Ortega y Gasset

Abstract

A travel sketch: the hermitages of Córdoba as a “factory of solitude”, with cypresses, white cells, the two paintings of the soul in torment and the soul in grace, the silence and the bells. There the passions become intellectualised — “a theory always hurts less than a love”. Lyrical prose, not philosophy.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Si al acercarse el verano con sus ardores buscamos un lugar umbroso o una playa oreada, ¿por qué no hemos de buscar también sanatorios de silencio y casas de baños de soledad cuando algo dentro de nosotros nos demanda aislamiento?

Visitemos, por ejemplo, las ermitas de Córdoba, que son una fábrica de soledad como no hay otra. En la cima de un monte se hallan las blancas celdas rodeadas de arbustos y árboles severos y de flores que traen a la memoria la flora extática del Beato Angélico; fornidos bardales que siguen las quebraduras del terreno ciñen la frente del monte; su recinto se llama el Desierto. El aroma de Córdoba, balsámico y pertinaz, es aquí más intenso, y plantas bravas le influyen algún dejo punzante, enérgico, tónico que acelera la sangre en las venas, despierta las más hondas ideas, sacude al místico bufón que vagabundea por el cuerpo del hombre, y no obstante, unge los nervios de castidad y de templanza.

Un cenobita con sayal del color de la tierra abre un portón; entramos. Dos hileras de cipreses ensimismados con su follaje recio, de un verde casi negro, conducen a la iglesuca y al aposento del capellán. En la sacristía se ven dos cuadros que figuran una antítesis dolorosa. Es uno la imagen horrenda de una pobre ánima del purgatorio ardiendo en llamas de ocre; en un rincón del lienzo está escrito: Alma en pena. En el otro cuadro se lee: Alma en gracia; representa una mujer tan bella, con unos ojos tan azules, unos cabellos tan augustos y dorados y unos labios tan deleitosos, que a no hallarnos a tamaña altura sobre el nivel del mar y de los instintos, alguna inquietud nos sobrecogería.

Luego conviene dejarse ir, lasa la voluntad, por el campo austero que se abre en derredor. Las ermitas están desparramadas en la cima, ocultas en la espesura. Cada una tiene su huerto, largo de algunos pasos, ceñido por blanca tapia que se recata entre las chaparras y las higueras. Cada una tiene un ciprés y una espadaña.

A poco de estar en semejante lugar somos transportados a la mansa región de las ideas generales. Las pasiones y las querencias de la carne no concluyen nunca, en verdad; tal vez sigan inquietando nuestros cuerpos bajo la tierra; pero aquí se intelectualizan, se convierten en conceptos puros y son más llevaderas. Siempre es menos dolorosa una teoría que un amor.

Va muriendo la tarde. El silencio es sorprendente: para los que de ordinario vivimos en medio del estruendo ciudadano, un instante de silencio nos suena a algo cristalino que se rompe. Sobre la frente, el cielo. Córdoba, en lo hondo, prolonga su añejo sopor en brazos del Guadalquivir; el color blanco azulado del caserío favorece la blancura, la discreción del paisaje lejano. Por el contrario, cuanto hay en el recinto de las ermitas tiene esa crispación audaz que ha de hallarse en el rostro del místico al punto de saltar de la oración al éxtasis.

Se siente caer en torno la llovizna bienhechora del silencio, y elevarse de entre los árboles humaredas de paz. Respíranse emanaciones de supremo idealismo, y al cortar una flor salvaje, nos parece desglosar una palabra de San Juan de la Cruz o de Novalis, y mezclo estos dos nombres porque aquí se está de tal manera por encima de todo, que la ortodoxia y la heterodoxia se entrevén apenas, como dos mulas negras que cruzan ahora, allá abajo, por un camino de plata. El espíritu queda proyectado hacia las últimas preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la felicidad?

El rumor casi humano de una campana parladora surge de una espadaña y se esparce en halos armoniosos: es un son blando y acariciador que pasa refrescando el cerebro y produciendo suave angustia, como si una mano de mujer se posara en nuestro pecho y lo oprimiera. Hay en las quietudes de los campos sonidos que despiertan en nosotros cúmulos de sensaciones tan agudas y deliciosamente complicadas, que quisiéramos tener mil oídos y mil orejas para escuchar con todos ellos aquella nota única.

