Ortega y Gasset
Abstract
A historical essay (1912) on the centenary of the Cortes of Cadiz: the lukewarm commemoration is explained by the fashion of mocking the “doceañistas” for trying to govern madmen by ratiocinating reason, and by the fact that nobody has historically reconstructed their physiognomy. The war of independence was the work of the lowest people; the consequences of that remain to be drawn.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, septiembre de 1912
Este centenario de las Cortes de Cádiz que vamos lentamente celebrando, no despierta grandes entusiasmos. Tal es la pura verdad. ¿Y por qué esta tibieza? Se trata de uno de los pasos más simpáticos de la moderna historia española: no creo que dude de ello ninguna persona razonable. Y como los pueblos son tan fáciles a un excesivo entusiasmo retrospectivo y han apuntado tantos hechos repugnantes en la lista de las glorias pretéritas, es verdaderamente extraño que ante esta simpática asamblea que urde la primera Constitución liberal, donde abundan los corazones transparentes y efusivos, los cerebros que se encienden al fuego de la terminología moderna, los casos de alta seriedad, de sacrificio, de pereza, rehúse su calor, y el fasto trascurra sin sonoridad ni emoción.
Es extraño, pero es explicable. Voy a decir un poco más: justificable. En primer lugar, aún no ha muerto por completo la moda de reírse de los «doceañistas». Durante cincuenta años los españoles se han burlado de lo que solía llamarse «candidez» de las Cortes gaditanas. Hasta el punto, que hasta uno de los hombres a quienes más debe el progreso liberal en España, don Benito Pérez Galdós, compuso hace muchos años su «Episodio Nacional» titulado Cádiz en este compás de sorna. ¿Cándidos? Sí, sí: el pueblo español ha sido durante el pasado siglo un pueblo de apasionados, y aquellos hombres, mejor dicho, algunos de aquellos diputados, los que daban el tono, se habían dejado infiltrar los ánimos del licor que emborrachaba al resto de Europa, el llamado racionalismo. Querían gobernar a energúmenos con la razón raciocinante. ¿Cabe mayor candidez? En segundo lugar, al renacer una vaga simpatía hacia aquel Congreso, como ahora acontece, nos encontramos con que nadie se ha tomado la faena de reconstruir por la historia en algunas fórmulas esenciales su fisonomía y las de sus principales hombres. De suerte, que sentimos un poco de desconfianza como en general empieza a sentirse en nuestro país hacia la historia propia, tal y como nos la han solido referir. Esto revelaría una educación de nuestra conciencia crítica que nos incita al optimismo más que todas las pompas de centenarios juntas. Todo renacimiento es originariamente una corrección de la propia historia, una nueva noción del pasado nacional, que señala una nueva misión para el futuro.
Claro es que se han publicado con motivo de este centenario libros y folletos sobre muchedumbre de aspectos de aquellas Cortes, pero, en ellos abunda más la buena intención que la finura necesaria a historiadores. Hay que decir como Enrique Heine, de los que componían una orquesta: «Estas buenas gentes y malos músicos»…
Conocidos son los datos salientes, y, a fuer de tales, externos de la vida que llevaron las Cortes de Cádiz.
El gobierno, quiero decir, esa cosa rara que sirve para atar las demás, no ha solido ser muy fuerte entre nosotros. Al comenzar el siglo XIX, era ridículamente débil e increíblemente ingrávido. Era uno de esos milanos sobre que soplan los chicos y empiezan a volar y desaparecen en un dos por tres. Bastaba un soplo para que el inepto gobierno de Carlos IV se borrara de la realidad. Y como Nápoles era un vendaval, fue caso de cuento su desaparición. Las provincias, menos aún, los pueblos volvieron súbitamente a vivir de sí mismos, sin conexión ni jerarquía. España comenzó a hacer lo mismo que puede hacer una nación cuando no lo es, cuando suprimida su estructura de organismo histórico, se convierte en un montón de materiales palpitantes que aspira a ascender nuevamente al plano de la vida histórica: la lucha por la independencia. De ello se encargó el pueblo. Entiéndase bien: el pueblo pueblo, el pueblo ínfimo, no el pueblo español sino una parte de él, la base inconsciente y espontánea. Las juntas provinciales se improvisaron como corazones innumerables de vida forzosamente discontinua. Nuestra guerra de la independencia, como se ha dicho millones de veces, fue obra del pueblo ínfimo. Lo que no se ha hecho es sacar las consecuencias a que esto obliga para reconstruir la totalidad de aquella época. Y una de ellas es que lo único grande que hubo entonces, lo único que exige el culto y la alta piedad de nosotros, descendientes, es aquella lucha concreta por los palmos de terreno, por las bordas de la aldea, por el desfiladero, por el presbiterio de la iglesia.
Y el deber que tenemos para con estos actos anónimos o sus representantes epónimos, tiene que llevarnos a no admitir en nuestro entusiasmo, salvas excepciones, más que a ellos y a sus plebeyos autores. Nada y nadie más es acreedor al arrebol de grandeza que nimba aquel movimiento. De lo contrario, no se podrá ver nunca clara la significación de lo demás acontecido en España aquellos años, incluso las Cortes de Cádiz. Todo lo que no fue aquello, fue mejor o peor, mayor o menor, pero siempre, puede decirse, que sin excepción, mediocre.
Las juntas provinciales enviaron a Aranjuez en 1808 sendas parejas de entre sus miembros, con las cuales se reunió en 23 de septiembre una junta central suprema, presidida por el conde de Floridablanca. Jovellanos, que formaba parte de ella, hombre de infinita discreción, de alma limpia, donde las cosas se reflejaban con toda su pureza, pide el primero que se reúnan las Cortes. Era esta demanda el clamor de aquel pueblo espontáneo que combatía reducido a una vida pululante y cumplía así sus dos misiones esenciales y únicas: sustentar la independencia corporal de la raza y aspirar a ser nación. Él, por sí mismo, no es nación y es incapaz de vivir vida histórica.
Pero la junta central no era pueblo: contaba a lo sumo con unos cuantos hombres de temple noble como Jovellanos, Calvo de Roza, Quintana, cuya mayor virtud era reconocer que la única fuerte y de esperanzas, era, por el momento, la difusa energía popular. La junta, que no era pueblo, era impura, sin lealtad, sin genio político. Y la convocación de Cortes fue demorada con pretextos. Por fin, en 28 de octubre se decreta para el 10 de enero de 1810.
La nobleza, el clero, gran número de españoles que no eran pueblo —el general, el magistrado, el abogado, el burócrata— hicieron cuanto a mano les vino para producir una insurrección contra el decreto de la junta. La España consciente era, en su mayoría, absolutista, fanática, ignorante, codiciosa. Ayudaba al pueblo en su obra de repulsa contra el «eversor de ciudades». Bonaparte aquilino. Buscaba también la independencia, pero ya no aquélla que el pueblo iba operando, la corporal, sino una independencia de las ideas francesas, de lo que entonces se llamaba «filosofía», «ilustración», «luces». ¿Extraña ahora al lector la taxativa reserva hecha antes por mí? El heroísmo popular fue puro, y una inmensa acción positiva para el porvenir nacional. El movimiento reflexivo, en cambio, aun cuando llegara más de una vez al gesto heroico, carece de la transparencia adscrita a todo lo verdaderamente grande, fue confuso, torcido, malvado. Y los españoles de hoy y de mañana tienen que contarlo entre las acciones negativas. El pueblo era bárbaro como todo pueblo; su misión fue una sagrada virtud de barbarie y la cumplió espléndidamente. Mas en las clases superiores, la barbarie fue incompatible con su definición de superiores, y por eso es en ellas la barbarie un dicterio. Eternamente será virtud abajo, lo que es arriba vicio y al contrario.
En enero de 1810, la junta central tras de mil desdichas, confusiones, inhabilidades y menguas, se ve forzada a poner la gobernación en manos de una Regencia, aquella Regencia famosa, presidida por el obispo de Orense, hombre absurdo y desleal que debía su popularidad a haber escrito una disculpa para no presentarse a Fernando en Bayona, misiva en que parecían reverberar algunos hombres liberales. Ya veremos que era hombre tan exento de liberalismo, de sentido común. Mas, aquel error del público sobre el carácter del obispo es, en mi opinión, típico; nada más difícil, aun hoy, que distinguir entre las gentes de aquella época quiénes son liberales, quiénes patriotas, quiénes creyentes, y quiénes pancistas. Todavía no ha podido fijarse la filiación política de los diputados de las Cortes, fuera de catorce o quince. Y sin esto, claro está, que sólo podemos hablar à peu près de aquel parlamento. Yo he leído buena parte de los ocho tomos que forman el Diario de Sesiones y he ensayado la persecución del espíritu de algunos oradores que aparecen en segunda fila, al través de los temas que se iban tratando. ¡Labor penosa! Para hecha de prisa, como yo la he hecho, imposible: la mayor parte de aquellos hombres vivía en un inextricable zigzag espiritual: hay quien proclama de la manera más rotunda los principios de la libertad de imprenta y luego pide que queme el verdugo un papel en que se censura la labor de las Cortes o exige que en la cabeza de la Constitución se haga referencia a la Santísima Virgen.
Madrid, September 1912
This centenary of the Cortes of Cádiz, which we are slowly celebrating, awakens no great enthusiasm. Such is the plain truth. And why this lukewarmness? It is one of the most attractive steps in modern Spanish history: I do not believe that any reasonable person will doubt it. And since peoples are so prone to an excessive retrospective enthusiasm, and have set down so many repugnant facts in the list of past glories, it is truly strange that, before this attractive assembly that weaves the first liberal Constitution, where transparent and effusive hearts abound, brains that catch fire at the flame of modern terminology, cases of high seriousness, of sacrifice, of slowness, it should refuse its warmth, and the pomp pass by without resonance or emotion.
