Ortega y Gasset

Abstract

A speech against simplistic judgements on revolutions: people file the political criminal among crimes of passion and grant him the same indulgence. Ortega declares himself a pacific man — peace and culture are equivalent, homines ex natura hostes and only culture makes them friends — but the city of peace must be built by seeking out the restless and discontented, not the compliant.

Connections

Assi: Stato e individuo
Posizioni: rivoluzione
Forme: lezione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

No es lícito, señores, a la hora en que hablamos, juzgar las revoluciones de una manera tan simplista como se ha hecho estos días. Notad que los Códigos modernos han abierto cuenta aparte para los crímenes políticos y que la sensibilidad pública, que siempre va delante llevando los Códigos al estricote, no considera jamás como criminal al criminal político. Yo diría que, sin percatarse de ello, las gentes incluyen los actos revolucionarios en la sección de los crímenes pasionales y les otorgan la misma indulgencia plenaria. Un hombre que mata a otro porque solicitó los garridos secretos de su novia no parece a las gentes ciudadano repulsivo y la libertad política, señores, es desde lo eterno la novia arisca de todos los grandes entusiastas.

No quiero que os asusten mis palabras. Yo soy, o quisiera ser al menos, un pacífico: la labranza de esta miel espiritual de la paz es para mí el destino del hombre. Paz y cultura tienen un valor recíproco en mi vocabulario: paz es la postura del alma culta, cultura es cultivo, es labranza de la paz. Homines ex natura hostes. Por naturaleza son los hombres hostiles; sólo la cultura los hace amigos. Nuestros cuerpos manan enemistad, nuestros instintos segregan desvío y repulsión. ¡Qué importa! Alojada en el órgano material es cada alma una hilandera de ideal productora de hilos sutilísimos que traspasan otras almas hermanas, como rayos de sol y luego otras y otras. Lentamente los hilos se multiplican, el tejido de la cultura se va haciendo más prieto, más firme, más extenso hasta que un día la Humanidad entera se halle tramada y como con un manto místico cubra con ella sus lomos desnudos el Gran Artífice, el Promotor del Bien.

Pax hominibus! La unidad de los hombres está en formación, no existe aún; no existirá mañana todavía, cierto, pero la vamos haciendo; la distancia entre los hombres disminuye progresivamente. Pax hominibus! La barbarie nos rodea; ¿qué importa? Sabemos aprovecharla como el ingeniero aprovecha la brutalidad de un salto de agua; para eso están sobre la tierra los hombres de buena voluntad a modo de fermento pacífico que va descomponiendo los enormes yacimientos de mala voluntad.

Mas es preciso irla construyendo, ir levantando los muros de esta gran ciudad interior de la paz donde quepan todos los hombres. Y para esto es preciso que vayamos a construirla, no sobre los inertes —la inercia, la paz de las piedras, la paz pasiva e idiota es la blasfemia de la paz humana—, no sobre los inertes, digo, sobre los conformes, sino precisamente, hay que ir a buscar a los inquietos, a los descontentos, a los que sacan de sus entrañas las quejas más graves y las sacuden fieramente contra aquéllos, en forma de revoluciones.

No opongáis, pues, a los revolucionarios las torpes vaguedades que se han escuchado estos días: asesinos, violadores, incendiarios, ladrones. No hay nada, si habéis observado, que excite tanto a la rencilla como repetir cosas evidentes: las cosas evidentes por sí mismas las llaman los filósofos tautológicas, y añaden que no hacen adelantar un mal paso los razonamientos. Cuenta Kierkegaard que un loco decidido a escaparse de un manicomio pensó así: «Yo necesito que cuantos me encuentren conozcan que estoy en mi juicio; y para esto es menester que yo les diga algo que sea indudable». Habiendo pensado así, se echó al bolsillo una naranja y salióse tranquilamente por la puerta del establecimiento. Apenas se topaba con algún transeúnte, sacaba del bolsillo la naranja y le decía: «la tierra es redonda». Señores, este pobre loco de evidencia fue al punto reintegrado al manicomio: los transeúntes hallaron incongruente su evidencia.

