Abstract

Political chronicle: the Canalejas government was manufacturing time without keeping its promises when the premier was assassinated at the Puerta del Sol. Ortega notes the crudity of Spanish politicians’ reactions to the killing and how quickly the event was forgotten, since Spain owes that statesman little.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Es conveniente recordar cómo andaban las cosas en el punto en que vinieron a quebrar los albores de esta nueva era.

El llamado partido liberal en el poder, bajo la presidencia del señor Canalejas. Tres años hacía que este partido gobernaba o, mejor dicho, fabricaba tiempo. Venido al poder en 1910 a consecuencia de la represión exenta de piedad y clarividencia, con que los conservadores respondieron a una convulsión nacional, no había cumplido ninguna de sus promesas. Los gestos anticlericales y democráticos habían sido, poco a poco, reabsorbidos. La trasformación de los tributos en beneficio del pueblo había quedado reducida a la supresión de los consumos. Sin embargo, el señor Canalejas, dotado de grandes cualidades parlamentarias, bien que sólo de éstas dominaba el movimiento izquierdista, falto de personalidades suficientes. El señor Maura y los conservadores perpetuaban una saludable inercia, apenas intervenían en las discusiones y no dirigían palabra alguna al país como si aspiraran a que éste olvidara el pasado. En fin, la conjunción republicano-socialista, preparaba lánguidamente una revolución imaginaria, pero sostenía, con más decisión que esperanza, la imposibilidad de que el señor Maura volviera al poder. El resumen de todo ello era que nadie sospechaba lo que pudiera pasar y que nadie esperara variación alguna de importancia. Se suponía a lo sumo que aprobados los presupuestos en el mes de diciembre, los liberales quiero decir, los llamados liberales, presentarían al rey la cuestión de confianza por mera fórmula, que los conservadores harían un vago ademán ficticio para solicitar el poder, y que el rey renovaría su voluntad al señor Canalejas. Íbamos, pues, a seguir viviendo sin fe, sin esperanza y sin caridad.

En esto se apodera de Madrid un día, súbitamente, la noticia de que el señor Canalejas ha sido asesinado en la Puerta del Sol. El acontecimiento tuvo unos caracteres de brutal simplicidad, de rapidez, de conclusión, dentro de sí mismo, que conmovieron profundamente los ánimos. A la importancia de los efectos que había de tener, no correspondía la sencillez con que en pocos segundos podía referirse: el señor Canalejas que va a pie hacia el ministerio de la Gobernación y se detiene junto al escaparate de una librería; un hombre que se le acerca, unos disparos, el presidente muerto en el acto, el asesino que da unos pasos, vuelve sobre sí el arma y sucumbe también. Nada más. Ni siquiera las noticias sobre la vida de Pardiñas, el agresor, ofrecían la menor superficie para diseminar la atención de la gran masa. Se trataba de un medio imbécil, medio lunático, aquejado de la monomanía de grandeza, inmerso en lecturas entre místicas y astronómicas, taciturno y vagabundo. Por otra parte, el señor Canalejas no había incitado ninguno de esos grandes odios que hacen presa en un corazón anónimo, perdido en la masa social y colaboran, más o menos explicablemente, a armar un brazo y educar un asesino.

Los periódicos, las conversaciones, reaccionaron como es uso entre nosotros, de una manera tan violenta como hueca. En los corrillos de los mismos liberales se escuchaban proposiciones inauditas contra los pensamientos socialistas y anarquistas, mezclándolo todo junto y sin saber concretamente a quién atribuir la culpa. En ocasiones como ésta, sale a la superficie la incultura tremenda de los políticos españoles y se robustece en uno la convicción de que aquel porvenir nacional está en razón inversa del porvenir de gentes tales.

Todas aquellas vociferaciones estaban condenadas a perderse en su padre el viento. Así fue: pocos días después cesaron y sólo aquí o allá parecían renovarse en algún meeting conservador donde la muerte del presidente era tratada de un modo administrativo y convenía ejercitarla políticamente. En fin, hoy el suceso se ha borrado de las memorias y nadie se acuerda del señor Canalejas. Las cosas claras. Nadie se acuerda porque España debe muy poco a aquel estadista, tal vez sólo la creación del Instituto de Reformas sociales, deuda demasiado reducida para que un nombre se ahínque en la memoria nacional. El señor Canalejas pertenecía a una generación de quien la historia hablará muy poco. Porque la historia, que va a lo suyo, es decir, a lo vigoroso, a lo potente en bien o en mal, dará un brinco de la generación que hizo la revolución a una generación todavía no determinada. En medio, quedará un vacío formado por los hombres que vinculaban la conciencia española cuando sobrevino el 1898.

Entre ellos no se encontraban filósofos y economistas, poetas ni constructores de Estados. Fueron educados por la Restauración, ámbito de todas las frivolidades, y ajenos a todo heroísmo, como veremos uno de estos días a propósito del reciente episodio publicado por Galdós bajo el título «Cánovas».

En estos tres años de gobierno, el señor Canalejas apenas si había hecho algo. Aspiraba a conquistar definitivamente la jefatura del partido liberal y consideraba que España podía emplear esos tres años en semejante menester.

Yo comprendo que no a todos puede ser grato este juicio acerbo de un personaje político tan breve tiempo hace fenecido. ¡Qué le vamos a hacer! Los tiempos han cambiado y tenemos harta prisa en ver a España viviendo para dar a los muertos alabanzas que serían insinceras y desleales. Canalejas fue un hombre honrado y un buen orador. Pero no amó a España con heroísmo, y es raza muy vieja, de memoria harto cargada ya para que se le exija la retención de nombres que no sean nombres de héroes.

El asesino de Canalejas significa cabalmente la necesidad en que nos hallamos de heroica reconstrucción. Éste es un hombre roto, que no tuvo maestros labradores de energías espirituales, que llegó a la mocedad e indisciplina interior y se le desparramó el ánimo, se le pulverizó en un atavismo histérico. Víctima de un ambiente negativo fue su existencia ese continuo huir de las cosas, de las ciudades, de los oficios, de los credos que caracterizan al histerismo vagamundo. Era un montón de harapos humanos, una ruina semoviente.