Ortega y Gasset

Abstract

An article on the Count of Romanones after his Paris trip: neither a failure nor a legendary victory, “a count with blemishes”. Ortega recalls that the name symbolised for years the decay of Spanish political mores, and denies that any politics can be founded on him. Political journalism.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

No podrá quejarse el conde de Romanones de la conducta que con él han seguido los periódicos nacionales; hemos reprimido todas nuestras objeciones y le hemos prestado una espléndida aureola de alquiler durante su paso por Francia. Así convenía a los destinos españoles. Pero ha habido plumas intrépidas que se encaramaron desde luego a todos los superlativos: salvador de la patria, gran político, restaurador de España… El conde de Romanones, al oírse llamar cosas tan fuera de su condición, debió un instante palparse, temeroso de haber sido suplantado. Nosotros quisiéramos facilitar al conde esta labor de volverse a encontrar a sí mismo debajo de tamaña aureola. Para ello tenemos alguna autoridad: la de no escatimarle la porción estricta de aplauso que su viaje merece. Oímos que en algunos núcleos políticos se considera fracasado este viaje. Tal opinión, a nuestro juicio, procede sólo de un error de información. El viaje del conde de Romanones no ha sido ni un fracaso ni una victoria legendaria. Ha sido lo que tenía que ser, lo que podía y debía ser. El desenvolvimiento de los sucesos nos dará la razón.

¿Cuándo lograremos que la política española abandone formas pueriles de la polémica, para las cuales son las cosas o del todo blancas o del todo negras? El conde de Romanones no es ni lo uno ni lo otro: es un conde con pintas. Acertó a situarse en política internacional, y esto le ha valido hallar en París cortés acogida y facilidades para reanudar la conversación entre España y los grandes victoriosos. Ésta es la blancura del conde. Vamos ahora con las pintas.

La pinta mayor que tiene el conde de Romanones es precisamente ésa: ser conde de Romanones. Cuando estos días leemos que algunos periódicos le incitan a que sin más se lance a gobernar, que incube un presupuesto, que reúna las Cortes, y le anuncian que no hallará enemigos en su ruta, nos parece asistir a una escena de delirantes. ¿Cómo es eso? El que sea demente, séalo por su cuenta y no aspire a que los demás le acompañemos en su desgracia. Nosotros tenemos sana y entera la memoria y nos acordamos perfectamente de lo que significan estas palabras: conde de Romanones. La experiencia podía hacerse con el mismo rigor que suelen emplear los psicólogos al estudiar las asociaciones de ideas. Tómese un español cualquiera, pronúnciese junto a él el nombre del actual presidente del Consejo, e invítesele a expresar las imágenes y pensamientos que automáticamente ese nombre dispara en su conciencia. No queremos ahora describir la fisonomía general de esas imágenes y de esos sentimientos. Nuestro propósito, en este caso como siempre, es reducir las palabras enojosas para la persona al límite exigido por el razonamiento.

Pero una cosa sí diremos: los hombres de la generación que hoy se acerca a la política y que en mayor o menor lejanía repercuten la verdadera opinión española, llevan unido a los más amargos e iracundos recuerdos de sus mocedades patrióticas el nombre del conde de Romanones. Este nombre ha simbolizado durante años y años la decadencia extrema de nuestras costumbres políticas. Todos los que hemos tenido una juventud enardecida por imperativos de pureza ciudadana recordamos la cordial subversión, el íntimo enfurecimiento que una vez y otra produjeron en nosotros los actos de este arriscado conde. No tiene derecho a exigirnos hoy que olvidemos la complacencia con que antaño enarbolaba paladinamente las normas del cinismo político.

Nos duele, nos ofende tener que decir estas cosas, aun sobriamente. Pero no es nuestra la culpa. Caiga ella entera sobre los que creen que no existe en España sombra de memoria y que es lícito a los hombres públicos nacer de nuevo, como Osiris, todas las mañanas, exentos y mondos de su propio pasado. Aún llegaríamos, en ciertos casos, a hacer el sacrificio de nuestras privadas reminiscencias. Pero en el presente sería inútil. Creer que el conde de Romanones posee prestigio personal suficiente para que en él se funde una política, es quebrarse adrede los ojos y obstinarse en no ver.

