Ortega y Gasset

Abstract

A speech on the question of forms of government: Ortega rejects the formula that they are “accidental”, since every institution is — institutions are means, justifiable only by their efficacy, while what is indispensable are the ends: the generic ideals of democracy, human justice and the vital plenitude of society.

Connections

Assi: Legittimità del potere
Concetti: Stato, giustizia
Forme: lezione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Esto nos lleva a una de las cuestiones más graves del momento, sobre la que es forzoso tomar una postura digna, seria, evidente, inequívoca; la cuestión de las formas de gobierno.

No vamos a ocultar nuestra gran simpatía por un movimiento reciente que ha puesto a muchos republicanos españoles en ruta hacia la Monarquía. Sin embargo, la mayor parte de los que hasta ahora componen la Liga de Educación Política no hemos sido nunca republicanos, o lo hemos sido, como muchos compatriotas nuestros, pasajeramente, en una hora de mal humor. Con esto quiero decir que la cuestión de Monarquía no puede significar para nosotros lo mismo que para aquéllos que van lanzados en un viaje siempre azaroso hacia ella. En un país donde las masas están pervertidas por esos simplismos de los gritadores a que antes me refería, harto tienen los que hacen la evolución con decir que van de la República a la Monarquía. Pero en esto hay un inconveniente: porque vienen de una república que es la lunática república de la Restauración, y al anunciar su proximidad a la Monarquía, las gentes literalmente entienden por Monarquía lo que ha significado esta palabra en la Restauración, y tienen razón a resistirse, y los que evolucionan tendrán fatalmente que retroceder con gran violencia, si ser monárquico va a seguir significando lo que ha significado hasta aquí.

Esto requiere, por consiguiente, una extremada precisión, es algo en que, por fuerza, ha de quedar claro el campo.

Aun cuando acepte la intención con que las palabras estas han sido frecuentemente dichas, no puedo aceptar la forma, no puedo aceptar los términos, según los cuales se dice que las formas de gobierno son accidentales.

¿Qué se quiere declarar con su accidentalidad? Sin duda se quiere decir que hay en nuestra conciencia política ciertas ideas a las cuales sentimos indisolublemente adscrito el eje moral de nuestra persona, y, en cambio, otras de las cuales, con más o menos facilidad, podríamos prescindir. Y, efectivamente, si somos leales con nosotros, las formas de gobierno nos aparecerán como de aquellas cosas de que en algún caso podríamos prescindir o que podríamos trasmudar la una por la otra. Pero ¿cuáles son las imprescindibles? ¿Cuáles son las que van atadas a ese fondo inalienable de nuestra conciencia política?

No es ciertamente la Monarquía, no es ciertamente la República. Las extremas izquierdas de todo el mundo, hoy los sindicalistas, con quien en cierto sentido simpatizamos, consideran a la República cosa tan reaccionaria como la Monarquía y piden un Estado espontáneo, difuso, sin poder gubernativo. Pero también los radicales de muchos países combaten el régimen parlamentario y el sufragio universal por juzgarlos antidemocráticos.

De suerte que, en resolución, lo único que queda como inmutable e imprescindible son los ideales genéricos, eternos, de la democracia; y todo lo demás, todo lo que sea medio para realizar y dar eficacia en cada momento a esos ideales democráticos es transitorio.

Estos medios reales y transitorios para cumplir los ideales, los fines políticos, son los que se llaman instituciones; no conviene, pues, decir especialmente que las formas de gobierno son accidentales, porque toda institución lo es; toda institución es un mero instrumento que, a fuer de tal, sólo puede ser justificado por su eficacia. Abandonamos, pues, esta terminología escolástica en que se nos habla de lo accidental y de lo sustancial; es menester que traigamos la cuestión a su terreno propio, que es el de los medios y fines; los medios, es decir, las instituciones, y los fines, es decir, la justicia humana y la plenitud vital de la sociedad.

Puesto el tema en este campo, que es el suyo, ¿cómo puede decirse que la institución máxima, de la que depende la buena marcha de todas las demás, es cosa de menor cuantía? No, esto quiere decir que se simpatiza con instituciones evanescentes y evaporadas, cuya única misión es ésta, siendo así que quien tiene una noción y un deseo de la política como de algo plenamente vivo en todos sus actos y órganos, no puede lealmente pedir estas instituciones holgazanas.

Esto nos huele demasiado a siglo XIX, que es para nosotros tan pasado como el X.

