Ortega y Gasset

Abstract

Against the commonplace that brawls in the chamber “disqualify” the Spanish parliament: insults and blows are morally and politically insignificant, springing from a crisis of manners, not of politics; what England would not tolerate is rather the undramatic caciquismo Spain accepts.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

CORTES Y CORTESÍA

¡Lugares comunes, no! ¡Tonterías, no! España ha vivido entontecida durante centurias por su morbosa facilidad para entregarse al tópico, a la tontería mecánicamente repetida de boca en boca y aceptada sin examen ni protesta de oído en oído. Así, desde hace veinticuatro horas todo el mundo, con esa propensión al contagio espiritual que padecemos, repite: «¡El espectáculo que ofrece el Congreso incapacita al Parlamento español!» Y no faltan periódicos que se complacen en recoger frases como éstas: «¡Que venga Pavía! ¡Que los barran!»

Como tenemos la sospecha de que entregarse al contagio espiritual es lo más bajo que un hombre puede hacer, pues significa la renuncia a ser persona, a ser creador y protagonista de los propios juicios o actos y convertirse en materia empujada y sellada por la influencia ajena, quisiéramos resistir a la avalancha de tontería que esas frases aportan y analizar un poco su contenido.

¿A qué espectáculo se refieren los Jeremías? Porque el Parlamento ofrece estos días dos espectáculos de muy distinto rango e importancia: uno, visible sólo para la percepción moral; otro, patente a los sentidos corporales. Ahora bien, los Jeremías se ruborizan sólo de éste último. En su opinión, tartufesca de origen y extendida por el contagio, lo que deshonra e incapacita al Parlamento español es lo que aconteció especialmente el viernes. ¿Y qué fue ello; qué tremendas inmoralidades se ejecutaron ese día en el Congreso? Obligados a concretar, nos encontramos con esto y no más: unas cuantas palabras sucias con valor de improperios y unos cuantos bastonazos. Eso es —según los señores que se dejan contagiar— lo que, por lo visto, incapacita y deshonra al Parlamento español.

La incongruencia entre aquellos hechos y esta conclusión es excesiva. No; que dos diputados, en una hora de enardecimiento o de dolor de estómago, lleguen a las manos, no deshonra ni incapacita no roza siquiera la autoridad de la institución parlamentaria, como no quita grandeza alguna a Pedro el Grande de Rusia que después de comer soliese jugar con su primer ministro a pares y nones con los bichos que uno y otro se sacaban a puñados de las sendas cabezas. Esto es simplemente una suciedad, una falta de elemental aseo; aquello, un defecto de buenas maneras privadas. Lo uno no es objeción contra la monarquía, ni lo otro contra el parlamentarismo.

Frente al lugar común supradicho recordemos que en todos los Parlamentos del mundo han acontecido escenas parejas y que en muchos Parlamentos del mundo las escenas han sido incomparablemente más brutales que fueron jamás en las Cortes españolas. En Inglaterra, tierra de promisión para el régimen parlamentario, se recuerdan pavorosas colisiones entre representantes; y eso que es Inglaterra el único país, por desgracia, donde se considera la buena educación como un artículo de primera necesidad. Sin embargo, en Inglaterra nadie ha sacado de esos paroxismos la consecuencia de que el régimen parlamentario es incapaz. Esta consecuencia sólo se saca en España. En cambio, entre nosotros se tolera el caciquismo sin espectáculo del señor La Cierva y de otros muchos señores, que es precisamente lo que no se toleraría en Inglaterra, lo que allí daría al traste con el Parlamento.

Menos congruente es aún, con motivo de unos dicterios y unos golpes sobrevenidos en el hemiciclo, llamar a Pavía o pedir un barrido. ¿No parece una falta de lógica, rayana en el manicomio, que avergüence un bastonazo y seduzca, en cambio, un sablazo o un escobazo? Por otra parte, nadie ha logrado demostrar que Pavía valiese más que el más modesto diputado puesto en fuga por su delictiva intervención. Son todas estas palabrerías, dicharachos iracundos de casino aldeano que revelan un grave descenso del espíritu madrileño, otro tiempo verdadera capital de España, hoy lugar aprovincianado sin las elegancias de ingenio que suelen ser patrimonio de las grandes urbes directoras.

No confundamos, pues, las cosas. Las resonantes y contundentes escenas parlamentarias no quitan ni ponen prestigio esencial ninguno al Parlamento. Son moral y políticamente insignificantes. No provienen de la crisis política que atravesamos; provienen de la crisis de buena educación que padecemos. Más de un escritor, ajeno a la política, ha llamado la atención sobre el imperio del plebeyismo en los usos y modales del presente. Es el plebeyismo una enfermedad que aqueja a las clases superiores de la sociedad cuando se desentienden de las obligaciones, a veces aparentemente superfluas, que su rango tradicional les impone. Una de estas obligaciones es el cultivo de las buenas maneras, disciplina maravillosa no menos principal en la cultura que la ética, el arte o la ciencia. Siglo tras siglo han trabajado en ella las minorías más selectas de la Humanidad hasta obtener un admirable código de exquisitas normas que, puestas como delicados resortes entre los hombres, permiten y fomentan todos los demás progresos de la civilización.

