Ortega y Gasset

Abstract

A series of travel notes and geopolitical comment on the Rif and Melilla. The sample opens with “geographical utopias”: the classical utopias (Homer’s Phaeacians, Plato’s Atlantis) were not romantic escapes but stimulants for dulled sensibilities, since all sensation presupposes a difference of level. There follows a denunciation of Spanish ignorance of the Rif.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

UTOPÍAS GEOGRÁFICAS.— LA IGNORANCIA DEL RIF. MELILLA COMO POSIBILIDAD.— LOS BEREBERES EN EL RIN.— EL TURQUÍ Y SU COMANDANTE

Hace pocos meses leía yo un artículo de un geógrafo, titulado «El fin de los descubrimientos». Anunciaba el autor que pronto la tierra toda nos sería conocida, que apenas si quedan ya en el mapa algunos claros y en el enorme globo real algunos rincones problemáticos. En breve nos conoceremos todos los inquilinos de este viejo habitáculo,

que, triste y todo, es el mejor que existe.

La mitología geográfica ha muerto: ni la isla de los Feacios, ni Jauja, ni Eldorado, pueden ser ya buscados sobre el planeta, y queda para siempre resuelto que ningún hombre lleva puesta la camisa del hombre feliz. No creo que la pérdida de estas porciones imaginarias del mapa importe mucho; los espíritus verdaderamente activos no se han dejado nunca seducir por esas imágenes de la felicidad lograda, y siempre vieron claro que la dicha no está en el placer, sino en la marcha hacia el placer; o, como Cervantes decía, que es mejor el camino que la posada. Esas utopías son justamente invenciones de los cerebros más activos y más temerariamente irónicos, quienes las construían para azuzar la sensibilidad embotada y contentadiza de sus contemporáneos. Sensación, no se olvide, supone siempre desnivel: es sensación de un desnivel entre el estado presente nuestro y otro estado que anticipamos. Los que habitaban junto a la caída de aguas que los antiguos llamaban Catadupa no percibían el estruendo en medio del cual vivían. Homero con sus Feacios, Platón con su Atlántida, el árabe anónimo con su isla de Huac-Huac, el indio con su Uttara Kuru, no pretendieron otra cosa que presentar a los hombres una sociedad donde la vida se movía más suavemente, a fin de que sintieran con más rigor las dolencias de la vida que vivían. Así, las utopías clásicas, lejos de ser cobardes escapadas románticas en que se goza extáticamente de lo irreal, fueron y han sido reactivos a la actividad remisa, fermento para corazones en que la sangre se estanca; no viciosa delectación, sino severa disciplina.

No importa, pues, mucho que esos antiguos mitos disciplinarios hayan sido desahuciados del mapa. La imaginación, dice Alfredo de Musset, puede desplegar en un hueco como el de la mano alas inmensas capaces de cubrir el horizonte. Así, lleno de realidades geográficas el globo terráqueo, merced a los descubrimientos y exploraciones, todavía aprovechan en España unos cuantos los intersticios de lo real para suscitar una comarca utópica, un modo virtual, al cual llaman Europa, y con el que pretenden, tal vez, amargar un poco más la madurez desencantada de don Miguel de Unamuno, discípulo de don Miguel de Molinos más que de Miguel de Cervantes.

Pero todo esto es vaga ideología. Lo importante es que en aquel artículo tropecé con estas frases: «Nos encontramos con que regiones situadas en extrema proximidad a la cultura originaria y junto a las grandes vías del comercio universal, permanecen, no obstante, desconocidas a la fecha. Me refiero al Rif, sobre el que hasta ahora sólo geógrafos árabes y el marqués de Segonzac nos han dicho algo». Rectifique el lector un error de detalle, agregando el nombre de Augusto Mouliéras; pero una vez hecha esta rectificación, medite un poco sobre lo que esto significa.

El Rif, junto al cual se ha realizado toda la historia occidental —no un pueblo remoto, perdido, sumido en medio de monstruoso clima e indomables montañas, sino ahí al lado, nuestro vecino— es uno de los pedazos de tierra que quedan por descubrir. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué explicación tiene?

Hay un pueblo, España, en el cual se habla con frecuencia de los derechos históricos que sobre Marruecos le competen, y especialmente sobre la costa mediterránea del Mogreb el Aksa. Ahora bien; todo el derecho histórico es el reverso de una obligación histórica, de una misión cultural. El Rif se halla en la costa mediterránea marroquí; España posee sobre él un derecho histórico y una obligación secular. España es un país que, pronto a realizar hazañas y misiones que no le incumbían —como arrojar a los judíos, conquistar América, dominar a Flandes e Italia, combatir la Reforma, apoyar el poder temporal de los Papas—, deja, en cambio, incumplidas, con tenacidad incomprensible, las misiones más claras y elementales que la historia le propone: así, la europeización de África desde Túnez a las Canarias y el Sáhara. Ésta es la explicación de ese hecho tan sencillo, tan grave, tan absurdo de que el Rif sea hoy más ignorado que el Tibet y tan desconocido como Tibesti. Y como España no hizo posible a su hora la integración del Rif en la atmósfera europea, será el Rif penetrado a destiempo y malamente y aprisa, a la carga de la bayoneta, cuando ya es un pueblo petrificado, difícil de reorganizar e injertar con elementos europeos.