El que asesina es evidentemente un asesino, el que incendia lo ajeno, un incendiario. Las revoluciones, para rubor de los hombres de orden, son un amasijo de los crímenes más horrendos, más bajos. Y, sin embargo, quiérase o no, la sociedad moderna ha ido formando una noble religión cívica en torno a las efemérides revolucionarias de los dos últimos siglos. Estas sociedades burguesas que tan fácil tienen el espanto cuando la incongruencia toma brutales formas plásticas —el asesinato, el incendio—, no se espantan, en cambio, de lo que a todas horas acaece en su seno: el pecado de estas sociedades burguesas es la inconsciencia, ese pecado que subido a una potencia infinita caracteriza a los españoles, y muy especialmente a mi generación.

Desde hace casi un siglo, en todas las escuelas de Europa se enseña a los niños que los dos hechos culminantes de la Historia, los dos hechos que sirven como divinas espadas para tajar en edades la evolución humana, son el nacimiento del Cristo, allá en una aldehuela de Siria, y la Revolución francesa. ¿No es atroz que pesen igualmente para la gloria del hombre la mansedumbre infinita del que predicaba por las alquerías galileas y las matanzas del 93, de aquel año abierto en la Historia como un lago de sangre?

Yo no sé si será esto un error; pero creo firmemente que ideas tan arraigadas y tan extendidas no pueden ser plenamente errores. Otra cosa sería pesimismo. Un individuo puede equivocarse de medio a medio, esto no tiene importancia. Pero, señores, pensar que la humanidad tomó una manía durante siglos y que esa manía es completamente absurda me parece muy grave. Ello sería declarar que la humanidad es imbécil. Tal cree el pesimismo y por eso nos induce a separarnos lo antes posible de la vida, a fin de no colaborar en tan terrible inercia.

Aunque no sea más que como working hypothesis, según ahora se dice, como hipótesis fecunda para la investigación, me parece preferible suponer que las grandes masas de hombres no se equivocan nunca enteramente, que los errores de la humanidad contienen siempre un profundo sentido, el sentido y la anticipación de algo no llegado todavía a punto de madurez y perfecta sazón.

Si glorificamos, pues, las revoluciones, es porque tenemos la oscura sospecha de que representan altos valores de cultura.

No es lícito desgranarlas en la serie de actos bestiales que las componen. Las revoluciones tienen dos caras: una de ellas es esa torva exposición de crímenes que cometen unos hombres en protesta del régimen existente: los revolucionarios son por esta cara criminales.

Por la otra cara, una revolución pone de manifiesto que el régimen existente es tan injusto, tan perverso, tan criminal que incita a cometer los desmanes revolucionarios: por esta cara, señores, los hombres de orden, las gentes felices y acomodadas aparecen reos de un crimen sordo y continuo, que no tiene ni siquiera, como los otros, la disculpa de la exaltación.

No es lícito, señores, contentarse con dibujar la faz sangrienta de las revoluciones: tienen además un semblante ideal y sagrado, que es el que mueve a masas de hombres a sustituir la organización política dada por otra menos injusta y más noble. Los crímenes aquellos son los hechos de las revoluciones; pero éste es su sentido, su valor histórico profundamente moral. Y fijaos bien; este sentido de las revoluciones, como constatación de las injusticias tácitas de la sociedad, nos obliga a reconocer que cuanto más hórridas sean ellas, más culpables somos nosotros los ordenados, los gubernamentales, los inertes.

Por eso Hermann Cohen, tal vez el más grande filósofo actual, escribe en su libro de Ética estas palabras aladas: «Las revoluciones son los períodos de la Ética experimental». En ellas se intentan nuevas soluciones al grave problema de la justicia, a aquel problema, el más humano de todos, que elevó hasta la incandescencia el corazón reseco de Alonso Quijano el Bueno. Yo no pido a los jóvenes sino que al modo del santo orate manchego vengan a hablar entre los cabreros de este problema cruel del tuyo y el mío.

