Abstract
A year after the 1917 crisis Ortega observes that Spaniards do not grasp the series of conflicts as a series, i.e. as symptoms of one deep cause. Since no great collective mass rises to consciousness of itself, every social body needs a minority of clear heads — and in Spain that minority seems not to exist.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Un año va a hacer que en no pocas capitales españolas funcionaban las ametralladoras. Pocos días antes se reunía en Barcelona un Parlamento faccioso, y unas semanas más atrás la oficialidad del Ejército se había declarado en rebeldía. Un año va a cumplirse, y nos preguntamos qué intentos serios se han hecho durante él para salir al encuentro del estado social que en aquellos acontecimientos se sintomatiza. Habrá quien nos responda señalándonos el actual Gobierno, tan brillante y tan raro de forma, que parece un aparato ortopédico.
Pero esta respuesta sólo merece una atención eutrapélica. El Gobierno actual, ni siquiera en pretensión, es un ensayo de organizar el futuro nacional. Significa, por el contrario, un ensayo de liquidar la política inveterada y servir de transición a un porvenir todavía anónimo. De este porvenir nos ocupamos, y en vista de él, insistimos en nuestra pregunta: ¿Qué intento, qué germen, barrunto o sospecha de intento aparece en el horizonte, hacia el cual podamos orientar las esperanzas?
Para un aficionado a meditar sobre los fenómenos sociales, nada más curioso que esta alternativa de espasmos y calmas beatíficas a que hemos asistido en los últimos catorce meses. Con astronómica periodicidad se levanta sobre el Estado español una tormenta pavorosa que amenaza con todas las destrucciones. El azar, un divino y reiterado azar, deshace en la atmósfera el peligro, y al día siguiente los españoles tornamos a las más tranquilas emociones cotidianas.
Este fácil olvido del ayer no puede atribuirse meramente a falta de memoria. Procede de una falta de inteligencia política habitual en nuestra raza. Se olvida el suceso de ayer porque no se le entendió bien. Esta serie de conflictos que hemos atravesado no se presenta ante la conciencia pública como una serie, esto es, como un conjunto orgánico de síntomas diversos en que se manifiesta una profunda e idéntica causa.
Bien está que el humilde labriego, sumido en su terruño, o el obrero, incrustado en su taller, o el pequeño comerciante, tras de su mostrador, carezcan de aquellas visiones sintéticas en que se definen los vastos hechos sociales. Ni en España, ni en ninguna otra nación, se eleva la gran masa colectiva a la conciencia de sí misma. Por esta razón es y será eternamente imprescindible para todo cuerpo social la existencia de una minoría de cabezas claras donde venga a condensarse la reflexión que falta a la mayoría. El caso doloroso de nuestro pueblo es que esa minoría consciente parece no existir.
¿Cómo explicar si no la tranquilidad con que asistimos a la historia de este último año? ¿Cómo explicar que aquí y allá no surjan grupos de hombres reflexivos, que con su inquietud y su afán revelen haberse percatado de la gravedad de estas horas españolas?
Lejos de esto, es probable que parezca a muchos morbosamente retórico calificar de gravísima la situación nacional. Razón de más para que, moviendo el pie por plazas y caminos, demos, como el personaje bíblico, grandes voces de alarma: ¡Voz de Gog, voz de Magog! ¡Ay de ti, Sión, que no vuelves sobre ti!
¿Pero qué acontece? —oímos decir. ¿No ha resuelto este Gobierno todos los conflictos? ¿Siguen hoy actuando políticamente las Juntas militares? ¿Continúan en huelga los empleados postales? ¿Existe amenaza de subversión en los empleados civiles?
En efecto, a esta hora y minuto, nada de eso acontece: si al hecho escueto del desmandamiento militar o de la huelga de Correos se llama conflicto nacional, y a la suspensión, interrupción o aun conclusión de esos hechos se llama resolver los problemas nacionales, claro es que estaríamos de acuerdo en diputar a este Gobierno como el gran taumaturgo.
