Ortega y Gasset
Abstract
A review: Valle-Inclán is a “Renaissance man”, a quattrocento soul who, facing the rigid spectre of the law codes, turns into a dilettante of the Renaissance, loving its times and heroes as a family tradition. In an age where pessimism plays the macabre jester, his is rare art, a flower of other historical latitudes.
Connections
Concetti: bellezza
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hay hombres que trascienden a épocas antiguas. De algunos podría precisarse el momento en que debieran haber nacido y decirse que son hombres Luis XV, que son hombres Imperio, que son hombres «antiguo régimen». Taine muestra a Napoleón como un hombre de Plutarco. Don Juan Valera es del siglo XVIII; tiene la fría malignidad de los enciclopedistas y su noble manera de decir. Son espíritus que parecen forjados en otras edades, almas que retrotraen al tiempo muerto y le hacen vivir de nuevo a nuestros ojos mejor que una historia. Tienen estos hombres de milagro el encanto de las cosas pasadas y el atractivo de una preciosa falsificación. Don Ramón del Valle-Inclán es un hombre «Renacimiento». La lectura de sus libros hace pensar en aquellos nombres y en aquellos grandes días de la historia humana.
Acabo de leer Sonata de estío y creyera a su autor un varón musculoso, amplio de miembros, de frente carnosa, grueso como un Borgia y rebosando instintos crueles: alguien que ha de entretener sus ocios en retorcer una barra de acero, o en romper de un puñetazo una herradura, según cuentan del hijo de Alejandro VI. Por esas páginas, los amores y los odios carnales andan sueltos, toman bellas posturas y fácilmente logran su empeño. Así debieron ser Benvenuto y el Aretino. Aquellos esforzados héroes del risorgimento sabían dar un sabor de galante malicia a sus narraciones tremebundas. Pero el autor de ese libro no se parece en nada a estos soberbios ejemplares de la humanidad: es delgado, inverosímilmente delgado, con largas barbas de misteriosos reflejos morados, sobre las que se destacan unos magníficos quevedos de concha.
Tiene, sin embargo, don Ramón del Valle-Inclán prendidos sus amores en las cosas más opuestas a esa moral enemiga de todo atrevimiento que va empapando los corazones humanos, esa triste moral inglesa, un poco sensiblera, tal vez, pero útil para los usos de la vida y la marcha tranquila de la república. En Sonata de estío el marqués de Bradomín, aquel Don Juan feo, católico y sentimental, tiene amores con una criolla de bellos ojos, que cometió en su vida «el magnífico pecado de las tragedias antiguas». Rápidamente, como un gaucho a galope por el horizonte, cruza la relación, henchida la conciencia de asesinatos, un ladrón mejicano, un «Juan de Guzmán que tenía la cabeza pregonada, aquella magnífica cabeza de aventurero español». «En el siglo XVI hubiera conquistado su real ejecutoria de hidalguía peleando bajo las banderas de Hernán Cortés… Sus sangrientas hazañas son las hazañas que en otro tiempo hicieron florecer las epopeyas. Hoy sólo de tarde en tarde alcanzan tan alta soberanía, porque las almas son cada vez menos ardientes, menos impetuosas, menos fuertes». Valle-Inclán, al evocar los hombres de Maquiavelo, no se contenta con el ditirambo y llega hasta la ternura.
Yo quiero creer que el señor Valle-Inclán advierta en ocasiones cómo le brincan en el pecho ansias de vida libre e instintiva y hasta deseos de verter la cantarella, el veneno de los Borgia, en los manjares de algún banquete; pero ante el espectro rígido de los códigos, resuelve, con muy buen acuerdo, amar tan sólo aquellos tiempos y aquellos héroes como una tradición familiar. Por un fenómeno de alquimia espiritual, el autor de Sonata de estío, alma del quattrocento, se convierte en un diletante del Renacimiento, y así aquellos ideales aparecen como exacerbados en un culto amanerado y vicioso. ¡Es la triste suerte de los hombres inactuales! Zarathustra, como temperamento, no ha sido sino un diletante del individualismo en estos pobres tiempos de democracia.
Pero aún hay más rasgos en el señor Valle-Inclán que hacen de él artista raro, flor de otras latitudes históricas.
Hoy todos somos tristes: unos tienen la tristeza ornada de sonrisas buenas, otros son quejumbrosos y fatídicos hasta ponernos el corazón en un puño; pero es un hecho que el pesimismo juega con nosotros como un bufón macabro. La literatura francesa naturalista ha sido una queja prolongada, un salmo lamentoso para los desheredados. Dickens llora por los pobres de espíritu. Los novelistas rusos no presentan sino harapos, hambre e ignominias. El arte que comenzó danzando, se ha tornado hosco y regañón, y contribuye harto a amargarnos la pésima existencia de neurasténicos. Los artistas, presintiendo acaso un crepúsculo en su historia, se han vuelto ingratos y amenazadores como profetas que se alejan. Todas las dificultades de la lucha por la existencia han asaltado la fantasía de los escritores y han ganado derecho de ciudadanía en la creación literaria. La novela moderna, desde Balzac, gran deudor, es la vida nerviosa y enferma de la falta de dinero, de la falta de voluntad, de la falta de belleza, de la falta de sanidad corporal o de la falta de esos otros aditamentos morales, como el honor y el buen sentido. Es la literatura de los defectos.
La literatura del señor Valle-Inclán, por el contrario, es ágil, sin trascendencia, bella como las cosas inútiles, regocijada aun en sus mujeres pálidas y en sus moribundas; galante como una charla de Versalles, llena de poderío amoroso y caballeresco, y no digo tónica y reconstituyente, porque no estaría bien. Los personajes de Sonata de estío no tienen que luchar con los pequeños inconvenientes que para gozar de la vida a fauces anchas son las severas y arrugadas consejas de la moral contemporánea, y así su lectura es amable y da al ánimo solaz y recreo. En estas ficciones bien halladas descansan los nervios de la tristeza circundante.
Es muy de admirar hoy tan regocijada disposición de espíritu. No ver sino fuertes y atrevidos brazos, sino amores magníficos en este país de las tristezas, es algo heteróclito y nada frecuente.
Yo andaba estos días buscando a ello explicación, y leyendo un libro de cubierta amarilla anoté en el cuadernito por mí dedicado a tales usos que Anatole France dice de Banville: «Es acaso de todos los poetas el que menos ha pensado en la naturaleza de las cosas y en la condición de los seres. Formado su optimismo de una absoluta ignorancia de las leyes universales, era inalterable y perfecto. Ni por un momento el amargor de la vida y de la muerte ascendió a los labios de este gentil asociador de palabras». Sólo así se comprende que hable el señor Valle-Inclán de lo que habla en unos tiempos tan anémicos y reglamentarios que ni aun alientos quedan para los grandes vicios y los crímenes grandes.
Sí: el autor de las Memorias del Marqués de Bradomín es un hombre de otros siglos, una piedra de otros períodos geológicos que ha quedado olvidada sobre el haz de la tierra, solitaria e inútil a las aplicaciones de la industria.
Y no sólo aparece de esta suerte en su concepción o no concepción moral de los hombres, sino también en su arte, que tiene mayor semejanza con la de un orfebre que con la de un literato, tal y como por acá es la literatura: a veces nubla sus páginas el preciosismo. Pero, sobre todo, es un arte exquisito y perfecto: vigila el artista dentro de su espíritu, con la solicitud de las vírgenes prudentes, aquella primera lámpara de que habla Ruskin: la lámpara, digo, del sacrificio.
