puesto de primeros mamíferos. Si ahora preguntamos en qué relación sitúa esta teoría al hombre y al mono, se nos responde lo siguiente: el mono es un animal que somáticamente ha progresado más que el hombre; por tanto, procede de él, y no al revés, como suele creerse.

Por lo pronto, el hombre conserva más de la cola del saurio que los simios antropoides. El varón humano posee cinco residuos vertebrales del apéndice caudal; la hembra, cuatro; en cambio, el orangután se ha quedado sólo con tres.

Otro avance del mono consiste en la colocación de los ojos. En las especies anteriores se hallan colocados a uno y otro lado de la cabeza. Esto impide que las visiones se reúnan. El caballo ve dos paisajes paralelos y planos que no tienen unidad. La imposibilidad de superponer las dos imágenes de un objeto no le deja percibir el volumen ni la profundidad. Las cosas son como espectros incorpóreos, fantasmas. No falta quien atribuye a esto el carácter espantadizo de la raza equina. Para unir las imágenes era menester que los ojos se aproximasen, colocándose en un mismo plano. Ahora bien: en este proceso, el antropoide ha ido bastante más lejos que el hombre, tanto, que sus cuencas oculares restan espacio al cerebro y además han usurpado el sitio al órgano olfativo. El gran piteco no tiene apenas olfación y empieza a perder el pulgar. Una vez más los monos, de puro progresivos, se han pasado.

He aquí, en tosco resumen, una filiación de la especie humana que presenta a ésta, no como un triunfo de la lucha por la existencia, sino, al revés, como una casta que ha sobrevivido a su inadaptación y a su retraso biológico; una raza arcaica, tenaz y somáticamente conservadora.

Del pithecanthropus, como de un tronco y nivel común, partirían dos líneas divergentes entre sí. Una, la humana, que insiste en los caracteres antiguos; otra, la simiesca, que avanza más, y cuanto más avanza más se deshumaniza. Debió haber un momento de dramática separación entre las dos especies. El antropoide es derrotado y huye a la selva virgen, lugar característico de especies en retirada; así, entre los hombres, los pigmeos.

Hay un punto en que Westenhofer corrige y completa a Klaatsch, Ranke, etcétera. Se trata del pie. La doctrina general, que aun éstos mismos aceptaban, supone la anterioridad del pie prensil, del cual se habrían formado la zarpa, la pezuña y el pie humano. Westenhofer hace notar que lo específico del pie es el talón, el empeine y el tendón de resorte. En los reptiles y anfibios asistimos a la preformación de todo esto según van haciéndose más terrestres que acuáticos. En los conocidos no llega a desarrollo porque los huesos pedales están ya anquilosados. Pero hubo un reptil de huesos pedales aún blandos, que comenzó a erguirse merced al tendón de resorte; este reptil inicia el pie humano, que puede luego diferenciarse en pezuña para correr —como en tantos mamíferos—, o en pie prensil, como en el mono. El pie humano es causa y efecto, a la vez, de la erección. Merced a ella, la mano, grave antigualla biológica, queda libre y perfecciona su torpeza de instrumento universal, poco diferenciado. El pie —no primariamente la mano— ha sido, pues, quien ha permitido al vertebrado terrestre más antiguo hacerse un animal de cerebro. El otro retraso orgánico, la dentadura inadaptada, vino a facilitar esto último, porque impidió la formación del morro, el desarrollo de los músculos maxilares, que restaban sangre al progreso cerebral. El morro y el cerebro están fisiognómicamente en razón inversa[35].

Tal es la concepción de la descendencia humana según la teoría no canónica. ¿Cuál es la verdad? Desde el punto de vista de la verdadera cultura, no es lo más importante decidir. Cultura es, frente a dogma, discusión permanente. Por esta razón conviene presentar frente a la idea canónica la revolucionaria. Conviene, conviene la herejía —como en la Iglesia— en la ciencia.

