Ortega y Gasset
Abstract
Against the founding of the University of Murcia: a province that wanted to be reborn and founds a law faculty lacked all self-doubt, the sense that doing things well is difficult. An example of what Ortega calls a politics of the nation against a politics of the state: the force spent capturing the official gazette could have been used to correct what Murcians actually thought.
Connections
Concetti: educazione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Que en esta hora, tan adecuada para una reforma hondísima de nuestra vida nacional, lo único que se haya creado sea una Universidad más, equivale a un golpe fatal que recibimos los ortodoxos del optimismo. Si se hubiera descubierto algún grave desliz en la contabilidad del Estado, habríamos hecho la mueca de indignarnos, pero la raíz de nuestro optimismo quedaría indemne. Gentes que cometan abusos, que brinquen las bardas legales, no faltarán nunca. Toda sociedad, aun la de existencia más normal, tiene que hacer un descuento al crimen. El mal para una sociedad no es que en ella ocurran males, sino que no ocurran bienes.
Y esperábamos que después de tantos años de dolorosa crítica, de tantos cursos de desconfianza, la manera de pensar y sentir hubiera cambiado en todas las provincias españolas. Pero ahora advertimos que hay por lo menos una resuelta a no variar: la de Murcia.
Quería emplear de algún modo útil esta provincia unos dineros que le habían sido legados. ¿Qué hacer? ¿Se reúnen las personas más conscientes entre sus habitantes para meditar la empresa? ¿Consultan a aquellos mejores españoles que en larga vida de trabajo y virtud han conquistado para sus nombres una firme garantía de seriedad? Nada de esto; en Murcia no han llegado a dudar de sí mismos. No creen todavía que hacer bien las cosas es una cosa difícil, que no se puede improvisar el criterio sobre nada. A un periodista local se le ocurre decir que debería hacerse una Universidad. Sin reflexión, sin atención, sin comprensión, es acogido el proyecto y se hace de él un tema de honor provincial. Los diputados locales se ven envueltos en esa corriente de opinión: como viven de la opinión, no tienen el valor de oponerse a ella. Del modo que los ríos van a dar en el mar, todas las políticas murcianas van a dar en el señor La Cierva. El señor La Cierva, de quien queríamos haber esperado otra cosa, se pone al frente de los solicitantes y deja caer sobre el Gobierno la petición. El Gobierno, desea ante todo gobernar, y gobernar no quiere decir, por lo visto, hacer bien cosas que estén bien, sino evitar conflictos personales, en el caso presente, dar satisfacción al señor La Cierva.
En suma, desde hace unos días, España, a quien sobraban seis Universidades, goza de una más.
No hay en ninguna de estas palabras que escribo acusación ni censura para nadie: ni para Murcia, ni para el modesto periodista que tuvo tan deplorable inspiración, ni para las personas más responsables de lo que sienta y quiera el alma murciana, ni para el señor La Cierva. No hay en mis palabras ni siquiera enojo. No hay más que un lírico dolor, dolor de español, que se encuentra una vez más ante la falta de seriedad, de amor, de solicitud, de respeto con que tratamos a España.
¡Un trozo de nación, la provincia de Murcia, quiere renacer… y funda una Facultad de Derecho!
Manifiesta esa decisión una tendencia tan grave hacia el absurdo en la mente de esos compatriotas, que nos hace inclinar la frente, avergonzados, a los ortodoxos del optimismo.
Sólo una esperanza retrospectiva nos queda. Y es esta sospecha: si cuando tuvo el modesto periodista esa triste idea, el señor La Cierva y los diputados que le siguen, y éste, y aquél, y todos, se hubieran propuesto convencer a los murcianos de que llevar a Murcia una Universidad era como enviarles un cuerpo muerto, de que en su lugar debía crearse una institución más moderna y eficaz, donde lo peculiar de la existencia local recibiera un fomento técnico que luego reobrara sobre la economía de la provincia, ¿no se habría evitado esta enorme falta?
He aquí un caso de lo que yo llamo política de nación frente a política de Estado. La fuerza gastada en conquistar la Gaceta pudo emplearse en rectificar la opinión real de los murcianos. La idea de una institución verdaderamente moderna acaso hubiera sido simiente y empujón hacia la modernidad, hacia la nueva vida para toda la comarca. La vieja ciudad, que tiene, mirada desde el malecón, entre las huertas profundas, la silueta más dulce y elegante que pueda imaginarse, la vieja ciudad dulce y moribunda, acaso sintiera germinar en sus flancos arcaicos una voluntad joven, una ciudadanía aspirante y enérgica…
En cambio de esto, de otoño a verano, bajo el cielo luminoso que se apoya en los altos abanicos de las palmeras, mientras llega lenta la muerte, unos hombres solemnísimos, entrarán en un edificio con unos libros bajo el brazo y delante de los últimos murcianos comenzarán a explicar Código civil, Código penal, Código mercantil, Derecho internacional… Nulla est redemptio!
