Ortega y Gasset

Abstract

Reading Constant’s Adolphe, Ortega opposes classicism and romanticism: classicism presupposes a prior narrowing of the horizon, hence its perfection — Greece was indignant at the ápeiron, the indefinite, and the Pythagoreans found irrational number “scandalous”; romanticism, by contrast, is a voluptuousness of infinitudes and therefore confused and fragmentary.

Connections

Concetti: infinito, bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Un azar ha traído a mis manos el Adolfo, de Benjamín Constant. No había yo leído este libro. Siempre me ha causado miedo la literatura romántica francesa. Miedo de lector; es decir, temor de aburrirme.

Todo clasicismo que no sea una mera reproducción arcaizante de un clasicismo pretérito supone una limitación previa del horizonte ideológico y sentimental. Merced a esta reducción el espíritu domina lo que ve y es su visión clara y exacta. Por esto lleva el clasicismo anejo el carácter de perfección. Sólo hacemos perfectamente lo que es un poco inferior a nuestras facultades. La sociedad sería perfecta si los ministros fuesen gobernadores de provincia; los profesores de Universidad, maestros de segunda enseñanza, y los coroneles, capitanes. No sé qué adverso sino obliga a los hombres a lo contrario, sobre todo en la edad contemporánea.

La cultura griega, ejemplo del clasicismo, se caracteriza por la limitación de su campo visual. No creo que pueda entenderse ni admirarse lo verdaderamente helénico sino después de haber notado la preconsciente contracción a que somete la realidad. No hay mundo más espléndido, más lleno de claridad, que el mundo visto por la pupila griega. Todos sus detalles adquieren tal relieve y precisión, que el conjunto parece inagotable, infinito. Y, sin embargo, cuando hacemos el ensayo de trasladar a él nuestro corazón vivo; cuando en vez de aprender filología helénica intentamos ser griegos, como Goethe lo intentó, advertimos la angostura de aquel paisaje. Es un orbe reducido, «borné», donde la mitad de nuestro pulmón queda inactiva por no hallar el aire adecuado.

¿Quién no siente al punto de ponerse en contacto con lo griego la pobreza de su cultura emocional y de su pensamiento religioso? El teclado de emociones que lleva dentro de sí el hombre de hoy no rebasa menos la sentimentalidad griega que una orquesta alemana supera las modulaciones posibles de un rabel morisco. Y en cuanto a Dios, nombre colectivo que damos a lo que es ilimitado, infinito en extensión o en calidad, a cuanto rebosa nuestro poder de medir y prever, ¿hay nada más antihelénico? Es curioso perseguir el desarrollo de la indignación griega contra todo lo infinito. El ἄπειρον, lo in-definido, lo sin-límites, les saca de quicio. Cuando los pitagóricos descubrieron el número irracional, sintieron el vértigo y lo consideraron como algo «escandaloso». Por una sublime fidelidad a sus capacidades, que fue el secreto de Grecia, lograron los helenos suprimir de su preocupación cuanto no puede ser fácilmente gobernado con la medida. Metro, proporción, armonía, ley son las palabras que se articulan en todo buen párrafo griego.

Por el contrario, el romanticismo es una voluptuosidad de infinitudes, un ansia de integridad ilimitada. Es un quererlo todo y ser incapaz de renunciar a nada. Por esto hay en él siempre confusión e imperfección. Toda obra romántica tiene un aspecto fragmentario. Además, se ve al autor sudar por hacerse dueño de su tema, que es inmenso y turbulento como una fuerza del cosmos. Si el temperamento romántico no coincide con una genialidad de primer orden, la visión es confusa, vaga, inconcreta. En rigor, no es una visión, sino un ciego palpar no se sabe qué misteriosas realidades. Y puesto a escribir, necesita rellenar con montones de palabras el inmenso hueco de su percepción.