Parece que existieron épocas de decadencia en que un pueblo heredero de cultura sorprendente y enorme, ebrio de perfección y de refinamiento, enfermo, acaso, de megalomanía como toda degeneración aristocrática, se mostró dispuesto a renunciar los goces sólitos y tranquilos y aun las cosas necesarias por construir obras de maravilla, y así sacrificaba sus riquezas y sus vidas en aras de la magnificencia. Éste es el espíritu de sacrificio: aquel espíritu de furibundos anhelos estéticos no se cuidaba de que una parte de la ornamentación hubiera de estar más o menos alejada de la vista para construirla de maderas y metales ricos y completar en ella una igual labor lenta y acabada.
¡Cuán lejos estos tiempos en que un artífice volcaba su vida, una intensa vida de pasiones y belleza, sobre lo más oculto de una cúpula augusta y perdurable! Raros y extravagantes son hoy tales artífices.
Parece que en el siglo XIX se inspiraban las obras de nuestros autores, más que en un arte sincero, espontáneo, en pragmáticas oratorias y en hábiles perspectivas de escenógrafo. Como la creación bella no era ya una necesidad expansiva, un lujo de fuerzas, un exceso de idealismo, de fortaleza espiritual, sino un oficio, un medio de vida reconocido, estudiado, socialmente estatuido, se comenzó a escribir para ganar lectores.
There are men who transcend toward ancient epochs. Of some, the moment could be specified in which they should have been born, and it could be said that they are Louis XV men, that they are Empire men, that they are “old regime” men. Taine shows Napoleon as a man of Plutarch. Don Juan Valera is of the eighteenth century; he has the cold malignity of the Encyclopedists and their noble manner of saying. They are spirits that seem forged in other ages, souls that carry back to the dead time and make it live again before our eyes better than a history does. These miraculous men have the charm of past things and the attraction of a precious falsification. Don Ramón del Valle-Inclán is a “Renaissance” man. The reading of his books makes one think of those names and of those great days of human history.
I have just read Sonata de estío and I would believe its author a muscular male, ample of limb, of fleshy brow, thick as a Borgia and overflowing with cruel instincts: someone who must entertain his leisure in twisting a bar of steel, or in breaking a horseshoe with a fist, as they tell of the son of Alexander VI. Through those pages, carnal loves and hatreds run loose, take beautiful postures, and easily achieve their aim. Thus must Benvenuto and the Aretino have been. Those strenuous heroes of the risorgimento knew how to give a savor of gallant malice to their hair-raising narratives. But the author of that book resembles in nothing these superb specimens of humanity: he is thin, unbelievably thin, with long beards of mysterious violet reflections, upon which stand out magnificent shell-rimmed spectacles.
He has, however, Don Ramón del Valle-Inclán, his loves attached to the things most opposed to that morality, enemy of every daring, which goes soaking human hearts —that sad English morality, a little sentimental, perhaps, but useful for the uses of life and the tranquil march of the republic. In Sonata de estío the Marquis of Bradomín, that ugly, Catholic, and sentimental Don Juan, has love affairs with a creole woman of beautiful eyes, who committed in her life “the magnificent sin of the ancient tragedies”. Rapidly, like a gaucho at full gallop across the horizon, there crosses the relation, with his conscience full of assassinations, a Mexican thief, a “Juan de Guzmán who had a price upon his head, that magnificent head of a Spanish adventurer”. “In the sixteenth century he would have conquered his royal patent of nobility fighting under the banners of Hernán Cortés… His bloody feats are the feats that in other times made the epics flourish. Today only from time to time do they reach so high a sovereignty, because souls are each time less ardent, less impetuous, less strong.” Valle-Inclán, evoking the men of Machiavelli, does not content himself with the dithyramb and reaches even to tenderness.
I wish to believe that Señor Valle-Inclán on occasion notices how there leap in his breast yearnings for free and instinctive life and even desires to pour the cantarella, the Borgias’ poison, into the dishes of some banquet; but before the rigid specter of the codes, he resolves, with very good accord, to love only those times and those heroes as a family tradition. By a phenomenon of spiritual alchemy, the author of Sonata de estío, soul of the quattrocento, becomes a dilettante of the Renaissance, and thus those ideals appear as exacerbated in a cult mannered and vicious. It is the sad lot of inactual men! Zarathustra, as a temperament, has been nothing but a dilettante of individualism in these poor times of democracy.
But there are still more traits in Señor Valle-Inclán that make of him a rare artist, flower of other historical latitudes.
Today we are all sad: some have their sadness adorned with good smiles, others are plaintive and fateful until they set our heart in a fist; but it is a fact that pessimism plays with us like a macabre buffoon. French naturalist literature has been a prolonged complaint, a lamenting psalm for the disinherited. Dickens weeps for the poor in spirit. The Russian novelists present nothing but rags, hunger, and ignominies. The art that began dancing has turned sullen and scolding, and contributes a great deal to embittering our wretched neurasthenic existence. The artists, perhaps foreseeing a twilight in their history, have become ungrateful and threatening, like prophets who draw away. All the difficulties of the struggle for existence have assaulted the imagination of writers and have won citizenship in literary creation. The modern novel, since Balzac, great debtor, is the nervous and sick life of the lack of money, the lack of will, the lack of beauty, the lack of bodily health, or the lack of those other moral accessories, such as honor and good sense. It is the literature of defects.
The literature of Señor Valle-Inclán, on the contrary, is agile, without transcendence, beautiful as useless things, cheerful even in its pale women and its dying women; gallant as a Versailles conversation, full of amorous and chivalrous power, and I do not say tonic and reconstituent, because it would not be well said. The characters of Sonata de estío do not have to struggle with the small inconveniences that, for enjoying life with wide jaws, are the severe and wrinkled admonitions of contemporary morality, and thus their reading is amiable and gives the spirit solace and recreation. In these well-found fictions the nerves rest from the surrounding sadness.
It is much to be admired today such a cheerful disposition of spirit. To see nothing but strong and daring arms, nothing but magnificent loves, in this country of sadnesses, is something heteroclite and not at all frequent.
These days I was going about seeking an explanation of it, and reading a book with a yellow cover I noted in the little notebook devoted by me to such uses that Anatole France says of Banville: “He is perhaps of all poets the one who has least thought about the nature of things and the condition of beings. His optimism formed of an absolute ignorance of the universal laws, he was unalterable and perfect. Not for a moment did the bitterness of life and death ascend to the lips of this gentle associer of words.” Only thus is it understood that Señor Valle-Inclán speaks of what he speaks of in times so anemic and regulative that not even breath remains for great vices and great crimes.
Yes: the author of the Memoirs of the Marquis of Bradomín is a man of other centuries, a stone of other geological periods that has remained forgotten upon the face of the earth, solitary and useless for the applications of industry.
And he appears thus not only in his moral conception or non-conception of men, but also in his art, which has greater resemblance to that of a goldsmith than to that of a man of letters, such as literature is in these parts: at times preciosity clouds his pages. But, above all, it is an exquisite and perfect art: the artist keeps watch within his spirit, with the solicitude of the prudent virgins, over that first lamp of which Ruskin speaks: the lamp, I say, of sacrifice.
It seems that there existed epochs of decadence in which a people heir to a surprising and enormous culture, drunk with perfection and refinement, sick, perhaps, of megalomania like every aristocratic degeneration, showed itself disposed to renounce the usual and tranquil pleasures and even necessary things in order to construct works of wonder, and thus sacrificed its riches and its lives on the altar of magnificence. This is the spirit of sacrifice: that spirit of furious aesthetic yearnings did not care that a part of the ornamentation had to be more or less far from view in order to build it of rich woods and metals and complete in it an equal slow and finished labor.
How far off those times in which a craftsman poured his life, an intense life of passions and beauty, over the most hidden part of an august and durable dome! Rare and extravagant are such craftsmen today.