In this primary period, with the reptile, the hand appears, and from the outset it appears with its five fingers. One of the most mysterious phenomena of Natural History is this law of pentadactyly that reigns in organic evolution. Whoever has seen, even if only in photographic reproduction, the footprint of the cheirotherium —which belongs to the primitive epoch— will have experienced a certain dread in noting its enormous resemblance to the footprint of the human hand. The thumb, with its thick pad, the proportion of the fingers, etcetera, everything coincides disquietingly. Far, then, from being the hand a last-hour acquisition, the truth is that it is a matter of one of the most ancient organs, already usufructed by the most primitive terrestrial vertebrate. In this as in other attributes, there is declared —says Klaatsch— that the surprising thing about man is not his progressive adaptation, but, on the contrary, his conservatism, the tenacity with which he has retained and saved extremely ancient elements that the other species have lost. The hand is one of the great attributes of man. In combination with the brain, it has made of him the industrious beast that fabricates instruments, homo faber, or, as Franklin used to call him, animal instrumentificum. According to this, the marvelous would not be so much the existence of the hand, but the conservation of such a zoological antiquity.

With this we have come to situate man fabulously far back in the series of times. We find him beside the first terrestrial vertebrates. These were quadrumana[34]. Quadrupedism is a posterior evolution and specialization; the hand comes first. From it, by exclusive adjustment to special conditions, are born, by the thickening together of the fingers, the hoof, the cloven hoof, and the claw. The hand is all that and none of it. It is a little-adapted apparatus, it is a biological lag. The same case of the dentition is repeated.

The human embryo of two months is quadrumanous. Put a stick between the feet and hands of the newborn who does not know how to hold himself; he will grip it with such force, that you can, lifting the stick, see him holding himself suspended in mid-air. The human embryo is a climbing and reptilian animal.

We should have, then, that men and apes would form a group of animals closer than any other to the first terrestrial vertebrate and would occupy the place of the first mammals. If we now ask in what relation this theory situates man and ape, we are answered as follows: the ape is an animal that somatically has progressed more than man; therefore, it proceeds from him, and not the reverse, as is usually believed.

For the moment, man conserves more of the tail of the saurian than the anthropoid apes. The human male possesses five vertebral residues of the caudal appendix; the female, four; on the other hand, the orangutan has been left with only three.

Another advance of the ape consists in the placement of the eyes. In the anterior species they are placed on one and the other side of the head. This prevents the visions from uniting. The horse sees two parallel and flat landscapes that have no unity. The impossibility of superposing the two images of an object does not let it perceive either volume or depth. Things are like incorporeal specters, phantoms. There is no lack of those who attribute to this the skittish character of the equine race. To unite the images it was necessary that the eyes approach, placing themselves in one same plane. Now then: in this process, the anthropoid has gone quite a bit farther than man, so much so, that its eye sockets take space from the brain and moreover have usurped the place of the olfactory organ. The great pithecoid has barely any smell and is beginning to lose the thumb. Once again the apes, from being so progressive, have gone too far.

Here is, in a crude summary, a filiation of the human species that presents it, not as a triumph of the struggle for existence, but, on the contrary, as a caste that has survived its inadaptation and its biological lag; an archaic race, tenacious and somatically conservative.

From the pithecanthropus, as from a common trunk and level, two lines divergent from each other would depart. One, the human, which insists on the ancient characters; another, the simian, which advances more, and the more it advances the more it dehumanizes itself. There must have been a moment of dramatic separation between the two species. The anthropoid is defeated and flees to the virgin jungle, characteristic place of species in retreat; thus, among men, the pygmies.

