Abstract
A historical essay (1912) on the centenary of the Cortes of Cadiz: the lukewarm commemoration is explained by the fashion of mocking the “doceañistas” for trying to govern madmen by ratiocinating reason, and by the fact that nobody has historically reconstructed their physiognomy. The war of independence was the work of the lowest people; the consequences of that remain to be drawn.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, septiembre de 1912
Este centenario de las Cortes de Cádiz que vamos lentamente celebrando, no despierta grandes entusiasmos. Tal es la pura verdad. ¿Y por qué esta tibieza? Se trata de uno de los pasos más simpáticos de la moderna historia española: no creo que dude de ello ninguna persona razonable. Y como los pueblos son tan fáciles a un excesivo entusiasmo retrospectivo y han apuntado tantos hechos repugnantes en la lista de las glorias pretéritas, es verdaderamente extraño que ante esta simpática asamblea que urde la primera Constitución liberal, donde abundan los corazones transparentes y efusivos, los cerebros que se encienden al fuego de la terminología moderna, los casos de alta seriedad, de sacrificio, de pereza, rehúse su calor, y el fasto trascurra sin sonoridad ni emoción.
Es extraño, pero es explicable. Voy a decir un poco más: justificable. En primer lugar, aún no ha muerto por completo la moda de reírse de los «doceañistas». Durante cincuenta años los españoles se han burlado de lo que solía llamarse «candidez» de las Cortes gaditanas. Hasta el punto, que hasta uno de los hombres a quienes más debe el progreso liberal en España, don Benito Pérez Galdós, compuso hace muchos años su «Episodio Nacional» titulado Cádiz en este compás de sorna. ¿Cándidos? Sí, sí: el pueblo español ha sido durante el pasado siglo un pueblo de apasionados, y aquellos hombres, mejor dicho, algunos de aquellos diputados, los que daban el tono, se habían dejado infiltrar los ánimos del licor que emborrachaba al resto de Europa, el llamado racionalismo. Querían gobernar a energúmenos con la razón raciocinante. ¿Cabe mayor candidez? En segundo lugar, al renacer una vaga simpatía hacia aquel Congreso, como ahora acontece, nos encontramos con que nadie se ha tomado la faena de reconstruir por la historia en algunas fórmulas esenciales su fisonomía y las de sus principales hombres. De suerte, que sentimos un poco de desconfianza como en general empieza a sentirse en nuestro país hacia la historia propia, tal y como nos la han solido referir. Esto revelaría una educación de nuestra conciencia crítica que nos incita al optimismo más que todas las pompas de centenarios juntas. Todo renacimiento es originariamente una corrección de la propia historia, una nueva noción del pasado nacional, que señala una nueva misión para el futuro.
Claro es que se han publicado con motivo de este centenario libros y folletos sobre muchedumbre de aspectos de aquellas Cortes, pero, en ellos abunda más la buena intención que la finura necesaria a historiadores. Hay que decir como Enrique Heine, de los que componían una orquesta: «Estas buenas gentes y malos músicos»…
Conocidos son los datos salientes, y, a fuer de tales, externos de la vida que llevaron las Cortes de Cádiz.
El gobierno, quiero decir, esa cosa rara que sirve para atar las demás, no ha solido ser muy fuerte entre nosotros. Al comenzar el siglo XIX, era ridículamente débil e increíblemente ingrávido. Era uno de esos milanos sobre que soplan los chicos y empiezan a volar y desaparecen en un dos por tres. Bastaba un soplo para que el inepto gobierno de Carlos IV se borrara de la realidad. Y como Nápoles era un vendaval, fue caso de cuento su desaparición. Las provincias, menos aún, los pueblos volvieron súbitamente a vivir de sí mismos, sin conexión ni jerarquía. España comenzó a hacer lo mismo que puede hacer una nación cuando no lo es, cuando suprimida su estructura de organismo histórico, se convierte en un montón de materiales palpitantes que aspira a ascender nuevamente al plano de la vida histórica: la lucha por la independencia. De ello se encargó el pueblo. Entiéndase bien: el pueblo pueblo, el pueblo ínfimo, no el pueblo español sino una parte de él, la base inconsciente y espontánea. Las juntas provinciales se improvisaron como corazones innumerables de vida forzosamente discontinua. Nuestra guerra de la independencia, como se ha dicho millones de veces, fue obra del pueblo ínfimo. Lo que no se ha hecho es sacar las consecuencias a que esto obliga para reconstruir la totalidad de aquella época. Y una de ellas es que lo único grande que hubo entonces, lo único que exige el culto y la alta piedad de nosotros, descendientes, es aquella lucha concreta por los palmos de terreno, por las bordas de la aldea, por el desfiladero, por el presbiterio de la iglesia.
