Abstract
Scientific ideas bear fruit quietly in books; political ideas must instead take flesh in a generation. Since each new generation arrives with a differently tempered nervous system, an artificer is needed to renew the liberal emotion — and in Spain none appeared: the liberal idea is dying and only the conservative emotion remains.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ora il lavoro canterò, né curo ch’io sembri ai re l’Aedo degli schiavi
PASCOLI
Es tan grande la energía de las ideas que no cabe dentro de la mecánica, y ha sido menester abrir todas las compuertas del mundo natural a fin de que se espacie en la región de las posibilidades ilimitadas. La existencia de esta energía ideal nos permite dormirnos todas las noches con un poco de dulzor en el corazón y algunos aromas de esperanza en la fantasía: sin ella sería el optimismo un vicio, una falta de braveza intelectual.
Y, sin embargo, nada hay tan fácil como matar una idea: basta con ponerla en un medio inadecuado, tal vez en el cerebro de un político español. Las ideas científicas ejercitan su mística fecundidad quietas y quintaesenciadas en los libros: las ideas políticas, en cambio, como los dioses humildes de toda clásica religión, tienen que tomar carne y habitar un cuerpo para cumplir sus redenciones. En un principio es toda idea política una idea científica; la pensó primero un sabio, luego sobreviene un artífice de la política, un artista de la Historia, que acierta a inyectarla en el aparato nervioso de una generación. Entonces la idea, el Logos, el verbo, habita entre nosotros. Mas a poco arriba la nueva generación con un aparato nervioso templado de distinta suerte y es preciso otro artífice que reforme la antigua idea benéfica y la diluya en una emoción nueva apta para la nueva nerviosidad.
En España ha faltado el artista que renueve la emoción liberal: para lograrlo fuera menester algo menos burlesco que resucitar una ley sobre el matrimonio civil. La idea liberal va muriendo. No hay ya idea republicana. ¿Qué queda? Cuando los filósofos suprimen en la abstracción todas las cosas que son algo, queda, únicamente, la nada. Así, en las ciudades de los hombres, cuando no hay ninguna idea política, queda sólo la emoción conservadora. Una leal amargura ha de arrancarnos la confesión de que en la España política sólo hay conservadores, que es como decir que no hay nadie.
Y no se resuelva el caso echando sobre los políticos de oficio todos los improperios, como si junto al Parlamento hubiera otra España salubre, enérgica e inteligente. Esa España no existe; si existiera se ocuparía de política, dejaría oír en muchos casos grandes clamores y hasta haría sentir a tiempo justo la reciedad de sus músculos. Ahora bien, las dos grandes fechorías parlamentarias que han sido cometidas en el mes de diciembre acontecieron sin que esa España salubre, enérgica e inteligente marcara su juicio sobre ellas. Se nos quiere hacer grandes, quizás, se nos quiere hacer fuertes, y para ello se aprueba un presupuesto opimo que nos vaya creando una Armada. Pero no se nos ha preguntado antes si queremos ser fuertes; podría ser que prefiriéramos ser buenos, nada más que buenos; justos, no más que justos; discretos, en último caso, nada más que discretos. Y se nos prohíbe la discreción, se nos impone el deber de la incultura. Con leal dolor también ha de declararse que se dio cima a todo esto sin que se escucharan gritos de espanto, de protesta y de amenaza. ¿Es que no ha ocurrido nada?
El discurso que pronunció el señor Moret en aquella sesión inocente, donde todo fue unanimidad, significaba un pacto del partido liberal con el conservador: Do ut des. Hubo maliciosos que hallaron en todo ello hasta un exceso de armonía y, propensos a la paradoja, vieron en aquella concordancia ejemplar una ilustre complicidad, y en aquellos discursos un monótono y funesto rumor de azadones que entierran con nobles formas de liturgia diez años de crítica de la conciencia nacional. Yo me contaba entre esos paradojistas. Y así fue: el segundo término del pacto no se cumplió; el señor Moret toleró ese incumplimiento.
Ha sido la protesta harto débil para que no sea pecaminosa. Los periódicos se van dejando seducir por esas virtudes recientes de mesura y graveza muy de moda hoy entre nosotros, virtudes nobilísimas en su lugar, pero impropias de la significación que compete a aquéllos en la república. Los diarios deben volver a la era de las enérgicas vociferaciones: han de ser colaboradores en la construcción política, pero nunca colaboradores en la vida parlamentaria, y fuera más oportuno que se apartaran de la parsimonia académica.
El periódico no es ciencia, sino arte; arte de las emociones sociales. Como en algún modo el político, están encargados de dar a la idea carne de emoción para que se expanda y se haga emotiva; no les toca elaborar afirmaciones o negaciones, esto queda para el sabio, para el estadista; su tarea se reduce a expresar robustamente esas afirmaciones o negaciones labradas por otros.