It is strange, but it is explainable. I shall say a little more: justifiable. In the first place, the fashion of laughing at the “doceañistas” has not yet entirely died. For fifty years the Spaniards have mocked what used to be called the “naivety” of the Cortes of Cádiz. To such a point that even one of the men to whom liberal progress in Spain owes most, don Benito Pérez Galdós, composed many years ago his “National Episode” entitled Cádiz in this vein of mockery. Naive? Yes, yes: the Spanish people has been, during the past century, a people of passionate men, and those men—better said, some of those deputies, those who set the tone—had allowed the spirits of the liquor that was intoxicating the rest of Europe, the so-called rationalism, to infiltrate them. They wanted to govern wild men with ratiocinating reason. Can there be greater naivety? In the second place, as a vague sympathy toward that Congress is reborn, as now happens, we find that no one has taken upon himself the task of reconstructing, by history, in some essential formulas, its physiognomy and those of its principal men. So that we feel a little distrust, as in general is beginning to be felt in our country toward our own history, such as it has been wont to be told to us. This would reveal an education of our critical consciousness that incites us to optimism more than all the pomp of centenaries put together. Every renaissance is originally a correction of one’s own history, a new notion of the national past, which points out a new mission for the future.
It is clear that on the occasion of this centenary books and pamphlets have been published on a host of aspects of those Cortes, but in them good intention abounds more than the fineness necessary to historians. One must say, like Heinrich Heine, of those who composed an orchestra: “These good folk and bad musicians”…
Well known are the salient data, and, by force of being such, external, of the life that the Cortes of Cádiz led.
The government, I mean, that strange thing that serves to tie the others together, has not usually been very strong among us. At the beginning of the nineteenth century, it was ridiculously weak and incredibly weightless. It was one of those kites that boys blow on and that begin to fly and vanish in a trice. A single breath was enough for the inept government of Charles IV to be erased from reality. And as Naples was a gale, its disappearance was a case out of a story. The provinces—still less, the towns—suddenly returned to living of themselves, without connection or hierarchy. Spain began to do the same thing that a nation can do when it is not one, when, its structure as a historical organism suppressed, it turns into a heap of palpitating materials that aspires to ascend once more to the plane of historical life: the struggle for independence. The people took charge of this. Let it be well understood: the people, people, the lowliest people, not the Spanish people but a part of it, the unconscious and spontaneous base. The provincial juntas improvised themselves like innumerable hearts of forcibly discontinuous life. Our war of independence, as has been said a million times, was the work of the lowliest people. What has not been done is to draw the consequences to which this obliges us, in order to reconstruct the totality of that epoch. And one of them is that the only great thing there was then, the only thing that demands the worship and the high piety of us, the descendants, is that concrete struggle for spans of ground, for the huts of the village, for the defile, for the presbytery of the church.
And the duty we have toward these anonymous acts or their eponymous representatives has to lead us to admit, in our enthusiasm, save for exceptions, only them and their plebeian authors. Nothing and no one else is worthy of the glow of greatness that haloes that movement. Otherwise, the significance of everything else that happened in Spain in those years—even the Cortes of Cádiz—can never be seen clearly. Everything that was not that was better or worse, greater or lesser, but always, it may be said, without exception, mediocre.
The provincial juntas sent to Aranjuez in 1808 their respective pairs from among their members, with which, on 23 September, a supreme central junta was gathered, presided over by the count of Floridablanca. Jovellanos, who was part of it, a man of infinite discretion, of clean soul, where things were reflected with all their purity, is the first to ask that the Cortes be convened. This demand was the clamor of that spontaneous people that fought reduced to a swarming life, and thus fulfilled its two essential and unique missions: to sustain the bodily independence of the race and to aspire to be a nation. It, of itself, is not a nation, and is incapable of living a historical life.
But the central junta was not the people: it counted at most upon a few men of noble temper like Jovellanos, Calvo de Roza, Quintana, whose greatest virtue was to recognize that the only strong and hopeful force was, for the moment, the diffuse popular energy. The junta, which was not the people, was impure, without loyalty, without political genius. And the convocation of the Cortes was delayed on pretexts. At last, on 28 October it is decreed for 10 January 1810.
The nobility, the clergy, a great number of Spaniards who were not the people—the general, the magistrate, the lawyer, the bureaucrat—did everything that came to hand to produce an insurrection against the decree of the junta. Conscious Spain was, in its majority, absolutist, fanatical, ignorant, covetous. It helped the people in its work of repulsion against the “destroyer of cities,” the aquiline Bonaparte. It also sought independence, but no longer that which the people was bringing about, the bodily one, but an independence from French ideas, from what was then called “philosophy,” “enlightenment,” “lights.” Does the peremptory reservation I made before now surprise the reader? Popular heroism was pure, and an immense positive action for the national future. The reflective movement, on the other hand, even when it more than once reached the heroic gesture, lacks the transparency attributed to everything truly great; it was confused, twisted, wicked. And the Spaniards of today and tomorrow have to count it among the negative actions. The people were barbarous as every people is; their mission was a sacred virtue of barbarism and they fulfilled it splendidly. But in the superior classes, barbarism was incompatible with their definition as superior, and that is why in them barbarism is an insult. Eternally will it be virtue below, what is vice above, and the contrary.
In January 1810, the central junta, after a thousand misfortunes, confusions, inabilities and shortfalls, finds itself forced to place the governance in the hands of a Regency—that famous Regency, presided over by the bishop of Orense, an absurd and disloyal man who owed his popularity to having written an excuse for not presenting himself to Ferdinand at Bayonne, a missive in which some liberal men seemed to reverberate. We shall presently see that he was a man so exempt from liberalism, from common sense. But that error of the public concerning the bishop’s character is, in my opinion, typical; nothing more difficult, even today, than to distinguish, among the people of that epoch, who are liberals, who are patriots, who are believers, and who are opportunists. It has still not been possible to fix the political affiliation of the deputies of the Cortes, beyond fourteen or fifteen. And without this, it is clear, we can only speak à peu près of that parliament. I have read a good part of the eight volumes that form the Diario de Sesiones and have attempted the pursuit of the spirit of some orators who appear in the second rank, through the themes that were being dealt with. Painful labor! To be done in haste, as I have done it, impossible: the greater part of those men lived in an inextricable spiritual zigzag: there is one who proclaims in the most categorical manner the principles of the freedom of the press and then asks that the executioner burn a paper in which the work of the Cortes is censured, or demands that at the head of the Constitution reference be made to the Blessed Virgin.
Madrid, septiembre de 1912
Questo centenario delle Cortes di Cadice che andiamo lentamente celebrando non desta grandi entusiasmi. Tale è la pura verità. E perché questo tiepore? Si tratta di uno dei passi più simpatici della moderna storia spagnola: non credo che ne dubiti nessuna persona ragionevole. E poiché i popoli sono così facili a un eccessivo entusiasmo retrospettivo e hanno annotato tanti fatti ripugnanti nella lista delle glorie passate, è veramente strano che dinanzi a questa simpatica assemblea che ordina la prima Costituzione liberale, dove abbondano i cuori trasparenti ed effusivi, i cervelli che si accendono al fuoco della terminologia moderna, i casi di alta serietà, di sacrificio, di lentezza, rifiuti il suo calore, e il fasto trascorra senza sonorità né emozione.
È strano, ma è spiegabile. Dirò un poco di più: giustificabile. In primo luogo, non è ancora morta del tutto la moda di ridersi dei «doceañistas». Per cinquant’anni gli spagnoli si sono beffati di ciò che soleva chiamarsi «candidezza» delle Cortes gaditane. Al punto che persino uno degli uomini a cui più deve il progresso liberale in Spagna, don Benito Pérez Galdós, compose molti anni fa il suo «Episodio Nazionale» intitolato Cadice in questo metro di sberleffo. Candidi? Sì, sì: il popolo spagnolo è stato durante il secolo passato un popolo di appassionati, e quegli uomini, per meglio dire alcuni di quei deputati, quelli che davano il tono, si erano lasciati infiltrare gli animi dal licore che ubriacava il resto d’Europa, il cosiddetto razionalismo. Volevano governare energumeni con la ragione raziocinante. C’è maggiore candidezza? In secondo luogo, nel rinascere una vaga simpatia verso quel Congresso, come ora accade, ci troviamo che nessuno si è preso la briga di ricostruire con la storia in alcune formule essenziali la sua fisionomia e quelle dei suoi principali uomini. Di modo che sentiamo un poco di diffidenza, come in generale comincia a sentirsi nel nostro paese verso la storia propria, così come ci è stata solitamente raccontata. Ciò rivelerebbe un’educazione della nostra coscienza critica che ci incita all’ottimismo più di tutte le pompe dei centenari messe insieme. Ogni rinascimento è originariamente una correzione della propria storia, una nuova nozione del passato nazionale, che segna una nuova missione per il futuro.
Chiaro è che si sono pubblicati in occasione di questo centenario libri e opuscoli su una moltitudine di aspetti di quelle Cortes, ma in essi abbonda più la buona intenzione che la finezza necessaria agli storici. Bisogna dire come Enrico Heine, di quelli che componevano un’orchestra: «Queste buone genti e cattivi musici»…
Noti sono i dati salienti, e, in forza di tali, esterni della vita che condussero le Cortes di Cadice.
Il governo, voglio dire, quella cosa rara che serve ad atare le altre, non è stato di solito molto forte tra noi. Al cominciare del secolo XIX, era ridicolmente debole e incredibilmente senza peso. Era uno di quegli aquiloni su cui soffiano i ragazzi e che cominciano a volare e spariscono in un batter d’occhio. Bastava un soffio perché l’inetto governo di Carlo IV si cancellasse dalla realtà. E poiché Napoli era una bufera, fu caso da favola la sua sparizione. Le province, meno ancora, i popoli tornarono subitamente a vivere di sé stessi, senza connessione né gerarchia. La Spagna cominciò a fare la stessa cosa che può fare una nazione quando non lo è, quando, soppressa la sua struttura di organismo storico, si converte in un mucchio di materiali palpitanti che aspira a salire nuovamente al piano della vita storica: la lotta per l’indipendenza. Di ciò si incaricò il popolo. Si intenda bene: il popolo popolo, il popolo infimo, non il popolo spagnolo ma una parte di esso, la base inconscia e spontanea. Le giunte provinciali si improvvisarono come cuori innumerevoli di vita forzosamente discontinua. La nostra guerra dell’indipendenza, come si è detto milioni di volte, fu opera del popolo infimo. Ciò che non si è fatto è trarre le conseguenze a cui questo obbliga per ricostruire la totalità di quell’epoca. E una di esse è che l’unica cosa grande che ci fu allora, l’unica che esige il culto e l’alta pietà di noi, discendenti, è quella lotta concreta per i palmi di terreno, per le capanne del villaggio, per il passo di montagna, per il presbiterio della chiesa.