Bien está que los republicanos de la Restauración, contaminados por la política abstracta, irreal, de esta época; hombres que no sentían con la misma fe y con la misma fuerza que el imperativo de la justicia el imperativo de la eficacia, creyeran encontrar en no sé qué razones de no sé qué teorías motivos para decidirse por una de estas formas de gobierno. Para nosotros, el problema de toda institución nace y muere dentro de la órbita experimental de la historia. No entendemos, pues, qué puede quererse decir con que la República es mejor en teoría; no hay más teoría que una teoría de una práctica, y una teoría que no es esto, no es teoría, sino simplemente una inepcia.

Se trata de estructurar la vida española, se trata de obrar enérgicamente sobre esos últimos restos de vitalidad nacional. Para esto, nosotros empezamos a trabajar en la España que encontramos. Somos monárquicos, no tanto porque hagamos hincapié en serlo, sino porque ella —España— lo es. No vemos en la Restauración el fracaso de la Monarquía, sino también el de los republicanos.

Convencidos de que a nadie en particular, sino a todos en general, correspondió el fracaso, esperamos de la Monarquía, en lo sucesivo, no sólo que haga posible el derecho y que se recluya dentro de la Constitución, sino mucho más: que haga posible el aumento de la vitalidad nacional. No somos, pues, monárquicos porque dejemos de ser republicanos; no somos, no podemos ser, no entendemos que se pueda ser definitivamente lo uno ni lo otro. En esta materia no es decorosa al siglo XX otra postura que la experimental.

Como Renan decía que una nación es un plebiscito de todos los días, así la Monarquía tiene que justificar cada día su legitimidad, no sólo negativamente, cuidando de no faltar al derecho, sino positivamente, impulsando la vida nacional. Pues por encima de la corrección jurídica piden los pueblos a sus instituciones una imponderable justificación de su fecundidad histórica, y si no la dan, un día antes o un día después, las instituciones son tronchadas. Mas para esto es preciso que el pueblo vea bien claro que quien no ha cumplido es esa institución, y para esto hace falta que vea a sus hombres mejores, a aquéllos en quienes más confía, trabajar dentro de ella.

En España, señores, mientras no hubo republicanos hubo revoluciones; desde que hay republicanos no hay revoluciones. Esa actividad republicana enorme, ubicua, verdaderamente incansable durante cuarenta años, ha consistido en una abundantísima producción oral, y con ser tan tenues, tan leves los cuerpos de las palabras, han sido tantas las pronunciadas por los republicanos, que se han condensado en un recio muro, puesto en torno a la Monarquía, a la Monarquía tradicional, a la Monarquía lealista y extranacional, de tal manera que la defensa más poderosa que hasta ahora ha tenido la Monarquía ha sido esa muralla china de la oratoria republicana.

Señores: conviene que Monarquía y República dejen de ser dos convenciones sin tránsito fácil y vivo de la una a la otra; que no sea el declararse monárquico o republicano algo que, como el nacimiento o la muerte, no se puede hacer más que una sola vez en la vida. Nada viviente manifiesta estas rigideces; son propias sólo de los esquemas.

La Monarquía, en tanto, puede, si quiere, hacerse solidaria de las esperanzas españolas y entretejerse hondamente con ellas; mas para esto es preciso, repito, que ser monárquico signifique otra cosa de lo que significó para los dos partidos restauradores.

Hay un momento famoso, en el año de 1878, en que Cánovas, habiendo oprimido oratoriamente a Sagasta para que pronunciara la palabra fatal, la que le ligaba por siempre al convencionalismo de la Restauración, tuvo la satisfacción de oír que Sagasta la pronunciaba, y entonces, recogiéndola y remachándola, pronunció estas otras, verdaderamente interesantes:

«La lealtad, cuando se trata de Monarquía y cuando la frase se completa llamándola lealtad monárquica —no la lealtad de las relaciones particulares—, tiene un sentido histórico, y este sentido histórico es estar con la Monarquía sin condiciones, de todas maneras, bien o mal, como la Monarquía se conduzca, de todas suertes apegado a ella[63]. Éste es el sentido histórico de la frase; esto es lo que hasta aquí se ha llamado lealtad monárquica; por lo cual tampoco el señor ministro de la Gobernación (Romero Robledo) ha dudado ni por un instante de la lealtad del partido constitucional».

…El cual era el partido liberal de la Restauración.