El sujeto romántico encuentra siempre dentro de sí la impresión de que fuera de él algo colosal acontece; pero a menudo, cuando quiere precisar esa enorme contingencia, se sorprende sin nada entre las manos. En tal situación lo mejor sería callarse; mas el silencio es un género literario de sentido clásico, y el romántico prefiere hacer retórica. Completando una frase ilustre, yo diría que el clásico, como Saúl, parte en busca de unas asnillas que ha perdido y vuelve con un reino, mientras el romántico sale en busca de un reino y vuelve a menudo con las asnillas de Saúl.

Éste es el motivo de mi temor hacia los libros del romanticismo francés. El motivo, no la justificación. Ningún temor es susceptible de plena justificación. Así, la lectura del Adolfo me amonesta para que renuncie a estos prejuicios.

El Adolfo es un librito claro, sobrio y exacto. Casi no es una obra poética. Es casi un tratadito psicológico del «amor». La historia que refiere es la eterna historia, el caso típico, siempre idéntico en lo esencial, del «amor».

…Suponiendo que debamos llamar amor a ese encadenamiento entre dos seres. Tal vez conviniera elaborar otra denominación menos cargada de confusas alusiones a fenómenos de muy distinta naturaleza. La religión y el amor tienen la desgracia de que no se suele pensar en ellos sino religiosamente y amorosamente. De esta manera hemos hecho de esas dos cosas radiantes y benéficas dos cosas turbias, exageradas, fantasmagóricas, cuando no atroces instrumentos de martirio.

Abrigo la creencia de que nuestra época va a ocuparse del amor un poco más seriamente que era uso. Va a tener el valor de mirar cara a cara el problema del amor. ¿Quién puede calcular las revelaciones que el estudio y la política del amor nos reservan? Baste con advertir que desde todos los tiempos ha sido lo erótico sometido a un régimen de ocultación. ¿Por qué? La cuestión parece demasiado difícil para ser ahora ni siquiera rozada. El hecho es que el hombre se ha acostumbrado a encerrar su vida erótica en una cárcel secreta del alma. Cuanto a ella se refiere toma un disfraz, habla quedo, se escurre medrosamente por los rincones de nuestra existencia. En ninguna otra actividad de la persona hallamos tan monstruosa desproporción entre el influjo que sobre el individuo ejerce y su manifestación, su cultivo social. Todo hombre o mujer que encontramos pasa ante nosotros como una máscara bajo la cual gesticula doliente o gozoso el misterio de su personalidad erótica.

De suerte que bajo la conducta aparente de nuestros prójimos se afana subterráneo e incansable el secreto del amor, poder mucho más eficaz y misterioso que todas las sociedades secretas. ¡Cuántas cosas, sobre todo cuántas acciones de los hombres que nos parecen incomprensibles tienen su origen y su explicación en esas oficinas ocultas del amor! ¡Cuánta amargura, cuánta acritud y cuánta perversión de ignorada oriundez desembocan sobre la vida que vemos, procedentes en realidad de ese encubierto manantial! El amor es el maestro de todo jesuitismo.

El psiquiatra Freud ha intentado derivar de la ocultación erótica buen número de enfermedades mentales. Es lo más probable que sus teorías queden pronto arrinconadas en virtud de la caprichosidad de sus métodos. Pero siempre le pertenecerá la gloria de haber puesto el dedo en esta llaga de nuestra personalidad y haber tenido la valentía de alzar una punta del velo tras del cual se esconde esa potencia enmascarada que dirige anónima e irresponsable la mitad de nuestra conducta.

El Espectador se resiste a aceptar que en el espectáculo de la vida haya departamentos prohibidos. Hablará, pues, a menudo de estas cosas, las únicas en que Sócrates se declaraba especialista: τὰ ἐρωτικά.

Me hago cargo de que es el tema sumamente delicado. Hay una forma de erotismo que es la más repugnante de todas: la curiosidad erótica. Se origina precisamente en ese hábito antiquísimo de substraer lo amoroso a la pura contemplación. Ya irá viendo el lector cómo para mí contemplar, visión, teoría, quieren decir aquella sola actitud del hombre en que éste trata con los objetos sin fundirse con ellos. Contemplar es superar lo contemplado, libertarse de su influjo, inmunizarse contra sus poderes. Por este motivo, yo espero de la meditación del erotismo su purificación.

