Abstract

A historical reconstruction of the tenth century through chronicles and letters: after the age’s “sociological logarithm”, Ortega seeks its “sentimental logarithm” in the figure of Robert the Pious, a most pious king and musician in whose soul the most opposed tendencies struggle. Historical narrative, not speculation.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Si todos los monumentos destinados a conservar en lo futuro la memoria de los hombres de hoy desaparecieran, y periódicos, poesías, novelas, memorias, cartas, imágenes, sucumbieran (como probablemente ocurrirá, según la exigua persistencia que los químicos otorgan a nuestro papel), y sólo se conservaran en tablas perennes de bronce nuestras leyes, ¿qué pensarían de esta edad dolorosa, inquieta y enferma los humanos del siglo XXX? Creerían de juro que fue nuestra centuria una época noble de reivindicaciones, de igualdad, de moralidad, de alta justicia; una época en que podía ser feliz quien quisiera, que daba las mayores facilidades objetivas para la dicha y, sin embargo, a nosotros nos parece muy de otra manera.

En las páginas anteriores hemos apuntado la vida legal del siglo X; hemos notado sólo aquella abstracta concepción de la época que podríamos llamar su logaritmo sociológico. La imagen no es sonriente. Juzgamos, aun sin otros datos, como fiera y dura la existencia de entonces. ¿Cuánto más amarga no nos parecerá si presentamos su logaritmo sentimental, es decir, el estado de espíritu de aquellos hombres, su choque continuo con la realidad, la algarada constante de sus instintos; en una palabra, lo que las crónicas nos dicen y los epistolarios?

I

En 970 nació en Orleáns Roberto el Piadoso, primer rey de la línea de los Capetos por cuanto su padre Hugo jamás uso de semejante título, no considerando sobradamente firme en sus sienes la corona.

Y este «buen rey Roberto» es una figura extraña que se alza en el siglo X simbolizándolo: en su alma luchan las más opuestas tendencias, como acaecía en las almas de sus súbditos, y si hoy viviera, podría acaso merecer la canonización, aun cuando también fuera posible que diese con su augusto cuerpo en una cárcel.

Toscamente labrada aparece su imagen entre las esculturas de algunas viejas catedrales, luenga la bellida barba y cayendo hasta sus pies la veste de los monarcas francos. «Era —dice la Crónica de San Bertín— piadoso, letrado, prudente y bastante filósofo, culto en las ciencias eclesiásticas; pero, ante todo, músico. Compuso himnos y ritmos litúrgicos… Solía ir a la iglesia de San Dionisio, revestido de las reales ropas y la corona en la cabeza para dirigir el coro en maitines y vísperas y en la misa, y cantaba con los monjes».

¡Cuán dulce ánimo debía tener este personaje! Suyas son la prosa del Espíritu Santo Adsit nobis gratia y los ritmos Concede nobis quæsumus Judæa et Hierusalem. Su mujer Constanza le pide que componga algo en su memoria, y Roberto que, a decir verdad, no la ama, pero la teme porque es una terrible mujer, esconde un himno fervoroso que comienza: O Constantia martyrum!, y la reina acepta el juego de palabras y se alboroza, como si en realidad fuera a ella dedicado. Cuenta el cronista Helgaldo, un sí es no es aficionado al ditirambo, que «tal día, volviendo Roberto de hacer su plegaria, en que, según costumbre, había vertido una lluvia de lágrimas, encontró su lanza adornada con bujerías valiosas de mano de su vanidosa mujer». Al propio tiempo que consideraba la lanza miraba en derredor por si daba con alguien a quien la plata fuese necesaria, y hallando un pobre cubierto de harapos le pidió una herramienta con que arrancar la plata. Volvió con ella el mendigo. Encerráronse juntos y quitaron la plata, e inmediatamente la puso el rey con sus propias santas manos en el saco del pobre, recomendándole, según su costumbre, cuidase mucho de que no le viese su mujer. Cuando llegó la reina, mostró su asombro por ver despojada la lanza, y Roberto juró en broma, por el nombre del Señor, que no sabía cómo pudo ocurrir la cosa. «Y este rey era tan enemigo de la mentira que hacía jurar a los nobles sobre una caja de cristal guarnecido de oro, en la que había curado de no introducir ninguna reliquia». Son abundantísimas las anécdotas que conservan las crónicas sobre su liberalidad; se dejaba robar a sabiendas, pacientemente, y hurtaba a los ladrones de la vista de la feroz Constanza. «Amigo Oggerius —dice a uno— vete al punto de aquí, no sea que mi inconstante Constanza te devore». Bajo este buen Roberto —exclama Michelet— pasó la terrible época del año 1000, y no parece sino que la cólera divina se vio desarmada por aquel hombre sencillo.

El Supremo Señor le pagó concediéndole el don de hacer milagros, y visitando, ya en sus últimos días, el mediodía de Francia, distribuyó limosnas, consoló sin temor a los leprosos, tocó sus llagas y, según se cuenta, curó a algunos, haciendo sobre ellos la señal de la cruz.

Este hombre es un santo, ¿no es cierto? Es difícil llegar a mayor delicadeza en los sentimientos, mayor blandura en el ánimo, mayor dominio de los instintos perversos.

Pues bien; Roberto se casa con Susana, hija de los Condes de Flandes, y al año la repudia, pero conserva su dote. Susana se queja y amenaza. Roberto continúa para siempre en posesión de la dote. Al mismo tiempo comienzan las hostilidades entre Fulques Nerra, conde de Anjou, de quien luego hablaremos, y Eudo, conde de Blois. Eudo tiene por mujer a Berta, que le ha dado cinco hijos. Roberto tuvo entonces ocasión de verla y fue padrino de uno de esos niños, volviendo con el pecho lleno de amor, un amor loco, furioso, sin vallas ni diques, por aquella mujer que tenía ya treinta años y le llevaba seis. Roberto hizo cuanto pudo por perder a Eudo; se declaró abiertamente por el conde de Anjou. Eudo se vio precisado a demandar una tregua, que le fue concedida. En el transcurso de ella cae mortalmente enfermo, y comprendiendo que Fulques Nerra, muerto él, se apoderará de los Estados que corresponden a sus hijos, envía a Hugo y Roberto mensajeros; suplícales que le perdonen sus errores y promete justas reparaciones. «Hugo, conmovido —dice Pfister— está a punto de ceder; pero Roberto, indignado, le impide otorgar gracia y deniega la demanda de los diputados. Cuando éstos volvieron al Loire, Eudo había muerto monje en Marmoutier».

