Ortega y Gasset

Abstract

Reader’s “resonances” rather than criticism: Le Petit Pierre differs in nothing from France’s other books, since after the precocious perfection of Sylvestre Bonnard he could only repeat himself. His senile youth lives at the cost of a premature old age: a perfection won by dint of self-limitation.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando el pájaro abandona la rama en que ha cantado deja en ella un estremecimiento. Cuando un sonido sacude el aire, los objetos circunstantes se sienten vulnerados deleitosamente en no sabemos qué elemental sensibilidad oculta bajo el mutismo de su inerte materia; despiertas por el son transeúnte, vibran conmovidas las pobres cosas, piedra, madera o metal, y envían tras él íntimos rumores de respuesta que solemos llamar resonancia.

Del mismo modo, un libro, al ser cerrado, produce ante nosotros un instantáneo vacío espiritual, dentro del cual se precipitan en torbellino ideas, recuerdos, alusiones, gérmenes de ensueños, apetitos que dormitaban y, en vaga nube de oro, polvo de teorías. Son nuestras resonancias de lector. El libro leído repercute en nosotros según el timbre de nuestras íntimas voces. Dura unos momentos el fenómeno. Si los dejamos pasar, podremos hacer sobre el libro un estudio crítico más o menos sabio y reflexivo; pero no conseguiremos fijar aquellas espontáneas resonancias que, rápidas y en vuelo apasionado, deja escapar nuestra intimidad.

Lo que sigue, pues, no tiene pretensiones de crítica: son los rumores que se escuchan en mi selva interior cuando un viento ideal la ha agitado.


La senectud de Anatole France es florida y fructuosa como un huerto encantado. Ahora, a sus setenta y cuatro años, nos da Le Petit Pierre. La prosa de este libro es tan pulcra, tan cuidada, tan picante, tan alerta, como la de sus primeras obras. A decir verdad, este nuevo volumen no se diferencia en nada importante de todos los demás compuestos por su autor. Un libro de France no es nunca mejor ni peor que otro libro de France. Comenzó su carrera literaria con El crimen de Silvestre Bonnard, y este fruto primerizo resultó ya tan perfecto que fue premiado por la Academia Francesa. Tal apresuramiento en llegar a la perfección suele ser pernicioso, y el caso de France no hace sino confirmar esta regla. Después de Silvestre Bonnard, no le quedaba otro remedio que repetirse. Y año tras año, libro tras libro, France se ha reeditado a sí mismo. Comparando este reciente Petit Pierre con aquel primogénito Silvestre, nos admira el inmarcesible verdor de tan egregio espíritu que en la alta edad modula una canción idéntica a la de sus tiempos mejores. Pero luego advertimos que la juventud de la obra senescente vive a costa de la vejez prematura que se había infiltrado en la inicial. Cierto que Le Petit Pierre podía suplantar a Silvestre: no es más viejo que él; pero también es cierto que Silvestre podía haber sido escrito a los setenta y cuatro años, como Petit Pierre. De esta manera, disminuye un poco nuestra admiración por el perpetuo frescor de France. No se trata de una juventud superviviente, triunfadora genial de la vejez; es más bien el caso de lo que no llega a ser viejo porque nunca fue joven. Perfección lograda a tanta costa me es un poco indeseable. No la envidio, como no envidiaría la sabiduría de Confucio. Según los chinos, Confucio fue concebido, en un jardín, de un rayo de sol que hirió el vientre de una virgen; pero vino a nacer cuando tenía ya ochenta años y los lóbulos de las orejas le habían crecido en forma de dos ciruelas.

Esta perfección quieta, ajena al tiempo, que no tiene el gesto ascendente y anheloso de un desarrollo, que no se afana, etapa tras etapa, por ampliarse y trascender, no consigue arrebatar mi temperamento. Yo hubiera preferido un France joven e imperfecto que se orienta vacilante en el ancho horizonte de la vida, que se nutre de inquietud, y que sube y desciende, y se desvía y rectifica. Aunque empezó tarde a publicar, cuando se presentó era ya perfecto. ¡Grave sino! Porque esta palabra perfecto arrastra un equívoco fundado en su etimología. Perfecto es originariamente lo concluido, lo acabado, lo finito: luego significa también lo que contiene todas las virtudes y las gracias propias a su condición, lo insuperable, lo infinito. Hay, pues, una perfección que se conquista a fuerza de limitarse. Los cráneos de los niños africanos se obliteran, se cierran muy pronto; esto quiere decir que llegan antes que los europeos a la plenitud de su desenvolvimiento, pero quedando de menor tamaño; renuncian a la capacidad, en beneficio de una pronta perfección.

Salvando los términos del símil, yo diría que France a los treinta y cinco años oblitera su espíritu. De entonces acá no sorprendemos en su obra la menor variación, rectificación ni ampliación. Exactamente las mismas ideas, las mismas emociones, la misma técnica que entran en la urdimbre de su primer libro intervienen en el último. En cuarenta años, France no ha hallado pretexto para modificar la marcha de su espiritual relojería, no ha aprendido nada nuevo, no ha conquistado un nuevo sentimiento. Es hoy el mismo de anteayer y de ayer. Su obra, exenta de ocaso, no ha gozado, en cambio, de un alba invasora que alancea a la noche y, aun balbuciente, pregona ya el mediodía.