Cuando la Revolución desposeyó de sus antiguos privilegios a las aristocracias genealógicas, siguieron éstas presidiendo, ya que no la vida política, la vida social, por guardar en sus hábitos, milenariamente adquiridos, el tesoro de las formas corteses. Mientras fueron maestras del pulimento en el sentir y en las acciones, mientras velaron porque no se perdiese la estima a estas sutiles cosas, prolongaron su influjo sobre la sociedad, como los soldados de Atenas derrotados en Sicilia se ganaron la vida en Siracusa repitiendo de memoria los cantos de Homero. Hoy, las aristocracias desmoralizadas han dejado desvanecerse la esencia de su tradición, y puestas a imitar los giros y ademanes plebeyos, han perdido su última virtud. Privada de vigilante atención, exenta de devotos y aficionados, la cortesía se ha ausentado de la sociedad, y abandonado a su propio peso, el hombre vuelve a inclinarse hacia el gorila.

No involucremos hipócritamente unas desdichas con otras. Las escenas del Congreso son un triste fenómeno social, no un defecto político de la institución parlamentaria. Nos avergüenza que en las Cortes se falte a la cortesía; protestamos de ello vehementemente porque la buena educación nos interesa tanto o más que la buena política. Pero no estamos dispuestos a formar coro con los Beni-Tartufo que hacen compungidos aspavientos ante ese «espectáculo inmoral del Parlamento».

El espectáculo inmoral es ahora el otro, es el señor La Cierva quitándose en público la hoja de parra que cubría sus pasiones.

Publicado sin firma, El Sol, 23 de noviembre de 1919

II

DE UN ASPIRANTE A TIGRE

Hace más de un mes anunciábamos que el señor La Cierva se dedicaría a sabotear el Parlamento. Helo ya en campaña. Este frenético señor se ha convencido de que no puede hacer un papel normal de gobernante, que no tiene fuerza de opinión suficiente para influir dentro de la política constitucional, usando de las instituciones establecidas. Ahora va a hacer todo lo posible porque la máquina parlamentaria, tan desprestigiada ya, tan enmohecida y tomada de orín, acabe de parecer inservible. Él ya tiene dados sus pasos para mostrar que la supresión del Parlamento no quita el sol de las bardas, y que sin Cortes puede muy bien hacerse todo; por ejemplo, legislar sobre presupuestos.

Fuera injusto olvidar, sin embargo, que el señor La Cierva se ha afanado lo imposible por labrarse una espléndida situación en este mismo Parlamento que ahora desdeña y maltrata. Como él mismo ha dicho, se mantuvo algún tiempo equidistante de las dos grandes ramas conservadoras, movido —como él mismo nos ha dicho— por la esperanza de que, retirados los señores Maura y Dato, volviesen a soldarse en su bravo puño los dos trozos de la espada derechista. Por falta de paciencia, de mesura, de buen sentido, por ese empeño que pone en equivocarse siempre, el proyecto no se ha logrado, y en vez de corregir la mala fortuna con alguna nueva empresa medianamente sensata, pretende, Sansón al rape, sepultar en su propio fracaso toda la vida pública española.

En general, el maurismo y el ciervismo han degenerado en una política tan personalista, que casi hace buena la de los «señoritos de la Regencia». Al fin y al cabo, los señores Alba, García Prieto y conde de Romanones llevan todavía en la mano programas, principios jurídicos, proyectos internacionales —de la manera que los bailarines, cuando abandonan en las madrugadas de Carnestolendas el baile de máscaras, llevan en la mano el antifaz. Pero ahora el señor La Cierva se dispone a hacer política in puris naturalibus, sin velo ni disfraz.

Nosotros quisiéramos algún día proporcionarnos el insólito placer de dar la razón al señor La Cierva. Pero ¿cómo llegaremos nunca a darle la razón si el señor La Cierva renuncia a presentar razones? Repase quien quiera los últimos Diarios de Sesiones y díganos si la actitud de aquél no es estupenda.

I

CORTES AND COURTESY

Commonplaces, no! Follies, no! Spain has lived stupefied for centuries by its morbid facility for surrendering to the topic, to the folly mechanically repeated from mouth to mouth and accepted without examination nor protest from ear to ear. Thus, for twenty-four hours everyone, with that propensity to spiritual contagion that we suffer, repeats: ‘The spectacle that the Congress offers disqualifies the Spanish Parliament!’ And there is no lack of newspapers that delight in collecting phrases like these: ‘Let Pavia come! Let them be swept out!’

As we have the suspicion that surrendering to spiritual contagion is the lowest thing a man can do, since it means the renunciation to be a person, to be creator and protagonist of one’s own judgements or acts and to become matter pushed and sealed by foreign influence, we would wish to resist the avalanche of folly that those phrases bring and analyse a little their content.

To what spectacle do the Jeremiahs refer? Because Parliament offers these days two spectacles of very different rank and importance: one, visible only to moral perception; the other, patent to the bodily senses. Now then, the Jeremiahs blush only at the latter. In their opinion, tartufesque in origin and extended by contagion, what dishonours and disqualifies the Spanish Parliament is what happened especially on Friday. And what was it; what tremendous immoralities were executed that day in the Congress? Obliged to be concrete, we find ourselves with this and nothing more: a few dirty words with the value of insults and a few blows of the cane. That is —according to the gentlemen who let themselves be infected— what, by the look of it, disqualifies and dishonours the Spanish Parliament.