Además, Roberto y Berta son parientes en tercer grado, según el cómputo eclesiástico. Consultaron ambos a los doctores más ilustres de su tiempo: Berta fue a verse con Gerberto en Reims; pero éste le hizo ver todos los peligros de su unión, condenada por la Iglesia. Sin embargo, los dos amantes sentíanse atraídos uno por otro. Saltaron por todo. Nada demuestra que haya combatido Roberto contra su padre Hugo; pero por su amor a Berta le causó profundos disgustos. Muerto Hugo (996), el acontecimiento se verificó. El episcopado francés sancionó el matrimonio: Archambaud, arzobispo de Tours, asistido por muchos obispos, consagró la unión de Roberto y Berta, a consecuencia de lo cual el rey abandonó a Fulques de Anjou y tomó la defensa de la casa de Blois. ¡Quién diría que aquel hombre, que compuso un himnario y fue imagen de tantas virtudes evangélicas, era al propio tiempo un furioso instintivo, un inmoral! Mas no para aquí el nuevo aspecto de este rey.

El Sínodo de Pavía le conmina: «El rey Roberto, que, a pesar de la interdicción apostólica, se ha casado con una parienta suya, debe presentarse a Nos para darnos satisfacción, y como él, los obispos que han autorizado estas bodas incestuosas. Si rehúsan venir, sean privados de la comunión». El rey trata entonces de arreglar el asunto, y envía a Roma al sapiente Abbón, bajo pretexto de otro asunto, la deposición del arzobispo de Reims, Arnulfo. El intento fue vano; el Papa no cedió, ni Roberto tampoco. Por fin, en 998, dos años antes de la fecha terrible, el Santo Padre convocó en Roma, no ya un Sínodo, mas un Concilio general. He aquí los Cánones de este Concilio: Canon I. —«El rey Roberto dejará a Berta, su pariente, con quien se ha casado contra las leyes. Hará una penitencia de siete años, según la disciplina de la Iglesia. Si rehúsa, sea anatema. La misma sentencia se dicta con respecto a Berta». Canon II. —«Archambaud, arzobispo de Tours, que ha consagrado esta unión, y todos los obispos que han asistido a este matrimonio incestuoso, son suspendidos de la santa Comunión hasta que hayan venido a Roma a dar satisfacción».

Cierta inquietud debió sentir Roberto en el fondo de su conciencia religiosa al advertir sobre su alma el peso tremendo y siniestro de un anatema; pero ni él ni los obispos irregulares se dieron por enterados. El 26 de octubre de 999, Berta era aún esposa del rey de los Francos; en esta fecha Roberto hizo una donación a la abadía de Saint-Maur-des-Fossés «a petición de su querida madre Adelaida y de su esposa Berta».

La situación del rey era por demás extraña. Su piadosa figura, que se había hecho tradicional en el pueblo, veíase envuelta en la obscura atmósfera de los réprobos. Era, por lo tanto, muy natural que se levantaran en torno suyo toda clase de leyendas, y como la primera Edad Media tenía pesados y amargos los sueños, claro está que estas leyendas fueron siniestras, embrujadas y angustiosas. Pedro Damián cuenta que con motivo del anatema huía la gente de la presencia de Roberto; sólo quedaron junto a él dos siervos para prepararle la comida, y aun éstos arrojaban al fuego los platos en que había yantado, los vasos en que había bebido. En fin, el castigo divino se disfrazó de pesadilla, y Berta dio a luz un monstruo, con cabeza y cuello de oca. En el pórtico de algunas catedrales vense esculturas representando una reina que deja ver entre los pliegues de su túnica uno de sus pies palmípedos, y los sabios andan discutiendo si sería ésta la famosa reina Pédauque o acaso la celebre y romanceada Berthe-aux-grands-pieds, esposa de Pipino el Breve. El nacimiento de este pobre monstruo no parece, a la verdad, confirmado, porque el citado Pedro Damián tiene un instinto literario más bien con tendencias a gozarse en los cuentos bellos y narraciones imaginarias que a depurar y criticar sus afirmaciones y noticias.

Lo cierto es que Roberto llegó a dominar su amorosa locura y, so pretexto, probablemente, de la esterilidad de su matrimonio, se apartó de Berta, que en septiembre de 1001 no era ya reina. No obstante, continuó floreciendo en su corazón aquella pasión, y hasta su muerte conservó la esperanza de renovar la vida común con la rara mujer que no había encontrado óbice en unirse al matador de su primer marido.

