Ortega y Gasset

Abstract

Scientific ideas bear fruit quietly in books; political ideas must instead take flesh in a generation. Since each new generation arrives with a differently tempered nervous system, an artificer is needed to renew the liberal emotion — and in Spain none appeared: the liberal idea is dying and only the conservative emotion remains.

Connections

Assi: Senso della storia
Posizioni: teoria delle generazioni
Concetti: idea
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ora il lavoro canterò, né curo ch’io sembri ai re l’Aedo degli schiavi

PASCOLI

Es tan grande la energía de las ideas que no cabe dentro de la mecánica, y ha sido menester abrir todas las compuertas del mundo natural a fin de que se espacie en la región de las posibilidades ilimitadas. La existencia de esta energía ideal nos permite dormirnos todas las noches con un poco de dulzor en el corazón y algunos aromas de esperanza en la fantasía: sin ella sería el optimismo un vicio, una falta de braveza intelectual.

Y, sin embargo, nada hay tan fácil como matar una idea: basta con ponerla en un medio inadecuado, tal vez en el cerebro de un político español. Las ideas científicas ejercitan su mística fecundidad quietas y quintaesenciadas en los libros: las ideas políticas, en cambio, como los dioses humildes de toda clásica religión, tienen que tomar carne y habitar un cuerpo para cumplir sus redenciones. En un principio es toda idea política una idea científica; la pensó primero un sabio, luego sobreviene un artífice de la política, un artista de la Historia, que acierta a inyectarla en el aparato nervioso de una generación. Entonces la idea, el Logos, el verbo, habita entre nosotros. Mas a poco arriba la nueva generación con un aparato nervioso templado de distinta suerte y es preciso otro artífice que reforme la antigua idea benéfica y la diluya en una emoción nueva apta para la nueva nerviosidad.

En España ha faltado el artista que renueve la emoción liberal: para lograrlo fuera menester algo menos burlesco que resucitar una ley sobre el matrimonio civil. La idea liberal va muriendo. No hay ya idea republicana. ¿Qué queda? Cuando los filósofos suprimen en la abstracción todas las cosas que son algo, queda, únicamente, la nada. Así, en las ciudades de los hombres, cuando no hay ninguna idea política, queda sólo la emoción conservadora. Una leal amargura ha de arrancarnos la confesión de que en la España política sólo hay conservadores, que es como decir que no hay nadie.

Y no se resuelva el caso echando sobre los políticos de oficio todos los improperios, como si junto al Parlamento hubiera otra España salubre, enérgica e inteligente. Esa España no existe; si existiera se ocuparía de política, dejaría oír en muchos casos grandes clamores y hasta haría sentir a tiempo justo la reciedad de sus músculos. Ahora bien, las dos grandes fechorías parlamentarias que han sido cometidas en el mes de diciembre acontecieron sin que esa España salubre, enérgica e inteligente marcara su juicio sobre ellas. Se nos quiere hacer grandes, quizás, se nos quiere hacer fuertes, y para ello se aprueba un presupuesto opimo que nos vaya creando una Armada. Pero no se nos ha preguntado antes si queremos ser fuertes; podría ser que prefiriéramos ser buenos, nada más que buenos; justos, no más que justos; discretos, en último caso, nada más que discretos. Y se nos prohíbe la discreción, se nos impone el deber de la incultura. Con leal dolor también ha de declararse que se dio cima a todo esto sin que se escucharan gritos de espanto, de protesta y de amenaza. ¿Es que no ha ocurrido nada?

El discurso que pronunció el señor Moret en aquella sesión inocente, donde todo fue unanimidad, significaba un pacto del partido liberal con el conservador: Do ut des. Hubo maliciosos que hallaron en todo ello hasta un exceso de armonía y, propensos a la paradoja, vieron en aquella concordancia ejemplar una ilustre complicidad, y en aquellos discursos un monótono y funesto rumor de azadones que entierran con nobles formas de liturgia diez años de crítica de la conciencia nacional. Yo me contaba entre esos paradojistas. Y así fue: el segundo término del pacto no se cumplió; el señor Moret toleró ese incumplimiento.

Ha sido la protesta harto débil para que no sea pecaminosa. Los periódicos se van dejando seducir por esas virtudes recientes de mesura y graveza muy de moda hoy entre nosotros, virtudes nobilísimas en su lugar, pero impropias de la significación que compete a aquéllos en la república. Los diarios deben volver a la era de las enérgicas vociferaciones: han de ser colaboradores en la construcción política, pero nunca colaboradores en la vida parlamentaria, y fuera más oportuno que se apartaran de la parsimonia académica.

El periódico no es ciencia, sino arte; arte de las emociones sociales. Como en algún modo el político, están encargados de dar a la idea carne de emoción para que se expanda y se haga emotiva; no les toca elaborar afirmaciones o negaciones, esto queda para el sabio, para el estadista; su tarea se reduce a expresar robustamente esas afirmaciones o negaciones labradas por otros.

En estos últimos tiempos no han solido hacerlo así. Sólo una voz sonora se ha oído que sonaba por la parte de Aragón, la del señor Costa, dando al aire muerto bramidos, como un búfalo viejo desde el fangal de un barranco. Conviene que esa noble y clara voz no se pierda en ambiente tan poco vibrátil como el de estos días, y es un supremo deber ante la Historia para los españoles que quieran cumplir la clarísima virtud de la fidelidad hacia los destinos de su raza, hacer que no queden vanos y estériles esos diez años de crítica de la conciencia nacional, años dolorosos de espiritual cauterio y purificación de nuestras entrañas morales.

Para ello es menester que resucitemos el liberalismo y que luego el liberalismo instaure con sus manos sabias y puras un verdadero partido liberal.

Los partidos liberales tienen hoy en Europa la más triste figura que cabe imaginar. Sobrevinieron a punto para conquistar unas cuantas virtudes públicas, unos cuantos derechos sagrados; lograron en lo esencial su intento, cumplieron su vida heroica, y hoy, perdida la juventud, se obstinan en proseguir el mismo gesto. Pero han llegado las horas nuevas, trayendo en sus odrecillos de peregrinas para ellos la vejez, y para otros la mocedad con la leyenda fresca de una política futura. La discreción les hubiera aconsejado una retirada o un cambio. Lohengrin llega a la hora justa de cumplir su hazaña, y cuando la mujer quiere atraerle a la vida mansa y vulgar, Dios, que favorece su fisonomía legendaria, le hace desaparecer. ¿No lamentaríamos que Don Quijote, luego de vuelto a la cordura, hubiera seguido viviendo, y aquel divino hijo del Ciervo nos le presentara unido a Aldonza en justas nupcias y gobernando un cortijo? Quiere el destino que los revolucionarios parezcan ridículos cuando renuncian a hacer revoluciones. Ésta ha sido la suerte de los partidos liberales, que no han acertado a renovar sus programas y buirlos una vez más como puñales usaderos, sino que, hallando blanda la paz y descansada la siesta, se han entregado a la fruición burguesa:

de voir autour de soi croître dans la maison,

sous les paisibles lois d’une agréable mère,

de petits citoyens dont on croit être père.