The incongruence between those facts and this conclusion is excessive. No; that two deputies, in an hour of exaltation or of stomach ache, come to blows, does not dishonour nor disqualify nor even graze the authority of the parliamentary institution, as it takes away no greatness from Peter the Great of Russia that after eating he used to play with his prime minister at odds and evens with the vermin that one and the other pulled by handfuls from their respective heads. This is simply a filth, a lack of elementary cleanliness; that, a defect of private good manners. The one is not an objection against monarchy, nor the other against parliamentarism.

Against the aforesaid commonplace let us remember that in all the Parliaments of the world similar scenes have happened and that in many Parliaments of the world the scenes have been incomparably more brutal than they ever were in the Spanish Cortes. In England, land of promise for the parliamentary regime, dreadful collisions between representatives are remembered; and that although England is the only country, unfortunately, where good breeding is considered an article of prime necessity. Nevertheless, in England no one has drawn from those paroxysms the consequence that the parliamentary regime is incapable. This consequence is only drawn in Spain. On the contrary, among us the caciquismo without spectacle of Mr. La Cierva and of many other gentlemen is tolerated, which is precisely what would not be tolerated in England, what there would do away with Parliament.

Less congruent still is, on the occasion of a few insults and a few blows that came about in the hemicycle, to call Pavia or to ask for a sweep-out. Does it not seem a lack of logic, bordering on the madhouse, that a blow of the cane should shame and a sabre-blow or a broom-blow, instead, seduce? On the other hand, no one has managed to demonstrate that Pavia was worth more than the most modest deputy put to flight by his criminal intervention. These are all idle talk, irate gibes of a village casino that reveal a grave decline of the Madrilenian spirit, once true capital of Spain, today a place provincialized without the elegances of wit that tend to be the patrimony of the great directing cities.

Let us not confuse, then, the things. The resonant and resounding parliamentary scenes neither take away nor add any essential prestige to Parliament. They are morally and politically insignificant. They do not come from the political crisis we are crossing; they come from the crisis of good breeding that we suffer. More than one writer, alien to politics, has called attention to the empire of plebeianism in the uses and manners of the present. It is plebeianism a disease that afflicts the superior classes of society when they wash their hands of the obligations, sometimes apparently superfluous, that their traditional rank imposes on them. One of these obligations is the cultivation of good manners, a marvellous discipline not less principal in culture than ethics, art or science. Century after century the most select minorities of Humanity have worked in it until obtaining an admirable code of exquisite norms that, placed as delicate springs among men, allow and foster all the other progresses of civilization.

When the Revolution dispossessed the genealogical aristocracies of their ancient privileges, these continued presiding, if not political life, social life, by keeping in their habits, millenarily acquired, the treasure of courteous forms. While they were masters of polish in feeling and in actions, while they watched that the esteem for these subtle things not be lost, they prolonged their influence over society, like the soldiers of Athens defeated in Sicily who earned their living in Syracuse repeating from memory the songs of Homer. Today, the demoralized aristocracies have let vanish the essence of their tradition, and set to imitate the plebeian turns and gestures, they have lost their last virtue. Deprived of vigilant attention, free of devotees and fans, courtesy has absented itself from society, and abandoned to its own weight, man turns again to lean toward the gorilla.

Let us not hypocritically involve one misfortune with another. The scenes of the Congress are a sad social phenomenon, not a political defect of the parliamentary institution. We are ashamed that in the Cortes courtesy be violated; we protest it vehemently because good breeding interests us as much or more than good politics. But we are not disposed to form a chorus with the Beni-Tartufo who make mournful grimaces before that ‘immoral spectacle of Parliament’.

The immoral spectacle is now the other one, it is Mr. La Cierva taking off in public the fig leaf that covered his passions.

Published unsigned, El Sol, 23 November 1919

II

OF AN ASPIRANT TO TIGER

More than a month ago we announced that Mr. La Cierva would devote himself to sabotaging Parliament. Here he is already on campaign. This frenetic gentleman has convinced himself that he cannot play a normal role as a ruler, that he has not sufficient force of opinion to influence within constitutional politics, using the established institutions. Now he is going to do all he can so that the parliamentary machine, so discredited already, so rusty and taken by rust, finishes seeming unusable. He has already taken his steps to show that the suppression of Parliament does not take the sun from the walls, and that without Cortes everything can very well be done; for example, legislate on budgets.

It would be unjust to forget, however, that Mr. La Cierva has struggled the impossible to carve out for himself a splendid situation in this same Parliament that now he scorns and mistreats. As he himself has said, he kept for some time equidistant from the two great conservative branches, moved —as he himself has told us— by the hope that, Messrs. Maura and Dato having retired, the two pieces of the rightist sword would come to be soldered again in his brave fist. For lack of patience, of measure, of good sense, for that determination he puts into always erring, the project has not been achieved, and instead of correcting the bad fortune with some new enterprise mediately sensible, he pretends, Samson shorn, to bury in his own failure the whole Spanish public life.

