Ortega y Gasset

Abstract

A polemical definition: solidarity is any political grouping of citizens who renounce their ideal divergences to defend common economic interests — that is, it rests on economic primacy. The most immoral is the German one (the “bloc”), which dresses its economic assertion in titles of race, fatherland and tradition and calls itself nationalism.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Que los hombres se esfuercen a la hora de ahora en compaginarse formando solidaridades, no me parece un indicio favorable de su energía cultural. Es más, creo que esas nuevas formas políticas revelan un amenguamiento y debilitación de la conciencia política europea. El idealismo social, que originario de corrientes soterráneas se abrió paso en la torrentera gloriosa de la revolución francesa, ha ido perdiendo brío a lo largo del siglo XIX, y hoy, los sedientos de una noble emoción política, tienen que ir a abrevarse en ocultos hilillos de frescor que aún quedan allá y acá, esparcidos, tenues, murientes. El tórrido materialismo conservador ha ido secando en los cauces las aguas claras que fluían: la razón económica se ha convertido en centro de gravedad de la política, y los partidos liberales, nacidos para fomentar ideas y deberes humanos, parecen ocuparse únicamente de conservar y defender el crédito de un hombre, de una casta o de un pueblo.

También en Alemania hay una solidaridad, aunque la afición de la raza germánica por el eufemismo, ha sabido darle el nombre de bloque. Nosotros, con más diestra fortuna, sabemos ya lo que es una solidaridad: al quebrarse la catalana, en estos días hemos visto qué cosas llevaba dentro, y podemos aventurar esta definición: solidaridad es toda agrupación política de ciudadanos que renuncian a sus divergencias ideales para defender sus conveniencias económicas comunes. Se funda, pues, en el reconocimiento del primado económico; la utilidad económica decide en última instancia, y si algunos elementos de la solidaridad, con plausible inconsecuencia, afirman frente a ella un deber político ideal, la solidaridad se deshace. Éste es, según pienso, el núcleo de todo organismo solidario, por más que en su crecimiento y expansión pueda adquirir formas muy diversas. Una de ellas, la más antihistórica, y permítaseme que diga la más inmoral, es la que ahora reviste la solidaridad alemana. Mediante un arte poco honesto se ha querido ornamentar esa cínica afirmación económica, que realmente la engendra, con títulos teóricos, científicos extraídos de una historia falseada y de una antropología impura. De este modo se evita la confesión de materialismo egoísta, y se puede hablar en términos más bellos y espirituales, como patriotismo, interés de la raza, amor a la tradición, honor público, personalidad histórica, etcétera. Tal es el gesto digno y épico que toma la solidaridad cuando quiere que la llamen nacionalismo.

Veía el canciller alzarse amenazadora por Oriente la emergencia magnífica del socialismo, a la vez que del Sur la compacta grey católica y ultramontana avanzaba con graves exigencias sobre la triste estepa de la marca prusiana. Desde lejos miraba envidiosa Inglaterra el henchido puerto de Hamburgo y Francia repetía el tópico de la revancha con más gusto literario que convencimiento. Había que demandar presupuestos enormes para Marina, había que dar el golpe de gracia a la perenne revuelta de los polacos, había que embarcar al pueblo en una política colonial para la que faltaba todo impulso de tradición y sobraban escándalos recientes. La patria, como se ve, estaba en peligro, si por patria se entiende la utilidad de unos cuantos banqueros y la mayor gloria del Emperador. ¿Cómo obtener todo esto frente a la fuerza insuperable de católicos y socialistas? Ambos partidos son los más potentes del Parlamento alemán. Para el centro, para los ultramontanos, la patria del hombre es, antes que la tierra de oriundez corporal, la tierra luminosa que se inicia más allá de los cielos y no tendrían inconveniente en transigir con la patria, según la carne, si esta patria fuera gobernada según la sabia y múltiple influencia de los jesuitas. Para los socialistas la patria no es un fin que justifique los medios, es una porción del planeta que favorece la sentimentalidad individual, que enjuga ciertos afectos estéticos del corazón, pero nunca un nombre en el cual pueda apoyarse la injusticia y el daño de otras naciones: su patria última es asimismo una idea, la humanidad que gana un jornal.