A esta belleza, que aspira sobre todo a ser incorruptible y sin edad, confieso preferir un arte más saturado de vida que se sabe hijo de un tiempo y con él destinado a transcurrir. Ese presunto carácter de eternidad, de incorruptibilidad, de insumisión a los gusanos, sólo se logra vaciando la obra de toda entraña viva, momificando el propio corazón y haciendo del rostro animado un mascarón exánime. Se ha convenido en situar sobre la cima de lo estético ciertas formas del arte griego, la escultura períclea, por ejemplo, que, en efecto, parecen colocadas más allá de toda humana mudanza. Las figuras de Fidias pretenden existir fuera de la cronología, como las verdades geométricas. Y yo no dudo que lo consigan; pero es a costa de interesar sólo la periferia racional de nuestro espíritu, aquella zona impersonal de nuestra persona capaz de respirar geometría. Padecemos aún supersticioso culto por un falso helenismo de convención que inventó Winckelmann, que descarrió a Goethe y que hoy la ciencia histórica ha desvanecido. Mientras nos inclinamos oficialmente ante un frontón del siglo V (a. de J. C.), tal vez una humilde gárgola románica muerde más hondo en nuestro sentir con sus quijadas fabulosas.

La vida es duración y mudanza: nace, florece, muere y deja tras sí la ocasión para otras vidas sucesivas y distintas. Abrimos un nuevo libro de France sin conmovernos, porque sabemos que su musa, inquilina de la cuarta dimensión, no ha tenido en el intervalo un nuevo amor, ni sus mejillas de mármol se han contraído en una arruga inesperada; no ha vivido, esto es, no ha rozado peligros de muerte.

¿Qué mujer es la más bella? Yo creo que todo espíritu delicado prefiere en la mujer esa hora vendimial del otoño, cuando se juntan en su fisonomía graciosos ecos de doncellez e inquietantes anticipaciones de caducidad. En ese momento es la mujer síntesis de sí misma: nos trae en esencia su primaveral pasado y ya entrevemos el rigor de nieves futuras. Así, con su génesis, con su actualidad y el anuncio de su desaparición; así, en su íntegra perspectiva vital, las cosas nos interesan más y adquieren sus semblantes un profundo dramatismo. Todas las formas vivientes, inclusive las artísticas, son perecederas. La vida misma es un frenético escultor, que, incesantemente afanado en producir nuevas apariencias, necesita de la muerte, como de un fámulo, para que desaloje del taller los modelos concluidos. Cuando moría un Capeto, gritaba el preboste de París: ¡El Rey ha muerto! ¡Viva el Rey! ¡Oh, sí, la mayor sabiduría es secundar esta misteriosa universal voluntad de la vida! Aprendamos a preferir lo corruptible a lo inmutable, la trémula mudanza de la existencia a la esquemática y lívida eternidad. Seamos de nuestro día: mozos al tiempo debido, luego espectros o sombras en fuga. Lo decisivo es que llenemos hasta los bordes la hora caminante, que seamos en el ánfora grácil buen vino que rebosa.

France no ha querido ligarse a los destinos de su tiempo, y, para no fenecer con él, ha hecho un arte de esquemas y convenciones. ¡Inútil precaución! Hoy es en nuestras manos un libro de France pavesa mortecina, y su prosa, que aspira a ser olímpica, eternamente risueña, nos sabe ya a ceniza.

He leído varias veces la obra del Padre Nieremberg que se titula Diferencia entre lo temporal y lo eterno, sin que ninguna de ellas lograse persuadirme. Esta sobrestima de las cosas llamadas eternas, que nos dejó en herencia Platón, me parece entre perversa y pueril, resto de la antigua y naciente dialéctica. Veo en ella la apoteosis de fáciles esquemas y una subversión de los débiles contra el destino grandioso de la vida.

Se complace, sobre todo, el Padre Nieremberg en subrayar el carácter voltario, tornadizo de la Naturaleza. ¡Cómo si fuese preferible que la Naturaleza mostrase una enfadosa insistencia de profesor! Los placeres van a la carrera, insinúa el buen Padre. ¡Bien: razón de más para galopar tras ellos!

When the bird abandons the branch on which it has sung it leaves in it a tremor. When a sound shakes the air, the surrounding objects feel themselves deliciously violated in who knows what elemental sensitivity hidden under the muteness of their inert matter; awakened by the passing sound, the poor things vibrate moved, stone, wood or metal, and send after it intimate murmurs of response that we usually call resonance.

In the same way, a book, upon being closed, produces before us an instantaneous spiritual void, into which rush in a whirlwind ideas, memories, allusions, germs of reveries, appetites that were dozing and, in a vague golden cloud, dust of theories. They are our resonances as readers. The read book reverberates in us according to the timbre of our intimate voices. The phenomenon lasts a few moments. If we let them pass, we shall be able to make on the book a critical study more or less wise and reflective; but we shall not manage to fix those spontaneous resonances that, rapid and in passionate flight, our intimacy lets escape.

What follows, then, has no pretensions of criticism: they are the murmurs that are heard in my inner forest when an ideal wind has stirred it.


The senescence of Anatole France is florid and fruitful like an enchanted orchard. Now, at seventy-four, he gives us Le Petit Pierre. The prose of this book is as neat, as careful, as piquant, as alert, as that of his first works. To tell the truth, this new volume does not differ in anything important from all the others composed by its author. A book by France is never better or worse than another book by France. He began his literary career with The Crime of Sylvestre Bonnard, and this first fruit already turned out so perfect that it was awarded a prize by the French Academy. Such haste in arriving at perfection is usually pernicious, and the case of France only confirms this rule. After Sylvestre Bonnard, he had no other remedy than to repeat himself. And year after year, book after book, France has reedited himself. Comparing this recent Petit Pierre with that first-born Sylvestre, we marvel at the unfading verdure of so egregious a spirit that in old age modulates a song identical to that of his best times. But then we notice that the youth of the senescent work lives at the expense of the premature old age that had infiltrated the initial one. Certainly Le Petit Pierre could supplant Sylvestre: it is not older than it; but it is also certain that Sylvestre could have been written at seventy-four, like Petit Pierre. In this way, our admiration for France’s perpetual freshness diminishes somewhat. It is not a case of a surviving youth, genial triumphant over old age; it is rather the case of what never becomes old because it was never young. Perfection achieved at such a cost is a little undesirable to me. I do not envy it, as I would not envy the wisdom of Confucius. According to the Chinese, Confucius was conceived, in a garden, by a ray of sunlight that struck the womb of a virgin; but he came to be born when he was already eighty years old and the lobes of his ears had grown in the shape of two plums.