It seems that in the nineteenth century the works of our authors were inspired, more than by a sincere, spontaneous art, by oratorical pragmatic sanctions and skilful scenographic perspectives. Since beautiful creation was no longer an expansive necessity, a luxury of forces, an excess of idealism, of spiritual fortitude, but a trade, a recognized, studied, socially established means of life, one began to write in order to gain readers.
Ci sono uomini che trascendono verso epoche antiche. Di alcuni si potrebbe precisare il momento in cui dovevano essere nati e dirsi che sono uomini Luigi XV, che sono uomini Impero, che sono uomini «antico regime». Taine mostra Napoleone come un uomo di Plutarco. Don Juan Valera è del secolo XVIII; ha la fredda malignità degli enciclopedisti e il loro nobile modo di dire. Sono spiriti che sembrano forgiati in altre età, anime che riconducono al tempo morto e lo fanno vivere di nuovo ai nostri occhi meglio di una storia. Hanno questi uomini di miracolo l’incanto delle cose passate e l’attrazione di una preziosa falsificazione. Don Ramón del Valle-Inclán è un uomo «Rinascimento». La lettura dei suoi libri fa pensare a quei nomi e a quei grandi giorni della storia umana.
Ho appena letto Sonata de estío e crederei il suo autore un maschio muscoloso, ampio di membra, di fronte carnosa, grosso come un Borgia e traboccante istinti crudeli: qualcuno che deve intrattenere i suoi ozii nel torcere una sbarra d’acciaio, o nel rompere con un pugno un ferro di cavallo, secondo raccontano del figlio di Alessandro VI. Per quelle pagine, gli amori e gli odi carnali vanno sciolti, prendono belle posture e facilmente riescono nel loro intento. Così dovettero essere Benvenuto e l’Aretino. Quegli sforzati eroi del risorgimento sapevano dare un sapore di galante malizia alle loro narrazioni tremebonde. Ma l’autore di quel libro non somiglia in nulla a questi superbi esemplari dell’umanità: è sottile, inverosimilmente sottile, con lunghe barbe di misteriosi riflessi violacei, sopra le quali si stagliano dei magnifici occhialini a conchiglia.
Ha, tuttavia, don Ramón del Valle-Inclán i suoi amori appesi alle cose più opposte a quella morale nemica di ogni arditezza che va inzuppando i cuori umani, quella triste morale inglese, un poco sentimentale, forse, ma utile per gli usi della vita e la marcia tranquilla della repubblica. In Sonata de estío il marchese di Bradomín, quel Don Giovanni brutto, cattolico e sentimentale, ha amori con una creola di begli occhi, che commise nella sua vita «il magnifico peccato delle tragedie antiche». Rapidamente, come un gaucho al galoppo per l’orizzonte, attraversa la relazione, con la coscienza piena di assassinii, un ladro messicano, un «Juan de Guzmán che aveva la testa bandita, quella magnifica testa di avventuriero spagnolo». «Nel secolo XVI avrebbe conquistato la sua reale esecutoria di hidalguía combattendo sotto le bandiere di Hernán Cortés… Le sue sanguinose imprese sono le imprese che in altro tempo fecero fiorire le epopee. Oggi solo di tanto in tanto raggiungono così alta sovranità, perché le anime sono ogni volta meno ardenti, meno impetuose, meno forti». Valle-Inclán, evocando gli uomini di Machiavelli, non si contenta del ditirambo e giunge fino alla tenerezza.
Io voglio credere che il signor Valle-Inclán avverta in occasioni come gli balzino nel petto ansie di vita libera e istintiva e persino desiderii di versare la cantarella, il veleno dei Borgia, nelle vivande di qualche banchetto; ma davanti allo spettro rigido dei codici, risolve, con molto buon accordo, ad amare soltanto quei tempi e quegli eroi come una tradizione familiare. Per un fenomeno di alchimia spirituale, l’autore di Sonata de estío, anima del quattrocento, si converte in un dilettante del Rinascimento, e così quegli ideali appaiono come esasperati in un culto manierato e vizioso. È la triste sorte degli uomini inattuali! Zarathustra, come temperamento, non è stato che un dilettante dell’individualismo in questi poveri tempi di democrazia.
Ma ci sono ancora più tratti nel signor Valle-Inclán che fanno di lui artista raro, fiore di altre latitudini storiche.
Oggi siamo tutti tristi: alcuni hanno la tristezza ornata di buoni sorrisi, altri sono lamentosi e fatali fino a metterci il cuore in un pugno; ma è un fatto che il pessimismo gioca con noi come un buffone macabro. La letteratura francese naturalista è stata una lagna prolungata, un salmo lamentoso per i diseredati. Dickens piange per i poveri di spirito. I romanzieri russi non presentano che stracci, fame e ignominie. L’arte che cominciò danzando, si è fatta arcigna e sgridante, e contribuisce assai ad amareggiarci la pessima esistenza di nevrastenici. Gli artisti, presentendo forse un crepuscolo nella loro storia, si sono volti ingrati e minacciosi come profeti che si allontanano. Tutte le difficoltà della lotta per l’esistenza hanno assalito la fantasia degli scrittori e hanno guadagnato diritto di cittadinanza nella creazione letteraria. Il romanzo moderno, da Balzac, grande debitore, è la vita nervosa e malata della mancanza di denaro, della mancanza di volontà, della mancanza di bellezza, della mancanza di sanità corporale o della mancanza di quegli altri additamenti morali, come l’onore e il buon senso. È la letteratura dei difetti.
La letteratura del signor Valle-Inclán, al contrario, è agile, senza trascendenza, bella come le cose inutili, rallegrata persino nelle sue donne pallide e nelle sue moribonde; galante come una conversazione di Versailles, piena di potenza amorosa e cavalleresca, e non dico tonica e ricostituente, perché non starebbe bene. I personaggi di Sonata de estío non devono lottare con i piccoli inconvenienti che per godere la vita a fauci larghe sono i severi e rugosi consigli della morale contemporanea, e così la loro lettura è amabile e dà all’animo sollazzo e ricreazione. In queste finzioni ben trovate riposano i nervi dalla tristezza circostante.
È molto da ammirare oggi sì rallegrata disposizione di spirito. Non vedere che forti e arditi bracci, che amori magnifici in questo paese delle tristezze, è qualcosa di eteroclito e niente affatto frequente.
Andavo questi giorni cercando una spiegazione a ciò, e leggendo un libro di copertina gialla annotai nel quadernino da me dedicato a tali usi che Anatole France dice di Banville: «È forse di tutti i poeti quello che ha meno pensato alla natura delle cose e alla condizione degli esseri. Formato il suo ottimismo da un’assoluta ignoranza delle leggi universali, era inalterabile e perfetto. Nemmeno per un momento l’amarezza della vita e della morte ascese alle labbra di questo gentile associatore di parole». Solo così si comprende che il signor Valle-Inclán parli di ciò di cui parla in tempi tanto anemici e regolamentari che non restano neppure fiato per i grandi vizi e i grandi delitti.
Sì: l’autore delle Memorie del Marchese di Bradomín è un uomo di altri secoli, una pietra di altri periodi geologici che è rimasta dimenticata sulla faccia della terra, solitaria e inutile alle applicazioni dell’industria.
E non appare soltanto di questa sorte nella sua concezione o non concezione morale degli uomini, ma anche nella sua arte, che ha maggiore somiglianza con quella di un orafo che con quella di un letterato, tale e quale come è da queste parti la letteratura: a volte il preziosismo annebbia le sue pagine. Ma, sopra tutto, è un’arte squisita e perfetta: vigila l’artista dentro il suo spirito, con la sollecitudine delle vergini prudenti, quella prima lampada di cui parla Ruskin: la lampada, dico, del sacrificio.
