Abstract

A reply to a letter from the Count: freedom cannot be willed alone, any more than one can will a woman’s profile without the flesh that sustains it — Ortega cites Marx and, through him, Hegel: liberalism is the tendency that clings to the abstract and is always defeated by the concrete. The liberal must nationalise freedom and have a national politics, which the Spanish left has never had.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

No se inquiete usted, conde. Con no haber muchas, hay más probabilidades de que se forme ese frente único constitucional, apadrinado por usted, que el otro frente recomendado por mí. Yo pido demasiado: pido que las gentes cambien de ideas y sustituyan las que tienen, anquilosadas y simples, por otras más flexibles y complicadas. Llevo, pues, las de perder. No tiene usted más que leer los periódicos de estos días y hallará con satisfacción que casi todos los «intelectuales» coinciden en lo esencial con usted y se oponen a mí. La doctrina de libertad que insinúa en su carta y los simpáticos aspavientos que hace usted frente a la reacción invasora son canónicos para todas las «izquierdas» —salvo, y me interesa subrayarlo, los socialistas. El socialismo, ultimogénito del pasado, es el primer partido donde aparecen algunas facciones de la política futura, y por lo mismo azara tanto a los liberales, que no le hallan tan liberal como ellos quisieran. Tampoco el socialismo quiere la libertad ante todo, la libertad sola, porque ha aprendido de Carlos Marx, el cual lo aprendió de Hegel, que la libertad sin más no es más que un abstracto. Decía este filósofo que en el proceso histórico, donde se va elaborando la liberación humana, «el liberalismo es la tendencia que se aferra a la abstracción; sobre él triunfa siempre lo concreto, y lo mantiene en perpetua bancarrota».

La libertad es una cosa que no se puede querer sola, como no se puede querer solo el perfil de una mujer sin la carne que lo sostiene. Para querer libertades es menester, por lo menos, querer además los medios de ejercerlas y asegurarlas. En España poseíamos, mal que bien, una sombra de libertades con la antigua Constitución y el antiguo Parlamento. Pero es el caso que estos soportes no debían ser muy firmes cuando tan galanamente nos han sido extirpadas aquellas libertades. Y ahora, en nombre de éstas, me pide usted que vuelva a la Constitución y al Parlamento que se las dejaron arrebatar. ¡Qué cosas tiene usted, conde!

De suerte, que aun mirando el caso desde el punto de vista exclusivo del afán de libertades, resulta imprescindible ocuparse de otras cuestiones que no son liberalismo abstracto. Para conseguir eficazmente una misma libertad en Inglaterra, en Francia y en España será forzoso inventar medios diferentes, porque las tres razas lo son. Por esto decía yo que el adjetivo liberal no basta para definir una política. El liberal tiene que nacionalizar la libertad, y consecuentemente necesita una política nacional, que es lo que no han tenido nunca las izquierdas españolas, y por no tenerla han sido barridas del área histórica.

No puede haber en España libertad mientras que las instituciones que la proclamen no gocen de plena autoridad, y no tendrán autoridad mientras no sean respetables, y no serán respetables mientras no sean sinceras y eficientes, y no serán sinceras y eficientes si se preocupan sólo de ser liberales y no se ocupan de la existencia nacional, de sus otros problemas más urgentes. A la postre no se afirman en ningún país más instituciones que las que le llevan al triunfo, las que aumentan su vitalidad.

España es el único pueblo donde se ha tolerado que las «izquierdas» hablen sólo de sus problemas privados, de sus adjetivos diferenciales y no se interesen en las necesidades históricas de la nación. La consecuencia ha sido que pierdan todo arraigo en los sentimientos espontáneos de la población y acaben por hablar sólo a su parroquia interior, sin intentar siquiera, perdido el imprescindible orgullo, convencer a los de fuera.

¿Qué quiere usted, conde? Si ser liberal significa hacer lo que ustedes han hecho en su tiempo y lo que a destiempo siguen haciendo hoy las «izquierdas» —a saber, parlotear sobre la libertad—, yo soy resueltamente iliberal. Pero conste que mi iliberalismo consiste, no en desear menos libertades que ustedes, sino en desear a la vez muchas otras cosas.