Y el deber que tenemos para con estos actos anónimos o sus representantes epónimos, tiene que llevarnos a no admitir en nuestro entusiasmo, salvas excepciones, más que a ellos y a sus plebeyos autores. Nada y nadie más es acreedor al arrebol de grandeza que nimba aquel movimiento. De lo contrario, no se podrá ver nunca clara la significación de lo demás acontecido en España aquellos años, incluso las Cortes de Cádiz. Todo lo que no fue aquello, fue mejor o peor, mayor o menor, pero siempre, puede decirse, que sin excepción, mediocre.
Las juntas provinciales enviaron a Aranjuez en 1808 sendas parejas de entre sus miembros, con las cuales se reunió en 23 de septiembre una junta central suprema, presidida por el conde de Floridablanca. Jovellanos, que formaba parte de ella, hombre de infinita discreción, de alma limpia, donde las cosas se reflejaban con toda su pureza, pide el primero que se reúnan las Cortes. Era esta demanda el clamor de aquel pueblo espontáneo que combatía reducido a una vida pululante y cumplía así sus dos misiones esenciales y únicas: sustentar la independencia corporal de la raza y aspirar a ser nación. Él, por sí mismo, no es nación y es incapaz de vivir vida histórica.
Pero la junta central no era pueblo: contaba a lo sumo con unos cuantos hombres de temple noble como Jovellanos, Calvo de Roza, Quintana, cuya mayor virtud era reconocer que la única fuerte y de esperanzas, era, por el momento, la difusa energía popular. La junta, que no era pueblo, era impura, sin lealtad, sin genio político. Y la convocación de Cortes fue demorada con pretextos. Por fin, en 28 de octubre se decreta para el 10 de enero de 1810.
La nobleza, el clero, gran número de españoles que no eran pueblo —el general, el magistrado, el abogado, el burócrata— hicieron cuanto a mano les vino para producir una insurrección contra el decreto de la junta. La España consciente era, en su mayoría, absolutista, fanática, ignorante, codiciosa. Ayudaba al pueblo en su obra de repulsa contra el «eversor de ciudades». Bonaparte aquilino. Buscaba también la independencia, pero ya no aquélla que el pueblo iba operando, la corporal, sino una independencia de las ideas francesas, de lo que entonces se llamaba «filosofía», «ilustración», «luces». ¿Extraña ahora al lector la taxativa reserva hecha antes por mí? El heroísmo popular fue puro, y una inmensa acción positiva para el porvenir nacional. El movimiento reflexivo, en cambio, aun cuando llegara más de una vez al gesto heroico, carece de la transparencia adscrita a todo lo verdaderamente grande, fue confuso, torcido, malvado. Y los españoles de hoy y de mañana tienen que contarlo entre las acciones negativas. El pueblo era bárbaro como todo pueblo; su misión fue una sagrada virtud de barbarie y la cumplió espléndidamente. Mas en las clases superiores, la barbarie fue incompatible con su definición de superiores, y por eso es en ellas la barbarie un dicterio. Eternamente será virtud abajo, lo que es arriba vicio y al contrario.