Una empresa política de Saavedra Fajardo pinta una saeta en el aire bajo la cual se lee: «o sube o baja»; y aunque hace con ello referencia a los Estados, vale también para los partidos de progreso; permanecer igual no es no mudarse, sino mudarse al compás y al ritmo de las cosas. Los partidos de vanguardia han de avanzar tierra adentro luego de ganadas las batallas, y sólo se conservan iguales a sí mismos cuando viven en perpetuo peligro, como aquellas mesnadas de la España medioeval, que al ir desterrando a los moros dejaban las mansiones de ayer por demasiado seguras y construían otras nuevas en los linderos enemigos.

Los partidos liberales son partidos fronterizos de la Revolución o no son nada. El último y más fino teorizador de la idea conservadora, Federico Julio Stahl, jurista ingenioso y teológico, creyó dictar la sentencia del liberalismo demostrando que el liberalismo es el «sistema de la Revolución». Fue esto dicho hacia 1840: los liberales de entonces, aún siéndolo muy de veras, porque consideraban aquella palabra perjudicial a la sazón para sus intentos, protestaron. Mas el tiempo, que es un galant’uomo, según el cardenal Mazzarino, ha ido limpiando esa voz de su escoria lamentable, y hoy sería menester harta mala fe para ver en ella otra cosa que la luz sutil y espiritual de una idea. Hoy son afortunadamente, las calles de las grandes urbes demasiado anchas, y los cargadores de los fusiles demasiado rápidos para que tenga nadie honrado derecho a interpretar aviesamente lo que digo.

Ora il lavoro canterò, né curo ch’io sembri ai re l’Aedo degli schiavi

PASCOLI

So great is the energy of ideas that it does not fit within mechanics, and it has been necessary to open all the floodgates of the natural world so that it may spread through the region of unlimited possibilities. The existence of this ideal energy allows us to fall asleep every night with a little sweetness in the heart and some aromas of hope in the fancy: without it optimism would be a vice, a lack of intellectual bravery.

And, nevertheless, nothing is so easy as killing an idea: it suffices to put it in an unsuitable medium, perhaps in the brain of a Spanish politician. Scientific ideas exercise their mystic fecundity quiet and quintessentialized in books: political ideas, on the other hand, like the humble gods of every classical religion, have to take flesh and inhabit a body to accomplish their redemptions. In the beginning every political idea is a scientific idea; a sage thought it first, then there supervenes an artificer of politics, an artist of History, who succeeds in injecting it into the nervous apparatus of a generation. Then the idea, the Logos, the word, dwells among us. But shortly the new generation arrives with a nervous apparatus tempered in a distinct way and another artificer is necessary who reforms the old beneficent idea and dilutes it into a new emotion apt for the new nervousness.

In Spain the artist has been lacking who renews the liberal emotion: to achieve it something less burlesque would have been necessary than resuscitating a law on civil marriage. The liberal idea is dying. There is no longer a republican idea. What remains? When the philosophers suppress in abstraction all the things that are something, there remains, only, nothingness. Thus, in the cities of men, when there is no political idea, there remains only the conservative emotion. A loyal bitterness must tear from us the confession that in political Spain there are only conservatives, which is as much as to say that there is no one.

And let not the case be resolved by throwing upon the professional politicians all the invectives, as if alongside Parliament there were another healthy, energetic and intelligent Spain. That Spain does not exist; if it existed it would occupy itself with politics, would let be heard in many cases great outcries and would even make felt at the right time the hardness of its muscles. Now: the two great parliamentary misdeeds that have been committed in the month of December happened without that healthy, energetic and intelligent Spain marking its judgment upon them. We are wanted to be made great, perhaps, we are wanted to be made strong, and for that there is approved an opulent budget that goes creating for us a Navy. But we have not been asked before whether we want to be strong; it could be that we preferred to be good, nothing more than good; just, no more than just; discreet, in the last case, nothing more than discreet. And discretion is forbidden us, the duty of inculture is imposed upon us. With loyal pain also must it be declared that there was given a top to all this without cries of fright, of protest and of threat being heard. Is it that nothing has happened?

The speech that Mr Moret pronounced in that innocent session, where everything was unanimity, signified a pact of the liberal party with the conservative: Do ut des. There were malicious persons who found in it all even an excess of harmony and, prone to paradox, saw in that exemplary concord an illustrious complicity, and in those speeches a monotonous and baleful rumour of hoes that bury with noble liturgical forms ten years of criticism of the national consciousness. I counted myself among those paradoxists. And so it was: the second term of the pact was not fulfilled; Mr Moret tolerated that non-fulfilment.

The protest has been too weak for it not to be sinful. The newspapers are letting themselves be seduced by those recent virtues of measure and gravity very much in fashion today among us, virtues most noble in their place, but improper to the signification that befits them in the republic. The dailies must return to the age of energetic vociferations: they must be collaborators in political construction, but never collaborators in parliamentary life, and it would have been more opportune that they hold themselves apart from academic parsimony.

The newspaper is not science, but art; art of the social emotions. As in some manner the politician, they are charged with giving to the idea flesh of emotion so that it expand and become emotive; it does not fall to them to elaborate affirmations or negations, this is left for the sage, for the statesman; their task reduces itself to expressing robustly those affirmations or negations wrought by others.

In these last times they have not usually done so. Only one sonorous voice has been heard that sounded from the side of Aragon, that of Mr Costa, giving to the dead air bellowings, like an old buffalo from the swamp of a ravine. It suits that that noble and clear voice not be lost in an environment so little vibrant as that of these days, and it is a supreme duty before History for the Spaniards who want to fulfil the most clear virtue of fidelity toward the destinies of their race, to make that those ten years of criticism of the national consciousness not remain vain and sterile, dolorous years of spiritual cautery and purification of our moral entrails.

For this it is necessary that we resuscitate liberalism and that then liberalism institute with its wise and pure hands a true liberal party.