This leads us to one of the gravest questions of the moment, upon which it is imperative to take a dignified, serious, evident, unequivocal stance; the question of the forms of government.

We are not going to conceal our great sympathy for a recent movement that has set many Spanish republicans on the road toward the Monarchy. Nevertheless, most of those who up to now make up the League of Political Education have never been republicans, or have been so, like many of our compatriots, transiently, in an hour of ill humor. With this I mean to say that the question of Monarchy cannot signify for us the same as for those who go launched upon an always hazardous journey toward it. In a country where the masses are perverted by those simplisms of the shouters to which I referred before, those who make the evolution have enough in saying that they go from the Republic to the Monarchy. But in this there is an inconvenience: because they come from a republic that is the lunatic republic of the Restoration, and upon announcing their proximity to the Monarchy, people literally understand by Monarchy what this word has meant in the Restoration, and they are right to resist, and those who evolve will fatally have to fall back with great violence, if being a monarchist is going to continue meaning what it has meant until now.

This requires, consequently, an extreme precision; it is something in which, by force, the field must remain clear.

Even when I accept the intention with which these words have frequently been said, I cannot accept the form, I cannot accept the terms, according to which it is said that the forms of government are accidental.

What is it meant to declare with their accidentally? Without doubt it is meant that there are in our political conscience certain ideas to which we feel the moral axis of our person indissolubly attached, and, on the other hand, others of which, with more or less ease, we could do without. And, in effect, if we are loyal with ourselves, the forms of government will appear to us as among those things of which in some case we could do without, or which we could transmute one into the other. But which are the indispensable ones? Which are those that go bound to that inalienable ground of our political conscience?

It is certainly not the Monarchy, it is certainly not the Republic. The extreme lefts of the whole world, today the syndicalists, with whom in a certain sense we sympathize, consider the Republic as reactionary a thing as the Monarchy and ask for a spontaneous, diffuse State, without governing power. But also the radicals of many countries combat the parliamentary regime and universal suffrage for judging them anti-democratic.

So that, in resolution, the only thing that remains as immutable and indispensable is the generic, eternal ideals of democracy; and all the rest, all that is a means of realizing and giving efficacy at each moment to those democratic ideals, is transitory.

These real and transitory means of fulfilling the ideals, the political ends, are those that are called institutions; it is not fitting, then, to say especially that the forms of government are accidental, because every institution is so; every institution is a mere instrument which, as such, can only be justified by its efficacy. We abandon, then, this scholastic terminology in which we are spoken to of the accidental and the substantial; it is necessary that we bring the question to its own ground, which is that of means and ends; the means, that is, the institutions, and the ends, that is, human justice and the vital plenitude of society.

The theme placed in this field, which is its own, how can it be said that the maximum institution, upon which the good running of all the others depends, is a thing of lesser account? No, this means that one sympathizes with evanescent and evaporated institutions, whose only mission is this, seeing that whoever has a notion and a desire of politics as of something fully alive in all its acts and organs cannot loyally ask for these lazy institutions.

This smells too much to us of the nineteenth century, which is for us as past as the tenth.

It is well that the republicans of the Restoration, contaminated by the abstract, unreal politics of this epoch; men who did not feel with the same faith and the same force as the imperative of justice the imperative of efficacy, should believe themselves to find in I know not what reasons of I know not what theories motives for deciding for one of these forms of government. For us, the problem of every institution is born and dies within the experimental orbit of history. We do not understand, then, what can be meant by saying that the Republic is better in theory; there is no more theory than a theory of a practice, and a theory that is not this, is not theory, but simply an ineptitude.

It is a question of structuring Spanish life, of working energetically upon those last remnants of national vitality. For this, we begin to work in the Spain we find. We are monarchists, not so much because we make a point of being so, but because she —Spain— is so. We do not see in the Restoration the failure of the Monarchy, but also that of the republicans.

Convinced that to no one in particular, but to all in general, the failure belonged, we expect of the Monarchy, henceforward, not only that it make right possible and that it shut itself within the Constitution, but much more: that it make possible the increase of national vitality. We are not, then, monarchists because we cease to be republicans; we are not, we cannot be, we do not understand that one can be definitively either the one or the other. In this matter no other posture is decorous for the twentieth century than the experimental one.

As Renan said that a nation is a plebiscite of every day, so the Monarchy has to justify each day its legitimacy, not only negatively, taking care not to fail against right, but positively, impelling the national life. For above juridical correctness the peoples ask their institutions an imponderable justification of their historical fecundity, and if they do not give it, one day sooner or one day later, the institutions are broken off. But for this it is necessary that the people see very clearly that the one who has not fulfilled is that institution, and for this it is needful that it see its best men, those in whom it most trusts, working within it.