La tercera mujer del rey es Constanza. Aunque no con absoluta certidumbre, puede afirmarse que procedía de la familia de los condes de Anjou. Era una mujer del Mediodía, enérgica, activa, dominante, acaso feroz. Raúl Glaber dice: «Hacia el año 1000 de la Encarnación, cuando el rey Roberto hubo casado con Constanza, princesa de Aquitania, el favor de la reina abrió la puerta de la Francia y de la Borgoña a los naturales de la Auvernia y de la Aquitania. Éstos, hombres vanos y ligeros, eran tan afectados en sus costumbres como en sus trajes; sus armas y los arneses de sus caballos eran igualmente descuidados; sus cabellos no descendían sino a la mitad de la cabeza; afeitábanse la barba como histriones, llevaban botas y zapatos indecentes; en fin, no se podía esperar ni fe ni seguridad en sus alianzas». ¡Ay! Esta nación de los francos, otro tiempo la más honrada, y los pueblos mismos de la Borgoña, siguieron ávidamente tales criminales ejemplos, y muy pronto llegaron a copiar, harto fielmente, toda la perversidad e infamia de sus modelos. Si algún religioso, si algún hombre temeroso de Dios condenaba tal conducta, tratábase su celo de locura. Sin embargo, el padre Guillermo, de quien ya hemos hablado, hombre de una fe incorruptible y de una rara firmeza, desterrando el vano respeto humano, y abandonándose a la inspiración del Espíritu Santo, reprochó vivamente al rey y a la reina que toleraran semejantes indignidades en su reino, nombrado desde antiguo entre todos los demás por su fidelidad al honor y a la religión. Dirigió a los señores de rango u orden inferior palabras tan severas y amenazadoras, que la mayor parte de ellos, dóciles a sus consejos, renunciaron a las frívolas modas para tornar a los antiguos usos. El santo abad creía reconocer en estas innovaciones el dedo de Satán, y aseguraba que «un hombre que dejara la tierra sin haberse despojado de esta librea del demonio, no podría desembarazarse de sus añagazas». Según esto, la entrada de Constanza en aquel estado norteño fue como un sonido de trompa que atemorizó los corazones fríos de sus habitantes. Constanza no introdujo sólo en la corte —dice Pfister— nuevas costumbres, sino que al punto comenzó a sembrar la discordia. Se formaron dos partidos: el de la antigua y el de la nueva reina. Berta encontró apoyo en su hijo Eudo, que a la sazón contaría veinticuatro años, y que acabara de suceder a su hermano Tibaldo en los condados de Blois, Tours y de Chartres. Constanza tuvo en su pro a su primo hermano Fulques Nerra. De suerte que la añeja lucha entre las casas de Blois y Anjou a orillas del Loire, se verifica ahora en la propia corte y se concentra en derredor de las dos mujeres rivales. Berta tenía de su parte el corazón del rey, al paso que Constanza nunca hizo nada por captarse su cariño, y apareció siempre vanidosa, caprichuda e insolente. El monarca no hallaba otros ratos sosegados y placenteros que aquéllos en que podía hablar de la lejana Berta con sus acompañantes. Uno de ellos, Hugo de Beauvais, pertenecía a la casa de Blois; era, por lo tanto, partidario de la ex reina. Roberto le concedió el envidiado título de conde palatino y grandes dominios. En 1003, un día que Roberto salió con él de caza, doce sicarios, enviados por Fulques Nerra, se precipitaron sobre el desventurado Hugo, y ante los reales ojos le mataron. La reina Constanza parece haber tenido parte en esta aventura criminal, y el rey «sintió su alma tristísima» —moesto factus animo (Helgaldo).

La vida con esta feroz mujer llegó a hacérsele insoportable a Roberto, como se ha dicho más arriba; hasta hubo de cobrarla temor, y en 1010, con el fingido objeto de solucionar unas dificultades originadas por decisiones de un Sínodo celebrado en Orleáns, fue el monarca a Roma, y Berta le sigue. Pero el Papa Sergio IV se mostró inflexible, y se negó rotundamente a consentir en la reanudación de un enlace incestuoso: de modo que Roberto quedó definitivamente unido a Constanza; desde entonces parece que el pobre rey se repliega sobre sí mismo, llena el vacío de su pecho con las prácticas y fervores religiosos y se ofrece en holocausto a la Divinidad. Durante este tiempo, Constanza había permanecido en el castillo de Theil, cerca de Sens con su hijo Hugo.

Debió sufrir horriblemente en su orgullo viendo que la corona no estaba muy segura en su cabeza. Los cronistas refieren visiones que tuvo entonces, en que por encargo divino se le aseguraba su posición cerca del monarca. Fracasado el intento de éste, fácil es de suponer hasta qué punto su carácter dominador, brusco e irascible se exacerbaría. Al salir de la catedral de Santa Cruz, donde se celebró un Sínodo en que fueron condenados los cátharos, golpeó furibunda Constanza con su bastón al que había sido su confesor y confidente, Esteban, uno de los fundadores de la herejía, y le saltó un ojo. Roberto fue en esta ocasión más feroz que su esposa: ordenó que se preparara a las puertas de la ciudad una inmensa pira, y el día de los inocentes (1002), los principales jefes de la secta fueron conducidos al suplicio. La exaltación —dice Pfister— era muy grande entre los fieles, y ellos mismos se ofrecían a los verdugos. Catorce heréticos fueron quemados, inaugurándose bajo este piadoso rey la odiosa costumbre de los autos de fe medioevales.

Como se ve, por encima de las dulzuras que predicaba la Religión, sopló entonces un gran viento de salvajismo, y hubo como una rebelión de los instintos tan intensa, aun cuando menos sabia y estética que en la época del Renacimiento.

Queda anotada la conducta y sentimientos de Roberto en la vida privada. Como gobernador y capitán, su acción es gris. Apoderose del ducado de Borgoña, castigó los levantamientos de los señores, defendió las marcas contra toda suerte de incursiones; pero no fue ni más ni menos guerrero que cualquiera de sus vasallos nobles. Como político, así en las relaciones interiores como exteriores de su reino, pecó de blando, y si halló facilidades y tuvo aciertos, es preciso atribuirlo a la benéfica influencia que sobre él ejerció su maestro el gran Gerberto, Papa con el nombre de Silvestre II. La sombra de este Pontífice se extendió continuamente sobre él y sus actos; Roberto buscó su consejo en las situaciones difíciles, y a la habilidad del celoso consiliario debió el feliz término de ellas.

No es necesario —me parece— deducir las consecuencias de generalización psicológica que ofrece la figura de Roberto y sus dos mujeres. La sencilla relación de sus actos y costumbres representa y explica toda la rudeza, incertidumbre y exaltación espiritual e instintiva de la época en que nacieron; tiempo de angustias, y más aún, tiempo de excesos, en que todo se llevaba hasta el colmo.