This quiet perfection, foreign to time, which has not the ascending and longing gesture of a development, which does not strive, stage after stage, to broaden and transcend itself, does not manage to carry away my temperament. I would have preferred a young and imperfect France who orients himself, vacillating, in the wide horizon of life, who feeds on restlessness, and who rises and descends, and strays and rectifies himself. Although he began to publish late, when he presented himself he was already perfect. Grave fate! Because this word perfect drags an equivocation founded in its etymology. Perfect is originally the concluded, the finished, the finite: then it also means what contains all the virtues and graces proper to its condition, the insuperable, the infinite. There is, then, a perfection that is conquered by dint of limiting oneself. The skulls of African children obliterate, they close very soon; this means that they arrive before the Europeans at the fullness of their development, but remaining of smaller size; they renounce capacity, for the benefit of a prompt perfection.

Saving the terms of the simile, I would say that France at thirty-five obliterates his spirit. From then on we do not surprise in his work the least variation, rectification or enlargement. Exactly the same ideas, the same emotions, the same technique that enter the warp of his first book take part in the last. In forty years, France has found no pretext to modify the march of his spiritual clockwork, has learned nothing new, has conquered no new sentiment. He is today the same as the day before yesterday and yesterday. His work, exempt from sunset, has not enjoyed, in exchange, an invading dawn that pierces the night and, even while babbling, already proclaims the noonday.

To this beauty, which aspires above all to be incorruptible and ageless, I confess I prefer an art more saturated with life that knows itself the child of a time and with it destined to pass. That presumed character of eternity, of incorruptibility, of insubmission to worms, is achieved only by emptying the work of all living entrails, mummifying one’s own heart and making of the animated face a lifeless mask. It has been agreed to place on the summit of the aesthetic certain forms of Greek art, the Periclean sculpture, for example, which, in effect, seem placed beyond all human change. The figures of Phidias claim to exist outside chronology, like geometric truths. And I do not doubt that they achieve it; but it is at the cost of interesting only the rational periphery of our spirit, that impersonal zone of our person capable of breathing geometry. We still suffer a superstitious worship for a false conventional Hellenism invented by Winckelmann, which led Goethe astray and which today historical science has dispelled. While we bow officially before a pediment of the fifth century (B.C.), perhaps a humble Romanesque gargoyle bites deeper into our feeling with its fabulous jaws.

Life is duration and change: it is born, blooms, dies and leaves behind it the occasion for other successive and distinct lives. We open a new book by France without being moved, because we know that his muse, tenant of the fourth dimension, has not had in the interval a new love, nor have her marble cheeks contracted into an unexpected wrinkle; she has not lived, that is, she has not grazed dangers of death.

Which woman is the most beautiful? I believe that every delicate spirit prefers in woman that vintage hour of autumn, when in her physiognomy come together graceful echoes of maidenhood and disquieting anticipations of decay. In that moment woman is the synthesis of herself: she brings us in essence her springlike past and we already glimpse the rigor of future snows. Thus, with its genesis, with its actuality and the announcement of its disappearance; thus, in its integral vital perspective, things interest us more and their countenances acquire a profound drama. All living forms, including the artistic, are perishable. Life itself is a frenetic sculptor, who, incessantly busy producing new appearances, needs death, as a servant, to clear from the workshop the finished models. When a Capet died, the provost of Paris shouted: The King is dead! Long live the King! Oh, yes, the greatest wisdom is to second this mysterious universal will of life! Let us learn to prefer the corruptible to the immutable, the trembling change of existence to the schematic and livid eternity. Let us be of our day: young at the due time, then specters or fleeing shadows. What is decisive is that we fill to the brim the walking hour, that we be in the graceful amphora good wine that overflows.

France has not wished to bind himself to the destinies of his time, and, so as not to perish with it, he has made an art of schemas and conventions. Useless precaution! Today in our hands a book by France is a dying ember, and his prose, which aspires to be Olympian, eternally smiling, already tastes to us of ashes.

I have read several times the work of Father Nieremberg entitled Difference between the Temporal and the Eternal, without any of them managing to persuade me. This overestimation of the things called eternal, which Plato left us in inheritance, seems to me between perverse and puerile, a remnant of the ancient and nascent dialectic. I see in it the apotheosis of easy schemas and a subversion of the weak against the grandiose destiny of life.

Father Nieremberg delights, above all, in underlining the volatile, changeable character of Nature. As if it were preferable that Nature show a tiresome professor’s insistence! Pleasures go at a run, insinuates the good Father. Well: all the more reason to gallop after them!

Quando l’uccello abbandona il ramo su cui ha cantato lascia in esso un fremito. Quando un suono scuote l’aria, gli oggetti circostanti si sentono vulnerati deliziosamente in non so quale elementare sensibilità occulta sotto il mutismo della loro inerte materia; svegliati dal suono transeunte, vibrano commosse le povere cose, pietra, legno o metallo, e inviano dietro di esso intimi rumori di risposta che sogliamo chiamare risonanza.