Otra ermita contesta con su campana; después, la capilla, más grave, da su voz; más tarde, y lejos, habla otra nerviosamente, y luego otra y otra, dulces, tranquilas, ritmosas, balbucientes; cada una desarrolla bajo el cielo benigno del atardecer el sereno tapiz de meditaciones que ha urdido sobre su soledad el eterno cenobiarca que las tañe. Estos monjes tienen muertas sus viejas lenguas purificadas, y dejan a las campanas que conversen en su lugar. Doscientos cincuenta y tres tañidos debe dar al día cada ermita. ¡Ah!, la voz de las campanas de las celdas es una música teológica que echa sobre el pensamiento paños blancos de sosiego. Cerca de nosotros chirrían los goznes de una puerta. De ella sale un ermitaño con su bordón de coro; comienza a andar por una vereda entre los setos espinosos, y se dirige a la capilla. Es un viejo cetrino y alto que al caminar cojea. A seguida, otros solitarios abandonan sus huertos con un bordón igual en sus manos oscuras. Y es una imagen exótica de otros países y tiempos la que ofrecen estos peregrinos de barbas abundosas, haciendo vía aquí y allá por toda la extensión quebrada del Desierto; ahora aparecen destacándose en el cielo como si llegaran de la Tebaida en una nube de oro, y a poco se hunden en un barranco y vuelven a aparecer indecisamente entre los árboles, borrándose sobre la tierra del mismo tono caliente que sus hábitos. ¿Quiénes son estos hombres? Son, en su mayor parte, campesinos toscos que, heridos por un súbito fervor, ascienden a este monte, y aquí se olvidan de sí mismos por espacio de algunos años y aun todo el resto de sus días. No hacen votos solemnes de vida monástica. ¿Para qué? ¿A qué dar a su aislamiento el matiz sombrío de una acción irremediable? Visten el sayal, cubren su cabeza con esa extraña monterilla de judío, se ciñen los lomos con un rosario hecho de huesos de aceituna o una ancha correa, dejan crecer sus barbas y enjaulan en una de estas celdillas toda la casa de fieras de sus instintos. Conforme pasa el tiempo, van despojándose de ellos y arrojándolos delante de sí con la ingenuidad, con la lentitud, con la sencillez con que se tiran piedrecillas en un agua muerta.

En Constantinopla, donde tanto escasea, hay una Sociedad de bebedores de agua; quienes la forman reparten sus simpatías entre aguas de diversas estirpes, y unos prefieren la del Éufrates, porque son biliosos, y otros las del Danubio, porque son linfáticos; o las del Nilo, por afición arqueológica. ¿Qué secretos no sabrán del agua cuando hacen del beberla un arte? De análoga manera, los ermitaños, bebedores de soledad, son grandes entendidos en sosiego. Acaso no mediten mucho, como los catadores sabios no acostumbran a beber demasiadamente. Alguno de entre ellos ha vivido en todos los lugares apartados y quietos de la tierra; en cada uno ha gustado la soledad ambiente, y por último se ha fijado aquí, por juzgarla la más útil para su vida interior.

A mis soledades voy;

de mis soledades vengo…

decía Lope de Vega. Estos hombres-islas saben más y se están quedos, dejando que las soledades vayan y vengan al través de su espíritu, llevándose en aluvión la escoria de las pasiones. Y así, estos hombres llegan a tener sus almas tan pulidas como cantos rodados, o más bien como huesos enterrados en cal.

1904

If, as summer approaches with its ardors, we seek a shady place or an airy beach, why should we not also seek sanatoriums of silence and bathing-houses of solitude when something within us demands isolation of us?

Let us visit, for example, the hermitages of Córdoba, which are a factory of solitude like no other. On the summit of a mountain stand the white cells surrounded by shrubs and severe trees and by flowers that bring to memory the ecstatic flora of Fra Angelico; sturdy hedges that follow the breaks of the terrain gird the brow of the mountain; their enclosure is called the Desert. The aroma of Córdoba, balsamic and pertinacious, is here more intense, and wild plants impart to it some sharp, energetic, tonic trace that quickens the blood in the veins, awakens the deepest ideas, shakes the mystic buffoon that wanders through man’s body, and nonetheless anoints the nerves with chastity and temperance.