In general, maurismo and ciervismo have degenerated into a politics so personalist, that it almost makes good that of the ‘young masters of the Regency’. After all, Messrs. Alba, García Prieto and the count of Romanones still carry in hand programmes, juridical principles, international projects —in the way that dancers, when they abandon in the dawns of Carnival the masked ball, carry in hand the mask. But now Mr. La Cierva is preparing to make politics in puris naturalibus, without veil nor disguise.

We would wish some day to procure ourselves the unusual pleasure of giving reason to Mr. La Cierva. But how shall we ever come to give him reason if Mr. La Cierva renounces presenting reasons? Let whoever wishes review the last Diaries of Sessions and tell us if the attitude of that man is not stupendous.

I

CORTES E CORTESIA

Luoghi comuni, no! Sciocchezze, no! La Spagna ha vissuto intontita per secoli per la sua morbosa facilità ad abbandonarsi al luogo comune, alla sciocchezza meccanicamente ripetuta di bocca in bocca e accettata senza esame né protesta d’orecchio in orecchio. Così, da ventiquattro ore tutti, con quella propensione al contagio spirituale che patiamo, ripetono: «Lo spettacolo che offre il Congresso inabilita il Parlamento spagnolo!» E non mancano giornali che si compiacciono di raccogliere frasi come queste: «Che venga Pavía! Che li spazzi via!»

Come abbiamo il sospetto che abbandonarsi al contagio spirituale sia la cosa più bassa che un uomo possa fare, poiché significa la rinuncia a essere persona, a essere creatore e protagonista dei propri giudizi o atti e diventare materia spinta e sigillata dall’influenza altrui, vorremmo resistere all’avalanche di sciocchezza che quelle frasi apportano e analizzare un poco il loro contenuto.

A quale spettacolo si riferiscono i Geremia? Perché il Parlamento offre in questi giorni due spettacoli di molto diverso rango e importanza: uno, visibile soltanto alla percezione morale; l’altro, patente ai sensi corporei. Orbene, i Geremia si arrossiscono soltanto di quest’ultimo. A loro parere, tartufesca di origine e estesa per il contagio, ciò che disonora e inabilita il Parlamento spagnolo è ciò che accadde specialmente il venerdì. E che fu; che tremende immoralità si eseguirono quel giorno nel Congresso? Obbligati a concretare, ci troviamo con questo e non più: alcune parole sporche con valore di improperi e alcuni colpi di bastone. Questo è —secondo i signori che si lasciano contagiare— ciò che, per l’appunto, inabilita e disonora il Parlamento spagnolo.

L’incongruenza tra quei fatti e questa conclusione è eccessiva. No; che due deputati, in un’ora di esaltazione o di mal di stomaco, arrivino alle mani, non disonora né inabilita né sfiora appena l’autorità dell’istituzione parlamentare, come non toglie grandezza alcuna a Pietro il Grande di Russia che dopo mangiato soleva giocare con il suo primo ministro a pari e dispari con i pidocchi che l’uno e l’altro si cavavano a manciate dalle rispettive teste. Questo è semplicemente una sporcizia, una mancanza di elementare asepsi; quello, un difetto di buone maniere private. L’uno non è obiezione contro la monarchia, né l’altro contro il parlamentarismo.

Di fronte al luogo comune suddetto ricordiamo che in tutti i Parlamenti del mondo sono accadute scene simili e che in molti Parlamenti del mondo le scene sono state incomparabilmente più brutali di quanto lo siano mai state nelle Cortes spagnole. In Inghilterra, terra di promissione per il regime parlamentare, si ricordano paventose collisioni tra rappresentanti; e ciò che l’Inghilterra è l’unico paese, per disgrazia, dove si considera la buona educazione come un articolo di prima necessità. Tuttavia, in Inghilterra nessuno ha tratto da quei parossismi la conseguenza che il regime parlamentare è incapace. Questa conseguenza si trae soltanto in Spagna. Invece, tra noi si tollera il caciquismo senza spettacolo del signor La Cierva e di molti altri signori, che è precisamente ciò che non si tollererebbe in Inghilterra, ciò che là manderebbe a rotoli il Parlamento.

Meno congruente è ancora, in occasione di alcuni improperi e alcuni colpi sopraggiunti nell’emiciclo, chiamare Pavía o chiedere una spazzata. Non sembra una mancanza di logica, rasente il manicomio, che vergogni un colpo di bastone e seduca, invece, una sciabolata o una scopata? D’altra parte, nessuno è riuscito a dimostrare che Pavía valesse più del più modesto deputato messo in fuga per la sua delittuosa intervenzione. Sono tutte queste parole, discorsi irosi da casino di paese che rivelano un grave declino dello spirito madrileno, un tempo vera capitale della Spagna, oggi luogo approvincialato senza le eleganze d’ingegno che sogliono essere patrimonio delle grandi urbe direttrici.