The liberal parties have today in Europe the saddest figure that can be imagined. They supervened in time to conquer a few public virtues, a few sacred rights; they achieved in the essential their intent, fulfilled their heroic life, and today, having lost their youth, they are obstinate in continuing the same gesture. But the new hours have arrived, bringing in their pilgrims’ little skins for them old age, and for others youth with the fresh legend of a future politics. Discretion would have advised them a retreat or a change. Lohengrin arrives at the just hour to fulfil his exploit, and when the woman wants to draw him to the meek and vulgar life, God, who favours his legendary physiognomy, makes him disappear. Would we not lament that Don Quixote, after having returned to sanity, had gone on living, and that divine son of the Stag presented him to us united to Aldonza in just nuptials and governing a farmstead? Destiny wills that revolutionaries seem ridiculous when they renounce making revolutions. This has been the fate of the liberal parties, who have not hit upon renewing their programmes and burnishing them once more like everyday daggers, but, finding the peace soft and the siesta restful, have surrendered to bourgeois fruition:

de voir autour de soi croître dans la maison,

sous les paisibles lois d’une agréable mère,

de petits citoyens dont on croit être père.

A political impresa of Saavedra Fajardo paints an arrow in the air beneath which is read: ‘either it rises or it falls’; and although with this it makes reference to States, it holds also for the parties of progress; remaining equal is not not-changing, but changing to the compass and rhythm of things. The vanguard parties must advance inland after having won the battles, and only conserve themselves equal to themselves when they live in perpetual danger, like those hosts of medieval Spain, which as they went banishing the Moors left the mansions of yesterday for being too safe and built others new in the enemy borders.

The liberal parties are border parties of the Revolution or they are nothing. The last and finest theorizer of the conservative idea, Friedrich Julius Stahl, ingenious and theological jurist, believed he dictated the sentence of liberalism by demonstrating that liberalism is the ‘system of the Revolution’. This was said toward 1840: the liberals of then, even being so in all seriousness, because they considered that word prejudicial at that time for their intents, protested. But time, which is a galant’uomo, according to Cardinal Mazzarino, has gone cleaning that voice of its lamentable scum, and today much bad faith would be necessary to see in it anything other than the subtle and spiritual light of an idea. Today are, fortunately, the streets of the great cities too wide, and the loaders of the rifles too rapid for any honest person to have the right to interpret wickedly what I say.

Ora il lavoro canterò, né curo ch’io sembri ai re l’Aedo degli schiavi

PASCOLI

È tanto grande l’energia delle idee che non ci sta dentro la meccanica, ed è stato necessario aprire tutte le cateratte del mondo naturale affinché si spazi nella regione delle possibilità illimitate. L’esistenza di questa energia ideale ci permette di addormentarci tutte le notti con un po’ di dolcezza nel cuore e alcuni aromi di speranza nella fantasia: senza di essa l’ottimismo sarebbe un vizio, una mancanza di bravura intellettuale.

E, tuttavia, nulla c’è di tanto facile come uccidere un’idea: basta metterla in un mezzo inadeguato, magari nel cervello di un politico spagnolo. Le idee scientifiche esercitano la loro mistica fecondità quiete e quintessenziate nei libri: le idee politiche, invece, come gli umili dèi di ogni religione classica, devono prendere carne e abitare un corpo per compiere le loro redenzioni. In principio ogni idea politica è un’idea scientifica; la pensò prima un sapiente, poi sopravviene un artefice della politica, un artista della Storia, che riesce a iniettarla nell’apparato nervoso di una generazione. Allora l’idea, il Logos, il verbo, abita tra noi. Ma a poco arriva la nuova generazione con un apparato nervoso temperato di distinta maniera ed è necessario un altro artefice che riformi l’antica idea benefica e la diluisca in un’emozione nuova atta per la nuova nervosità.

In Spagna è mancato l’artista che rinnovi l’emozione liberale: per riuscirci sarebbe stato necessario qualcosa di meno burlesco che risuscitare una legge sul matrimonio civile. L’idea liberale va morendo. Non c’è più idea repubblicana. Che cosa resta? Quando i filosofi sopprimono nell’astrazione tutte le cose che sono qualcosa, resta, unicamente, il nulla. Così, nelle città degli uomini, quando non c’è nessuna idea politica, resta solo l’emozione conservatrice. Una leale amarezza deve strapparci la confessione che nella Spagna politica ci sono solo conservatori, che è come dire che non c’è nessuno.

E non si risolva il caso gettando sui politici di professione tutti gli improperi, come se accanto al Parlamento ci fosse un’altra Spagna salubre, energica e intelligente. Quella Spagna non esiste; se esistesse si occuperebbe di politica, lascerebbe udire in molti casi grandi clamori e farebbe persino sentire a tempo giusto la durezza dei suoi muscoli. Ora: le due grandi malefatte parlamentari che sono state commesse nel mese di dicembre accaddero senza che quella Spagna salubre, energica e intelligente marciasse il suo giudizio su di esse. Ci si vuole fare grandi, forse, ci si vuole fare forti, e per questo si approva un bilancio opimo che ci vada creando una Marina. Ma non ci è stato chiesto prima se vogliamo essere forti; potrebbe essere che preferissimo essere buoni, niente più che buoni; giusti, non più che giusti; discreti, in ultimo caso, niente più che discreti. E ci si proibisce la discrezione, ci si impone il dovere dell’incultura. Con leale dolore anche deve dichiararsi che si diede cima a tutto questo senza che si udissero grida di spavento, di protesta e di minaccia. È che non è accaduto nulla?

Il discorso che pronunciò il signor Moret in quella sessione innocente, dove tutto fu unanimità, significava un patto del partito liberale col conservatore: Do ut des. Ci furono maliziosi che trovarono in tutto ciò persino un eccesso di armonia e, propensi al paradosso, videro in quella concordia esemplare un’illustre complicità, e in quei discorsi un monotono e funesto rumore di zappe che seppelliscono con nobili forme di liturgia dieci anni di critica della coscienza nazionale. Io mi contavo tra quei paradosisti. E così fu: il secondo termine del patto non si compì; il signor Moret tollerò quell’inadempimento.

È stata la protesta troppo debole perché non sia peccaminosa. I giornali si vanno lasciando sedurre da quelle virtù recenti di misura e gravità molto di moda oggi tra noi, virtù nobilissime al loro posto, ma improprie della significazione che compete ad essi nella repubblica. I quotidiani devono tornare all’era delle energiche vociferazioni: devono essere collaboratori nella costruzione politica, ma mai collaboratori nella vita parlamentare, e sarebbe stato più opportuno che si allontanassero dalla parsimonia accademica.

Il giornale non è scienza, ma arte; arte delle emozioni sociali. Come in qualche modo il politico, sono incaricati di dare all’idea carne d’emozione perché si espanda e si faccia emotiva; non tocca loro elaborare affermazioni o negazioni, questo resta per il sapiente, per lo statista; il loro compito si riduce a esprimere robustamente quelle affermazioni o negazioni lavorate da altri.