Sembra che esistettero epoche di decadenza in cui un popolo erede di cultura sorprendente ed enorme, ebbro di perfezione e di raffinamento, malato, forse, di megalomania come ogni degenerazione aristocratica, si mostrò disposto a rinunciare ai godimenti consueti e tranquilli e persino alle cose necessarie per costruire opere di meraviglia, e così sacrificava le sue ricchezze e le sue vite in ara della magnificenza. Questo è lo spirito di sacrificio: quello spirito di furibondi aneliti estetici non si curava che una parte dell’ornamentazione dovesse essere più o meno lontana dalla vista per costruirla di legni e metalli ricchi e compiere in essa un’uguale opera lenta e finita.
Quanto lontani questi tempi in cui un artefice riversava la sua vita, un’intensa vita di passioni e bellezza, sul più nascosto di una cupola augusta e perdurabile! Rari e stravaganti sono oggi siffatti artefici.
Sembra che nel secolo XIX le opere dei nostri autori si ispirassero, più che a un’arte sincera, spontanea, a pragmatiche oratorie e ad abili prospettive di scenografo. Poiché la creazione bella non era più una necessità espansiva, un lusso di forze, un eccesso di idealismo, di fortezza spirituale, ma un mestiere, un mezzo di vita riconosciuto, studiato, socialmente statuito, si cominciò a scrivere per guadagnare lettori.
Cambiado el fin de la elaboración literaria, cambió el origen, y viceversa. Se escribía para ganar; se ganaba, es natural, tanto más cuanto mayor número de ciudadanos leyera lo escrito. El compositor lograba esto halagando a la mayoría de los hombres, «sirviéndoles un ideal», que diría Unamuno, deseado por ellos, mas previamente creado por el público. Y ello servido fácilmente, popularmente. Ya no hubo quien adornara sus puños de encajes, como cuentan que hacía para escribir Buffon. El gran estilo había muerto. ¿Quién iba a detenerse en reflexionar un cuarto de hora sobre la colocación de un adjetivo a la zaga de un sustantivo? Flaubert y Stendhal: un hombre rico y aficionado, y un desdeñoso, de pluma inactual.
«Toda la literatura del siglo pasado —dice Remigio de Gourmont— responde harto perfectamente a las tendencias naturales de una civilización democrática; ni Chateaubriand, ni Víctor Hugo pudieron romper la ley orgánica que precipita al rebaño en la pradera verdegueante donde la hierba crece y donde sólo habrá polvo cuando pase el rebaño. Muy pronto se juzgó inútil cultivar un paisaje destinado a las devastaciones populares, y hubo una literatura sin estilo, como hay anchos caminos sin hierba, sin sombra y sin fuentes».
No seré yo, ciertamente, quien afirme aquí, al pasar, que esté bien muerto el «bello estilo», ni quien llore ese cesáreo cadáver. Es asunto de más larga disquisición, y para disputar sobre él sería preciso escamondar previamente y con cuidado la significación y la comprensión de unos cuantos vocablos a que se han pegado muchas vanas ideas.
Y, dicho esto, continúo:
El democratismo no ha logrado escalar el alma rezagada algunos siglos del señor Valle-Inclán. Sordo, hasta ahora al menos, al rumor de la vida próxima, aún adora los escudos familiares que evocan leyendas hidalgas, los hombres solos que hacen huir, como Ignacio de Loyola, una calle de soldados, y desprecian a los villanos y a las leyes; guarda en la memoria un recuerdo deslumbrante de trajes riquísimos y brilladores, de joyas históricas y valoradas en ciudades, de posturas heroicas, de largos apellidos sonoros que son como crónicas, de toda la tramoya, en fin, soberbia, cuantiosa y archivada de la edad aristocrática. Y toda esa balumba de sentimientos de casta y de visiones orgullosas corre por su estilo y le presta andares nobilísimos de cantor de decadencias.
«La niña Chole tenía esas bellas actitudes de ídolo, esa quietud estática y sagrada de la raza maya, raza tan antigua, tan noble, tan misteriosa, que parece haber emigrado del fondo de la Asiria…» Y cuando decide Bradomín viajar hacia México: «Yo sentía levantarse en mi alma, como un encanto homérico, la tradición aventurera y noble de todo mi linaje. Uno de mis antepasados, Gonzalo de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el reino de Nueva Galicia; otro había sido inquisidor general, y todavía el marqués de Bradomín conservaba allí los restos de un mayorazgo, deshecho entre legajos de un pleito…» «Cautiva el alma de religiosa emoción, contemplé la abrasada playa donde desembarcaron, antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los aventureros españoles hijos de Alarico el Bárbaro y de Tarik el Moro». Son estos párrafos de decadentismo clasicista, perlas prodigiosamente contrahechas.
Páginas hay en Sonata de estío que habrán costado a su autor más de una semana de bregar con las palabras y darles mil vueltas. Ha trabajado mucho, sin duda, para conocer el procedimiento de composición que da la mayor intensidad y fuerza de representación a los adjetivos. Valle-Inclán los ama sincera y profundamente; por algunos muestra un verdadero culto y los maneja con sensualidad, colocándolos unas veces antes y otras después del sustantivo, no por mero querer, sino porque en aquella postura, y no en otra, rinden toda su capacidad expresiva y aparecen en todo su relieve: los baraja, los multiplica y los acaricia. «El capitán de los plateados tenía el gesto dominador y galán…» En Beatriz se lee: «La mano atenazada y flaca del capellán levantó el blasonado cortinón…» «Beatriz suspiró sin abrir los ojos. Sus manos quedaron sobre la colcha: eran pálidas, blancas, ideales y transparentes a la luz». Y en Sonata de otoño: «Se exhalaba del fondo del armario una fragancia delicada y antigua». ¡Bella frase empolvada que parece salir revolando de entre los bucles de una peluca blanca!…
Este placer de unir palabras nuevamente o de una nueva guisa, es el elemento último y el dominante: de aquí que con frecuencia se amanere su estilo; pero, también de aquí, nace una renovación del léxico castellano y una valoración precisa de los vocablos.
Incuba las imágenes tenazmente para hacerlas novísimas: «La luna derramaba su luz lejana e ideal como un milagro». En otra ocasión habla de las conchas prendidas en la esclavina de un peregrino «que tienen la pátina de las oraciones antiguas», y de un «dorado rayo del ocaso que atraviesa el follaje triunfante, luminoso y ardiente como la lanza de un arcángel».
En esto de las comparaciones es muy curioso observar la influencia de los autores extraños sobre el señor Valle-Inclán, sin que esto sea negar que hayan influido de otros varios modos. La prosa clásica idolatrada ha sido poco amiga de esas asimilaciones, de esos acercamientos concisos y rápidos, y fiel a la tradición romana, ha preferido ciertas comparaciones casi alegóricas. Se recorren páginas y páginas de los Escudero Marcos, de los Guzmán de Alfarache, libros eriales de nuestra literatura, sin que sea posible cortar la flor de una imagen. Por otra parte, la comparación genuinamente castellana, la que tiene abolengo en los clásicos y que aún perdura en los escritores nuestros del siglo pasado, es una comparación integral de toda la idea primera que se casa con toda otra idea segunda.
La razón de esa ingenuidad no osaré decirla, porque aún suena mal a muchos oídos que se diga: las comparaciones castellanas son integrales, porque nuestra literatura, y más aún nuestra lengua, han sido principalmente oratorias, retóricas. Como esto desagrada un poco y no es piadoso desagradar a conciencia, no he de decirlo.