Sería muy triste, señores, que antes de que se secase sobre la tierra de los fosos de Montjuich ese licor rojizo con que ahora se los riega para que den germinaciones de odios inextinguibles, no resonara en España una voz tranquila que repitiera este principio de la ética moderna: las revoluciones son justas.

Lo son, señores, pero lo son en su sentido: las muertes, los incendios son siempre criminales, cométanse en las calles de Barcelona o en los barrancos y aduares del Rif.

Por esto es moralmente obligatorio evitar los hechos revolucionarios, de un lado, de otro justificar su sentido. Tal es, a mi modo de ver, la misión histórica del radicalismo democrático, del Socialismo: las revoluciones sólo se evitan organizando partidos revolucionarios. El dilema es de hierro: ¿qué se prefiere, la revolución o la amenaza de la revolución? Pues bien: todo poder constituido que no se siente amenazado equivale a la seguridad de una revolución.

It is not licit, gentlemen, at the hour in which we speak, to judge revolutions in a manner so simplistic as has been done these days. Note that the modern Codes have opened a separate account for political crimes and that public sensibility, which always goes ahead dragging the Codes behind, never considers as criminal the political criminal. I would say that, without perceiving it, people include revolutionary acts in the section of crimes of passion and grant them the same plenary indulgence. A man who kills another because he sought to snatch the secrets of his sweetheart does not seem to people a repulsive citizen, and political liberty, gentlemen, is from eternity the shy sweetheart of all great enthusiasts.

I do not want my words to frighten you. I am, or would wish to be at least, a peaceful man: the cultivation of this spiritual honey of peace is for me the destiny of man. Peace and culture have a reciprocal value in my vocabulary: peace is the posture of the cultured soul, culture is cultivation, is tillage of peace. Homines ex natura hostes. By nature men are hostile; only culture makes them friends. Our bodies ooze enmity, our instincts secrete distance and repulsion. What does it matter! Lodged in the material organ, each soul is a spinner of ideal producing most subtle threads that pass through other sister souls, like rays of sun, and then others and others. Slowly the threads multiply, the tissue of culture becomes tighter, firmer, more extensive until one day all Humanity finds itself woven and as with a mystic mantle the Great Artificer, the Promoter of Good, covers with it his naked loins.

Pax hominibus! The unity of men is in formation, does not yet exist; it will not exist tomorrow yet, certainly, but we are making it; the distance between men diminishes progressively. Pax hominibus! Barbarism surrounds us; what does it matter? We know how to take advantage of it as the engineer takes advantage of the brutality of a waterfall; for that are on earth the men of good will, as a peaceful ferment that goes decomposing the enormous deposits of ill will.

But it is necessary to go building it, to go raising the walls of this great interior city of peace where all men fit. And for this it is necessary that we go to build it, not upon the inert —inertia, the peace of stones, the passive and idiotic peace is the blasphemy of human peace—, not upon the inert, I say, upon the conformed, but precisely, one must go to seek the restless, the discontented, those who draw from their entrails the gravest complaints and shake them fiercely against the others, in the form of revolutions.

Do not oppose, then, to the revolutionaries the clumsy vaguenesses that have been heard these days: murderers, ravishers, incendiaries, thieves. There is nothing, if you have observed, that excites so much to quarrelling as repeating evident things: evident things in themselves the philosophers call tautological, and they add that they do not make reasonings advance a single step. Kierkegaard recounts that a madman decided to escape from an asylum thought thus: ‘I need that all who meet me know that I am in my right mind; and for this it is necessary that I say to them something that is indubitable.’ Having thought thus, he put an orange in his pocket and went out tranquilly through the door of the establishment. Scarcely did he meet some passer-by, he took the orange from his pocket and said to him: ‘the earth is round.’ Gentlemen, this poor madman of evidence was at once reintegrated into the asylum: the passers-by found his evidence incongruent.