There is a point in which Westenhofer corrects and completes Klaatsch, Ranke, etcetera. It is a matter of the foot. The general doctrine, which even these themselves accepted, supposes the priority of the prehensile foot, from which would have been formed the paw, the cloven hoof, and the human foot. Westenhofer notes that the specific thing about the foot is the heel, the instep, and the springing tendon. In the reptiles and amphibians we assist at the preformation of all this as they become more terrestrial than aquatic. In the known ones it does not come to development because the pedal bones are already ankylosed. But there was a reptile with still-soft pedal bones, which began to raise itself thanks to the springing tendon; this reptile initiates the human foot, which can afterward differentiate into a cloven hoof for running —as in so many mammals—, or into a prehensile foot, as in the ape. The human foot is cause and effect, at once, of the erection. Thanks to it, the hand, a grave biological antiquity, remains free and perfects its clumsiness as a universal, little-differentiated instrument. The foot —not primarily the hand— has been, then, the one that has allowed the most ancient terrestrial vertebrate to make itself an animal of brain. The other organic lag, the unadapted dentition, came to facilitate this last thing, because it impeded the formation of the muzzle, the development of the maxillary muscles, which took blood away from cerebral progress. The muzzle and the brain are physiognomically in inverse ratio[35].

Such is the conception of human descent according to the non-canonical theory. What is the truth? From the point of view of true culture, deciding is not the most important thing. Culture is, against dogma, permanent discussion. For this reason it is convenient to present, before the canonical idea, the revolutionary one. Convenient, convenient is the heresy —as in the Church— in science.

In questo periodo primario, con il rettile, appare la mano, e da subito appare con le sue cinque dita. Uno dei fenomeni più misteriosi della Storia Naturale è questa legge della pentadattilia che impera nell’evoluzione organica. Chiunque abbia visto, anche solo in riproduzione fotografica, l’impronta del cheirotherium —che appartiene all’epoca primitiva— avrà provato un certo sgomento avvertendone l’enorme somiglianza con l’impronta della mano umana. Il pollice, con la sua grossa polpa, la proporzione delle dita, eccetera, tutto coincide inquietantemente. Lungi, dunque, dall’essere la mano un’acquisizione dell’ultima ora, la verità è che si tratta di uno degli organi più antichi, già usufruito dal più primitivo vertebrato terrestre. In questo come in altri attributi, si dichiara —dice Klaatsch— che lo sorprendente dell’uomo non è la sua progressiva adattazione, ma, al contrario, il suo conservatorismo, la tenacia con cui ha ritenuto e salvato elementi sommamente antichi che le altre specie hanno perduto. La mano è uno dei grandi attributi dell’uomo. In combinazione con il cervello, ha fatto di lui la bestia industriosa che fabbrica strumenti, l’homo faber, o, come Franklin soleva chiamarlo, animal instrumentificum. Secondo ciò, il meraviglioso non sarebbe tanto l’esistenza della mano, quanto la conservazione di simile anticaglia zoologica.

Con questo siamo giunti a situare l’uomo favolosamente indietro nella serie dei tempi. Lo troviamo accanto ai primi vertebrati terrestri. Erano questi quadrumani[34]. La quadrupedia è un’evoluzione e specializzazione posteriore; la mano viene prima. Da essa, per adattamento esclusivo a condizioni speciali, nascono per costipamento delle dita, lo zoccolo, l’unghione e l’artiglio. La mano è tutto questo e niente di tutto ciò. È un apparato poco adattato, è un ritardo biologico. Si ripete il medesimo caso della dentatura.

L’embrione umano di due mesi è quadrumanio. Mettete al neonato che non sa reggersi un bastone tra piedi e mani; si aggrapperà con tale forza, che potrete, sollevando il bastone, vederlo sostenersi sospeso in aria. L’embrione umano è un animale arrampicatore e rettile.

Dovremmo, dunque, dire che uomini e scimmie formerebbero un gruppo di animali più prossimi di qualsiasi altro al primo vertebrato terrestre e occuperebbero il posto dei primi mammiferi. Se ora domandiamo in quale relazione situi questa teoria l’uomo e la scimmia, ci si risponde quanto segue: la scimmia è un animale che somaticamente è progredito più dell’uomo; quindi, procede da lui, e non al contrario, come si suole credere.