En estos últimos tiempos no han solido hacerlo así. Sólo una voz sonora se ha oído que sonaba por la parte de Aragón, la del señor Costa, dando al aire muerto bramidos, como un búfalo viejo desde el fangal de un barranco. Conviene que esa noble y clara voz no se pierda en ambiente tan poco vibrátil como el de estos días, y es un supremo deber ante la Historia para los españoles que quieran cumplir la clarísima virtud de la fidelidad hacia los destinos de su raza, hacer que no queden vanos y estériles esos diez años de crítica de la conciencia nacional, años dolorosos de espiritual cauterio y purificación de nuestras entrañas morales.
Para ello es menester que resucitemos el liberalismo y que luego el liberalismo instaure con sus manos sabias y puras un verdadero partido liberal.
Los partidos liberales tienen hoy en Europa la más triste figura que cabe imaginar. Sobrevinieron a punto para conquistar unas cuantas virtudes públicas, unos cuantos derechos sagrados; lograron en lo esencial su intento, cumplieron su vida heroica, y hoy, perdida la juventud, se obstinan en proseguir el mismo gesto. Pero han llegado las horas nuevas, trayendo en sus odrecillos de peregrinas para ellos la vejez, y para otros la mocedad con la leyenda fresca de una política futura. La discreción les hubiera aconsejado una retirada o un cambio. Lohengrin llega a la hora justa de cumplir su hazaña, y cuando la mujer quiere atraerle a la vida mansa y vulgar, Dios, que favorece su fisonomía legendaria, le hace desaparecer. ¿No lamentaríamos que Don Quijote, luego de vuelto a la cordura, hubiera seguido viviendo, y aquel divino hijo del Ciervo nos le presentara unido a Aldonza en justas nupcias y gobernando un cortijo? Quiere el destino que los revolucionarios parezcan ridículos cuando renuncian a hacer revoluciones. Ésta ha sido la suerte de los partidos liberales, que no han acertado a renovar sus programas y buirlos una vez más como puñales usaderos, sino que, hallando blanda la paz y descansada la siesta, se han entregado a la fruición burguesa:
de voir autour de soi croître dans la maison,
sous les paisibles lois d’une agréable mère,
de petits citoyens dont on croit être père.
Una empresa política de Saavedra Fajardo pinta una saeta en el aire bajo la cual se lee: «o sube o baja»; y aunque hace con ello referencia a los Estados, vale también para los partidos de progreso; permanecer igual no es no mudarse, sino mudarse al compás y al ritmo de las cosas. Los partidos de vanguardia han de avanzar tierra adentro luego de ganadas las batallas, y sólo se conservan iguales a sí mismos cuando viven en perpetuo peligro, como aquellas mesnadas de la España medioeval, que al ir desterrando a los moros dejaban las mansiones de ayer por demasiado seguras y construían otras nuevas en los linderos enemigos.
Los partidos liberales son partidos fronterizos de la Revolución o no son nada. El último y más fino teorizador de la idea conservadora, Federico Julio Stahl, jurista ingenioso y teológico, creyó dictar la sentencia del liberalismo demostrando que el liberalismo es el «sistema de la Revolución». Fue esto dicho hacia 1840: los liberales de entonces, aún siéndolo muy de veras, porque consideraban aquella palabra perjudicial a la sazón para sus intentos, protestaron. Mas el tiempo, que es un galant’uomo, según el cardenal Mazzarino, ha ido limpiando esa voz de su escoria lamentable, y hoy sería menester harta mala fe para ver en ella otra cosa que la luz sutil y espiritual de una idea. Hoy son afortunadamente, las calles de las grandes urbes demasiado anchas, y los cargadores de los fusiles demasiado rápidos para que tenga nadie honrado derecho a interpretar aviesamente lo que digo.
Y es esto que digo que el liberalismo de hoy, si no quiere seguir siendo un entremés para la Historia, tiene que confesarse y declararse inequívocamente «sistema de la revolución». A los ánimos que acostumbran espantarse de la sombra que dejan en el aire las palabras propongo este punto de meditación: ¿Qué prefieren: un sistema de revolución o revolucionarios sin sistema? Un sistema es una idea: sistema de la revolución significa, pues, idea de la revolución o revolución ideal. De revolutionibus orbium cœlestium llamó el sacerdote Copérnico a su sistema de los astros, y mire el señor lector cómo, gracias al sistema astronómico, han desaparecido de tras los planetas aquellas torvas divinidades anárquicas e injustas que intervenían a lo mejor en los negocios de los hombres, y hoy quedan simplemente unas flores de dulce lumbre lejana que dan sus vueltas o revoluciones con estricta blandura y armonía. Los terremotos, en cambio, continúan siendo irreductibles a un sistema: cuando se les reduzca habráseles puesto un yugo, y en lugar de destruir ciudades los aprovechará la industria como fieras domadas.
