Abstract
Against the commonplace that brawls in the chamber “disqualify” the Spanish parliament: insults and blows are morally and politically insignificant, springing from a crisis of manners, not of politics; what England would not tolerate is rather the undramatic caciquismo Spain accepts.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
CORTES Y CORTESÍA
¡Lugares comunes, no! ¡Tonterías, no! España ha vivido entontecida durante centurias por su morbosa facilidad para entregarse al tópico, a la tontería mecánicamente repetida de boca en boca y aceptada sin examen ni protesta de oído en oído. Así, desde hace veinticuatro horas todo el mundo, con esa propensión al contagio espiritual que padecemos, repite: «¡El espectáculo que ofrece el Congreso incapacita al Parlamento español!» Y no faltan periódicos que se complacen en recoger frases como éstas: «¡Que venga Pavía! ¡Que los barran!»
Como tenemos la sospecha de que entregarse al contagio espiritual es lo más bajo que un hombre puede hacer, pues significa la renuncia a ser persona, a ser creador y protagonista de los propios juicios o actos y convertirse en materia empujada y sellada por la influencia ajena, quisiéramos resistir a la avalancha de tontería que esas frases aportan y analizar un poco su contenido.
¿A qué espectáculo se refieren los Jeremías? Porque el Parlamento ofrece estos días dos espectáculos de muy distinto rango e importancia: uno, visible sólo para la percepción moral; otro, patente a los sentidos corporales. Ahora bien, los Jeremías se ruborizan sólo de éste último. En su opinión, tartufesca de origen y extendida por el contagio, lo que deshonra e incapacita al Parlamento español es lo que aconteció especialmente el viernes. ¿Y qué fue ello; qué tremendas inmoralidades se ejecutaron ese día en el Congreso? Obligados a concretar, nos encontramos con esto y no más: unas cuantas palabras sucias con valor de improperios y unos cuantos bastonazos. Eso es —según los señores que se dejan contagiar— lo que, por lo visto, incapacita y deshonra al Parlamento español.
La incongruencia entre aquellos hechos y esta conclusión es excesiva. No; que dos diputados, en una hora de enardecimiento o de dolor de estómago, lleguen a las manos, no deshonra ni incapacita no roza siquiera la autoridad de la institución parlamentaria, como no quita grandeza alguna a Pedro el Grande de Rusia que después de comer soliese jugar con su primer ministro a pares y nones con los bichos que uno y otro se sacaban a puñados de las sendas cabezas. Esto es simplemente una suciedad, una falta de elemental aseo; aquello, un defecto de buenas maneras privadas. Lo uno no es objeción contra la monarquía, ni lo otro contra el parlamentarismo.
Frente al lugar común supradicho recordemos que en todos los Parlamentos del mundo han acontecido escenas parejas y que en muchos Parlamentos del mundo las escenas han sido incomparablemente más brutales que fueron jamás en las Cortes españolas. En Inglaterra, tierra de promisión para el régimen parlamentario, se recuerdan pavorosas colisiones entre representantes; y eso que es Inglaterra el único país, por desgracia, donde se considera la buena educación como un artículo de primera necesidad. Sin embargo, en Inglaterra nadie ha sacado de esos paroxismos la consecuencia de que el régimen parlamentario es incapaz. Esta consecuencia sólo se saca en España. En cambio, entre nosotros se tolera el caciquismo sin espectáculo del señor La Cierva y de otros muchos señores, que es precisamente lo que no se toleraría en Inglaterra, lo que allí daría al traste con el Parlamento.
Menos congruente es aún, con motivo de unos dicterios y unos golpes sobrevenidos en el hemiciclo, llamar a Pavía o pedir un barrido. ¿No parece una falta de lógica, rayana en el manicomio, que avergüence un bastonazo y seduzca, en cambio, un sablazo o un escobazo? Por otra parte, nadie ha logrado demostrar que Pavía valiese más que el más modesto diputado puesto en fuga por su delictiva intervención. Son todas estas palabrerías, dicharachos iracundos de casino aldeano que revelan un grave descenso del espíritu madrileño, otro tiempo verdadera capital de España, hoy lugar aprovincianado sin las elegancias de ingenio que suelen ser patrimonio de las grandes urbes directoras.
No confundamos, pues, las cosas. Las resonantes y contundentes escenas parlamentarias no quitan ni ponen prestigio esencial ninguno al Parlamento. Son moral y políticamente insignificantes. No provienen de la crisis política que atravesamos; provienen de la crisis de buena educación que padecemos. Más de un escritor, ajeno a la política, ha llamado la atención sobre el imperio del plebeyismo en los usos y modales del presente. Es el plebeyismo una enfermedad que aqueja a las clases superiores de la sociedad cuando se desentienden de las obligaciones, a veces aparentemente superfluas, que su rango tradicional les impone. Una de estas obligaciones es el cultivo de las buenas maneras, disciplina maravillosa no menos principal en la cultura que la ética, el arte o la ciencia. Siglo tras siglo han trabajado en ella las minorías más selectas de la Humanidad hasta obtener un admirable código de exquisitas normas que, puestas como delicados resortes entre los hombres, permiten y fomentan todos los demás progresos de la civilización.