A cenobite in a habit the color of the earth opens a great gate; we enter. Two rows of cypresses self-absorbed in their dense foliage, of an almost black green, lead to the little church and to the chaplain’s chamber. In the sacristy two paintings are seen that figure a dolorous antithesis. One is the horrendous image of a poor soul of purgatory burning in ocher flames; in a corner of the canvas is written: Soul in torment. In the other painting one reads: Soul in grace; it represents a woman so beautiful, with eyes so blue, hair so august and golden and lips so delightful, that were we not at such a height above the level of the sea and of the instincts, some disquiet would seize us.

Then it is fitting to let oneself go, the will lax, through the austere countryside that opens around. The hermitages are scattered on the summit, hidden in the thicket. Each one has its garden, some paces long, girded by a white wall that conceals itself among the kermes oaks and the fig trees. Each one has a cypress and a bell-gable.

Shortly after being in such a place we are transported to the gentle region of general ideas. The passions and the longings of the flesh never conclude, in truth; perhaps they continue to trouble our bodies beneath the earth; but here they become intellectualized, turn into pure concepts and are more bearable. A theory is always less painful than a love.

The afternoon is dying. The silence is surprising: for those of us who ordinarily live amid the urban uproar, an instant of silence sounds to us like something crystalline breaking. Over the brow, the sky. Córdoba, in the depths, prolongs its ancient slumber in the arms of the Guadalquivir; the bluish white color of the houses favors the whiteness, the discretion of the distant landscape. On the contrary, all that is within the enclosure of the hermitages has that audacious tenseness which must be found on the mystic’s face at the point of leaping from prayer to ecstasy.

One feels falling around the beneficent drizzle of silence, and rising from among the trees smoke-wreaths of peace. Emanations of supreme idealism are breathed, and upon cutting a wild flower, we seem to unpage a word of Saint John of the Cross or of Novalis, and I mix these two names because here one is so far above everything that orthodoxy and heterodoxy are scarcely caught sight of, like two black mules that cross now, down there, a path of silver. The spirit remains projected toward the ultimate questions: What is life? What is death? What is happiness?

The almost human murmur of a chattering bell rises from a bell-gable and spreads in harmonious halos: it is a soft and caressing sound that passes cooling the brain and producing a gentle anguish, as if a woman’s hand settled on our breast and pressed it. There are in the stillnesses of the fields sounds that awaken in us heaps of sensations so acute and deliciously complicated that we would wish to have a thousand ears and a thousand more to listen with all of them that single note.

Another hermitage answers with its bell; then, the chapel, more grave, gives its voice; later, and far away, another speaks nervously, and then another and another, sweet, tranquil, rhythmical, babbling; each one unfolds beneath the benign sky of the evening the serene tapestry of meditations that the eternal cenobiarch who rings them has woven over its solitude. These monks have their old purified tongues dead, and leave the bells to converse in their place. Two hundred and fifty-three peals each hermitage must give a day. Ah!, the voice of the bells of the cells is a theological music that throws over thought white cloths of calm. Near us the hinges of a door creak. From it an eremite comes out with his choir staff; he begins to walk along a path between the thorny hedges, and makes his way to the chapel. He is a sallow, tall old man who limps as he walks. Soon other solitaries abandon their gardens with an equal staff in their dark hands. And it is an exotic image of other countries and times that these pilgrims of abundant beards offer, making their way here and there over all the broken extent of the Desert; now they appear standing out against the sky as if they came from the Thebaid in a cloud of gold, and shortly they sink into a ravine and reappear indecisively among the trees, fading against the earth of the same warm tone as their habits. Who are these men? They are, for the most part, rough peasants who, wounded by a sudden fervor, ascend this mountain, and here forget themselves for the space of some years and even all the rest of their days. They make no solemn vows of monastic life. What for? Why give their isolation the somber tint of an irremediable action? They wear the coarse habit, cover their head with that strange little Jewish cap, gird their loins with a rosary made of olive stones or a broad leather strap, let their beards grow, and cage in one of these little cells all the menagerie of their instincts. As time passes, they go stripping themselves of them and casting them before themselves with the ingenuousness, the slowness, the simplicity with which pebbles are thrown into a dead water.