Pues bien; el señor Valle-Inclán cuaja sus párrafos de semejanzas y emplea casi exclusivamente imágenes unilaterales, es decir, imágenes que nacen, no de toda la idea, sino de uno de sus lados o aristas. De un molinero que adelanta por un zaguán se lee que es «alegre y picaresco como un libro de antiguos decires»; del seno de Beatriz, que «es de blancura eucarística»; y en otro lugar: «Largos y penetrantes alaridos llegaban al salón desde el fondo misterioso del palacio: agitaban la oscuridad, palpitaban en el silencio como las alas del murciélago Lucifer…» Esta faena de unir ideas muy distantes por un hilo tenue, no la ha aprendido de juro el señor Valle-Inclán en los escritores castellanos: es arte extranjero, y en nuestra tierra son raros quienes tuvieron tales inspiraciones.
En ese estilo precioso, que se repite con cierta dulce monotonía, que desprende un vaho de cosas sugeridas, presenta sus personajes y dibuja sus escenas el autor de estas Memorias Amables.
¡Los personajes!… Después de lo que al comenzar he dicho, fácil es suponerlos… Hombres galantes, altivos, audaces, que derrumban corazones y doncelleces, que pelean y desdeñan, amigos de considerar los sucesos de sus vidas con cierta fácil filosofía petulante… Villanos humildes, aduladores, de rostro castizo y hablar antiguo… Clérigos y frailes campanudos y mujeriegos: toda una galería de hombres de aventura, tomados en una tercera parte de sus fisonomías de conocimientos del autor, y en las otras dos de los cronistas de Indias, de las Memorias de Casanova y Benvenuto y de las novelas picarescas. Las mujeres suelen ser o rubias, débiles, asustadizas, supersticiosas y sin voluntad, que se entreguen absorbidas por la fortaleza y gallardía de un hombre, o damas del «Renacimiento», de magnífica hermosura, ardientes y sin escrúpulos.
Tales son las figuras: entre ellas las hay inolvidables, soberbiamente acuñadas. Aquel don Juan Manuel, tío de Bradomín y señor del Pazo de Lantañón, es un último señor feudal que se queda prendido por siempre en la memoria del lector.
No hay ningún ser vulgar en estas novelas y en estos cuentos; todos son atroces: o atrozmente sencillos o atrozmente voluntarios. Ese hombre-medio de la literatura naturalista y democrática no podía encajar con sus pequeños deseos y su parda vida entre vistosos y pintorescos caracteres.
Lo pintoresco: he ahí la fuerza principal de las páginas que glosamos. Valle-Inclán corre desalado a la caza de lo pintoresco en sus composiciones. Es el eje de su producción: me dicen que también lo es de su vida, y yo lo creo.
Changed the end of literary elaboration, the origin changed, and vice versa. One wrote to gain; one gained, naturally, all the more the greater the number of citizens who read what was written. The composer achieved this by flattering the majority of men, “serving them an ideal”, Unamuno would say, desired by them, but previously created by the public. And this served easily, popularly. There was no longer anyone who adorned his cuffs with lace, as they tell that Buffon used to do in order to write. The great style had died. Who was going to stop to reflect a quarter of an hour on the placement of an adjective in the wake of a noun? Flaubert and Stendhal: a rich and amateur man, and a disdainful one, of inactual pen.
“All the literature of the last century —says Remy de Gourmont— responds but too perfectly to the natural tendencies of a democratic civilization; neither Chateaubriand nor Victor Hugo could break the organic law that precipitates the flock into the greening meadow where the grass grows and where there will only be dust when the flock passes. Very soon it was judged useless to cultivate a landscape destined for popular devastations, and there was a literature without style, as there are wide roads without grass, without shade, and without springs.”
I shall not certainly be the one to affirm here, in passing, that the “beautiful style” is well dead, nor the one to weep over that Caesarean corpse. It is a matter for a longer disquisition, and to dispute over it one would need previously and carefully to prune the signification and comprehension of a few terms to which many vain ideas have stuck.
And, this said, I continue:
Democratism has not managed to scale the soul of Señor Valle-Inclán, which has lagged behind by some centuries. Deaf, until now at least, to the rumor of the proximate life, he still adores the family escutcheons that evoke hidalgo legends, the lone men who make a street of soldiers flee, like Ignatius of Loyola, and despise the villeins and the laws; he keeps in memory a dazzling recollection of richest and shining garments, of jewels historical and valued in cities, of heroic postures, of long sonorous surnames that are like chronicles, of all the stage machinery, in fine, superb, copious, and archived, of the aristocratic age. And all that jumble of caste sentiments and proud visions runs through his style and lends it most noble gaits of a singer of decadences.
“The girl Chole had those beautiful attitudes of an idol, that static and sacred stillness of the Maya race, a race so ancient, so noble, so mysterious, that it seems to have emigrated from the depths of Assyria…” And when Bradomín decides to travel toward Mexico: “I felt rising in my soul, like a Homeric charm, the adventurous and noble tradition of all my lineage. One of my ancestors, Gonzalo de Sandoval, had founded in those lands the kingdom of New Galicia; another had been inquisitor general, and still the Marquis of Bradomín kept there the remnants of an entail, undone among the files of a lawsuit…” “With my soul captivated by religious emotion, I contemplated the scorched beach where, before any people of old Europe, the Spanish adventurers, sons of Alaric the Barbarian and of Tarik the Moor, disembarked.” These are paragraphs of classicist decadentism, prodigiously counterfeited pearls.
There are pages in Sonata de estío that must have cost their author more than a week of wrestling with words and giving them a thousand turns. He has worked much, no doubt, to learn the procedure of composition that gives adjectives the greatest intensity and representative force. Valle-Inclán loves them sincerely and deeply; for some he shows a true cult and handles them with sensuality, placing them sometimes before and sometimes after the noun, not by mere will, but because in that position, and in no other, they yield their whole expressive capacity and appear in all their relief: he shuffles them, multiplies them, and caresses them. “The captain of the silvered ones had the dominating and gallant gesture…” In Beatriz one reads: “The tong-like and lean hand of the chaplain raised the blazoned great curtain…” “Beatriz sighed without opening her eyes. Her hands remained upon the coverlet: they were pale, white, ideal, and transparent to the light.” And in Sonata de otoño: “There was exhaled from the depths of the wardrobe a delicate and ancient fragrance.” A beautiful powdered phrase that seems to come fluttering out from among the curls of a white wig!…
This pleasure of joining words anew or in a new manner is the ultimate and the dominant element: hence it is that his style frequently becomes mannered; but also hence is born a renewal of the Castilian lexicon and a precise valuation of words.
He incubates images tenaciously to make them utterly new: “The moon spilled its distant and ideal light like a miracle.” On another occasion he speaks of the shells fastened on the pilgrim’s shoulder-cape “that have the patina of ancient prayers”, and of a “gilded ray of the sunset that pierces the triumphant foliage, luminous and burning as the lance of an archangel”.
In this matter of comparisons it is very curious to observe the influence of foreign authors upon Señor Valle-Inclán, without this being a denial that they have influenced in several other ways. The idolized classical prose has been little friendly to those assimilations, to those concise and rapid approaches, and, faithful to the Roman tradition, has preferred certain almost allegorical comparisons. One goes through page after page of the Escudero Marcos, of the Guzmán de Alfarache, waste books of our literature, without it being possible to cut the flower of an image. On the other hand, the genuinely Castilian comparison, the one that has its lineage in the classics and that still persists in our writers of the last century, is an integral comparison of the whole first idea that marries itself to a whole second idea.
The reason for that ingenuousness I shall not dare to tell, because it still sounds badly to many ears that it be said: the Castilian comparisons are integral, because our literature, and even more our language, have been principally oratorical, rhetorical. As this displeases a little and it is not pious to displease with full knowledge, I must not say it.