Para resolver esta situación problemática, el canciller recordó los tiempos felices en que Bismarck, sustentándose sobre los partidos liberales, daba cohesión a la nacionalidad alemana y decidió restaurar el bloque liberal. Pero, ¿qué quedaba del glorioso liberalismo alemán? Unos cuantos programas insignificantes proclamados por unos cuantos hombres sin fisonomía política. Bülow los reunió: y prometiendo hacer gravitar la legislación en el sentido de sus vagos anhelos, publicó un cartel electoral de guerra contra los socialistas. La suerte parecía dudosa, cuando surgió el secreto salvador, el mot d’ordre que acierta a concretar en sí la energía que abre todos los resortes de la gran masa. Se dijo que era preciso combatir el socialismo porque este partido no hace política práctica y se opone al bien de la patria. Habíase hallado el gran tabou para el filisteísmo alemán: cuando en aquel país se llega a formular algo bajo las especies de un lugar común, está asegurada la victoria. Cosa análoga, a decir verdad, acontece entre nosotros. Son acaso Alemania y España los dos pueblos donde mayor poderío tiene el lugar común. Pero con una diferencia que algunos interpretarán en nuestro favor. En España, al usar de él lo ponemos como un cemento aislador, como un cojín para ablandar los choques entre nuestra persona y las de los demás conciudadanos; por falta de energía o de virtud lo dejamos pender a guisa de velo de Maya sobre oscuras realidades de segundo término, que nos ocasionaría demasiados enojos purificar o suprimir. Mas todo ello lo hacemos en conciencia de nuestro pecado: si algún consuelo nos pudiera quedar, réstanos esta última satisfacción de sonreír malignamente al mal que nos mata y de repetir lugares comunes sabiendo que son majaderías. En Alemania, empero, el lugar común no es velo tendido sobre una realidad sórdida y enemiga, sino la realidad misma.

En las elecciones perdieron los socialistas muchos puestos, que ganaron los nacionalistas. Fue una derrota de la cultura alemana: los grandes germanos muertos, que enseñaron la virtud moderna del cosmopolitismo, debieron sentir entonces una emoción que diríamos vergüenza de ultratumba. Y se han vengado. Estos días el bloque liberal-nacional encontrose ante el dilema de romper con el bien de la patria o renunciar a sus exigencias de sufragio universal. Bülow se opuso a la introducción del voto universal igual y directo para la Cámara prusiana, en virtud de una sola razón, eso sí, clara y cínica. Dijo que perjudicaba al bienestar del Estado. ¿No ve el lector puesta de manifiesto la razón esencial de toda solidaridad? El diputado Träger, con una bienhadada ingenuidad, contestó: Esta razón me trae sin cuidado, porque lo que aquí se discute no es una cuestión de utilidad, sino una cuestión de derecho, de justicia, una cuestión social y de cultura.

¿Qué ha ocurrido a la postre? Salvo algunos díscolos, los liberales han renunciado al sufragio universal y prosiguen fomentando la mayor gloria del Emperador. Esta gloria me merece grandes respetos, pero considero en este caso indisputable nuestro derecho a la risa. Que el liberalismo alemán se desentienda del sufragio universal nos parece francamente un absurdo histórico. Pero a la vez nos ofrece una prueba más de la menguada cultura política de los alemanes y tengo la esperanza y la convicción de que sería imposible cosa semejante en nuestro país. El engaño nacionalista, el mal gusto político que revela no podrán ya fructificar entre nosotros. Diez años de crítica dolorosa y examen interno han acabado de aguzar la conciencia nacional, de cultivarla. El nacionalismo significa la reaparición en atmósferas modernas de la «razón de Estado», y ambas cosas suponen la barbarie y la incultura políticas.

Llevamos todos en aluvión por nuestras venas algunas arenillas de este divino Mare Nostrum que tiene la sonrisa innumerable. Y si orientamos nuestra alma, que con severa y avisada virtud nos hemos hecho en la desventura humilde, hacia el mar profundo del Norte para aprender en él la sabiduría de lo que está más allá de la física, nos acompaña, en cambio, como viático, la sabiduría antropológica, la distinción estética y la malicia que enseñan el tiempo y sus hijas las diversas fortunas. Las olas reverberantes del Mediterráneo, clásico constructor de repúblicas, han pulido en largos siglos el canto rodado de nuestro corazón, y quiso el destino que una tarde le rozara al paso la quilla llena de ovas de la barca de Ulises. Tenemos el corazón antiguo y memorioso; y nos ocurriría cien veces, viviendo entre alemanes, decirles lo que al ateniense hablaron los sacerdotes egipcios: «Vosotros los griegos sois unos niños. Y si estáis hoy en auge, ya os llegará la mengua».