Otro interesante personaje —apuntaremos— atraviesa el siglo X y los comienzos del XI, poniendo con sus obras un sello a la época; Fulque o Fulques el Negro, Nerra, conde de Anjou desde 987. De él dice un moderno historiador, cuidadoso en su crítica y justo en sus palabras, que «es seguramente uno de los personajes más curiosos del reino que estudiamos». Se ha querido hacer de él un gran táctico en la guerra, un político profundo en la paz. Se nos le ha mostrado emancipando los esclavos «con soplo civilizador», cultivando los bosques, velando por la instrucción de los pobres escolares del Maine y de Anjou; dictando «cartas liberales que llevan de una manera irrecusable la contraseña de su personalidad». En una palabra, se nos le ha presentado como un grande hombre que dominó su siglo desde la altura de su genio. Fulques, sin embargo, no fue superior a su época; más bien pudiera decirse que es su personificación. Fulques causó estupor a sus contemporáneos; los asombró con sus crímenes y excitó su admiración por la firmeza de sus arrepentimientos, hasta tal punto que se ignora cuál fue el sentimiento dominante en los escritores de entonces que de él nos hablan. Era Fulques uno de esos hombres que pasan sin transición de un extremo a otro. Realiza matanzas espantosas; nada le arredra, y súbitamente la inmensidad de su falta se presenta ante su espíritu, el remordimiento atormenta su corazón, la superstición más grosera le sobrecoge: entonces cede y su arrepentimiento no conoce límites. Pero el arrepentimiento pasa veloz a causa de su mismo exceso, y nuevamente aparece el hombre ávido y sanguinario. La leyenda tenía mucho que hacer en torno de este personaje, y así se apodera de él de modo que es muy difícil hoy discernir el lugar donde la verdad concluye y la fábula comienza. Fulques —dícese— apuñaló con su propia mano a su primera mujer, Isabel, acusada de adulterio: leyenda… leyenda también el castigo que impusiera a su hijo Geoffroi, reduciéndole, después de una rebelión, a caminar varias millas con una albarda en los hombros. Pero a través de todas estas ficciones se aprecia el verdadero carácter del hombre, mezcla de ferocidad y superstición, que sólo por la grandeza de sus penitencias igualó la de sus crímenes.

Trabajó sin descanso para engrandecer sus Estados, y se mantuvo en perenne hostilidad con el conde de Blois. Ya hemos visto que en esta guerra tuvo la mejor parte y que su poder creció cuando, repudiada Berta, subió al trono su prima Constanza. Inquieto y pendenciero, ni al rey, ni al arzobispo de Reims, ni a ningún vecino dejó un punto de reposo. Instaurada la «tregua de Dios», faltó a ella con frecuencia: por su orden perecieron asesinados favoritos de Berta y otros enemigos; permitió a sus soldados carnicerías que llegaron a 3.000 muertos, cantidad fabulosa para aquel tiempo en que se combatía con poca gente, y cuyo terrorífico efecto llegó hasta los cronistas alemanes. El rey le citó varias veces con toda solemnidad ante su tribunal por crímenes de lesa majestad, como el cometido ante sus ojos en la persona de Hugo de Beauvais; Fulques no asistió jamás, y supo tan hábilmente actuar, que el monarca no le guardo rencor.

Sus grandes crímenes fueron seguidos de ataques de furor ascético, y así verificó tres viajes a Jerusalén, con lo que hasta a sus penitencias dio un pronunciado matiz de aventura, pudiendo hallarse en ellos, juntamente con la carta de Gerberto a los príncipes cristianos, los primeros gérmenes de las Cruzadas.

II

No es lícito al hablar del siglo X, aunque se haga tan ligeramente como lo hacemos, pasar por alto el nombre de Gerberto. Es, sin duda, la más sólida personalidad de toda la centuria, el hombre más sabio, el más clarividente y acaso también el más diplomático.

Nacido en Auvernia, de una familia pobre, es educado por caridad por los monjes en el monasterio de Aurillac. La curiosidad científica es en él tan fuerte que no se contenta con lo que en un convento francés puede aprenderse, y como los viejos filósofos griegos, peregrina de ciudad en ciudad, oyendo a los maestros más famosos. Así llega a Vich, donde es presentado al obispo Hatton por Borrel, conde de la marca hispánica y hasta, según la tradición, entra en Córdoba, donde recoge toda la ciencia de los árabes y se dedica a la magia, no del todo blanca. Un su biógrafo contemporáneo dice que en la ciudad de los Califas aprendió a «hacer salir del infierno formas vaporosas» —exire tenues ex inferno figuras. El hecho es que llegó a poseer el máximum de sabiduría posible en su tiempo. Otón de Germania le hace preceptor de su hijo y su nieto. Después explica en la escuela de Reims, por él llevada a un alto grado de cultura y de la que salieron hombres como Fulberto de Chartres y el historiador Riquerio. En este momento es cuando empieza su labor educativa sobre Roberto, el hijo de Hugo Capeto, en quien logra hacer fructificar ciertos anhelos por la vida intelectual y artística, y, durante el reinado de éste, algunos señores datan sus cartas regnante rege Theosofo. El entusiasmo que Gerberto infundió a la escuela de Reims es digno de ser cantado, porque fue la causa del renacimiento subsecuente. El amor a los libros en este sabio llega a ser monoidea; continuamente escribe cartas pidiendo manuscritos y proponiendo cambios. Dondequiera conoce la existencia de algún libro precioso, demanda al punto una copia. Ningún sacrificio economiza con tal de obtener lo deseado. A Eberardo, abad de San Julián de Tours, escribe: «Pongo todo mi cuidado en formar una biblioteca: desde hace mucho tiempo compro a gran precio de plata en Roma y en las otras ciudades de Italia, en Germania y Bélgica, manuscritos de autores, ayudado por la benevolencia y el celo de mis amigos de cada provincia. Permitidme que os pida un servicio. Los autores que deseo hacer copiar van indicados al pie de esta carta. Yo enviaré a los copistas el pergamino y el dinero necesario, según vuestras órdenes, y me acordaré siempre de vuestro auxilio». «En las principales ciudades de la Europa civilizada —dice Pfister— tiene a modo de corresponsales quienes rebuscan en las antiguas bibliotecas y hacen copiar para él los libros que le faltaban». En Sens, su encargado es Ramnulfo, a quien envía dos sueldos porque el volumen que hace transcribir es muy largo, y promete enviar una suma mayor hasta que el abad le diga: basta. El volumen que pide parece ser el de las obras de Cicerón, porque poco después, al morir Adalbero y adueñarse Carlos de Lorena de Reims, escribe el propio Ramnulfo: «Nada es para nosotros tan precioso entre las cosas humanas como la ciencia de los hombres ilustres expuesta en los numerosos volúmenes de los libros. Continúa, pues, lo que has comenzado y ofrece a nosotros los sedientos las ondas de elocuencia de M. Tullius. Que M. Tullius llegue para consolarnos en medio de las preocupaciones que nos sitian». Y así muchas otras cartas de Gerberto de las publicadas en su epistolario por Olleris, revelan la infinita hambre de conocer que poseía a este milenario. Sólo así se explica que almacenara en su cerebro todos los conocimientos posibles en dialéctica, retórica, teología, astronomía, música, medicina y magia, así blanca como obscura. Sólo así se explica que compusiera obras sobre muchas de estas materias, sumamente alabadas entonces, de las que sólo una controversia teológica conservamos; que inventara el reloj de péndulo, el ábaco y las cruzadas. Esto último es lo mas sorprendente en Gerberto; parece que tuvo la intuición de que al concluir el siglo X los países civilizados se levantarían como de una pesadilla, remozarían sus ideales, robustecerían sus voluntades y emprenderían, llenos de fe, todos los trabajos de un resurgimiento. La carta de Silvestre II, primer Papa francés, a los países cristianos, excitándoles a volver los ojos hacia Jerusalén, es acaso el momento culminante de esta época.

