Abstract
A political portrait: within the word “politics” lie an art of governing, a work of intellection, and an art of gaining and keeping government, a work of efficacy. Lerroux brings no new ideas but a new gesture and tactic — the “envite” — and possesses to an implausible degree the art of arousing and organising popular instincts, the only prophylaxis against revolutions.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En realidad, dentro de la palabra «política» se mezclan dos cosas muy distintas: hay un arte de gobernar y un arte de conseguir y conservar el gobierno, o de otro modo, hay un arte de hallar las leyes que convienen a un país y un arte de hacer que esas leyes lleguen a serlo.
La política en el primer sentido es una obra de pura intelección, de sapiencia, de razonamiento, si fuera posible científica. La política en el segundo sentido es obra de eficacia: el mejor político, pura y simplemente el más eficaz.
Los liberales españoles que todavía gozan de juventud no han tenido la fortuna de ver sus ideales —lanzas esplendorosas de guerra espiritual— manejados sino por manos bastante ineficaces. ¿Qué ha ocurrido? Los ideales políticos no pueden permanecer largo tiempo sin petrificarse en leyes: cuando esto tarda, pierden su esplendor y atractivo, se toman de orín y no solicitan la convicción ni el entusiasmo. Tal ha acontecido en España al liberalismo: a ello se debe la vida vaga, esfumada y humilde que ha llevado. Tanta ha sido su modestia que no se decidía nunca a aparecer en público desde las columnas de la Gaceta, y para entrar en el Parlamento sin ser notado vestía unos amplios trajes talares que algunos llaman gubernamentalismo.
El resultado ha de confesarse claramente: la juventud española se ha educado en el desdén hacia ese humilde liberalismo, el liberalismo de los ineficaces.
Esta consideración es muy importante: se ha creído, viéndola apartada de la política, que la juventud no era liberal, por lo menos que no era activamente liberal. Pero un inmediato porvenir traerá el desengaño.
Por vez primera, apareció en el discurso último del señor Lerroux la fisonomía de un nuevo liberalismo más conforme con las exigencias de los jóvenes. ¿Cómo —se interrumpirá—, dijo el señor Lerroux algo nuevo? ¿Enriqueció el sistema de las afirmaciones liberales con algún nuevo elemento? Ciertamente que no: el señor Lerroux no trae una nueva política en el primer sentido, pero sí en el segundo. No un nuevo principio ni una nueva idea, mas un nuevo gesto y una nueva táctica. Hay una palabra popular que expresa muy bien la diferencia entre los viejos liberales y este señor Lerroux: el envite. Frente al humilde liberalismo propone el señor Lerroux el liberalismo agresivo.
En lo sucesivo no habrá más remedio —quiérase o no— que contar con un liberalismo eficaz. Todavía hoy anda éste envuelto en unas como rojas tinieblas, sobre las cuales esa misma juventud que ahora se siente proyectada en la política se encargará de ir poniendo rápidamente luz.
La historia del señor Lerroux es un manual de la perfecta eficacia. Este hombre, cuyo aspecto hace pensar en Caliban —aquel Caliban que, según Renan, era preferible a Próspero restaurado por los jesuitas y los zuavos pontificios—, no ha pasado por las academias, y si no se halla exento de sociología, ha adquirido sólo la precisa para envolver en una película de modernidad la eterna emoción democrática. No es un pensador, si por tal se entiende la ociosa operación del espíritu que, revolviéndose sobre sí mismo, renuncia a mover los músculos. Probablemente no es lo que suele decirse un santo, porque las necesidades de la acción no están previstas en la grisienta moral española, hecha por progenies de quietos para generaciones de inertes. Se reconocerá lealmente que la moral de San Luis Gonzaga había de periclitar ante el más leve incidente electoral.
