Ortega y Gasset
Abstract
A travel note: alongside the reborn industrial Nuremberg the old city survives, and Ortega borrows from a French naturalist the idea that what wins is not the type best adapted to its milieu but the one with energy enough to persist unchanged through changing milieus — a struggle for consistency rather than for existence.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La semana pasada se ha celebrado en Nuremberga una exposición de manufacturas para conmemorar el centenario de su incorporación al pueblo bávaro. En torno a las murallas aquellas, rojas de la edad, reflorece la industria y comienzan a elevarse barriadas de calles rectas, donde multitud de fábricas dan al aire petulantemente el humo de sus chimeneas. Una nueva ciudad industrial, soberbia y rica, amplia y sonora, nace como de una simiente de esa otra Nuremberga, tan vieja, de rúas sórdidas y empinadas, de casas menudas con graciosos tejadillos, de plazuelas breves y puentes galanos.
Un naturalista francés, cuyo nombre no recuerdo[1] ha iniciado una teoría nueva para explicar el triunfo de unos seres sobre otros y de unas cosas sobre otras. Según él, no alcanza la victoria en la lucha por la existencia el tipo mejor adaptado al medio, sino, por el contrario, el que posee energía suficiente para perdurar tal y como es al través de medios que se modifican. De esta suerte, el retablo maravilloso de la lucha por la existencia vendría a transformarse en el retablo maravilloso de la lucha por la consistencia. Viendo ciertos pueblos y villas de vejez tan tenaz que no concluyen nunca de morir, y sobre los que pasan inquietando el aire nuevas formas de civilización, sin que nada tiemble dentro de ellas, recordaremos forzosamente esa lucha por la consistencia. Hay ciudades que tienen suprema energía de perduración, y son construidas de una vez para siempre.
Llega el viajero a Nuremberga; trae en el ánimo ese polvillo de melancolía que ha ido recogiendo a lo largo de sus jornadas. Vase ambulando por las calles solas, y un ágil vientecillo marcero le hiere y fustiga los nervios. Mira las moradas oscuras o pintadas con antiguos colores: sobre los dinteles hay escudos fanfarrones con montantes y mazas, donde se posa y coquetea una paloma. Las ventanucas cuadradas, de vidrios menudos y coloridos, suelen estar cerradas: sólo alguna que otra se entreabre, y entonces se advierte la sonrisa de un tulipán que inclina un poco su cabezota, y tras él otra sonrisa de una buena mujer, que vio acaso en su mocedad al César Carlos V, y considera todo lo restante y posterior como substancia para la risa no más y para el retozo del ánima.
Los tejadillos, airosos y repentinos, se levantan sobre estas minúsculas habitaciones, y en sus vertientes pueden contarse una, dos, hasta tres filas de buhardas. Más arriba, el lindo cielo epicúreo por donde un rabadán invisible va antecogiendo los vellones de una nube blanca.
¿Habrá alguna ciudad que alboroce en lo más recóndito al viajero como Nuremberga? En el pórtico de la iglesia de Lorenzo, erigida durante los siglos XIII, XIV y XV, están nuestros primeros padres desnudos, muy bellamente esculpidos; junto a ellos, unos apóstoles y unas vírgenes de cintura quebrada y unos santos frailes de tonsuradas testas: la piedra, negra ya, en que fueron labrados, tuvo sensual docilidad bajo la mano del paciente artífice, y el alma de éste debió poseer unos sótanos tan llenos de toneles de alegría, que en los labios de vírgenes y apóstoles y demás bienaventurados mana un perpetuo reír, brinca una mística carcajada, y hasta unas bestias simbólicas que asoman cerca se desquijarran en trascendente, extático, todopoderoso regocijo. ¡Bienaventurados los que ríen! Yo no he visto nada más alegre que el pórtico de la iglesia de Lorenzo; ni sé si, por ventura, la risa conservará la energía para vivir, como la creosota guarda los cuerpos de la descomposición, si el ingenuo contentamiento frente a lo que acarrea el destino salva de la decadencia y están a ella condenadas las razas hoscas y graves. Nuremberga fue alegre, sabia, gloriosa.