Llamo liberalismo a aquel pensamiento político que antepone la realización del ideal moral a cuanto exija la utilidad de una porción humana, sea ésta una casta, una clase o una nación. La dirección conservadora, por el contrario, se desentiende de exigencias ideales, niega su valor ético y se atiene en este punto a lo ya logrado, cuando no fomenta el regreso a formas superadas de constitución política.
Cree el liberalismo que ningún régimen social es definitivamente justo: siempre la norma o idea de justicia reclama un más allá, un derecho humano aún no reconocido y que, por tanto, trasciende, rebosa de la constitución escrita. La transición entre dos constituciones no cabe dentro de ninguna de ellas: el derecho a transformar las constituciones es sobreconstitucional, no es un derecho escrito, es una de aquellas no escritas leyes, ágrafoi nómoi, sublimes a todo código. Como los peripatéticos tenían que buscar fuera del mundo y hallaban en un Dios invisible el primer motor inmóvil, impulsor de cuantas cosas vemos moverse, así el primer impulsor jurídico de las transformaciones constitucionales es ese derecho no escrito, ese derecho ideal, centro de la energía ética en la Historia. A ese derecho sobreconstitucional, que es a su vez un sagrado deber, llamo Revolución.
Es preciso que apartemos del liberalismo todo equívoco y que volvamos a hallar su simiente inmortal. Por haberse olvidado demasiadamente de sí propio se ha dejado llevar durante cuarenta años a combates insignificantes, periféricos, y distraído en una política cutánea no ha solido acordarse de que latía, allá entre sus entrañas, el corazón inquieto de la Historia. Hoy está tan embotada la sensibilidad liberal que es casi una iniciación predicar el liberalismo como un deber moral, como el deber de la Revolución.
La dirección conservadora, que no es una idea —¡supremo nombre!—, sino todo lo contrario, un instinto, ha cuidado muy astutamente de no despertar en él esa dormida entraña moral y ha logrado, acaso, convencerle de que es su esencia el laissez faire, laissez passer. De los conservadores ha salido ese apotegma peligroso, según el cual sería el liberalismo no más que el ejercicio de la libertad. Digo peligroso porque en tal decir se toma a sabiendas la libertad con un vago sentido popular que nada tiene que ver con lo que significa, para los sabedores de la ética.
¿Qué libertad es ésa a cuya defensa y sustentación quieren los conservadores circunscribir la idea liberal? ¿Qué quieren decir cuando dicen que «la libertad se ha hecho conservadora»? ¿Indican con ello que en los conflictos entre el individuo y el Estado debe llevar aquél la primacía y la decisión? Estos conflictos no tienen sentido dentro del nuevo liberalismo: son precisamente comprobación de los errores originales en la fundamentación positivista, utilitaria, del liberalismo inglés, que ha venido siendo la norma hasta hace poco. A la postre hemos vuelto hacia la sabia opinión platónica, que no reconoce individuos fuera del Estado.
Las palabras son huecos para los pensamientos, cápsulas sonoras donde se guarda el huevecillo del concepto, el germen racional. Nosotros tomamos de fuera las cápsulas, pero vacías: luego, atropelladamente, las henchimos con lo primero que hallamos a mano. Así ha ocurrido con la palabra Libertad: se la ha reducido a la significación de tolerancia, y en la tolerancia hemos imbuido después un sabor de complicidad. Pues qué, ¿va a ser este vago contenido de Libertad-Tolerancia lo que caracterice al liberalismo? ¿Para nada más hondo y genuino está ahí? La tolerancia no es renuncia o apartamiento de la lucha, sino la sutilización de ésta, la pulimentación y legalización de las armas de combate. Por ella las divergencias entre los hombres se elevan a discusiones científicas; por ella se evita la destrucción de las condiciones materiales necesarias para que cada cual pueda seguir sustentando su opinión. Y no viene a ser otra cosa la tolerancia que una proyección en lo político de aquella cualidad individual que llamamos buena educación.
Para mí, es, en cambio, Libertad un divino nombre mitológico que usamos para advertirnos de que las constituciones son siempre injustas, y es un deber reformarlas. No indica solamente que ha de respetarse la ley escrita: este valor negativo no distinguiría lo liberal de lo conservador. Libertad, en su significado positivo, es la perpetua amonestación de la ley no escrita, de la ley ética que condena todo estancamiento de la ley política.
Si no fuera así, el razonamiento de Veuillot parecería incontrovertible: Je vous demande d’être libéraux parce que tels sont vos principes; mais comme ce ne sont pas les miens vous n’auriez à espérer un traitement réciproque si j’arrivais au pouvoir. Y sería cierto asimismo que «los liberales —según decía Carlos Marx— van una sola vez en compañía de la Libertad: el día de su entierro».