Por este orden pudiera seguir comentando ese hecho inverosímil; pero daría en aquel pertinaz pesimismo de que se me acusa y acabaría diciendo que el día en que se comience a elaborar la historia de España con espíritu filosófico, es decir, científico, no meramente erudito, se nos ofrecerá la extraña fisonomía de una casta que ha solido vivir al revés. ¿Ven ustedes?

Quedamos, pues, en que el Rif; y en general Marruecos, donde casi se habla español, donde habitan más españoles que gentes de otra nación europea, donde hay cien mil judíos hermanos, muchos de los cuales conservan la hermosa vieja lengua nuestra, no nos es deudor de este sacramento moderno de la investigación. Todavía no hace mucho que desde El Imparcial, con alguna cólera oculta, lamentaba el caso del señor Merry del Val, que se opuso a que el señor Huici, distinguido arabista, hiciera con la embajada extraordinaria el viaje a Fez. No tuvo eco aquel lamento: verdad es que todavía no está organizada en línea de agresión la defensa de España, no está membrado el cuerpo de los que se propongan libertar a España de la inepcia triunfante. ¡Y mientras los inmediatos responsables conducen jocundamente su existencia, nosotros, los pesimistas, los doloridos, tenemos que avergonzarnos por ellos!

Cunningham Graham, el demócrata, viajero y estilista inglés, me refirió que, habiendo ido una vez a visitar a Silvela para hablarle de los intereses españoles en Marruecos, se encontró con que el famoso gobernador confundía Santa Cruz de Mar Pequeña con Mar Chica, y tan empecinado se mostraba en su error, que fue menester pedir un mapa y poner el dedo sobre ambos puntos. Por supuesto, que Santa Cruz de Mar Pequeña tiene ya luenga historia en los anales de la inconsciencia gubernamental.

Tengo a la vista la obra más reciente, según creo, sobre Marruecos, compuesta por Otto C. Artbauer, un austríaco joven todavía, que después de recorrer Oriente ha penetrado por el Imperio mogrebita en todas direcciones, dueño del idioma, hecho a andanzas, y en lo sustancial de sus juicios digno de crédito. Artbauer hizo la campaña última de Melilla desde el campo rifeño, y sus notas verán muy pronto la luz. No digamos que Artbauer sea muy inteligente, mas para andar y ver —libros de andar y ver llaman los árabes a sus obras de viaje— no hace falta emplear tanto talento como el que gasta a diario un caudillo liberal para ni ver ni andar. Que no es inteligente lo demuestra Artbauer escribiendo un libro sobre cuyos datos exactos pesa una costra repugnante de odio a los franceses y de desprecio a los españoles. En su odio a los franceses, Artbauer se ha hecho realmente un africano.

I

GEOGRAPHICAL UTOPIAS.— THE IGNORANCE OF THE RIF. MELILLA AS POSSIBILITY.— THE BERBERS ON THE RHINE.— THE TURK AND HIS COMMANDER

A few months ago I was reading an article by a geographer, entitled «The End of Discoveries». The author announced that soon all the earth would be known to us, that barely a few blanks remain on the map and in the enormous real globe a few problematic corners. Shortly we shall all know each other, the tenants of this old habitation,

which, sad though it be, is the best that exists.

Geographical mythology is dead: neither the island of the Phaeacians, nor Jauja, nor Eldorado can any longer be sought on the planet, and it remains forever settled that no man wears the shirt of the happy man. I do not believe that the loss of these imaginary portions of the map matters much; truly active spirits have never let themselves be seduced by those images of achieved happiness, and always saw clearly that happiness is not in pleasure, but in the march toward pleasure; or, as Cervantes said, that the road is better than the inn. Those utopias are precisely inventions of the most active and most rashly ironic brains, who built them to goad the blunted and easily contented sensibility of their contemporaries. Sensation, let it not be forgotten, always supposes a difference in level: it is sensation of a difference between our present state and another state we anticipate. Those who lived beside the waterfall that the ancients called Catadupa did not perceive the roar in the midst of which they lived. Homer with his Phaeacians, Plato with his Atlantis, the anonymous Arab with his island of Huac-Huac, the Indian with his Uttara Kuru, sought nothing other than to present to men a society where life moved more smoothly, so that they might feel with more rigor the ailments of the life they lived. Thus, the classical utopias, far from being cowardly romantic escapes in which one ecstatically enjoys the unreal, were and have been reactives to reluctant activity, ferment for hearts in which the blood stagnates; not vicious delectation, but severe discipline.