Los alemanes tienen una virtud que a nosotros nos falta, a despecho de las apariencias: el respeto y el amor al pasado. Son de alma filológica y conservadora, y precisamente de su filología y su asentamiento en lo que ha pasado antes sacan el esfuerzo para la audacia del pensar científico o artístico. Nuremberga es un lugar de culto a ese dios del Pasado. Pero esto no basta a explicar su persistencia.
Caminando hacia la casa de Alberto Durero se sube por la calle del Monte Olivete; nadie transita: las palomas van y vienen confiadas por el arroyo; el ding-ding de una fragua llega del fondo de un zaguán. Al extremo de la calleja se alza el burgo imperial alto, aguileño, magnífico. Creeríamos tornar al siglo XV, siglo del humanismo y la Reforma. Entonces Nuremberga florecía gobernada por los ricos comerciantes: henchíanla las tiendas y oficinas de orfebres, batihojas, merceros, curtidores, fabricantes de cartas y de arneses, tejedores de terciopelo, pintores de vidrieras, guanteros, alfareros, fundidores de campanas, lauderos… Y sobre todo este mundo de maniobras y producciones, descollaban los misteriosos, los bravos, los seductores soldaditos de plomo. Cabe las tonitruantes glorias de otras ciudades ilustres, presenta Nuremberga esta gloriecilla sentimental de haber enjugado durante siglos el hastío de todos los niños afortunados de la tierra, y al paso que Roma y París acongojaban la memoria de los infantes con largas listas de reyes y batallas, Nuremberga les enviaba unos combatientes plúmbeos con que hacían nuevas conquistas, reales y verdaderas dentro de sus fantasías, que es donde únicamente son reales y verdaderas las cosas.
Y nótese lo que ha salvado de la ruina a esta vieja ciudad: su ejército de soldados de plomo al mando del genio artista nurembergués. Porque esos merceros y esos tejedores de terciopelo y cuantos artesanos trabajaban dentro de sus murallas servían en su labor el imperativo ideal de lo bello y perfecto. Cada gremio tenía un Concejo encargado de examinar las piezas fabricadas por uno cualquiera de sus miembros y autorizar la entrega al parroquiano: alguna vez fue quemado judicialmente al pie de la picota un par de botas mal hechas. Todo artesano era artífice: un autor de la época cita, entre los más hábiles artistas, junto a Durero y Peter Vischer, dos relojeros y un fabricante de trompetas.
Los comerciantes patricios, como el de craso rostro Wilibaldo Pirkheimer, eran al propio tiempo hombres sabios y eruditos, ciudadanos filosofantes, lúcidos escritores y ardientes caballeros de las ideas. En ellos prendió, apenas nacido, el fuego liberador del humanismo: una noción triunfante de la vida, amiga de instintos y excesos, de pasiones y conceptos nació en aquellos hombres. La vida es triste cosa —pensaban—: es una alforja repleta de dolores y desamparos; pero esto no quita para que la vida sea una alegre cosa y otra cosa alegre leer a Virgilio, y tras una vidriera pintada que entibia el sol, imitar las malicias de Luciano de Samosata. Y así el opulento Pirkheimer, en tanto que por esa misma calle del Monte Olivete arrastraba su doliente pierna, repasaba dentro de sí la propia colección de astas de ciervo y los períodos latinos de su Laus Podagrae, o «Loa de la Gota».
La estética es una cuestión política, como lo es toda fuerza capaz de poner sobre el mundo un ideal y todos los grandes constructores de pueblos —lo que llamamos grandes estadistas, de Ramsés III a Bismarck— han sido, más que legisladores, fomentadores de nuevos ideales y han influido, más que por su economía, por su estética. La energía artística de Nuremberga, que tejía sus iglesias como brocados y cincelaba el dintel de todas las puertas y dejaba el agua del Pegnitz mansear bellamente entre conventos e isletas, le dio el aliento de sustentarse perennemente.