Año y medio llevamos de anormalidad gubernamental. Los Gobiernos se suceden vertiginosos, y periódicamente hacen su aparición conflictos enconados. Con una insistencia incompatible con la buena literatura, hemos analizado la situación general de la vida española y hemos hecho constar que el desprestigio de las instituciones políticas y de los grupos gobernantes es tal, que aunque nadie se ponga a impedir su funcionamiento, vienen abajo por sí solos.

No hay más solución que una con doble nombre: liberalismo y modernidad, entrega sustancial del Poder a fuerzas democráticas dirigidas o auxiliadas por hombres nuevos que transformen la estructura de España, dotándola de otra organización, la cual podrá ser deficiente, pero gozará, cuando menos, del prestigio que trae consigo lo nuevo y sin pretérito deshonroso.

Vemos con pesadumbre y, ¿por qué no decirlo?, con creciente desesperanza, que en Palacio se aprovecha todo pretexto para evitar esa solución, que es la única de buen éxito probable. Cualquier fútil suceso resuena en las hondonadas palatinas como un halago para perdurar en usos y en compañías que España entera detesta. Ahora —como días hace preveíamos— se quiere desviar en tal sentido el viaje de Romanones.

Pero todo será en vano. Si no se quiere situar al conde en su lugar adecuado, que no es ciertamente la Presidencia del Consejo; si se pretende encargarle de una falsificación de las nuevas aspiraciones, podemos renunciar a vivir semana sin sobresalto.

El conde, de quien no hemos discutido, su clarividencia, se da cuenta de ello, y queremos creer que se dispone a dejar franca la decisión de la Corona, coartada por los acontecimientos, desde hace año y medio.

Publicado sin firma, El Sol, 29 de diciembre de 1918

The Count of Romanones cannot complain of the conduct that the national newspapers have observed toward him; we have repressed all our objections and have lent him a splendid hired halo during his passage through France. So it suited Spanish destinies. But there have been intrepid pens that promptly climbed to all superlatives: savior of the fatherland, great politician, restorer of Spain… The Count of Romanones, on hearing himself called things so far outside his condition, must for an instant have felt himself all over, fearful of having been supplanted. We should like to make easier for the Count this task of finding himself again beneath such a halo. For this we have some authority: that of not stinting him the strict portion of applause that his journey deserves. We hear that in some political circles this journey is considered a failure. Such an opinion, in our judgment, proceeds only from an error of information. The Count of Romanones’s journey has been neither a failure nor a legendary victory. It has been what it had to be, what it could and should be. The unfolding of events will prove us right.

When shall we manage to have Spanish politics abandon the puerile forms of polemic, for which things are either altogether white or altogether black? The Count of Romanones is neither the one nor the other: he is a count with spots. He managed to place himself in international politics, and this has won him a courteous welcome in Paris and facilities for resuming the conversation between Spain and the great victors. This is the Count’s whiteness. Let us now go to the spots.

The greatest spot the Count of Romanones has is precisely that one: being Count of Romanones. When these days we read that some newspapers urge him to launch himself without more ado into governing, to hatch a budget, to convene the Cortes, and announce to him that he will find no enemies on his route, we seem to be witnessing a scene of delirious men. How is that? Let whoever is demented be so on his own account, and not aspire to have the rest of us accompany him in his misfortune. We have a sound and whole memory, and we remember perfectly well what these words mean: Count of Romanones. The experiment could be made with the same rigor that psychologists are wont to employ in studying associations of ideas. Take any Spaniard whatsoever, pronounce beside him the name of the present President of the Council, and invite him to express the images and thoughts that that name automatically fires off in his consciousness. We do not now wish to describe the general physiognomy of those images and those sentiments. Our purpose, in this case as always, is to reduce the words displeasing to the person to the limit demanded by reasoning.

