Abstract

A speech against simplistic judgements on revolutions: people file the political criminal among crimes of passion and grant him the same indulgence. Ortega declares himself a pacific man — peace and culture are equivalent, homines ex natura hostes and only culture makes them friends — but the city of peace must be built by seeking out the restless and discontented, not the compliant.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

No es lícito, señores, a la hora en que hablamos, juzgar las revoluciones de una manera tan simplista como se ha hecho estos días. Notad que los Códigos modernos han abierto cuenta aparte para los crímenes políticos y que la sensibilidad pública, que siempre va delante llevando los Códigos al estricote, no considera jamás como criminal al criminal político. Yo diría que, sin percatarse de ello, las gentes incluyen los actos revolucionarios en la sección de los crímenes pasionales y les otorgan la misma indulgencia plenaria. Un hombre que mata a otro porque solicitó los garridos secretos de su novia no parece a las gentes ciudadano repulsivo y la libertad política, señores, es desde lo eterno la novia arisca de todos los grandes entusiastas.

No quiero que os asusten mis palabras. Yo soy, o quisiera ser al menos, un pacífico: la labranza de esta miel espiritual de la paz es para mí el destino del hombre. Paz y cultura tienen un valor recíproco en mi vocabulario: paz es la postura del alma culta, cultura es cultivo, es labranza de la paz. Homines ex natura hostes. Por naturaleza son los hombres hostiles; sólo la cultura los hace amigos. Nuestros cuerpos manan enemistad, nuestros instintos segregan desvío y repulsión. ¡Qué importa! Alojada en el órgano material es cada alma una hilandera de ideal productora de hilos sutilísimos que traspasan otras almas hermanas, como rayos de sol y luego otras y otras. Lentamente los hilos se multiplican, el tejido de la cultura se va haciendo más prieto, más firme, más extenso hasta que un día la Humanidad entera se halle tramada y como con un manto místico cubra con ella sus lomos desnudos el Gran Artífice, el Promotor del Bien.

Pax hominibus! La unidad de los hombres está en formación, no existe aún; no existirá mañana todavía, cierto, pero la vamos haciendo; la distancia entre los hombres disminuye progresivamente. Pax hominibus! La barbarie nos rodea; ¿qué importa? Sabemos aprovecharla como el ingeniero aprovecha la brutalidad de un salto de agua; para eso están sobre la tierra los hombres de buena voluntad a modo de fermento pacífico que va descomponiendo los enormes yacimientos de mala voluntad.

Mas es preciso irla construyendo, ir levantando los muros de esta gran ciudad interior de la paz donde quepan todos los hombres. Y para esto es preciso que vayamos a construirla, no sobre los inertes —la inercia, la paz de las piedras, la paz pasiva e idiota es la blasfemia de la paz humana—, no sobre los inertes, digo, sobre los conformes, sino precisamente, hay que ir a buscar a los inquietos, a los descontentos, a los que sacan de sus entrañas las quejas más graves y las sacuden fieramente contra aquéllos, en forma de revoluciones.

No opongáis, pues, a los revolucionarios las torpes vaguedades que se han escuchado estos días: asesinos, violadores, incendiarios, ladrones. No hay nada, si habéis observado, que excite tanto a la rencilla como repetir cosas evidentes: las cosas evidentes por sí mismas las llaman los filósofos tautológicas, y añaden que no hacen adelantar un mal paso los razonamientos. Cuenta Kierkegaard que un loco decidido a escaparse de un manicomio pensó así: «Yo necesito que cuantos me encuentren conozcan que estoy en mi juicio; y para esto es menester que yo les diga algo que sea indudable». Habiendo pensado así, se echó al bolsillo una naranja y salióse tranquilamente por la puerta del establecimiento. Apenas se topaba con algún transeúnte, sacaba del bolsillo la naranja y le decía: «la tierra es redonda». Señores, este pobre loco de evidencia fue al punto reintegrado al manicomio: los transeúntes hallaron incongruente su evidencia.

El que asesina es evidentemente un asesino, el que incendia lo ajeno, un incendiario. Las revoluciones, para rubor de los hombres de orden, son un amasijo de los crímenes más horrendos, más bajos. Y, sin embargo, quiérase o no, la sociedad moderna ha ido formando una noble religión cívica en torno a las efemérides revolucionarias de los dos últimos siglos. Estas sociedades burguesas que tan fácil tienen el espanto cuando la incongruencia toma brutales formas plásticas —el asesinato, el incendio—, no se espantan, en cambio, de lo que a todas horas acaece en su seno: el pecado de estas sociedades burguesas es la inconsciencia, ese pecado que subido a una potencia infinita caracteriza a los españoles, y muy especialmente a mi generación.

Desde hace casi un siglo, en todas las escuelas de Europa se enseña a los niños que los dos hechos culminantes de la Historia, los dos hechos que sirven como divinas espadas para tajar en edades la evolución humana, son el nacimiento del Cristo, allá en una aldehuela de Siria, y la Revolución francesa. ¿No es atroz que pesen igualmente para la gloria del hombre la mansedumbre infinita del que predicaba por las alquerías galileas y las matanzas del 93, de aquel año abierto en la Historia como un lago de sangre?

Yo no sé si será esto un error; pero creo firmemente que ideas tan arraigadas y tan extendidas no pueden ser plenamente errores. Otra cosa sería pesimismo. Un individuo puede equivocarse de medio a medio, esto no tiene importancia. Pero, señores, pensar que la humanidad tomó una manía durante siglos y que esa manía es completamente absurda me parece muy grave. Ello sería declarar que la humanidad es imbécil. Tal cree el pesimismo y por eso nos induce a separarnos lo antes posible de la vida, a fin de no colaborar en tan terrible inercia.