In Spain, gentlemen, as long as there were no republicans there were revolutions; since there have been republicans there are no revolutions. That enormous, ubiquitous, truly indefatigable republican activity during forty years has consisted in a most abundant oral production, and being so tenuous, so light the bodies of words, so many have been those pronounced by the republicans, that they have condensed into a stout wall, set around the Monarchy, the traditional Monarchy, the loyalist and extra-national Monarchy, in such a way that the most powerful defense the Monarchy has had until now has been that Chinese wall of republican oratory.

Gentlemen: it is fitting that Monarchy and Republic cease to be two conventions without easy and living transit from one to the other; that declaring oneself monarchist or republican not be something that, like birth or death, can be done only once in life. Nothing living manifests these rigidities; they are proper only to schemata.

The Monarchy, meanwhile, can, if it wishes, make itself solidary with the Spanish hopes and weave itself deeply with them; but for this it is necessary, I repeat, that being a monarchist mean something other than what it meant for the two Restoration parties.

There is a famous moment, in the year 1878, in which Cánovas, having oratorically pressed Sagasta to pronounce the fatal word, the one that bound him forever to the conventionalism of the Restoration, had the satisfaction of hearing Sagasta pronounce it, and then, gathering it up and clinching it, pronounced these others, truly interesting:

‘Loyalty, when it is a question of Monarchy and when the phrase is completed by calling it monarchical loyalty —not the loyalty of particular relations—, has a historical sense, and this historical sense is to be with the Monarchy without conditions, in every way, well or ill, however the Monarchy conducts itself, attached to it in every fashion[63]. This is the historical sense of the phrase; this is what has been called until now monarchical loyalty; wherefore neither has the gentleman Minister of the Interior (Romero Robledo) doubted for an instant the loyalty of the constitutional party.’

…Which was the liberal party of the Restoration.

Questo ci porta a una delle questioni più gravi del momento, sulla quale è forza prendere una posizione degna, seria, evidente, inequivoca; la questione delle forme di governo.

Non andiamo a nascondere la nostra grande simpatia per un movimento recente che ha messo molti repubblicani spagnoli in rotta verso la Monarchia. Tuttavia, la maggior parte di coloro che finora compongono la Liga de Educación Política non siamo mai stati repubblicani, o lo siamo stati, come molti nostri compatrioti, passeggeramente, in un’ora di malumore. Con questo voglio dire che la questione di Monarchia non può significare per noi lo stesso che per coloro che vanno lanciati in un viaggio sempre azzardoso verso di essa. In un paese dove le masse sono pervertite da quei semplicismi degli strilloni a cui prima mi riferivo, hanno abbastanza coloro che fanno l’evoluzione col dire che vanno dalla Repubblica alla Monarchia. Ma in questo c’è un inconveniente: perché vengono da una repubblica che è la lunatica repubblica della Restaurazione, e annunciando la loro prossimità alla Monarchia, le genti letteralmente intendono per Monarchia ciò che questa parola ha significato nella Restaurazione, e hanno ragione a resistere, e coloro che evolvono dovranno fatalmente retrocedere con grande violenza, se essere monarchico continuerà a significare ciò che ha significato fin qui.

Questo richiede, per conseguenza, un’estrema precisione, è qualcosa in cui, per forza, deve restare chiaro il campo.

Anche quando accetti l’intenzione con cui queste parole sono state di frequente dette, non posso accettare la forma, non posso accettare i termini, secondo i quali si dice che le forme di governo sono accidentali.

Che cosa si vuol dichiarare con la loro accidentalità? Senza dubbio si vuol dire che c’è nella nostra coscienza politica certe idee a cui sentiamo indissolubilmente ascritto l’asse morale della nostra persona, e, invece, altre delle quali, con più o meno facilità, potremmo fare a meno. E, in effetti, se siamo leali con noi stessi, le forme di governo ci appariranno come di quelle cose di cui in qualche caso potremmo fare a meno o che potremmo tramutare l’una nell’altra. Ma quali sono le imprescindibili? Quali sono quelle che vanno legate a quel fondo inalienabile della nostra coscienza politica?