He who murders is evidently a murderer, he who sets fire to what is another’s, an incendiary. Revolutions, to the blush of men of order, are a hodgepodge of the most horrendous, basest crimes. And, nevertheless, whether one wishes or not, modern society has been forming a noble civic religion around the revolutionary anniversaries of the last two centuries. These bourgeois societies that so easily take fright when incongruence takes brutal plastic forms —murder, arson—, do not take fright, instead, at what happens at all hours in their bosom: the sin of these bourgeois societies is unconsciousness, that sin which raised to an infinite power characterizes the Spaniards, and very especially my generation.

For almost a century, in all the schools of Europe children are taught that the two culminating facts of History, the two facts that serve as divine swords to cut human evolution into ages, are the birth of Christ, there in a small hamlet of Syria, and the French Revolution. Is it not atrocious that for the glory of man there weigh equally the infinite meekness of him who preached through the Galilean farmsteads and the slaughters of ‘93, of that year opened in History like a lake of blood?

I do not know if this will be an error; but I firmly believe that ideas so rooted and so extended cannot be fully errors. Another thing would be pessimism. An individual can be mistaken from midway to midway, this has no importance. But, gentlemen, to think that humanity took a mania for centuries and that that mania is completely absurd seems to me very grave. That would be declaring that humanity is imbecile. So believes pessimism and for that it induces us to separate ourselves as soon as possible from life, in order not to collaborate in so terrible an inertia.

Although it be no more than as working hypothesis, as now it is said, as a fruitful hypothesis for research, it seems to me preferable to suppose that the great masses of men never err entirely, that the errors of humanity always contain a profound sense, the sense and the anticipation of something not yet arrived at the point of maturity and perfect ripeness.

If we glorify, then, the revolutions, it is because we have the obscure suspicion that they represent high values of culture.

It is not licit to shell them into the series of bestial acts that compose them. Revolutions have two faces: one of them is that grim exposition of crimes that some men commit in protest of the existing regime: the revolutionaries are by this face criminals.

By the other face, a revolution brings to light that the existing regime is so unjust, so perverse, so criminal that it incites committing the revolutionary excesses: by this face, gentlemen, the men of order, the happy and well-to-do people appear guilty of a deaf and continuous crime, which does not have even, like the others, the excuse of exaltation.

It is not licit, gentlemen, to content oneself with drawing the bloody face of revolutions: they have besides an ideal and sacred countenance, which is the one that moves masses of men to substitute the given political organization with another less unjust and more noble. Those crimes are the facts of the revolutions; but this is their sense, their profoundly moral historical value. And mark well; this sense of revolutions, as a verification of the tacit injustices of society, obliges us to recognize that the more horrid they are, the more guilty are we the orderly, we the governmental, we the inert.

For that Hermann Cohen, perhaps the greatest philosopher of the present, writes in his book of Ethics these winged words: ‘Revolutions are the periods of experimental Ethics.’ In them new solutions are attempted to the grave problem of justice, to that problem, the most human of all, which raised to incandescence the dried-up heart of Alonso Quijano the Good. I ask of the young nothing but that, in the manner of the holy madman of La Mancha, they come to speak among the goatherds of this cruel problem of the thine and the mine.

It would be very sad, gentlemen, that before there dried on the earth of the moats of Montjuich that reddish liquor with which they are now irrigated so that they give germinations of inextinguishable hatreds, there did not resound in Spain a tranquil voice that repeated this principle of modern ethics: the revolutions are just.

They are, gentlemen, but they are so in their sense: the deaths, the fires are always criminal, whether committed in the streets of Barcelona or in the ravines and douars of the Rif.

For this it is morally obligatory to avoid the revolutionary facts, on the one hand, on the other to justify their sense. Such is, in my way of seeing, the historical mission of democratic radicalism, of Socialism: revolutions are only avoided by organizing revolutionary parties. The dilemma is of iron: which is preferred, the revolution or the threat of the revolution? Well then: every constituted power that does not feel threatened is equivalent to the security of a revolution.