In questi ultimi tempi non sogliono averlo fatto così. Solo una voce sonora si è udita che suonava dalla parte d’Aragona, quella del signor Costa, dando all’aria morta bramiti, come un vecchio bufalo dal fangoso burrone. Conviene che quella nobile e chiara voce non si perda in ambiente tanto poco vibratile come quello di questi giorni, ed è un supremo dovere dinanzi alla Storia per gli spagnoli che vogliano compiere la chiarissima virtù della fedeltà verso i destini della loro razza, fare che non restino vani e sterili quei dieci anni di critica della coscienza nazionale, anni dolorosi di spirituale cauterio e purificazione delle nostre viscere morali.

Per questo è necessario che risuscitiamo il liberalismo e che poi il liberalismo instauri con le sue mani sapienti e pure un vero partito liberale.

I partiti liberali hanno oggi in Europa la più triste figura che si possa immaginare. Sopraggiunsero a punto per conquistare alcune virtù pubbliche, alcuni sacri diritti; riuscirono nell’essenziale il loro intento, compirono la loro vita eroica, e oggi, perduta la gioventù, si ostinano a proseguire lo stesso gesto. Ma sono giunte le ore nuove, portando nei loro otricelli di pellegrine per essi la vecchiaia, e per altri la giovinezza con la fresca leggenda di una politica futura. La discrezione avrebbe consigliato loro una ritirata o un cambiamento. Lohengrin arriva all’ora giusta di compiere la sua gesta, e quando la donna vuole attrarlo alla vita mansueta e volgare, Dio, che favorisce la sua fisionomia leggendaria, lo fa sparire. Non lamenteremmo che Don Chisciotte, dopo tornato alla ragione, avesse continuato a vivere, e quel divino figlio del Cervo ce lo presentasse unito ad Aldonza in giuste nozze e governante di un podere? Vuole il destino che i rivoluzionari sembrino ridicoli quando rinunciano a fare rivoluzioni. Questa è stata la sorte dei partiti liberali, che non hanno azzeccato a rinnovare i loro programmi e ripulirli ancora una volta come pugnali d’uso, ma, trovando molle la pace e riposata la siesta, si sono consegnati alla fruizione borghese:

de voir autour de soi croître dans la maison,

sous les paisibles lois d’une agréable mère,

de petits citoyens dont on croit être père.

Un’impresa politica di Saavedra Fajardo dipinge una saetta in aria sotto la quale si legge: «o sale o scende»; e sebbene faccia con ciò riferimento agli Stati, vale anche per i partiti di progresso; restare uguali non è non mutarsi, ma mutarsi al compasso e al ritmo delle cose. I partiti d’avanguardia devono avanzare terra dentro dopo aver vinto le battaglie, e solo si conservano uguali a sé stessi quando vivono in perpetuo pericolo, come quelle schiere della Spagna medievale, che andando esiliando i mori lasciavano le dimore di ieri per troppo sicure e ne costruivano altre nuove nei confini nemici.

I partiti liberali sono partiti di frontiera della Rivoluzione o non sono nulla. L’ultimo e più fine teorizzatore dell’idea conservatrice, Federico Giulio Stahl, giurista ingegnoso e teologico, credette di dettare la sentenza del liberalismo dimostrando che il liberalismo è il «sistema della Rivoluzione». Questo fu detto verso il 1840: i liberali di allora, pur essendolo molto sul serio, perché consideravano quella parola pregiudizievole a quel tempo per i loro intenti, protestarono. Ma il tempo, che è un galant’uomo, secondo il cardinale Mazzarino, è andato ripulendo quella voce dalla sua scoria lamentevole, e oggi ci vorrebbe assai mala fede per vedere in essa altra cosa che la luce sottile e spirituale di un’idea. Oggi sono fortunatamente, le strade delle grandi urbi troppo larghe, e i caricatori dei fucili troppo rapidi perché nessuno onesto abbia diritto a interpretare sinistramente ciò che dico.

Y es esto que digo que el liberalismo de hoy, si no quiere seguir siendo un entremés para la Historia, tiene que confesarse y declararse inequívocamente «sistema de la revolución». A los ánimos que acostumbran espantarse de la sombra que dejan en el aire las palabras propongo este punto de meditación: ¿Qué prefieren: un sistema de revolución o revolucionarios sin sistema? Un sistema es una idea: sistema de la revolución significa, pues, idea de la revolución o revolución ideal. De revolutionibus orbium cœlestium llamó el sacerdote Copérnico a su sistema de los astros, y mire el señor lector cómo, gracias al sistema astronómico, han desaparecido de tras los planetas aquellas torvas divinidades anárquicas e injustas que intervenían a lo mejor en los negocios de los hombres, y hoy quedan simplemente unas flores de dulce lumbre lejana que dan sus vueltas o revoluciones con estricta blandura y armonía. Los terremotos, en cambio, continúan siendo irreductibles a un sistema: cuando se les reduzca habráseles puesto un yugo, y en lugar de destruir ciudades los aprovechará la industria como fieras domadas.

Llamo liberalismo a aquel pensamiento político que antepone la realización del ideal moral a cuanto exija la utilidad de una porción humana, sea ésta una casta, una clase o una nación. La dirección conservadora, por el contrario, se desentiende de exigencias ideales, niega su valor ético y se atiene en este punto a lo ya logrado, cuando no fomenta el regreso a formas superadas de constitución política.

Cree el liberalismo que ningún régimen social es definitivamente justo: siempre la norma o idea de justicia reclama un más allá, un derecho humano aún no reconocido y que, por tanto, trasciende, rebosa de la constitución escrita. La transición entre dos constituciones no cabe dentro de ninguna de ellas: el derecho a transformar las constituciones es sobreconstitucional, no es un derecho escrito, es una de aquellas no escritas leyes, ágrafoi nómoi, sublimes a todo código. Como los peripatéticos tenían que buscar fuera del mundo y hallaban en un Dios invisible el primer motor inmóvil, impulsor de cuantas cosas vemos moverse, así el primer impulsor jurídico de las transformaciones constitucionales es ese derecho no escrito, ese derecho ideal, centro de la energía ética en la Historia. A ese derecho sobreconstitucional, que es a su vez un sagrado deber, llamo Revolución.

Es preciso que apartemos del liberalismo todo equívoco y que volvamos a hallar su simiente inmortal. Por haberse olvidado demasiadamente de sí propio se ha dejado llevar durante cuarenta años a combates insignificantes, periféricos, y distraído en una política cutánea no ha solido acordarse de que latía, allá entre sus entrañas, el corazón inquieto de la Historia. Hoy está tan embotada la sensibilidad liberal que es casi una iniciación predicar el liberalismo como un deber moral, como el deber de la Revolución.

