Abstract

A polemical definition: solidarity is any political grouping of citizens who renounce their ideal divergences to defend common economic interests — that is, it rests on economic primacy. The most immoral is the German one (the “bloc”), which dresses its economic assertion in titles of race, fatherland and tradition and calls itself nationalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Que los hombres se esfuercen a la hora de ahora en compaginarse formando solidaridades, no me parece un indicio favorable de su energía cultural. Es más, creo que esas nuevas formas políticas revelan un amenguamiento y debilitación de la conciencia política europea. El idealismo social, que originario de corrientes soterráneas se abrió paso en la torrentera gloriosa de la revolución francesa, ha ido perdiendo brío a lo largo del siglo XIX, y hoy, los sedientos de una noble emoción política, tienen que ir a abrevarse en ocultos hilillos de frescor que aún quedan allá y acá, esparcidos, tenues, murientes. El tórrido materialismo conservador ha ido secando en los cauces las aguas claras que fluían: la razón económica se ha convertido en centro de gravedad de la política, y los partidos liberales, nacidos para fomentar ideas y deberes humanos, parecen ocuparse únicamente de conservar y defender el crédito de un hombre, de una casta o de un pueblo.

También en Alemania hay una solidaridad, aunque la afición de la raza germánica por el eufemismo, ha sabido darle el nombre de bloque. Nosotros, con más diestra fortuna, sabemos ya lo que es una solidaridad: al quebrarse la catalana, en estos días hemos visto qué cosas llevaba dentro, y podemos aventurar esta definición: solidaridad es toda agrupación política de ciudadanos que renuncian a sus divergencias ideales para defender sus conveniencias económicas comunes. Se funda, pues, en el reconocimiento del primado económico; la utilidad económica decide en última instancia, y si algunos elementos de la solidaridad, con plausible inconsecuencia, afirman frente a ella un deber político ideal, la solidaridad se deshace. Éste es, según pienso, el núcleo de todo organismo solidario, por más que en su crecimiento y expansión pueda adquirir formas muy diversas. Una de ellas, la más antihistórica, y permítaseme que diga la más inmoral, es la que ahora reviste la solidaridad alemana. Mediante un arte poco honesto se ha querido ornamentar esa cínica afirmación económica, que realmente la engendra, con títulos teóricos, científicos extraídos de una historia falseada y de una antropología impura. De este modo se evita la confesión de materialismo egoísta, y se puede hablar en términos más bellos y espirituales, como patriotismo, interés de la raza, amor a la tradición, honor público, personalidad histórica, etcétera. Tal es el gesto digno y épico que toma la solidaridad cuando quiere que la llamen nacionalismo.

Veía el canciller alzarse amenazadora por Oriente la emergencia magnífica del socialismo, a la vez que del Sur la compacta grey católica y ultramontana avanzaba con graves exigencias sobre la triste estepa de la marca prusiana. Desde lejos miraba envidiosa Inglaterra el henchido puerto de Hamburgo y Francia repetía el tópico de la revancha con más gusto literario que convencimiento. Había que demandar presupuestos enormes para Marina, había que dar el golpe de gracia a la perenne revuelta de los polacos, había que embarcar al pueblo en una política colonial para la que faltaba todo impulso de tradición y sobraban escándalos recientes. La patria, como se ve, estaba en peligro, si por patria se entiende la utilidad de unos cuantos banqueros y la mayor gloria del Emperador. ¿Cómo obtener todo esto frente a la fuerza insuperable de católicos y socialistas? Ambos partidos son los más potentes del Parlamento alemán. Para el centro, para los ultramontanos, la patria del hombre es, antes que la tierra de oriundez corporal, la tierra luminosa que se inicia más allá de los cielos y no tendrían inconveniente en transigir con la patria, según la carne, si esta patria fuera gobernada según la sabia y múltiple influencia de los jesuitas. Para los socialistas la patria no es un fin que justifique los medios, es una porción del planeta que favorece la sentimentalidad individual, que enjuga ciertos afectos estéticos del corazón, pero nunca un nombre en el cual pueda apoyarse la injusticia y el daño de otras naciones: su patria última es asimismo una idea, la humanidad que gana un jornal.

Para resolver esta situación problemática, el canciller recordó los tiempos felices en que Bismarck, sustentándose sobre los partidos liberales, daba cohesión a la nacionalidad alemana y decidió restaurar el bloque liberal. Pero, ¿qué quedaba del glorioso liberalismo alemán? Unos cuantos programas insignificantes proclamados por unos cuantos hombres sin fisonomía política. Bülow los reunió: y prometiendo hacer gravitar la legislación en el sentido de sus vagos anhelos, publicó un cartel electoral de guerra contra los socialistas. La suerte parecía dudosa, cuando surgió el secreto salvador, el mot d’ordre que acierta a concretar en sí la energía que abre todos los resortes de la gran masa. Se dijo que era preciso combatir el socialismo porque este partido no hace política práctica y se opone al bien de la patria. Habíase hallado el gran tabou para el filisteísmo alemán: cuando en aquel país se llega a formular algo bajo las especies de un lugar común, está asegurada la victoria. Cosa análoga, a decir verdad, acontece entre nosotros. Son acaso Alemania y España los dos pueblos donde mayor poderío tiene el lugar común. Pero con una diferencia que algunos interpretarán en nuestro favor. En España, al usar de él lo ponemos como un cemento aislador, como un cojín para ablandar los choques entre nuestra persona y las de los demás conciudadanos; por falta de energía o de virtud lo dejamos pender a guisa de velo de Maya sobre oscuras realidades de segundo término, que nos ocasionaría demasiados enojos purificar o suprimir. Mas todo ello lo hacemos en conciencia de nuestro pecado: si algún consuelo nos pudiera quedar, réstanos esta última satisfacción de sonreír malignamente al mal que nos mata y de repetir lugares comunes sabiendo que son majaderías. En Alemania, empero, el lugar común no es velo tendido sobre una realidad sórdida y enemiga, sino la realidad misma.