En enero de 1810, la junta central tras de mil desdichas, confusiones, inhabilidades y menguas, se ve forzada a poner la gobernación en manos de una Regencia, aquella Regencia famosa, presidida por el obispo de Orense, hombre absurdo y desleal que debía su popularidad a haber escrito una disculpa para no presentarse a Fernando en Bayona, misiva en que parecían reverberar algunos hombres liberales. Ya veremos que era hombre tan exento de liberalismo, de sentido común. Mas, aquel error del público sobre el carácter del obispo es, en mi opinión, típico; nada más difícil, aun hoy, que distinguir entre las gentes de aquella época quiénes son liberales, quiénes patriotas, quiénes creyentes, y quiénes pancistas. Todavía no ha podido fijarse la filiación política de los diputados de las Cortes, fuera de catorce o quince. Y sin esto, claro está, que sólo podemos hablar à peu près de aquel parlamento. Yo he leído buena parte de los ocho tomos que forman el Diario de Sesiones y he ensayado la persecución del espíritu de algunos oradores que aparecen en segunda fila, al través de los temas que se iban tratando. ¡Labor penosa! Para hecha de prisa, como yo la he hecho, imposible: la mayor parte de aquellos hombres vivía en un inextricable zigzag espiritual: hay quien proclama de la manera más rotunda los principios de la libertad de imprenta y luego pide que queme el verdugo un papel en que se censura la labor de las Cortes o exige que en la cabeza de la Constitución se haga referencia a la Santísima Virgen.
La misma idea de independencia no es tan patente como pudiera a primera vista antojarse. Ha de pensarse que los más reflexivos no podían decidirse con la misma impetuosidad que el pueblo, en contra del rey José y a favor de Fernando VII, traidor a la nación.
Como se había aceptado a Felipe V impuesto por Luis XIV, pudo aceptarse a José, impuesto por Napoleón. Un monarca de raza extraña no era una novedad y un cambio de dinastía no traía forzosamente consigo la pérdida de la independencia. Sólo los liberales extremos eran consecuentes y sin equívocos: ellos buscaban la liberación no sólo de Bonaparte, sino de Fernando: la independencia física y la moral mediante una frontera y una constitución.
Los cinco individuos que componían la Regencia —el obispo de Orense, el anciano Saavedra, el general Castaños, el marino Escaño y el mexicano Lardizábal— eran hombres para quienes el mundo interior no existía y el primero y el último odiaban mucho más la filosofía que a Napoleón.
Por fin, el 24 de septiembre, las Cortes se reúnen en un rincón de la península libre hasta entonces del invasor, en la isla de León junto a Cádiz. En el puerto, dos escuadras, la inglesa y la española, prestaban alguna tranquilidad a la Asamblea. Ésta había sido elegida de manera un poco confusa, a cada junta provincial correspondía un diputado, otro a cada ciudad con voto en las antiguas Cortes y otro a cada suma de 50.000 habitantes. Las provincias invadidas y las colonias americanas fueron representadas por suplentes en tanto no podían mandar propietarios.
Ya tenemos aquí un haz de hombres dispuestos a sacar una nación no diré que de la nada, pero sí de algo mucho peor: del barullo. Son gentes jurídicas como el sacerdote Muñoz Torrero, son ideólogos como Argüelles, son historiadores y canonistas como el cura Joaquín Lorenzo Villanueva, son literatos como Capmany, son imbéciles como García Quintana y extravagantes como el cura de Algeciras. ¿Qué llevan, qué llevan en las heces espirituales estos hombres decididos a fabricar una Constitución, es decir, una columna vertebral al plasma difuso de España?
Hacía más de doscientos años que no se reunían Cortes. Aquellos diputados no estaban, por tanto, acostumbrados a hablar ni a ejercer ese pathos del orgullo democrático que hoy constituye el fondo de la oratoria parlamentaria. Sin embargo, hay diez o doce de entre ellos que se ponen desde luego a un tono digno, que hablan por lo común sobriamente, sin retórica ni desplantes. El estilo, a la verdad, se resiente de la educación eclesiástica. Los Santos Padres y los concilios ofrécense como canteras no agotadas al furor de citas que acomete a la mayor parte de los oradores. El ritmo arquitectónico de Cicerón se advierte como un andamiaje en casi todos los discursos. Hay, en todos, un poco de fruición al comenzar a hablar, son casi todos un poco como infantes a quien se ha rehusado mucho tiempo el manejo de un juguete. Cuando se discute sobre el proyectado casamiento de Fernando VII con una princesa imperial, el buen cura de Algeciras, hombre virtuoso, pero excesivo, toma la palabra: «En los primeros tiempos, cuando las flores inundaban las campiñas, en las llanuras de Sennaar, erigió su cabeza Nembrot, entonces agradable a Dios mientras tanto que conservó el nombre de director de montería magnus venator coram Domino…» El cubano Mejía, de quien se dice —yo lo dudo— que dirigía a la facción americana, había hecho un discurso el día anterior sobre el mismo tema: en él se encuentran frases como éstas: «Si rodeado de sus armados satélites el soberbio de Bonaparte sacase bajo mis pies su amenazadora cabeza, con la misma serenidad, así, señores, y acaso con más valentía: ¡Coronado Maquiavelo! —le dijera— tiembla sobre tu enorme pero vacilante trono!» «No es llegado, señor, el doloroso momento de separarnos de Troya con lágrimas de piedad en el rostro, pero con el seguro consuelo en el pecho de volver bien pronto de nuestra mejorada Italia a besar las rescatadas tumbas de nuestros padres, y llevar la espada y el fuego de la venganza a las soberbias Cortes de estos desapiadados Aquiles y Agamenones, París y Petersburgo». Con estos feroces tarugos de elocuencia solía obtener Mejía enormes triunfos en el público embanastado en las tribunas, apasionado y divertido con el nuevo espectáculo, sacudido de emociones democráticas, a veces turbulento y levantisco.