Es incompatible con la sutileza de los tiempos creer que se ha hecho todo en política, cuando se ha verbalizado sobre liberalismo y democracia —suponiendo, como tantas veces he dicho, que muchos liberales y demócratas tengan una idea clara de lo que es liberalismo y lo que es democracia. Hace falta algo más, conde. Hace falta penetrarse bien de lo que es España y resolverse a atacar sus enfermedades más añejas, dando a su cuerpo, por vez primera, una organización dinámica que la empuje hacia una vida vibrante y noble. Mientras reine la insondable chabacanería reinante en España que nos han dejado las «derechas» y las «izquierdas» del siglo XIX, no ha lugar a hablar de libertad y de democracia, como tampoco de autoridad y de respeto a la ley, en suma, de ninguna cosa seria.

Vea usted por qué yo no puedo estar sino con quien venga resuelto a reformar hondamente las instituciones españolas, a dislocar la arcaica estructura de la nación con la mira de apretar a la raza y forzarla a dar un brinco sobre la historia. Sin esto, la libertad no me interesa nada, porque será no más que una palabra. De tal libertad digo lo que Cristina de Suecia decía de su corona cuando la abdicó: Non mi bisogna e non mi basta.

En cuanto al anómalo colapso que el mínimum de buenos usos sufre ahora, no logra preocuparme. Tal vez me ha habituado la antigua Constitución, con su Parlamento y todo, a pasarme largas temporadas sin los derechos del hombre. Usted mismo, conde, ha demostrado con frecuencia su amor a las libertades —de la manera que el verdugo al ahorcado—, suspendiéndolas.

El Sol, 15 de marzo de 1925

II

DEL REALISMO EN POLÍTICA

Si he reclamado, conde, un amplio margen para hablar de política como «intelectual», no crea usted que busco un expediente merced al cual eludir los problemas más inmediatos y, por lo mismo, más difíciles. En este punto tiene toda la razón su carta, y para defenderlo me hallará usted siempre a su vera. En política, por muy de «intelectual» que sea, no puede haber cerros de Úbeda. La línea en que termina el área de la política podrá estar todo lo lejos que se quiera, cuanto más mejor, porque ello mide el radio de nuestra previsión; pero la línea en que empieza nos es rigorosamente impuesta y no deja juego a nuestro albedrío e inspiración: es la línea que en cada instante pisan nuestros pies. Es el «aquí» y el «ahora». Una generación, en cuyo regazo ha caído el egregio don que representa la teoría de la relatividad —para no citar sino este fruto, el más conocido y glorioso de la ciencia actual—, tiene que perseguir dondequiera el utopismo como una inepcia, como una inmoralidad y como un anacronismo. Ésta es la gran corrección que nuestro tiempo va a hacer a las ideas políticas del siglo XIX, corrección de que se derivan todas las demás. Porque en el siglo XIX casi todas las ideas y emociones políticas eran precisamente utópicas —lo mismo las progresistas que las reaccionarias. Aquellas gentes no encontraban sabor a la política si no comenzaba por proponer algún absurdo, perfectamente irrealizable o por su extravagancia o por su simplismo. (Recuérdese que uno de los proyectos de Constitución elaborados en 1790 comenzaba: «Todos los franceses serán felices»). Las gentes se apresuraban a definirse por sus atributos más discrepantes, y no les parecía grotesco denominarse «izquierdistas» o «derechistas», amputando así cada cual la otra mitad de sí mismo. Sin estos tragos de aguardiente, nuestros abuelos no se entonaban para la política. Romanticismo es embriaguez, y la política romántica empezaba por un deleitoso frenesí. Claro está que al llegar al Poder y ponerse a gobernar, les nacía una súbita cordura, y sus actos de gobernantes contradecían sus gesticulaciones de la oposición. Es el sino de todos los utopistas necesitar una doble política, según que estén en el Gobierno o en la oposición —como los escolásticos usaban una «doble verdad», que les permitía sostener una cosa en filosofía y otra en teología.

Esta duplicidad es la que empieza a parecernos tan poco ingeniosa como poco moral. Sobre todo, al hombre de treinta años para abajo le repugna el político frenético. Eso de hacer cuadros plásticos de rigorismo en la oposición para luego supeditarse a las necesidades que implica todo Gobierno tenía algún sentido cuando la política era un espectáculo; pero hoy la política y la guerra han perdido visualidad. Son ambas faena de severidad y de precisión. Por eso es inadmisible toda actitud política —aunque sea «intelectual»— que no contenga dentro de sí, a manera de regulador, el punto de vista del gobernante. Y más que nadie está obligado a contar con este freno, que es a la vez un método, el publicista.