In Constantinople, where it is so scarce, there is a Society of water-drinkers; those who form it distribute their sympathies among waters of diverse lineages, and some prefer that of the Euphrates, because they are bilious, and others those of the Danube, because they are lymphatic; or those of the Nile, out of archaeological taste. What secrets must they not know of water when they make of drinking it an art? In analogous fashion, the eremites, drinkers of solitude, are great connoisseurs of stillness. Perhaps they do not meditate much, as wise tasters are not wont to drink too much. One of them has lived in all the retired and quiet places of the earth; in each he has tasted the ambient solitude, and at last has settled here, judging it the most useful for his inner life.

To my solitudes I go;

from my solitudes I come…

said Lope de Vega. These island-men know more and stay still, letting the solitudes come and go through their spirit, carrying away in torrent the dross of the passions. And so, these men come to have their souls as polished as water-worn stones, or rather as bones buried in lime.

1904

Se avvicinandosi l’estate con i suoi ardori cerchiamo un luogo ombroso o una spiaggia ventilata, perché non dovremmo cercare anche sanatori di silenzio e case di bagni di solitudine quando qualcosa dentro di noi ci domanda isolamento?

Visitiamo, per esempio, le eremitagí di Cordova, che sono una fabbrica di solitudine come non ve n’è un’altra. Sulla cima di un monte si trovano le bianche celle circondate da arbusti e alberi severi e da fiori che richiamano alla memoria la flora estatica del Beato Angelico; vigorose siepi che seguono le fratture del terreno cingono la fronte del monte; il loro recinto si chiama il Deserto. L’aroma di Cordova, balsamico e pertinace, è qui più intenso, e piante selvagge gli infondono qualche punta pungente, energica, tonica che accelera il sangue nelle vene, desta le più profonde idee, scuote il mistico buffone che vagabonda per il corpo dell’uomo, e nondimeno unge i nervi di castità e di temperanza.

Un cenobita con saio del colore della terra apre un portone; entriamo. Due file di cipressi assorti nel loro fogliame fitto, di un verde quasi nero, conducono alla chiesuola e alla stanza del cappellano. In sacrestia si vedono due quadri che figurano un’antitesi dolorosa. Uno è l’immagine orrenda di una povera anima del purgatorio ardente in fiamme di ocra; in un angolo della tela è scritto: Anima in pena. Nell’altro quadro si legge: Anima in grazia; rappresenta una donna tanto bella, con occhi tanto azzurri, capelli tanto augusti e dorati e labbra tanto deliziose, che se non ci trovassimo a tanta altezza sul livello del mare e degli istinti, qualche inquietudine ci sopraffarebbe.

Poi conviene lasciarsi andare, la volontà lassa, per il campo austero che si apre all’intorno. Le eremitagí sono sparse sulla cima, nascoste nella foltezza. Ciascuna ha il suo orticello, lungo alcuni passi, cinto da un bianco muro che si cela tra i lecci e i fichi. Ciascuna ha un cipresso e un campanile a vela.

Dopo poco che si sta in siffatto luogo siamo trasportati nella mansueta regione delle idee generali. Le passioni e le voglie della carne non concludono mai, in verità; forse seguiranno inquietando i nostri corpi sotto terra; ma qui si intellettualizzano, si convertono in concetti puri e sono più sopportabili. Sempre è meno dolorosa una teoria che un amore.

Va morendo il pomeriggio. Il silenzio è sorprendente: per coloro che di solito viviamo in mezzo allo strepito cittadino, un istante di silenzio ci suona come qualcosa di cristallino che si rompe. Sulla fronte, il cielo. Cordova, nel fondo, prolunga il suo annoso sopore tra le braccia del Guadalquivir; il colore bianco azzurrognolo dell’abitato favorisce la bianchezza, la discrezione del paesaggio lontano. Per contro, quanto vi è nel recinto delle eremitagí ha quella contrazione audace che deve trovarsi sul volto del mistico nell’atto di saltare dalla preghiera all’estasi.

Si sente cadere all’intorno la pioggerella benefica del silenzio, ed elevarsi di tra gli alberi fumate di pace. Si respirano emanazioni di supremo idealismo, e tagliando un fiore selvatico, ci pare di staccare una parola di San Giovanni della Croce o di Novalis, e mescolo questi due nomi perché qui si è in tal maniera al di sopra di tutto, che l’ortodossia e l’eterodossia si intravedono appena, come due mule nere che attraversano ora, laggiù, un sentiero d’argento. Lo spirito resta proiettato verso le ultime domande: Che cos’è la vita? Che cos’è la morte? Che cos’è la felicità?