That men should strive at the present hour to join together in forming solidarities does not seem to me a favorable sign of their cultural energy. What is more, I believe that these new political forms reveal a diminution and weakening of European political consciousness. Social idealism, which, originating in subterranean currents, forced its way in the glorious torrent of the French Revolution, has been losing spirit throughout the nineteenth century, and today those athirst for a noble political emotion have to go and drink at hidden trickles of freshness that still remain here and there, scattered, tenuous, dying. Torrid conservative materialism has been drying up in the channels the clear waters that flowed: economic reason has become the center of gravity of politics, and the liberal parties, born to foster human ideas and duties, seem to concern themselves solely with preserving and defending the credit of a man, of a caste, or of a people.

In Germany too there is a solidarity, although the affection of the Germanic race for euphemism has known how to give it the name of bloc. We, with more skilful fortune, already know what a solidarity is: when the Catalan one broke, in these days we have seen what things it carried within, and we can hazard this definition: solidarity is every political grouping of citizens who renounce their ideal divergences in order to defend their common economic conveniences. It is founded, then, on the recognition of the economic primacy; economic utility decides in the last instance, and if certain elements of the solidarity, with plausible inconsistency, assert against it an ideal political duty, the solidarity dissolves. This is, as I think, the nucleus of every solidary organism, however much in its growth and expansion it may acquire very diverse forms. One of them, the most antihistorical, and permit me to say the most immoral, is that which the German solidarity now assumes. By means of a none too honest art, it has been wished to ornament that cynical economic affirmation, which really engenders it, with theoretical, scientific titles extracted from a falsified history and an impure anthropology. In this way the confession of selfish materialism is avoided, and one can speak in more beautiful and spiritual terms, such as patriotism, interest of the race, love of tradition, public honor, historical personality, etcetera. Such is the dignified and epic gesture that solidarity takes when it wants to be called nationalism.

The Chancellor saw rising threateningly from the East the magnificent emergence of socialism, while from the South the compact Catholic and ultramontane flock advanced with grave demands over the sad steppe of the Prussian march. From afar envious England looked upon the swelling port of Hamburg, and France repeated the common topic of revenge with more literary taste than conviction. Enormous budgets for the Navy had to be demanded, the coup de grâce had to be given to the perennial revolt of the Poles, the people had to be embarked upon a colonial policy for which every impulse of tradition was lacking and recent scandals abounded. The fatherland, as one sees, was in danger, if by fatherland one understands the utility of a few bankers and the greater glory of the Emperor. How obtain all this in the face of the insuperable force of Catholics and socialists? Both parties are the most powerful in the German Parliament. For the Center, for the ultramontanes, the fatherland of man is, before the land of bodily origin, the luminous land that begins beyond the heavens, and they would have no objection to compromising with the fatherland, according to the flesh, if this fatherland were governed according to the wise and manifold influence of the Jesuits. For the socialists the fatherland is not an end that justifies the means; it is a portion of the planet that favors individual sentimentality, that dries certain aesthetic affections of the heart, but never a name upon which the injustice and the harm of other nations can lean: their ultimate fatherland is likewise an idea, humanity earning its daily wage.

To resolve this problematic situation, the Chancellor recalled the happy times when Bismarck, supporting himself on the liberal parties, gave cohesion to the German nationality, and decided to restore the liberal bloc. But what remained of the glorious German liberalism? A few insignificant programs proclaimed by a few men without political physiognomy. Bülow gathered them: and promising to make the legislation gravitate in the direction of his vague longings, published an electoral war-poster against the socialists. Fortune seemed doubtful, when there arose the saving secret, the mot d’ordre that succeeds in concentrating in itself the energy that opens all the springs of the great mass. It was said that socialism had to be combated because this party does not do practical politics and opposes the good of the fatherland. The great taboo for German philistinism had been found: when in that country one comes to formulate something under the species of a common topic, victory is assured. An analogous thing, to tell the truth, happens among us. Perhaps Germany and Spain are the two peoples where the common topic has the greatest power. But with a difference that some will interpret in our favor. In Spain, in using it, we set it as an insulating cement, as a cushion to soften the shocks between our person and those of our fellow citizens; for lack of energy or of virtue we leave it hanging, in the manner of the veil of Maya, over dark realities of the second rank, which it would occasion us too much annoyance to purify or suppress. But all this we do in consciousness of our sin: if any consolation could remain to us, there remains this last satisfaction of smiling malignantly at the evil that kills us and of repeating commonplaces knowing that they are foolishness. In Germany, however, the common topic is not a veil spread over a sordid and enemy reality, but reality itself.