Pero es el caso que esos acontecimientos no son, en verdad, el conflicto ni el problema efectivo. Afinar las ideas en este punto me parece obra de patriótica urgencia. Una sublevación de oficiales, una huelga de carteros o un motín de arzobispos, son emergencias deplorables, tal vez peligrosas, por ventura difíciles de manipular. Pero de ellas o de otras parejas va tejida la existencia ordinaria de los Estados. Serán, pues, todo lo grave que se quiera; pero dentro siempre de una órbita de normalidad social. Es una puerilidad suponer que la norma en la vida es la paz. Mientras creamos que la lucha entre los partidos, entre las clases u otras agrupaciones no es el modo normal de convivencia colectiva, no acertaremos a distinguir lo verdaderamente anómalo cuando se presente. Y ahora se ha presentado. Permítaseme expresar una vez más la opinión de que el problema nacional planteado en 1917, y luego variamente renovado, no consiste en que estas o las otras gentes se hayan revuelto contra la autoridad del Poder público, sino en que, con tal motivo, hemos descubierto los españoles que el Estado carece de autoridad positiva para hacer frente a las fuerzas de disgregación.
Se me opondrá que este Gobierno ha mostrado poseer autoridad suficiente para con su sola presencia ahuyentar las subversiones.
Sin duda, lo ha logrado con las pasadas; pero ¿tendrá igual fortuna con las venideras? Es de temer que no. Más que otra cosa, la composición de este Gobierno demuestra que ninguno de los órganos públicos vigentes bastaba por sí mismo para hacer efectivo el poder del Estado, y ha sido menester reunir los restos y los posos de autoridad, no institucional, sino personal, que quedaban en España.
¿Para qué? Simplemente para contener unas horas la corriente de pública atomización. ¿No es absurdo que la normalidad de un pueblo dependa de la presencia en el Gobierno de individuos personalmente insustituibles? Un azar, una enfermedad, una mala inteligencia recíproca puede, dentro de veinticuatro horas, destruir su concurso. ¿Qué pasaría entonces? Entonces, creo yo, verían los ciegos cómo, hablando en serio, este Gobierno no había resuelto conflicto alguno. Curar una enfermedad no es reprimir los síntomas de ella, sino aniquilar las causas de esos síntomas. Del mismo modo, a la hora que corre, la enfermedad nacional no consiste en que las gentes se encrespen contra el Estado, sino en que los organismos del Estado carecen de todo prestigio, única fuente, a la postre, de autoridad normal.
Como es uso en la Trapa recordarse diariamente, unos a otros, los monjes, la amarga certidumbre de la muerte, así, cada día que dura este Gobierno nos recuerda que el Estado español vive en extrema y no corregida anormalidad. Hacia 1835, el erario español no ofrecía garantía bastante a los banqueros del mundo para obtener un empréstito, y Mendizábal, que tenía banca abierta en Londres, tuvo que arriesgar su crédito personal para conseguirlo. Así ahora vive el Poder público español del crédito de prestigio que hemos abierto los ciudadanos a unas cuantas personas.
Y por si algo faltara, este crédito personal es sobremanera escaso.
El Sol, 12 de agosto de 1918
II
Quedábamos en que a la hora de ahora España no está gobernada por instituciones, sino por unas cuantas personas a quienes, en fuerza de las circunstancias, hemos concedido los ciudadanos una ampliación de crédito individual. A esto hemos llegado. ¿Quién tiene la culpa? Desde luego, no la tengo yo, no la tiene el grupo de escritores que desde hace diez años viene anunciando el derrumbamiento inevitable de la España oficial; esto es, de aquellos organismos encargados de las funciones específicamente colectivas. Nuestros esfuerzos han sido inútiles. Nadie nos ha hecho caso. Yo me pregunto si en nuestro país se ha hecho caso alguna vez de quien no tiene en su abono otra cosa que haber pensado largo tiempo sobre aquello de que habla. Pero sea de ello lo que quiera, no interesa ahora la investigación de quién tiene la culpa. Con que se reconociera el hecho anónimo del pecado, podíamos contentarnos.
Cuando en junio de 1917 se desmandaron los militares, buscaron con los ojos los españoles un organismo público capaz de hacer frente a la actitud del Ejército. Y hallaron que ni el Parlamento ni el Gobierno tenían vigor suficiente para dominar la subversión. Por tratarse de una clase armada, cabía suponer que cuando el Ejército se insubordina ninguna otra institución puede imponerse. Pero acaeció que poco después los carteros, los inermes e incruentos hombres postales, se rebelaron a su vez, y ni el Parlamento, ni el Gobierno, ni el Ejército mismo pudieron reducirlos. Esto que llamamos sociedad es, por lo visto, cosa más sutil y compleja que el simple juego de fuerzas brutas. En la vida contemporánea, la fuerza material apenas si tiene eficiencia alguna sobre las luchas interiores de una sociedad. La contienda se produce entre poderes espirituales y se resuelve, según una mecánica psicológica, donde las energías combatientes son los prestigios. El poder de mayor prestigio absorbe invisiblemente al otro, y vuelve con perfecto automatismo el equilibrio social.