But one thing we shall say: the men of the generation that today draws near to politics, and that at a greater or lesser distance echoes the true Spanish opinion, carry united to the bitterest and most wrathful memories of their patriotic youths the name of the Count of Romanones. This name has symbolized for years and years the extreme decadence of our political customs. All of us who have had a youth inflamed by imperatives of civic purity remember the cordial subversion, the intimate fury that the acts of this daring Count produced in us, once and again. He has no right to demand today that we forget the complacency with which of old he paladin-like hoisted the norms of political cynicism.

It grieves us, it offends us to have to say these things, even soberly. But the fault is not ours. Let it fall entirely upon those who believe that in Spain there is no shadow of memory and that it is lawful for public men to be born again, like Osiris, every morning, exempt and clean of their own past. We should even go, in certain cases, so far as to make the sacrifice of our private reminiscences. But in the present it would be useless. To believe that the Count of Romanones possesses sufficient personal prestige for a policy to be founded upon him is to break one’s own eyes on purpose and to persist in not seeing.

A year and a half we have been carrying of governmental abnormality. Governments succeed one another giddily, and periodically envenomed conflicts make their appearance. With an insistence incompatible with good literature, we have analyzed the general situation of Spanish life and have put on record that the discredit of the political institutions and of the governing groups is such that, even if no one set himself to impede their functioning, they come down by themselves.

There is no solution but one with a double name: liberalism and modernity, substantial surrender of Power to democratic forces directed or aided by new men who transform the structure of Spain, endowing it with another organization, which may be deficient, but will enjoy, at least, the prestige that is brought by what is new and free of a dishonorable past.

We see with heaviness and, why not say it, with growing hopelessness, that at the Palace every pretext is taken advantage of to avoid that solution, which is the only one of probable good success. Any futile event resounds in the palace hollows as a caress for persisting in usages and in companies that the whole of Spain detests. Now —as we foresaw days ago— it is wished to deflect Romanones’s journey in that direction.

But all will be in vain. If they do not wish to place the Count in his adequate place, which is certainly not the Presidency of the Council; if they intend to charge him with a falsification of the new aspirations, we can renounce living a week without a start.

The Count, whose clairvoyance we have not disputed, realizes this, and we wish to believe that he is disposed to leave clear the decision of the Crown, constrained by events, for a year and a half.

Published without signature, The Sun, December 29, 1918

Non potrà lamentarsi il conte di Romanones della condotta che con lui hanno tenuto i giornali nazionali; abbiamo represso tutte le nostre obiezioni e gli abbiamo prestato una splendida aureola d’affitto durante il suo passaggio per la Francia. Così conveniva ai destini spagnoli. Ma ci sono state penne intrepide che si sono arrampicate subito a tutti i superlativi: salvatore della patria, grande politico, restauratore della Spagna… Il conte di Romanones, sentendosi chiamare cose tanto fuori dalla sua condizione, dovette per un istante palparsi, timoroso di essere stato soppiantato. Noi vorremmo facilitare al conte questa fatica di ritrovarsi sotto siffatta aureola. Per questo abbiamo qualche autorità: quella di non lesinargli la porzione stretta di applauso che il suo viaggio merita. Sentiamo che in alcuni nuclei politici si considera fallito questo viaggio. Tale opinione, a nostro giudizio, procede soltanto da un errore d’informazione. Il viaggio del conte di Romanones non è stato né un fallimento né una vittoria leggendaria. È stato ciò che doveva essere, ciò che poteva e doveva essere. Lo svolgimento degli avvenimenti ci darà ragione.

Quando riusciremo a che la politica spagnola abbandoni forme puerili della polemica, per le quali le cose sono o del tutto bianche o del tutto nere? Il conte di Romanones non è né l’uno né l’altro: è un conte con le macchie. Riuscì a situarsi nella politica internazionale, e questo gli è valso trovare a Parigi cortese accoglienza e facilitazioni per riannodare la conversazione tra la Spagna e i grandi vincitori. Questa è la bianchezza del conte. Andiamo ora con le macchie.