Hugo Capeto se sirvió de él en casi todos los asuntos de política exterior, y así él fue quien escribió la carta dirigida a los emperadores de Constantinopla Basilio II y Constantino VIII, pidiendo para Roberto la mano de una de sus hijas: es un modelo de astucia, y si no produjo efecto hay que buscar en otra parte la causa y no en defectos de esta epístola.

Enérgico, en medio de sus divagaciones científicas, renovó la influencia del Papado sobre Francia, que, como hemos visto, se hallaba bastante debilitada. Sin embargo, su exaltación a la primera dignidad de la Iglesia impresionó sobremanera a sus contemporáneos, porque la mayor parte de las prelacías y dignidades eclesiásticas pertenecían a las familias principales como signaturas hereditarias, y las mismas instituciones religiosas no habían sido favorables al mérito aislado. Tanto es así que la fantasía popular ha imaginado a Gerberto haciendo en Córdoba pacto con el diablo para que éste le ayude a ganar la Sede Pontificia, vaticinándole a la vez el diablo que moriría en Jerusalén. Efectivamente, andando los años y cuando celebraba una ceremonia en una capilla de Roma, llamada Jerusalén, se presentó el diablo y exclamó según el verso marmóreo de Dante:

Tu non pensavi ch’io loico fossi!

Un cronista refiere que murió allí aporreado por Satán —A diavolo enim percussus dicitur obüsse.

Un poeta narrador de leyendas describe de esta suerte la última noche del año mil:

Las horas corrían; pronto la campana del Capitolio anunciaría la llegada de la media noche, y el minuto final del año mil vería cumplimentarse las palabras terribles del Apocalipsis. Pero la casa de Gerberto, hacia la que se volvían las miradas y los corazones, permanecía siempre muda y lóbrega. En el último piso de la torre, que servía al Papa de observatorio para estudiar la carrera de las estrellas, una pequeña lámpara brillaba semejante a un fanal suspendido en el alto mástil de un navío. Tras las montañas de la Sabina surge la luna creciente, purpúrea como el reflejo de un incendio. A medida que se elevaba, cada vez más pálida en el azul, la fachada de Letrán se destacaba más formidable entre Roma y el cielo.

La angustia del pueblo hacíase de más en más desesperada. Los monjes vagaban de hogar en hogar, recordando las imágenes amenazadoras de las escrituras, evocando los turbios ensueños de los milenaristas, la revelación trágica de Patmos, los cálculos de la ciudad de Dios… Allá abajo, en la bruma, del otro lado del Fórum y del Palatino, ha resonado la campana del Capitolio: al primer tañido del toque mortuorio, la multitud, loca de espanto, arrojose de rodillas, las manos unidas, sin una lagrima; la terrible voz de bronce se precipita, rueda de ruina en ruina, de colina en colina, y parece un clamor humano imperioso y dolorido, y he aquí que de cien mil bocas se eleva hacia el Letrán, hacia el Padre celeste, un grito único el canto del Miserere. Sobre la plataforma de la torre dos sombras aparecen, el Papa y el Emperador. Otón, revestido con su manto de armiño, más blanco que la nieve, el áureo casco ciñendo su cabellera blonda; Gerberto, en su negro ropón de benedictino. El Emperador se torna ansiosamente hacia las montañas latinas, y mira por encima de Tíber el punto por donde aparecerá el próximo sol: Gerberto inclina su calva frente en la actitud que le es familiar; observa con tranquilidad en sus espejos astronómicos la infalible marcha de la hora por lo alto del cielo. Y en tanto que allá abajo, en el Capitolio, el guarda-fuego mortuorio suena en ondas mas violentas y que la salmodia de las muchedumbres crece como el rumor turbulento de un mar, de la basílica luminosa donde los obispos y los santos oran prosternados ante los relicarios, sale con una majestad triste un canto nuevo: Parce Domine, parce populo!

«El Papa ha levantado la cabeza; llama al Emperador, le muestra con el dedo el signo de las estrellas, el signo de Dios, y lo besa. Entonces la voz de bronce parece sumergirse en el fondo de la bruma lejana: sobre el Celius y San Juan de Letrán, los cantos de terror, las imploraciones a la piedad del Señor, cesan de repente. El Emperador se arrodilla a los pies del Papa; Gerberto abre los brazos como para estrechar sobre su corazón la ciudad apostólica, y en el silencio sagrado de Roma y del cielo, el viejo Pontífice, desde lo alto de su torre, entona el Te Deum.

»El año mil había pasado y no era ya sino un mal sueño. Los romanos retornaron a sus hogares con cánticos de alegría; y aquel año, un año de resurrección y de esperanza, festejaron a San Silvestre el 1.º de Enero, en honor del Papa astrónomo, cuyos relojes eran tan precisamente regulados por los astros».