La dirección conservadora, que no es una idea —¡supremo nombre!—, sino todo lo contrario, un instinto, ha cuidado muy astutamente de no despertar en él esa dormida entraña moral y ha logrado, acaso, convencerle de que es su esencia el laissez faire, laissez passer. De los conservadores ha salido ese apotegma peligroso, según el cual sería el liberalismo no más que el ejercicio de la libertad. Digo peligroso porque en tal decir se toma a sabiendas la libertad con un vago sentido popular que nada tiene que ver con lo que significa, para los sabedores de la ética.

¿Qué libertad es ésa a cuya defensa y sustentación quieren los conservadores circunscribir la idea liberal? ¿Qué quieren decir cuando dicen que «la libertad se ha hecho conservadora»? ¿Indican con ello que en los conflictos entre el individuo y el Estado debe llevar aquél la primacía y la decisión? Estos conflictos no tienen sentido dentro del nuevo liberalismo: son precisamente comprobación de los errores originales en la fundamentación positivista, utilitaria, del liberalismo inglés, que ha venido siendo la norma hasta hace poco. A la postre hemos vuelto hacia la sabia opinión platónica, que no reconoce individuos fuera del Estado.

Las palabras son huecos para los pensamientos, cápsulas sonoras donde se guarda el huevecillo del concepto, el germen racional. Nosotros tomamos de fuera las cápsulas, pero vacías: luego, atropelladamente, las henchimos con lo primero que hallamos a mano. Así ha ocurrido con la palabra Libertad: se la ha reducido a la significación de tolerancia, y en la tolerancia hemos imbuido después un sabor de complicidad. Pues qué, ¿va a ser este vago contenido de Libertad-Tolerancia lo que caracterice al liberalismo? ¿Para nada más hondo y genuino está ahí? La tolerancia no es renuncia o apartamiento de la lucha, sino la sutilización de ésta, la pulimentación y legalización de las armas de combate. Por ella las divergencias entre los hombres se elevan a discusiones científicas; por ella se evita la destrucción de las condiciones materiales necesarias para que cada cual pueda seguir sustentando su opinión. Y no viene a ser otra cosa la tolerancia que una proyección en lo político de aquella cualidad individual que llamamos buena educación.

Para mí, es, en cambio, Libertad un divino nombre mitológico que usamos para advertirnos de que las constituciones son siempre injustas, y es un deber reformarlas. No indica solamente que ha de respetarse la ley escrita: este valor negativo no distinguiría lo liberal de lo conservador. Libertad, en su significado positivo, es la perpetua amonestación de la ley no escrita, de la ley ética que condena todo estancamiento de la ley política.

Si no fuera así, el razonamiento de Veuillot parecería incontrovertible: Je vous demande d’être libéraux parce que tels sont vos principes; mais comme ce ne sont pas les miens vous n’auriez à espérer un traitement réciproque si j’arrivais au pouvoir. Y sería cierto asimismo que «los liberales —según decía Carlos Marx— van una sola vez en compañía de la Libertad: el día de su entierro».

Esta curiosa antinomia del liberalismo proviene de que también él, debiendo ser puro, incansable, incesante, incontentable Espíritu, ha dejado que se le apose la energía, que se coagule, casi que se le torne cuerpo. En este agua muerta de nuestra vida intelectual hale tomado una fiebre de laxitud, y cuando la lenta caravana de los conservadores llega, estaba dormida la virgen loca Libertad. Creo que los progresistas deben recelar de ella y esforzarse en afinar su sentido desde el momento que los conservadores la han puesto sobre su corazón. Esos magos que quieren conservar tantas cosas le han hecho mal de ojo: a la luz de una luna brujesca se han reunido en Zugarramurdi, y con voz de murmurio y misterio se han dicho: ¿Y si conserváramos también la Libertad? Luego han quemado unos escrúpulos de estoraque, han dibujado con un agujón en la tierra roja el abracadabra, han leído unas palabras en el libro de Nostradamus, y a cantagallos se han dispersado con susurroso rumor de viento en ráfagas. Han hecho un conjuro a la Libertad, la han tornado estéril, conservadora. Porque, entiéndase bien, si libertad conservadora quiere decir algo, vale como libertad para conservar, pero nunca como libertad para inventar, para osar, para hacer revoluciones en la economía de los códigos. Y de ésta, casualmente, tenemos sed.

No cabe, pues, equívoco en el liberalismo. El sentido que su tradición y origen le marcan es indudable y preciso: donde se proclame un derecho nuevo del hombre, allí debe estar, aun cuando los oscurecedores, que son legión, pretendan poner tinieblas sobre lo claro y esplendente. ¿Qué afirmación de un nuevo derecho original destaca sobre la parca historia contemporánea? La idea socialista. Luego no es posible hoy otro liberalismo que el liberalismo socialista. Presumo que nuestra ingénita cobardía política se asustará de esta consecuencia mía. Si es así, sólo me toca deplorarlo y pedir al Dios omnipotente que construya otro mundo donde las cosas anden menos estrictas y donde no sea una burla llamarse liberal siendo conservador.

Hasta aquí sólo he hablado del liberalismo como idea, como sistema de abstracciones, como corolario de una ética científica. He llamado ideal al liberalismo: ¿quiere esto decir que sea un utopismo? En modo alguno: el ideal, cuando lo es, ni es fantasía ni es ensueño: es la anticipación de una realidad futura. El teorizador del liberalismo —mi modesta persona, en este caso—, tiene que estar fuera de la realidad, fuera de la realidad actual, ya que se pone en una futura y en nombre de ésta exige la transformación de la presente; su perspectiva espiritual puede simplificarse en estas palabras de Pestalozzi: «Es preciso desviar nuestros ojos de cuanto ocurre, a fin de conservar en nosotros límpida la sensibilidad para lo que debe ocurrir».

And it is this that I say: that the liberalism of today, if it does not want to go on being an interlude for History, has to confess and declare itself unequivocally ‘system of the revolution’. To the spirits that are accustomed to be frightened by the shadow that words leave in the air I propose this point of meditation: which do they prefer: a system of revolution or revolutionaries without system? A system is an idea: system of the revolution signifies, then, idea of the revolution or ideal revolution. De revolutionibus orbium cœlestium the priest Copernicus called his system of the stars, and let the reader look how, thanks to the astronomical system, there have disappeared from behind the planets those grim anarchic and unjust divinities that intervened at times in the affairs of men, and today there remain simply some flowers of sweet distant light that make their turns or revolutions with strict softness and harmony. The earthquakes, on the other hand, continue to be irreducible to a system: when they are reduced a yoke will have been put on them, and instead of destroying cities industry will exploit them like tamed beasts.

I call liberalism that political thought which places before the realization of the moral ideal whatever the utility of a human portion demands, be it a caste, a class or a nation. The conservative direction, on the contrary, disregards ideal demands, denies their ethical value and holds itself in this point to what is already achieved, when it does not foster the return to surpassed forms of political constitution.