No importa mucho que una institución se corrompa siempre que queden otras sanas y ungidas de autoridad. Apoyándonos en cualquiera de éstas, podremos disciplinar, corregir y curar la institución decadente. Pero la verdadera cuestión española es que no existe organismo nacional ninguno que ejerza sobre los españoles ese supremo influjo espiritual, mezcla de respeto y esperanza, con el que pueda renovarse y reconstruirse el resto de la contextura pública. Esto es, en mi entender, lo que debería repetirse a la mañana todo español consciente. No es, pues, cuestión de derechas, ni de izquierdas, ni de zurdas: es una cuestión previa que se plantea de idéntico modo para todo corazón patriota y reflexivo.
Repasemos una vez más la lamentable cadena: no pueden tener autoridad los Gobiernos porque el Parlamento de que nacen y donde se apoyan no la tiene. Y no la tiene porque los organismos locales o centrales, administrativos y de justicia, que intervienen en los comicios, han perdido, con sus prevaricaciones o con su inepcia, el respeto de las gentes. Lo propio acontece con los órganos de la opinión que en toda sociedad normal sirven para suplir las deficiencias de los órganos de poder. Ha dejado torpemente la Prensa que se evapore su potencia sugestiva, y hoy no logra conmover a las muchedumbres ni hacerse oír en la hora de peligro.
Y en tanto, la vida de los españoles crece en complejidad y se hace más intensa. Se trabaja más, se gana más, se goza más. La provincia se va incorporando frente a Madrid. El capital se condensa en núcleos industriales cada vez más numerosos. Los obreros extienden su red de organizaciones defensivas. El mundo, en torno, frenético de vitalidad, ahora guerrera, mañana creadora, aprieta nuestra existencia y nos invita con nuevos problemas a nuevas decisiones.
Parece, pues, llegado el instante para que la nación española dé en todos sentidos el máximum de su rendimiento histórico. ¿Cómo ha de darlo si su estructura nacional no funciona, si es una máquina anquilosada y burlesca que, lejos de multiplicar y reunir los esfuerzos individuales, los entorpece, derrama y aniquila? Los españoles han mejorado fabulosamente en los últimos veinte años; pero España, España es más fantasma que nunca.
No se concibe, en verdad, qué placer sentimos en conservar intactos unos organismos públicos que los ciudadanos unánimemente desprecian. Y sin embargo, apenas se habla concretamente de alguna innovación profunda —la descentralización, por ejemplo—, todos son espantos, como si el régimen hasta ahora vigente nos hubiera abrumado de glorias y satisfacciones.
Vano será cuanto se emprenda, mientras no triunfe, del Bidasoa al Guadalete, una gigantesca voluntad de ensayo y novedad. La España viva tiene, en lo económico y en lo espiritual, unas dimensiones mucho mayores que la vieja España oficial de la Restauración y la Regencia. ¿Por qué no labramos otra a la medida?
Si alguna vez se ha postulado un cambio de régimen público por necesidad, que no por capricho, es ahora. No se trata de volcar sobre el cuerpo español modas legislativas que en nada le son afines. Todo lo contrario: se trata de evitar el absurdo con que pretendemos conservar bajo los músculos de un hombre el esqueleto de un niño.
Nuestro Parlamento, nuestros ministros, nuestros funcionarios, nuestra Prensa, nuestra Universidad, perpetúan su gesto aldeano, ruin e inelegante, mientras el industrial, el obrero, el agricultor, el artista han viajado, han sustituido antiguas por nuevas ideas, aspiran a una vida más ágil y más amplia. De esta nueva España real, que está ahí, fuera de la arqueología oficial y oficiosa, hay que extraer el nuevo esquema de organización.
La pura belleza arquitectónica repudia caprichosos ornamentos. Un edificio es bello cuando sus fachadas expresan, con sus formas, el sistema de fuerzas que mantiene en pie la construcción. Hallar la manera de exteriorizar la realidad interior es el secreto de toda arquitectura. Debemos añadir que lo es asimismo de toda política.
De treinta años a esta parte, la sociedad española se ha transformado profundamente. Intentemos dotarla de una nueva estructura pública. La mecánica de nuestro pueblo es hoy muy otra que en tiempos de la Regencia: han aparecido nuevas fuerzas, se han desvanecido no pocas, antaño dominantes; la proporción de las energías ha variado. Traigamos todo esto a expresión política y entonces veremos cómo España funciona.
El Sol, 26 de agosto de 1918