In the elections the socialists lost many seats, which the nationalists won. It was a defeat of German culture: the great dead Germans, who taught the modern virtue of cosmopolitanism, must then have felt an emotion that we should call shame from beyond the tomb. And they have avenged themselves. These days the liberal-national bloc found itself before the dilemma of breaking with the good of the fatherland or renouncing its demands of universal suffrage. Bülow opposed the introduction of the equal and direct universal vote for the Prussian Chamber, by virtue of a single reason, to be sure, clear and cynical. He said that it harmed the well-being of the State. Does the reader not see made manifest the essential reason of every solidarity? The deputy Träger, with a well-favored ingenuousness, answered: This reason leaves me unconcerned, because what is discussed here is not a question of utility, but a question of right, of justice, a social and cultural question.

What has happened in the end? Save for a few unruly spirits, the liberals have renounced universal suffrage and continue fostering the greater glory of the Emperor. This glory commands my great respects, but I consider in this case indisputable our right to laughter. That German liberalism should wash its hands of universal suffrage seems to us frankly a historical absurdity. But at the same time it offers us one more proof of the meager political culture of the Germans, and I have the hope and the conviction that a similar thing would be impossible in our country. The nationalist deception, the political bad taste it reveals, will no longer be able to bear fruit among us. Ten years of painful criticism and internal examination have finished sharpening the national conscience, cultivating it. Nationalism means the reappearance in modern atmospheres of the “reason of State”, and both things presuppose political barbarism and incivility.

We all carry, as in alluvium, through our veins some grains of sand of this divine Mare Nostrum that has the innumerable smile. And if we orient our soul, which with severe and wary virtue we have made for ourselves in humble misfortune, toward the deep sea of the North, to learn in it the wisdom of what lies beyond physics, there accompanies us, instead, as viaticum, the anthropological wisdom, the aesthetic distinction, and the malice that time and its daughters, the diverse fortunes, teach. The reverberating waves of the Mediterranean, classic builder of republics, have polished through long centuries the rounded stone of our heart, and destiny willed that one afternoon there graze it in passing the keel full of seaweed of Ulysses’ bark. We have an ancient and mindful heart; and it would happen to us a hundred times, living among Germans, to say to them what the Egyptian priests spoke to the Athenian: “You Greeks are children. And if you are today in your heyday, the wane will come upon you.”

Che gli uomini si sforzino all’ora di adesso a compaginarsi formando solidarietà, non mi sembra un indizio favorevole della loro energia culturale. Di più: credo che queste nuove forme politiche rivelino una diminuzione e indebolimento della coscienza politica europea. L’idealismo sociale, che originario di correnti sotterranee si aprì il passo nella torrentera gloriosa della rivoluzione francese, è andato perdendo brio lungo il secolo XIX, e oggi gli assetati di una nobile emozione politica devono andare ad abbeverarsi in nascosti fili di frescura che ancora restano qua e là, sparsi, tenui, morenti. Il torrido materialismo conservatore è andato asciugando negli alvei le acque chiare che scorrevano: la ragione economica si è convertita in centro di gravità della politica, e i partiti liberali, nati per fomentare idee e doveri umani, sembrano occuparsi unicamente di conservare e difendere il credito di un uomo, di una casta o di un popolo.