Liberalism believes that no social regime is definitively just: always the norm or idea of justice claims a beyond, a human right not yet recognized and which, therefore, transcends, overflows the written constitution. The transition between two constitutions does not fit within any of them: the right to transform constitutions is supra-constitutional, it is not a written right, it is one of those unwritten laws, ágrafoi nómoi, sublime to every code. As the Peripatetics had to seek outside the world and found in an invisible God the first unmoved mover, impeller of all the things we see move, so the first juridical impeller of constitutional transformations is that unwritten right, that ideal right, centre of ethical energy in History. To that supra-constitutional right, which is in turn a sacred duty, I call Revolution.

It is necessary that we put away from liberalism every equivocation and that we return to find its immortal seed. For having forgotten itself too much it has let itself be carried for forty years to insignificant, peripheral combats, and distracted in a cutaneous politics it has not usually remembered that there was beating, there among its entrails, the restless heart of History. Today is so blunted the liberal sensibility that it is almost an initiation to preach liberalism as a moral duty, as the duty of the Revolution.

The conservative direction, which is not an idea —supreme name!—, but quite the contrary, an instinct, has taken care very astutely not to awaken in it that sleeping moral entrail and has managed, perhaps, to convince it that its essence is the laissez faire, laissez passer. From the conservatives has come out that dangerous apophthegm, according to which liberalism would be no more than the exercise of liberty. I say dangerous because in such a saying liberty is knowingly taken with a vague popular sense that has nothing to do with what it means, for those who know ethics.

What liberty is that to whose defence and sustentation the conservatives want to circumscribe the liberal idea? What do they want to say when they say that ‘liberty has become conservative’? Do they indicate with it that in the conflicts between the individual and the State the former must bear the primacy and the decision? These conflicts make no sense within the new liberalism: they are precisely a proof of the original errors in the positivist, utilitarian foundation of English liberalism, which has been coming to be the norm until recently. In the last analysis we have turned back toward the wise Platonic opinion, which recognizes no individuals outside the State.

Words are hollows for thoughts, sonorous capsules where the little egg of the concept, the rational germ, is kept. We take from outside the capsules, but empty: then, headlong, we fill them with the first thing we find at hand. So it has happened with the word Liberty: it has been reduced to the signification of tolerance, and in tolerance we have afterwards imbued a savour of complicity. What then, is this vague content of Liberty-Tolerance going to be what characterises liberalism? Is it there for nothing deeper and more genuine? Tolerance is not renunciation or withdrawal from the struggle, but its subtleization, the polishing and legalization of the combat weapons. Through it the divergences among men are elevated to scientific discussions; through it the destruction of the material conditions necessary for each one to go on sustaining his opinion is avoided. And tolerance comes to be nothing other than a projection into the political of that individual quality we call good breeding.

For me, on the other hand, Liberty is a divine mythological name that we use to warn ourselves that constitutions are always unjust, and it is a duty to reform them. It does not indicate only that the written law must be respected: this negative value would not distinguish the liberal from the conservative. Liberty, in its positive meaning, is the perpetual admonition of the unwritten law, of the ethical law that condemns every stagnation of the political law.

If it were not so, the reasoning of Veuillot would seem incontrovertible: Je vous demande d’être libéraux parce que tels sont vos principes; mais comme ce ne sont pas les miens vous n’auriez à espérer un traitement réciproque si j’arrivais au pouvoir. And it would likewise be true that ‘the liberals —according as Karl Marx said— go only once in the company of Liberty: on the day of its burial’.

This curious antinomy of liberalism comes from the fact that also it, having to be pure, tireless, incessant, unsatisfiable Spirit, has let energy take possession of it, coagulate, almost turn body to it. In this dead water of our intellectual life a fever of laxitude has taken hold of it, and when the slow caravan of the conservatives arrives, the mad virgin Liberty was asleep. I believe that the progressives should distrust her and strive to refine her sense from the moment the conservatives have put her upon their heart. Those magicians who want to conserve so many things have cast the evil eye on her: in the light of a witchlike moon they have gathered in Zugarramurdi, and with a voice of murmur and mystery have said to themselves: what if we also conserve Liberty? Then they have burned some scruples of storax, have drawn with a needle on the red earth the abracadabra, have read some words in the book of Nostradamus, and at cock-crow have dispersed with whispering rumour of wind in gusts. They have cast a spell upon Liberty, have turned her sterile, conservative. Because, let it be well understood, if conservative liberty means anything, it holds as liberty for conserving, but never as liberty for inventing, for daring, for making revolutions in the economy of the codes. And of this one, by chance, we are thirsty.

There fits, then, no equivocation in liberalism. The sense that its tradition and origin mark for it is undoubted and precise: where a new right of man is proclaimed, there it must be, even when the obscurers, who are legion, pretend to put darkness upon what is clear and resplendent. What affirmation of a new original right stands out upon the parsimonious contemporary history? The socialist idea. Then no other liberalism is possible today than socialist liberalism. I presume that our inborn political cowardice will be frightened by this consequence of mine. If it is so, only it falls to me to deplore it and to ask the omnipotent God to build another world where things go less strictly and where it be not a mockery to call oneself liberal while being conservative.

Until here I have spoken only of liberalism as idea, as system of abstractions, as corollary of a scientific ethics. I have called liberalism ideal: does this mean that it be a utopianism? In no manner: the ideal, when it is one, is neither fancy nor dream: it is the anticipation of a future reality. The theorizer of liberalism —my modest person, in this case—, has to be outside reality, outside the present reality, since he places himself in a future one and in its name demands the transformation of the present one; his spiritual perspective can be simplified in these words of Pestalozzi: ‘It is necessary to avert our eyes from whatever happens, in order to conserve in ourselves limpid the sensibility for what must happen’.

Ed è questo che dico: che il liberalismo di oggi, se non vuole continuare a essere un intermezzo per la Storia, deve confessarsi e dichiararsi inequivocabilmente «sistema della rivoluzione». Agli animi che sogliono spaventarsi dell’ombra che lasciano nell’aria le parole propongo questo punto di meditazione: che cosa preferiscono: un sistema di rivoluzione o rivoluzionari senza sistema? Un sistema è un’idea: sistema della rivoluzione significa, dunque, idea della rivoluzione o rivoluzione ideale. De revolutionibus orbium cœlestium chiamò il sacerdote Copernico il suo sistema degli astri, e guardi il signor lettore come, grazie al sistema astronomico, sono sparite da dietro i pianeti quelle torve divinità anarchiche e ingiuste che intervenivano a volte negli affari degli uomini, e oggi restano semplicemente dei fiori di dolce lume lontano che danno i loro giri o rivoluzioni con stretta dolcezza e armonia. I terremoti, invece, continuano a essere irriducibili a un sistema: quando li si ridurrà si sarà messo loro un giogo, e invece di distruggere città li sfrutterà l’industria come fiere domate.