Cuando la Revolución desposeyó de sus antiguos privilegios a las aristocracias genealógicas, siguieron éstas presidiendo, ya que no la vida política, la vida social, por guardar en sus hábitos, milenariamente adquiridos, el tesoro de las formas corteses. Mientras fueron maestras del pulimento en el sentir y en las acciones, mientras velaron porque no se perdiese la estima a estas sutiles cosas, prolongaron su influjo sobre la sociedad, como los soldados de Atenas derrotados en Sicilia se ganaron la vida en Siracusa repitiendo de memoria los cantos de Homero. Hoy, las aristocracias desmoralizadas han dejado desvanecerse la esencia de su tradición, y puestas a imitar los giros y ademanes plebeyos, han perdido su última virtud. Privada de vigilante atención, exenta de devotos y aficionados, la cortesía se ha ausentado de la sociedad, y abandonado a su propio peso, el hombre vuelve a inclinarse hacia el gorila.
No involucremos hipócritamente unas desdichas con otras. Las escenas del Congreso son un triste fenómeno social, no un defecto político de la institución parlamentaria. Nos avergüenza que en las Cortes se falte a la cortesía; protestamos de ello vehementemente porque la buena educación nos interesa tanto o más que la buena política. Pero no estamos dispuestos a formar coro con los Beni-Tartufo que hacen compungidos aspavientos ante ese «espectáculo inmoral del Parlamento».
El espectáculo inmoral es ahora el otro, es el señor La Cierva quitándose en público la hoja de parra que cubría sus pasiones.
Publicado sin firma, El Sol, 23 de noviembre de 1919
II
DE UN ASPIRANTE A TIGRE
Hace más de un mes anunciábamos que el señor La Cierva se dedicaría a sabotear el Parlamento. Helo ya en campaña. Este frenético señor se ha convencido de que no puede hacer un papel normal de gobernante, que no tiene fuerza de opinión suficiente para influir dentro de la política constitucional, usando de las instituciones establecidas. Ahora va a hacer todo lo posible porque la máquina parlamentaria, tan desprestigiada ya, tan enmohecida y tomada de orín, acabe de parecer inservible. Él ya tiene dados sus pasos para mostrar que la supresión del Parlamento no quita el sol de las bardas, y que sin Cortes puede muy bien hacerse todo; por ejemplo, legislar sobre presupuestos.
Fuera injusto olvidar, sin embargo, que el señor La Cierva se ha afanado lo imposible por labrarse una espléndida situación en este mismo Parlamento que ahora desdeña y maltrata. Como él mismo ha dicho, se mantuvo algún tiempo equidistante de las dos grandes ramas conservadoras, movido —como él mismo nos ha dicho— por la esperanza de que, retirados los señores Maura y Dato, volviesen a soldarse en su bravo puño los dos trozos de la espada derechista. Por falta de paciencia, de mesura, de buen sentido, por ese empeño que pone en equivocarse siempre, el proyecto no se ha logrado, y en vez de corregir la mala fortuna con alguna nueva empresa medianamente sensata, pretende, Sansón al rape, sepultar en su propio fracaso toda la vida pública española.
En general, el maurismo y el ciervismo han degenerado en una política tan personalista, que casi hace buena la de los «señoritos de la Regencia». Al fin y al cabo, los señores Alba, García Prieto y conde de Romanones llevan todavía en la mano programas, principios jurídicos, proyectos internacionales —de la manera que los bailarines, cuando abandonan en las madrugadas de Carnestolendas el baile de máscaras, llevan en la mano el antifaz. Pero ahora el señor La Cierva se dispone a hacer política in puris naturalibus, sin velo ni disfraz.
Nosotros quisiéramos algún día proporcionarnos el insólito placer de dar la razón al señor La Cierva. Pero ¿cómo llegaremos nunca a darle la razón si el señor La Cierva renuncia a presentar razones? Repase quien quiera los últimos Diarios de Sesiones y díganos si la actitud de aquél no es estupenda.
El señor La Cierva está resuelto a detener él solo la marcha de la política nacional entera, como dicen que Milón de Crotona detenía con el puño la carrera de cuatro potros. Tal empresa sería siempre audaz; pero podía ser respetable si el señor La Cierva hubiese descubierto evidentes razones que presentasen la política bucólica del señor Sánchez de Toca como un peligro nacional. Pero no hay nada de esto. Aparte algunas fintas sin gravedad tiradas al azúcar del presidente, el señor La Cierva da sólo dos razones para justificar su faena de energúmeno. La primera es que este Gobierno debe fenecer porque sus hombres no quisieron unirse con el señor Maura y con él hace unos meses; antes bien, fraguaron la caída de aquel Gabinete. La segunda, es ésta: es inmoral que un Gobierno del partido liberalconservador se nutra con los votos de la izquierda. Y nada más. Esto es todo lo que el señor Cierva entrega a la discusión racional. Lo demás son improperios, gesticulaciones, desdenes, amenazas, descoyuntamientos, rabia, rencor, frenesí e iracundia.