Non confondiamo, dunque, le cose. Le risonanti e contundenti scene parlamentari non tolgono né aggiungono prestigio essenziale alcuno al Parlamento. Sono moralmente e politicamente insignificanti. Non provengono dalla crisi politica che attraversiamo; provengono dalla crisi di buona educazione che patiamo. Più di uno scrittore, estraneo alla politica, ha richiamato l’attenzione sull’impero del plebeismo negli usi e nei modali del presente. È il plebeismo una malattia che affligge le classi superiori della società quando si disinteressano degli obblighi, a volte apparentemente superflui, che il loro rango tradizionale impone loro. Uno di questi obblighi è il culto delle buone maniere, disciplina meravigliosa non meno principale nella cultura dell’etica, dell’arte o della scienza. Secolo dopo secolo hanno lavorato in essa le minorie più scelte dell’Umanità fino a ottenere un ammirevole codice di squisite norme che, poste come delicati ingranaggi tra gli uomini, permettono e favoriscono tutti gli altri progressi della civiltà.

Quando la Rivoluzione spossessò delle sue antiche prerogative le aristocrazie genealogiche, queste continuarono a presiedere, se non la vita politica, la vita sociale, per custodire nei loro abiti, millenariamente acquisiti, il tesoro delle forme cortesi. Finché furono maestre del pulimento nel sentire e nelle azioni, finché vegliarono perché non si perdesse la stima a queste sottili cose, prolungarono il loro influsso sulla società, come i soldati di Atene sconfitti in Sicilia si guadagnarono la vita a Siracusa ripetendo a memoria i canti di Omero. Oggi, le aristocrazie demoralizzate hanno lasciato svanire l’essenza della loro tradizione, e messesi a imitare i giri e i gesti plebei, hanno perso la loro ultima virtù. Privata di vigile attenzione, esente di devoti e appassionati, la cortesia si è assentata dalla società, e abbandonato al suo proprio peso, l’uomo torna a inclinarsi verso il gorilla.

Non involgariamo ipocritamente une sventure con altre. Le scene del Congresso sono un triste fenomeno sociale, non un difetto politico dell’istituzione parlamentare. Ci vergogna che nelle Cortes si manchi alla cortesia; protestiamo di ciò veementemente perché la buona educazione ci interessa tanto o più della buona politica. Ma non siamo disposti a far coro con i Beni-Tartufo che fanno compunti svenevolezze davanti a questo «spettacolo immorale del Parlamento».

Lo spettacolo immorale è ora l’altro, è il signor La Cierva che si toglie in pubblico la foglia di fico che copriva le sue passioni.

Pubblicato senza firma, El Sol, 23 novembre 1919

II

DI UN ASPIRANTE A TIGRE

Più di un mese fa annunciavamo che il signor La Cierva si sarebbe dedicato a sabotare il Parlamento. Eccolo già in campagna. Questo frenetico signore si è convinto che non può fare un normale ruolo di governante, che non ha forza di opinione sufficiente per influire dentro la politica costituzionale, usando delle istituzioni stabilite. Ora farà tutto il possibile perché la macchina parlamentare, già così screditata, così arrugginita e presa dalla ruggine, finisca di sembrare inservibile. Egli ha già dati i suoi passi per mostrare che la soppressione del Parlamento non toglie il sole dai muri, e che senza Cortes può benissimo farsi tutto; per esempio, legiferare sui bilanci.

Sarebbe ingiusto dimenticare, tuttavia, che il signor La Cierva si è affannato l’impossibile per costruirsi una splendida situazione in questo stesso Parlamento che ora disdegna e maltratta. Come egli stesso ha detto, si mantenne qualche tempo equidistante dai due grandi rami conservatori, mosso —come egli stesso ci ha detto— dalla speranza che, ritirati i signori Maura e Dato, tornassero a saldarsi nel suo bravo pugno i due pezzi della spada destrorsa. Per mancanza di pazienza, di misura, di buon senso, per quel puntiglio che mette nell’errare sempre, il progetto non si è realizzato, e invece di correggere la cattiva fortuna con qualche nuova impresa mediocremente sensata, pretende, Sansone rasato, seppellire nel proprio fallimento tutta la vita pubblica spagnola.

In generale, il maurismo e il ciervismo sono degenerati in una politica così personalistica, che quasi rende buona quella dei «signorini della Reggenza». In fin dei conti, i signori Alba, García Prieto e conte di Romanones portano ancora in mano programmi, principi giuridici, progetti internazionali —nella maniera che i ballerini, quando abbandonano nelle albe di Carnevale il ballo in maschera, portano in mano la maschera. Ma ora il signor La Cierva si dispone a fare politica in puris naturalibus, senza velo né travestimento.

Noi vorremmo qualche giorno procurarci l’insolito piacere di dare ragione al signor La Cierva. Ma come arriveremo mai a dargli ragione se il signor La Cierva rinuncia a presentare ragioni? Riveda chi voglia gli ultimi Diari delle Sedute e ci dica se l’atteggiamento di quello non è stupendo.