It does not matter, then, much that those ancient disciplinary myths have been evicted from the map. The imagination, says Alfred de Musset, can unfold in a hollow like that of the hand immense wings capable of covering the horizon. Thus, with the terrestrial globe full of geographical realities, thanks to the discoveries and explorations, there still take advantage in Spain a few of the interstices of the real to stir up a utopian region, a virtual mode, which they call Europe, and with which they pretend, perhaps, to embitter a little more the disenchanted maturity of Don Miguel de Unamuno, disciple of Don Miguel de Molinos more than of Miguel de Cervantes.

But all this is vague ideology. The important thing is that in that article I came across these sentences: «We find that regions situated in extreme proximity to the original culture and beside the great routes of universal commerce nevertheless remain unknown to this date. I refer to the Rif, about which until now only Arab geographers and the Marquis of Segonzac have told us something». Let the reader correct an error of detail, adding the name of Auguste Mouliéras; but once this rectification is made, let him meditate a little on what this means.

The Rif, beside which all Western history has been realized — not a remote people, lost, sunk in the midst of monstrous climate and untamable mountains, but there at hand, our neighbor — is one of the pieces of land that remain to be discovered. How is this possible? What explanation does it have?

There is a people, Spain, in which one frequently speaks of the historical rights that over Morocco belong to it, and especially over the Mediterranean coast of the Mogreb el Aksa. Now; all historical right is the reverse of a historical obligation, of a cultural mission. The Rif lies on the Moroccan Mediterranean coast; Spain possesses over it a historical right and a secular obligation. Spain is a country which, ready to accomplish feats and missions that did not concern it — like expelling the Jews, conquering America, dominating Flanders and Italy, fighting the Reformation, supporting the temporal power of the Popes — leaves, in exchange, unfulfilled, with incomprehensible tenacity, the clearest and most elementary missions that history proposes to it: thus, the Europeanization of Africa from Tunis to the Canaries and the Sahara. This is the explanation of that fact so simple, so grave, so absurd, that the Rif is today more ignored than Tibet and as unknown as Tibesti. And since Spain did not make possible in its hour the integration of the Rif into the European atmosphere, the Rif will be penetrated out of season and badly and hastily, at the charge of the bayonet, when it is already a petrified people, difficult to reorganize and graft with European elements.

In this order I could go on commenting on that improbable fact; but I would fall into that pertinacious pessimism of which I am accused and would end by saying that the day one begins to elaborate the history of Spain with a philosophical spirit, that is, scientific, not merely erudite, there will be offered to us the strange physiognomy of a caste that has usually lived upside down. Do you see?

We remain, then, in that the Rif; and in general Morocco, where almost Spanish is spoken, where more Spaniards dwell than people of any other European nation, where there are a hundred thousand Jewish brothers, many of whom preserve the beautiful old language of ours, is not debtor to us of this modern sacrament of research. Not long ago from El Imparcial, with some hidden anger, I lamented the case of Señor Merry del Val, who opposed Señor Huici, distinguished Arabist, making with the extraordinary embassy the journey to Fez. That lament had no echo: true it is that the defense of Spain is not yet organized in line of aggression, the body of those who propose to free Spain from triumphant ineptitude is not yet constituted. And while the immediate responsible ones jocundly conduct their existence, we, the pessimists, the afflicted, have to be ashamed for them!

Cunningham Graham, the English democrat, traveler and stylist, told me that, having once gone to visit Silvela to speak to him of Spanish interests in Morocco, he found that the famous governor confused Santa Cruz de Mar Pequeña with Mar Chica, and so stubborn he showed himself in his error that it was necessary to ask for a map and put the finger on both points. Of course, Santa Cruz de Mar Pequeña already has a long history in the annals of governmental unconsciousness.

I have before me the most recent work, I believe, on Morocco, composed by Otto C. Artbauer, an Austrian still young, who after traversing the Orient has penetrated through the Moghrebite Empire in all directions, master of the language, accustomed to wanderings, and in the substance of his judgments worthy of credit. Artbauer made the last campaign of Melilla from the Riffian camp, and his notes will very soon see the light. Let us not say that Artbauer is very intelligent, but to walk and see — books of walking and seeing the Arabs call their travel works — one does not need to employ as much talent as a liberal caudillo spends daily to neither see nor walk. That he is not intelligent Artbauer demonstrates by writing a book over whose exact data weighs a repugnant crust of hatred of the French and of contempt for the Spaniards. In his hatred of the French, Artbauer has really made himself an African.