España, 2 de abril de 1915
That in this hour, so fitting for a most profound reform of our national life, the only thing that should have been created should be one more University, is equivalent to a fatal blow that we orthodox of optimism receive. If some grave slip in the State’s accounts had been discovered, we should have made the grimace of being indignant, but the root of our optimism would have remained intact. People who commit abuses, who leap over the legal hedges, will never be lacking. Every society, even that of the most normal existence, has to make an allowance for crime. The evil for a society is not that evils occur in it, but that goods do not occur.
And we expected that after so many years of painful criticism, of so many courses of distrust, the manner of thinking and feeling would have changed in all the Spanish provinces. But now we notice that there is at least one resolved not to change: that of Murcia.
This province wished to employ in some useful way certain monies that had been bequeathed to it. What to do? Do the most conscious persons among its inhabitants meet to meditate the enterprise? Do they consult those better Spaniards who in a long life of work and virtue have conquered for their names a firm guarantee of seriousness? Nothing of this; in Murcia they have not come to doubt themselves. They do not yet believe that doing things well is a difficult thing, that one cannot improvise criteria about anything. A local journalist hits upon saying that a University should be made. Without reflection, without attention, without comprehension, the project is welcomed and a theme of provincial honor is made of it. The local deputies find themselves wrapped in that current of opinion: since they live by opinion, they have not the courage to oppose it. In the way that rivers run into the sea, all the Murcian policies run into Señor La Cierva. Señor La Cierva, of whom we should have wished to expect another thing, puts himself at the head of the petitioners and lets fall upon the Government the petition. The Government, desires above all to govern, and governing does not mean, as is seen, doing well things that are well, but avoiding personal conflicts —in the present case, giving satisfaction to Señor La Cierva.
In sum, for some days Spain, which had six Universities to spare, enjoys one more.
There is in none of these words I write accusation or censure for anyone: neither for Murcia, nor for the modest journalist who had so deplorable an inspiration, nor for the persons most responsible for what the Murcian soul feels and wants, nor for Señor La Cierva. There is in my words not even anger. There is nothing but a lyrical grief, grief of a Spaniard, who finds himself once more before the lack of seriousness, of love, of solicitude, of respect with which we treat Spain.
A piece of the nation, the province of Murcia, wishes to be reborn… and founds a Faculty of Law!
That decision manifests so grave a tendency toward the absurd in the minds of those compatriots, that it makes us, the orthodox of optimism, bow our forehead, ashamed.
Only one retrospective hope remains to us. And it is this suspicion: if, when the modest journalist had that sad idea, Señor La Cierva and the deputies who follow him, and this one, and that one, and all, had proposed to convince the Murcians that bringing a University to Murcia was like sending them a dead body, that in its place a more modern and efficacious institution should be created, where the peculiarity of local existence should receive a technical fostering that should then react upon the economy of the province, would not this enormous fault have been avoided?
Here is a case of what I call politics of the nation as against politics of the State. The force spent in conquering the Gaceta could have been employed in rectifying the real opinion of the Murcians. The idea of a truly modern institution would perhaps have been seed and push toward modernity, toward the new life for the whole region. The old city, which has, seen from the jetty, among the deep orchards, the sweetest and most elegant silhouette that can be imagined —the old city, sweet and dying—, would perhaps feel germinating in its archaic flanks a young will, an aspiring and energetic citizenry…
In exchange for this, from autumn to summer, beneath the luminous sky that rests upon the tall fans of the palm trees, while death comes slowly, some most solemn men will enter a building with some books under their arm and before the last Murcians will begin to explain Civil Code, Penal Code, Commercial Code, International Law… Nulla est redemptio!
España, April 2, 1915
Che in quest’ora, tanto adeguata per una riforma profondissima della nostra vita nazionale, l’unica cosa che si sia creata sia un’Università di più, equivale a un colpo fatale che riceviamo gli ortodossi dell’ottimismo. Se si fosse scoperto qualche grave scivolone nella contabilità dello Stato, avremmo fatto la smorfia d’indignarci, ma la radice del nostro ottimismo sarebbe rimasta indenne. Gente che commetta abusi, che salti le siepi legali, non mancherà mai. Ogni società, anche quella di esistenza più normale, deve fare uno sconto al delitto. Il male per una società non è che in essa accadano mali, ma che non accadano beni.