Una de las primeras ocupaciones del Congreso fue hacerse llamar majestad. En cuestiones de etiqueta los diputados fueron tan quisquillosos como la vieja Corte. La sesión del 28 de diciembre se dedica, en buena parte a disentir sobre si las oficinas habían o no de dar a los diputados el tratamiento de «señor». En 27 del mismo mes se declara impropio del decoro parlamentario que los diputados den recados de palabra al Consejo de la Regencia. El 28 de diciembre se presenta un escribano para dar cuenta a las Cortes de un asunto de Indias y a propósito de si ha de hacerlo arrodillado o en pie pronuncia don Juan Nicasio Gallego esta frase magníficamente digna de las horrísonas odas perpetradas por aquel egregio cura poeta: «El español no debe doblar la rodilla sino a Dios y en actos de religión».
Muchos de estos hombres eran, sin duda, de honradísimas entrañas y a menudo una titilación de neurosis heroica conmueve a los presentes: encendidos los corazones se les ve prestos a todo sacrificio. Cuando en una sesión es referido el cruel incendio de Molina, que dejaba muchas familias sin hogar ni haberes, Capmany no puede contenerse y levantándose de su asiento pone en manos del presidente cien reales —«que era lo único que traía en el bolsillo»— añade ingenuamente el Diario oficial, redactado por el propio Capmany. En una de las primeras sesiones deciden los diputados dar un «público testimonio de desinterés» para lo cual renuncian solemnemente «solicitar ni admitir para sí, ni solicitar para otra persona alguna, empleo, pensión, gracia, merced ni condecoración de la Potestad ejecutiva, ni de otro gobierno que en adelante se constituya, bajo cualquiera denominación que sea». Habrá de convenirse que bastaría este «cándido» rasgo para colocar fuera de línea a estas Cortes.
Mas con todo esto y repitiendo la salvedad de que aún no conocemos de una manera suficiente la fisiología de esta asamblea, no puedo reprimir la sospecha de que apenas si había en ella algunas personas de temperamento verdaderamente político. Como este Capmany era un buen profesor de retórica, rápido al entusiasmo pero exento de amplias miras históricas y de toda astucia política, así don Joaquín Lorenzo Villanueva era un honesto eclesiástico, profundo conocedor de los archivos nacionales, muy erudito más bien que muy sabio: habían traspasado su ánima buena algunas luces de libertad, no desconocía ciertas corrientes filosóficas y jurídicas de Francia, pero, sin embargo ¿cómo podemos decir de él que era un hombre moderno y mucho menos un moderno hombre de estado?