Mas no se crea que este idealismo ha de llevar consigo hostilidad para con lo real, sino opuestamente. Idealismo es el amor tan ferviente de la realidad, que adentramos ésta en nosotros, y en lo más íntimo quilificada nos da un humor de quintaesencia que al correr de arteria en arteria y vena en vena nos mueve a ver todo como divinamente adobado y nos hace sentir un aroma trascendente de las cosas. De este modo fue idealista el gran nurembergués Alberto Durero, creador de uno de los grabados más bellos del mundo: «Caballero, Diablo y Muerte». Recuérdese su imagen de mozo de veintiséis años, según el original que existe en el Prado: la belleza ideal del rostro es tanta, que de sus mismas facciones dedujo la figura moderna del dulce y melancólico Cristo. Y, sin embargo, su autorretrato deja ver un ánimo sensual y enamorado de todos los amores: las mujeres, las telas de fino lienzo, el tisú de oro, la nombradía. Camerarius decía de él que «su alma estaba henchida de ardiente deseo por la belleza y la virtud; pero no era por esto de una penosa rigidez; al contrario, nada estimaba tanto como lo que contribuye a la alegría del vivir». Y como una de estas místicas fuerzas que agilizan la vida es la curiosidad, en cierta ocasión tomó su mujer y sus pinceles y fuese a los Países Bajos sólo por ver con sus propios ojos una ballena, «animal —dice en su diario— de que se cuentan cosas prodigiosas».
Last week there was celebrated at Nuremberg an exhibition of manufactures to commemorate the centenary of its incorporation into the Bavarian people. About those walls, red with age, industry reblooms and quarters of straight streets begin to rise, where a multitude of factories give petulantly to the air the smoke of their chimneys. A new industrial city, proud and rich, ample and sonorous, is born as from a seed of that other Nuremberg, so old, of sordid and steep lanes, of tiny houses with graceful little roofs, of brief little squares and gallant bridges.
A French naturalist, whose name I do not remember[1], has initiated a new theory to explain the triumph of some beings over others and of some things over others. According to him, victory in the struggle for existence is not won by the type best adapted to the environment, but, on the contrary, by the one that possesses sufficient energy to endure just as it is through media that modify themselves. In this wise, the marvellous altar-piece of the struggle for existence would come to be transformed into the marvellous altar-piece of the struggle for consistency. Seeing certain peoples and towns of so tenacious an age that they never conclude dying, and over which new forms of civilization pass troubling the air, without anything trembling within them, we shall necessarily recall that struggle for consistency. There are cities that have supreme energy of endurance, and are built once and for all.
The traveler arrives at Nuremberg; he carries in his mind that fine dust of melancholy he has been gathering along his journeyings. He goes wandering through the lonely streets, and a nimble March breeze wounds and lashes his nerves. He looks at the dark dwellings or those painted with ancient colors: over the lintels there are boastful shields with broadswords and maces, where a dove alights and coquets. The little square windows, of tiny and colored panes, are wont to be shut: only one or another half opens, and then one notices the smile of a tulip that inclines a little its big head, and behind it another smile of a good woman, who saw perhaps in her youth the Caesar Charles V, and considers all the rest and subsequent as substance for laughter only and for the frolic of the soul.
The little roofs, airy and sudden, rise above these tiny dwellings, and on their slopes may be counted one, two, even three rows of dormers. Higher up, the pretty epicurean sky through which an invisible shepherd goes gathering the fleeces of a white cloud.
Is there any city that rejoices the traveler in his most secret depth like Nuremberg? In the porch of the church of Saint Lawrence, erected during the thirteenth, fourteenth, and fifteenth centuries, stand our first parents naked, most beautifully sculpted; beside them, some apostles and some virgins of broken waist and some holy friars of tonsured heads: the stone, black by now, in which they were carved, had sensual docility under the hand of the patient artificer, and the soul of the latter must have possessed cellars so full of barrels of joy that on the lips of virgins and apostles and the other blessed there wells up a perpetual laughter, a mystical guffaw leaps, and even some symbolic beasts that peer near split their jaws in transcendent, ecstatic, all-powerful rejoicing. Blessed are they that laugh! I have seen nothing more joyful than the porch of the church of Saint Lawrence; nor do I know whether, perchance, laughter will keep the energy to live, as creosote guards bodies from decomposition, if the ingenuous contentment before what destiny brings saves from decadence and to it are condemned the sullen and grave races. Nuremberg was joyful, wise, glorious.