Del pari, un libro, al venir chiuso, produce dinanzi a noi un istantaneo vuoto spirituale, dentro il quale si precipitano in turbine idee, ricordi, allusioni, germi di sogni, appetiti che sonnecchiavano e, in vaga nube d’oro, polvere di teorie. Sono le nostre risonanze di lettore. Il libro letto ripercuote in noi secondo il timbro delle nostre intime voci. Dura qualche momento il fenomeno. Se li lasciamo passare, potremo fare sul libro uno studio critico più o meno sapiente e riflessivo; ma non riusciremo a fissare quelle spontanee risonanze che, rapide e in volo appassionato, lascia sfuggire la nostra intimità.

Ciò che segue, dunque, non ha pretese di critica: sono i rumori che si ascoltano nella mia selva interiore quando un vento ideale l’ha agitata.


La senettudine di Anatole France è fiorita e fruttuosa come un orto incantato. Ora, a settantaquattro anni, ci dà Le Petit Pierre. La prosa di questo libro è tanto pulita, tanto curata, tanto piccante, tanto all’erta, quanto quella delle sue prime opere. A dir vero, questo nuovo volume non si differenzia in nulla d’importante da tutti gli altri composti dal suo autore. Un libro di France non è mai né migliore né peggiore di un altro libro di France. Cominciò la sua carriera letteraria con Il delitto di Silvestre Bonnard, e questo frutto primiziale risultò già tanto perfetto che fu premiato dall’Accademia Francese. Tale fretta di arrivare alla perfezione suole essere perniciosa, e il caso di France non fa che confermare questa regola. Dopo Silvestre Bonnard, non gli restava altro rimedio che ripetersi. E anno dopo anno, libro dopo libro, France si è rieditato da sé. Comparando questo recente Petit Pierre con quel primogenito Silvestre, ci ammira l’immarcibile verdura di così egregio spirito che nella tarda età modula una canzone identica a quella dei suoi tempi migliori. Ma poi avvertiamo che la gioventù dell’opera senescente vive a spese della vecchiaia prematura che si era infiltrata nell’iniziale. Certo che Le Petit Pierre poteva soppiantare Silvestre: non è più vecchio di lui; ma è anche vero che Silvestre avrebbe potuto essere scritto a settantaquattro anni, come Petit Pierre. In questo modo, diminuisce un poco la nostra ammirazione per il perpetuo fresco di France. Non si tratta di una gioventù sopravvissuta, trionfatrice geniale della vecchiaia; è piuttosto il caso di ciò che non arriva a essere vecchio perché non fu mai giovane. Perfezione conseguita a così gran costo mi è un poco indesiderabile. Non la invidio, come non invidierei la sapienza di Confucio. Secondo i cinesi, Confucio fu concepito, in un giardino, da un raggio di sole che colpì il ventre di una vergine; ma venne a nascere quando aveva già ottant’anni e i lobi delle orecchie gli erano cresciuti in forma di due prugne.

Questa perfezione quieta, estranea al tempo, che non ha il gesto ascendente e anelante di uno sviluppo, che non si affanna, tappa dopo tappa, per ampliarsi e trascendere, non riesce a rapire il mio temperamento. Avrei preferito un France giovane e imperfetto che si orienta vacillante nell’ampio orizzonte della vita, che si nutre di inquietudine, e che sale e scende, e si svia e si corregge. Benché cominciasse tardi a pubblicare, quando si presentò era già perfetto. Grave destino! Perché questa parola perfetto trascina un equivoco fondato nella sua etimologia. Perfetto è originariamente il concluso, il finito, il compiuto: poi significa anche ciò che contiene tutte le virtù e le grazie proprie alla sua condizione, l’insuperabile, l’infinito. C’è, dunque, una perfezione che si conquista a forza di limitarsi. I crani dei bambini africani si obliterano, si chiudono molto presto; questo vuol dire che arrivano prima degli europei alla pienezza del loro sviluppo, ma restando di minore grandezza; rinunciano alla capacità, a beneficio di una pronta perfezione.

Salvando i termini della similitudine, direi che France a trentacinque anni oblitera il suo spirito. Da allora non sorprendiamo nella sua opera la minima variazione, rettificazione né ampliamento. Esattamente le stesse idee, le stesse emozioni, la stessa tecnica che entrano nell’ordito del suo primo libro intervengono nell’ultimo. In quarant’anni, France non ha trovato pretesto per modificare la marcia della sua spirituale orologeria, non ha imparato nulla di nuovo, non ha conquistato un nuovo sentimento. È oggi lo stesso di ieri l’altro e di ieri. La sua opera, esente da tramonto, non ha goduto, invece, di un’alba invasora che lanceggia la notte e, anche balbettante, preannuncia già il mezzogiorno.

A questa bellezza, che aspira soprattutto a essere incorruttibile e senza età, confesso di preferire un’arte più satura di vita che si sa figlia di un tempo e con esso destinata a trascorrere. Quel presunto carattere di eternità, di incorruttibilità, di insottomissione ai vermi, si consegue solo svuotando l’opera di ogni viscere viva, mummificando il proprio cuore e facendo del volto animato un mascherone esanime. Si è convenuto di situare sulla cima dello estetico certe forme dell’arte greca, la scultura periclea, per esempio, che, in effetti, sembrano collocate al di là di ogni umano mutamento. Le figure di Fidia pretendono di esistere fuori della cronologia, come le verità geometriche. E non dubito che ci riescano; ma è a costo di interessare soltanto la periferia razionale del nostro spirito, quella zona impersonale della nostra persona capace di respirare geometria. Patiamo ancora superstizioso culto per un falso ellenismo di convenzione che inventò Winckelmann, che sviò Goethe e che oggi la scienza storica ha dissolto. Mentre ci inchiniamo ufficialmente dinanzi a un frontone del secolo V (a. C.), forse una umile gargolla romanica morde più profondo nel nostro sentire con le sue mascelle favolose.