El caso Villanueva es ejemplar y no creo que sea indiferente, al menos no me lo es a mí, valorar su persona con alguna precisión. El hecho de que éste y otros «doceañistas» hablaran de «la voluntad general», «del pacto social», «la separación de poderes», «la soberbia nacional» y otros motivos ideológicos oriundos de Montesquieu y Rousseau, no es bastante para calificarlos de modernos. Se olvida que las ideas sólo tienen valor en conexión, en continuidad y más que por sí mismas, nos interesan tratándose de historia como ejemplos y datos de la unidad espiritual que las produjo o en que viven. Nos importa, pues, más la textura general de una mente que ésta o la otra opinión particular. Así, en Villanueva hay una espiritualidad de cimientos arcaicos, de escasísima agilidad, trabada por los viejos hábitos del pensar conventual, especie de selva erudita por donde cruzan a lo mejor de pasada como avecillas que perdieron su rumbo, ciertos tópicos del pensar europeo. Era este torrente demasiado poderoso para no dejar dondequiera frases de aluvión. Ahora bien, la estructura de la conciencia es todo lo contrario que el acarreo de los aluviones y el historiador ha de apartar con cuidado todo lo que no es orgánico en una personalidad para valorar ésta definitivamente. Dígaseme si es compatible con el gusto moderno aquel discurso de Villanueva sobre «el carácter fraudulento y doloso de los franceses, acreditado por la experiencia de todos los siglos» donde se lee: «Otro tanto aseguran de ellos Tito Livio, Polibio, Julio César y casi todos los historiadores antiguos, y lo que es más, nuestro San Julián, arzobispo de Toledo, en su Declamatio vilis provintiae galliae, escrita con motivo de haber ayudado los franceses al tirano Paulo en su rebelión contra Wamba. Yo veo que la iglesia de Milán, con motivo de la invasión de los franceses en aquella ciudad en el siglo XIV, cuando la libró Dios de esta peste, instituyó una fiesta anual de hacimiento de gracias con misa propia, impresa en el misal ambrosiano, en cuyo prefacio los trataba de ladrones gallos latrunculos».
«Imitando este ejemplo propongo a V. M., que a fin de implorar el auxilio de Dios para que preserve a España del dolo de esta nación, se pide al próximo concilio nacional que en las letanías mayores después de las palabras ab insidiis diaboli liberanos Domine, añada la siguiente súplica: a gallorum fraudibus liberanos Domine». Notemos que todo esto es sugerido a propósito del presunto enlace de Fernando. Entre este tema y esos párrafos no existe una conexión mental de matiz moderno; antes bien, semejante monstruosidad psicológica acusa un espíritu de barroco mecanismo inhábil para manejar con holgura los cuerpos fugitivos de las nuevas ideas. Era todavía España, como indicó valientemente a las Cortes el conde de Toreno, una nación frailesca. No creo desconocer los méritos relativos de Villanueva, pero sí como dijo otro día el diputado González: «Señor, es necesaria una baraja nueva», lealmente dudo de que pudieran hallarse en aquel Congreso ni cuarenta, ni veinte, ni diez naipes hábiles.
Sin salir del concurso encontramos algunas fisonomías que contrastan y confirman nuestro juicio. Un hombre sobre todos se levanta como para exemplificar la modalidad del español moderno, el asturiano Agustín Argüelles. Es el centro de las Cortes de Cádiz, el corazón, el cerebro y la mano que pilotea. Ha vivido en Inglaterra, ha observado sus costumbres civiles, ha asistido durante tres años a las discusiones de los Comunes. No han caído sobre él mecánicamente las ideas modernas: no es siervo de los principios. Todo él es moderno. Se mueve ágilmente en toda cuestión, sabe apartarse a punto de los rigores paradigmáticos de la teoría para hacer, al cabo, triunfar su esencia. Y esto es la política. Había elegancia sencilla y fluyente; conoce perfectamente la técnica administrativa y la jurídica; parece habituado al pleno ejercicio de los privilegios democráticos y tal vez con el conde de Toreno es el único que sabe distinguir entre el deber de la independencia y la hostilidad a los principios de cultura que Francia representaba. Difícil será que se tropiece en sus discursos con pensamiento, fórmula o giro que desentone a nuestra oreja educada en la extrema modernidad. Y sus discursos son innumerables: casi parece el ministro responsable en aquella asamblea. Lleva en peso la discusión de la ley sobre libertad de imprenta, del asunto Lardizabal, de la Constitución, de los arreglos provinciales, de las arduas cuestiones que suscita el misérrimo estado del ejército y el insoluble de la hacienda; en suma, la labor íntegra y sana que dejaron las Cortes y que opta a la veneración perfecta por parte de los españoles. Muñoz Torrero, también eclesiástico como Villanueva, le secunda lealmente con sus positivos conocimientos de jurista y el conde de Toreno, un mozo, le sirve de vanguardia radical cuando hay que tomar fogosamente las trincheras fanáticas.