The Germans have a virtue that we lack, despite appearances: respect and love for the past. They are of a philological and conservative soul, and precisely from their philology and their settlement in what has passed before they draw the effort for the audacity of scientific or artistic thinking. Nuremberg is a place of worship of that god of the Past. But this does not suffice to explain its persistence.
Walking toward the house of Albrecht Dürer one climbs by the street of Mount Olivet; no one passes: the doves come and go trustfully along the stream; the ding-ding of a forge arrives from the depth of a hallway. At the end of the lane rises the imperial borough, high, aquiline, magnificent. We should believe ourselves to return to the fifteenth century, century of humanism and the Reformation. Then Nuremberg flourished governed by the rich merchants: the shops and workshops of goldsmiths, gold-beaters, mercers, tanners, makers of cards and of harnesses, velvet weavers, painters of stained glass, glovers, potters, bell-founders, lute-makers filled it… And above all this world of maneuvers and productions, there stood out the mysterious, the brave, the seductive little lead soldiers. Beside the thundering glories of other illustrious cities, Nuremberg presents this sentimental little glory of having dried for centuries the ennui of all the fortunate children of the earth, and while Rome and Paris anguished the memory of infants with long lists of kings and battles, Nuremberg sent them leaden combatants with which they made new conquests, real and true within their fancies, which is where alone things are real and true.
And let it be noted what has saved this old city from ruin: its army of lead soldiers under the command of the Nuremberg artistic genius. For those mercers and those velvet weavers and as many artisans as worked within its walls served in their labor the ideal imperative of the beautiful and the perfect. Each guild had a Council charged with examining the pieces manufactured by any one of its members and authorizing their delivery to the customer: once a pair of ill-made boots was judicially burned at the foot of the pillory. Every artisan was an artificer: an author of the epoch cites, among the most skillful artists, beside Dürer and Peter Vischer, two clockmakers and a maker of trumpets.
The patrician merchants, like the fat-faced Willibald Pirkheimer, were at the same time wise and erudite men, philosophizing citizens, lucid writers, and ardent knights of ideas. In them caught, scarcely born, the liberating fire of humanism: a triumphant notion of life, friend of instincts and excesses, of passions and concepts, was born in those men. Life is a sad thing —they thought—: it is a saddlebag full to bursting with pains and abandonments; but this does not prevent life from being a joyful thing, and another joyful thing to read Virgil, and behind a painted stained-glass window that warms the sun, to imitate the mischiefs of Lucian of Samosata. And thus the opulent Pirkheimer, while along that same street of Mount Olivet he dragged his ailing leg, went over within himself his own collection of stag antlers and the Latin periods of his Laus Podagrae, or ‘Praise of the Gout.’
Aesthetics is a political question, as is every force capable of placing upon the world an ideal, and all the great builders of peoples —what we call great statesmen, from Ramses III to Bismarck— have been, more than legislators, fomenters of new ideals, and have influenced more by their aesthetics than by their economy. The artistic energy of Nuremberg, which wove its churches like brocades and chiseled the lintel of every door and let the water of the Pegnitz flow placidly and beautifully among convents and islets, gave it the breath of sustaining itself perpetually.
But let it not be believed that this idealism has to carry with it hostility toward the real, but quite the opposite. Idealism is love so fervent of reality that we bring this into ourselves, and, chylified in the most intimate depth, it gives us a quintessential humor which, running from artery to artery and vein to vein, moves us to see everything as divinely seasoned and makes us feel a transcendent aroma of things. In this manner was idealist the great Nuremberger Albrecht Dürer, creator of one of the most beautiful engravings in the world: ‘Knight, Death and the Devil.’ Let his image be recalled as a youth of twenty-six, according to the original that exists in the Prado: so great is the ideal beauty of the face that from its very features he deduced the modern figure of the sweet and melancholy Christ. And, nevertheless, his self-portrait lets be seen a sensual spirit in love with all loves: women, fabrics of fine linen, cloth of gold, renown. Camerarius said of him that ‘his soul was filled with ardent desire for beauty and virtue; but he was not for this of a painful rigidity; on the contrary, he esteemed nothing so much as what contributes to the joy of living.’ And as one of these mystical forces that make life agile is curiosity, on a certain occasion he took his wife and his brushes and went to the Low Countries only to see with his own eyes a whale, ‘an animal —he says in his diary— of which prodigious things are told.’