La vita è durata e mutamento: nasce, fiorisce, muore e lascia dietro di sé l’occasione per altre vite successive e distinte. Apriamo un nuovo libro di France senza commuoverci, perché sappiamo che la sua musa, inquilina della quarta dimensione, non ha avuto nell’intervallo un nuovo amore, né le sue guance di marmo si sono contratte in una ruga inattesa; non ha vissuto, cioè non ha sfiorato pericoli di morte.

Quale donna è la più bella? Io credo che ogni spirito delicato preferisca nella donna quell’ora vendemmiale dell’autunno, quando si riuniscono nella sua fisionomia graziosi echi di donzellezza e inquietanti anticipazioni di caducità. In quel momento la donna è sintesi di sé stessa: ci porta in essenza il suo passato primaverile e già intravediamo il rigore di nevi future. Così, con la sua genesi, con la sua attualità e l’annuncio della sua sparizione; così, nella sua integra prospettiva vitale, le cose ci interessano di più e i loro volti acquistano un profondo drammatismo. Tutte le forme viventi, incluse le artistiche, sono periture. La vita stessa è uno scultore frenetico, che, incessantemente affaccendato a produrre nuove apparenze, ha bisogno della morte, come di un famulo, affinché sgomberi dall’officina i modelli conclusi. Quando moriva un Capeto, gridava il prevosto di Parigi: Il Re è morto! Viva il Re! Oh, sì, la maggior sapienza è secondare questa misteriosa universale volontà della vita! Impariamo a preferire il corruttibile all’immutabile, il tremito mutamento dell’esistenza alla schematica e livida eternità. Siamo del nostro giorno: giovani al tempo dovuto, poi spettri o ombre in fuga. Il decisivo è che riempiamo fino all’orlo l’ora camminante, che siamo nell’anfora gracile buon vino che trabocca.

France non ha voluto legarsi ai destini del suo tempo, e, per non perire con esso, ha fatto un’arte di schemi e convenzioni. Inutile precauzione! Oggi è nelle nostre mani un libro di France brace morticcia, e la sua prosa, che aspira a essere olimpica, eternamente ridente, ci sa già di cenere.

Ho letto più volte l’opera del Padre Nieremberg che s’intitola Differenza tra il temporale e l’eterno, senza che nessuna di esse riuscisse a persuadermi. Questa sopravvalutazione delle cose chiamate eterne, che ci lasciò in eredità Platone, mi sembra tra perversa e puerile, resto dell’antica e nascente dialettica. Vedo in essa l’apoteosi di facili schemi e una sovversione dei deboli contro il destino grandioso della vita.

Si compiace, soprattutto, il Padre Nieremberg nel sottolineare il carattere volubile, cangiante della Natura. Come se fosse preferibile che la Natura mostrasse una fastidiosa insistenza da professore! I piaceri vanno di corsa, insinua il buon Padre. Bene: ragione di più per galoppare dietro di loro!

A veces los argumentos del jesuita llegan mal atinados: apuntan a nuestra amargura y dan en nuestra sonrisa. He aquí, por ejemplo, una de las observaciones con que quisiera influir en nosotros:

«No sé yo qué más podrá declarar la mutabilidad del ingenio que aquel caso memorable que sucedió en Éfeso. Había allí una matrona honestísima que, habiendo muerto su marido, hizo los mayores extremos que vieron los nacidos. Todo era llorar inconsolablemente y desgreñarse; y no contentándose con las ceremonias comunes de otras viudas, se fue al sepulcro de su marido, que antiguamente estaban en los campos y eran en bóvedas o partes capaces, y allí se encerró, sin querer comer bocado, como no lo comió en dos días. Sucedió, pues, que allí cerca ajusticiaron a unos malhechores, y porque no los quitasen de las cruces u horcas donde estaban colgados, dejó la justicia a un soldado por guarda. El militar, sabiendo que estaba en el sepulcro aquella matrona, llevó allá su cena para que comiese. Al principio no había remedio que tomase bocado; pero tanto hizo el soldado, que la vino a convencer que comiese algo, porque no muriese desesperada. Pasó más adelante, y el que la convenció para que tomase su comida, la persuadió también cosas peores. Entretenido con la mujer, y descuidando el soldado su oficio de centinela, le hurtaron de la cruz u horca a un ajusticiado, porque sus parientes, advirtiendo que faltaba de allí la guarda, fueron por él para quitarle de allí y darle sepultura. Cuando supo que se le habían llevado, temiendo el castigo que había de hacer en él la justicia, díjoselo muy desconsolado a la viuda, la cual le consoló brevemente: porque tomando el cuerpo de su marido difunto, por el cual había hecho tantos extremos, le puso en la horca en lugar del ajusticiado. Ésta es la inconstancia y tenue permanencia del corazón humano, más mudable y variable de lo que parece posible; y mudándose él, trae a su compás las demás cosas, las cuales por mil caminos son vanas, inconstantes y frágiles».