El señor La Cierva está resuelto a detener él solo la marcha de la política nacional entera, como dicen que Milón de Crotona detenía con el puño la carrera de cuatro potros. Tal empresa sería siempre audaz; pero podía ser respetable si el señor La Cierva hubiese descubierto evidentes razones que presentasen la política bucólica del señor Sánchez de Toca como un peligro nacional. Pero no hay nada de esto. Aparte algunas fintas sin gravedad tiradas al azúcar del presidente, el señor La Cierva da sólo dos razones para justificar su faena de energúmeno. La primera es que este Gobierno debe fenecer porque sus hombres no quisieron unirse con el señor Maura y con él hace unos meses; antes bien, fraguaron la caída de aquel Gabinete. La segunda, es ésta: es inmoral que un Gobierno del partido liberalconservador se nutra con los votos de la izquierda. Y nada más. Esto es todo lo que el señor Cierva entrega a la discusión racional. Lo demás son improperios, gesticulaciones, desdenes, amenazas, descoyuntamientos, rabia, rencor, frenesí e iracundia.

Las dos razones del señor La Cierva de tal manera no lo son, que da gana de no hablar de ellas. ¿De cuándo acá va a ser condición para gobernar gentes de la derecha una previa unión con el señor La Cierva? Los liberalesconservadores fueron siempre muy explícitos en su repugnancia a refundirse con las huestes del maurismo y el ciervismo. Aceptaron uniones electorales, como es uso entre las izquierdas, sin que ello implique adscripciones de ministerialismo. Por cierto que en El Sol no se escribió una sola letra para dificultar las nupcias entre ambas fuerzas. Si el señor La Cierva no logró su deseo debió tomarlo con paciencia, como hacemos los demás cuando algo nos sale mal. Pero resulta de una exquisita inmoralidad considerar hoy a los que ayer parecían arcángeles dignos de místicas uniones, como precitos merecedores de las llamas infernales. Esto es lo vergonzoso, lo insostenible en la postura del señor La Cierva; esto quita a sus agitaciones toda autoridad.

Menos sentido tiene aún la segunda razón. Que un partido de la derecha aparezca sustentado por la izquierda de la Cámara se antoja al eticismo del señor La Cierva un hecho inmoral. ¿Por qué? ¿Quién se lo ha dicho al señor Cierva? No solamente no es esto inmoral, sino que es todo lo contrario; es el ideal del régimen parlamentario e implica que los partidos dejan de ser banderías personalistas y compartimientos estancos para convertirse en comunidades de convicción que transitoriamente hallan entre sí coincidencias objetivas.

Si este ideal tiene algunos inconvenientes, son de linaje opuesto a los que insinúa el señor La Cierva. No es bueno, en efecto, que haga sistemáticamente política avanzada un Gobierno de tradición derechista porque transporta, sin la voluntad de nadie, automáticamente, los grupos de la izquierda a posiciones más radicales. Uno de los errores de la Corona desde la Restauración acá ha sido precisamente encargar a los conservadores la legislación progresiva y enojarse luego porque los liberales emigran hacia el radicalismo.

Pero, en fin, el propio señor La Cierva no pretende que se tomen en serio tales seudo-razones. Su actitud es declaradamente pasional. Va a vengar un agravio. ¿Cuál? No lo sabemos, porque no es agravio ser derribado del Gobierno. Y aunque lo fuese, hacer de la máquina parlamentaria un instrumento para vengar agravios personales, detener la vida nacional para purgar los propios humores, es lo verdaderamente inmoral y escandaloso. Éste, éste es el espectáculo intolerable, deprimente, escarnecedor de todo nuestro pueblo que da ahora el Parlamento. No ha debido tolerarse una hora, y se ha sufrido una semana. No ha habido, entre cuatrocientos diputados, uno que encontrase en las circunstancias la autoridad y unción necesarias para hacer sentir el bochorno que es para una asamblea soberana, en esta sazón de urgencias y conflictos, dejarse intimidar y zarandear por los odios privados de un ciudadano.

Porque los conservadores humillaron su soberbia se cree el señor La Cierva con derecho a que no gobiernen. Si consiguiese arrojarlos del Poder, podrían las izquierdas asimismo considerarse humilladas con la victoria del señor La Cierva y obstruir la labor del Gobierno subsecuente, y así hasta el infinito. Todo ello es entre necio y pueril.

No se trata, pues, de la lucha entre dos políticas, ni es una cuestión de apoyo o no apoyo al Gobierno. Si tal fuera, no nos preocuparía mucho, pues no creemos a este Gobierno capaz siquiera de resistir al señor La Cierva. Se trata de que un Parlamento no puede dejarse atropellar de esa manera, que quebranta, no ya sus derechos, sino sus obligaciones.

¿Es que no tienen las Cortes españolas conciencia de su propia dignidad como institución y puede en medio de ellas despatarrarse un hombre e imponer su audaz voluntad?

Hace varios días hablaba el señor La Cierva en el Hotel Ritz e invitaba con paladina delectación a sus enemigos para que le llamasen «tigre». Sospechábamos de antiguo que las aspiraciones zoológicas del señor La Cierva eran inmoderadas. ¡Ahí es nada! ¡Tigre! ¡Un optimate de la fauna! Creemos que a la postre habrá de contentarse con algo menos; por ejemplo, con el gato montés, que pertenece a la misma gente felina.

Mas como todo es relativo, si el nuestro resultase un Parlamento de conejos de Indias, podría el gato montés adquirir las dimensiones virtuales de un tigre bengalí.