La settimana scorsa si è celebrata a Norimberga una esposizione di manifatture per commemorare il centenario della sua incorporazione al popolo bavarese. Attorno a quelle mura, rosse d’età, rifiorisce l’industria e cominciano a elevarsi quartieri di vie diritte, dove una moltitudine di fabbriche dà all’aria petulantemente il fumo dei loro camini. Una nuova città industriale, superba e ricca, ampia e sonora, nasce come da un seme di quell’altra Norimberga, tanto vecchia, di stradine sordide e ripide, di case piccine con graziosi tettucci, di piazzette brevi e ponti galanti.
Un naturalista francese, il cui nome non ricordo[1], ha iniziato una teoria nuova per spiegare il trionfo di alcuni esseri su altri e di alcune cose su altre. Secondo lui, non raggiunge la vittoria nella lotta per l’esistenza il tipo meglio adattato all’ambiente, ma, per contro, colui che possiede energia sufficiente per perdurare tal quale è attraverso mezzi che si modificano. In questa guisa, il meraviglioso retablo della lotta per l’esistenza verrebbe a trasformarsi nel meraviglioso retablo della lotta per la consistenza. Vedendo certi popoli e villaggi di vecchiezza tanto tenace che non concludono mai di morire, e sopra i quali passano nuove forme di civiltà inquietando l’aria, senza che nulla tremi dentro di essi, ricorderemo forzatamente quella lotta per la consistenza. Ci sono città che hanno suprema energia di perdurazione, e sono costruite una volta per sempre.
Giunge il viaggiatore a Norimberga; porta nell’animo quella polverina di malinconia che è andato raccogliendo lungo le sue giornate. Se ne va ambulando per le vie solitarie, e un agile venticello marzolino lo ferisce e frusta i nervi. Guarda le dimore oscure o dipinte con antichi colori: sopra gli architravi ci sono scudi spacconi con spadoni e mazze, dove si posa e fa la civetta una colomba. Le finestruole quadrate, di piccoli e colorati vetri, sogliono essere chiuse: soltanto qualcuna si socchiude, e allora si avverte il sorriso di un tulipano che inclina un poco la sua testona, e dietro di esso un altro sorriso di una buona donna, che vide forse nella sua giovinezza il Cesare Carlo V, e considera tutto il restante e posteriore come sostanza per il riso soltanto e per lo scherzo dell’anima.
I tettucci, ariosi e improvvisi, si levano sopra queste minuscole abitazioni, e nei loro spioventi si possono contare una, due, fino a tre file di abbaini. Più in alto, il lindo cielo epicureo per dove un pastorello invisibile va raccogliendo i velli di una nuvola bianca.
Ci sarà qualche città che rallegri nel più recondito il viaggiatore come Norimberga? Nel portico della chiesa di Lorenzo, eretta durante i secoli XIII, XIV e XV, stanno i nostri primi padri nudi, bellissimamente scolpiti; accanto ad essi, degli apostoli e delle vergini dalla vita piegata e dei santi frati dalle teste tonsurate: la pietra, già nera, in cui furono scolpiti, ebbe docilità sensuale sotto la mano del paziente artefice, e l’anima di costui dovette possedere delle cantine tanto piene di botti di allegria, che sulle labbra di vergini e apostoli e altri beati sgorga un perpetuo ridere, balza una mistica risata, e perfino delle bestie simboliche che s’affacciano vicino si sganasciano in trascendente, estatico, onnipotente giubilo. Beati coloro che ridono! Io non ho visto nulla di più allegro del portico della chiesa di Lorenzo; né so se, per ventura, la risa conserverà l’energia per vivere, come la creosota conserva i corpi dalla decomposizione, se l’ingenuo contentamento dinanzi a ciò che arreca il destino salva dalla decadenza e ad essa sono condannate le razze arcigne e gravi. Norimberga fu allegra, sapiente, gloriosa.