Yo no entiendo bien por qué razones el Padre Nieremberg hubiera preferido una viuda más tenaz, que, con rigidez de estatua, prolongase indefinidamente su actitud de plañidera. La gracia insuperable de lo real, escapándose de esta narración, se venga aquí del buen jesuita abstracto, retórico e insincero. Serían graves la caducidad y trasiego de cosas y emociones si no fuesen precisamente aquéllas el aparato que hace posible la sustitución y progreso de éstas. Mohamed y su visir Hagim regresaban una tarde de la Ruzafa, lugar de campesino solaz que el califa poseía en las afueras de Córdoba. Habían gozado una jornada de sol, de vino y de versos. Los ecos melancólicos de la larga fiesta y el influjo de la luz moribunda inclinaron sus almas ardientes hacia las últimas cuestiones. «¡Hijo de los califas! —exclamó Hagim. ¡Qué hermoso sería el mundo si no existiera la muerte!» «¡Eso es absurdo! —respondió Mohamed. Si no hubiera muerte, no reinaría yo. La muerte es una cosa buena: mi antecesor ha muerto: por eso reino». Y el viento empujó estas duras, pero nobles palabras, hacia el bronce de los olivares.

Si no quedase más hombre que el marido difunto, bien estaría en la viuda un llanto inextinguible. Pero ¡he aquí que tiene a mano este inesperado militar, tan compasivo, y tan galante!… La tumba da ocasión a una nueva vida, y la raza de los efesios asegura su perpetuidad. Así, los biólogos de nuestro tiempo, con Weissmann a la cabeza, creen haber descubierto el verdadero hecho de la inmortalidad, de la eternidad, en el plasma germinal, simiente primigenia de la vida que, de individuo en individuo y de especie en especie, recorre triunfante los milenios.

No derrama, ciertamente, la musa de France llanto de viuda; insiste, por el contrario, en una hierática sonrisa de dama inviolada. Mas para el asunto, tanto da. El gran escritor francés está más próximo al Padre Nieremberg de lo que a primera vista parece. Uno y otro eluden con gesto diferente la plenaria aceptación de la vida y sus condiciones. Esto es fatal: la moral más elevada y el arte mejor dependen de esa anuencia valerosa, del trágico sí dado a la realidad. Y hubiera sido provechoso, creo yo, a la musa de France el oportuno encuentro con algún soldado atrevido que turbase un poco su marmórea displicencia. Quiso ser inalterable, y el destino la ha petrificado. De este modo se cumple el castigo que Galileo, entusiasta de la Naturaleza, proponía: I detrattori della corruttibilità —escribe— meriterebber d’esser cangiati in statue.

A primera vista, la obra de France presenta una gran riqueza de temas humanos. Lo antiguo, lo moderno y hasta la más aguda actualidad pasan bajo el diáfano cristal de su prosa. Pero tal variedad de objetos sirve únicamente para subrayar la actitud esquemática y monótona que adopta su arte.

Durante medio siglo, el lector mediocre, el filisteo de la cultura, a quien France dedicaba su preciosa cerámica literaria, supuso que era el escepticismo la forma más fina de la comprensión. Hoy ya empieza a notarse el error. El escepticismo no es, menos que el ascetismo, una postura rígida, abstracta, ciega y vacía. Sonreír de todo es tan estúpido y tan fácil como volver a todo las espaldas. Cuando menos, quisiéramos que la perspectiva, el claroscuro, el colorido del universo, se reflejasen en nuestro rostro con una variedad de gestos. Risa o llanto, perpetuados, hacen de una cara careta.

Los años y las meditaciones, al pasar sobre mi alma, van aposando en ella la convicción de que la norma superior, la más delicada, es una profunda y religiosa docilidad a la vida. Toda otra norma debe ser sometida a esta instancia. Sigamos a nuestra razón cuando construye, fiel a sus principios, irreales geometrías; pero mantengamos el oído alerta, como escuchas, para percibir las exigencias sutilísimas que, desde más hondas latitudes de nuestro ser, nos hace el imperativo de la vitalidad. No nos encerremos en el poliedro de aristas matemáticas que edifica, ingeniero, nuestro intelecto; antes bien, estemos siempre prontos a obedecer más radicales sugestiones y a levantar el vuelo, en la hora justa, como las aves migratorias.

Para dar en rostro a las acusaciones de coquetería y caprichosidad con que solían hostilizarla, Ninón de Lenclos había elegido, a guisa de emblema, una veleta. Bajo ella hizo poner esta frase castellana: No mudo, si no mudan. Esta gentil paradoja, donde se encarga a la veleta de simbolizar la verdadera constancia, me parece un pensamiento magnífico. La veleta fija siempre hacia el ábrego no es por ello más constante que las otras; es sencillamente una veleta mohosa y paralítica.

Abril, 1919

Sometimes the Jesuit’s arguments arrive badly aimed: they point at our bitterness and hit our smile. Here, for example, is one of the observations with which he would like to influence us:

«I do not know what more could declare the mutability of wit than that memorable case that happened in Ephesus. There was there a most honest matron who, her husband having died, made the greatest displays of grief that the born have seen. All was weeping inconsolably and tearing her hair; and not content with the common ceremonies of other widows, she went to her husband’s tomb, which in ancient times were in the fields and were vaults or capable places, and there she shut herself in, not wanting to eat a morsel, as she did not eat in two days. It happened, then, that nearby they executed some malefactors, and so that they would not take them down from the crosses or gibbets where they were hung, justice left a soldier as guard. The soldier, knowing that that matron was in the tomb, carried his supper there so that she might eat. At first there was no way she would take a morsel; but the soldier did so much that he came to convince her to eat something, so that she would not die desperate. He went further, and he who convinced her to take her food also persuaded her to worse things. Diverted with the woman, and the soldier neglecting his duty as sentinel, they stole from the cross or gibbet one of the executed, because his relatives, noticing that the guard was missing from there, went for him to take him from there and give him burial. When he learned that they had taken him away, fearing the punishment that justice would inflict on him, he told it very disconsolate to the widow, who consoled him briefly: because taking the body of her dead husband, for whom she had made such displays of grief, she put it on the gibbet in place of the executed man. This is the inconstancy and tenuous permanence of the human heart, more changeable and variable than seems possible; and it changing, it brings to its compass the other things, which by a thousand ways are vain, inconstant and fragile».