Publicado sin firma, El Sol, 24 de noviembre de 1919

Mr. La Cierva is resolved to stop alone the march of the whole national politics, as they say that Milo of Croton stopped with his fist the race of four colts. Such an enterprise would always be audacious; but it could be respectable if Mr. La Cierva had discovered evident reasons that presented the bucolic politics of Mr. Sánchez de Toca as a national danger. But there is none of this. Apart from a few feints without gravity thrown at the president’s sugar, Mr. La Cierva gives only two reasons to justify his labour of madman. The first is that this Government must perish because its men did not want to unite with Mr. Maura and with him some months ago; rather, they contrived the fall of that Cabinet. The second, is this: it is immoral that a Government of the liberal-conservative party feed on the votes of the left. And nothing more. This is all that Mr. Cierva delivers to rational discussion. The rest are insults, gesticulations, scorn, threats, dislocations, rage, rancour, frenzy and ire.

The two reasons of Mr. La Cierva so much are not such, that it makes one want not to speak of them. Since when is it going to be a condition for governing right-wing people a previous union with Mr. La Cierva? The liberal-conservatives were always very explicit in their repugnance to merge with the hosts of maurismo and ciervismo. They accepted electoral unions, as is the custom among the lefts, without this implying adhesions of ministerialism. By the way, in El Sol not a single letter was written to hinder the nuptials between both forces. If Mr. La Cierva did not achieve his desire he should have taken it with patience, as the rest of us do when something goes wrong for us. But it turns out to be of an exquisite immorality to consider today those who yesterday seemed archangels worthy of mystic unions, as reprobates deserving the infernal flames. This is the shameful, the unsustainable thing in the posture of Mr. La Cierva; this takes from his agitations all authority.

Less sense has still the second reason. That a party of the right appear sustained by the left of the Chamber seems to the ethicizing of Mr. La Cierva an immoral fact. Why? Who has told that to Mr. Cierva? Not only is this not immoral, but it is quite the contrary; it is the ideal of the parliamentary regime and implies that parties cease being personalist banners and watertight compartments to become communities of conviction that transitorily find among themselves objective coincidences.

If this ideal has some inconveniences, they are of lineage opposite to those that Mr. La Cierva insinuates. It is not good, in effect, that a Government of rightist tradition systematically make advanced politics because it transports, without the will of anyone, automatically, the groups of the left to more radical positions. One of the errors of the Crown since the Restoration to here has been precisely entrusting the conservatives with progressive legislation and then getting angry because the liberals emigrate toward radicalism.

But, in the end, Mr. La Cierva himself does not pretend that such pseudo-reasons be taken seriously. His attitude is declaredly passionate. He is going to avenge an offence. Which? We do not know, because it is not an offence to be toppled from the Government. And although it were, making of the parliamentary machine an instrument to avenge personal offences, stopping national life to purge one’s own humours, is the truly immoral and scandalous. This, this is the intolerable, depressing spectacle, mocking of all our people, that Parliament now gives. It should not have been tolerated for an hour, and a week has been suffered. There has not been, among four hundred deputies, one who found in the circumstances the authority and unction necessary to make felt the shame that it is for a sovereign assembly, in this season of urgencies and conflicts, to let itself be intimidated and shaken about by the private hatreds of a citizen.

Because the conservatives humiliated their pride Mr. La Cierva believes himself with the right that they not govern. If he managed to throw them from Power, the lefts could likewise consider themselves humiliated with the victory of Mr. La Cierva and obstruct the labour of the subsequent Government, and so on to the infinity. All that is between the foolish and the puerile.

It is not a question, then, of the struggle between two politics, nor is it a question of support or not support for the Government. If it were so, it would not worry us much, for we do not believe this Government capable even of resisting Mr. La Cierva. It is a question that a Parliament cannot let itself be run over in that manner, that violates, not already its rights, but its obligations.

Is it that the Spanish Cortes have no consciousness of their own dignity as an institution and can in their midst a man sprawl out and impose his audacious will?

Several days ago Mr. La Cierva spoke in the Hotel Ritz and invited with open delight his enemies to call him ‘tiger’. We suspected of old that the zoological aspirations of Mr. La Cierva were immoderate. That is no small thing! Tiger! An optimate of the fauna! We believe that in the end he will have to content himself with something less; for example, with the wild cat, which belongs to the same feline folk.

But as everything is relative, if ours turned out to be a Parliament of guinea pigs, the wild cat could acquire the virtual dimensions of a Bengal tiger.

Published unsigned, El Sol, 24 November 1919

Il signor La Cierva è risoluto a fermare lui solo la marcia dell’intera politica nazionale, come si dice che Milone di Crotone fermasse con il pugno la corsa di quattro puledri. Tale impresa sarebbe sempre audace; ma potrebbe essere rispettabile se il signor La Cierva avesse scoperto evidenti ragioni che presentassero la politica bucolica del signor Sánchez de Toca come un pericolo nazionale. Ma non c’è nulla di tutto questo. A parte alcune finte senza gravità tirate allo zucchero del presidente, il signor La Cierva dà soltanto due ragioni per giustificare la sua opera di energumeno. La prima è che questo Governo deve perire perché i suoi uomini non vollero unirsi con il signor Maura e con lui alcuni mesi fa; prima ancora, ordirono la caduta di quel Gabinetto. La seconda, è questa: è immorale che un Governo del partito liberalconservatore si nutra con i voti della sinistra. E niente più. Questo è tutto ciò che il signor Cierva consegna alla discussione razionale. Il resto sono improperi, gesticolazioni, disdegni, minacce, slogamenti, rabbia, rancore, frenesia e iracondia.