Aunque no sea más que como working hypothesis, según ahora se dice, como hipótesis fecunda para la investigación, me parece preferible suponer que las grandes masas de hombres no se equivocan nunca enteramente, que los errores de la humanidad contienen siempre un profundo sentido, el sentido y la anticipación de algo no llegado todavía a punto de madurez y perfecta sazón.

Si glorificamos, pues, las revoluciones, es porque tenemos la oscura sospecha de que representan altos valores de cultura.

No es lícito desgranarlas en la serie de actos bestiales que las componen. Las revoluciones tienen dos caras: una de ellas es esa torva exposición de crímenes que cometen unos hombres en protesta del régimen existente: los revolucionarios son por esta cara criminales.

Por la otra cara, una revolución pone de manifiesto que el régimen existente es tan injusto, tan perverso, tan criminal que incita a cometer los desmanes revolucionarios: por esta cara, señores, los hombres de orden, las gentes felices y acomodadas aparecen reos de un crimen sordo y continuo, que no tiene ni siquiera, como los otros, la disculpa de la exaltación.

No es lícito, señores, contentarse con dibujar la faz sangrienta de las revoluciones: tienen además un semblante ideal y sagrado, que es el que mueve a masas de hombres a sustituir la organización política dada por otra menos injusta y más noble. Los crímenes aquellos son los hechos de las revoluciones; pero éste es su sentido, su valor histórico profundamente moral. Y fijaos bien; este sentido de las revoluciones, como constatación de las injusticias tácitas de la sociedad, nos obliga a reconocer que cuanto más hórridas sean ellas, más culpables somos nosotros los ordenados, los gubernamentales, los inertes.

Por eso Hermann Cohen, tal vez el más grande filósofo actual, escribe en su libro de Ética estas palabras aladas: «Las revoluciones son los períodos de la Ética experimental». En ellas se intentan nuevas soluciones al grave problema de la justicia, a aquel problema, el más humano de todos, que elevó hasta la incandescencia el corazón reseco de Alonso Quijano el Bueno. Yo no pido a los jóvenes sino que al modo del santo orate manchego vengan a hablar entre los cabreros de este problema cruel del tuyo y el mío.

Sería muy triste, señores, que antes de que se secase sobre la tierra de los fosos de Montjuich ese licor rojizo con que ahora se los riega para que den germinaciones de odios inextinguibles, no resonara en España una voz tranquila que repitiera este principio de la ética moderna: las revoluciones son justas.

Lo son, señores, pero lo son en su sentido: las muertes, los incendios son siempre criminales, cométanse en las calles de Barcelona o en los barrancos y aduares del Rif.

Por esto es moralmente obligatorio evitar los hechos revolucionarios, de un lado, de otro justificar su sentido. Tal es, a mi modo de ver, la misión histórica del radicalismo democrático, del Socialismo: las revoluciones sólo se evitan organizando partidos revolucionarios. El dilema es de hierro: ¿qué se prefiere, la revolución o la amenaza de la revolución? Pues bien: todo poder constituido que no se siente amenazado equivale a la seguridad de una revolución.

Ved por qué ha sido, en mi opinión, lo más grave de todo el fracaso de la huelga general. Púsose aquel día de manifiesto que el pueblo no está organizado, que el pueblo carece de ideales políticos, que el pueblo es sólo una pasión, ayer en Madrid de miedo, en Barcelona de venganza. ¿Quién sabe si mañana ocurrirá lo contrario? ¿Quién puede garantizar los cambios de lo que es sólo pasión?

La juventud ha comenzado ya a pecar: un español mozo no es culpable de no haber tenido tiempo para llegar a ser presidente del Consejo, pero nadie le impedía sentir amor y curiosidad por el pueblo, llevarle sus ideales y sus estudios, dedicarle los ocios de una vida menos opresa.

Europa, señores, es ciencia antes que nada: ¡amigos de mi tiempo, estudiad! Europa es también sensibilidad moral, pero no de la vieja moral subjetiva, de la moral cristiana, acaso más bien jesuítica, de las intenciones, sino de esta otra moral de la acción, menos mística, más precisa, más clara, que antepone las virtudes políticas a las personales porque ha aprendido —¡Europa es ciencia!— que es más fecundo mejorar la ciudad que el individuo.

Mejor hubiera sido, claro está, haber hallado en nuestra patria, cuando despertamos a la curiosidad, hombres sabios y solícitos en quienes encontráramos ya aposados los problemas de la existencia, espíritus serios y ágiles. ¿Cómo empezar a vivir si no hallamos desde luego preparados esos altares del respeto? ¿Qué energía puede pedirse a nuestros ánimos si no hemos tenido dónde aprender la seriedad y la veneración?

Pero no nos exculpemos. Sin respeto y sin seriedad no es posible la cultura. Puesto que no podemos aprender esas virtudes en español, estamos obligados a buscarlas dondequiera que se hallen. Tomando el bastón de hacer camino echémonos por el mundo y peregrinemos, como Ibn Batuta, en busca de los santos de la tierra.

Y luego, a nuestra vuelta, encendamos la pura alma del pueblo con las palabras de idealismo que aquellos hombres de Europa nos hayan enseñado.

El epitafio de Fernando Lassalle, de aquel gigante socializador que comenzó la organización del pueblo alemán, debe servirnos de divisa:

Aquí yacen los restos mortales

de Fernando Lassalle,

pensador y luchador.

Vida Socialista, 6 de febrero de 1910