E il dovere che abbiamo verso questi atti anonimi o i loro rappresentanti eponimi, deve portarci a non ammettere nel nostro entusiasmo, salvo eccezioni, altro che loro e i loro plebei autori. Nulla e nessun altro è creditore del bagliore di grandezza che aureola quel movimento. Altrimenti, non si potrà mai vedere chiara la significazione di tutto il resto accaduto in Spagna in quegli anni, anche le Cortes di Cadice. Tutto ciò che non fu quello, fu meglio o peggio, maggiore o minore, ma sempre, si può dire, senza eccezione, mediocre.
Le giunte provinciali inviarono ad Aranjuez nel 1808 le rispettive coppie tra i loro membri, con le quali si riunì il 23 settembre una giunta centrale suprema, presieduta dal conte di Floridablanca. Jovellanos, che ne faceva parte, uomo d’infinita discrezione, d’anima limpida, dove le cose si riflettevano con tutta la loro purezza, chiede per primo che si riuniscano le Cortes. Era questa domanda il clamore di quel popolo spontaneo che combatteva ridotto a una vita pullulante e adempiva così le sue due missioni essenziali e uniche: sostenere l’indipendenza corporale della razza e aspirare a essere nazione. Esso, per sé stesso, non è nazione ed è incapace di vivere vita storica.
Ma la giunta centrale non era popolo: contava al più con qualche uomo di nobile tempra come Jovellanos, Calvo de Roza, Quintana, la cui maggior virtù era riconoscere che l’unica forte e piena di speranze era, per il momento, la diffusa energia popolare. La giunta, che non era popolo, era impura, senza lealtà, senza genio politico. E la convocazione delle Cortes fu differita con pretesti. Infine, il 28 ottobre si decreta per il 10 gennaio 1810.
La nobiltà, il clero, gran numero di spagnoli che non erano popolo —il generale, il magistrato, l’avvocato, il burocrate— fecero quanto venne loro a tiro per produrre un’insurrezione contro il decreto della giunta. La Spagna consapevole era, in maggioranza, assolutista, fanatica, ignorante, avida. Aiutava il popolo nella sua opera di repulsa contro l’«eversore di città», Bonaparte aquilino. Cercava anche l’indipendenza, ma non più quella che il popolo andava operando, la corporale, bensì un’indipendenza dalle idee francesi, da ciò che allora si chiamava «filosofia», «illuminismo», «lumi». Stupisce ora il lettore la tassativa riserva fatta prima da me? L’eroismo popolare fu puro, e una immensa azione positiva per l’avvenire nazionale. Il movimento riflessivo, invece, anche quando giungesse più di una volta al gesto eroico, manca della trasparenza ascritta a tutto ciò che è veramente grande, fu confuso, torto, malvagio. E gli spagnoli di oggi e di domani devono annoverarlo tra le azioni negative. Il popolo era barbaro come ogni popolo; la sua missione fu una sacra virtù di barbarie e la adempì splendidamente. Ma nelle classi superiori, la barbarie fu incompatibile con la loro definizione di superiori, e perciò in esse la barbarie è un’ingiuria. Eternamente sarà virtù in basso, ciò che in alto è vizio e al contrario.
Nel gennaio 1810, la giunta centrale dopo mille sventure, confusioni, inabilità e manchevolezze, si vede costretta a mettere il governo in mani di una Reggenza, quella famosa Reggenza, presieduta dal vescovo di Orense, uomo assurdo e sleale che doveva la sua popolarità all’aver scritto una giustificazione per non presentarsi a Ferdinando a Bayona, missiva in cui sembravano riverberare alcuni uomini liberali. Già vedremo che era uomo tanto esente da liberalismo, da senso comune. Ma, quell’errore del pubblico sul carattere del vescovo è, a mio parere, tipico; niente di più difficile, anche oggi, che distinguere tra la gente di quell’epoca chi sono i liberali, chi i patrioti, chi i credenti, e chi gli opportunisti. Ancora non si è potuto fissare la filiazione politica dei deputati delle Cortes, fuori di quattordici o quindici. E senza questo, chiaro è, che possiamo parlare soltanto à peu près di quel parlamento. Io ho letto buona parte degli otto tomi che formano il Diario de Sesiones e ho tentato l’inseguimento dello spirito di alcuni oratori che appaiono in seconda fila, attraverso i temi che andavano trattandosi. Fatica penosa! Per farla di fretta, come io l’ho fatta, impossibile: la maggior parte di quegli uomini viveva in un inestricabile zigzag spirituale: c’è chi proclama nel modo più categorico i principi della libertà di stampa e poi chiede che il boia bruci un foglio in cui si censura l’opera delle Cortes, o esige che in capo alla Costituzione si faccia riferimento alla Santissima Vergine.
La misma idea de independencia no es tan patente como pudiera a primera vista antojarse. Ha de pensarse que los más reflexivos no podían decidirse con la misma impetuosidad que el pueblo, en contra del rey José y a favor de Fernando VII, traidor a la nación.
Como se había aceptado a Felipe V impuesto por Luis XIV, pudo aceptarse a José, impuesto por Napoleón. Un monarca de raza extraña no era una novedad y un cambio de dinastía no traía forzosamente consigo la pérdida de la independencia. Sólo los liberales extremos eran consecuentes y sin equívocos: ellos buscaban la liberación no sólo de Bonaparte, sino de Fernando: la independencia física y la moral mediante una frontera y una constitución.
Los cinco individuos que componían la Regencia —el obispo de Orense, el anciano Saavedra, el general Castaños, el marino Escaño y el mexicano Lardizábal— eran hombres para quienes el mundo interior no existía y el primero y el último odiaban mucho más la filosofía que a Napoleón.
Por fin, el 24 de septiembre, las Cortes se reúnen en un rincón de la península libre hasta entonces del invasor, en la isla de León junto a Cádiz. En el puerto, dos escuadras, la inglesa y la española, prestaban alguna tranquilidad a la Asamblea. Ésta había sido elegida de manera un poco confusa, a cada junta provincial correspondía un diputado, otro a cada ciudad con voto en las antiguas Cortes y otro a cada suma de 50.000 habitantes. Las provincias invadidas y las colonias americanas fueron representadas por suplentes en tanto no podían mandar propietarios.
Ya tenemos aquí un haz de hombres dispuestos a sacar una nación no diré que de la nada, pero sí de algo mucho peor: del barullo. Son gentes jurídicas como el sacerdote Muñoz Torrero, son ideólogos como Argüelles, son historiadores y canonistas como el cura Joaquín Lorenzo Villanueva, son literatos como Capmany, son imbéciles como García Quintana y extravagantes como el cura de Algeciras. ¿Qué llevan, qué llevan en las heces espirituales estos hombres decididos a fabricar una Constitución, es decir, una columna vertebral al plasma difuso de España?
Hacía más de doscientos años que no se reunían Cortes. Aquellos diputados no estaban, por tanto, acostumbrados a hablar ni a ejercer ese pathos del orgullo democrático que hoy constituye el fondo de la oratoria parlamentaria. Sin embargo, hay diez o doce de entre ellos que se ponen desde luego a un tono digno, que hablan por lo común sobriamente, sin retórica ni desplantes. El estilo, a la verdad, se resiente de la educación eclesiástica. Los Santos Padres y los concilios ofrécense como canteras no agotadas al furor de citas que acomete a la mayor parte de los oradores. El ritmo arquitectónico de Cicerón se advierte como un andamiaje en casi todos los discursos. Hay, en todos, un poco de fruición al comenzar a hablar, son casi todos un poco como infantes a quien se ha rehusado mucho tiempo el manejo de un juguete. Cuando se discute sobre el proyectado casamiento de Fernando VII con una princesa imperial, el buen cura de Algeciras, hombre virtuoso, pero excesivo, toma la palabra: «En los primeros tiempos, cuando las flores inundaban las campiñas, en las llanuras de Sennaar, erigió su cabeza Nembrot, entonces agradable a Dios mientras tanto que conservó el nombre de director de montería magnus venator coram Domino…» El cubano Mejía, de quien se dice —yo lo dudo— que dirigía a la facción americana, había hecho un discurso el día anterior sobre el mismo tema: en él se encuentran frases como éstas: «Si rodeado de sus armados satélites el soberbio de Bonaparte sacase bajo mis pies su amenazadora cabeza, con la misma serenidad, así, señores, y acaso con más valentía: ¡Coronado Maquiavelo! —le dijera— tiembla sobre tu enorme pero vacilante trono!» «No es llegado, señor, el doloroso momento de separarnos de Troya con lágrimas de piedad en el rostro, pero con el seguro consuelo en el pecho de volver bien pronto de nuestra mejorada Italia a besar las rescatadas tumbas de nuestros padres, y llevar la espada y el fuego de la venganza a las soberbias Cortes de estos desapiadados Aquiles y Agamenones, París y Petersburgo». Con estos feroces tarugos de elocuencia solía obtener Mejía enormes triunfos en el público embanastado en las tribunas, apasionado y divertido con el nuevo espectáculo, sacudido de emociones democráticas, a veces turbulento y levantisco.
Una de las primeras ocupaciones del Congreso fue hacerse llamar majestad. En cuestiones de etiqueta los diputados fueron tan quisquillosos como la vieja Corte. La sesión del 28 de diciembre se dedica, en buena parte a disentir sobre si las oficinas habían o no de dar a los diputados el tratamiento de «señor». En 27 del mismo mes se declara impropio del decoro parlamentario que los diputados den recados de palabra al Consejo de la Regencia. El 28 de diciembre se presenta un escribano para dar cuenta a las Cortes de un asunto de Indias y a propósito de si ha de hacerlo arrodillado o en pie pronuncia don Juan Nicasio Gallego esta frase magníficamente digna de las horrísonas odas perpetradas por aquel egregio cura poeta: «El español no debe doblar la rodilla sino a Dios y en actos de religión».
Muchos de estos hombres eran, sin duda, de honradísimas entrañas y a menudo una titilación de neurosis heroica conmueve a los presentes: encendidos los corazones se les ve prestos a todo sacrificio. Cuando en una sesión es referido el cruel incendio de Molina, que dejaba muchas familias sin hogar ni haberes, Capmany no puede contenerse y levantándose de su asiento pone en manos del presidente cien reales —«que era lo único que traía en el bolsillo»— añade ingenuamente el Diario oficial, redactado por el propio Capmany. En una de las primeras sesiones deciden los diputados dar un «público testimonio de desinterés» para lo cual renuncian solemnemente «solicitar ni admitir para sí, ni solicitar para otra persona alguna, empleo, pensión, gracia, merced ni condecoración de la Potestad ejecutiva, ni de otro gobierno que en adelante se constituya, bajo cualquiera denominación que sea». Habrá de convenirse que bastaría este «cándido» rasgo para colocar fuera de línea a estas Cortes.
