Abstract
An article on the elections to the constituent Cortes: arbitrary candidacies decided by committees of semi-nonexistent parties, the effect of ten years’ suppression of public life. Ortega concedes that his own Agrupación al servicio de la República counts for even less, and denounces the attempt to improvise a new republican caciquismo.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Pensando de esta manera se comprenderá que no pueda ver sin profunda irritación la perspectiva de chabacanería que ofrecen —si no se pone remedio— las próximas elecciones para Cortes Constituyentes. Se trata nada menos que del instrumento fundamental del nuevo Estado —el Parlamento— y que va esta vez nada menos que a engendrar la figura misma del Poder público. Si en algo tienen que poner los españoles todos, todos los sentidos de que posean usufructo es evidentemente en la selección de personas que venga a integrar la institución legisladora.
Ahora bien; la información que de casi todas las provincias recibo no puede ser más desalentadora. Dondequiera pululan candidaturas arbitrarias, decididas por pequeños Comités de partidos semi-inexistentes. En muchos casos los candidatos son personas de aventura, sin densidad alguna moral, política ni intelectual.
¿Cómo es posible que las cosas estén en semejante plano? ¿Cómo es posible que el nuevo régimen no se presente en toda España escoltado por una legión de gentes capaces, con alma limpia y altanera, bien dotados para la gigantesca empresa que se va a iniciar? La explicación plena del hecho lamentable no urge ahora. Las explicaciones de los hechos tienen un interés teórico, y aunque la claridad proporcionada por la teoría es de gran eficacia para la práctica, no siempre hay holgura de tiempo y atención para conquistarla.
Baste ahora nombrar la causa de casi todo lo menos satisfactorio que acontece a la República. Es, sencillamente, la supresión de vida pública padecida durante casi diez años. ¿Se cree que es posible improvisar la organización de fuerzas políticas creadoras y bien disciplinadas? No se sueñe en tal cosa. Durante unos meses España vivirá sin hombres que dirijan corrientes públicas y sin masas profundas que orgánicamente actúen. De esto no tiene la culpa la República. Es uno de los grandes crímenes de la monarquía. Ha dejado a España inútil para ella y, transitoriamente, para la República. Habrá que reconstruir el tejido social hilo a hilo y nudo a nudo.
Las fuerzas políticas efectivas, que auténticamente constituyen la dinámica del país, no están aún articuladas ni compactas, viven aún en dispersión; de aquí que casi todo lo que parece actuar sean grupos o más ágiles o más audaces, pero que no representan la dimensión honda de la sociedad española.
Si se exceptúa el partido socialista, todos los demás que hacen política ni son en serio partidos, ni cosa que lo valga. Unos son supervivencia de decrépitas oposiciones enquistadas; otros, por el contrario, improvisaciones urdidas al amparo de la lucha contra la monarquía. Conste que ninguna de estas expresiones envuelve censura para esos «partidos». Con ser eso que he dicho, son lo único que a estas fechas podían ser. Pero sí es censurable que, no siendo sino eso, pretendan formalmente presentarse como las fuerzas políticas del país. (Para que no haya malas inteligencias diré que la Agrupación al servicio de la República, sobre todo en su nueva forma, reducida a los que no pertenecen a otros partidos, significa todavía menos que éstos. Nuestra única virtud es no atribuirnos una fuerza política de que hoy carecemos. Por eso en el próximo manifiesto declaramos paladinamente que somos pocos, muy pocos, gente sin importancia, sin pretensiones y sin derechos; pero resuelta a situarse fieramente en las brechas donde la República nos necesite, por ejemplo, en ésta de la decencia electoral).
Se quiere ahora improvisar un nuevo caciquismo republicano, regentado por las personas que el azar ha sorprendido formando unos Comités fantasmas, sin arraigo en la profunda vida provincial. Esto es lo que no se puede tolerar.
La salud de España radica en que la provincia viva enérgicamente de sí misma, y para esto es preciso que comience no tolerando ser representada por personas de ínfimo nivel moral y político. No hace falta que la representen «intelectuales». Sabido es mi lema: el ideal de un pueblo es que no sea necesaria la intervención de intelectuales en su vida política. Pero sí hace falta que la calidad política y moral de los diputados elegidos por cada provincia asegure, desde luego y automáticamente, un alto nivel de dignidad para la existencia local.
Hace mucho que lo vengo sosteniendo: la misión del centro, y especialmente de Madrid, es en esta etapa histórica renunciar a sí mismo y velar por la dignificación y vitalización de la provincia. En ésta se halla el tesoro dinámico que ha de hacer vivir a España en el próximo futuro.
Por tanto, es preciso que moderen sus pretensiones esos Comités locales de partidos fantasmas o semi-fantasmas y no pretendan llenar las candidaturas con gentes trabucaires e indoctas, sin nervio moral ni sentido de responsabilidad. La suerte de la República y de España va en ello. No extrañe, pues, que algunos estemos decididos a apoyar frenéticamente desde Madrid el levantamiento de las provincias contra las candidaturas indeseables. Es la nuestra una campaña ajena a todo partido y, si es preciso, contra todo partido. La juventud nos presta su entusiasta concurso, y se proyectará balísticamente sobre toda provincia que los audaces intenten mancillar.
6 de junio de 1931
IV
EN EL DEBATE POLÍTICO
(Discurso pronunciado en las Cortes Constituyentes el día 30 de julio de 1931)
Señores diputados:
Esta minoría, que por cierto lo es en superlativo, ha adoptado la resolución de no intervenir verbalmente, o hacerlo de la manera más sobria, en aquellos debates de mero forcejeo político, que no producen enriquecimiento espiritual a la Cámara o no llevan a modificar su ambiente, ni obtienen influencia eficaz, por tratarse de discusiones que, según honradamente todos saben, se hallan de antemano resueltas por la fuerza de los hechos o de la irreductible convicción.