Abstract

The preface to the book of the same name: Ortega explains how, under the Dictatorship’s censorship, he had to proceed slowly and camouflage his themes (the “great comarca” standing in for the region), and how chapter X was blocked. He insists that although the monarchy is the immediate culprit, the ultimate one for Spain’s misfortunes is the Spanish people itself.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La primera parte de este libro recoge una serie de artículos escritos y publicados cuando con más brío dictaba la primera Dictadura. Pesaba sobre España un silencio violento. Por lo mismo, los oídos buscaban en el aire el nutrimento de alguna palabra. Yo quise aprovechar este estado de la atención pública para hacer lo que entonces cabía hacer: deslizar en el calderón dictatorial una voz tenue de pedagogo político. Con o sin Dictadura, había —hay aún— que hacerlo. El español de esta hora, sin exceptuar el más culto —sin más excepciones que las excepciones—, vive de un sistema de ideas políticas demasiado extemporáneas. De los monárquicos no hay que decir; pero de los republicanos hay que decirlo.

Sobre todo, urge intentar lo que de verdad no se ha intentado nunca: extraer de los hechos españoles, en lo que tienen de más peculiares, su logaritmo político. No se puede vivir de fórmulas pensadas para otras naciones. Nada de lo que es destino personal se puede transferir de un sujeto a otro, y la política es el destino de las grandes personas colectivas que llamamos pueblos.

Yo me proponía, pues, desarrollar en su integridad y orgánicamente la serie de los problemas públicos españoles. Me animaba el interés que, según puede recordarse, despertaron los primeros artículos aparecidos en El Sol bajo el título «Ideas políticas». Partiendo del punto en que se concreta más la vida política del Estado —las elecciones— y sometiéndolo a un minucioso análisis, pensaba ir agrandando el tema hasta dibujar un sistema completo de nuevas instituciones que diesen a la nación española otra anatomía más conforme acaso con la verdadera y hoy subterránea, a un tiempo más antigua y más futura.

Pero era preciso caminar pasitamente, insinuarse por entre los barrotes rojos que eran los lápices de los censores. Por eso, insistía en que iba a aislar con el bisturí un solo problema, el electoral —véase página 715—, y sólo poco a poco, declaraba que era ello no más que un primer capítulo —página 717— que se iría ampliando —página 721 y 733-734. En realidad, yo había delineado ya este particular asunto en otra serie de artículos publicada por 1924 bajo el título más estruendoso: «Dislocación y articulación de España».

No era posible plantear formalmente el problema, que entre los estrictamente políticos es más fundamental en España: el de monarquía o república. Por lo mismo, lo coloqué en primer término fingiendo evitarlo. Quien sepa leer las expresiones un poco jeroglíficas, encontrará, sin embargo, algo muy esencial en el capítulo III: «Demasiados frenos». Pero entiéndase bien: aunque yo crea que el responsable más inmediato de la mala ventura española es la monarquía, he sostenido siempre, y ahora con mayor energía, que el último y decisivo responsable de sus desdichas es el pueblo español. Y es preciso que en ningún caso desvíe de sí mismo esa postrera y radical responsabilidad, contentándose con proyectarla sobre sus instituciones. Habían de ser éstas, y en enorme parte lo son, causa efectiva de sus males, y siempre resultaría que eran los españoles los definitivos culpables por no cambiar de instituciones.

Las cautelas frente a la censura me obligaban a caminar muy lentamente y manuscribir estos artículos desesperadamente tardígrados, cuya lectura resulta hoy no poco morosa. Pero todo fue vano; cuando comenzaba la parte constructiva del problema inicial —las instituciones locales—, y aunque camuflé la figura de la «región» bajo el nombre de «gran comarca», mi empeño fracasó. El dictador tuvo varios días metido en el bolsillo el capítulo X: «La idea de la gran comarca»; concluyó por fulminar una nota en que declaraba su deseo de verme continuando la serie de estos estudios, pero que juzgaba ese artículo innecesario para el desarrollo de mis ideas. Esta audacia del dictador que le llevaba hasta decidir sobre las ideas aún inexpresas que un escritor tenía en su cabeza, dio a la época aquella su carácter de única en los fastos universales, única por el tamaño de su tragicomicidad.

En mi intención, seguía al problema de la vida local el de las grandes instituciones centrales. Como en alguna de estas páginas se dice, mi solución consiste en llevar al extremo las dos fuerzas antagónicas —la autonomía local y el imperium central—, haciendo que de este modo y automáticamente se regulen y compensen.

Tras esto debía venir el análisis de la vida pública no propiamente política. En esta sección premeditaba entrar a fondo en los problemas tremendos que son para la España de hoy su Ejército, su Iglesia, su industria y su intelectualidad.

Pero no paraba aquí mi ambición. La vida política es concreción de la vida pública in genere, pero ésta, a su vez, tiene una doble raíz, uno de cuyos nervios se alimenta en la plazuela mientras el otro se hinca en la vida privada. Un estudio medianamente cuidadoso del futuro español necesita plantear toda una serie de cuestiones completamente nuevas y, por su novedad, algo escandalosas, que se refieren a la intimidad del hombre medio. De esas cuestiones, la menos entrevista hasta ahora y, a mi juicio, de mayor gravedad, afecta a la mujer española.

Se comienza este libro haciendo constar que el tipo medio de español al uso no hace posible la construcción de un pueblo bien dotado para luchar en el tiempo que viene. Es, pues, forzoso reformar el modo de ser de ese español. Mas largos años de observación y reflexión sobre nuestra existencia peninsular me han convencido de que no pocas insuficiencias del temple español proceden en última instancia, no del hombre, sino de la mujer. Ahora bien, esto es un tema radicalmente nuevo sobre el cual me creo obligado a llamar la atención de mis compatriotas.

Tal era el programa —que fue interrumpido en su primer paso.

Al ausentarse la Dictadura procuré completar la obra iniciada, pero pronto advertí que era imposible. El tempo lento en que estaba compuesta la porción lograda no podía ser mantenido en el resto, so pena de llegar a las mil páginas. Era preferible dejar solitario el muñón y comenzar de nuevo la obra en estilo más sobrio, de más simple arquitectura. Veremos si me es posible concluir un nuevo libro: La reorganización de España.

Ahora doy al público este estudio micrográfico, que acaso sea de alguna utilidad en el tiempo más próximo.