Well then; Señor Valle-Inclán curdles his paragraphs with similes and employs almost exclusively unilateral images, that is, images that are born, not of the whole idea, but of one of its sides or edges. Of a miller advancing through a hallway one reads that he is “cheerful and picaresque like a book of old sayings”; of Beatriz’s bosom, that it “is of eucharistic whiteness”; and in another place: “Long and piercing screams reached the drawing room from the mysterious depths of the palace: they agitated the darkness, they palpitated in the silence like the wings of the bat Lucifer…” This task of joining very distant ideas by a tenuous thread, Señor Valle-Inclán has not learned it, to be sure, from the Castilian writers: it is foreign art, and in our land rare are those who have had such inspirations.
In that precious style, which repeats itself with a certain sweet monotony, which gives off a haze of suggested things, the author of these Amiable Memoirs presents his characters and draws his scenes.
The characters!… After what I said at the beginning, it is easy to suppose them… Gallant, haughty, audacious men, who topple hearts and maidenheads, who fight and disdain, friends of considering the events of their lives with a certain facile petulant philosophy… Humble, flattering villeins, of pure-blooded face and ancient speech… Pompous and womanizing clerics and friars: a whole gallery of adventure men, taken in a third part from their physiognomies as acquaintances of the author, and in the other two from the chroniclers of the Indies, from the Memoirs of Casanova and Benvenuto, and from the picaresque novels. The women are wont to be either blond, weak, easily frightened, superstitious, and without will, who surrender themselves absorbed by the strength and gallantry of a man, or ladies of the “Renaissance”, of magnificent beauty, ardent and without scruples.
Such are the figures: among them there are unforgettable ones, superbly coined. That don Juan Manuel, uncle of Bradomín and lord of the Pazo de Lantañón, is a last feudal lord who remains fastened forever in the memory of the reader.
There is no vulgar being in these novels and these tales; all are atrocious: either atrociously simple or atrociously willful. That middle-man of naturalist and democratic literature could not fit, with his small desires and his drab life, among showy and picturesque characters.
The picturesque: there is the principal force of the pages we gloss. Valle-Inclán runs breathless in the hunt for the picturesque in his compositions. It is the axis of his production: they tell me it is also that of his life, and I believe it.
Cambiato il fine dell’elaborazione letteraria, cambiò l’origine, e viceversa. Si scriveva per guadagnare; si guadagnava, è naturale, tanto più quanto maggior numero di cittadini leggesse lo scritto. Il compositore otteneva questo lusingando la maggioranza degli uomini, «servendo loro un ideale», direbbe Unamuno, desiderato da loro, ma previamente creato dal pubblico. E ciò servito facilmente, popolarmente. Non ci fu più chi adornasse i suoi polsini di merletti, come raccontano che facesse per scrivere Buffon. Il grande stile era morto. Chi si sarebbe fermato a riflettere un quarto d’ora sulla collocazione di un aggettivo alla coda di un sostantivo? Flaubert e Stendhal: un uomo ricco e dilettante, e uno sdegnoso, di penna inattuale.
«Tutta la letteratura del secolo passato —dice Remigio de Gourmont— risponde assai perfettamente alle tendenze naturali di una civiltà democratica; né Chateaubriand, né Víctor Hugo poterono rompere la legge organica che precipita il gregge nella prateria verdeggiante dove l’erba cresce e dove non ci sarà che polvere quando passerà il gregge. Ben presto si giudicò inutile coltivare un paesaggio destinato alle devastazioni popolari, e ci fu una letteratura senza stile, come ci sono ampie strade senza erba, senza ombra e senza fonti».
Non sarò io, certamente, chi affermi qui, di passaggio, che il «bello stile» sia ben morto, né chi pianga quel cesareo cadavere. È questione di più lunga disquisizione, e per disputare su di esso sarebbe necessario ripulire prima e con cura la significazione e la comprensione di alcuni vocaboli a cui si sono appiccicate molte vane idee.
E, detto questo, continuo:
Il democratismo non è riuscito a scalare l’anima del signor Valle-Inclán rimasta indietro di alcuni secoli. Sordo, finora almeno, al rumore della vita prossima, adora ancora gli scudi familiari che evocano leggende di hidalgos, gli uomini soli che fanno fuggire, come Ignazio di Loyola, una strada di soldati, e disprezzano i villani e le leggi; serba nella memoria un ricordo abbagliante di vesti ricchissime e rilucenti, di gioie storiche e valutate in città, di posture eroiche, di lunghi cognomi sonori che sono come cronache, di tutta la tramoya, in fine, superba, copiosa e archiviata dell’età aristocratica. E tutto quel guazzabuglio di sentimenti di casta e di visioni orgogliose corre per il suo stile e gli presta andature nobilissime di cantore di decadenze.
«La bambina Chole aveva quelle belle attitudini d’idolo, quella quiete statica e sacra della razza maya, razza tanto antica, tanto nobile, tanto misteriosa, che sembra essere emigrata dal fondo dell’Assiria…» E quando Bradomín decide di viaggiare verso il Messico: «Io sentivo levarsi nell’anima, come un incanto omerico, la tradizione avventurosa e nobile di tutto il mio lignaggio. Uno dei miei antenati, Gonzalo de Sandoval, aveva fondato in quelle terre il regno della Nuova Galizia; un altro era stato inquisitore generale, e ancora il marchese di Bradomín conservava là i resti di un maggiorasco, disfatto tra fascicoli di una lite…» «Con l’anima presa da religiosa emozione, contemplai l’arsa spiaggia dove sbarcarono, prima che popolo alcuno della vecchia Europa, gli avventurieri spagnoli figli di Alarico il Barbaro e di Tarik il Moro». Sono questi paragrafi di decadentismo classicista, perle prodigiosamente contraffatte.
Ci sono pagine in Sonata de estío che saranno costate al suo autore più di una settimana di arrancare con le parole e dar loro mille giri. Ha lavorato molto, senza dubbio, per conoscere il procedimento di composizione che dà la maggior intensità e forza di rappresentazione agli aggettivi. Valle-Inclán li ama sincera e profondamente; per alcuni mostra un vero culto e li maneggia con sensualità, collocandoli talvolta prima e talvolta dopo il sostantivo, non per mero capriccio, ma perché in quella postura, e non in un’altra, rendono tutta la loro capacità espressiva e appaiono in tutto il loro rilievo: li mescola, li moltiplica e li accarezza. «Il capitano dei plateados aveva il gesto dominatore e galante…» In Beatriz si legge: «La mano tenagliata e flacca del cappellano levò il cortinone blasonato…» «Beatriz sospirò senza aprire gli occhi. Le sue mani restarono sopra la coltre: erano pallide, bianche, ideali e trasparenti alla luce». E in Sonata de otoño: «Si esalava dal fondo dell’armadio una fragranza delicata e antica». Bella frase impolverata che sembra uscire svolazzando di tra i ricci di una parrucca bianca!…
Questo piacere di unire parole nuovamente o in nuova guisa, è l’elemento ultimo e il dominante: di qui che di frequente si ammanierisca il suo stile; ma anche di qui nasce un rinnovamento del lessico castigliano e una valorizzazione precisa dei vocaboli.
Incuba le immagini tenacemente per farle nuovissime: «La luna spandeva la sua luce lontana e ideale come un miracolo». In altra occasione parla delle conchiglie appese alla mantellina di un pellegrino «che hanno la patina delle orazioni antiche», e di un «dorato raggio dell’occaso che attraversa il fogliame trionfante, luminoso e ardente come la lancia di un arcangelo».