En este sentido —ello le demostrará que no escatimo el esfuerzo de aproximarme a usted— la única política estimable es la política realista. Pero conviene no dejar este término a la intemperie, sin abrigo de aclaraciones, expuesto a contraer las significaciones más nocivas.

Política realista no puede querer decir política de intereses. Eso sería más bien una política materialista o de egoísmos. Es falso que la realidad se componga sólo de afanes interesados. Si damos una palmada dentro de nosotros, veremos que levantan el vuelo pasiones del más vario plumaje, y que junto a egoísmos baten sus alas generosidades; junto a apetitos, entusiasmos.

Política realista tampoco significa idolatría de los hechos consumados y renuncia a modificar lo ya existente. Más que un hecho, es la realidad un flujo donde al lado de la forma madura y hoy vigente despierta un germen que mañana triunfará y se arrastra caduco un resto del ayer. De aquí que el verdadero sentido de la política realista, más que en aceptar la realidad, consiste en hacerla.

Esto es, a mi juicio, lo decisivo. Política realista es política de realización. La realización es el mandamiento supremo que define el área política. No va en contra del ideal, sino que le impone concreción y disciplina. La antigua «política de ideas» pretendía, sin más, que los hechos viniesen a ajustarse a las ideas nacidas por generación espontánea en las cabezas. Como esto es imposible, el político idealista vivía perpetuamente en posición falsa. El realismo es más exigente: nos invita a que transformemos la realidad según nuestras ideas; pero, a la vez, a que pensemos nuestras ideas en vista de la realidad, a que extraigamos el ideal, no subjetivamente de nuestras cabezas, sino objetivamente de las cosas. Toda cosa concreta —una nación, por ejemplo— contiene, junto a lo que hoy es, el perfil ideal de su posible perfección. Y este ideal, el de la cosa, no el nuestro, es el verdaderamente respetable. El ideal subjetivo anda siempre cerca de ser un capricho o una manía.

Como en todos los demás órdenes de la cultura, le ha llegado al idealismo la hora de ausentarse de la política. El idealismo político no es ya más que la forma laica de la beatería.

Recordemos, por vía de ejemplo, un menudo hecho acontecido bajo el último Gobierno anterior al golpe de Estado. El caso es ejemplar, por lo mismo que se refiere a materia parva. En aquel Gobierno participaban los reformistas. Durante años y años habían éstos estentorizado en la oposición declarando que ellos no nombrarían nunca alcaldes de Real orden. Cuando el caso llegó, los reformistas nombraron alcaldes de Real orden. Como yo conozco de cerca las personas que representaban en el Gobierno al reformismo, me consta, sin que quede poro a la duda, que les costó mucho mayor sacrificio nombrar los alcaldes y seguir en el Poder, que les hubiera supuesto dejar el Poder y ser fieles a sus reiteradas declaraciones. Esto elimina del ejemplo todo sentido de censura a las personas, y lo deja limpio como paradigma de una falsa posición en política.

Y yo pregunto: ¿Qué es lo que está mal en aquel hecho? ¿Haber nombrado los alcaldes? De ninguna manera. La circunstancia obligaba a ello. Para mí lo indebido no fue el acto de entonces, sino las ideas de antes. Lo que no me parece lícito es haber dado utópicamente a la cuestión de los alcaldes una solución ideal y haber hecho de ésta un principio. Que esto era un error lo demuestra el hecho de que personas cuyo desprendimiento me es notorio tuvieron que faltar a él. Y esto es lo que, con todo respeto a esas personas, necesito juzgar inmoral. No es sólo inmoral faltar de hecho a la norma ideal, sino también establecer una norma ideal a que luego es forzoso faltar. Como yo no trato con este recuerdo de vejar a nadie, añadiré, si es preciso, que fueron inmorales por exceso de bondad. Para mí es lo mismo quedarse corto que pasarse.

En el siglo XVIII publicó un extremeño cierto volumen en folio sobre la competencia de los «alcaldes de cuadrilla». La obra se divide en varios libros, cuyos títulos suenan así:

Libro I.— De Dios.

Libro II.— De la creación del mundo.