La macchia maggiore che ha il conte di Romanones è precisamente questa: essere conte di Romanones. Quando questi giorni leggiamo che alcuni giornali lo incitano a che senza altro si lanci a governare, che incubi un bilancio, che riunisca le Cortes, e gli annunciano che non troverà nemici sulla sua rotta, ci sembra di assistere a una scena di deliranti. Come è possibile? Chi sia demente, lo sia per conto suo e non aspiri a che gli altri lo accompagniamo nella sua sventura. Noi abbiamo sana e intera la memoria e ci ricordiamo perfettamente di che cosa significano queste parole: conte di Romanones. L’esperienza poteva farsi con lo stesso rigore che sogliono impiegare gli psicologi nello studiare le associazioni d’idee. Si prenda un qualsiasi spagnolo, si pronunci accanto a lui il nome dell’attuale presidente del Consiglio, e lo si inviti a esprimere le immagini e i pensieri che automaticamente quel nome spara nella sua coscienza. Non vogliamo ora descrivere la fisionomia generale di quelle immagini e di quei sentimenti. Il nostro proposito, in questo caso come sempre, è ridurre le parole moleste per la persona al limite esigito dal ragionamento.

Ma una cosa sì diremo: gli uomini della generazione che oggi si avvicina alla politica e che in maggiore o minore lontananza ripercuotono la vera opinione spagnola, portano unito ai più amari e iracondi ricordi delle loro giovinezze patriottiche il nome del conte di Romanones. Questo nome ha simboleggiato per anni e anni la decadenza estrema dei nostri costumi politici. Tutti quelli che abbiamo avuto una gioventù infiammata da imperativi di purezza cittadina ricordiamo la cordiale sovversione, l’intimo infuriamento che una volta e l’altra produssero in noi gli atti di questo ardito conte. Non ha diritto di esigerci oggi che dimentichiamo la compiacenza con cui un tempo inalberava paladinamente le norme del cinismo politico.

Ci duole, ci offende dover dire queste cose, anche sobriamente. Ma la colpa non è nostra. Cada essa intera su quelli che credono che non esista in Spagna ombra di memoria e che sia lecito agli uomini pubblici rinascere, come Osiride, tutte le mattine, esenti e mondi dal proprio passato. Giungeremmo ancora, in certi casi, a fare il sacrificio delle nostre private reminiscenze. Ma nel presente sarebbe inutile. Credere che il conte di Romanones possieda prestigio personale sufficiente perché su di lui si fondi una politica, è rompersi ad arte gli occhi e ostinarsi a non vedere.

Anno e mezzo portiamo di anormalità governativa. I Governi si succedono vertiginosi, e periodicamente fanno la loro apparizione conflitti inaspriti. Con un’insistenza incompatibile con la buona letteratura, abbiamo analizzato la situazione generale della vita spagnola e abbiamo fatto constatare che il discredito delle istituzioni politiche e dei gruppi governanti è tale che, anche se nessuno si metta a impedirne il funzionamento, vengono giù da sé soli.

Non c’è altra soluzione che una dal doppio nome: liberalismo e modernità, consegna sostanziale del Potere a forze democratiche dirette o ausiliate da uomini nuovi che trasformino la struttura della Spagna, dotandola di un’altra organizzazione, la quale potrà essere deficiente, ma godrà, per lo meno, del prestigio che porta con sé il nuovo e ciò che è senza passato disonorevole.

Vediamo con pesantezza e, perché non dirlo?, con crescente disperanza, che a Palazzo si approfitta di ogni pretesto per evitare quella soluzione, che è l’unica di buon esito probabile. Qualsiasi futile avvenimento risuona nelle bassure palatine come una lusinga per perdurare in usi e in compagnie che la Spagna intera detesta. Ora —come giorni fa prevedevamo— si vuole sviare in tal senso il viaggio di Romanones.

Ma tutto sarà vano. Se non si vuole situare il conte nel suo luogo adeguato, che non è certo la Presidenza del Consiglio; se si pretende incaricarlo di una falsificazione delle nuove aspirazioni, possiamo rinunciare a vivere una settimana senza soprassalto.

Il conte, di cui non abbiamo discusso la chiaroveggenza, si rende conto di ciò, e vogliamo credere che si disponga a lasciare franca la decisione della Corona, coartata dagli avvenimenti, da un anno e mezzo.

Pubblicato senza firma, Il Sole, 29 dicembre 1918