I

UTOPIE GEOGRAFICHE.— L’IGNORANZA DEL RIF. MELILLA COME POSSIBILITÀ.— I BERBERI SUL RENO.— IL TURCO E IL SUO COMANDANTE

Pochi mesi fa leggevo un articolo di un geografo, intitolato «La fine delle scoperte». Annunciava l’autore che presto tutta la terra ci sarebbe stata conosciuta, che appena se restano già sulla mappa alcuni vuoti e nell’enorme globo reale alcuni angoli problematici. In breve ci conosceremo tutti gli inquilini di questo vecchio abitacolo,

che, triste e tutto, è il migliore che esista.

La mitologia geografica è morta: né l’isola dei Feaci, né Jauja, né Eldorado possono essere già cercati sul pianeta, e resta per sempre risolto che nessun uomo porta indosso la camicia dell’uomo felice. Non credo che la perdita di queste porzioni immaginarie della mappa importi molto; gli spiriti veramente attivi non si sono mai lasciati sedurre da quelle immagini della felicità conseguita, e sempre videro chiaro che la felicità non sta nel piacere, ma nella marcia verso il piacere; o, come diceva Cervantes, che è meglio il cammino che la locanda. Quelle utopie sono giustamente invenzioni dei cervelli più attivi e più temerariamente ironici, i quali le costruivano per aizzare la sensibilità ottusa e contentiziosa dei loro contemporanei. Sensazione, non si dimentichi, suppone sempre dislivello: è sensazione di un dislivello tra lo stato presente nostro e un altro stato che anticipiamo. Quelli che abitavano accanto alla caduta d’acque che gli antichi chiamavano Catadupa non percepivano lo strepito in mezzo al quale vivevano. Omero con i suoi Feaci, Platone con la sua Atlantide, l’arabo anonimo con la sua isola di Huac-Huac, l’indiano con la sua Uttara Kuru, non pretesero altra cosa che presentare agli uomini una società dove la vita si muoveva più soavemente, affinché sentissero con più rigore i dolori della vita che vivevano. Così, le utopie classiche, lungi dall’essere codarde fughe romantiche in cui si gode estaticamente dell’irreale, furono e sono state reattivi all’attività remissiva, fermento per cuori in cui il sangue si stagna; non viziosa delazione, ma severa disciplina.

Non importa, dunque, molto che quegli antichi miti disciplinari siano stati sfrattati dalla mappa. L’immaginazione, dice Alfredo de Musset, può dispiegare in un vuoto come quello della mano ali immense capaci di coprire l’orizzonte. Così, pieno di realtà geografiche il globo terracqueo, grazie alle scoperte e alle esplorazioni, approfittano ancora in Spagna alcuni degli interstizi del reale per suscitare una contrada utopica, un modo virtuale, al quale chiamano Europa, e con il quale pretendono, forse, amareggiare un poco di più la maturità disincantata di don Miguel de Unamuno, discepolo di don Miguel de Molinos più che di Miguel de Cervantes.

Ma tutto questo è vaga ideologia. L’importante è che in quell’articolo inciampai in queste frasi: «Ci troviamo con che regioni situate in estrema prossimità alla cultura originaria e accanto alle grandi vie del commercio universale, permangono, nondimeno, sconosciute alla data. Mi riferisco al Rif, sul quale finora solo geografi arabi e il marchese di Segonzac ci hanno detto qualcosa». Rettifichi il lettore un errore di dettaglio, aggiungendo il nome di Augusto Mouliéras; ma una volta fatta questa rettificazione, mediti un poco su ciò che questo significa.

Il Rif, accanto al quale si è realizzata tutta la storia occidentale — non un popolo remoto, perduto, sommerso in mezzo a mostruoso clima e indomabili montagne, ma lì al fianco, nostro vicino — è uno dei pezzi di terra che restano da scoprire. Com’è possibile? Che spiegazione ha?

C’è un popolo, la Spagna, nel quale si parla con frequenza dei diritti storici che sopra il Marocco gli competono, e specialmente sopra la costa mediterranea del Mogreb el Aksa. Orbene; tutto il diritto storico è il rovescio di un’obbligazione storica, di una missione culturale. Il Rif si trova nella costa mediterranea marocchina; la Spagna possiede sopra di esso un diritto storico e un’obbligazione secolare. La Spagna è un paese che, pronto a realizzare gesta e missioni che non lo riguardavano — come cacciare i giudei, conquistare l’America, dominare le Fiandre e l’Italia, combattere la Riforma, appoggiare il potere temporale dei Papi —, lascia, invece, inadempiute, con tenacità incomprensibile, le missioni più chiare ed elementari che la storia gli propone: così, l’europeizzazione dell’Africa da Tunisi alle Canarie e al Sahara. Questa è la spiegazione di quel fatto tanto semplice, tanto grave, tanto assurdo che il Rif sia oggi più ignorato del Tibet e tanto sconosciuto come il Tibesti. E poiché la Spagna non rese possibile a sua ora l’integrazione del Rif nell’atmosfera europea, sarà il Rif penetrato a controtempo e malamente e in fretta, alla carica della baionetta, quando è già un popolo pietrificato, difficile da riorganizzare e innestare con elementi europei.