Libro III.— De la institución de los alcaldes de cuadrilla.

Este libro podía haberlo escrito un reformista.

Contra esta desviación idealista es preciso combatir en nombre, precisamente, de una moral pública más rigorosa. En el siglo pasado sólo se atendía para juzgar la ejemplaridad de un hombre si sus actos estaban de acuerdo con sus ideas; ahora hay que exigir también lo inverso: que sus ideas concuerden con los hechos. No sólo hay que cuidar lo que se hace, sino lo que se piensa. El idealismo es pecado. No hay principios generales honestos en política; en política sólo son honestos los actos concretos. Lo demás es cuadro plástico y gestos de santón suburbano.

Como ve usted, mi contestación a su carta se complica y prolonga. Me preguntaba usted cuál era mi ideario, y yo, ni corto ni perezoso, se lo expongo. Veremos si es usted tan gentil conmigo cuando yo le vuelva a preguntar: Bueno, conde, ¿cuál es su política?

Ni debe fastidiarle con exceso esta prolijidad mía. Cuantos más artículos escriba para responderle, mayor concurrencia se irá formando a su lado. Ya tengo a legiones frente a mí. Hace poco tiempo quise dar una conferencia en Zaragoza y la autoridad me lo impidió. Semanas después fui a dar otra en la capital andaluza, y el obispo, en combinación con el rector de la Universidad, que es un neo berroqueño, hicieron lo imposible para impedirlo. Ahora todos los liberales están irritados conmigo. «Derechas» e «izquierdas», las dos Iglesias, me excomulgan, cada cual desde su mano.

Todo ello es gran síntoma de que voy por buen camino. Porque en la política que ahora viene, «derechas» e «izquierdas» son cantidades muy secundarias y, en cierto modo, inexistentes. «Derechas» e «izquierdas» no son todo el mundo. «Derechas» e «izquierdas» son unos cuantos fantasmas mancos del pasado.

El Sol, 18 de marzo de 1925

III

NO ES TANTA LA PRISA

Creo que el régimen de libertades y la democracia son formas del derecho político, tan indeleblemente inscritas en la sensibilidad europea, que no cabe imaginar en serio ninguna institución estable que se les oponga. Las mismas «extremas derechas» y «extremas izquierdas», que presumen poder prescindir de ellas, las llevan disueltas en la sangre, y el día en que, abandonando su modesta posición de crítica, quisiesen establecer instituciones, se verían obligadas a aceptarlas.

Esto que creo respecto de toda Europa —Rusia no es Europa—, lo creo también respecto de España. Contra todo lo que se dice y es ya legendario, he visto que nuestro pueblo es tan liberal y tan demócrata como cualquiera otro, no más, pero tampoco menos. Sólo que nuestro pueblo es hoy sobremanera inculto y falto de vitalidad. Su liberalismo y su democratismo tienen que ser, por fuerza, incultos y sin arrestos. Tendría gracia que la debilidad nacional, patente en todo lo demás, no se manifestase en la acción política.

Pero es completamente un error suponer que la «reacción» posee gran vigor en España. Las faldas de cuatro beatas y las haldas de seis jesuitas no juntan energía bastante para mandar cantar a un ciego. Es, por lo menos, ilusorio creer que sumadas todas las fuerzas reaccionarias del país, son suficientes para esa enorme obra que sería establecer un régimen firme, normal, duradero. La verdad de esto parecería evidente el día en que la supuesta «reacción» pretendiese dar un paso decisivo.

Esta convicción me hace repugnar el gesto plañidero, amanerado y como inseguro de sí mismo que siempre han adoptado los liberales titulares, en vez de tener el orgullo de no acordarse de que son liberales y demócratas ni de que existen liberalismo y democracia, como no se acuerda uno en el hervor de la obra cotidiana de que existe el aire que respiramos.

Sin embargo, en España, como en Italia —en principio puede un día u otro acaecer cosa análoga en Francia, Alemania e Inglaterra—, se ha suspendido de pronto y radicalmente el ejercicio de las libertades y el imperio de la democracia. Este enrarecimiento súbito de la atmósfera, esta disnea de libertades nos obliga a reflexionar sobre el suceso. Por lo pronto, no a indignarnos, no a hacer aspavientos en la tertulia privada o en letra de molde, sino a reflexionar sobre lo que ha pasado. Es posible que sentir un excesivo bochorno nos lleve a dar demasiada importancia a un episodio, frente al cual no es hora de ejecutar acción ninguna. Ponga cara mustia el que se satisfaga con poner cara mustia. A mí me urge más hacerme bien cargo de lo que ha pasado y de su porqué. La coyuntura inspira antes que indignación otras emociones más tibias y socráticas.