Mas con todo esto y repitiendo la salvedad de que aún no conocemos de una manera suficiente la fisiología de esta asamblea, no puedo reprimir la sospecha de que apenas si había en ella algunas personas de temperamento verdaderamente político. Como este Capmany era un buen profesor de retórica, rápido al entusiasmo pero exento de amplias miras históricas y de toda astucia política, así don Joaquín Lorenzo Villanueva era un honesto eclesiástico, profundo conocedor de los archivos nacionales, muy erudito más bien que muy sabio: habían traspasado su ánima buena algunas luces de libertad, no desconocía ciertas corrientes filosóficas y jurídicas de Francia, pero, sin embargo ¿cómo podemos decir de él que era un hombre moderno y mucho menos un moderno hombre de estado?
El caso Villanueva es ejemplar y no creo que sea indiferente, al menos no me lo es a mí, valorar su persona con alguna precisión. El hecho de que éste y otros «doceañistas» hablaran de «la voluntad general», «del pacto social», «la separación de poderes», «la soberbia nacional» y otros motivos ideológicos oriundos de Montesquieu y Rousseau, no es bastante para calificarlos de modernos. Se olvida que las ideas sólo tienen valor en conexión, en continuidad y más que por sí mismas, nos interesan tratándose de historia como ejemplos y datos de la unidad espiritual que las produjo o en que viven. Nos importa, pues, más la textura general de una mente que ésta o la otra opinión particular. Así, en Villanueva hay una espiritualidad de cimientos arcaicos, de escasísima agilidad, trabada por los viejos hábitos del pensar conventual, especie de selva erudita por donde cruzan a lo mejor de pasada como avecillas que perdieron su rumbo, ciertos tópicos del pensar europeo. Era este torrente demasiado poderoso para no dejar dondequiera frases de aluvión. Ahora bien, la estructura de la conciencia es todo lo contrario que el acarreo de los aluviones y el historiador ha de apartar con cuidado todo lo que no es orgánico en una personalidad para valorar ésta definitivamente. Dígaseme si es compatible con el gusto moderno aquel discurso de Villanueva sobre «el carácter fraudulento y doloso de los franceses, acreditado por la experiencia de todos los siglos» donde se lee: «Otro tanto aseguran de ellos Tito Livio, Polibio, Julio César y casi todos los historiadores antiguos, y lo que es más, nuestro San Julián, arzobispo de Toledo, en su Declamatio vilis provintiae galliae, escrita con motivo de haber ayudado los franceses al tirano Paulo en su rebelión contra Wamba. Yo veo que la iglesia de Milán, con motivo de la invasión de los franceses en aquella ciudad en el siglo XIV, cuando la libró Dios de esta peste, instituyó una fiesta anual de hacimiento de gracias con misa propia, impresa en el misal ambrosiano, en cuyo prefacio los trataba de ladrones gallos latrunculos».
The very idea of independence is not so patent as it might at first sight appear. One must consider that the most reflective could not decide with the same impetuosity as the people, against King Joseph and in favor of Ferdinand VII, traitor to the nation.
As Philip V, imposed by Louis XIV, had been accepted, so Joseph, imposed by Napoleon, could be accepted. A monarch of foreign stock was not a novelty, and a change of dynasty did not necessarily bring with it the loss of independence. Only the extreme liberals were consistent and without equivocation: they sought liberation not only from Bonaparte, but from Ferdinand: physical and moral independence through a frontier and a constitution.
The five individuals who composed the Regency—the bishop of Orense, the elderly Saavedra, General Castaños, the seaman Escaño, and the Mexican Lardizábal—were men for whom the interior world did not exist, and the first and the last hated philosophy much more than they hated Napoleon.
At last, on 24 September, the Cortes gather in a corner of the peninsula free until then of the invader, on the island of León near Cádiz. In the port, two squadrons, the English and the Spanish, lent some tranquility to the Assembly. This had been elected in a somewhat confused manner: to each provincial junta corresponded one deputy, another to each city with a vote in the ancient Cortes, and another to each aggregate of 50,000 inhabitants. The invaded provinces and the American colonies were represented by substitutes as long as they could not send regular deputies.
Here we already have a sheaf of men disposed to draw forth a nation—I shall not say from nothing, but yes from something far worse: from the hubbub. They are juridical folk like the priest Muñoz Torrero, they are ideologues like Argüelles, they are historians and canonists like the curate Joaquín Lorenzo Villanueva, they are men of letters like Capmany, they are imbeciles like García Quintana and extravagant ones like the curate of Algeciras. What do they carry, what do they carry in the spiritual dregs, these men determined to fabricate a Constitution—that is, a vertebral column for the diffuse plasma of Spain?
It had been more than two hundred years since the Cortes had met. Those deputies were not, therefore, accustomed to speaking, nor to exercising that pathos of democratic pride that today constitutes the foundation of parliamentary oratory. Nevertheless, there are ten or twelve among them who at once strike a worthy tone, who speak for the most part soberly, without rhetoric or swagger. The style, truth to tell, suffers from the ecclesiastical education. The Holy Fathers and the councils offer themselves as unexhausted quarries to the fury of quotation that attacks the greater part of the orators. The architectural rhythm of Cicero is perceived as a scaffolding in almost all the speeches. There is, in all of them, a little relish upon beginning to speak; they are almost all a little like infants to whom the handling of a toy has long been refused. When the projected marriage of Ferdinand VII with an imperial princess is under discussion, the good curate of Algeciras, a virtuous but excessive man, takes the floor: “In the first times, when flowers flooded the countryside, in the plains of Sennaar, Nembrot raised his head, then pleasing to God so long as he kept the name of master of the hunt, magnus venator coram Domino…” The Cuban Mejía, of whom it is said—I doubt it—that he directed the American faction, had made a speech the day before on the same subject: in it are found phrases like these: “If, surrounded by his armed satellites, the proud Bonaparte thrust his threatening head beneath my feet, with the same serenity, thus, gentlemen, and perhaps with more courage: Crowned Machiavelli!—I would say to him—tremble upon your enormous but tottering throne!” “The sorrowful moment has not arrived, sir, to separate ourselves from Troy with tears of pity on our faces, but with the sure consolation in our breasts of returning very soon from our improved Italy to kiss the ransomed tombs of our fathers, and to carry the sword and the fire of vengeance to the proud Courts of these pitiless Achilles and Agamemnons, Paris and Petersburg.” With these ferocious blocks of eloquence Mejía used to obtain enormous triumphs before the public packed into the galleries, passionate and amused by the new spectacle, shaken by democratic emotions, at times turbulent and unruly.
One of the first occupations of the Congress was to have itself called Majesty. In questions of etiquette the deputies were as finicky as the old Court. The session of 28 December is devoted, in good part, to dissenting over whether the offices should or should not give the deputies the treatment of “Señor.” On the 27th of the same month it is declared improper to parliamentary decorum that the deputies send verbal messages to the Council of the Regency. On 28 December a notary presents himself to give the Cortes an account of a matter of the Indies, and apropos of whether he is to do it kneeling or standing, don Juan Nicasio Gallego pronounces this phrase magnificently worthy of the horrisonant odes perpetrated by that egregious curate-poet: “The Spaniard must bend the knee only to God and in acts of religion.”
Many of these men were, without doubt, of the most honest bowels, and often a titillation of heroic neurosis moves those present: their hearts inflamed, they are seen ready for every sacrifice. When, in a session, the cruel fire of Molina is recounted, which left many families without hearth or goods, Capmany cannot contain himself and, rising from his seat, places in the hands of the president a hundred reales—“which was the only thing he had in his pocket”—adds ingenuously the official Diario, written by Capmany himself. In one of the first sessions the deputies decide to give a “public testimony of disinterestedness,” for which they solemnly renounce “seeking or admitting for themselves, or seeking for any other person, any employment, pension, favor, boon or decoration of the executive Power, nor of any other government that may henceforth be constituted, under whatsoever denomination.” It will have to be conceded that this “naive” trait would suffice to place these Cortes out of the ordinary line.
But with all this, and repeating the reservation that we still do not know in a sufficient manner the physiology of this assembly, I cannot repress the suspicion that there were barely a few persons in it of a truly political temperament. As that Capmany was a good professor of rhetoric, quick to enthusiasm but exempt from broad historical views and from all political cunning, so don Joaquín Lorenzo Villanueva was an honest ecclesiastic, a deep connoisseur of the national archives, very learned rather than very wise: certain lights of liberty had transfused his good soul; he was not ignorant of certain philosophical and juridical currents of France, but, nevertheless, how can we say of him that he was a modern man, and much less a modern statesman?
The case of Villanueva is exemplary, and I do not believe it is indifferent—at least it is not to me—to value his person with some precision. The fact that he and other “doceañistas” spoke of “the general will,” “the social contract,” “the separation of powers,” “national pride,” and other ideological motifs originating in Montesquieu and Rousseau, is not enough to qualify them as modern. It is forgotten that ideas have value only in connection, in continuity, and more than for themselves, they interest us, in dealing with history, as examples and data of the spiritual unity that produced them or in which they live. What matters to us, then, is more the general texture of a mind than this or that particular opinion. Thus, in Villanueva there is a spirituality of archaic foundations, of very scant agility, held fast by the old habits of conventual thought, a kind of erudite forest across which certain commonplaces of European thought pass at best in passing, like little birds that lost their way. This torrent was too powerful not to leave everywhere phrases of alluvium. Now then, the structure of consciousness is the very opposite of the alluvial deposit, and the historian must carefully set aside everything that is not organic in a personality in order to value it definitively. Let it be said to me whether compatible with modern taste is that speech of Villanueva on “the fraudulent and deceitful character of the French, accredited by the experience of all centuries,” where one reads: “The same is assured of them by Titus Livy, Polybius, Julius Caesar and almost all the ancient historians, and what is more, our Saint Julian, archbishop of Toledo, in his Declamatio vilis provintiae galliae, written on the occasion of the French having aided the tyrant Paul in his rebellion against Wamba. I see that the church of Milan, on the occasion of the invasion of the French into that city in the fourteenth century, when God delivered it from this pestilence, instituted an annual feast of thanksgiving with its own mass, printed in the Ambrosian missal, in whose preface it treated them as thieving Gauls, latrunculos.”