Las dos razones del señor La Cierva de tal manera no lo son, que da gana de no hablar de ellas. ¿De cuándo acá va a ser condición para gobernar gentes de la derecha una previa unión con el señor La Cierva? Los liberalesconservadores fueron siempre muy explícitos en su repugnancia a refundirse con las huestes del maurismo y el ciervismo. Aceptaron uniones electorales, como es uso entre las izquierdas, sin que ello implique adscripciones de ministerialismo. Por cierto que en El Sol no se escribió una sola letra para dificultar las nupcias entre ambas fuerzas. Si el señor La Cierva no logró su deseo debió tomarlo con paciencia, como hacemos los demás cuando algo nos sale mal. Pero resulta de una exquisita inmoralidad considerar hoy a los que ayer parecían arcángeles dignos de místicas uniones, como precitos merecedores de las llamas infernales. Esto es lo vergonzoso, lo insostenible en la postura del señor La Cierva; esto quita a sus agitaciones toda autoridad.
Menos sentido tiene aún la segunda razón. Que un partido de la derecha aparezca sustentado por la izquierda de la Cámara se antoja al eticismo del señor La Cierva un hecho inmoral. ¿Por qué? ¿Quién se lo ha dicho al señor Cierva? No solamente no es esto inmoral, sino que es todo lo contrario; es el ideal del régimen parlamentario e implica que los partidos dejan de ser banderías personalistas y compartimientos estancos para convertirse en comunidades de convicción que transitoriamente hallan entre sí coincidencias objetivas.
Si este ideal tiene algunos inconvenientes, son de linaje opuesto a los que insinúa el señor La Cierva. No es bueno, en efecto, que haga sistemáticamente política avanzada un Gobierno de tradición derechista porque transporta, sin la voluntad de nadie, automáticamente, los grupos de la izquierda a posiciones más radicales. Uno de los errores de la Corona desde la Restauración acá ha sido precisamente encargar a los conservadores la legislación progresiva y enojarse luego porque los liberales emigran hacia el radicalismo.
Pero, en fin, el propio señor La Cierva no pretende que se tomen en serio tales seudo-razones. Su actitud es declaradamente pasional. Va a vengar un agravio. ¿Cuál? No lo sabemos, porque no es agravio ser derribado del Gobierno. Y aunque lo fuese, hacer de la máquina parlamentaria un instrumento para vengar agravios personales, detener la vida nacional para purgar los propios humores, es lo verdaderamente inmoral y escandaloso. Éste, éste es el espectáculo intolerable, deprimente, escarnecedor de todo nuestro pueblo que da ahora el Parlamento. No ha debido tolerarse una hora, y se ha sufrido una semana. No ha habido, entre cuatrocientos diputados, uno que encontrase en las circunstancias la autoridad y unción necesarias para hacer sentir el bochorno que es para una asamblea soberana, en esta sazón de urgencias y conflictos, dejarse intimidar y zarandear por los odios privados de un ciudadano.
Porque los conservadores humillaron su soberbia se cree el señor La Cierva con derecho a que no gobiernen. Si consiguiese arrojarlos del Poder, podrían las izquierdas asimismo considerarse humilladas con la victoria del señor La Cierva y obstruir la labor del Gobierno subsecuente, y así hasta el infinito. Todo ello es entre necio y pueril.
No se trata, pues, de la lucha entre dos políticas, ni es una cuestión de apoyo o no apoyo al Gobierno. Si tal fuera, no nos preocuparía mucho, pues no creemos a este Gobierno capaz siquiera de resistir al señor La Cierva. Se trata de que un Parlamento no puede dejarse atropellar de esa manera, que quebranta, no ya sus derechos, sino sus obligaciones.
¿Es que no tienen las Cortes españolas conciencia de su propia dignidad como institución y puede en medio de ellas despatarrarse un hombre e imponer su audaz voluntad?
Hace varios días hablaba el señor La Cierva en el Hotel Ritz e invitaba con paladina delectación a sus enemigos para que le llamasen «tigre». Sospechábamos de antiguo que las aspiraciones zoológicas del señor La Cierva eran inmoderadas. ¡Ahí es nada! ¡Tigre! ¡Un optimate de la fauna! Creemos que a la postre habrá de contentarse con algo menos; por ejemplo, con el gato montés, que pertenece a la misma gente felina.
Mas como todo es relativo, si el nuestro resultase un Parlamento de conejos de Indias, podría el gato montés adquirir las dimensiones virtuales de un tigre bengalí.
Publicado sin firma, El Sol, 24 de noviembre de 1919