III

Ahora vamos a hablar de un curioso personaje. Es un monje que bien puede tomarse por tipo medio de sus congéneres: se llama Raúl el Calvo, Raúl Glaber, y dejó una extensa crónica en cinco libros, que comprenden desde 987 a 1044. Es, con gran diferencia, el mejor escritor de su época, y si bien es cierto que tal afirmación no envuelve un gran elogio, lo cierto es que una de sus frases ha ganado la celebridad y que toda su crónica puede leerse sin el menor enojo. Cosa es ésta última por demás extraña, pues sus contemporáneos un poco letrados, a excepción de Gerberto, son tremendamente faltos de amenidad y discreción, pudiendo ocurrir con ellos lo que de un pobre soldado cuentan, el cual habiendo cometido un crimen fue castigado a galeras, o si él lo prefería a leer a Guicciardini. El menguado escogió la lectura, prefiriéndola al trabajo forzado; pero a los pocos días pidió como gran servicio que se le hiciera galeote antes que proseguir las narraciones italianas.

Raúl Glaber es sencillo y franco. Todo lo que refiere lo ha visto con sus propios ojos o lo ha escuchado de vestigios fidelísimos, en los que cree como en la Santísima Trinidad. No pretende falsificarnos virtudes en su propia persona; él, que vivió en la intimidad de dos o tres santos, fue tan sólo un monje de mediocre fervorosidad, «engendrado en el pecado de sus padres, de irregulares costumbres y de una conducta menos digna de lo que puede expresarse». Un tío suyo había tomado a su cargo el pequeño borgoñón, entonces de doce años, ya muy despierto, echado a perder por la vida sexual, y pasmosamente terco; bien a su pesar se le impuso el ropón monacal. Raúl se confiesa ingenuamente de haber resistido por orgullo a todos sus superiores, desobedecido a los viejos y respetables padres, irritado a los hermanos de su edad, atormentado a los novicios; dondequiera que pasaba, respirábase a su partida. Fue expulsado de varios conventos: «Gracias a mis conocimientos de letrado, tuve siempre asegurado un refugio». En efecto, en San Germán de Auxerre se le encargó de restaurar los epitafios de las tumbas matados por el tiempo; mas, apenas restablecidas las inscripciones, se le despachó. En Dijon fue acogido por Guillermo, abad de San Benigno, que lo llevó consigo a Italia. Viejo ya, se fijó definitivamente, y, a no dudar, apaciguados sus aventureros instintos, en Cluny, donde puso fin a su historia bajo los ojos del abad Odilo. Este audaz benedictino entregó su alma cándida, a pesar de todo, en los brazos del Señor a mediados del siglo XI.

Ni asceta, ni místico, impaciente de toda disciplina, inclinado a la malicia, amigo de vagamundeos, tal fue en su moralidad general el cronista Raúl Glaber. Su temperamento no era de un revolucionario ni de un heresiarca; temía verdaderamente al infierno, y no era capaz de afrontar la apostasía. En su biografía de San Guillermo de Dijon aparece su cristianismo. De todo el apostolado que llenó la vida de este santo, Glaber no retiene sino las virtudes íntimas, las pequeñas prácticas de piedad, los casuismos de los gobiernos de los conventos. Así cuenta como una hazaña que Guillermo había imaginado en medio para reunirse espiritualmente a Dios, no por la oración íntima o ardiente, ni por la libre meditación o el anhelo sublime del amor místico, sino por el más mecánico de todos los procedimientos en que los labios tomaban más parte que el corazón: se pronunciaba un número de veces determinado estas cinco palabras: Domine, Jesu, Rex pie, Rex clemens, Pie Deus.

Su cultura intelectual era tan exigua como su conciencia religiosa. Su latín es obscuro e incorrecto, sus ideas torpes y embarulladas, su crítica no existe y la sustituye una malignidad ociosa y regalona. Así cuenta con fe inquebrantable todas las maravillas que se refirieron en su tiempo, y acaso por eso la lectura de esas páginas nos resulta amable y hasta seductora. Cuenta, por ejemplo, que un cierto dramático de Rávena, llamado Vilgardo, vio en sueños a Virgilio, Horacio y Juvenal, los cuales le dieron gracia por lo que cuidaba de sus obras y le aseguraron que tendría parte en su gloria. Vilgardo publicó que era preciso tener como artículos de fe todos sus versos, y fue acusado de herejía y condenado. Tuvo en Italia muchos partidarios que perecieron por el hierro y por las llamas.

Glaber muestra así el odio que los monjes sentían por la antigüedad pagana. Hablando de Gerberto consiente en otorgarla «un espíritu muy agudo y bien formado en las artes liberales»; pero se apresura a señalar con él el genio de la intriga y el arte de hacer astutamente su fortuna.

Notemos ahora uno de los mas pintorescos rasgos de esta época; el terror al demonio. El diablo anda suelto y tiene una influencia más inmediata, múltiple y tenaz que el mismo Dios. Los pobres monjes, cuya razón periclita falta de cultivo, y que, limitados a la sola teología, una teología sin dialéctica, entregados a los sueños melancólicos y excitadísimos del celibato, sufren una verdadera anemia intelectual. A todas horas se le repite que Satán les avizora sin descanso a fin de atraerlos a una emboscada; se les pone en guardia contra las seducciones de todas suertes por las que el enemigo trata de perderlos; la poesía pagana, la gracia de la naturaleza, el orgullo de la ciencia, la seducción del placer. La regla misma les dice que intervenir en el mundo exterior, conversar con los amigos de fuera, es amar el peligro. Por todas partes está el diablo. Encuentran su figura en los extraños capiteles de sus iglesias, en el coro, en los zócalos; el demonio se acurruca entre los pilares del pórtico; les mira gesteando de lo alto del campanario; saben que se cuela hasta sus celdillas; se sienta a la cabecera del lecho y les insufla la tentación; sienten la presencia demoníaca en todos los lugares y en su propia conciencia, y hasta en las gradas del altar. A fuerza de pensar en él, llegan a desear verle, porque se han acostumbrado a su presencia latente. El demonio, como es natural, no se hace esperar mucho; al cabo le ven cara a cara, y le hablan, y saborean ciertas indudables delicias que ha de haber también en el éxtasis infernal.