Per questo ordine potrei seguire commentando quel fatto inverosimile; ma darei in quel pertinace pessimismo di cui sono accusato e finirei col dire che il giorno in cui si cominci a elaborare la storia della Spagna con spirito filosofico, cioè, scientifico, non meramente erudito, ci si offrirà la strana fisionomia di una casta che ha solito vivere al rovescio. Vedete?

Restiamo, dunque, in che il Rif; e in generale il Marocco, dove quasi si parla spagnolo, dove abitano più spagnoli che genti di altra nazione europea, dove ci sono centomila giudei fratelli, molti dei quali conservano la bella vecchia lingua nostra, non ci è debitore di questo sacramento moderno della ricerca. Non è ancora molto che da El Imparcial, con un po’ di collera occulta, lamentavo il caso del signor Merry del Val, che si oppose a che il signor Huici, distinto arabista, facesse con l’ambasciata straordinaria il viaggio a Fez. Non ebbe eco quel lamento: vero è che non è ancora organizzata in linea di aggressione la difesa della Spagna, non è membrato il corpo di quelli che si propongano liberare la Spagna dall’inezia trionfante. E mentre i responsabili immediati conducono giocondamente la loro esistenza, noi, i pessimisti, i dolenti, dobbiamo vergognarci per loro!

Cunningham Graham, il democratico, viaggiatore e stilista inglese, mi riferì che, essendo andato una volta a visitare Silvela per parlargli degli interessi spagnoli in Marocco, si trovò con che il famoso governatore confondeva Santa Cruz de Mar Pequeña con Mar Chica, e così ostinato si mostrava nel suo errore, che fu necessario chiedere una mappa e mettere il dito sopra entrambi i punti. Naturalmente, che Santa Cruz de Mar Pequeña ha già lunga storia negli annali dell’inconscienza governamentale.

Ho a la vista l’opera più recente, secondo credo, sul Marocco, composta da Otto C. Artbauer, un austriaco ancora giovane, che dopo aver percorso l’Oriente è penetrato per l’Impero mogrebita in tutte le direzioni, padrone della lingua, fatto alle scorribande, e nel sostanziale dei suoi giudizi degno di credito. Artbauer fece l’ultima campagna di Melilla dal campo rifeño, e le sue note vedranno molto presto la luce. Non diciamo che Artbauer sia molto intelligente, ma per andare e vedere — libri di andare e vedere chiamano gli arabi le loro opere di viaggio — non fa bisogno impiegare tanto talento quanto quello che spende ogni giorno un caudillo liberale per né vedere né andare. Che non è intelligente lo dimostra Artbauer scrivendo un libro sopra i cui dati esatti pesa una crosta ripugnante di odio ai francesi e di disprezzo agli spagnoli. Nel suo odio ai francesi, Artbauer si è fatto realmente un africano.

Sin embargo, ¿qué observaciones podrían lealmente oponerse a párrafos como éste de un capítulo titulado «Los derechos históricos de España»?: «En una ladera oriental del peñasco Dchebel Uarca, cuya punta Norte “Tres Forcas” se adelanta sobre el mar 25 kilómetros, se halla la posesión más antigua de los españoles en tierra marroquí, Melilla. Desde 1496 era ya tiempo más que suficiente para que se hubieran entablado relaciones de amigable vecindad con las porciones de la tribu Gelaia, que habita en aquella tierra tan rica. Mas el comercio con los naturales es poco más crecido que en cualquiera de los otros cinco presidios. Y, sin embargo, Melilla está situada como ningún otro pueblo de la costa de Marruecos para servir de capital a un poderoso comercio interior. Los rifeños bereberes llaman este lugar Tamrirt; esto es, lugar de encuentro. Aquí desemboca el hasta hace poco tan frecuentado camino de Tafilet; parten vías usaderas para Taza y Fez, llegan aquí habitantes de Kebdana y del Rif, porque sería un rodeo excesivo y campo a traviesa buscar por otro lado el cambio de productos. El puerto posee las más raras condiciones para desarrollarse opimamente. A pesar de todo esto, hace un decenio no podía arriesgarse ningún español más allá de las piedras blancas que indicaban el estrecho territorio neutral, sin ser amonestado por saludos de plomo, procedentes de los siempre alerta fusiles rifeños» (96-97). Y añade: «Si los españoles fueran más discretos, más pacientes y enérgicos, podía Melilla acaparar todo el comercio entre el Estrecho de Gibraltar y la capital argelina».