Chiamo liberalismo quel pensiero politico che antepone la realizzazione dell’ideale morale a quanto esiga l’utilità di una porzione umana, sia essa una casta, una classe o una nazione. La direzione conservatrice, al contrario, si disinteressa delle esigenze ideali, nega il loro valore etico e si attiene in questo punto a ciò che è già conseguito, quando non fomenta il regresso a forme superate di costituzione politica.

Crede il liberalismo che nessun regime sociale sia definitivamente giusto: sempre la norma o idea di giustizia reclama un al di là, un diritto umano ancora non riconosciuto e che, perciò, trascende, trabocca dalla costituzione scritta. La transizione tra due costituzioni non ci sta dentro nessuna di esse: il diritto a trasformare le costituzioni è sovraccostituzionale, non è un diritto scritto, è una di quelle leggi non scritte, ágrafoi nómoi, sublimi a ogni codice. Come i peripatetici dovevano cercare fuori del mondo e trovavano in un Dio invisibile il primo motore immobile, impulsore di quante cose vediamo muoversi, così il primo impulso giuridico delle trasformazioni costituzionali è quel diritto non scritto, quel diritto ideale, centro dell’energia etica nella Storia. A quel diritto sovraccostituzionale, che è a sua volta un sacro dovere, chiamo Rivoluzione.

È necessario che allontaniamo dal liberalismo ogni equivoco e che torniamo a trovare la sua semenza immortale. Per essersi dimenticato troppo di sé stesso si è lasciato portare durante quarant’anni a combattimenti insignificanti, periferici, e distratto in una politica cutanea non ha solito ricordarsi che batteva, là tra le sue viscere, il cuore inquieto della Storia. Oggi è tanto ottusa la sensibilità liberale che è quasi un’iniziazione predicare il liberalismo come un dovere morale, come il dovere della Rivoluzione.

La direzione conservatrice, che non è un’idea —supremo nome!—, ma tutto il contrario, un istinto, ha curato molto astutamente di non risvegliare in esso quella dormiente viscere morale e ha ottenuto, forse, di convincerlo che è sua essenza il laissez faire, laissez passer. Dai conservatori è uscito quell’apotegma pericoloso, secondo il quale il liberalismo sarebbe non più che l’esercizio della libertà. Dico pericoloso perché in tale dire si prende a conoscenza la libertà con un vago senso popolare che nulla ha a che vedere con ciò che significa, per i sapienti dell’etica.

Quale libertà è quella alla cui difesa e sustentazione vogliono i conservatori circoscrivere l’idea liberale? Che cosa vogliono dire quando dicono che «la libertà si è fatta conservatrice»? Indicano con ciò che nei conflitti tra l’individuo e lo Stato deve portare quello la primazia e la decisione? Questi conflitti non hanno senso dentro il nuovo liberalismo: sono precisamente comprova degli errori originali nella fondazione positivista, utilitaria, del liberalismo inglese, che è venuta essendo la norma fino a poco fa. In fin dei conti siamo tornati verso la sapiente opinione platonica, che non riconosce individui fuori dello Stato.

Le parole sono incavi per i pensieri, capsule sonore dove si conserva l’ovetto del concetto, il germe razionale. Noi prendiamo da fuori le capsule, ma vuote: poi, precipitosamente, le riempiamo con la prima cosa che troviamo a mano. Così è accaduto con la parola Libertà: la si è ridotta alla significazione di tolleranza, e nella tolleranza abbiamo imbevuto dopo un sapore di complicità. Ebbene, sarà questo vago contenuto di Libertà-Tolleranza ciò che caratterizza il liberalismo? Per niente di più profondo e genuino è lì? La tolleranza non è rinuncia o allontanamento dalla lotta, ma la sottilizzazione di questa, la levigatura e legalizzazione delle armi di combattimento. Per essa le divergenze tra gli uomini si elevano a discussioni scientifiche; per essa si evita la distruzione delle condizioni materiali necessarie perché ciascuno possa continuare a sustentare la sua opinione. E la tolleranza non viene a essere altra cosa che una proiezione nel politico di quella qualità individuale che chiamiamo buona educazione.

Per me, è, invece, Libertà un divino nome mitologico che usiamo per avvertirci che le costituzioni sono sempre ingiuste, ed è un dovere riformarle. Non indica soltanto che deve rispettarsi la legge scritta: questo valore negativo non distinguerebbe il liberale dal conservatore. Libertà, nel suo significato positivo, è la perpetua ammonizione della legge non scritta, della legge etica che condanna ogni stagnazione della legge politica.

Se non fosse così, il ragionamento di Veuillot sembrerebbe incontrovertibile: Je vous demande d’être libéraux parce que tels sont vos principes; mais comme ce ne sont pas les miens vous n’auriez à espérer un traitement réciproque si j’arrivais au pouvoir. E sarebbe vero altresì che «i liberali —secondo diceva Carlo Marx— vanno una sola volta in compagnia della Libertà: il giorno del suo funerale».

Questa curiosa antinomia del liberalismo proviene da che anche esso, dovendo essere puro, instancabile, incessante, incontentabile Spirito, ha lasciato che se ne impossessi l’energia, che si coaguli, quasi che gli si torni corpo. In quest’acqua morta della nostra vita intellettuale gli è presa una febbre di lassitudine, e quando arriva la lenta carovana dei conservatori, era addormentata la vergine pazza Libertà. Credo che i progressisti debbano diffidare di essa e sforzarsi ad affinare il suo senso dal momento che i conservatori l’hanno messa sopra il loro cuore. Quei maghi che vogliono conservare tante cose le hanno fatto mal d’occhio: alla luce di una luna stregonesca si sono riuniti a Zugarramurdi, e con voce di mormorio e mistero si sono detti: e se conservassimo anche la Libertà? Poi hanno bruciato alcuni scrupoli di storace, hanno disegnato con un ago nella terra rossa l’abracadabra, hanno letto alcune parole nel libro di Nostradamus, e a cantagalli si sono dispersi con susurrante rumore di vento in raffiche. Hanno fatto un sortilegio alla Libertà, l’hanno resa sterile, conservatrice. Perché, s’intenda bene, se libertà conservatrice vuol dire qualcosa, vale come libertà per conservare, ma mai come libertà per inventare, per osare, per fare rivoluzioni nell’economia dei codici. E di questa, casualmente, abbiamo sete.