Non è certamente la Monarchia, non è certamente la Repubblica. Le estreme sinistre di tutto il mondo, oggi i sindacalisti, con cui in certo senso simpatizziamo, considerano la Repubblica cosa tanto reazionaria quanto la Monarchia e chiedono uno Stato spontaneo, diffuso, senza potere governativo. Ma anche i radicali di molti paesi combattono il regime parlamentare e il suffragio universale per giudicarli antidemocratici.

Di guisa che, in risoluzione, l’unica cosa che resta come immutabile e imprescindibile sono gli ideali generici, eterni, della democrazia; e tutto il resto, tutto ciò che sia mezzo per realizzare e dare efficacia in ogni momento a quegli ideali democratici, è transitorio.

Questi mezzi reali e transitori per adempiere gli ideali, i fini politici, sono quelli che si chiamano istituzioni; non conviene, dunque, dire specialmente che le forme di governo sono accidentali, perché ogni istituzione lo è; ogni istituzione è un mero strumento che, in quanto tale, può essere giustificato soltanto dalla sua efficacia. Abbandoniamo, dunque, questa terminologia scolastica in cui ci si parla dell’accidentale e del sostanziale; è mestieri che portiamo la questione sul suo terreno proprio, che è quello dei mezzi e dei fini; i mezzi, cioè le istituzioni, e i fini, cioè la giustizia umana e la pienezza vitale della società.

Posto il tema in questo campo, che è il suo, come può dirsi che l’istituzione massima, dalla quale dipende il buon andamento di tutte le altre, è cosa di minor conto? No, questo vuol dire che si simpatizza con istituzioni evanescenti e svaporate, la cui unica missione è questa, mentre chi ha una nozione e un desiderio della politica come di qualcosa pienamente vivo in tutti i suoi atti e organi, non può lealmente chiedere queste istituzioni poltroni.

Questo ci sa troppo di secolo XIX, che è per noi tanto passato quanto il X.

Ben sta che i repubblicani della Restaurazione, contaminati dalla politica astratta, irreale, di quest’epoca; uomini che non sentivano con la stessa fede e con la stessa forza dell’imperativo della giustizia l’imperativo dell’efficacia, credessero di trovare in non so quali ragioni di non so quali teorie motivi per decidersi per una di queste forme di governo. Per noi, il problema di ogni istituzione nasce e muore dentro l’orbita sperimentale della storia. Non intendiamo, dunque, che cosa possa volersi dire col che la Repubblica è migliore in teoria; non c’è più teoria che una teoria di una pratica, e una teoria che non è questo, non è teoria, ma semplicemente una sciocchezza.

Si tratta di strutturare la vita spagnola, si tratta di operare energicamente su quegli ultimi resti di vitalità nazionale. Per questo, noi cominciamo a lavorare nella Spagna che troviamo. Siamo monarchici, non tanto perché facciamo insistenza nell’esserlo, ma perché essa —la Spagna— lo è. Non vediamo nella Restaurazione il fallimento della Monarchia, ma anche quello dei repubblicani.

Convinti che a nessuno in particolare, ma a tutti in generale, corrispose il fallimento, ci aspettiamo dalla Monarchia, in avvenire, non soltanto che renda possibile il diritto e che si rinchiuda dentro la Costituzione, ma molto di più: che renda possibile l’aumento della vitalità nazionale. Non siamo, dunque, monarchici perché cessiamo di essere repubblicani; non siamo, non possiamo essere, non intendiamo che si possa essere definitivamente né l’uno né l’altro. In questa materia non è decorosa al secolo XX altra posizione che quella sperimentale.

Come Renan diceva che una nazione è un plebiscito di tutti i giorni, così la Monarchia deve giustificare ogni giorno la sua legittimità, non soltanto negativamente, badando a non mancare al diritto, ma positivamente, impulsando la vita nazionale. Poiché al di sopra della correzione giuridica i popoli chiedono alle loro istituzioni una imponderabile giustificazione della loro fecondità storica, e se non la danno, un giorno prima o un giorno dopo, le istituzioni sono troncate. Ma per questo è necessario che il popolo veda ben chiaro che chi non ha adempiuto è quella istituzione, e per questo bisogna che veda i suoi uomini migliori, coloro in cui più confida, lavorare dentro di essa.