Non è lecito, signori, nell’ora in cui parliamo, giudicare le rivoluzioni in maniera così semplicistica come si è fatto in questi giorni. Notate che i Codici moderni hanno aperto conto a parte per i crimini politici e che la sensibilità pubblica, che va sempre avanti portando i Codici a rimorchio, non considera mai come criminale il criminale politico. Io direi che, senza accorgersene, le genti includono gli atti rivoluzionari nella sezione dei crimini passionali e concedono loro la stessa indulgenza plenaria. Un uomo che uccide un altro perché aveva cercato di carpire i segreti della sua fidanzata non sembra alle genti cittadino ripugnante, e la libertà politica, signori, è da sempre la fidanzata schiva di tutti i grandi entusiasti.

Non voglio che le mie parole vi spaventino. Io sono, o vorrei essere almeno, un pacifico: la coltivazione di questo miele spirituale della pace è per me il destino dell’uomo. Pace e cultura hanno un valore reciproco nel mio vocabolario: pace è la postura dell’anima colta, cultura è coltivo, è coltivazione della pace. Homines ex natura hostes. Per natura gli uomini sono ostili; soltanto la cultura li fa amici. I nostri corpi trasudano inimicizia, i nostri istinti secernono distacco e ripulsione. Che importa! Alloggiata nell’organo materiale è ogni anima una filatrice di ideale produttrice di fili sottilissimi che trapassano altre anime sorelle, come raggi di sole, e poi altre e altre. Lentamente i fili si moltiplicano, il tessuto della cultura si va facendo più fitto, più fermo, più esteso finché un giorno l’Umanità intera si trovi ordita e come con un manto mistico copra con essa i suoi lombi nudi il Gran Artefice, il Promotore del Bene.

Pax hominibus! L’unità degli uomini è in formazione, non esiste ancora; non esisterà domani ancora, certo, ma la andiamo facendo; la distanza tra gli uomini diminuisce progressivamente. Pax hominibus! La barbarie ci circonda; che importa? Sappiamo approfittarne come l’ingegnere approfitta della brutalità di un salto d’acqua; per questo stanno sulla terra gli uomini di buona volontà a modo di fermento pacifico che va decomponendo gli enormi giacimenti di cattiva volontà.

Ma è necessario andarla costruendo, andare alzando i muri di questa grande città interiore della pace dove entrino tutti gli uomini. E per questo è necessario che andiamo a costruirla, non sopra gli inerti —l’inerzia, la pace delle pietre, la pace passiva e idiota è la bestemmia della pace umana—, non sopra gli inerti, dico, sopra i conformi, ma precisamente, bisogna andare a cercare gli inquieti, gli scontenti, quelli che cavano dalle loro viscere i lamenti più gravi e li scuotono fieramente contro quelli, in forma di rivoluzioni.

Non opponete, dunque, ai rivoluzionari le goffe vaghezze che si sono ascoltate in questi giorni: assassini, violatori, incendiari, ladri. Non c’è nulla, se avete osservato, che ecciti tanto alla rissa quanto ripetere cose evidenti: le cose evidenti per sé stesse le chiamano i filosofi tautologiche, e aggiungono che non fanno avanzare di un mal passo i ragionamenti. Racconta Kierkegaard che un pazzo deciso a fuggire da un manicomio pensò così: «Io ho bisogno che quanti mi incontrano sappiano che sono in mio senno; e per questo è necessario che io dica loro qualcosa che sia indubitabile». Avendo pensato così, si mise in tasca un’arancia e uscì tranquillamente per la porta dello stabilimento. Appena s’imbatteva in qualche passante, cavava di tasca l’arancia e gli diceva: «la terra è rotonda». Signori, questo povero pazzo dell’evidenza fu al punto reintegrato nel manicomio: i passanti trovarono incongruente la sua evidenza.