Artbauer ha levantado un acta de acusación contra los procedimientos de la penetración pacífica francesa.

En esto se hallan conformes todos los viajeros no procedentes de la República. Los métodos impuros de Francia, la acción profundamente inmoral que ejerce sobre Marruecos, invitan a la amargura y, naturalmente, a la protesta indignada. Francia en Marruecos es un triste dato de la hipocresía europea: mientras los pueblos que acaudillan los movimientos superiores de cultura parecen haber llegado a una sensibilidad ética exquisita, buscan en las afueras del continente espacios semiocultos donde operar, según los antiguos torpes instintos.

En tanto andábamos distraídos, «Francia ha logrado desde Argelia y El Senegal paralizar la antiquísima, la milenaria ruta de las caravanas que iba de Timbuctú a Marruecos, y ha volcado todo el comercio del interior del coloso africano sobre los puertos franceses, como después se ha apoderado del trato con los grupos oásicos de Figigeter, que antes se realizaba por Tafilet a Marrakech y sobre el Atlas central a Fez».

Según Artbauer, empero, no es el comercio, ni simplemente la utilidad económica, quien empuja el enorme egoísmo francés sobre Marruecos: es la necesidad de soldados. Artbauer cita en su apoyo unas palabras de Mouliéras: «Si Argelia y Túnez juntas pueden darnos 300.000 soldados mahometanos, ¿qué no es de esperar de Marruecos, cuando definitivamente entre el dominio francés? Ese día será dueña del universo. ¿Qué ejército europeo podrá resistir el empuje de dos millones de bereberes y árabes armados y disciplinados a la francesa? ¡Qué admirable imperio colonial tendríamos en el África del Noroeste! ¡Túnez, Argelia, Marruecos! Sobre todo Marruecos, que vale más que los otros dos juntos. ¡Marruecos, el país incomparable de África, que algún día, según esperamos, será la flor más hermosa de la corona de la colonización francesa!»

¡Los bereberes sobre el Rin! ¡Terrible imaginación, que recuerda aquella policía negra de la novela de Wells conducida del Senegal en gigantescos aeroplanos contra los pobres trabajadores europeos alzados en rebelión frente a los Sindicatos!

Lo cierto es que Francia envía a Marruecos algunas figuras verdaderamente extrañas, equívocas y sugestivas. ¿No conocen ustedes a monsieur Say, el fundador de Port Say, junto al cabo de Agua? Es un tipo magnífico de colonizador, magnífico ejemplar de esos termitas que las razas ricas de energías despiden allá lejos, pero que donde caen agarran y, a veces, si les sopla la fortuna, labran, labran y acaban por construir a la metrópoli un órgano social supletorio, una factoría, una ciudad o una provincia.

Quien nos cuenta la historia de monsieur Say es Karow en su libro Nueve años al servicio de Marruecos (1909). Pero ustedes tal vez no recuerden quién es Karow. En cambio, no se habrán olvidado de un melancólico personaje que estos últimos años asomaba con harta frecuencia su menuda fisonomía por entre las líneas de los telegramas periodísticos: me refiero a el Turquí, o, mejor dicho, et-Turquí. ¿Hacen ustedes memoria? Era un pequeño buque fantasma que recorría incansable la costa mogrebita desde Achrut, junto al Muluya, hasta el Cabo Juby, última avanzada marroquí, allá en el Atlántico, donde el desierto abre su inmensa planicie desolada, su infinita arena ardiente. Indefectiblemente, poco después de que en un punto cualquiera de la costa acaeciera algún suceso grave, una trastada de Bu-Hamara, por ejemplo, hacía su aparición el bravo vaporcito con sus cañones atados a babor y estribor: daba de sí algunos disparos sonoros, amenazadores, pavorosos, que caían sobre la ribera, poco antes inquieta, entonces ya sumida en su tórrido sopor. Otras veces el Turquí iba y venía con solicitud de menina trayendo y llevando grandes personajes mogrebitas, que en ocasiones cargaban la menuda embarcación con todo el peso de su harem, con toda la impedimenta de su amplia lujuria semítica. Y así, un día y otro en curva ruta, valiente, avizor, temerón, hacía camino a lo largo de la costa como un perrico de pastor que toma incesante y enérgico la vuelta al ganado. Éste era el Turquí, cifra y residuo postrero de la Armada marroquí. Al mando de él se hallaba un alemán, creo que de Baviera, hombre tranquilo, de humor jocundo, siempre con buen talante, discreto, sin vanidad tudesca, de mirada curiosa y ameno decir: era el señor Karow.