Fue una durísima batalla de tres años. La tosquedad de muchos cerebros obligaba a la lentitud. Pero más que su tosquedad estorbaba el enemigo. El enemigo no era el francés. Era el español elegido, el que ocupaba los altos cargos en la administración y en el gobierno, en la milicia y en la iglesia. Continuamente se ven burlados los derechos de las Cortes por los mismos regentes, por el consejo de Castilla, por los obispos. En una de las primeras sesiones el marqués del Palacio, nombrado regente por el mismo Congreso, se resiste a jurar ante esta fórmula establecida. Las Cortes le procesan. ¿Qué acontece? Poco después el consejo le nombra nada menos que capitán general.
El gobierno o consejo de regencia fue siempre enemigo irreconciliable de las Cortes, lo mismo el presidio por el obispo de Orense, que el segundo nombrado por los mismos diputados. Una debilidad muy característica, originaria acaso de la falta de altivez democrática antes señalada por mí, movió a éstas a elegir, para los casos supremos del Poder Ejecutivo, grandes figurones de la España convencional, hombres de esos que nadie sabe por qué se han elevado en la jerarquía oficial, vanos e ignaros, mal intencionados, angostos de ánimo y omnímodamente inútiles. A este linaje de ciudadanos debe mi país todas sus desventuras viejas y presentes. Yo no sé qué fatal predilección hemos solido sentir por tales genios de la inutilidad.
Argüelles, acaso un poco tarde, levanta el velo de aquellas acciones solapadas con que se iba minando la autoridad del Congreso. «Yo no olvidaré jamás —dice el 16 de octubre de 1811— que las Cortes se instalaron sin que sus diputados se conociesen los unos a los otros, y menos sin haber tenido conferencias preparatorias. Esto se evitó con todo cuidado. Se las abandonó el 21 de septiembre a sí mismas, dejándolas con un tintero y unos cuantos cuadernillos de papel para que se comprometiesen con el público en las primeras sesiones, por falta de plan y concierto». «No quiero hablar ahora —prosigue— del modo con que se ha tratado indisponer al Congreso, principalmente con la Junta de Cádiz, con el ejército y con la marina. Tal ha sido el alistamiento de esta plaza, tales los empréstitos pedidos a su comercio, y, en fin, un cúmulo de negocios, que la manera que se condujeron prueba que sólo se buscaba la guerra civil. No quiero probarlo por chismes y por papeles, de que no hay necesidad, pero no hay uno que si mete la mano en su pecho no halle en hechos, en conversaciones, una prueba calificada de este proceder». Argüelles se vio obligado a hacer constar que «los individuos de las Cortes no eran ningunos advenedizos, ni estaban alucinados por los libros extranjeros, ni concurrían en ellos otras especies diabólicas de las que, según ellos, profanan el Congreso, frases que declaran el género de guerra que contra éste se ejercitaba y el bárbaro espíritu de reacción que movía esa guerra.
El obispo de Orense niega su juramento, luego exige que se le permita jurar con una fórmula equívoca especial, por fin, castigado por las Cortes, jura y vuelto a su diócesis, vuelve a ratificar su primitiva hostilidad. Tenía alguna fama de santo, pero era, en realidad, un poco hotentote y obraba con fieros impulsos discontinuos. En las razas muy nerviosas la aspereza del energúmeno es a menudo interpretada como beatitud.
El caso más grave fue, empero, un folleto que publicó don Miguel de Lardizábal, compañero del obispo en la Regencia, que depuso el poder en manos de las Cortes al tiempo de su congregación. Se trataba de un producto difamatorio y venenoso de virulencia centuplicada por la situación del autor. En él se decía taxativamente que si en la noche en que se reunió la Asamblea hubiera contado la Regencia con el pueblo o con la fuerza, no habría habido tales Cortes. Lardizábal, natural de México, había representado en aquel gobierno la América. Yo siento decirlo, pero a no haber sonado dentro de las sesiones voces de muy otro valor, en nombre de las provincias ultramarinas, este nombre Lardizábal las colocaba en muy mal lugar.