I tedeschi hanno una virtù che a noi manca, a dispetto delle apparenze: il rispetto e l’amore per il passato. Sono d’anima filologica e conservatrice, e precisamente dalla loro filologia e dal loro assestamento in ciò che è passato prima traggono lo sforzo per l’audacia del pensare scientifico o artistico. Norimberga è un luogo di culto a quel dio del Passato. Ma questo non basta a spiegare la sua persistenza.
Camminando verso la casa di Alberto Dürer si sale per la via del Monte Oliveto; nessuno transita: le colombe vanno e vengono fiduciose per il ruscello; il ding-ding di una fucina giunge dal fondo di un androne. Al termine del vicolo si leva il borgo imperiale alto, aquilino, magnifico. Crederemmo di tornare al secolo XV, secolo dell’umanesimo e della Riforma. Allora Norimberga fioriva governata dai ricchi commercianti: la colmavano le botteghe e gli offici di orafi, battiloro, merciai, conciatori, fabbricanti di carte e di arnesi, tessitori di velluto, pittori di vetrate, guantai, vasaî, fonditori di campane, liutai… E sopra tutto questo mondo di manovre e produzioni, primeggiavano i misteriosi, i bravi, i seduttori soldatini di piombo. Accanto alle tonitruanti glorie di altre città illustri, presenta Norimberga questa gloriettina sentimentale di avere asciugato per secoli la noia di tutti i bambini fortunati della terra, e mentre Roma e Parigi angosciavano la memoria degli infanti con lunghe liste di re e battaglie, Norimberga inviava loro dei combattenti plumbei con cui facevano nuove conquiste, reali e vere dentro le loro fantasie, che è dove soltanto sono reali e vere le cose.
E si noti ciò che ha salvato dalla rovina questa vecchia città: il suo esercito di soldati di piombo al comando del genio artista norimberghese. Perché quei merciai e quei tessitori di velluto e quanti artigiani lavoravano dentro le sue mura servivano nella loro opera l’imperativo ideale del bello e del perfetto. Ogni corporazione aveva un Consiglio incaricato di esaminare i pezzi fabbricati da uno qualunque dei suoi membri e autorizzare la consegna al cliente: qualche volta fu bruciato giudizialmente ai piedi della gogna un paio di stivali mal fatti. Ogni artigiano era artefice: un autore dell’epoca cita, tra i più abili artisti, accanto a Dürer e Peter Vischer, due orologiai e un fabbricante di trombe.
I commercianti patrizi, come quello dalla crassa faccia Wilibaldo Pirkheimer, erano al tempo stesso uomini sapienti ed eruditi, cittadini filosofanti, lucidi scrittori e ardenti cavalieri delle idee. In essi prese, appena nato, il fuoco liberatore dell’umanesimo: una nozione trionfante della vita, amica di istinti ed eccessi, di passioni e concetti nacque in quegli uomini. La vita è triste cosa —pensavano—: è una bisaccia ricolma di dolori e abbandoni; ma questo non toglie che la vita sia un’allegra cosa e un’altra cosa allegra leggere Virgilio, e dietro una vetrata dipinta che intiepidisce il sole, imitare le malizie di Luciano di Samosata. E così l’opulento Pirkheimer, mentre per quella stessa via del Monte Oliveto trascinava la sua dolente gamba, ripassava dentro di sé la propria collezione di palchi di cervo e i periodi latini della sua Laus Podagrae, o «Lode della Gotta».
L’estetica è una questione politica, come lo è ogni forza capace di porre sul mondo un ideale, e tutti i grandi costruttori di popoli —ciò che chiamiamo grandi statisti, da Ramses III a Bismarck— sono stati, più che legislatori, fomentatori di nuovi ideali e hanno influito, più che con la loro economia, con la loro estetica. L’energia artistica di Norimberga, che tesseva le sue chiese come broccati e cesellava l’architrave di tutte le porte e lasciava che l’acqua del Pegnitz scorresse mansamente, bellamente, tra conventi e isole, le dio il fiato di sostentarsi perennemente.