Il rumore quasi umano di una campana ciarliera sorge da un campanile a vela e si spande in aloni armoniosi: è un suono blando e carezzevole che passa rinfrescando il cervello e producendo una soave angoscia, come se una mano di donna si posasse sul nostro petto e lo premesse. C’è nelle quietudini dei campi suoni che destano in noi cumuli di sensazioni tanto acute e deliziosamente complicate, che vorremmo avere mille orecchie per ascoltare con tutte quella nota unica.

Un’altra eremitagio risponde con la sua campana; poi, la cappella, più grave, dà la sua voce; più tardi, e lontano, parla un’altra nervosamente, e poi un’altra e un’altra, dolci, tranquille, ritmate, balbettanti; ciascuna svolge sotto il cielo benigno del tramonto il sereno tappeto di meditazioni che ha ordito sulla sua solitudine l’eterno cenobiarca che le suona. Questi monaci hanno morte le loro vecchie lingue purificate, e lasciano che le campane conversino al loro posto. Duecentocinquantatré rintocchi deve dare al giorno ogni eremitagio. Ah!, la voce delle campane delle celle è una musica teologica che getta sul pensiero bianchi panni di quiete. Vicino a noi cigolano i cardini di una porta. Da essa esce un eremita col suo bordone da coro; comincia a camminare per un sentiero tra le siepi spinose, e si dirige alla cappella. È un vecchio giallastro e alto che camminando zoppica. A seguire, altri solitari abbandonano i loro orti con un eguale bordone nelle loro mani scure. Ed è un’immagine esotica di altri paesi e di altri tempi quella che offrono questi pellegrini dalle barbe abbondanti, facendo strada qua e là per tutta l’estensione frastagliata del Deserto; ora appaiono stagliandosi nel cielo come se giungessero dalla Tebaide in una nube d’oro, e a poco si inabissano in un burrone e tornano ad apparire indecisamente tra gli alberi, cancellandosi sulla terra dello stesso tono caldo dei loro abiti. Chi sono questi uomini? Sono, in massima parte, contadini rozzi che, feriti da un subito fervore, salgono a questo monte, e qui si dimenticano di sé per lo spazio di alcuni anni e perfino tutto il resto dei loro giorni. Non fanno voti solenni di vita monastica. Perché? A che dare al loro isolamento la tinta cupa di un’azione irreparabile? Vestono il saio, coprono il capo con quel curioso berretto da ebreo, si cingono i lombi con un rosario fatto di ossi di oliva o con una larga correggia, lasciano crescere le barbe e ingabbiano in una di queste celle tutta la casa delle belve dei loro istinti. Con il passare del tempo, vanno spogliandosene e gettandoli dinanzi a sé con l’ingenuità, con la lentezza, con la semplicità con cui si gettano pietruzze in un’acqua morta.

A Costantinopoli, dove tanto scarseggia, c’è una Società di bevitori d’acqua; coloro che la formano ripartiscono le loro simpatie tra acque di diverse stirpi, e alcuni preferiscono quella dell’Eufrate, perché sono biliosi, e altri quelle del Danubio, perché sono linfatici; o quelle del Nilo, per inclinazione archeologica. Quali segreti non sapranno dell’acqua quando fanno del berla un’arte? In maniera analoga, gli eremiti, bevitori di solitudine, sono grandi intenditori di quiete. Forse non meditano molto, come i sapienti assaggiatori non sogliono bere troppo. Qualcuno tra loro è vissuto in tutti i luoghi appartati e quieti della terra; in ciascuno ha gustato la solitudine ambiente, e infine si è stabilito qui, per giudicarla la più utile alla sua vita interiore.

Alle mie solitudini vado;

dalle mie solitudini vengo…

diceva Lope de Vega. Questi uomini-isola sanno di più e se ne stanno cheti, lasciando che le solitudini vadano e vengano attraverso il loro spirito, portandosi via in alluvione la scoria delle passioni. E così, questi uomini arrivano ad avere le loro anime tanto levigate quanto i sassi levigati dal fiume, o meglio come ossa sepolte nella calce.

1904