In questo delle comparazioni è molto curioso osservare l’influenza degli autori stranieri sul signor Valle-Inclán, senza che questo sia negare che abbiano influito in altri vari modi. La prosa classica idolatrata è stata poco amica di quelle assimilazioni, di quegli avvicinamenti concisi e rapidi, e fedele alla tradizione romana, ha preferito certe comparazioni quasi allegoriche. Si percorrono pagine e pagine degli Escudero Marcos, dei Guzmán de Alfarache, libri eriali della nostra letteratura, senza che sia possibile cogliere il fiore di un’immagine. D’altra parte, la comparazione genuinamente castigliana, quella che ha blasone nei classici e che ancora perdura negli scrittori nostri del secolo passato, è una comparazione integrale di tutta l’idea prima che si sposa con tutta un’altra idea seconda.
La ragione di quella ingenuità non oserò dirla, perché suona ancora male a molti orecchi che si dica: le comparazioni castigliane sono integrali, perché la nostra letteratura, e più ancora la nostra lingua, sono state principalmente oratorie, retoriche. Poiché questo dispiace un poco e non è pio dispiacere a coscienza, non ho da dirlo.
Ebbene; il signor Valle-Inclán riempie i suoi paragrafi di somiglianze e impiega quasi esclusivamente immagini unilaterali, cioè, immagini che nascono, non da tutta l’idea, ma da uno dei suoi lati o spigoli. Di un mugnaio che avanza per un andito si legge che è «allegro e picaresco come un libro di antichi detti»; del seno di Beatriz, che «è di bianchezza eucaristica»; e in altro luogo: «Lunghi e penetranti urli giungevano al salone dal fondo misterioso del palazzo: agitavano l’oscurità, palpitavano nel silenzio come le ali del pipistrello Lucifero…» Questa fatica di unire idee molto distanti per un filo tenue, non l’ha appresa di certo il signor Valle-Inclán negli scrittori castigliani: è arte straniera, e nella nostra terra sono rari coloro che ebbero tali ispirazioni.
In quello stile prezioso, che si ripete con una certa dolce monotonia, che sprigiona un vapore di cose suggerite, presenta i suoi personaggi e disegna le sue scene l’autore di queste Memorie Amabili.
I personaggi!… Dopo quello che al cominciare ho detto, facile è supporli… Uomini galanti, alteri, audaci, che rovesciano cuori e verginità, che combattono e sdegnano, amici di considerare gli avvenimenti delle loro vite con una certa facile filosofia petulante… Villani umili, adulatori, di volto castizo e parlare antico… Chierici e frati ampollosi e donnaioli: tutta una galleria di uomini d’avventura, presi per una terza parte dalle loro fisionomie di conoscenze dell’autore, e per le altre due dai cronisti delle Indie, dalle Memorie di Casanova e di Benvenuto e dai romanzi picareschi. Le donne sogliono essere o bionde, deboli, paurose, superstiziose e senza volontà, che si consegnano assorbite dalla fortezza e gagliardia di un uomo, o dame del «Rinascimento», di magnifica bellezza, ardenti e senza scrupoli.
Tali sono le figure: tra esse ce ne sono di indimenticabili, superbamente coniate. Quel don Juan Manuel, zio di Bradomín e signore del Pazo de Lantañón, è un ultimo signore feudale che resta appeso per sempre nella memoria del lettore.
Non c’è nessun essere volgare in questi romanzi e in questi racconti; tutti sono atroci: o atrocemente semplici o atrocemente volontari. Quell’uomo-medio della letteratura naturalista e democratica non poteva incastrarsi con i suoi piccoli desideri e la sua grigia vita tra caratteri vistosi e pittoreschi.
Il pittoresco: ecco la forza principale delle pagine che annotiamo. Valle-Inclán corre senza fiato a caccia del pittoresco nelle sue composizioni. È l’asse della sua produzione: mi dicono che lo sia anche della sua vita, e io lo credo.
Para poder atrapar esa postura graciosa y amena de las cosas y de las personas hace falta haber vivido bastante, haber huroneado en muchos rincones y —¿quién sabe?— tal vez haber tenido poco amor al hogar y haber dado muchos bandazos por esos curiosísimos mundos. Yo pienso en ocasiones por qué causa lo pintoresco estará desterrado de la literatura diplomática. Pienso esto cuando leo los libros fríos y correctos de algunos escritores nuevos del Ministerio de Estado que alienta y ampara el alma de don Juan Valera, ese Dios-Pan sonriente y ciego que perdura en el yermo jardín de nuestras bellas letras como la estatua blanca y rota de una deidad gentílica.
Para lograr eso, que es como un anecdotismo de rasgos más que de frases, hace falta haber vivido, como para ungir de emoción a las palabras hace falta haber sufrido. Sé de un amigo mío que era mozo, feliz y literato, y pensaba esto que yo ahora pienso: sabía que cultivar su espíritu para el arte no era sólo leer y anotar; que era preciso el Dolor que nos hace tan humanos. Y yo veía a aquel ingenuo muchacho correr tras el Dolor de un modo insensato, y el Dolor esquivarle de un modo desesperante. ¿No es curiosa esta nueva manera de Don Quijote?
Perdónese la escapada a recuerdos personales. He asociado la memoria de un amigo mío que quería, como Dickens, emocionar, con don Ramón del Valle-Inclán, que no emociona ni quiere. Sólo en Malpocado, unas cuantas líneas definitivas conmueven al lector. El resto de la obra es inhumanamente seco de lágrimas. Compone de suerte que no hay en ella nada de fresco sentimentalismo, ninguna página libre a una inspiración de última hora. El artista oculta celosamente las amarguras y las desgracias del hombre: hay un exceso de arte en ese escritor. Llega a desagradar como un señor que no se descuida nunca en el abandono de la pasión, del cansancio o del hastío.
Tal es el autor de las Memorias del Marqués de Bradomín.
Estilista original y al mismo tiempo adorador de la lengua patria, adorador hasta el fetichismo; inventor de las ficciones novelescas con más raíces en una humanidad histórica que en la actual. Enemigo de toda trascendencia, nudo artista y trabajado creador de nuevas asociaciones de palabras. Y estos rasgos pronunciados hasta la exageración, hasta el amaneramiento. Por eso, como todo carácter excesivamente marcado y exclusivo, como todo intenso cultivador de un pequeño jardín, Valle-Inclán tiene muchos imitadores. Algunos han confundido o asemejado su arte con el de Rubén Darío, y entre ambos y los simbolistas franceses han ayudado a escribir a un número considerable de poetas y prosadores que hablan casi lo mismo unos que otros y en una lengua retorcida, pobre e inaguantable. Y ese trabajo, de ardiente pelear con las palabras castellanas para realzar las gastadas y pulir las toscas y animar las inexpresivas, ha resultado en lugar de utilísimo, perjudicial.
Si el señor Valle-Inclán agrandara sus cuadros ganaría el estilo en sobriedad, perdería ese enfermismo imaginario y musical, ese preciosismo que a veces empalaga, pero casi siempre embelesa. Hoy es un escritor personalísimo e interesante; entonces sería un gran escritor, un maestro de escritores. Pero hasta ese entonces, ¡por Baco!, seguirle es pecaminoso y nocivo.
Confieso, por mi parte, aunque esta confesión carezca de todo interés, que es de nuestros autores contemporáneos uno de los que leo con más encanto y con mayor atención. Creo que enseña mejor que otro alguno, ciertas sabidurías de química fraseológica. ¡Pero cuánto me regocijaré el día que abra un libro nuevo del señor Valle-Inclán sin tropezar con «princesas rubias que hilan en ruecas de cristal», ni ladrones gloriosos, ni inútiles incestos! Cuando haya concluido la lectura de ese libro probable y dando placentero sobre él unas palmaditas, exclamaré: «He aquí que don Ramón del Valle-Inclán se deja de bernardinas y nos cuenta cosas humanas, harto humanas en su estilo noble de escritor bien nacido».