Ma non si creda che questo idealismo abbia da portare con sé ostilità verso il reale, ma oppostamente. Idealismo è l’amore tanto fervente della realtà, che adentriamo questa in noi, e nel più intimo chilificata ci dà un umore di quintessenza che, correndo d’arteria in arteria e di vena in vena, ci muove a vedere tutto come divinamente condito e ci fa sentire un aroma trascendente delle cose. In questo modo fu idealista il gran norimberghese Alberto Dürer, creatore di una delle incisioni più belle del mondo: «Cavaliere, Diavolo e Morte». Si ricordi la sua immagine di giovane di ventisei anni, secondo l’originale che esiste al Prado: la bellezza ideale del volto è tanta, che dalle sue stesse fattezze dedusse la figura moderna del dolce e malinconico Cristo. E, tuttavia, il suo autoritratto lascia vedere un animo sensuale e innamorato di tutti gli amori: le donne, le tele di fino lino, il tisù d’oro, la fama. Camerario diceva di lui che «la sua anima era piena di ardente desiderio per la bellezza e la virtù; ma non era per questo di una penosa rigidità; al contrario, nulla stimava tanto quanto ciò che contribuisce all’allegria del vivere». E siccome una di queste mistiche forze che agilizzano la vita è la curiosità, in certa occasione prese sua moglie e i suoi pennelli e se ne andò ai Paesi Bassi soltanto per vedere con i propri occhi una balena, «animale —dice nel suo diario— di cui si raccontano cose prodigiose».
Pero todo esto, en verdad que ha muerto: la exaltación del viajero repone en su lugar esas existencias gloriosas y representativas. Cuando una ciudad vieja llega a ser un cillero de historia, un montón de años secos, lo único que queda en ella viviente son sus fuentes viejas, que prosiguen cantando y corriendo como en la juventud de la villa. Por eso digo que los habitantes perennes, los vecinos únicos de Nuremberga, son sus fuentecitas: la del Hombrecillo del albogue o donzaniero, la del Hombrecillo de los gansos, la de las Virtudes, unas mozuelas broncinas de escasamente una vara en alto, las cuales vierten de sus pechos virtuosos unos hilos de agua. Debió haber mucho de socarrón y de burlesco a lo villano en aquellos hombres recios, corpulentos, sensuales, que se complacían en hacer todo pequeño: las casas, las plazas y los leves puentecillos. En lugar de nuestros ampulosos monumentos modernos de pétrea retórica, elevados a «grandes hombres» con pomposos dísticos en el plinto, los sabios, prudentes, demócratas y maliciosos nurembergueses dejaron aquí y allá unas figuras irónicas de unos pocos palmos. Y es como si dijeran: —Sabemos que han de llegar tiempos de aristocratismo comprimido a fuerza de palabras democráticas en que algunos espíritus que se la den de exquisitos vengan a proclamar como héroes de Nuremberga a Pirkheimer, a Durero, a Regiomontano, a Adam Kraft, el fundidor en bronce; para esos tiempos elevamos como una lección estas estatuas menudas al Hombrecillo que con dos gansos viene al mercado, y al Hombrecillo que tañe su albogón; éstos son los más grandes hombres de Nuremberga. Ténganlo por sabido.
De estos hombrecillos pintorescos que son lo inconsciente y castizo en cada raza, que son el Pasado, corre un chorruelo de cristal donde ríe aún el ánima exuberante de aquellos banqueros artistas, de aquellos bujeros sabios, de aquel dulce jayán Alberto, que con su faz evangélica iba por las tardes al Esquilón de la salchicha para trasegar un pichel de cerveza.
El fluir nunca interrumpido de esas fuentecitas enlaza la ciudad nueva y próspera con aquella otra callada hoy, próspera también un día. El pasado nos salva del presente creando un robusto porvenir.
Que vuelva a correr el pasado por nuestras más viejas fuentes, y pronto ha de alzarse en derredor de Toledo y de Córdoba, junto a las riberas del Tajo y del Guadalquivir, muchedumbre de fábricas que darán al aire petulantemente el humo de sus chimeneas.