En las elecciones perdieron los socialistas muchos puestos, que ganaron los nacionalistas. Fue una derrota de la cultura alemana: los grandes germanos muertos, que enseñaron la virtud moderna del cosmopolitismo, debieron sentir entonces una emoción que diríamos vergüenza de ultratumba. Y se han vengado. Estos días el bloque liberal-nacional encontrose ante el dilema de romper con el bien de la patria o renunciar a sus exigencias de sufragio universal. Bülow se opuso a la introducción del voto universal igual y directo para la Cámara prusiana, en virtud de una sola razón, eso sí, clara y cínica. Dijo que perjudicaba al bienestar del Estado. ¿No ve el lector puesta de manifiesto la razón esencial de toda solidaridad? El diputado Träger, con una bienhadada ingenuidad, contestó: Esta razón me trae sin cuidado, porque lo que aquí se discute no es una cuestión de utilidad, sino una cuestión de derecho, de justicia, una cuestión social y de cultura.

¿Qué ha ocurrido a la postre? Salvo algunos díscolos, los liberales han renunciado al sufragio universal y prosiguen fomentando la mayor gloria del Emperador. Esta gloria me merece grandes respetos, pero considero en este caso indisputable nuestro derecho a la risa. Que el liberalismo alemán se desentienda del sufragio universal nos parece francamente un absurdo histórico. Pero a la vez nos ofrece una prueba más de la menguada cultura política de los alemanes y tengo la esperanza y la convicción de que sería imposible cosa semejante en nuestro país. El engaño nacionalista, el mal gusto político que revela no podrán ya fructificar entre nosotros. Diez años de crítica dolorosa y examen interno han acabado de aguzar la conciencia nacional, de cultivarla. El nacionalismo significa la reaparición en atmósferas modernas de la «razón de Estado», y ambas cosas suponen la barbarie y la incultura políticas.

Llevamos todos en aluvión por nuestras venas algunas arenillas de este divino Mare Nostrum que tiene la sonrisa innumerable. Y si orientamos nuestra alma, que con severa y avisada virtud nos hemos hecho en la desventura humilde, hacia el mar profundo del Norte para aprender en él la sabiduría de lo que está más allá de la física, nos acompaña, en cambio, como viático, la sabiduría antropológica, la distinción estética y la malicia que enseñan el tiempo y sus hijas las diversas fortunas. Las olas reverberantes del Mediterráneo, clásico constructor de repúblicas, han pulido en largos siglos el canto rodado de nuestro corazón, y quiso el destino que una tarde le rozara al paso la quilla llena de ovas de la barca de Ulises. Tenemos el corazón antiguo y memorioso; y nos ocurriría cien veces, viviendo entre alemanes, decirles lo que al ateniense hablaron los sacerdotes egipcios: «Vosotros los griegos sois unos niños. Y si estáis hoy en auge, ya os llegará la mengua».

Pero no es preciso que lo digamos nosotros; ahí está el mismo Goethe, que lo formuló conversando con Eckermann en 3 de mayo de 1827: «Nosotros los alemanes somos de ayer. Hemos trabajado mucho, a la verdad, desde hace cien años; pero aún tienen que pasar unos siglos antes de que penetre y se generalice en nuestros compatriotas tanto de espíritu y superior cultura que lleguen a venerar la Belleza, como los griegos, a entusiasmarse por una canción linda, y que pueda, en fin, decirse de ellos que hace mucho que fueron bárbaros».


Escrito lo que antecede, leo la carta del polaco Sienkiewicz protestando por las nuevas leyes pragmáticas que tratan de imponer los alemanes a un pueblo de historia sin ventura. Esta acción inconcebible viene preparándose desde hace tiempo y estaba inscrita en el programa del bloque nacionalista; y entre otras aspiraciones del materialismo bárbaro que rige hoy la política alemana, aparece citada en el artículo.

Pide el poeta de una raza romántica la protesta del liberalismo español. Ignoro si el liberalismo español tendrá tan limpia la conciencia que pueda abrirse en ella esta flor de la pureza espiritual que llamamos indignación. Después de todo, es este afecto un lujo del alma que sólo podemos darnos los pobres de espíritu, los cuales, no poseyendo nada propio que les preocupe, tienen el corazón dispuesto a las conmociones superfluas. Y como hasta en la indignación debemos ejercitar la modestia, sea esta vez expresión de ella la concisa referencia de un hecho que la historia no habrá de olvidar: los liberales alemanes renuncian a pedir el sufragio universal, pero están decididos a votar las leyes que arrojan a los polacos de Polonia y la repueblan con hombres de Prusia.

El Imparcial, 9 de febrero de 1908