Por muy bajo que se afore el liberalismo español, la facilidad con que se ha suspendido la Constitución y se ha volatilizado el Parlamento parece excesiva. Por otra parte, no se advierte que hayan hecho su presentación grandes fuerzas antiliberales capaces de instituir otro régimen perdurable. Todo ello nos obliga a pensar que, aunque hayan pagado el pato las libertades, el pato no es un triunfo de la reacción.

De esto están convencidos todos los «izquierdistas»; ¿por qué no lo reconocen? ¿Por qué en lugar de ello fingen atribuirlo a formidables poderes reaccionarios —como, a su vez, los jesuitas lo atribuyen todo a los masones? La razón es bien clara. Si las «izquierdas» reconociesen que la causa de lo acaecido no es un inexplicable incremento de la reacción, tendrían que reconocer la pura verdad, a saber: que en España, como en Italia, los causantes últimos —cualquiera que sea el detalle de la génesis— de este régimen extemporáneo son ellas mismas por haber dejado que sus instituciones —Parlamento y Gobierno— perdiesen el prestigio y la autoridad sin los cuales no hay forma política que se pueda sostener. Y como esto lo hemos anunciado docenas de veces antes de que acaeciese, tenemos derecho pleno a reiterarlo después de consumado. No han querido ustedes —ni los que han gobernado ni los que usufructuaban la oposición «radical»— poner seriamente mano a la obra de reformar poco a poco o brinco a brinco, como hubieran preferido, esas instituciones, y las han entregado indefensas al azar. No tienen ustedes calificación suficiente para presentarse ahora como los defensores oficiales de libertades que ustedes mismos han desamparado y desnutrido.

El caso es poco menos que increíble. Después de haber actuado años y años las «izquierdas», sea en el Gobierno, sea en las múltiples formas de la oposición, para obtener como resultado la situación actual, no se oye voz alguna entre ustedes que invite a una revisión táctica, de posiciones, de conceptos. Lejos de eso, la primera cosa que oímos es una inconcebible proposición de volver al mismo Parlamento. De modo que, después de un éxito tan lucido, después de haber errado, pretenden ustedes que rectifique el universo y se acomode nuevamente a sus añejos errores.

Esta ceguera, en que se revela haber resuelto Júpiter perderlos, me obliga a disociar mi liberalismo del de ustedes. Porque yo y otros queremos, por lo visto, de otra manera más firme las libertades; al menos estamos dispuestos a rectificar cien veces, tantas como sea menester, para conseguir nuevas instituciones liberales, a quienes nadie se atreva.

Y el hecho que necesariamente orienta a todo nuevo liberalismo en España es que la supresión del antiguo Parlamento se verificó con el asentimiento de la inmensa mayoría nacional. Este hecho no es una invención de nadie; fue un acontecimiento de perfecta autenticidad, y que ustedes ahora quieran darlo por no acaecido y, sin más, reclamen el retorno a la misma institución derrocada, nos descubre cuál ha sido el error capital de las «izquierdas»: ser ciegas y sordas para todo lo nacional; querer que la nación se adapte a ellas y no ellas a la nación.

La forma de aquel asentimiento no parece canónica a los liberales formalistas y, en efecto, no lo es. Pero es que se trata precisamente de un suceso en que se revela la insuficiencia de los cauces legales establecidos. Ese mismo asentimiento —cuyo hecho fue bien amplio y evidente— podían haberlo atraído sobre sí las «izquierdas». Todo lo subsecuente es ya materia sobre que la conciencia pública aparece mucho más dividida y problemática; pero aquel «no» al régimen inveterado fue prácticamente unánime. Sobre la dosis de injusticia y exageración que en aquel «no» había, al acusar a los hombres políticos de todas las desdichas nacionales, escribí en la hora más difícil un artículo que usted, conde, ha creído oportuno citar en el prólogo de su libro. Yo tendría, pues, que poner cien reparos a aquel movimiento de mis conciudadanos; pero lo que no se me ocurre es darlo por no sido en vista de que su forma fue jurídicamente defectuosa. En tiempos ilegítimos no hay para qué plantear cuestiones jurídicas que deben ser demoradas.