Per il momento, l’uomo conserva più della coda del sauro che le scimmie antropoidi. Il maschio umano possiede cinque residui vertebrali dell’appendice caudale; la femmina, quattro; invece, l’orango è rimasto con soltanto tre.

Un altro progresso della scimmia consiste nella collocazione degli occhi. Nelle specie anteriori si trovano collocati da un lato e dall’altro della testa. Questo impedisce che le visioni si riuniscano. Il cavallo vede due paesaggi paralleli e piani che non hanno unità. L’impossibilità di sovrapporre le due immagini di un oggetto non gli lascia percepire né il volume né la profondità. Le cose sono come spettri incorporei, fantasmi. Non manca chi attribuisce a questo il carattere ombroso della razza equina. Per unire le immagini era necessario che gli occhi si avvicinassero, collocandosi in uno stesso piano. Ora: in questo processo, l’antropoide è andato abbastanza più in là dell’uomo, tanto che le sue orbite oculari tolgono spazio al cervello e inoltre hanno usurpato il posto all’organo olfattivo. Il grande piteco non ha quasi odorato e comincia a perdere il pollice. Ancora una volta le scimmie, a forza di essere progressive, sono andate troppo oltre.

Ecco, in rozzo sommario, una filiazione della specie umana che la presenta, non come un trionfo della lotta per l’esistenza, ma, al contrario, come una casta che è sopravvissuta alla sua inadattazione e al suo ritardo biologico; una razza arcaica, tenace e somaticamente conservatrice.

Dal pithecanthropus, come da un tronco e livello comune, partirebbero due linee divergenti tra loro. Una, l’umana, che insiste nei caratteri antichi; un’altra, la scimmiesca, che avanza di più, e quanto più avanza tanto più si disumanizza. Deve esserci stato un momento di drammatica separazione tra le due specie. L’antropoide è sconfitto e fugge nella selva vergine, luogo caratteristico di specie in ritirata; così, tra gli uomini, i pigmei.

C’è un punto in cui Westenhofer corregge e completa Klaatsch, Ranke, eccetera. Si tratta del piede. La dottrina generale, che persino costoro accettavano, suppone l’anteriorità del piede prensile, dal quale si sarebbero formate la zampa, l’unghione e il piede umano. Westenhofer fa notare che lo specifico del piede è il tallone, il collo del piede e il tendine elastico. Nei rettili e negli anfibi assistiamo alla preformazione di tutto questo man mano che diventano più terrestri che acquatici. In quelli conosciuti non giunge a sviluppo perché le ossa del piede sono già anchilosate. Ma ci fu un rettile di ossa del piede ancora molli, che cominciò a erigersi grazie al tendine elastico; questo rettile inizia il piede umano, che può poi differenziarsi in unghione per correre —come in tanti mammiferi—, o in piede prensile, come nella scimmia. Il piede umano è causa ed effetto, a un tempo, dell’erezione. Grazie ad essa, la mano, grave anticaglia biologica, resta libera e perfeziona la sua goffaggine di strumento universale, poco differenziato. Il piede —non primariamente la mano— è stato, dunque, colui che ha permesso al vertebrato terrestre più antico di farsi un animale di cervello. L’altro ritardo organico, la dentatura inadattata, venne a facilitare quest’ultimo, perché impedì la formazione del muso, lo sviluppo dei muscoli mascellari, che toglievano sangue al progresso cerebrale. Il muso e il cervello stanno fisiognomicamente in ragione inversa[35].

Tale è la concezione della discendenza umana secondo la teoria non canonica. Qual è la verità? Dal punto di vista della vera cultura, non è la cosa più importante decidere. La cultura è, di fronte al dogma, discussione permanente. Per questa ragione conviene presentare di fronte all’idea canonica la rivoluzionaria. Conviene, conviene l’eresia —come nella Chiesa— nella scienza.