E ci aspettavamo che dopo tanti anni di dolorosa critica, di tanti corsi di sfiducia, il modo di pensare e sentire fosse cambiato in tutte le province spagnole. Ma ora avvertiamo che ce n’è almeno una risoluta a non variare: quella di Murcia.
Voleva impiegare in qualche modo utile questa provincia alcuni denari che le erano stati legati. Che fare? Si riuniscono le persone più coscienti tra i suoi abitanti per meditare l’impresa? Consultano quei migliori spagnoli che in lunga vita di lavoro e virtù hanno conquistato per i loro nomi una ferma garanzia di serietà? Niente di tutto questo; a Murcia non sono giunti a dubitare di se stessi. Non credono ancora che fare bene le cose sia una cosa difficile, che non si possa improvvisare il criterio su nulla. A un giornalista locale viene in mente di dire che si dovrebbe fare un’Università. Senza riflessione, senza attenzione, senza comprensione, è accolto il progetto e se ne fa un tema di onore provinciale. I deputati locali si vedono avvolti in quella corrente d’opinione: siccome vivono dell’opinione, non hanno il coraggio di opporvisi. Del modo che i fiumi vanno a dare nel mare, tutte le politiche murciane vanno a dare nel signor La Cierva. Il signor La Cierva, da cui avremmo voluto aspettarci altra cosa, si mette alla fronte dei richiedenti e lascia cadere sul Governo la petizione. Il Governo, desidera sopra tutto governare, e governare non vuol dire, a quanto si vede, fare bene cose che stiano bene, ma evitare conflitti personali, nel caso presente, dare soddisfazione al signor La Cierva.
In somma, da alcuni giorni, la Spagna, a cui avanzavano sei Università, gode di una di più.
Non c’è in nessuna di queste parole che scrivo accusa né censura per nessuno: né per Murcia, né per il modesto giornalista che ebbe così deplorevole ispirazione, né per le persone più responsabili di ciò che senta e voglia l’anima murciana, né per il signor La Cierva. Non c’è nelle mie parole nemmeno l’ira. Non c’è che un lirico dolore, dolore di spagnolo, che si trova una volta di più davanti alla mancanza di serietà, di amore, di sollecitudine, di rispetto con cui trattiamo la Spagna.
Un pezzo di nazione, la provincia di Murcia, vuole rinascere… e fonda una Facoltà di Diritto!
Manifesta quella decisione una tendenza tanto grave verso l’assurdo nella mente di quei compatrioti, che ci fa inclinare la fronte, vergognosi, a noi ortodossi dell’ottimismo.
Solo una speranza retrospettiva ci resta. Ed è questo sospetto: se quando il modesto giornalista ebbe quella triste idea, il signor La Cierva e i deputati che lo seguono, e questo, e quello, e tutti, si fossero proposti di convincere i murciani che portare a Murcia un’Università era come inviare loro un corpo morto, che al suo posto doveva crearsi un’istituzione più moderna ed efficace, dove il peculiare dell’esistenza locale ricevesse un fomento tecnico che poi rioperasse sull’economia della provincia, non si sarebbe evitata questa enorme mancanza?
Ecco un caso di ciò che io chiamo politica di nazione di fronte a politica di Stato. La forza spesa nel conquistare la Gaceta poté impiegarsi nel rettificare l’opinione reale dei murciani. L’idea di un’istituzione veramente moderna forse sarebbe stata semenza e spinta verso la modernità, verso la nuova vita per tutta la contrada. La vecchia città, che ha, guardata dal molo, tra gli orti profondi, la sagoma più dolce ed elegante che possa immaginarsi —la vecchia città, dolce e moribonda—, forse sentirebbe germinare nei suoi fianchi arcaici una volontà giovane, una cittadinanza aspirante ed energica…
In cambio di questo, d’autunno a estate, sotto il cielo luminoso che si appoggia agli alti ventagli delle palme, mentre giunge lenta la morte, alcuni uomini solennissimi entreranno in un edificio con dei libri sotto il braccio e davanti agli ultimi murciani cominceranno a spiegare Codice civile, Codice penale, Codice mercantile, Diritto internazionale… Nulla est redemptio!
España, 2 aprile 1915