Anche in Germania c’è una solidarietà, sebbene l’affezione della razza germanica per l’eufemismo abbia saputo darle il nome di blocco. Noi, con più destra fortuna, sappiamo già che cosa è una solidarietà: nel rompersi la catalana, in questi giorni abbiamo visto che cose portava dentro, e possiamo azzardare questa definizione: solidarietà è ogni raggruppamento politico di cittadini che rinunciano alle loro divergenze ideali per difendere le loro convenienze economiche comuni. Si fonda, dunque, sul riconoscimento del primato economico; l’utilità economica decide in ultima istanza, e se alcuni elementi della solidarietà, con plausibile inconseguenza, affermano di fronte ad essa un dovere politico ideale, la solidarietà si disfa. Questo è, secondo me, il nucleo di ogni organismo solidale, per quanto nella sua crescita ed espansione possa acquistare forme molto diverse. Una di esse, la più antistorica, e mi si permetta dire la più immorale, è quella che ora riveste la solidarietà tedesca. Mediante un’arte poco onesta si è voluto ornare quella cinica affermazione economica, che realmente la genera, con titoli teorici, scientifici, estratti da una storia falsificata e da un’antropologia impura. In questo modo si evita la confessione di materialismo egoista, e si può parlare in termini più belli e spirituali, come patriottismo, interesse della razza, amore alla tradizione, onore pubblico, personalità storica, eccetera. Tale è il gesto dignitoso ed epico che prende la solidarietà quando vuole che la chiamino nazionalismo.

Vedeva il cancelliere alzarsi minacciosa per Oriente la magnifica emergenza del socialismo, a un tempo che dal Sud la compatta gregge cattolica e ultramontana avanzava con gravi esigenze sulla triste steppa della marca prussiana. Da lontano guardava invidiosa l’Inghilterra il rigonfio porto di Amburgo, e la Francia ripeteva il luogo comune della rivincita con più gusto letterario che convinzione. Bisognava domandare bilanci enormi per la Marina, bisognava dare il colpo di grazia alla perenne rivolta dei polacchi, bisognava imbarcare il popolo in una politica coloniale per la quale mancava ogni impulso di tradizione e abbondavano scandali recenti. La patria, come si vede, era in pericolo, se per patria s’intende l’utilità di alcuni banchieri e la maggior gloria dell’Imperatore. Come ottenere tutto questo di fronte alla forza insuperabile di cattolici e socialisti? Entrambi i partiti sono i più potenti del Parlamento tedesco. Per il centro, per gli ultramontani, la patria dell’uomo è, prima che la terra di nascita corporea, la terra luminosa che s’inizia al di là dei cieli, e non avrebbero difficoltà a transigere con la patria, secondo la carne, se questa patria fosse governata secondo la saggia e multipla influenza dei gesuiti. Per i socialisti la patria non è un fine che giustifichi i mezzi; è una porzione del pianeta che favorisce la sentimentalità individuale, che rasciuga certi affetti estetici del cuore, ma mai un nome sul quale possa appoggiarsi l’ingiustizia e il danno di altre nazioni: la loro patria ultima è altresì un’idea, l’umanità che guadagna un salario.

Per risolvere questa situazione problematica, il cancelliere ricordò i tempi felici in cui Bismarck, sostenendosi sui partiti liberali, dava coesione alla nazionalità tedesca, e decise di restaurare il blocco liberale. Ma che cosa restava del glorioso liberalismo tedesco? Alcuni programmi insignificanti proclamati da alcuni uomini senza fisionomia politica. Bülow li riunì: e promettendo di far gravitare la legislazione nel senso dei suoi vaghi aneliti, pubblicò un cartello elettorale di guerra contro i socialisti. La sorte sembrava dubbia, quando sorse il segreto salvatore, il mot d’ordre che riesce a concretare in sé l’energia che apre tutte le molle della grande massa. Si disse che era necessario combattere il socialismo perché questo partito non fa politica pratica e si oppone al bene della patria. Si era trovato il gran tabou per il filisteismo tedesco: quando in quel paese si giunge a formulare qualcosa sotto le specie di un luogo comune, la vittoria è assicurata. Cosa analoga, a dir la verità, accade tra noi. Sono forse la Germania e la Spagna i due popoli dove il luogo comune ha maggior potere. Ma con una differenza che alcuni interpreteranno in nostro favore. In Spagna, usando di esso lo mettiamo come un cemento isolatore, come un cuscino per ammorbidire gli urti tra la nostra persona e quelle degli altri concittadini; per mancanza di energia o di virtù lo lasciamo pendere a guisa di velo di Maya sopra oscure realtà di secondo piano, che ci occasionerebbe troppi fastidi purificare o sopprimere. Ma tutto ciò lo facciamo in coscienza del nostro peccato: se qualche consolazione ci potesse restare, ci resta quest’ultima soddisfazione di sorridere malignamente al male che ci uccide e di ripetere luoghi comuni sapendo che sono sciocchezze. In Germania, invece, il luogo comune non è velo teso sopra una realtà sordida e nemica, ma la realtà stessa.