I do not well understand for what reasons Father Nieremberg would have preferred a more tenacious widow, who, with the rigidity of a statue, prolonged indefinitely her attitude of mourner. The insuperable grace of the real, escaping from this narration, avenges itself here on the good abstract, rhetorical and insincere Jesuit. Grave would be the decay and the turnover of things and emotions if they were not precisely those the apparatus that makes possible the substitution and progress of these. Mohammed and his vizier Hagim were returning one evening from the Ruzafa, a place of rustic delight that the caliph possessed on the outskirts of Cordoba. They had enjoyed a day of sun, of wine and of verses. The melancholy echoes of the long feast and the influence of the dying light inclined their ardent souls toward the ultimate questions. «Son of the caliphs! — exclaimed Hagim. How beautiful the world would be if death did not exist!» «That is absurd! — replied Mohammed. If there were no death, I would not reign. Death is a good thing: my predecessor has died: for that reason I reign». And the wind pushed these hard, but noble words, toward the bronze of the olive groves.

If no more man remained than the deceased husband, an inextinguishable weeping would be fitting in the widow. But behold, she has at hand this unexpected soldier, so compassionate, and so gallant!… The tomb gives occasion to a new life, and the race of the Ephesians assures its perpetuity. Thus, the biologists of our time, with Weismann at their head, believe they have discovered the true fact of immortality, of eternity, in the germ plasm, the primigenial seed of life that, from individual to individual and from species to species, traverses triumphantly the millennia.

Certainly, the muse of France does not shed widow’s tears; she insists, on the contrary, on a hieratic smile of an inviolate lady. But for the matter, it comes to the same. The great French writer is closer to Father Nieremberg than at first sight appears. One and the other elude with a different gesture the full acceptance of life and its conditions. This is fatal: the highest morality and the best art depend on that valiant assent, on the tragic yes given to reality. And it would have been beneficial, I believe, to the muse of France the opportune encounter with some daring soldier who troubled a little her marmoreal displeasure. She wanted to be unalterable, and destiny has petrified her. In this way is fulfilled the punishment that Galileo, enthusiast of Nature, proposed: I detrattori della corruttibilità — he writes — meriterebber d’esser cangiati in statue.

At first sight, the work of France presents a great richness of human themes. The ancient, the modern and even the most acute actuality pass under the diaphanous crystal of his prose. But such variety of objects serves only to underline the schematic and monotonous attitude his art adopts.

For half a century, the mediocre reader, the philistine of culture, to whom France dedicated his precious literary pottery, supposed that skepticism was the finest form of understanding. Today the error is beginning to be noticed. Skepticism is no less than asceticism a rigid, abstract, blind and empty posture. Smiling at everything is as stupid and as easy as turning one’s back on everything. At the very least, we would want the perspective, the chiaroscuro, the coloring of the universe to be reflected in our face with a variety of gestures. Laughter or tears, perpetuated, make of a face a mask.

The years and the meditations, passing over my soul, go depositing in it the conviction that the superior norm, the most delicate, is a profound and religious docility to life. Every other norm must be subjected to this instance. Let us follow our reason when it constructs, faithful to its principles, unreal geometries; but let us keep our ear alert, like sentinels, to perceive the most subtle demands that, from deeper latitudes of our being, the imperative of vitality makes upon us. Let us not shut ourselves in the polyhedron of mathematical edges that our intellect, engineer, builds; rather, let us be always ready to obey more radical suggestions and to take flight, at the right hour, like the migratory birds.

To slap in the face the accusations of coquetry and capriciousness with which they used to harass her, Ninon de Lenclos had chosen, by way of emblem, a weather vane. Under it she had placed this Castilian sentence: I do not change, if they do not change. This gentle paradox, in which the weather vane is charged with symbolizing true constancy, seems to me a magnificent thought. The weather vane always fixed toward the south wind is not for that more constant than the others; it is simply a rusty and paralytic weather vane.

April, 1919

A volte gli argomenti del gesuita arrivano mal mirati: puntano alla nostra amarezza e colpiscono il nostro sorriso. Ecco, per esempio, una delle osservazioni con cui vorrebbe influire su di noi:

«Non so io che cosa potrà dichiarare di più la mutabilità dell’ingegno che quel caso memorabile che successe in Efeso. C’era lì una matrona onestissima che, essendole morto il marito, fece i maggiori estremi che videro i nati. Tutto era piangere inconsolabilmente e scarmigliarsi; e non contentandosi delle cerimonie comuni delle altre vedove, se ne andò al sepolcro di suo marito, che anticamente erano nei campi ed erano in volte o parti capaci, e lì si rinchiuse, senza voler mangiare boccone, come non ne mangiò in due giorni. Successe, dunque, che lì vicino giustiziarono alcuni malfattori, e perché non li togliessero dalle croci o forche dove erano appesi, lasciò la giustizia un soldato di guardia. Il militare, sapendo che era nel sepolcro quella matrona, portò lì la sua cena perché mangiasse. All’inizio non c’era rimedio che prendesse boccone; ma tanto fece il soldato, che la venne a convincere a mangiare qualcosa, perché non morisse disperata. Passò più avanti, e chi la convinse a prendere il suo cibo, la persuase anche a cose peggiori. Intrattenuto con la donna, e trascurando il soldato il suo ufficio di sentinella, gli rubarono dalla croce o forca un giustiziato, perché i suoi parenti, avvertendo che mancava di lì la guardia, andarono per lui per toglierlo di lì e dargli sepoltura. Quando seppe che glielo avevano portato via, temendo il castigo che doveva fare su di lui la giustizia, lo disse molto sconsolato alla vedova, la quale lo consolò brevemente: perché prendendo il corpo di suo marito defunto, per il quale aveva fatto tanti estremi, lo mise alla forca in luogo del giustiziato. Questa è l’inconstanza e tenue permanenza del cuore umano, più mutevole e variabile di quanto sembri possibile; e mutandosi esso, porta al suo ritmo le altre cose, le quali per mille vie sono vane, inconstanti e fragili».