Pero… como las casas se hacen con piedras o ladrillos, la política se hace con pasiones, y el señor Lerroux es un formidable arquitecto de pasiones colectivas. Posee en grado inverosímil el arte de suscitar y organizar los instintos populares, que es uno de los ministerios más sanos y elevados en toda República. En su discurso se defendía con palabras de gran profundidad histórica de la acusación de perturbador. Y tenía razón: todavía no se ha descubierto otro calmante y otra profilaxis de las revoluciones que la organización del pueblo. Cualquiera que sea su sentido, un pueblo organizado es un pueblo casi gobernado. Por el contrario, las muchedumbres monárquicas, pacientes e insensibles mucho tiempo, suelen tener horas espantosas, momentos feroces en que súbitamente tornan a primitivos instintos de disgregación y destrucción.
Hace tres años, en el artículo «La reforma liberal», publicado en Faro, recogía yo las palabras con que Julio Federico Stahl, el filósofo del derecho que teorizó la acción conservadora alemana, censurando al liberalismo, le llamaba: «sistema de la revolución». ¿Y no es esto su honor y su justificación? ¿No es mejor —según el viejo chiste ortodoxo— casi condenarse que salvarse? ¿No ha de ser más deseable el sistema de la revolución que la revolución sin sistema? Creo que, sin miedo a ninguna mala interpretación, puede repetirse ahora lo entonces dicho, puede afirmarse que los partidos liberales son partidos fronterizos de la revolución o no son nada.
Los liberales deben ponerse en guardia contra el empeño que muestran los conservadores en hacerles que se asusten de su propia sombra. Como en la poética neoclásica llegó a ser reducidísimo el número de palabras nobles compatibles con la dignidad del soneto, van siendo demasiadas las cosas que en España no pueden decirse, o que no pueden decirse tranquilamente, sin ser convicto de revolucionarismo. Los conservadores han extendido recientemente la palabra anarquizante hasta el señor Moret, y no hace mucho que don Gabriel Maura sostenía, con la copa en la mano, en la inocencia de un brindis, que en España no había más gentes de orden que las que estaban con ellos.
Me parece un acto desmoralizador encabezar la acción política con la idea de orden: sobre todo en España, país en estado constituyente. Todo imperialismo, todo cesarismo y toda balumba de inercias sociales ha solido apoyarse en ese suave y aéreo concepto del orden tan sutil y tan espiritual que sirvió a los griegos para colocar las piedras blancas de sus templos, con tal disposición, que aun yaciendo vitalizaran el espacio. Porque orden son dos cosas: el buen orden, la recta disposición, la fecunda postura de los miembros y actividades sociales, de un lado; de otro, lo establecido, lo que hallamos ya hecho, mal o bien.
Y es hábito ilícito jugar con este vocablo, y aprovechándose de la emoción idealista que suscita la idea tan atractiva de un orden perfecto entre las cosas, impedir toda reforma profunda de la vida nacional. No, el orden no es lo establecido. Como dice Bergson: le désordre c’est le conflit de deux ordres.
Cada cual lleva en la mente una ordenación ideal de la sociedad: para el conservador —es decir, el hombre sin imaginación— ese orden mental coincide con el orden real. Mas para los demás existe un grave desequilibrio entre lo que quisiéramos y lo que padecemos, y cuando un periódico nos dice que en un banco de Recoletos ha amanecido un hombre muerto de hambre, sentimos todas las congojas del desorden constituido.
En este enérgico sentido el discurso del señor Lerroux desenvuelve una política promisora de un orden vigoroso. Siguiendo la norma de la eficacia, ha comprendido que era sazón para desentenderse de su juventud turbulenta y que convenía al antiguo agitador poner en su lenguaje un acento de paz.
De esta manera, cuando la política española parecía cerrarse a todo optimismo, ha abierto nuevas posibilidades, amplias perspectivas y ha ofrecido a la juventud un campo de esperanzas y un pretexto al entusiasmo.
Bien —se me dirá—: pero el señor Lerroux… No sería preferible…
¡Preferible! ¡Preferibles serían tantas cosas!… Mas no es lícito preferir los ángeles a los hombres, por la sencilla razón de que los ángeles no votan en los comicios, y si votaran, lo harían probablemente en favor de algún candidato presentado por esa piadosa Defensa Social. No me es dado ejercitar mi preferencia sino entre un humilde liberalismo y un liberalismo agresivo.
El Radical, 22 de julio de 1910