Le due ragioni del signor La Cierva così tanto non lo sono, che viene voglia di non parlare di esse. Da quando in qua sarà condizione per governare genti di destra una previa unione con il signor La Cierva? I liberalconservatori furono sempre molto espliciti nella loro ripugnanza a rifondersi con le schiere del maurismo e del ciervismo. Accettarono unioni elettorali, com’è uso tra le sinistre, senza che ciò implichi ascrizioni di ministerialismo. Per l’appunto in El Sol non si scrisse una sola lettera per difficoltare le nozze tra entrambe le forze. Se il signor La Cierva non ottenne il suo desiderio dovette prenderlo con pazienza, come facciamo noi altri quando qualcosa ci esce male. Ma risulta di una squisita immoralità considerare oggi quelli che ieri sembravano arcangeli degni di mistiche unioni, come preciti meritevoli delle fiamme infernali. Questo è il vergognoso, l’insostenibile nella postura del signor La Cierva; questo toglie alle sue agitazioni ogni autorità.

Meno senso ha ancora la seconda ragione. Che un partito di destra appaia sostenuto dalla sinistra della Camera si presenta all’eticismo del signor La Cierva come un fatto immorale. Perché? Chi glielo ha detto al signor Cierva? Non soltanto questo non è immorale, ma è tutto il contrario; è l’ideale del regime parlamentare e implica che i partiti smettano di essere bandiere personalistiche e compartimenti stagni per diventare comunità di convinzione che transitoriamente trovano tra loro coincidenze oggettive.

Se questo ideale ha alcuni inconvenienti, sono di lignaggio opposto a quelli che insinua il signor La Cierva. Non è buono, in effetti, che faccia sistematicamente politica avanzata un Governo di tradizione destrorsa perché trasporta, senza la volontà di nessuno, automaticamente, i gruppi della sinistra a posizioni più radicali. Uno degli errori della Corona dalla Restaurazione a oggi è stato precisamente incaricare i conservatori della legislazione progressiva e adirarsi poi perché i liberali emigrano verso il radicalismo.

Ma, infine, lo stesso signor La Cierva non pretende che si prendano sul serio tali pseudo-ragioni. La sua attitudine è dichiaratamente passionale. Va a vendicare un’offesa. Quale? Non lo sappiamo, perché non è offesa essere rovesciato dal Governo. E sebbene lo fosse, fare della macchina parlamentare uno strumento per vendicare offese personali, fermare la vita nazionale per purgare i propri umori, è il veramente immorale e scandaloso. Questo, questo è lo spettacolo intollerabile, deprimente, schernitore di tutto il nostro popolo che dà ora il Parlamento. Non si è dovuto tollerare un’ora, e si è sofferto una settimana. Non c’è stato, tra quattrocento deputati, uno che trovasse nelle circostanze l’autorità e l’unzione necessarie per far sentire la vergogna che è per un’assemblea sovrana, in questa stagione di urgenze e conflitti, lasciarsi intimidire e scrollare dagli odi privati di un cittadino.

Perché i conservatori umiliarono la loro superbia si crede il signor La Cierva con diritto a che non governino. Se riuscisse a gettarli dal Potere, potrebbero le sinistre parimenti considerarsi umiliate con la vittoria del signor La Cierva e ostruire il lavoro del Governo subseguente, e così fino al infinito. Tutto ciò è tra il necio e il puerile.

Non si tratta, dunque, della lotta tra due politiche, né è una questione di appoggio o non appoggio al Governo. Se tale fosse, non ci preoccuperebbe molto, poiché non crediamo questo Governo capace nemmeno di resistere al signor La Cierva. Si tratta che un Parlamento non può lasciarsi travolgere in questa maniera, che infrange, non già i suoi diritti, ma i suoi obblighi.

È che non hanno le Cortes spagnole coscienza della loro propria dignità come istituzione e può in mezzo ad esse spaparanzarsi un uomo e imporre la sua audace volontà?

Parecchi giorni fa parlava il signor La Cierva nell’Hotel Ritz e invitava con palese delizia i suoi nemici perché lo chiamassero «tigre». Sospettavamo da antico che le aspirazioni zoologiche del signor La Cierva fossero smodate. Ah, non è poco! Tigre! Un ottimate della fauna! Crediamo che alla fine dovrà contentarsi con qualcosa di meno; per esempio, con il gatto selvatico, che appartiene alla stessa gente felina.

Ma siccome tutto è relativo, se il nostro risultasse un Parlamento di conigli d’India, potrebbe il gatto selvatico acquisire le dimensioni virtuali di una tigre bengalese.

Pubblicato senza firma, El Sol, 24 novembre 1919