Toda actitud de hoy tiene, pues, que partir de dar satisfacción en alguna medida a aquel hecho enorme. Por eso, en vez de retornar de mala manera a un Parlamento que reanudaría la vieja historia con idénticas consecuencias, es preciso llegar a acuerdo sobre otra forma de Parlamento cuyo repertorio sea diferente del antiguo.

Con la propensión incorregible del «izquierdismo» a adoptar posturas de estatua heroica, se ha dado en decir que lo importante es volver lo antes posible a la libertad, sin preocuparse de más. Y tal vez al paleto, espectador de las figuras de cera en las ferias, le parezca tal actitud la más jacobina y conmovedora. Pero yo no logro pensar así. Sé que la libertad llegará irremisiblemente, hora antes u hora después, y lo que me preocupa es lo que se haga al día siguiente de su reaparición. Porque no es desmedida malicia temer que esta prisa por la libertad ampare el propósito de consolidar la urdimbre esencial del pasado. Todo antes que vivir un día más sin libertad —dicen muchos. Y yo enfrente: Todo antes que reinstalar la inercia nacional. Y desmenuzando el sentido de ambas fórmulas, sería curioso ver cuál contiene en infusión mayor dosis de liberalismo.

Estamos un poco hartos de oír quejarse a las gentes, en épocas de censura previa, porque no pueden escribir, porque no pueden hablar, y ver que luego, al cesar la anomalía constitucional, no tenían nada que decir y no habían empleado las horas de silencio siquiera en pensar. Convendría que esta vez llenásemos el almacén para el día oportuno.

No; no ha llegado la hora de patetizar ni mucho menos. La reconstrucción de una España vigorosa y libre, por lo menos de un Estado cuyo mecanismo institucional se incorpore enérgico, imponiendo respeto a toda frivolidad interior, es cosa nada fácil y de que apenas se ha empezado a hablar. No creo imposible que buena parte de lo que conviene decir pueda aún hoy ser dicho, hinchiendo con cuidado hasta su máxima elasticidad el ámbito que la censura deje.

Si ahora se elabora un programa de reforma española suficientemente honda y con él se afronta el minuto peligrosísimo de reaparecer la libertad, se habrá ganado con creces el tiempo de libertad que ahora se pierde. Mientras ese programa que enlace reciamente un amplio grupo de voluntades no existe, muchas personas leales y precavidas preferirán que un velo de transitorias nieblas civiles oculte su ausencia.

Su carta salió al paso de unos artículos míos donde me propongo reiterar el desarrollo de un posible programa, enunciado ya en junio del año pasado. Si hubiera usted recordado lo que entonces escribí no se habría usted resuelto a calificar de negativa mi actitud, sino más suavemente de equivocada. Esto del «negativismo» es un lugar común, impropio de usted, con que desde hace diez años se sale al paso de cuanto escribimos los que, mejor o peor, hemos movilizado algunas ideas en España. Cuando usted dice: «Volvamos al usado Parlamento», cree usted haber dicho algo muy afirmativo. En cambio, si yo digo: «Vamos a la reforma de España, empezando desde luego la porción posible», lo califica usted de negativo. Esto es un poco arbitrario, conde. Combatamos unos con otros, forjando en cada caso nuestras armas, y usemos en la contienda los menos tópicos posibles. España ganaría mucho si —a la manera que los nobles sus privilegios en la aurora de la Revolución— hiciésemos los españoles una renuncia general a los tópicos.

Y ahora permítame usted que interrumpa este coloquio y prosiga mis observaciones sobre una política de aquí y de ahora. No sé si en ellas encontrará usted cosa que le parezca discreta; pero yo he de ensayar atraer la atención pública sobre algunas trasformaciones ineludibles a que es preciso someter nuestra nación si se quiere que, algún día, la libertad sea un uso continuado en España, y de paso que circule sangre por sus venas. Pero la carta que me dirigió destacando hacia mí su liberalismo me ha obligado a entretenerme en insinuar cómo es el mío.

Sabe usted que recibo siempre con provecho sus esclarecimientos de hombre experimentado, y que soy muy su amigo.

El Sol, 19 de marzo de 1925