La Lectura, febrero de 1904
To be able to catch that graceful and pleasant posture of things and persons one must have lived enough, have ferreted in many corners, and —who knows?— perhaps have had little love of the hearth and have careered about a great deal through those most curious worlds. I sometimes think for what cause the picturesque should be exiled from diplomatic literature. I think this when I read the cold and correct books of some new writers of the Ministry of State whom the soul of Don Juan Valera animates and shelters —that smiling and blind God-Pan who endures in the barren garden of our belles-lettres like the white and broken statue of a gentile deity.
To achieve that, which is like an anecdotalism of traits more than of phrases, one must have lived, just as to anoint words with emotion one must have suffered. I know of a friend of mine who was young, happy, and a man of letters, and thought this that I now think: he knew that cultivating his spirit for art was not only reading and annotating; that the Pain which makes us so human was necessary. And I saw that naive young man run after Pain in a senseless manner, and Pain dodge him in a desperate manner. Is not this new manner of Don Quixote curious?
Forgive the flight to personal memories. I have associated the memory of a friend of mine who wanted, like Dickens, to move, with Don Ramón del Valle-Inclán, who does not move and does not want to. Only in Malpocado do a few definitive lines move the reader. The rest of the work is inhumanly dry of tears. He composes in such a way that there is in it nothing of fresh sentimentalism, no page left free to an eleventh-hour inspiration. The artist jealously hides the bitterness and misfortunes of man: there is an excess of art in that writer. He comes to displease like a gentleman who never lets himself go in the abandonment of passion, of fatigue, or of tedium.
Such is the author of the Memoirs of the Marquis of Bradomín.
Original stylist and at the same time adorer of the mother tongue, adorer to the point of fetishism; inventor of novelistic fictions with more roots in a historical humanity than in the actual one. Enemy of all transcendence, bare artist and worked creator of new associations of words. And these traits pronounced to exaggeration, to mannerism. For this reason, like every excessively marked and exclusive character, like every intense cultivator of a small garden, Valle-Inclán has many imitators. Some have confused or likened his art to that of Rubén Darío, and between the two of them and the French symbolists they have helped to write a considerable number of poets and prose writers who speak almost the same as one another, and in a twisted, poor, and unbearable language. And that labor of ardently fighting with Castilian words, to raise up the worn-out and polish the rough and animate the inexpressive, has turned out, instead of most useful, harmful.
If Señor Valle-Inclán enlarged his canvases, the style would gain in sobriety, it would lose that imaginary and musical sickliness, that preciosity which at times cloys, but almost always enchants. Today he is a most personal and interesting writer; then he would be a great writer, a master of writers. But until then, by Bacchus!, following him is sinful and harmful.
I confess, for my part, although this confession lacks all interest, that he is one of our contemporary authors whom I read with the most charm and the greatest attention. I believe that he teaches better than any other certain wisdoms of phraseological chemistry. But how much I shall rejoice on the day I open a new book of Señor Valle-Inclán without stumbling upon “blond princesses who spin on crystal distaffs”, nor glorious thieves, nor useless incests! When I shall have concluded the reading of that probable book and, giving it pleasantly a few pats, I shall exclaim: “Here is Don Ramón del Valle-Inclán leaving off the tall tales and telling us human things, all too human, in his noble style of a well-born writer.”
La Lectura, February 1904
Per poter cogliere quella postura graziosa e amena delle cose e delle persone bisogna avere vissuto abbastanza, avere frugato in molti angoli e —chi sa?— forse avere avuto poco amore al focolare e avere dato molte sbandate per quei curiosissimi mondi. Penso in occasioni per quale causa il pittoresco starà esiliato dalla letteratura diplomatica. Penso questo quando leggo i libri freddi e corretti di alcuni scrittori nuovi del Ministero di Stato che alita e ampara l’anima di don Juan Valera, quel Dio-Pan sorridente e cieco che perdura nel giardino incolto delle nostre belle lettere come la statua bianca e rotta di una deità gentilica.
Per raggiungere questo, che è come un aneddotismo di tratti più che di frasi, bisogna avere vissuto, come per ungere di emozione le parole bisogna avere sofferto. So di un mio amico che era giovane, felice e letterato, e pensava questo che io ora penso: sapeva che coltivare il suo spirito per l’arte non era soltanto leggere e annotare; che era necessario il Dolore che ci fa tanto umani. E io vedevo quel giovane ingenuo correre dietro il Dolore in un modo insensato, e il Dolore schivarlo in un modo disperante. Non è curiosa questa nuova maniera di Don Chisciotte?
Perdonisi la scappata ai ricordi personali. Ho associato la memoria di un mio amico che voleva, come Dickens, emozionare, con don Ramón del Valle-Inclán, che non emoziona né vuole. Solo in Malpocado, alcune righe definitive commuovono il lettore. Il resto dell’opera è disumanamente asciutto di lacrime. Compone di maniera che non c’è in essa nulla di fresco sentimentalismo, nessuna pagina libera a un’ispirazione dell’ultima ora. L’artista nasconde gelosamente le amarezze e le disgrazie dell’uomo: c’è un eccesso d’arte in quello scrittore. Giunge a dispiacere come un signore che non si lascia mai andare nell’abbandono della passione, della stanchezza o del fastidio.
Tale è l’autore delle Memorie del Marchese di Bradomín.
Stilista originale e a un tempo adoratore della lingua patria, adoratore fino al feticismo; inventore delle finzioni romanzesche con più radici in un’umanità storica che nell’attuale. Nemico di ogni trascendenza, nudo artista e lavorato creatore di nuove associazioni di parole. E questi tratti pronunciati fino all’esagerazione, fino all’amanieramento. Per questo, come ogni carattere eccessivamente marcato ed esclusivo, come ogni intenso coltivatore di un piccolo giardino, Valle-Inclán ha molti imitatori. Alcuni hanno confuso o assomigliato la sua arte a quella di Rubén Darío, e tra entrambi e i simbolisti francesi hanno aiutato a scrivere a un numero considerevole di poeti e prosatori che parlano quasi lo stesso gli uni come gli altri, e in una lingua attorta, povera e insopportabile. E quel lavoro, di ardente combattere con le parole castigliane per innalzare le logore e levigare le rozze e animare le inespressive, è risultato invece di utilissimo, pernicioso.
Se il signor Valle-Inclán ingrandisse i suoi quadri, lo stile guadagnerebbe in sobrietà, perderebbe quel morbosismo immaginario e musicale, quel preziosismo che a volte stomaca, ma quasi sempre incanta. Oggi è uno scrittore personalissimo e interessante; allora sarebbe un grande scrittore, un maestro di scrittori. Ma fino ad allora, per Bacco!, seguirlo è peccaminoso e nocivo.
Confesso, da parte mia, sebbene questa confessione manchi di ogni interesse, che è dei nostri autori contemporanei uno di quelli che leggo con più incanto e con maggior attenzione. Credo che insegni meglio di ogni altro certe sapienze di chimica fraseologica. Ma quanto mi rallegrerò il giorno che apra un libro nuovo del signor Valle-Inclán senza inciampare in «principesse bionde che filano su rocche di cristallo», né ladri gloriosi, né inutili incesti! Quando avrò concluso la lettura di quel libro probabile e, dando su di esso piacevolmente alcuni colpetti, esclamerò: «Ecco che don Ramón del Valle-Inclán lascia stare le frottole e ci racconta cose umane, fin troppo umane, nel suo stile nobile di scrittore ben nato».
La Lectura, febbraio 1904