La stessa idea d’indipendenza non è così patente come potrebbe a prima vista parere. Bisogna pensare che i più riflessivi non potevano decidersi con la stessa impetuosità del popolo, contro il re Giuseppe e a favore di Ferdinando VII, traditore della nazione.
Come si era accettato Filippo V imposto da Luigi XIV, poté accettarsi Giuseppe, imposto da Napoleone. Un monarca di razza strana non era una novità e un cambio di dinastia non portava forzosamente con sé la perdita dell’indipendenza. Solo i liberali estremi erano conseguenti e senza equivoci: essi cercavano la liberazione non solo da Bonaparte, ma da Ferdinando: l’indipendenza fisica e quella morale mediante una frontiera e una costituzione.
I cinque individui che componevano la Reggenza —il vescovo di Orense, l’anziano Saavedra, il generale Castaños, il marinaio Escaño e il messicano Lardizábal— erano uomini per i quali il mondo interiore non esisteva e il primo e l’ultimo odiavano molto più la filosofia che Napoleone.
Infine, il 24 settembre, le Cortes si riuniscono in un angolo della penisola libero fino allora dall’invasore, nell’isola di León accanto a Cadice. Nel porto, due squadre, l’inglese e la spagnola, prestavano qualche tranquillità all’Assemblea. Questa era stata eletta in modo un poco confuso: a ogni giunta provinciale corrispondeva un deputato, un altro a ogni città con voto nelle antiche Cortes e un altro a ogni somma di 50.000 abitanti. Le province invase e le colonie americane furono rappresentate da supplenti finché non potevano mandare titolari.
Eccoci già con un fascio di uomini disposti a trarre fuori una nazione, non dirò dal nulla, ma sì da qualcosa di molto peggio: dal bailamme. Sono genti giuridiche come il sacerdote Muñoz Torrero, sono ideologi come Argüelles, sono storici e canonisti come il curato Joaquín Lorenzo Villanueva, sono letterati come Capmany, sono imbecilli come García Quintana e stravaganti come il curato di Algeciras. Che cosa portano, che cosa portano nelle fecce spirituali questi uomini decisi a fabbricare una Costituzione, cioè una colonna vertebrale al plasma diffuso di Spagna?
Erano passati più di duecento anni che le Cortes non si riunivano. Quei deputati non erano, quindi, abituati a parlare né a esercitare quel pathos dell’orgoglio democratico che oggi costituisce il fondo dell’oratoria parlamentare. Tuttavia, ci sono dieci o dodici tra loro che si mettono subito a un tono degno, che parlano di solito sobriamente, senza retorica né scarti. Lo stile, a dire il vero, risente dell’educazione ecclesiastica. I Santi Padri e i concili si offrono come cave non esaurite al furore di citazioni che assale la maggior parte degli oratori. Il ritmo architettonico di Cicerone si avverte come un’impalcatura in quasi tutti i discorsi. C’è in tutti un poco di fruizione al cominciare a parlare, sono quasi tutti un poco come infanti a cui si è a lungo rifiutato il maneggio di un giocattolo. Quando si discute sul progettato matrimonio di Ferdinando VII con una principessa imperiale, il buon curato di Algeciras, uomo virtuoso, ma eccessivo, prende la parola: «Nei primi tempi, quando i fiori inondavano le campagne, nelle pianure di Sennaar, eresse il suo capo Nembrot, allora gradito a Dio finché conservò il nome di direttore di monteria, magnus venator coram Domino…» Il cubano Mejía, di cui si dice —io lo dubito— che dirigesse la fazione americana, aveva fatto un discorso il giorno prima sullo stesso tema: in esso si trovano frasi come queste: «Se circondato dai suoi armati satelliti il superbo di Bonaparte traesse sotto i miei piedi il suo minaccioso capo, con la stessa serenità, così, signori, e forse con più coraggio: Coronato Machiavelli! —gli direi— trema sul tuo enorme ma vacillante trono!» «Non è giunto, signore, il doloroso momento di separarci da Troia con lacrime di pietà sul volto, ma con il sicuro conforto in petto di tornare ben presto dalla nostra migliorata Italia a baciare le riscattate tombe dei nostri padri, e portare la spada e il fuoco della vendetta alle superbe Corti di questi spietati Achilli e Agamennoni, Parigi e Pietroburgo». Con questi feroci ceppi di eloquenza soleva ottenere Mejía enormi trionfi nel pubblico stipato nelle tribune, appassionato e divertito dal nuovo spettacolo, scosso da emozioni democratiche, a volte turbolento e rivoltoso.
Una delle prime occupazioni del Congresso fu farsi chiamare maestà. Nelle questioni di etichetta i deputati furono così pignoli come la vecchia Corte. La seduta del 28 dicembre si dedica, in buona parte, a dissertare sul se gli uffici dovessero o no dare ai deputati il trattamento di «signore». Il 27 dello stesso mese si dichiara improprio del decoro parlamentare che i deputati diano messaggi a voce al Consiglio della Reggenza. Il 28 dicembre si presenta uno scrivano per dar conto alle Cortes di una faccenda delle Indie e a proposito del se debba farlo inginocchiato o in piedi pronuncia don Juan Nicasio Gallego questa frase magnificamente degna delle orrisone odi perpetrate da quell’egregio curato poeta: «Lo spagnolo non deve piegare il ginocchio se non a Dio e negli atti di religione».
Molti di questi uomini erano, senza dubbio, di onestissime viscere e spesso una titillazione di nevrosi eroica commuove i presenti: accesi i cuori, li si vede pronti a ogni sacrificio. Quando in una seduta è riferito il crudele incendio di Molina, che lasciava molte famiglie senza casa e senza averi, Capmany non può contenersi e alzandosi dal suo posto mette in mano del presidente cento reales —«che era l’unica cosa che portava in tasca»— aggiunge ingenuamente il Diario ufficiale, redatto dallo stesso Capmany. In una delle prime sedute i deputati decidono di dare un «pubblico testimonio di disinteresse», per il quale rinunciano solennemente a «sollecitare né ammettere per sé, né sollecitare per altra persona alcuna, impiego, pensione, grazia, mercé né decorazione della Potestà esecutiva, né di altro governo che in avvenire si costituisca, sotto qualsivoglia denominazione». Bisognerà convenire che basterebbe questo «candido» tratto per collocare fuori linea queste Cortes.
Ma con tutto questo e ripetendo la salvedà che ancora non conosciamo in modo sufficiente la fisiologia di questa assemblea, non posso reprimere il sospetto che appena vi fossero in essa alcune persone di temperamento veramente politico. Come quel Capmany era un buon professore di retorica, rapido all’entusiasmo ma esente da ampie vedute storiche e da ogni astuzia politica, così don Joaquín Lorenzo Villanueva era un onesto ecclesiastico, profondo conoscitore degli archivi nazionali, molto erudito piuttosto che molto sapiente: avevano trapassato la sua anima buona alcuni lumi di libertà, non ignorava certe correnti filosofiche e giuridiche di Francia, ma, tuttavia, come possiamo dire di lui che era un uomo moderno e tanto meno un moderno uomo di Stato?
Il caso Villanueva è esemplare e non credo che sia indifferente, almeno non lo è per me, valutare la sua persona con qualche precisione. Il fatto che questi e altri «doceañistas» parlassero de «la volontà generale», «del patto sociale», «la separazione dei poteri», «la superbia nazionale» e altri motivi ideologici originari di Montesquieu e Rousseau, non è abbastanza per qualificarli moderni. Si dimentica che le idee hanno valore soltanto in connessione, in continuità e più che per sé stesse, ci interessano trattandosi di storia come esempi e dati dell’unità spirituale che le produsse o in cui vivono. Ci importa, quindi, più la textura generale di una mente che questa o quella opinione particolare. Così, in Villanueva c’è una spiritualità di fondamenti arcaici, di scarsissima agilità, imbrigliata dai vecchi abiti del pensare conventuale, specie di selva erudita per dove incrociano al più di passaggio come uccellini che smarrirono la rotta, certi luoghi comuni del pensare europeo. Era questo torrente troppo poderoso per non lasciare dovunque frasi di alluvione. Ora, la struttura della coscienza è tutto il contrario del trasporto delle alluvioni e lo storico deve mettere da parte con cura tutto ciò che non è organico in una personalità per valutar questa definitivamente. Mi si dica se è compatibile col gusto moderno quel discorso di Villanueva su «il carattere fraudolento e doloso dei francesi, accreditato dall’esperienza di tutti i secoli» dove si legge: «Altrettanto assicurano di loro Tito Livio, Polibio, Giulio Cesare e quasi tutti gli storici antichi, e ciò che più conta, il nostro San Giuliano, arcivescovo di Toledo, nella sua Declamatio vilis provintiae galliae, scritta in occasione dell’aver aiutato i francesi il tiranno Paolo nella sua ribellione contro Wamba. Io vedo che la chiesa di Milano, in occasione dell’invasione dei francesi in quella città nel secolo XIV, quando la liberò Dio da questa peste, istituì una festa annuale di ringraziamento con messa propria, stampata nel messale ambrosiano, nel cui prefazio li trattava da ladroni galli latrunculos».
«Imitando este ejemplo propongo a V. M., que a fin de implorar el auxilio de Dios para que preserve a España del dolo de esta nación, se pide al próximo concilio nacional que en las letanías mayores después de las palabras ab insidiis diaboli liberanos Domine, añada la siguiente súplica: a gallorum fraudibus liberanos Domine». Notemos que todo esto es sugerido a propósito del presunto enlace de Fernando. Entre este tema y esos párrafos no existe una conexión mental de matiz moderno; antes bien, semejante monstruosidad psicológica acusa un espíritu de barroco mecanismo inhábil para manejar con holgura los cuerpos fugitivos de las nuevas ideas. Era todavía España, como indicó valientemente a las Cortes el conde de Toreno, una nación frailesca. No creo desconocer los méritos relativos de Villanueva, pero sí como dijo otro día el diputado González: «Señor, es necesaria una baraja nueva», lealmente dudo de que pudieran hallarse en aquel Congreso ni cuarenta, ni veinte, ni diez naipes hábiles.