1906
But all this, in truth, has died: the traveller’s exaltation restores in their place those glorious and representative existences. When an old city comes to be a granary of history, a heap of dry years, the only thing left living in it is its old fountains, which go on singing and running as in the youth of the town. That is why I say that the perennial inhabitants, the only neighbours of Nuremberg, are its little fountains: that of the Little Man of the pipe or piper, that of the Little Man of the geese, that of the Virtues, a few bronze lasses scarcely a yard high, who pour from their virtuous breasts threads of water. There must have been much that was roguish and clownishly burlesque in those sturdy, corpulent, sensual men, who delighted in making everything small: the houses, the squares and the light little bridges. In place of our pompous modern monuments of stony rhetoric, raised to “great men” with pompous couplets on the plinth, the wise, prudent, democratic and malicious Nurembergers left here and there a few ironic figures of a few spans. And it is as if they said: —We know that times are to come of aristocratism compressed by dint of democratic words, in which certain spirits who give themselves airs of refinement will come to proclaim as heroes of Nuremberg Pirkheimer, Dürer, Regiomontano, Adam Kraft, the bronze-founder; for those times we raise, as a lesson, these tiny statues to the Little Man who comes to market with two geese, and to the Little Man who plays his little pipe; these are the greatest men of Nuremberg. Take that as known.
From these picturesque little men, who are the unconscious and most native element in every race, who are the Past, runs a crystal streamlet where still laughs the exuberant soul of those artist bankers, of those wise artificers, of that sweet giant Albert, who with his evangelical countenance went in the evenings to the Bell of the Sausage to quaff a pitcher of beer.
The never-interrupted flowing of those little fountains links the new and prosperous city with that other one, silent today, prosperous once too. The past saves us from the present by creating a robust future.
Let the past flow again through our oldest fountains, and soon there shall rise around Toledo and Córdoba, along the banks of the Tagus and the Guadalquivir, a multitude of factories that will petulantly give to the air the smoke of their chimneys.
1906
Ma tutto questo, in verità, è morto: l’esaltazione del viaggiatore rimette al loro posto quelle esistenze gloriose e rappresentative. Quando una città vecchia giunge a essere un granaio di storia, un mucchio di anni secchi, l’unica cosa che vi resta di vivente sono le sue vecchie fonti, che proseguono a cantare e a scorrere come nella giovinezza della villa. Per questo dico che gli abitanti perenni, gli unici vicini di Norimberga, sono le sue fontanelle: quella dell’Ometto del piffero o pifferaio, quella dell’Ometto delle oche, quella delle Virtù, alcune giovinette di bronzo, alte a malapena una vara, le quali versano dai loro petti virtuosi fili d’acqua. Ci dovette essere molto di canzonatorio e di burlesco alla villana in quegli uomini forti, corpulenti, sensuali, che si compiacevano di fare tutto piccolo: le case, le piazze e i leggeri ponticelli. In luogo dei nostri ampollosi monumenti moderni di retorica petrosa, innalzati ai «grandi uomini» con pomposi distici sul plinto, i savi, prudenti, democratici e maliziosi norimberghesi lasciarono qua e là alcune figure ironiche di pochi palmi. Ed è come se dicessero: —Sappiamo che debbono venire tempi di aristocraticismo compresso a forza di parole democratiche in cui alcuni spiriti che se la diano da squisiti verranno a proclamare come eroi di Norimberga Pirkheimer, Dürer, Regiomontano, Adam Kraft, il fonditore in bronzo; per quei tempi innalziamo come una lezione queste statue minute all’Ometto che con due oche viene al mercato, e all’Ometto che suona il suo piffero; questi sono i più grandi uomini di Norimberga. Abbiatecelo per saputo.
Di questi omini pittoreschi che sono l’inconscio e il più schietto di ogni stirpe, che sono il Passato, corre un ruscello di cristallo dove ride ancora l’anima esuberante di quei banchieri artisti, di quei saggi artefici, di quel dolce gigante Alberto, che con il suo volto evangelico andava la sera alla Campana della salsiccia per tracannare un boccale di birra.
Il fluire mai interrotto di quelle fontanelle lega la città nuova e prospera con quell’altra, oggi silenziosa, prospera anch’essa un giorno. Il passato ci salva dal presente creando un robusto avvenire.
Che il passato torni a scorrere dalle nostre più vecchie fonti, e presto dovrà levarsi attorno a Toledo e a Córdoba, lungo le rive del Tago e del Guadalquivir, una folla di fabbriche che daranno all’aria petulantemente il fumo dei loro camini.
1906