Chi assassina è evidentemente un assassino, chi incendia l’altrui, un incendiario. Le rivoluzioni, per rossore degli uomini d’ordine, sono un impasto dei crimini più orrendi, più bassi. E, tuttavia, voglia o no, la società moderna è andata formando una nobile religione civica attorno alle effemeridi rivoluzionarie degli ultimi due secoli. Queste società borghesi che così facilmente hanno lo spavento quando l’incongruenza prende brutali forme plastiche —l’assassinio, l’incendio—, non si spaventano, invece, di ciò che a tutte le ore accade nel loro seno: il peccato di queste società borghesi è l’incoscienza, quel peccato che salito a una potenza infinita caratterizza gli spagnoli, e molto specialmente la mia generazione.

Da quasi un secolo, in tutte le scuole d’Europa si insegna ai bambini che i due fatti culminanti della Storia, i due fatti che servono come divine spade per tagliare in età l’evoluzione umana, sono la nascita del Cristo, laggiù in un piccolo villaggio di Siria, e la Rivoluzione francese. Non è atroce che pesino ugualmente per la gloria dell’uomo la mansuetudine infinita di colui che predicava per le fattorie galilee e le stragi del ‘93, di quell’anno aperto nella Storia come un lago di sangue?

Io non so se questo sarà un errore; ma credo fermamente che idee così radicate e così estese non possono essere pienamente errori. Altra cosa sarebbe pessimismo. Un individuo può sbagliarsi di mezzo a mezzo, questo non ha importanza. Ma, signori, pensare che l’umanità prese una mania per secoli e che quella mania è completamente assurda mi sembra molto grave. Ciò sarebbe dichiarare che l’umanità è imbecille. Così crede il pessimismo e per questo ci induce a separarci al più presto possibile dalla vita, al fine di non collaborare a così terribile inerzia.

Sebbene non sia più che come working hypothesis, come ora si dice, come ipotesi feconda per la ricerca, mi sembra preferibile supporre che le grandi masse di uomini non si sbaglino mai interamente, che gli errori dell’umanità contengano sempre un profondo senso, il senso e l’anticipazione di qualcosa non ancora giunto a punto di maturità e perfetta stagionatura.

Se glorifichiamo, dunque, le rivoluzioni, è perché abbiamo il sospetto oscuro che rappresentano alti valori di cultura.

Non è lecito sgranarle nella serie di atti bestiali che le compongono. Le rivoluzioni hanno due facce: una di esse è quella torva esposizione di crimini che commettono alcuni uomini in protesta del regime esistente: i rivoluzionari sono per questa faccia criminali.

Per l’altra faccia, una rivoluzione mette in manifesto che il regime esistente è così ingiusto, così perverso, così criminale che incita a commettere i disordini rivoluzionari: per questa faccia, signori, gli uomini d’ordine, le genti felici e agiate appaiono rei di un crimine sordo e continuo, che non ha nemmeno, come gli altri, la scusa dell’esaltazione.

Non è lecito, signori, contentarsi di disegnare la faccia sanguinosa delle rivoluzioni: hanno inoltre un sembiante ideale e sacro, che è quello che muove masse di uomini a sostituire l’organizzazione politica data con un’altra meno ingiusta e più nobile. Quei crimini sono i fatti delle rivoluzioni; ma questo è il loro senso, il loro valore storico profondamente morale. E fate bene attenzione; questo senso delle rivoluzioni, come constatazione delle ingiustizie tacite della società, ci obbliga a riconoscere che quanto più orride esse siano, tanto più colpevoli siamo noi ordinati, noi governativi, noi inerti.

Per questo Hermann Cohen, forse il più grande filosofo attuale, scrive nel suo libro di Etica queste parole alate: «Le rivoluzioni sono i periodi dell’Etica sperimentale». In esse si tentano nuove soluzioni al grave problema della giustizia, a quel problema, il più umano di tutti, che elevò fino all’incandescenza il cuore inaridito di Alonso Quijano il Buono. Io non chiedo ai giovani se non che, a modo del santo pazzo manchego, vengano a parlare tra i caprai di questo problema crudele del tuo e del mio.