Según cierto sesgo, el progreso de la cultura se nos aparece como un progreso desde lo lejano hacia lo próximo. El hombre ha empezado por no ocuparse sino de los dioses, que son la mayor lontananza; luego ha ido tomando en consideración, deteniéndose sobre temas que parecían más humildes, demasiado humildes y consuetudinarios, y con sorpresa siempre renovada ha visto que en ellos encontraban su asiento y causa aquellos asuntos sublimes. En ciencia, como en arte o en política, todos los avances han consistido en que algún espíritu genial lograba transferir la seria atención humana de las cosas que eran reconocidas como interesantes a otras en que nadie se había fijado (fijarse es detenerse, demorar en algo, plantar las tiendas sobre una superficie y cargar sobre ella la seriedad de nuestro ánimo). Velázquez, de los cuerpos retrotrae la mirada al aire, que entre ellos y nuestra córnea tiembla sin ser advertido. El gran invento de Goethe —su lírica— radica en haberse atrevido a cantar aquellas personalísimas inquietudes de su pecho en que nadie se había antes parado. Por eso, cuando habla de sus obras completas, puede llamarlas: «la edición de las huellas de mi vida…» En ciencia y en política acontece lo propio: el progreso coincide siempre con una ampliación de nuestra seriedad a cosas antes desapercibidas o tachadas de poco serias.

A chance has brought into my hands the Adolphe, by Benjamin Constant. I had not read this book. French romantic literature has always frightened me. A reader’s fear; that is, the fear of being bored.

Every classicism that is not a mere archaizing reproduction of a past classicism presupposes a prior limitation of the ideological and sentimental horizon. Thanks to this reduction the spirit dominates what it sees and its vision is clear and exact. For this reason classicism carries attached the character of perfection. We do perfectly only what is a little inferior to our faculties. Society would be perfect if ministers were provincial governors; university professors, secondary-school teachers, and colonels, captains. I do not know what adverse fate obliges men to the contrary, above all in the contemporary age.

Greek culture, the example of classicism, is characterized by the limitation of its visual field. I do not believe that the truly Hellenic can be understood or admired except after noticing the preconscious contraction to which it subjects reality. There is no world more splendid, fuller of clarity, than the world seen by the Greek pupil. All its details acquire such relief and precision that the whole seems inexhaustible, infinite. And yet, when we make the attempt to transfer to it our living heart; when instead of learning Hellenic philology we try to be Greeks, as Goethe tried, we notice the narrowness of that landscape. It is a reduced orb, «borné», where half of our lung remains inactive for not finding the adequate air.

Who does not feel, upon coming into contact with the Greek, the poverty of its emotional culture and of its religious thought? The keyboard of emotions that the man of today carries within himself no less exceeds Greek sentimentality than a German orchestra surpasses the possible modulations of a Moorish rebec. And as for God, the collective name we give to what is unlimited, infinite in extension or quality, to all that overflows our power to measure and foresee, is there anything more anti-Hellenic? It is curious to follow the development of Greek indignation against everything infinite. The ἄπειρον, the in-definite, the limitless, drives them out of their wits. When the Pythagoreans discovered the irrational number, they felt vertigo and considered it as something «scandalous». Through a sublime fidelity to their capacities, which was the secret of Greece, the Hellenes managed to remove from their concern everything that cannot be easily governed with measure. Meter, proportion, harmony, law are the words that are articulated in every good Greek paragraph.

On the contrary, romanticism is a voluptuousness of infinities, a longing for unlimited integrity. It is a wanting everything and being incapable of renouncing anything. For this reason there is always in it confusion and imperfection. Every romantic work has a fragmentary aspect. Moreover, one sees the author sweat to make himself master of his theme, which is immense and turbulent like a force of the cosmos. If the romantic temperament does not coincide with a genius of the first order, the vision is confused, vague, unconcrete. Strictly speaking, it is not a vision, but a blind groping after who knows what mysterious realities. And once he sits down to write, he needs to fill with heaps of words the immense hollow of his perception.