Nuestro monje, cuya alma era inquieta y no absolutamente pura, tuvo que habérselas frecuentemente con el diablo. La primera vez fue más fuerte que él y burló su malicia. Un charlatán vendía como reliquias de mártires huesos de muertos vulgares que robaba en los cementerios; cambiaba de nombre al mismo tiempo que de provincia, y ejercía su religiosa industria en las comarcas saboyana y mauritana. Un día ofreció a San Guillermo y a varios obispos las falsas reliquias de San Justo para una iglesia que se le consagraba en Susa. Pretendía que durante la noche le visitaba un ángel, el cual le levantaba de su lecho «sin que su mujer se apercibiese». Fue minuciosamente interrogado en presencia de Glaber, que olfateaba ya alguna condenable superchería. «Vimos que este hombre no tenía nada de angélico, sino que era un ministro de mentiras». Las personas devotas creían en la autenticidad de las reliquias; los obispos, que dudaban, las pusieron, no obstante, bajo las piedras de los altares, y a la noche siguiente los monjes y los clérigos encargados de velar en la iglesia tuvieron un gran miedo. «Figuras monstruosas de etíopes completamente negros salían de la capilla donde estos huesos se habían colocado, y al punto se alejaron de la iglesia». Los demonios se batían en retirada, tal vez repelidos por el desprecio de nuestro cronista, que gravemente añade: «aconsejo a los enfermos desconfíen de los ardides de los demonios, cuyas maneras son innumerables. Sábese que se los encuentra en todas partes sobre la tierra, y muy particularmente en las fuentes y en los árboles».

Pero el ingenuo Raúl fue, sin embargo, vencido por la astucia diabólica, y confiesa haber tenido tres visiones. Una noche, en el monasterio de Saint-Léger, antes de maitines, «vi —cuenta— al pie de mi lecho un pequeño monstruo negro con humana apariencia. En cuanto pude reconocerle, tenía el cuello delgado, macilenta la faz, los ojos muy negros, frente estrecha y arrugada, la nariz deprimida, la boca saliente, barba caprina, rectas las orejas y puntiagudas, los cabellos rígidos y descompuestos, los dientes caninos, agudo el occipucio, el pecho hundido, la espalda agibada, los vestidos sórdidos y todo el moviéndose acaloradamente». Este demonio tan mal dotado por la Naturaleza agarró el lecho del buen monje y le sacudió con furia, rechinando los dientes y diciendo: «¡Poco tiempo te queda!» Glaber se escapó más muerto que vivo, y fue a recogerse junto al altar de San Benito. Como ésta fueron las otras visiones, y parece que el diablo se empeñaba en vengar los desórdenes de Raúl.

También tiene gran afición nuestro cronista a relatar maravillas y prodigios. Cerca del castillo de Joigny llovieron durante tres años seguidos piedras de todos tamaños sobre la casa de un gentilhombre llamado Arlebaud; mojones campesinos o piedras arrancadas de apartados edificios; la racha terrible no se detenía e iba amontonándose, sin herir jamás a nadie. Este milagroso acontecimiento tuvo funestas consecuencias: por espacio de más de treinta años no cesaron las querellas y los asesinatos en la familia de Arlebaud. Enrique, hijo del rey Roberto, sitió el castillo de Tonnerre y efectuó una verdadera carnicería. Parece ser que esto había sido profetizado por el diablo, puesto que el año anterior, un clérigo que vivía en dicho castillo, habiéndose puesto a la ventana un domingo por la tarde, antes de cenar, vio llegar del Norte, y volverse hacia Poniente una multitud de caballeros en son de combate; repentinamente desaparecieron todos como un humo ligero, y «el buen clérigo, horrorizado, rompió a llorar». En 988, en Orleáns, en la abadía de Saint-Pierre-le-Puellier, lloró un crucifijo, como había llorado Jesús sobre la ruina futura de Jerusalén. Después, una noche, los guardianes de la catedral, abriendo la puerta de su iglesia hacia la hora de maitines, vieron entrar a un lobo que se llegó hasta la cuerda de la campana, la tomo entre sus dientes e hizo resonar a todo vuelo la llamada al oficio. A fuerza de gritos y golpes se logró echar al absurdo sacristán. Algunos meses después, Orleáns era presa de las llamas: las iglesias se consumían en el fuego con las casas de los ciudadanos. «Nadie duda —dice Glaber— que este desastre no haya sido predicho por el prodigio que acabo de contar».

La Edad Media, borracha de sobrenatural, aplicó a la visión de las cosas una óptica intelectiva muy singular. La preocupación del milagro, la ignorancia de toda ley experimental, la investigación malsana del misterio, esa creencia que toma el objeto percibido por los sentidos como una figura o signo, una amenaza o una promesa, que no reconoce a lo visible otro valor que la porción de invisible que oculta con velo espeso para el vulgo, transparente a los ojos de los doctores y de los santos, todos esos excesos de idealismo atormentaron el espíritu del siglo X y le llevaron al colmo de la visionaria exaltación. Los duques sueñan con hacerse monjes: Guillermo I de Normandía, Enrique II, emperador, Hugo I de Borgoña, etc. Jerusalén, la Ciudad Santa, comienza a aparecer en el angustiado horizonte moral como una idea y una imagen de salvación.

Las peregrinaciones se inician, y esto que había de constituir la principal pasión de los siglos posteriores, gana ya las almas de los príncipes y reyes milenarios; Fulques Nerra, de Anjou, va a San Juan de Letrán y tres veces a Jerusalén; Roberto visita a Roma en dos ocasiones; Roberto el Diablo o el Magnífico, hace también la vuelta de Palestina y muere en Nicea. Es un gran imperativo, impuesto por la desolada realidad, el anhelo espiritualista que lleva durante toda la segunda mitad de esta centuria a aquellos fornidos señores y a aquellos misérrimos campesinos a Santiago, a Roma, a Monte Cassino, a Jerusalén, al Santo Sepulcro. Al paso que estos hombres vagabundean por los lugares religiosos, elévanse en Francia capillas e iglesias y se prepara el gran Renacimiento arquitectónico cristiano del siglo XI.