Non ci capisce, dunque, equivoco nel liberalismo. Il senso che la sua tradizione e origine gli marcano è indubbio e preciso: dove si proclami un diritto nuovo dell’uomo, là deve stare, anche quando gli oscuratori, che sono legione, pretendano mettere tenebre su ciò che è chiaro e splendente. Quale affermazione di un nuovo diritto originale spicca sulla parca storia contemporanea? L’idea socialista. Dunque non è possibile oggi altro liberalismo che il liberalismo socialista. Presumo che la nostra ingenita codardia politica si spaventerà di questa mia conseguenza. Se è così, solo mi tocca deplorarlo e chiedere al Dio onnipotente che costruisca un altro mondo dove le cose vadano meno strette e dove non sia una beffa chiamarsi liberale essendo conservatore.

Fin qui ho parlato solo del liberalismo come idea, come sistema di astrazioni, come corollario di un’etica scientifica. Ho chiamato ideale il liberalismo: vuole questo dire che sia un utopismo? In modo alcuno: l’ideale, quando lo è, né è fantasia né è sogno: è l’anticipazione di una realtà futura. Il teorizzatore del liberalismo —la mia modesta persona, in questo caso—, deve stare fuori della realtà, fuori della realtà attuale, giacché si pone in una futura e in nome di questa esige la trasformazione della presente; la sua prospettiva spirituale può semplificarsi in queste parole di Pestalozzi: «È necessario deviare i nostri occhi da quanto accade, al fine di conservare in noi limpida la sensibilità per ciò che deve accadere».

Tampoco la realización del ideal necesita la destrucción de la realidad: cambiarla es suficiente. Aquí concluye la acción del liberalismo y comienza la del partido liberal, que es su instrumento. Consiste el papel de éste en adecuar trozo a trozo el ideal a la realidad y hallar las fórmulas para insertar en ella la mayor porción posible de ideal. De este modo quedan sistematizadas las revoluciones. El liberalismo señala dónde hay que ir; el partido liberal busca y proclama el camino, pero arbolando en todo instante aquella exigencia última, categórica, que da una dirección y un oriente a sus pasos.

Toda política no conservadora, que aspire a algo más que a una personalidad e influjos pasajeros, ha de pedir alguna reforma constitucional; sólo esto le permitirá adquirir fisonomía en la Historia. Sobre el fondo de las variaciones constitucionales se delinean las siluetas de los partidos políticos. La cabaña del tío Tom no deja ya nuestros corazones estibados de melancolía; el sentimiento constitucional del 68 es ya para nosotros arqueológico. Y con la arqueología sólo puede hacerse política de artificio e insana. Los jóvenes no se enardecen y no pelean sino por ideas tan nuevas y mozas que puedan tomarlas de novias.

Frente a los equívocos poco elegantes de los partidos vigentes aparece la emergencia magnífica del ideal socialista. Su realización es el mandato nuevo, el imperativo moral puesto sobre el hombre moderno. Y, so pena de esfumarse en una vaga doctrina de tolerancia, tiene que decidirse el liberalismo a arrancar la política de la región meramente utilitaria y regir su proa hacia la Atlántida de los deberes morales, de las virtudes sociales. Ni creo que quepa misión más perfecta y gloriosa en la tierra; porque si algo hay cierto es que este gigantesco alambique del Universo está puesto aquí para que tú, señor lector, y yo, y nuestros hijos, vayamos destilando del temblar de nuestros nervios unas gotas de virtud.

Faro, 23 de febrero de 1908

Neither does the realization of the ideal require the destruction of reality: to change it suffices. Here the action of liberalism ends and that of the liberal party begins, which is its instrument. The party’s role consists in adapting, piece by piece, the ideal to reality and in finding the formulas whereby to insert into it the greatest possible portion of ideal. In this way revolutions are systematized. Liberalism points out where one must go; the liberal party seeks and proclaims the road, but hoisting at every instant that ultimate, categorical demand which gives a direction and a bearing to its steps.

Every non-conservative policy that aspires to something more than a personality and passing influences must ask for some constitutional reform; only this will allow it to acquire a physiognomy in History. Against the background of constitutional variations the silhouettes of political parties are drawn. Uncle Tom’s Cabin no longer leaves our hearts stowed with melancholy; the constitutional sentiment of ‘68 is already archaeological for us. And with archaeology only an artificial and unhealthy politics can be made. Young men do not grow ardent and do not fight save for ideas so new and young that they can take them as sweethearts.

Faced with the inelegant equivocations of the parties in force, there appears the magnificent emergence of the socialist ideal. Its realization is the new mandate, the moral imperative laid upon modern man. And, on pain of fading into a vague doctrine of tolerance, liberalism must resolve to tear politics away from the merely utilitarian region and steer its prow toward the Atlantis of moral duties, of social virtues. Nor do I believe that a more perfect and glorious mission is possible on earth; because if anything is certain, it is that this gigantic alembic of the Universe is set here so that you, dear reader, and I, and our children, may go distilling from the trembling of our nerves a few drops of virtue.

Faro, February 23, 1908

Neppure la realizzazione dell’ideale ha bisogno della distruzione della realtà: mutarla è sufficiente. Qui conclude la sua azione il liberalismo e comincia quella del partito liberale, che ne è lo strumento. Il ruolo di questo consiste nell’adeguare pezzo a pezzo l’ideale alla realtà e nel trovare le formule per inserirvi la maggior porzione possibile di ideale. In questo modo le rivoluzioni restano sistematizzate. Il liberalismo indica dove bisogna andare; il partito liberale cerca e proclama la via, ma inalberando in ogni istante quella esigenza ultima, categorica, che dà una direzione e un oriente ai suoi passi.

Ogni politica non conservatrice che aspiri a qualcosa di più che a una personalità e a influenze passeggere deve chiedere qualche riforma costituzionale; solo questo le permetterà di acquistare fisionomia nella Storia. Sul fondo delle variazioni costituzionali si delineano le sagome dei partiti politici. La capanna dello zio Tom non tiene più i nostri cuori stivati di malinconia; il sentimento costituzionale del ‘68 è ormai per noi archeologico. E con l’archeologia si può fare soltanto politica d’artificio e insana. I giovani non si infiammano e non combattono se non per idee tanto nuove e giovani da poterle prendere per fidanzate.

Di fronte agli equivoci poco eleganti dei partiti vigenti appare la magnifica emergenza dell’ideale socialista. La sua realizzazione è il mandato nuovo, l’imperativo morale posto sull’uomo moderno. E, pena lo svanire in una vaga dottrina di tolleranza, il liberalismo deve decidersi a strappare la politica alla regione meramente utilitaria e a volgere la sua prua verso l’Atlantide dei doveri morali, delle virtù sociali. Né credo che sulla terra possa esservi missione più perfetta e gloriosa; perché se qualcosa è certo, è che questo gigantesco alambicco dell’Universo è posto qui perché tu, signor lettore, e io, e i nostri figli, andiamo distillando dal tremore dei nostri nervi alcune gocce di virtù.

Faro, 23 febbraio 1908