The romantic subject always finds within himself the impression that outside him something colossal is happening; but often, when he wants to make precise that enormous contingency, he finds himself with nothing in his hands. In such a situation the best thing would be to be silent; but silence is a literary genre of classical sense, and the romantic prefers to make rhetoric. Completing an illustrious sentence, I would say that the classic, like Saul, sets out in search of some lost she-asses and returns with a kingdom, while the romantic goes out in search of a kingdom and often returns with Saul’s she-asses.

This is the reason for my fear of the books of French romanticism. The reason, not the justification. No fear is susceptible of full justification. Thus, the reading of Adolphe admonishes me to renounce these prejudices.

Adolphe is a little book clear, sober and exact. It is almost not a poetic work. It is almost a little psychological treatise on «love». The story it tells is the eternal story, the typical case, always identical in essentials, of «love».

…Supposing that we must call love that chaining together of two beings. Perhaps it would be advisable to elaborate another denomination less loaded with confused allusions to phenomena of a very different nature. Religion and love have the misfortune that one usually thinks of them only religiously and lovingly. In this way we have made of those two radiant and beneficent things two turbid, exaggerated, phantasmagoric things, when not atrocious instruments of martyrdom.

I cherish the belief that our age is going to occupy itself with love a little more seriously than was the custom. It is going to have the courage to look face to face at the problem of love. Who can calculate the revelations that the study and the politics of love hold in store for us? Suffice it to note that from all times the erotic has been subjected to a regime of concealment. Why? The question seems too difficult to be even touched upon now. The fact is that man has grown accustomed to shut up his erotic life in a secret prison of the soul. Whatever refers to it takes on a disguise, speaks softly, slips fearfully through the corners of our existence. In no other activity of the person do we find so monstrous a disproportion between the influence it exercises on the individual and its manifestation, its social cultivation. Every man or woman we meet passes before us like a mask beneath which the mystery of his erotic personality gesticulates, pained or joyful.

So that beneath the apparent conduct of our fellow men the secret of love toils subterranean and tireless, a power much more effective and mysterious than all secret societies. How many things, above all how many actions of men that seem incomprehensible to us, have their origin and their explanation in those hidden offices of love! How much bitterness, how much acrimony and how much perversion of unknown provenance pour out upon the life we see, proceeding in reality from that concealed spring! Love is the master of every Jesuitism.

The psychiatrist Freud has attempted to derive from erotic concealment a good number of mental illnesses. It is most likely that his theories will soon be set aside by virtue of the capriciousness of his methods. But the glory will always belong to him of having put his finger on this sore of our personality and of having had the courage to lift a corner of the veil behind which hides that masked power that anonymously and irresponsibly directs half of our conduct.

El Espectador refuses to accept that in the spectacle of life there are forbidden departments. It will speak, then, often of these things, the only ones in which Socrates declared himself a specialist: τὰ ἐρωτικά.

I realize that it is an extremely delicate subject. There is a form of eroticism that is the most repugnant of all: erotic curiosity. It originates precisely in that ancient habit of withdrawing the amorous from pure contemplation. The reader will gradually see how for me to contemplate, vision, theory, mean that sole attitude of man in which he deals with objects without fusing with them. To contemplate is to overcome the contemplated, to free oneself from its influence, to immunize oneself against its powers. For this reason, I hope from the meditation on eroticism its purification.

According to a certain slant, the progress of culture appears to us as a progress from the far to the near. Man began by concerning himself only with the gods, which are the greatest distance; then he went on to take into consideration, dwelling on themes that seemed humbler, too humble and customary, and with always renewed surprise he saw that in them those sublime matters found their seat and cause. In science, as in art or politics, all advances have consisted in some genial spirit succeeding in transferring the serious human attention from things that were recognized as interesting to others that nobody had noticed (to notice is to stop, to linger on something, to pitch one’s tents on a surface and load upon it the seriousness of our spirit). Velázquez, from bodies draws the gaze back to the air, which between them and our cornea trembles unnoticed. Goethe’s great invention — his lyric poetry — lies in having dared to sing those most personal anxieties of his breast in which nobody had before stopped. For this reason, when he speaks of his complete works, he can call them: «the edition of the footprints of my life…» In science and in politics the same happens: progress always coincides with an expansion of our seriousness to things previously unheeded or branded as not very serious.