Sarebbe molto triste, signori, che prima che si secchi sulla terra dei fossi di Montjuich quel licore rossastro con cui ora li si irriga perché diano germinazioni di odi inestinguibili, non risuonasse in Spagna una voce tranquilla che ripetesse questo principio dell’etica moderna: le rivoluzioni sono giuste.

Lo sono, signori, ma lo sono nel loro senso: le morti, gli incendi sono sempre criminali, si commettano nelle strade di Barcellona o nei burroni e duar del Rif.

Per questo è moralmente obbligatorio evitare i fatti rivoluzionari, da un lato, dall’altro giustificare il loro senso. Tale è, a mio modo di vedere, la missione storica del radicalismo democratico, del Socialismo: le rivoluzioni si evitano soltanto organizzando partiti rivoluzionari. Il dilemma è di ferro: che si preferisce, la rivoluzione o la minaccia della rivoluzione? Ebbene: ogni potere costituito che non si sente minacciato equivale alla sicurezza di una rivoluzione.

Ved por qué ha sido, en mi opinión, lo más grave de todo el fracaso de la huelga general. Púsose aquel día de manifiesto que el pueblo no está organizado, que el pueblo carece de ideales políticos, que el pueblo es sólo una pasión, ayer en Madrid de miedo, en Barcelona de venganza. ¿Quién sabe si mañana ocurrirá lo contrario? ¿Quién puede garantizar los cambios de lo que es sólo pasión?

La juventud ha comenzado ya a pecar: un español mozo no es culpable de no haber tenido tiempo para llegar a ser presidente del Consejo, pero nadie le impedía sentir amor y curiosidad por el pueblo, llevarle sus ideales y sus estudios, dedicarle los ocios de una vida menos opresa.

Europa, señores, es ciencia antes que nada: ¡amigos de mi tiempo, estudiad! Europa es también sensibilidad moral, pero no de la vieja moral subjetiva, de la moral cristiana, acaso más bien jesuítica, de las intenciones, sino de esta otra moral de la acción, menos mística, más precisa, más clara, que antepone las virtudes políticas a las personales porque ha aprendido —¡Europa es ciencia!— que es más fecundo mejorar la ciudad que el individuo.

Mejor hubiera sido, claro está, haber hallado en nuestra patria, cuando despertamos a la curiosidad, hombres sabios y solícitos en quienes encontráramos ya aposados los problemas de la existencia, espíritus serios y ágiles. ¿Cómo empezar a vivir si no hallamos desde luego preparados esos altares del respeto? ¿Qué energía puede pedirse a nuestros ánimos si no hemos tenido dónde aprender la seriedad y la veneración?

Pero no nos exculpemos. Sin respeto y sin seriedad no es posible la cultura. Puesto que no podemos aprender esas virtudes en español, estamos obligados a buscarlas dondequiera que se hallen. Tomando el bastón de hacer camino echémonos por el mundo y peregrinemos, como Ibn Batuta, en busca de los santos de la tierra.

Y luego, a nuestra vuelta, encendamos la pura alma del pueblo con las palabras de idealismo que aquellos hombres de Europa nos hayan enseñado.

El epitafio de Fernando Lassalle, de aquel gigante socializador que comenzó la organización del pueblo alemán, debe servirnos de divisa:

Aquí yacen los restos mortales

de Fernando Lassalle,

pensador y luchador.

Vida Socialista, 6 de febrero de 1910

See why it has been, in my opinion, the gravest thing of all, the failure of the general strike. That day it was made manifest that the people is not organized, that the people lacks political ideals, that the people is only a passion, yesterday in Madrid of fear, in Barcelona of vengeance. Who knows if tomorrow the contrary will happen? Who can guarantee the changes of what is only passion?

