Abstract

Rereading Balzac, Ortega reflects on repetition — which means the opposite of what it means, since a repeated event produces a different impression — and on the difference between reading and rereading: first reading is participation, a shipwreck inside the work (it happens with Balzac as with the Critique of Pure Reason); rereading means staying outside and seeing it as a work.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, abril de 1926

Unos estudios sobre la historia de la novela me han llevado a releer buena porción de Balzac. La relectura define una nueva época de la vida. Se vuelve a pasar sobre los mismos paisajes, pero desde otra altura, como si la trayectoria de la existencia fuese una espiral. Séneca decía que a los treinta años debiera el hombre morir porque el resto no es sino repetición. Y es, en efecto, verdad que el repertorio vital no es muy rico: pronto ha caído todo en la red que habíamos lanzado al abismo con la presunción de que en las profundidades la fauna fuese inagotable. Sin embargo, como en matemática una serie finita da lugar a combinaciones infinitas, el pobre surtido de temas radicales que la vida ofrece permite experiencias siempre nuevas. La repetición es un concepto extraño que significa lo contrario de lo que significa y significa precisamente esta contradicción. Repetirse es, volver a acontecer algo a alguien, pero el acontecimiento al reiterarse, y cuanto más idéntico sea, produce una impresión distinta. No hay, pues, repetición precisamente porque la hay. Es el privilegio de la vida, es su lujo de esencial e incesante creación. El segundo golpe igual que recibe un lugar de nuestro cuerpo, encuentra bajo la piel conservado el primero en forma de memoria orgánica y es reconocido por nuestros nervios como distinto de éste. En lo igual inyecta la vida una virtual diferencia dilatando hasta el infinito las formas de realidad.

La relectura propiamente tal es la que se hace a veinte años de distancia. Sería de interés comparar minuciosamente su resultado con el efecto originario de la primera lectura y hasta cabría una expresión gráfica representando con dos líneas la doble impresión. Pocas cosas nos pondrían tan en claro sobre nuestra propia biografía: las divergencias entre ambas líneas medirían la altura sobre el horizonte en que se hallaba nuestro ser íntimo y a la par dibujarían nuestro nuevo perfil.

Yo leí a Balzac en mis diez y ocho años, de un tirón. Aquella lectura frenética me costó caer enfermo con altas fiebres. Hoy leo a Balzac impunemente y sin temperatura. Para un lector de veinte años Balzac es un vendaval ardiente como ésos de que Jeovah se hace preceder en la Biblia y que arrastran entre polvaredas todo lo que hallan al paso. A esa edad leer la Comedia humana es caerse dentro de ella, ser su víctima, ser un personaje más en aquel torbellino imaginario. Se enamora uno de la princesa de Cadignan, da uno el asalto a París con Rastignac y Rubempré y es uno un pequeño provincial pariente de Úrsula Mironet. Lo único que no hace uno es ver la Comedia Humana. La lectura primeriza es una forma de participación activa, no es contemplación. Y esto no vale sólo para las obras literarias. Como con Balzac pasa con Kant. La Crítica de la razón pura le arrastra a uno en su Mahlstrom ideológico. Es un naufragio en lo abstracto. Leer, rigorosamente hablando, es releer. Entonces nos quedamos fuera del libro, cuando menos, no es posible entrar y salir. Entonces, sólo entonces, vemos la obra artística o filosófica como tal, como obra, como producto humano. Pasan los vocablos ante nosotros como naves imaginarias en las cuales no nos embarcamos. Pasa el torrente ilusorio ante nuestros ojos con sus falsas catástrofes.

¡Qué delicia verlo —verlo y no serlo! Entre las víctimas de la riada vemos pasar lívido, crispado nuestro propio ser juvenil… Habrá que decir de todo leer lo que Fichte del filosofar: «Filosofar, quiere decir propiamente no vivir; vivir, quiere decir propiamente no filosofar». Se gana en claridad lo que se pierde en temperatura. La claridad es la voluptuosidad de los cuarenta años, edad en que se inicia la congelación del universo. Con esa voluptuosidad substituimos las ausentes.