Un caso ha portato nelle mie mani l’Adolfo, di Benjamin Constant. Non avevo letto questo libro. Mi ha sempre fatto paura la letteratura romantica francese. Paura di lettore; cioè, timore di annoiarmi.

Ogni classicismo che non sia una mera riproduzione arcaizzante di un classicismo passato suppone una limitazione previa dell’orizzonte ideologico e sentimentale. Grazie a questa riduzione lo spirito domina ciò che vede ed è la sua visione chiara ed esatta. Per questo il classicismo porta annesso il carattere della perfezione. Facciamo perfettamente solo ciò che è un poco inferiore alle nostre facoltà. La società sarebbe perfetta se i ministri fossero governatori di provincia; i professori di Università, maestri di scuola secondaria, e i colonnelli, capitani. Non so quale avverso destino obbliga gli uomini al contrario, soprattutto nell’età contemporanea.

La cultura greca, esempio del classicismo, si caratterizza per la limitazione del suo campo visivo. Non credo che possa intendersi né ammirarsi il veramente ellenico se non dopo aver notato la preconsapevole contrazione a cui sottopone la realtà. Non c’è mondo più splendido, più pieno di chiarezza, del mondo visto dalla pupilla greca. Tutti i suoi dettagli acquistano tale rilievo e precisione, che l’insieme sembra inesauribile, infinito. E, tuttavia, quando facciamo la prova di trasferirvi il nostro cuore vivo; quando invece di imparare filologia ellenica tentiamo di essere greci, come Goethe lo tentò, avvertiamo la strettezza di quel paesaggio. È un orbe ridotto, «borné», dove la metà del nostro polmone resta inattiva per non trovare l’aria adeguata.

Chi non sente al punto di mettersi in contatto con il greco la povertà della sua cultura emotiva e del suo pensiero religioso? La tastiera di emozioni che porta dentro di sé l’uomo di oggi non oltrepassa meno la sentimentalità greca di quanto un’orchestra tedesca superi le modulazioni possibili di una ribeca moresca. E quanto a Dio, nome collettivo che diamo a ciò che è illimitato, infinito in estensione o in qualità, a quanto trabocca il nostro potere di misurare e prevedere, c’è nulla di più antiellenico? È curioso perseguire lo sviluppo dell’indignazione greca contro tutto l’infinito. L’ἄπειρον, l’in-definito, il senza-limiti, li fa uscire dai gangheri. Quando i pitagorici scoprirono il numero irrazionale, sentirono il vertigine e lo considerarono come qualcosa di «scandaloso». Per una sublime fedeltà alle loro capacità, che fu il segreto della Grecia, gli elleni riuscirono a sopprimere dalla loro preoccupazione quanto non può essere facilmente governato con la misura. Metro, proporzione, armonia, legge sono le parole che si articolano in ogni buon paragrafo greco.

Per contro, il romanticismo è una voluttà di infinitudini, un’ansia di integrità illimitata. È un voler tutto ed essere incapaci di rinunciare a nulla. Per questo c’è sempre in esso confusione e imperfezione. Ogni opera romantica ha un aspetto frammentario. Inoltre, si vede l’autore sudare per farsi padrone del suo tema, che è immenso e turbolento come una forza del cosmo. Se il temperamento romantico non coincide con una genialità di primo ordine, la visione è confusa, vaga, inconcreta. In rigor di termini, non è una visione, ma un cieco palpare non si sa quali misteriose realtà. E messosi a scrivere, ha bisogno di riempire con mucchi di parole l’immenso vuoto della sua percezione.

Il soggetto romantico trova sempre dentro di sé l’impressione che fuori di lui qualcosa di colossale accada; ma spesso, quando vuole precisare quell’enorme contingenza, si sorprende senza nulla tra le mani. In tale situazione la cosa migliore sarebbe tacere; ma il silenzio è un genere letterario di senso classico, e il romantico preferisce fare retorica. Completando una frase illustre, direi che il classico, come Saul, parte in cerca di alcune asinelle che ha perduto e torna con un regno, mentre il romantico esce in cerca di un regno e torna spesso con le asinelle di Saul.