Pero sigamos con Raúl Glaber, el cual nos revelará mejor que consideración alguna el estado de espíritu de la época. «Para nosotros, cristianos, todo es figura» y así anuncia un método histórico, inventado por él y que es bastante heteróclito. El de la Divina cuaternidad. Las cuaternidades, cifra sagrada, son para los padres griegos una especie de ley o de ritmo, así de las cosas celestes como de los acontecimientos terrenos; el espíritu que quiere abordar las altas especulaciones debe comenzar por «sumirse en sus influencias recíprocas»; y a continuación nuestro monje enumera cuantas cosas aparecen en el Universo de cuatro en cuatro; los cuatro Evangelios, las cuatro virtudes cardinales, los cuatro sentidos (el tacto, que compondría el quinto, es apartado desdeñosamente por el fraile cabalista), los cuatro elementos, etc. No le seguiremos en sus divagaciones simbolistas. Junto a ellas aparecen las supersticiones menos filosóficas de los campesinos. Se citan algunas sumamente curiosas: para tener buena cosecha, es preciso no comenzar a labrar hasta después de haber paseado por tres veces un poco de pan y de avena, con un cirio encendido, alrededor del arado. Para que las semillas sean mas fructíferas, conviene cernerlas con un harnero, hecho con piel de lobo y que sólo tenga treinta agujeros, o bien haciendo pasar sobre ellas un topo. Para alejar los pájaros voraces, debe regarse el campo con agua en que se haya arrojado un cuerno de ciervo, y también escribir varias veces sobre él el nombre de Raphael.

Hállanse un gran número de reliquias apócrifas: un pedazo de la vara mágica de Moisés, una sandalia de Jesucristo (en Anjou), y la cabeza de San Juan Bautista, o por mejor decir, una de las siete cabezas reconocidas a la sazón como de este Santo, todas las cuales verificaban milagros portentosos. Al acercarse el año, todas son señales terribles en el cielo y en la tierra. En 922, cerca de Cambray, se vieron tres soles a un tiempo y dos espadas que contendían en el cielo, hasta que una nube las encubrió. En 934, aconteció en diversos lugares de Francia que se encendieran solas las antorchas, y visiones terribles tuvieron muchos hombres. Un desdichado impedido sanó rápidamente en la iglesia de Reims el día de Todos los Santos.

El tercer día de septiembre de 936, se mostró la luna cubierta de sangre. En 940, una muchacha pobre, llamada Clotilde, de la aldea de Lorena, aseguraba haber tenido ciertamente y despierta visiones de sangre; esta muchacha murió el día de Navidad. En el mismo año se vieron en el cielo armadas de diversos colores.

En 946, hubo una espantable tormenta en los alrededores de París, que destruyó muchas casas, y algunos demonios se dejaron sorprender bajo la forma de caballeros, destruyendo una iglesia y luego devastando la sementera. «Todos estos prodigios —concluye Raúl Glaber— tendían a atraer los hombres hacia una mejor vida por el camino de la penitencia».

Pero, ¿cómo no habían de ver aquellos humanos semejantes maravillas? De setenta y tres años hubo cuarenta y ocho de hambres y epidemias. En 987, gran hambre y epidemia; 989, gran hambre; 990 a 994, hambre y mal de los ardientes; 1001, gran hambre; 1003 a 1008, hambre y mortalidad; 1010 a 1014, hambre, mal de los ardientes y mortalidad; 1027 a 1029, hambre (antropofagia); 1031 a 1033, hambre atroz; 1035, hambre y epidemia; 1045, 1046, hambre en Francia y Alemania; 1053 a 1058, hambre y mortalidad durante cinco años; 1059, hambre de siete años y mortalidad.

Más arriba quedan indicadas las causas principales de estas hambres consecutivas y tan pertinaces. «Era —según Glaber— el castigo de la insolencia de los hombres». El mal de San Antonio o de los ardientes diezmaba las muchedumbres, especialmente en Aquitania por el año 994. El cronista describe esta horrible peste como «un fuego secreto que secaba y desligaba del cuerpo los miembros que acometía. Una noche le bastaba para devorar a sus víctimas».

«Y luego tornaba el hambre».

El modio de trigo se elevó a 60 sueldos de oro. Los ricos palidecieron y adelgazaron: los pobres fueron a los bosques a roer las raíces; algunos de ellos, cosa horrible de decir, llegaron hasta a devorar carne humana. En los caminos apoderábanse los fuertes de los débiles, los destrozaban, los guisaban y se los comían. Algunos presentaban a los niños un huevo, con fruto para atraerlos y devorarlos. Este delirio, esta rabia, creció hasta el punto de que estaba más seguro un animal que un hombre.

Como si en adelante fuera una costumbre establecida comer carne humana, hubo uno que osó presentarla a la venta en el mercado de Tournus. Él no negó y fue quemado. Otro fue durante la noche a desenterrar esta misma carne, la comió y fue quemado vivo.

«En el bosque de Mâcon, junto a la Iglesia de San Juan de Castañedo, un miserable había construido una choza donde degollaba a los que le pedían hospitalidad. Un hombre descubrió osamentas y logró huir. Halláronse 48 cabezas de hombres, mujeres y niños. El tormento de la inanición era tan cruel, que muchos sacaban yeso de la tierra y lo mezclaban a la harina. Otra calamidad sobrevino; los lobos, atraídos por la multitud de cadáveres sin sepultura, comenzaron a atacar a los hombres. Entonces las gentes, temerosas de Dios, abrieron fosas donde el hijo arrastraba al padre, el hermano al hermano, la madre al hijo, cuando los veían desfallecer; y el superviviente mismo, desesperanzado de la vida, echábase a menudo tras de ellos».

¿A qué seguir y hacinar nuevas angustias? Si a los sufrimientos que podíamos llamar legales se suman estos adventicios e inesperados, ¿dónde volver los ojos? La muerte hubiera sido mejor. ¿Qué extraño, si algunos exaltados imaginativos, leyendo el Apocalipsis, creyeron próximo el fin del Mundo? Lo prodigioso sería que no lo hubieran creído todos y que el pueblo francés saliera de entre tantos dolores con nuevos bríos y nuevos empeños. De toda esa delirante edad, de toda aquella congoja y amargura, se elevó una gran voz de salud, que resonó en todos los pechos virilmente; una palabra, símbolo de nueva redención, puesta sobre el cielo de Oriente como una cruz de estrellas brilladoras y trenantes: «Jerusalén». Y los franceses se aprestaron para la lucha contra los infieles y dispusieron su viaje construyendo tantos templos que, según la bellísima expresión de Raúl Glaber, el ingenuo monje de Cluny, no parecía sino que el mundo, quitándose el antiguo y caduco traje, se cubría con la blanca veste de las Iglesias.