Sin salir del concurso encontramos algunas fisonomías que contrastan y confirman nuestro juicio. Un hombre sobre todos se levanta como para exemplificar la modalidad del español moderno, el asturiano Agustín Argüelles. Es el centro de las Cortes de Cádiz, el corazón, el cerebro y la mano que pilotea. Ha vivido en Inglaterra, ha observado sus costumbres civiles, ha asistido durante tres años a las discusiones de los Comunes. No han caído sobre él mecánicamente las ideas modernas: no es siervo de los principios. Todo él es moderno. Se mueve ágilmente en toda cuestión, sabe apartarse a punto de los rigores paradigmáticos de la teoría para hacer, al cabo, triunfar su esencia. Y esto es la política. Había elegancia sencilla y fluyente; conoce perfectamente la técnica administrativa y la jurídica; parece habituado al pleno ejercicio de los privilegios democráticos y tal vez con el conde de Toreno es el único que sabe distinguir entre el deber de la independencia y la hostilidad a los principios de cultura que Francia representaba. Difícil será que se tropiece en sus discursos con pensamiento, fórmula o giro que desentone a nuestra oreja educada en la extrema modernidad. Y sus discursos son innumerables: casi parece el ministro responsable en aquella asamblea. Lleva en peso la discusión de la ley sobre libertad de imprenta, del asunto Lardizabal, de la Constitución, de los arreglos provinciales, de las arduas cuestiones que suscita el misérrimo estado del ejército y el insoluble de la hacienda; en suma, la labor íntegra y sana que dejaron las Cortes y que opta a la veneración perfecta por parte de los españoles. Muñoz Torrero, también eclesiástico como Villanueva, le secunda lealmente con sus positivos conocimientos de jurista y el conde de Toreno, un mozo, le sirve de vanguardia radical cuando hay que tomar fogosamente las trincheras fanáticas.
Fue una durísima batalla de tres años. La tosquedad de muchos cerebros obligaba a la lentitud. Pero más que su tosquedad estorbaba el enemigo. El enemigo no era el francés. Era el español elegido, el que ocupaba los altos cargos en la administración y en el gobierno, en la milicia y en la iglesia. Continuamente se ven burlados los derechos de las Cortes por los mismos regentes, por el consejo de Castilla, por los obispos. En una de las primeras sesiones el marqués del Palacio, nombrado regente por el mismo Congreso, se resiste a jurar ante esta fórmula establecida. Las Cortes le procesan. ¿Qué acontece? Poco después el consejo le nombra nada menos que capitán general.
El gobierno o consejo de regencia fue siempre enemigo irreconciliable de las Cortes, lo mismo el presidio por el obispo de Orense, que el segundo nombrado por los mismos diputados. Una debilidad muy característica, originaria acaso de la falta de altivez democrática antes señalada por mí, movió a éstas a elegir, para los casos supremos del Poder Ejecutivo, grandes figurones de la España convencional, hombres de esos que nadie sabe por qué se han elevado en la jerarquía oficial, vanos e ignaros, mal intencionados, angostos de ánimo y omnímodamente inútiles. A este linaje de ciudadanos debe mi país todas sus desventuras viejas y presentes. Yo no sé qué fatal predilección hemos solido sentir por tales genios de la inutilidad.
Argüelles, acaso un poco tarde, levanta el velo de aquellas acciones solapadas con que se iba minando la autoridad del Congreso. «Yo no olvidaré jamás —dice el 16 de octubre de 1811— que las Cortes se instalaron sin que sus diputados se conociesen los unos a los otros, y menos sin haber tenido conferencias preparatorias. Esto se evitó con todo cuidado. Se las abandonó el 21 de septiembre a sí mismas, dejándolas con un tintero y unos cuantos cuadernillos de papel para que se comprometiesen con el público en las primeras sesiones, por falta de plan y concierto». «No quiero hablar ahora —prosigue— del modo con que se ha tratado indisponer al Congreso, principalmente con la Junta de Cádiz, con el ejército y con la marina. Tal ha sido el alistamiento de esta plaza, tales los empréstitos pedidos a su comercio, y, en fin, un cúmulo de negocios, que la manera que se condujeron prueba que sólo se buscaba la guerra civil. No quiero probarlo por chismes y por papeles, de que no hay necesidad, pero no hay uno que si mete la mano en su pecho no halle en hechos, en conversaciones, una prueba calificada de este proceder». Argüelles se vio obligado a hacer constar que «los individuos de las Cortes no eran ningunos advenedizos, ni estaban alucinados por los libros extranjeros, ni concurrían en ellos otras especies diabólicas de las que, según ellos, profanan el Congreso, frases que declaran el género de guerra que contra éste se ejercitaba y el bárbaro espíritu de reacción que movía esa guerra.
El obispo de Orense niega su juramento, luego exige que se le permita jurar con una fórmula equívoca especial, por fin, castigado por las Cortes, jura y vuelto a su diócesis, vuelve a ratificar su primitiva hostilidad. Tenía alguna fama de santo, pero era, en realidad, un poco hotentote y obraba con fieros impulsos discontinuos. En las razas muy nerviosas la aspereza del energúmeno es a menudo interpretada como beatitud.
El caso más grave fue, empero, un folleto que publicó don Miguel de Lardizábal, compañero del obispo en la Regencia, que depuso el poder en manos de las Cortes al tiempo de su congregación. Se trataba de un producto difamatorio y venenoso de virulencia centuplicada por la situación del autor. En él se decía taxativamente que si en la noche en que se reunió la Asamblea hubiera contado la Regencia con el pueblo o con la fuerza, no habría habido tales Cortes. Lardizábal, natural de México, había representado en aquel gobierno la América. Yo siento decirlo, pero a no haber sonado dentro de las sesiones voces de muy otro valor, en nombre de las provincias ultramarinas, este nombre Lardizábal las colocaba en muy mal lugar.
Debía ser listo y algo culto, pero en fin de cuentas no había hecho sino intrigar mientras fue gobierno, en lugar de organizar los rotos miembros nacionales. Fue el motor de la campaña contra el Congreso, el que incitó a la administración para que estorbara los efectos de las leyes nuevas y hostigó a obispos y predicadores para que descargaran sobre los más claros diputados el contenido de sus almas medioevales. «Yo sé de algunas partes —dice García Herreros— donde se nos da el título de canallas». Eran, entre otros lugares, los púlpitos desde donde se hacía fuego a los franceses, pero también a los mejores elementos del país; Lardizábal fue condenado a expatriarse, pero escribió a las Cortes demandando perdón, desdiciéndose, sometiéndose, según aquella definitiva debilidad que yace en las curvas secretas de los corazones torcidos, cuando la torcedumbre no es genial.
“Imitating this example I propose to Your Majesty, that in order to implore the aid of God to preserve Spain from the deceit of this nation, it be asked of the next national council that in the major litanies after the words ab insidiis diaboli liberanos Domine, it add the following supplication: a gallorum fraudibus liberanos Domine”. Let us note that all this is suggested apropos of the presumed betrothal of Ferdinand. Between this theme and those paragraphs there does not exist a mental connection of modern hue; rather, such a psychological monstrosity accuses a spirit of baroque mechanism inept for handling with ease the fugitive bodies of the new ideas. It was still Spain, as the count of Toreno valiantly indicated to the Cortes, a friarish nation. I do not believe I ignore the relative merits of Villanueva, but yes, as the deputy González said another day: “Sir, a new deck of cards is necessary”, I loyally doubt that there could be found in that Congress either forty, or twenty, or ten able cards.
Without leaving the assembly we find some physiognomies that contrast with and confirm our judgment. One man above all rises as if to exemplify the modality of the modern Spaniard, the Asturian Agustín Argüelles. He is the center of the Cortes of Cádiz, the heart, the brain, and the hand that pilots. He has lived in England, has observed its civil customs, has attended for three years the debates of the Commons. The modern ideas have not fallen upon him mechanically: he is not a servant of principles. He is entirely modern. He moves agilely in every question, knows how to stand aside in time from the paradigmatic rigors of theory to make, in the end, his essence triumph. And this is politics. There was in him a simple and flowing elegance; he knows perfectly the administrative and the juridical technique; he seems habituated to the full exercise of democratic privileges and perhaps with the count of Toreno he is the only one who knows how to distinguish between the duty of independence and the hostility to the principles of culture that France represented. Difficult it will be that in his speeches one stumbles upon a thought, formula, or turn that clashes with our ear educated in extreme modernity. And his speeches are innumerable: he almost seems the responsible minister in that assembly. He carries on his shoulders the discussion of the law on freedom of the press, of the Lardizábal affair, of the Constitution, of the provincial arrangements, of the arduous questions raised by the most miserable state of the army and the insoluble one of the treasury; in sum, the entire and sound labor that the Cortes left and that aspires to perfect veneration on the part of the Spaniards. Muñoz Torrero, also an ecclesiastic like Villanueva, second him loyally with his positive knowledge as jurist, and the count of Toreno, a young man, serves him as radical vanguard when it is necessary to take the fanatic trenches with fire.
It was a very hard battle of three years. The crudeness of many brains obliged to slowness. But more than their crudeness, the enemy hindered. The enemy was not the Frenchman. It was the elected Spaniard, the one who occupied the high posts in the administration and in the government, in the militia and in the church. Continuously the rights of the Cortes are seen mocked by the very regents, by the council of Castile, by the bishops. In one of the first sessions the marquis of Palacio, named regent by the same Congress, resists swearing before this established formula. The Cortes prosecute him. What happens? Shortly after the council names him nothing less than captain general.
The government or council of regency was always an irreconcilable enemy of the Cortes, equally the one presided by the bishop of Orense, as the second named by the deputies themselves. A very characteristic weakness, originating perhaps from the lack of democratic haughtiness before signaled by me, moved these to elect, for the supreme cases of the Executive Power, great bigwigs of conventional Spain, men of those that nobody knows why they have risen in the official hierarchy, vain and ignorant, ill-intentioned, narrow of spirit, and omnimodously useless. To this lineage of citizens my country owes all its old and present misfortunes. I do not know what fatal predilection we have been wont to feel for such geniuses of uselessness.