Questo è il motivo del mio timore verso i libri del romanticismo francese. Il motivo, non la giustificazione. Nessun timore è suscettibile di piena giustificazione. Così, la lettura dell’Adolfo mi ammonisce affinché rinunci a questi pregiudizi.

L’Adolfo è un libriccino chiaro, sobrio ed esatto. Quasi non è un’opera poetica. È quasi un trattatello psicologico dell’«amore». La storia che riferisce è l’eterna storia, il caso tipico, sempre identico nell’essenziale, dell’«amore».

…Supponendo che dobbiamo chiamare amore quell’incatenamento tra due esseri. Forse converrebbe elaborare un’altra denominazione meno carica di confuse allusioni a fenomeni di natura molto diversa. La religione e l’amore hanno la disgrazia che non si suole pensarvi se non religiosamente e amorosamente. In questo modo abbiamo fatto di queste due cose radiose e benefiche due cose torbide, esagerate, fantasmagoriche, quando non atroci strumenti di martirio.

Nutro la convinzione che la nostra epoca si occuperà dell’amore un poco più seriamente di quanto era uso. Avrà il coraggio di guardare faccia a faccia il problema dell’amore. Chi può calcolare le rivelazioni che lo studio e la politica dell’amore ci riservano? Basti avvertire che da tutti i tempi l’erotico è stato sottoposto a un regime di occultamento. Perché? La questione sembra troppo difficile per essere ora anche solo sfiorata. Il fatto è che l’uomo si è abituato a rinchiudere la sua vita erotica in una prigione segreta dell’anima. Quanto a essa si riferisce prende un travestimento, parla piano, si insinua timorosamente per i cantucci della nostra esistenza. In nessun’altra attività della persona troviamo così mostruosa sproporzione tra l’influsso che sull’individuo esercita e la sua manifestazione, il suo culto sociale. Ogni uomo o donna che incontriamo passa dinanzi a noi come una maschera sotto la quale gesticola dolente o gioioso il mistero della sua personalità erotica.

Di modo che sotto la condotta apparente dei nostri prossimi si affanna sotterraneo e instancabile il segreto dell’amore, potere molto più efficace e misterioso di tutte le società segrete. Quante cose, soprattutto quante azioni degli uomini che ci sembrano incomprensibili hanno la loro origine e la loro spiegazione in quegli uffici occulti dell’amore! Quanta amarezza, quanta acredine e quanta perversione di ignorata origine sboccano sulla vita che vediamo, procedenti in realtà da quell’occulta sorgente! L’amore è il maestro di ogni gesuitismo.

Lo psichiatra Freud ha tentato di derivare dall’occultamento erotico un buon numero di malattie mentali. È molto probabile che le sue teorie restino presto accantonate in virtù della capricciosità dei suoi metodi. Ma sempre gli apparterrà la gloria di aver messo il dito su questa piaga della nostra personalità e di aver avuto il coraggio di sollevare un lembo del velo dietro il quale si nasconde quella potenza mascherata che dirige anonima e irresponsabile la metà della nostra condotta.

El Espectador si resiste ad accettare che nello spettacolo della vita ci siano dipartimenti proibiti. Parlerà, dunque, spesso di queste cose, le uniche in cui Socrate si dichiarava specialista: τὰ ἐρωτικά.

Mi rendo conto che è un tema sommamente delicato. C’è una forma di erotismo che è la più ripugnante di tutte: la curiosità erotica. Si origina precisamente in quell’antichissimo abito di sottrarre l’amoroso alla pura contemplazione. Andrà già vedendo il lettore come per me contemplare, visione, teoria, vogliano dire quella sola attitudine dell’uomo in cui questi tratta con gli oggetti senza fondersi con essi. Contemplare è superare il contemplato, liberarsi del suo influsso, immunizzarsi contro i suoi poteri. Per questo motivo, io spero dalla meditazione dell’erotismo la sua purificazione.