Io non capisco bene per quali ragioni il Padre Nieremberg avrebbe preferito una vedova più tenace, che, con rigidità di statua, prolungasse indefinitamente la sua attitudine di piagnona. La grazia insuperabile del reale, sfuggendo da questa narrazione, si vendica qui del buon gesuita astratto, retorico e insincero. Sarebbero gravi la caducità e il travaso di cose ed emozioni se non fossero precisamente quelli l’apparato che rende possibile la sostituzione e il progresso di queste. Maometto e il suo visir Hagim tornavano una sera dalla Ruzafa, luogo di sollazzo campestre che il califfo possedeva nei dintorni di Cordova. Avevano goduto una giornata di sole, di vino e di versi. Gli echi malinconici della lunga festa e l’influsso della luce moribonda inclinarono le loro anime ardenti verso le ultime questioni. «Figlio dei califfi! — esclamò Hagim. Quanto sarebbe bello il mondo se non esistesse la morte!» «Questo è assurdo! — rispose Maometto. Se non ci fosse la morte, non regnerei io. La morte è una cosa buona: il mio predecessore è morto: per questo regno». E il vento spinse queste dure, ma nobili parole, verso il bronzo degli oliveti.

Se non restasse più uomo che il marito defunto, starebbe bene nella vedova un pianto inestinguibile. Ma ecco che ha a portata di mano questo inatteso militare, tanto compassionevole, e tanto galante!… La tomba dà occasione a una nuova vita, e la razza degli efesii assicura la sua perpetuità. Così, i biologi del nostro tempo, con Weissmann a capo, credono di aver scoperto il vero fatto dell’immortalità, dell’eternità, nel plasma germinale, semenza primigenia della vita che, di individuo in individuo e di specie in specie, percorre trionfante i millenni.

Non versa, certo, la musa di France pianto di vedova; insiste, per contro, in un ieratico sorriso di dama inviolata. Ma per l’assunto, tanto fa. Il grande scrittore francese è più prossimo al Padre Nieremberg di quanto a prima vista sembri. L’uno e l’altro eludono con gesto diverso la piena accettazione della vita e delle sue condizioni. Questo è fatale: la morale più elevata e l’arte migliore dipendono da quel valente assenso, dal tragico sì dato alla realtà. E sarebbe stato giovevole, credo io, alla musa di France il tempestivo incontro con qualche soldato ardito che turbasse un poco la sua marmorea displicenza. Volle essere inalterabile, e il destino l’ha pietrificata. In questo modo si compie il castigo che Galileo, entusiasta della Natura, proponeva: I detrattori della corruttibilità — scrive — meriterebber d’esser cangiati in statue.

A prima vista, l’opera di France presenta una grande ricchezza di temi umani. L’antico, il moderno e persino la più acuta attualità passano sotto il diafano cristallo della sua prosa. Ma tale varietà di oggetti serve unicamente a sottolineare l’atteggiamento schematico e monotono che adotta la sua arte.

Durante mezzo secolo, il lettore mediocre, il filisteo della cultura, a cui France dedicava la sua preziosa ceramica letteraria, suppose che lo scetticismo fosse la forma più fine della comprensione. Oggi comincia già a notarsi l’errore. Lo scetticismo non è, meno dell’ascetismo, una postura rigida, astratta, cieca e vuota. Sorridere di tutto è tanto stupido e tanto facile quanto voltare le spalle a tutto. Per lo meno, vorremmo che la prospettiva, il chiaroscuro, il colorito dell’universo si riflettessero nel nostro volto con una varietà di gesti. Riso o pianto, perpetuati, fanno di una faccia una maschera.

Gli anni e le meditazioni, passando sopra la mia anima, vanno depositando in essa la convinzione che la norma superiore, la più delicata, è una profonda e religiosa docilità alla vita. Ogni altra norma deve essere sottoposta a questa istanza. Seguiamo la nostra ragione quando costruisce, fedele ai suoi principi, irreali geometrie; ma manteniamo l’orecchio all’erta, come sentinelle, per percepire le esigenze sottilissime che, da più profonde latitudini del nostro essere, ci fa l’imperativo della vitalità. Non rinchiudiamoci nel poliedro di spigoli matematici che edifica, ingegnere, il nostro intelletto; piuttosto, siamo sempre pronti a obbedire a più radicali suggestioni e a levare il volo, nell’ora giusta, come gli uccelli migratori.

Per dare in faccia alle accuse di civetteria e capricciosità con cui solevano osteggiarla, Ninón de Lenclos aveva eletto, a guisa di emblema, una banderuola. Sotto di essa fece porre questa frase castigliana: Non cambio, se non cambiano. Questa gentile paradosso, dove si incarica la banderuola di simboleggiare la vera costanza, mi sembra un pensiero magnifico. La banderuola fissa sempre verso l’ostro non è per questo più costante delle altre; è semplicemente una banderuola arrugginita e paralitica.

Aprile, 1919