Esta curiosa antinomia del liberalismo proviene de que también él, debiendo ser puro, incansable, incesante, incontentable Espíritu, ha dejado que se le apose la energía, que se coagule, casi que se le torne cuerpo. En este agua muerta de nuestra vida intelectual hale tomado una fiebre de laxitud, y cuando la lenta caravana de los conservadores llega, estaba dormida la virgen loca Libertad. Creo que los progresistas deben recelar de ella y esforzarse en afinar su sentido desde el momento que los conservadores la han puesto sobre su corazón. Esos magos que quieren conservar tantas cosas le han hecho mal de ojo: a la luz de una luna brujesca se han reunido en Zugarramurdi, y con voz de murmurio y misterio se han dicho: ¿Y si conserváramos también la Libertad? Luego han quemado unos escrúpulos de estoraque, han dibujado con un agujón en la tierra roja el abracadabra, han leído unas palabras en el libro de Nostradamus, y a cantagallos se han dispersado con susurroso rumor de viento en ráfagas. Han hecho un conjuro a la Libertad, la han tornado estéril, conservadora. Porque, entiéndase bien, si libertad conservadora quiere decir algo, vale como libertad para conservar, pero nunca como libertad para inventar, para osar, para hacer revoluciones en la economía de los códigos. Y de ésta, casualmente, tenemos sed.
No cabe, pues, equívoco en el liberalismo. El sentido que su tradición y origen le marcan es indudable y preciso: donde se proclame un derecho nuevo del hombre, allí debe estar, aun cuando los oscurecedores, que son legión, pretendan poner tinieblas sobre lo claro y esplendente. ¿Qué afirmación de un nuevo derecho original destaca sobre la parca historia contemporánea? La idea socialista. Luego no es posible hoy otro liberalismo que el liberalismo socialista. Presumo que nuestra ingénita cobardía política se asustará de esta consecuencia mía. Si es así, sólo me toca deplorarlo y pedir al Dios omnipotente que construya otro mundo donde las cosas anden menos estrictas y donde no sea una burla llamarse liberal siendo conservador.
Hasta aquí sólo he hablado del liberalismo como idea, como sistema de abstracciones, como corolario de una ética científica. He llamado ideal al liberalismo: ¿quiere esto decir que sea un utopismo? En modo alguno: el ideal, cuando lo es, ni es fantasía ni es ensueño: es la anticipación de una realidad futura. El teorizador del liberalismo —mi modesta persona, en este caso—, tiene que estar fuera de la realidad, fuera de la realidad actual, ya que se pone en una futura y en nombre de ésta exige la transformación de la presente; su perspectiva espiritual puede simplificarse en estas palabras de Pestalozzi: «Es preciso desviar nuestros ojos de cuanto ocurre, a fin de conservar en nosotros límpida la sensibilidad para lo que debe ocurrir».
Tampoco la realización del ideal necesita la destrucción de la realidad: cambiarla es suficiente. Aquí concluye la acción del liberalismo y comienza la del partido liberal, que es su instrumento. Consiste el papel de éste en adecuar trozo a trozo el ideal a la realidad y hallar las fórmulas para insertar en ella la mayor porción posible de ideal. De este modo quedan sistematizadas las revoluciones. El liberalismo señala dónde hay que ir; el partido liberal busca y proclama el camino, pero arbolando en todo instante aquella exigencia última, categórica, que da una dirección y un oriente a sus pasos.
Toda política no conservadora, que aspire a algo más que a una personalidad e influjos pasajeros, ha de pedir alguna reforma constitucional; sólo esto le permitirá adquirir fisonomía en la Historia. Sobre el fondo de las variaciones constitucionales se delinean las siluetas de los partidos políticos. La cabaña del tío Tom no deja ya nuestros corazones estibados de melancolía; el sentimiento constitucional del 68 es ya para nosotros arqueológico. Y con la arqueología sólo puede hacerse política de artificio e insana. Los jóvenes no se enardecen y no pelean sino por ideas tan nuevas y mozas que puedan tomarlas de novias.
Frente a los equívocos poco elegantes de los partidos vigentes aparece la emergencia magnífica del ideal socialista. Su realización es el mandato nuevo, el imperativo moral puesto sobre el hombre moderno. Y, so pena de esfumarse en una vaga doctrina de tolerancia, tiene que decidirse el liberalismo a arrancar la política de la región meramente utilitaria y regir su proa hacia la Atlántida de los deberes morales, de las virtudes sociales. Ni creo que quepa misión más perfecta y gloriosa en la tierra; porque si algo hay cierto es que este gigantesco alambique del Universo está puesto aquí para que tú, señor lector, y yo, y nuestros hijos, vayamos destilando del temblar de nuestros nervios unas gotas de virtud.
Faro, 23 de febrero de 1908