Secondo un certo verso, il progresso della cultura ci appare come un progresso dal lontano verso il prossimo. L’uomo ha cominciato col non occuparsi che degli dèi, che sono la maggior lontananza; poi è andato prendendo in considerazione, soffermandosi su temi che sembravano più umili, troppo umili e consuetudinari, e con sorpresa sempre rinnovata ha visto che in essi trovavano il loro posto e causa quegli assunti sublimi. In scienza, come in arte o in politica, tutti i progressi sono consistiti in ciò che qualche spirito geniale riusciva a trasferire la seria attenzione umana dalle cose che erano riconosciute come interessanti ad altre in cui nessuno si era fissato (fissarsi è fermarsi, indugiare in qualcosa, piantare le tende sopra una superficie e caricare su di essa la serietà del nostro animo). Velázquez, dai corpi ritrae lo sguardo all’aria, che tra essi e la nostra cornea trema senza essere avvertita. La grande invenzione di Goethe — la sua lirica — risiede nell’essersi osato cantare quelle personalissime inquietudini del suo petto in cui nessuno si era prima fermato. Per questo, quando parla delle sue opere complete, può chiamarle: «l’edizione delle orme della mia vita…» In scienza e in politica accade lo stesso: il progresso coincide sempre con un ampliamento della nostra serietà a cose prima inosservate o tacciate di poco serie.

¡Poetas, pensadores, políticos, los que aspiráis a la originalidad y a mundos siempre nuevos! No pretendáis crear las cosas, porque esto sería una objeción contra vuestra obra. Una cosa creada no puede menos de ser una ficción. Las cosas no se crean, se inventan en la buena acepción vieja de la palabra: se hallan. Y las cosas nuevas, las minas aún no denunciadas, se encuentran no más allá, sino más acá de lo ya conocido y consagrado, más cerca de vuestra intimidad y domesticidad, en torno de vuestras entrañas, llenando en inmenso filón las horas más humildes de vuestra vida. No insistáis sobre lo que ya triunfa santificado; esforzaos, por el contrario, en hacer arte con lo que, dado que sea percibido, parece antiartístico; en hacer ciencia sobre lo que la ciencia de hoy ignora, y política con los intereses que hoy se antojan antipolíticos. Eso mismo han hecho cuantos alguna vez hicieron verdaderamente arte y ciencia y política.

1916

Poets, thinkers, politicians, you who aspire to originality and to always new worlds! Do not pretend to create things, because that would be an objection against your work. A created thing cannot help being a fiction. Things are not created, they are invented in the good old acceptation of the word: they are found. And new things, mines not yet claimed, are found not beyond, but this side of the already known and consecrated, closer to your intimacy and domesticity, around your entrails, filling in an immense vein the humblest hours of your life. Do not insist on what already triumphs sanctified; strive, on the contrary, to make art with what, given that it be perceived, seems anti-artistic; to make science on what today’s science ignores, and politics with the interests that today seem anti-political. That very thing have done all those who ever truly made art and science and politics.

1916

Poeti, pensatori, politici, voi che aspirate all’originalità e a mondi sempre nuovi! Non pretendete di creare le cose, perché questo sarebbe un’obiezione contro la vostra opera. Una cosa creata non può non essere una finzione. Le cose non si creano, si inventano nella buona accezione antica della parola: si trovano. E le cose nuove, le miniere non ancora denunciate, si trovano non più in là, ma più in qua del già conosciuto e consacrato, più vicino alla vostra intimità e domesticità, intorno alle vostre viscere, riempiendo in immenso filone le ore più umili della vostra vita. Non insistete sopra ciò che già trionfa santificato; sforzatevi, per contro, di fare arte con ciò che, dato che sia percepito, sembra antiartistico; di fare scienza sopra ciò che la scienza di oggi ignora, e politica con gli interessi che oggi sembrano antipolitici. Questo stesso hanno fatto quanti qualche volta fecero veramente arte e scienza e politica.

1916