Argüelles, perhaps a little late, lifts the veil of those underhanded actions with which the authority of the Congress was being undermined. “I shall never forget —he says on the 16th of October 1811— that the Cortes were installed without their deputies knowing one another, and less still without having had preparatory conferences. This was avoided with all care. They were abandoned on the 21st of September to themselves, leaving them with an inkwell and a few sheaves of paper so that they should compromise themselves with the public in the first sessions, for lack of plan and concert”. “I do not wish to speak now —he continues— of the manner in which it has been sought to set the Congress at odds, principally with the Junta of Cádiz, with the army, and with the navy. Such has been the enlistment of this place, such the loans demanded of its commerce, and, in short, a heap of affairs, that the manner in which they were conducted proves that only civil war was sought. I do not wish to prove it by gossip and papers, of which there is no need, but there is no one who if he puts his hand on his chest does not find in deeds, in conversations, a qualified proof of this proceeding”. Argüelles saw himself obliged to make it known that “the individuals of the Cortes were not any upstarts, nor were they deluded by foreign books, nor did there concur in them other diabolical species of those that, according to them, profane the Congress, phrases that declare the kind of war that against it was waged and the barbarous spirit of reaction that moved that war”.
The bishop of Orense denies his oath; then he demands that he be permitted to swear with a special equivocal formula; at last, punished by the Cortes, he swears and, returned to his diocese, returns to ratify his primitive hostility. He had some fame of saint, but he was, in reality, a bit of a Hottentot and acted with fierce discontinuous impulses. In very nervous races the harshness of the madman is often interpreted as blessedness.
The most grave case was, however, a pamphlet that Don Miguel de Lardizábal published, companion of the bishop in the Regency, which laid down the power in the hands of the Cortes at the time of their congregation. It was a matter of a defamatory and poisonous product of virulence centupled by the situation of the author. In it it was said taxatively that if on the night in which the Assembly met the Regency had counted on the people or on force, there would have been no such Cortes. Lardizábal, native of Mexico, had represented in that government the America. I am sorry to say it, but had not voices of very different value sounded within the sessions, in the name of the ultramarine provinces, this name Lardizábal placed them in a very bad place.
He must have been clever and somewhat cultured, but when all was said and done he had done nothing but intrigue while he was government, instead of organizing the broken national members. He was the motor of the campaign against the Congress, the one who incited the administration to hinder the effects of the new laws and harassed bishops and preachers so that they should discharge on the clearest deputies the content of their medieval souls. “I know of some places —says García Herreros— where we are given the title of scoundrels”. They were, among other places, the pulpits from which fire was made at the French, but also at the best elements of the country; Lardizábal was condemned to expatriate himself, but he wrote to the Cortes asking forgiveness, retracting, submitting himself, according to that definitive weakness that lies in the secret curves of twisted hearts, when the twistedness is not ingenious.
«Imitando questo esempio propongo a V. M. che, al fine di implorare l’ausilio di Dio perché preservi la Spagna dall’inganno di questa nazione, si chieda al prossimo concilio nazionale che nelle litanie maggiori dopo le parole ab insidiis diaboli liberanos Domine, aggiunga la seguente supplica: a gallorum fraudibus liberanos Domine». Notiamo che tutto questo è suggerito a proposito del presunto matrimonio di Ferdinando. Tra questo tema e quei paragrafi non esiste una connessione mentale di tinta moderna; anzi, una simile mostruosità psicologica accusa uno spirito di barocco meccanismo inabile a maneggiare con disinvoltura i corpi fuggitivi delle nuove idee. Era ancora la Spagna, come indicò valorosamente alle Cortes il conte di Toreno, una nazione fratesca. Non credo di ignorare i meriti relativi di Villanueva, ma sì, come disse un altro giorno il deputato González: «Signore, è necessario un mazzo nuovo», lealmente dubito che si potessero trovare in quel Congresso né quaranta, né venti, né dieci carte abili.
Senza uscire dal consesso troviamo alcune fisionomie che contrastano e confermano il nostro giudizio. Un uomo su tutti si leva come per esemplificare la modalità dello spagnolo moderno, l’asturiano Agustín Argüelles. È il centro delle Cortes di Cadice, il cuore, il cervello e la mano che pilota. Ha vissuto in Inghilterra, ha osservato i suoi costumi civili, ha assistito per tre anni alle discussioni dei Comuni. Non sono cadute su di lui meccanicamente le idee moderne: non è servo dei principii. Tutto lui è moderno. Si muove agilmente in ogni questione, sa appartarsi a tempo dai rigori paradigmatici della teoria per far trionfare, alla fine, la sua essenza. E questo è la politica. C’era in lui un’eleganza semplice e fluente; conosce perfettamente la tecnica amministrativa e quella giuridica; sembra abituato al pieno esercizio dei privilegi democratici e forse col conte di Toreno è l’unico che sa distinguere tra il dovere dell’indipendenza e l’ostilità ai principii di cultura che la Francia rappresentava. Difficile sarà che si inciampi nei suoi discorsi in pensiero, formula o giro che stoni alla nostra orecchia educata nell’estrema modernità. E i suoi discorsi sono innumerevoli: quasi sembra il ministro responsabile in quella assemblea. Porta a peso la discussione della legge sulla libertà di stampa, dell’affare Lardizábal, della Costituzione, degli assestamenti provinciali, delle ardue questioni che suscita il miserevole stato dell’esercito e l’insolubile della finanza; in somma, l’opera integra e sana che lasciarono le Cortes e che aspira alla venerazione perfetta da parte degli spagnoli. Muñoz Torrero, anch’esso ecclesiastico come Villanueva, lo seconda lealmente con i suoi positivi conoscimenti di giurista e il conte di Toreno, un giovane, gli serve da vanguardia radicale quando bisogna prendere focosamente le trincee fanatiche.
Fu una durissima battaglia di tre anni. La rozzezza di molti cervelli obbligava alla lentezza. Ma più della loro rozzezza intralciava il nemico. Il nemico non era il francese. Era lo spagnolo eletto, quello che occupava gli alti carichi nell’amministrazione e nel governo, nella milizia e nella chiesa. Continuamente si vedono beffati i diritti delle Cortes dagli stessi reggenti, dal consiglio di Castiglia, dai vescovi. In una delle prime sedute il marchese del Palacio, nominato reggente dallo stesso Congresso, si resiste a giurare dinanzi a questa formula stabilita. Le Cortes lo processano. Che cosa accade? Poco dopo il consiglio lo nomina nientemeno che capitano generale.
Il governo o consiglio di reggenza fu sempre nemico irreconciliabile delle Cortes, tanto quello presieduto dal vescovo di Orense, quanto il secondo nominato dagli stessi deputati. Una debolezza molto caratteristica, originaria forse della mancanza di alterigia democratica prima segnalata da me, mosse queste a eleggere, per i casi supremi del Potere Esecutivo, grandi figuroni della Spagna convenzionale, uomini di quelli che nessuno sa perché si sono elevati nella gerarchia ufficiale, vani e ignoranti, malintenzionati, angusti d’animo e onnimamente inutili. A questo lignaggio di cittadini deve il mio paese tutte le sue sventure vecchie e presenti. Io non so quale fatale predilezione abbiamo soluto sentire per tali geni dell’inutilità.
Argüelles, forse un poco tardi, solleva il velo di quelle azioni subdole con cui si andava minando l’autorità del Congresso. «Io non dimenticherò mai —dice il 16 ottobre 1811— che le Cortes si installarono senza che i loro deputati si conoscessero gli uni gli altri, e meno ancora senza aver avuto conferenze preparatorie. Questo si evitò con ogni cura. Le si abbandonò il 21 settembre a sé stesse, lasciandole con un calamaio e qualche quadernetto di carta perché si compromettessero col pubblico nelle prime sedute, per mancanza di piano e concerto». «Non voglio parlare ora —prosegue— del modo con cui si è cercato di indisporre il Congresso, principalmente con la Giunta di Cadice, con l’esercito e con la marina. Tale è stato l’arruolamento di questa piazza, tali i prestiti chiesti al suo commercio, e, infine, un cumulo di affari, che la maniera con cui si condussero prova che si cercava soltanto la guerra civile. Non voglio provarlo con pettegolezzi e con carte, di cui non c’è bisogno, ma non c’è uno che se mette la mano sul petto non trovi nei fatti, nelle conversazioni, una prova qualificata di questo procedere». Argüelles si vide obbligato a far constare che «gli individui delle Cortes non erano alcun avventurieri, né erano allucinati dai libri stranieri, né concorrevano in loro altre specie diaboliche di quelle che, secondo loro, profanano il Congresso, frasi che dichiarano il genere di guerra che contro questo si esercitava e il barbaro spirito di reazione che muoveva quella guerra».
Il vescovo di Orense nega il suo giuramento; poi esige che gli si permetta di giurare con una formula equivoca speciale; infine, punito dalle Cortes, giura e, tornato alla sua diocesi, torna a ratificare la sua primitiva ostilità. Aveva qualche fama di santo, ma era, in realtà, un poco ottentotto e operava con fieri impulsi discontinui. Nelle razze molto nervose l’asprezza dell’energumeno è spesso interpretata come beatitudine.
Il caso più grave fu, però, un opuscolo che pubblicò don Miguel de Lardizábal, compagno del vescovo nella Reggenza, che depose il potere nelle mani delle Cortes al tempo della loro congregazione. Si trattava di un prodotto diffamatorio e velenoso di virulenza centuplicata dalla situazione dell’autore. In esso si diceva tassativamente che se nella notte in cui si riunì l’Assemblea la Reggenza avesse contato sul popolo o sulla forza, non ci sarebbero state tali Cortes. Lardizábal, nativo del Messico, aveva rappresentato in quel governo l’America. Mi dispiace dirlo, ma se non fossero risuonate dentro le sessioni voci di ben altro valore, in nome delle province d’oltremare, questo nome Lardizábal le collocava in pessimo luogo.
Doveva essere sveglio e alquanto culto, ma in fin dei conti non aveva fatto che intrigare finché fu governo, invece di organizzare i rotti membri nazionali. Fu il motore della campagna contro il Congresso, colui che incitò l’amministrazione a ostacolare gli effetti delle leggi nuove e aizzò vescovi e predicatori perché scaricassero sui più chiari deputati il contenuto delle loro anime medievali. «So di alcune parti —dice García Herreros— dove ci si dà il titolo di canaglie». Erano, tra altri luoghi, i pulpiti da dove si faceva fuoco ai francesi, ma anche ai migliori elementi del paese; Lardizábal fu condannato a espatriarsi, ma scrisse alle Cortes domandando perdono, smentendosi, sottomettendosi, secondo quella definitiva debolezza che giace nelle curve segrete dei cuori torti, quando la stortura non è geniale.