Debía ser listo y algo culto, pero en fin de cuentas no había hecho sino intrigar mientras fue gobierno, en lugar de organizar los rotos miembros nacionales. Fue el motor de la campaña contra el Congreso, el que incitó a la administración para que estorbara los efectos de las leyes nuevas y hostigó a obispos y predicadores para que descargaran sobre los más claros diputados el contenido de sus almas medioevales. «Yo sé de algunas partes —dice García Herreros— donde se nos da el título de canallas». Eran, entre otros lugares, los púlpitos desde donde se hacía fuego a los franceses, pero también a los mejores elementos del país; Lardizábal fue condenado a expatriarse, pero escribió a las Cortes demandando perdón, desdiciéndose, sometiéndose, según aquella definitiva debilidad que yace en las curvas secretas de los corazones torcidos, cuando la torcedumbre no es genial.
Con todo esto recibimos la impresión suficiente para valuar las enormes dificultades que se oponían a la actividad de los legisladores. Era lo de menos el enemigo francés que apretaba los muros de Cádiz donde las Cortes habían mudado su residencia primitiva en la isla de León. Es innegable que aquellos diputados dieron una magnífica muestra de serenidad, siempre que no se entienda por tal un temperamento enérgico. Argüelles, Muñoz Torrero, García Herrero, Toreno, Calatrava y otra docena más, con ser profundamente demócratas, no bastaban para inyectar en el resto de sus compañeros de psicología confusa e híbrida, aquellos últimos arrestos necesarios para las profundas revoluciones espirituales aun más que para las barricadas y que sólo se suscitan cuando una gran porción de la raza alcanza clarividencia histórica. Había en Cádiz, sin duda, endémico heroísmo: debieron vivir aquellos hombres, venidos de todas las regiones y hacinados unos sobre otros en la pequeña ciudad, unos meses de excitación alucinada más peligrosa quizás que los franceses de fuera y los fanáticos de dentro. De todo ello triunfaron, pero en el fondo de aquella muchedumbre reinaba definitivamente la miseria intelectual, la inercia ideológica, lastre pavoroso que docena y media de caracteres más finos no podían habilitar para la acción fecunda. Verdad es que en la historia suele hablarse de ciertas energías subitáneas para quienes no existen obstáculos. Suele llamárselas genios, vaga y poética palabra. Pues bien, esto faltó en Cádiz.
En esta línea de obstáculos he dejado para el final la mención del grupo aparte que formaban los diputados americanos. Es preciso reconocer que entre ellos figuraban algunos de los más cultos representantes. Mejía, aunque parecía el conductor, no era ni mucho menos el más interesante. Orador no poco tórrido y con frecuencia chabacano, debía ser un temperamento atropellado, fantástico y no muy serio. Era simpático por su garbo e inquietud y gozaba de un buen humor impertérrito. Él fue quien presentó a las Cortes una proposición para que se abriera el teatro de Cádiz, cerrado en signo de tristeza nacional.
Guridi y Alcocer, diputado por Tlaxcala es, en mi entender, la figura sobresaliente entre los americanos. López Lisperguer, suplente por Buenos Aires, suele también intervenir con gran competencia y moderno espíritu. Sobre todo es característico de la facción americana la intención política con que administran todas sus palabras y actos. Se me permitirá que diga: la mala intención política. En una de las primeras sesiones presentan ya sus demandas para que se consideren en todo caso iguales las provincias de Ultramar a la Península. Apoyándose en los levantamientos que se iniciaban, situaban en sus discursos hábilmente las amenazas y repetidamente, con verdadera acritud, censuraban la ignorancia de los europeos acerca de la realidad americana. Sus votos iban siempre reunidos, sin rumbo aparentemente fijo, pero secretamente orientado por las ventajas que se ofrecían a su única aspiración esencial. Acaso deban parecer excesivamente desinteresados de cuanto no sea la libertad americana y algunos de ellos son decididos enemigos de la libertad en general. Así, el señor Feliu, diputado por el Perú, suele distinguirse entre los más reaccionarios. Y, sin embargo, es positivamente el hombre de pensamiento cultísimo, sutil y complejo.
Tales son los rasgos que me parecen más interesantes hoy de aquellas Cortes, las mejor intencionadas probablemente de la España contemporánea. He insistido más en sus aspectos negativos porque la religión nacional debe nacer siempre de la crítica histórica, no del panegírico. Sólo lo que resiste a la crítica es lícito que ascienda al culto. Así acontece con las Cortes de Cádiz.
La Prensa, 13 de octubre de 1912
1913