Abstract

An article (El Sol, 1920) against the military Juntas de defensa: the army is dissolving itself, and civil power, represented by politicians with no real mandate, deserves those outrages. The only medicine proposed is to hand the military the responsibility of governing: a coup d’état that would also be a stroke of pedagogy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Podría decirse que estamos como en junio de 1917 si no fuese obligado decir que estamos mucho peor. En la información política hallará el lector algunas noticias sobre las hazañas que estos días están ejecutando las Juntas de defensa. Una última evidencia de lo que realmente acontece no es fácil tener, porque, para deshonor de España, la vida pública nacional lleva una existencia clandestina. Lo público por excelencia es estos días por excelencia secreto, y todas las instituciones del Estado han venido a contraerse hasta caber íntegras en un cuarto de banderas.

No espere, sin embargo, el lector que demos grandes voces. Sería desentonar. Nuestra privada, personal emoción ante cuanto acaece es de asco ilimitado. Pero habría motivos para creer que nuestro pueblo no siente nada parecido. Diríase que, en el fondo, la tragicomedia le encanta. Ahora bien; un periódico puede y debe trabajar en la modificación de los sentimientos colectivos: lo que no puede y no debe es suplantarlos. Si resulta que el número de españoles dotados de dignidad política y no dispuestos a dejarse gobernar por el primer aficionado transeúnte que viene en gana de alzarse, contra toda la ley, con el Poder efectivo es escasísimo, ¿qué vamos a decir nosotros? Serían nuestras palabras ineptas retumbancias.

Si las clases conservadoras, si los beati possidentes tienen la mollera tan petrefacta que no advierten ahora el resultado de absoluto desmán que mañana producirán inexorablemente los sucesos que hoy les hacen sonreír, ¿cómo podremos nosotros crearles unas pupilas que, por lo visto, no tienen, y unos sesos que no les cabrían en las cabezas, ocupadas por más sólidas materias? Y, sin embargo, es claro que el Ejército se está hora por hora disolviendo a sí mismo, y que el día en que los oficiales se adueñan airadamente del Poder, es sólo víspera de otro en que el Poder único pasa a los sargentos, y antevíspera de otro definitivo en que el Poder, pulverizado, va en la cartuchera autónoma de cada soldado. Veremos cómo en esa fatídica jornada piensan el patrono catalán que hoy, inconsciente, aplaude, y el señorito bilbaíno que, sentado sobre sus navieras o sus metalúrgicas, beatamente, estúpidamente sonríe.

Pero no es esto, con ser harto, lo que amarga en tono superlativo nuestra conciencia patriótica. Es, más bien, hallar que el Poder civil, representado por los políticos vigentes, merece todos esos atropellos. Esos políticos, al obstinarse en ostentar una representación de que moralmente carecen, han aniquilado de hecho la idea misma del Poder civil. Acaso en esto radica el fenómeno que, inexplicado, induciría a tan grave pesimismo, de un pueblo insensible a su honor político, de un pueblo encanallado en hábitos de servidumbre, que se deja poner el collar y el bozal por el primero que a su vera pasa. Al verse condenado a elegir entre los militares subversivos y los políticos intrigantes, opta por la solución del avestruz: oculta la cabeza bajo el ala y resuelve dormitar. Esta solución, ciertamente, no es deshonrosa, pero, ciertamente, es de avestruz.

Conste, pues, que sentir vergüenza e irritación por lo que a estas horas acontece en España no es cuestión de derechismo o izquierdismo, es cuestión de demencia o sentido común. Que los militares se resolviesen a hacer una revolución tendría sentido. Si la realizasen con acierto y mesura, merecerían hasta el aplauso. Pero, hacer lo que hacen, es mortal para España y para ellos. Diríase que son mentes ingenuas, las cuales, lanzadas de pronto y sin preparación a pensar en las cosas políticas, tan complejas, tan difíciles, caen en todos los errores elementales, en todos los tópicos primarios que suelen sorprender al aprendiz.

Como no creemos que pueda nadie convencer a los señores de las Juntas de defensa de que no entienden nada de los asuntos políticos, tan ajenos a su competencia profesional, no hallamos otra medicina para ellos y para la vida nacional que entregarles la responsabilidad del Gobierno. Ello sería un golpe de Estado, no hay duda. Pero sería, a la vez, un excelente golpe de Pedagogía. En cuarenta y ocho horas aprenderían lo que Sócrates consideraba suma sabiduría, máxima ciencia: el saber que no se sabe.

Publicado sin firma, El Sol, 17 de febrero de 1920