Nelle elezioni i socialisti persero molti seggi, che guadagnarono i nazionalisti. Fu una sconfitta della cultura tedesca: i grandi germani morti, che insegnarono la virtù moderna del cosmopolitismo, dovettero sentire allora un’emozione che diremmo vergogna d’oltretomba. E si sono vendicati. Questi giorni il blocco liberale-nazionale si trovò di fronte al dilemma di rompere con il bene della patria o rinunciare alle sue esigenze di suffragio universale. Bülow si oppose all’introduzione del voto universale uguale e diretto per la Camera prussiana, in virtù di una sola ragione, sì, chiara e cinica. Disse che danneggiava il benessere dello Stato. Non vede il lettore messa in evidenza la ragione essenziale di ogni solidarietà? Il deputato Träger, con una beneaugurata ingenuità, rispose: Questa ragione mi lascia indifferente, perché ciò che qui si discute non è una questione di utilità, ma una questione di diritto, di giustizia, una questione sociale e di cultura.

Che cosa è accaduto alla fine? Salvo alcuni indisciplinati, i liberali hanno rinunciato al suffragio universale e proseguono a fomentare la maggior gloria dell’Imperatore. Questa gloria mi merita grandi rispetti, ma considero in questo caso indiscutibile il nostro diritto alla risata. Che il liberalismo tedesco si disinteressi del suffragio universale ci sembra francamente un assurdo storico. Ma a un tempo ci offre una prova di più della scarsa cultura politica dei tedeschi, e ho la speranza e la convinzione che sarebbe impossibile cosa simile nel nostro paese. L’inganno nazionalista, il cattivo gusto politico che rivela non potranno già fruttificare tra noi. Dieci anni di critica dolorosa e di esame interno hanno finito di aguzzare la coscienza nazionale, di coltivarla. Il nazionalismo significa la riapparizione in atmosfere moderne della «ragion di Stato», ed entrambe le cose suppongono la barbarie e l’incultura politiche.

Portiamo tutti, in alluvione, per le nostre vene alcune sabbioline di questo divino Mare Nostrum che ha il sorriso innumerevole. E se orientiamo la nostra anima, che con severa e avveduta virtù ci siamo fatta nella disgrazia umile, verso il mare profondo del Nord per apprendere in esso la sapienza di ciò che sta al di là della fisica, ci accompagna, invece, come viatico, la sapienza antropologica, la distinzione estetica e la malizia che insegnano il tempo e le sue figlie, le diverse fortune. Le onde riverberanti del Mediterraneo, classico costruttore di repubbliche, hanno levigato in lunghi secoli il ciottolo del nostro cuore, e volle il destino che un pomeriggio lo sfiorasse al passaggio la chiglia piena d’alghe della barca di Ulisse. Abbiamo il cuore antico e memore; e ci accadrebbe cento volte, vivendo tra tedeschi, di dir loro ciò che i sacerdoti egizii dissero all’ateniese: «Voi greci siete dei bambini. E se oggi siete in auge, già vi verrà il declino».

Pero no es preciso que lo digamos nosotros; ahí está el mismo Goethe, que lo formuló conversando con Eckermann en 3 de mayo de 1827: «Nosotros los alemanes somos de ayer. Hemos trabajado mucho, a la verdad, desde hace cien años; pero aún tienen que pasar unos siglos antes de que penetre y se generalice en nuestros compatriotas tanto de espíritu y superior cultura que lleguen a venerar la Belleza, como los griegos, a entusiasmarse por una canción linda, y que pueda, en fin, decirse de ellos que hace mucho que fueron bárbaros».