Con todo esto recibimos la impresión suficiente para valuar las enormes dificultades que se oponían a la actividad de los legisladores. Era lo de menos el enemigo francés que apretaba los muros de Cádiz donde las Cortes habían mudado su residencia primitiva en la isla de León. Es innegable que aquellos diputados dieron una magnífica muestra de serenidad, siempre que no se entienda por tal un temperamento enérgico. Argüelles, Muñoz Torrero, García Herrero, Toreno, Calatrava y otra docena más, con ser profundamente demócratas, no bastaban para inyectar en el resto de sus compañeros de psicología confusa e híbrida, aquellos últimos arrestos necesarios para las profundas revoluciones espirituales aun más que para las barricadas y que sólo se suscitan cuando una gran porción de la raza alcanza clarividencia histórica. Había en Cádiz, sin duda, endémico heroísmo: debieron vivir aquellos hombres, venidos de todas las regiones y hacinados unos sobre otros en la pequeña ciudad, unos meses de excitación alucinada más peligrosa quizás que los franceses de fuera y los fanáticos de dentro. De todo ello triunfaron, pero en el fondo de aquella muchedumbre reinaba definitivamente la miseria intelectual, la inercia ideológica, lastre pavoroso que docena y media de caracteres más finos no podían habilitar para la acción fecunda. Verdad es que en la historia suele hablarse de ciertas energías subitáneas para quienes no existen obstáculos. Suele llamárselas genios, vaga y poética palabra. Pues bien, esto faltó en Cádiz.
En esta línea de obstáculos he dejado para el final la mención del grupo aparte que formaban los diputados americanos. Es preciso reconocer que entre ellos figuraban algunos de los más cultos representantes. Mejía, aunque parecía el conductor, no era ni mucho menos el más interesante. Orador no poco tórrido y con frecuencia chabacano, debía ser un temperamento atropellado, fantástico y no muy serio. Era simpático por su garbo e inquietud y gozaba de un buen humor impertérrito. Él fue quien presentó a las Cortes una proposición para que se abriera el teatro de Cádiz, cerrado en signo de tristeza nacional.
Guridi y Alcocer, diputado por Tlaxcala es, en mi entender, la figura sobresaliente entre los americanos. López Lisperguer, suplente por Buenos Aires, suele también intervenir con gran competencia y moderno espíritu. Sobre todo es característico de la facción americana la intención política con que administran todas sus palabras y actos. Se me permitirá que diga: la mala intención política. En una de las primeras sesiones presentan ya sus demandas para que se consideren en todo caso iguales las provincias de Ultramar a la Península. Apoyándose en los levantamientos que se iniciaban, situaban en sus discursos hábilmente las amenazas y repetidamente, con verdadera acritud, censuraban la ignorancia de los europeos acerca de la realidad americana. Sus votos iban siempre reunidos, sin rumbo aparentemente fijo, pero secretamente orientado por las ventajas que se ofrecían a su única aspiración esencial. Acaso deban parecer excesivamente desinteresados de cuanto no sea la libertad americana y algunos de ellos son decididos enemigos de la libertad en general. Así, el señor Feliu, diputado por el Perú, suele distinguirse entre los más reaccionarios. Y, sin embargo, es positivamente el hombre de pensamiento cultísimo, sutil y complejo.
Tales son los rasgos que me parecen más interesantes hoy de aquellas Cortes, las mejor intencionadas probablemente de la España contemporánea. He insistido más en sus aspectos negativos porque la religión nacional debe nacer siempre de la crítica histórica, no del panegírico. Sólo lo que resiste a la crítica es lícito que ascienda al culto. Así acontece con las Cortes de Cádiz.
La Prensa, 13 de octubre de 1912
1913
With all this we receive sufficient impression to value the enormous difficulties that opposed the activity of the legislators. The least of it was the French enemy that pressed upon the walls of Cádiz, where the Cortes had moved their primitive residence on the island of León. It is undeniable that those deputies gave a magnificent display of serenity, provided that by it one does not understand an energetic temperament. Argüelles, Muñoz Torrero, García Herrero, Toreno, Calatrava and another dozen more, for all that they were profoundly democratic, were not enough to inject into the rest of their companions of confused and hybrid psychology those last mettle reserves necessary for the profound spiritual revolutions, even more than for the barricades, and which are roused only when a great portion of the race attains historical clairvoyance. There was in Cádiz, without doubt, an endemic heroism: those men, come from all regions and piled one upon another in the small city, must have lived some months of hallucinated excitement, perhaps more dangerous than the French outside and the fanatics within. They triumphed over all of it, but in the depth of that multitude there reigned definitively intellectual misery, ideological inertia, a frightful ballast which a dozen and a half of finer characters could not enable for fruitful action. It is true that in history one is wont to speak of certain sudden energies for which no obstacles exist. One is wont to call them geniuses, a vague and poetic word. Well, then: this was lacking in Cádiz.
In this line of obstacles I have left for the end the mention of the separate group formed by the American deputies. It must be recognized that among them there figured some of the most cultured representatives. Mejía, although he seemed the leader, was not by far the most interesting. An orator not a little torrid and frequently coarse, he must have been a headlong, fantastic, and not very serious temperament. He was likeable for his grace and restlessness, and enjoyed an imperturbable good humor. It was he who presented to the Cortes a proposal that the theater of Cádiz be opened, closed as a sign of national mourning.
Guridi y Alcocer, deputy for Tlaxcala, is, to my understanding, the outstanding figure among the Americans. López Lisperguer, substitute for Buenos Aires, also usually intervenes with great competence and a modern spirit. Above all it is characteristic of the American faction the political intention with which they administer all their words and acts. I shall be permitted to say: the ill political intention. In one of the first sessions they already present their demands that the overseas provinces be considered, in every case, equal to the Peninsula. Leaning on the uprisings that were beginning, they skillfully placed their threats in their speeches, and repeatedly, with true acrimony, censured the ignorance of the Europeans concerning American reality. Their votes always went united, without an apparently fixed course, but secretly oriented by the advantages that were offered to their single essential aspiration. Perhaps they ought to appear excessively disinterested in everything that is not American liberty, and some of them are decided enemies of liberty in general. Thus, Señor Feliu, deputy for Peru, usually distinguishes himself among the most reactionary. And, nevertheless, he is positively a man of most cultured, subtle and complex thought.
Such are the traits that today seem to me most interesting of those Cortes, probably the best-intentioned of contemporary Spain. I have insisted more on their negative aspects because the national religion must always be born of historical criticism, not of the panegyric. Only what resists criticism is licit for it to ascend to the cult. So it happens with the Cortes of Cádiz.
La Prensa, 13 October 1912
1913
Con tutto questo riceviamo l’impressione sufficiente per valutare le enormi difficoltà che si opponevano all’attività dei legislatori. Era il meno il nemico francese che stringeva le mura di Cadice dove le Cortes avevano mutato la loro primitiva residenza nell’isola di León. È innegabile che quei deputati diedero una magnifica prova di serenità, sempre che non si intenda per tale un temperamento energico. Argüelles, Muñoz Torrero, García Herrero, Toreno, Calatrava e un’altra dozzina, per quanto profondamente democratici, non bastavano a iniettare nel resto dei loro compagni di psicologia confusa e ibrida, quegli ultimi slanci necessari alle profonde rivoluzioni spirituali ancor più che alle barricate e che si suscitano soltanto quando una gran parte della razza raggiunge chiaroveggenza storica. C’era a Cadice, senza dubbio, eroismo endemico: quegli uomini, venuti da tutte le regioni e ammassati gli uni sugli altri nella piccola città, dovettero vivere alcuni mesi di eccitazione allucinata forse più pericolosa dei francesi di fuori e dei fanatici di dentro. Di tutto ciò trionfarono, ma in fondo a quella folla regnava definitivamente la miseria intellettuale, l’inerzia ideologica, zavorra spaventosa che una dozzina e mezzo di caratteri più fini non potevano abilitare all’azione feconda. Vero è che nella storia suole parlarsi di certe energie subitanee per cui non esistono ostacoli. Suole chiamarsi geni, vaga e poetica parola. Ebbene, questo mancò a Cadice.
In questa linea di ostacoli ho lasciato per la fine la menzione del gruppo a parte che formavano i deputati americani. È necessario riconoscere che tra loro figuravano alcuni dei rappresentanti più colti. Mejía, sebbene sembrasse il conduttore, non era neanche lontanamente il più interessante. Oratore non poco torrido e spesso volgare, doveva essere un temperamento precipitoso, fantastico e non molto serio. Era simpatico per il suo garbo e la sua inquietudine e godeva di un buon umore imperturbato. Fu lui che presentò alle Cortes una proposta perché si aprisse il teatro di Cadice, chiuso in segno di tristezza nazionale.
Guridi y Alcocer, deputato per Tlaxcala, è, a mio intendere, la figura spiccata tra gli americani. López Lisperguer, supplente per Buenos Aires, suole anche intervenire con grande competenza e spirito moderno. Soprattutto è caratteristica della fazione americana l’intenzione politica con cui amministrano tutte le loro parole e atti. Mi si permetterà di dire: la cattiva intenzione politica. In una delle prime sedute presentano già le loro richieste perché si considerino in ogni caso uguali le province d’Oltremare alla Penisola. Appoggiandosi ai sollevamenti che si iniziavano, situavano nei loro discorsi abilmente le minacce e ripetutamente, con vera asprezza, censuravano l’ignoranza degli europei circa la realtà americana. I loro voti andavano sempre riuniti, senza rotta apparentemente fissa, ma segretamente orientata dai vantaggi che si offrivano alla loro unica aspirazione essenziale. Forse devono sembrare eccessivamente disinteressati di quanto non sia la libertà americana e alcuni di loro sono decisi nemici della libertà in generale. Così, il signor Feliu, deputato per il Perù, suole distinguersi tra i più reazionari. E, tuttavia, è positivamente l’uomo di pensiero colissimo, sottile e complesso.
Tali sono i tratti che oggi mi sembrano più interessanti di quelle Cortes, le meglio intenzionate probabilmente della Spagna contemporanea. Ho insistito di più sui loro aspetti negativi perché la religione nazionale deve nascere sempre dalla critica storica, non dal panegirico. Soltanto ciò che resiste alla critica è lecito che ascenda al culto. Così accade con le Cortes di Cadice.
La Prensa, 13 de octubre de 1912
1913