El libro que ha publicado debía traducirse al español porque es la vida de Marruecos vista desde dentro, desde el Turquí, especie de corazón flotante del Imperio, y vista por un hombre sin prejuicios, con un grato sentir sanchopancesco.

Nos cuenta mil pequeñas historias sobremanera curiosas y precisas que, acaso mejor que nada, revelan la fisiología y la patología actuales del sultanado.

Una de estas historias es la de monsieur Say.

El Imparcial, 31 de mayo de 1911

II

MONSIEUR SAY, TERMITA

Uno de los menesteres del Turquí era servir las guarniciones jerifianas del Peñón, Farjana y Uchda. Para llevar provisión y soldados a esta última, el Turquí anclaba frente a Achrut y Casba Saida, en la orilla occidental del Muluya.

Del otro lado de este río, junto al mar —refiere Karow— habíase hacendado, algunos años antes, un francés, monsieur Louis Say. Su propiedad era limitada por el río Riss al Oeste, por las montañas al Este, y al Norte el mar: total, una hacienda de próximamente un kilómetro y medio cuadrados, hermosa, llana y en parte muy fértil. Monsieur Say tenía la intención de edificar a su costa sobre este terreno una ciudad y un puerto, y dar al conjunto el nombre de «Port Say».

Hacía tres años no existía allí más que un desierto, donde habitó bajo una simple choza; ahora había surgido ya un pueblecito con muchas casas concluidas y a medio edificar, y, entre ellas, amplias y lindas calles. También se había comenzado el puerto. Los próximos montes proveían de excelentes y abundantes materiales.

Las autoridades francesas tuvieron al principio escasa comprensión para los amplios planes de monsieur Say y le ponían todo género de dificultades, la mayor parte debidas a intrigas de Nemours. Porque en Nemours, distante sólo unos treinta kilómetros, se miraba a Port Say, aquel mínimo óvulo de una ciudad posible, como un peligroso concurrente, sobre todo por su proyectado puerto, con quien nunca podía competir la mísera rada abierta de Nemours. En fin, Port Say, situado en la frontera marroquí, era más fácil de alcanzar desde el interior.

Pero monsieur Say no se dejó intimidar: siguió impertérrito construyendo, sin curarse de las hostilidades que de todos lados sobre él caían. A la postre consiguió que el Gobierno se volviera en su amistad. Los oficiales de las estaciones militares inmediatas, que hasta entonces le habían tenido por un loco ilusionista y, no obstante ser oficial retirado de Marina, evitaban su trato, comenzaron a aproximarse. Por último, cuando fue enviado un empleado de Aduanas a Port Say, y, consiguientemente, reconocido oficialmente el pueblo como tal, creyó su fundador hallarse al cabo de las dificultades.

Los trabajos eran realizados, bajo su dirección, por ingenieros franceses; pero, desgraciadamente, no los sabía escoger bien. Poco perito del corazón humano sufrió frecuentes desengaños, y trabajos errados le costaron pérdidas de dinero y de tiempo.

However, what observations could loyally be opposed to paragraphs like this one from a chapter entitled «The Historical Rights of Spain»?: «On an eastern slope of the rock Dchebel Uarca, whose North point “Tres Forcas” advances over the sea 25 kilometers, lies the oldest possession of the Spaniards in Moroccan land, Melilla. Since 1496 it was already more than enough time for relations of friendly neighborhood to have been entered into with the portions of the Gelaia tribe that inhabits that so rich land. But the commerce with the natives is little more grown than in any of the other five presidios. And yet, Melilla is situated like no other town of the Moroccan coast to serve as capital for a powerful interior commerce. The Riffian Berbers call this place Tamrirt; that is, meeting place. Here empties the until recently so frequented road of Tafilet; used routes depart for Taza and Fez, inhabitants of Kebdana and of the Rif arrive here, because it would be an excessive detour and cross country to seek on another side the exchange of products. The port possesses the rarest conditions to develop opulently. Despite all this, a decade ago no Spaniard could risk himself beyond the white stones that indicated the narrow neutral territory, without being admonished by leaden greetings, coming from the always alert Riffian rifles» (96-97). And he adds: «If the Spaniards were more discreet, more patient and energetic, Melilla could monopolize all the commerce between the Strait of Gibraltar and the Algerian capital».

Artbauer has raised an indictment against the procedures of the French peaceful penetration.

In this all the travelers not coming from the Republic are in agreement. The impure methods of France, the profoundly immoral action it exercises over Morocco, invite to bitterness and, naturally, to indignant protest. France in Morocco is a sad datum of European hypocrisy: while the peoples that lead the superior movements of culture seem to have arrived at an exquisite ethical sensibility, they seek in the outskirts of the continent semi-hidden spaces where to operate, according to the old clumsy instincts.