Escrito lo que antecede, leo la carta del polaco Sienkiewicz protestando por las nuevas leyes pragmáticas que tratan de imponer los alemanes a un pueblo de historia sin ventura. Esta acción inconcebible viene preparándose desde hace tiempo y estaba inscrita en el programa del bloque nacionalista; y entre otras aspiraciones del materialismo bárbaro que rige hoy la política alemana, aparece citada en el artículo.

Pide el poeta de una raza romántica la protesta del liberalismo español. Ignoro si el liberalismo español tendrá tan limpia la conciencia que pueda abrirse en ella esta flor de la pureza espiritual que llamamos indignación. Después de todo, es este afecto un lujo del alma que sólo podemos darnos los pobres de espíritu, los cuales, no poseyendo nada propio que les preocupe, tienen el corazón dispuesto a las conmociones superfluas. Y como hasta en la indignación debemos ejercitar la modestia, sea esta vez expresión de ella la concisa referencia de un hecho que la historia no habrá de olvidar: los liberales alemanes renuncian a pedir el sufragio universal, pero están decididos a votar las leyes que arrojan a los polacos de Polonia y la repueblan con hombres de Prusia.

El Imparcial, 9 de febrero de 1908

But it is not necessary that we say it; there is Goethe himself, who formulated it while conversing with Eckermann on 3 May 1827: “We Germans are of yesterday. We have worked much, in truth, for the last hundred years; but some centuries must still pass before there penetrates and becomes general among our compatriots so much spirit and superior culture that they come to venerate Beauty, as the Greeks did, to grow enthusiastic over a pretty song, and that it may, in fine, be said of them that it is long since they were barbarians.”


Having written the foregoing, I read the letter of the Pole Sienkiewicz protesting against the new pragmatic laws that the Germans try to impose upon a people of luckless history. This inconceivable action has been preparing itself for some time and was inscribed in the program of the nationalist bloc; and among other aspirations of the barbarous materialism that rules today’s German politics, it appears cited in the article.

The poet of a romantic race asks for the protest of Spanish liberalism. I do not know whether Spanish liberalism will have so clean a conscience that this flower of spiritual purity, which we call indignation, can open in it. After all, this affection is a luxury of the soul that only we poor in spirit can give ourselves, who, possessing nothing of our own that concerns us, have the heart disposed to superfluous commotions. And since even in indignation we must exercise modesty, let its expression be this time the concise mention of a fact that history will not have to forget: the German liberals renounce asking for universal suffrage, but they are resolved to vote the laws that throw the Poles out of Poland and repopulate her with men of Prussia.

El Imparcial, February 9, 1908

Ma non è necessario che lo diciamo noi; ecco lì lo stesso Goethe, che lo formulò conversando con Eckermann il 3 maggio 1827: «Noi tedeschi siamo di ieri. Abbiamo lavorato molto, a dir la verità, da cento anni; ma devono ancora passare alcuni secoli prima che penetri e si generalizzi nei nostri compatrioti tanto spirito e cultura superiore che giungano a venerare la Bellezza, come i greci, a entusiasmarsi per una bella canzone, e che possa, in fine, dirsi di loro che fa molto tempo che furono barbari».


Scritto ciò che precede, leggo la lettera del polacco Sienkiewicz che protesta per le nuove leggi pragmatiche che i tedeschi tentano d’imporre a un popolo di storia senza ventura. Quest’azione inconcepibile viene preparandosi da tempo ed era inscritta nel programma del blocco nazionalista; e tra altre aspirazioni del materialismo barbaro che regge oggi la politica tedesca, appare citata nell’articolo.

Chiede il poeta di una razza romantica la protesta del liberalismo spagnolo. Ignoro se il liberalismo spagnolo avrà la coscienza così pulita che possa aprirsi in essa questo fiore della purezza spirituale che chiamiamo indignazione. Dopo tutto, è questo affetto un lusso dell’anima che possiamo concederci soltanto noi poveri di spirito, i quali, non possedendo nulla di proprio che ci preoccupi, abbiamo il cuore disposto alle commozioni superflue. E siccome anche nell’indignazione dobbiamo esercitare la modestia, sia questa volta espressione di essa la concisa menzione di un fatto che la storia non avrà da dimenticare: i liberali tedeschi rinunciano a chiedere il suffragio universale, ma sono decisi a votare le leggi che gettano i polacchi fuori dalla Polonia e la ripopolano con uomini di Prussia.

El Imparcial, 9 febbraio 1908