In Spagna, signori, finché non ci furono repubblicani ci furono rivoluzioni; da quando ci sono repubblicani non ci sono rivoluzioni. Quell’attività repubblicana enorme, ubiqua, veramente instancabile durante quarant’anni, è consistita in una abbondantissima produzione orale, e con essere tanto tenui, tanto levi i corpi delle parole, sono state tante quelle pronunciate dai repubblicani, che si sono condensate in un massiccio muro, posto attorno alla Monarchia, alla Monarchia tradizionale, alla Monarchia lealista ed estranazionale, di tal maniera che la difesa più poderosa che finora ha avuto la Monarchia è stata quella muraglia cinese dell’oratoria repubblicana.

Signori: conviene che Monarchia e Repubblica cessino di essere due convenzioni senza transito facile e vivo dall’una all’altra; che non sia il dichiararsi monarchico o repubblicano qualcosa che, come la nascita o la morte, non si può fare più di una sola volta nella vita. Nulla di vivente manifesta queste rigidità; sono proprie soltanto degli schemi.

La Monarchia, intanto, può, se vuole, farsi solidale delle speranze spagnole e intrecciarsi profondamente con esse; ma per questo è necessario, ripeto, che essere monarchico significhi un’altra cosa da ciò che significò per i due partiti restauratori.

C’è un momento famoso, nell’anno 1878, in cui Cánovas, avendo oppresso oratoriamente Sagasta perché pronunciasse la parola fatale, quella che lo legava per sempre al convenzionalismo della Restaurazione, ebbe la soddisfazione di udire che Sagasta la pronunciava, e allora, raccogliendola e ribadendola, pronunciò queste altre, veramente interessanti:

«La lealtà, quando si tratta di Monarchia e quando la frase si completa chiamandola lealtà monarchica —non la lealtà delle relazioni particolari—, ha un senso storico, e questo senso storico è stare con la Monarchia senza condizioni, in tutte le maniere, bene o male, come la Monarchia si conduca, in ogni caso attaccato ad essa[63]. Questo è il senso storico della frase; questo è ciò che fin qui si è chiamato lealtà monarchica; per la qual cosa neppure il signor ministro dell’Interno (Romero Robledo) ha dubitato né per un istante della lealtà del partito costituzionale».

…Il quale era il partito liberale della Restaurazione.

Sin embargo, no creáis que esto ha pasado por completo. Si no en fórmula tan extrema ni tan solemne, yo tengo aquí unas palabras del señor Maura en 1907, donde viene a decirse lo mismo: «Así como una mujer, para elevar sus plegarias a la Virgen, necesita de una imagen para formarse una idea de ella, así la idea de la Patria no está concebida sin el Rey».

Si se quiere una fórmula, tal vez ruda, pero la única que juzgamos digna y seria y patriótica, para expresar nuestra posición, diríamos que vamos a actuar en la política como monárquicos sin lealismo. La Monarquía es una institución y no puede pedirnos que adscribamos a ella el fondo inalienable, el eje moral de nuestra conciencia política. Sobre la Monarquía hay, por lo menos, dos cosas: la justicia y España. Necesario es nacionalizar la Monarquía.

Nevertheless, do not believe that this has passed completely. If not in so extreme nor so solemn a formula, I have here some words of Señor Maura in 1907, where the same thing comes to be said: ‘Just as a woman, to raise her prayers to the Virgin, needs an image to form an idea of her, so the idea of the Fatherland is not conceived without the King.’

If a formula is wished, perhaps rude, but the only one we judge dignified and serious and patriotic, to express our position, we should say that we are going to act in politics as monarchists without loyalism. The Monarchy is an institution and cannot ask us to attach to it the inalienable ground, the moral axis of our political conscience. Over the Monarchy there are, at least, two things: justice and Spain. Necessary it is to nationalize the Monarchy.

Tuttavia, non crediate che questo sia passato per completo. Se non in formula tanto estrema né tanto solenne, io ho qui delle parole del signor Maura nel 1907, dove viene a dirsi la stessa cosa: «Così come una donna, per elevare le sue preghiere alla Vergine, ha bisogno di un’immagine per formarsi un’idea di essa, così l’idea della Patria non è concepita senza il Re».

Se si vuole una formula, forse rude, ma l’unica che giudichiamo degna e seria e patriottica, per esprimere la nostra posizione, diremmo che andiamo ad agire in politica come monarchici senza lealismo. La Monarchia è un’istituzione e non può chiederci che ascriviamo ad essa il fondo inalienabile, l’asse morale della nostra coscienza politica. Sulla Monarchia ci sono, almeno, due cose: la giustizia e la Spagna. Necessario è nazionalizzare la Monarchia.