Parecería natural que, al cabo de los años, nos sintiésemos hartos de arte que es, en suma, artificio y nos interesase del libro su asunto vital, lo que hay en él menos de libro. Y, sin embargo, acaece lo contrario. Los enormes dramas que carga Balzac en los flancos de sus navíos novelescos no nos interesan nada y, en cambio, nuestro rayo visual gusta de detenerse en la superficie artística de la obra. En la relectura aparece, por vez primera ante nosotros, como en una placa sometida al revelador, la estructura estética, la anatomía puramente poética. Al releer somos más activos que al leer. Por esta razón se relee mucho más despacio que se leyó. Junto a cada línea del libro aparece otra ideal que señala lo que la otra debió ser. A veces, muy pocas, coinciden ambas. Vamos haciendo nosotros la obra. En rigor hacemos más que el autor porque primero deshacemos la que él compuso y luego reconstruimos dos, la suya y la que debió ser. Releer es criticar. Criticar no es censurar o aplaudir, es comprender y comprender, reengendrar. Dudo mucho de que se comprenda una sola frase de manera plenaria si antes no se la ha deshecho, retrayéndola al plasma informe de espíritu que fue en su principio para luego reproducir su génesis, verla articularse hasta recobrar la forma inevitable que en el libro tiene. Sólo conocemos bien a nuestros hijos, a lo que vemos en status nascens.

Alguna vez he hecho notar que el lector español e hispano-americano es un mal lector porque se contenta con resbalar sobre las frases. El estilo de tradición franco-ítalo-española invita ciertamente a este deslizamiento. Es lo que Taine llamó l’esprit classique, sea, la tendencia a moverse según ideas contiguas. De una se pasa a otra inmediata y el terreno literario queda así pulimentado como un parquet, sin abismos, ni anfractuosidades. Parece que el pensamiento del autor nos penetra sin esfuerzo de nuestra parte. Pero se trata de una ilusión. La prueba de ello es que, más tarde, el lector no podría decirnos con alguna precisión lo que el autor ha pensado.

Confieso haber aprendido la técnica de leer leyendo la Lógica grande de Hegel. Es una experiencia que recomiendo a los que quieran estar seguros de que leen bien. Las frases de Hegel tienen una gran ventaja y es que al leerlas no se entienden ni poco ni mucho. Imposible resbalar, deslizarse, patinar. Entre vocablo y vocablo se abre un abismo intelectual. El nexo entre ellos no se da en la superficie. Acontece, pues, lo que en los jeroglíficos, cuyas figuras no tienen comunicación de sentido sino que es preciso irse bajo ellas y sólo allá en el subsuelo, por sus raíces simbólicas aparecen trabadas en una frase inteligible. Cada oración de Hegel exige que la descompongamos en sus elementos: después que hemos parado bien mientes en ellos los vemos organizarse, unirse, ensancharse, encenderse en la luz mágica de una frase que irradia el más luminoso sentido. Ahora bien, la Lógica de Hegel tiene tres tomos y 1.030 páginas. Como hay que realizar esa operación casi con cada línea del libro su lectura exige aproximadamente dos años, tiempo sobrado para que en el lector se constituya un nuevo hábito, una nueva práctica en el trato con lo negro. Recuerdo haber dedicado a esta faena sobre la Lógica hegeliana los años de 1911 y 1912: en este caso la lectura fue, a la par, relectura.

Este segundo encuentro es, sin embargo, mucho más fecundo con la obra literaria que con la científica, incluyendo la filosófica. Puede verse en ella una prueba indirecta de que el arte es más rico de contenido que la ciencia. Comparado con aquél la ciencia tiene siempre un carácter superficial y me ha complacido mucho ver que Husserl —es decir, el mayor filósofo viviente— rehúsa enaltecer a la filosofía con el atributo de profundidad. Para él la misión del filósofo es traer todo a superficie, a la pura área de la evidencia.

¡Delicias de la relectura! ¡Mediodía sin sombras, un poco tibio —al fondo la fina línea blanca en la serranía nevada que cierra el horizonte de la vida! Pero no exageremos el valor de la claridad. Junto a él existen otras que le son antagónicas. La claridad consigue que la palabra se convierta en rigorosa idea —mas, por lo mismo, impide que se convierta en mito. Le lectura hecha a la temperatura tórrida de los veinte años es mitología —incandescente, generosa mitología.

La Nación, 23 de mayo de 1926