Youth has already begun to sin: a young Spaniard is not guilty of not having had time to come to be president of the Council, but no one prevented him from feeling love and curiosity for the people, bringing it his ideals and his studies, dedicating to it the leisures of a life less oppressed.

Europe, gentlemen, is science before everything: friends of my time, study! Europe is also moral sensibility, but not of the old subjective morality, of the Christian morality, perhaps rather Jesuitical, of intentions, but of this other morality of action, less mystical, more precise, more clear, which puts political virtues before personal ones because it has learned —Europe is science!— that it is more fruitful to improve the city than the individual.

It would have been better, of course, to have found in our fatherland, when we awoke to curiosity, wise and solicitous men in whom we would already find lodged the problems of existence, serious and agile spirits. How to begin to live if from the first we do not find those altars of respect prepared? What energy can be asked of our spirits if we have not had where to learn seriousness and veneration?

But let us not excuse ourselves. Without respect and without seriousness culture is not possible. Since we cannot learn these virtues in Spanish, we are obliged to seek them wherever they are found. Taking the staff of making one’s way, let us throw ourselves into the world and go on pilgrimage, like Ibn Batuta, in search of the saints of the earth.

And then, on our return, let us light the pure soul of the people with the words of idealism that those men of Europe may have taught us.

The epitaph of Ferdinand Lassalle, of that socializing giant who began the organization of the German people, must serve us as a device:

Here lie the mortal remains

of Ferdinand Lassalle,

thinker and fighter.

Vida Socialista, 6 February 1910

Ecco perché è stato, a mio parere, la cosa più grave di tutto il fallimento dello sciopero generale. Quel giorno si pose in manifesto che il popolo non è organizzato, che il popolo manca di ideali politici, che il popolo è soltanto una passione, ieri a Madrid di paura, a Barcellona di vendetta. Chi sa se domani accadrà il contrario? Chi può garantire i cambiamenti di ciò che è soltanto passione?

La gioventù ha già cominciato a peccare: uno spagnolo giovane non è colpevole di non aver avuto tempo per giungere a essere presidente del Consiglio, ma nessuno gli impediva di sentire amore e curiosità per il popolo, portargli i suoi ideali e i suoi studi, dedicargli gli ozi di una vita meno oppressa.

L’Europa, signori, è scienza prima di tutto: amici del mio tempo, studiate! L’Europa è anche sensibilità morale, ma non della vecchia morale soggettiva, della morale cristiana, forse piuttosto gesuitica, delle intenzioni, ma di quest’altra morale dell’azione, meno mistica, più precisa, più chiara, che antepone le virtù politiche alle personali perché ha imparato —l’Europa è scienza!— che è più fecondo migliorare la città che l’individuo.

Meglio sarebbe stato, è chiaro, aver trovato nella nostra patria, quando ci svegliammo alla curiosità, uomini sapienti e solleciti in cui trovassimo già accolti i problemi dell’esistenza, spiriti seri e agili. Come cominciare a vivere se non troviamo da subito preparati quegli altari del rispetto? Quale energia può chiedersi ai nostri animi se non abbiamo avuto dove imparare la serietà e la venerazione?

Ma non ci scusiamo. Senza rispetto e senza serietà non è possibile la cultura. Dal momento che non possiamo imparare queste virtù in spagnolo, siamo obbligati a cercarle dovunque si trovino. Preso il bastone di far cammino, gettiamoci per il mondo e pellegriniamo, come Ibn Batuta, in cerca dei santi della terra.

E poi, al nostro ritorno, accendiamo la pura anima del popolo con le parole di idealismo che quegli uomini d’Europa ci abbiano insegnato.

L’epitaffio di Fernando Lassalle, di quel gigante socializzatore che cominciò l’organizzazione del popolo tedesco, deve servirci di divisa:

Qui giacciono le spoglie mortali

di Fernando Lassalle,

pensatore e lottatore.

Vida Socialista, 6 febbraio 1910