Abstract
An article against Dato’s programme — which would settle the agrarian question by tweaking the Internal Colonisation Act — and above all against the dissolution decree granted by the Crown in the gardens of Llodio, a gesture of archaic, autocratic flavour that will drag a train of anachronisms behind it.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El señor Dato quiere resolver el problema agrario introduciendo algunas modificaciones en la ley de Colonización interior.
Esto nos recuerda al personaje de Daudet que proyectaba reformar el carácter de los franceses haciendo que en la escuela los niños pronunciasen con vigor las erres. La ley de Colonización interior, en espíritu contemporánea de Carlos III, sirve sólo para hacer pequeños ensayos sociológicos que distraigan las horas en tiempos de paz. En las que corren, ásperas y urgentes horas de guerra sin cuartel, la habilitación de esa ley es tan inocente como hubiera sido oponer en el Marne a los hulanos del Imperio un regimiento de figuras de ajedrez.
Es, sin embargo, lo más concreto y profundo que lleva a bordo el reciente programa del señor Dato. Calcúlese lo que será el resto. De punta a punta, el programa es lo que suelen llamar los americanos un jineteo en el vacío. Vive España punzada por un haz de cuestiones agudas como espadas de Dolorosa. Todo el mundo se da cuenta de que es preciso salir al encuentro de ellas con principios claros y enérgicos. La pérdida de autoridad en el Poder público, que es el mayor mal presente, sólo puede corregirse merced a una política activísima, de eléctrica eficacia, toda músculo y nervio, muy competente y de estructura tan amplia que satisfaga aún más por el porvenir en ella anticipado que por la cosecha inmediata. El programa del señor Dato es todo lo contrario del músculo y el nervio: fofo y mucilaginoso, parece escrito por la cola de una babosa en la arena de un jardín. Al elaborarlo, demuestran sus autores que no tienen política alguna, que no saben lo que van a hacer, que en su vida las han visto más gordas, y cogidos de improviso, se ponen a jinetear en el vacío, cabalgando el viento de unos vocablos.
La superlativa oquedad de este programa sirve, pues, sólo para que en ella redunde y resuene con mayor estruendo la grave resolución tomada por el Monarca, otorgando al señor Dato el decreto de disolución. Este otorgamiento y el modo con que ha sido hecho permanecerán durante mucho tiempo en el primer plano de la atención general, y requerirán inagotables comentarios.
Como El Sol no es de aquellos periódicos que perviven gracias a los favores de Palacio y de los Gobiernos palatinos, puede expresar en sus columnas sin hipócritas deformaciones la impresión producida en el ánimo público por el reciente acto de la Corona.
Esta impresión, que ha sido, por caso raro, unánime —la Prensa agradecida al señor Dato claro es que no cuenta en esta coyuntura—, ha comenzado por un movimiento de sorpresa. Ciertamente que lo genial suele sorprender. Pero en este asunto no han intervenido para nada mentes geniales. La sorpresa tiene otra oriundez. El acto de la Corona ha sorprendido como sorprendería la súbita reaparición de un personaje muerto hace dos siglos. No sólo las izquierdas, sino también las derechas, han encontrado al gesto de Palacio un extraño sabor de arcaísmo, un tinte anacrónico. ¿Cómo es posible —se dicen las gentes, aun las más moderadas— que a las alturas cronológicas por que hoy vamos bogando otorgue la Corona el tesoro de su confianza en forma tan arbitraria, tan autocrática, tan zarista?
¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia,
sol con corte de astros en campo de azur?…
Como es sabido, el tiempo del rey Luis de Francia se caracteriza porque durante él hicieron su ingreso en Versalles los financieros. Entonces las crisis se resolvían en los vergeles, y mirándolas al trasluz se veía siempre al fondo la figura de Paris-Duverney. ¿No es, cuando menos, poco prudente en estos tiempos de ahora, tan llenos de conflictos ferroviarios, otorgar decretos de disolución en los jardines de Llodio? ¿Quién podrá borrar de este decreto esa tintura de Llodio vertida sobre él en la sazón de su engendramiento?
Lo más grave del caso es que ese tinte arcaico con que se hace comenzar una etapa política traerá inexorablemente consigo una serie sin fin de anacronismos a que el Gobierno habrá de recurrir para hacer triunfar el inicial. Por lo pronto, el señor Dato tendrá que hacer unas elecciones arcaicas. Tornarán los más viejos abusos: con los fondos secretos de Gobernación se intentará sobornar a los españoles. Una política de corrupción llevará al frenesí la desmoralización que ya existe. Falto hoy de prestigio el Poder público, parecerá mañana cubierto de ignominia. Se corre el extremo riesgo de que el paisaje político se matice con las luces crepusculares que suelen alumbrar todas las postrimerías históricas. La danza de Llodio puede muy bien resultar famosa danza sobre volcán. El pasado está siempre dispuesto a tornar y vuelve a desarrollarse como una película que se dispara. Es muy peligroso evocarlo porque acude al punto.
Esperamos, sin embargo, equivocarnos completamente. Si el otorgamiento de este decreto ha parecido a las gentes anacrónico por su autocratismo, acaso es contemporáneo de los jefes liberales contra cuyas mejillas va dirigido. La humildad y la mansedumbre de estos excelentes hombres es también de otros tiempos. Usada una mejilla, ¿no sabrán poner la otra?
Publicado sin firma, El Sol, 7 de octubre de 1920