While we went distracted, «France has managed from Algeria and Senegal to paralyze the most ancient, the millenary route of the caravans that went from Timbuktu to Morocco, and has poured all the commerce of the interior of the African colossus upon the French ports, as afterwards it has seized the traffic with the oasis groups of Figigeter, which before was realized by Tafilet to Marrakech and over the central Atlas to Fez».

According to Artbauer, however, it is not commerce, nor simply economic utility, that pushes the enormous French egoism over Morocco: it is the need for soldiers. Artbauer cites in his support some words of Mouliéras: «If Algeria and Tunis together can give us 300,000 Mohammedan soldiers, what is not to be hoped from Morocco, when it definitively enters the French dominion? That day she will be mistress of the universe. What European army could resist the thrust of two million Berbers and Arabs armed and disciplined in the French manner? What admirable colonial empire we would have in Northwest Africa! Tunis, Algeria, Morocco! Above all Morocco, which is worth more than the other two together. Morocco, the incomparable country of Africa, which one day, as we hope, will be the most beautiful flower of the crown of French colonization!»”

The Berbers on the Rhine! Terrible imagination, which recalls that black police of Wells’s novel brought from Senegal in gigantic aeroplanes against the poor European workers risen in rebellion before the Unions!

What is certain is that France sends to Morocco some truly strange, equivocal and suggestive figures. Do you not know monsieur Say, the founder of Port Say, beside Cape de Agua? He is a magnificent type of colonizer, magnificent specimen of those termites that the races rich in energies send off far away, but which where they fall grip and, sometimes, if the good fortune blows on them, work, work and end up building for the metropolis a supplementary social organ, a factory, a city or a province.

Who tells us the story of monsieur Say is Karow in his book Nine Years in the Service of Morocco (1909). But perhaps you do not remember who Karow is. In exchange, you will not have forgotten a melancholy character who these last years showed with great frequency his small physiognomy among the lines of the journalistic telegrams: I refer to the Turk or, better said, et-Turquí. Do you remember? He was a small phantom ship that tirelessly traversed the Moghrebite coast from Achrut, beside the Muluya, to Cape Juby, last Moroccan outpost, there in the Atlantic, where the desert opens its immense desolate plain, its infinite burning sand. Infallibly, shortly after at any point of the coast some grave event happened, a prank of Bu-Hamara, for example, the brave little steamer made its appearance with its cannons tied to port and starboard: it gave off some sonorous, threatening, frightful shots, which fell on the shore, shortly before restless, then already sunk in its torrid torpor. Other times the Turk came and went with the solicitude of a handmaid bringing and carrying great Moghrebite personages, who on occasions loaded the small vessel with all the weight of their harem, with all the impedimenta of their ample Semitic luxury. And so, one day and another in curved route, brave, vigilant, boastful, it made its way along the coast like a shepherd’s little dog that takes incessant and energetic the turn around the flock. This was the Turk, cipher and last remnant of the Moroccan Navy. In command of it was a German, I believe from Bavaria, a tranquil man, of jocund humor, always of good disposition, discreet, without Teutonic vanity, of curious gaze and pleasant speech: he was Señor Karow.

The book he has published should be translated into Spanish because it is the life of Morocco seen from within, from the Turk, a sort of floating heart of the Empire, and seen by a man without prejudices, with a pleasant Sancho-Panza-like feeling.

He tells us a thousand small stories extremely curious and precise that, perhaps better than anything, reveal the current physiology and pathology of the sultanate.

One of these stories is that of monsieur Say.

El Imparcial, May 31, 1911

II

MONSIEUR SAY, TERMITE

One of the tasks of the Turk was to serve the Sharifian garrisons of the Peñón, Farjana and Uchda. To carry provisions and soldiers to the last, the Turk anchored before Achrut and Casba Saida, on the western bank of the Muluya.

On the other side of this river, beside the sea — relates Karow — a Frenchman, monsieur Louis Say, had settled, some years before. His property was bounded by the river Riss to the West, by the mountains to the East, and to the North the sea: in total, an estate of approximately a square kilometer and a half, beautiful, flat and in part very fertile. Monsieur Say had the intention of building at his own expense on this terrain a city and a port, and give to the whole the name of «Port Say».

Three years before there existed there nothing but a desert, where he lived under a simple hut; now there had already arisen a small town with many houses finished and half built, and, among them, wide and pretty streets. The port had also been begun. The nearby mountains provided excellent and abundant materials.

The French authorities had at first little understanding for the ample plans of monsieur Say and put before him all kinds of difficulties, most of them due to intrigues of Nemours. Because in Nemours, only some thirty kilometers away, Port Say, that minimal ovule of a possible city, was looked at as a dangerous competitor, above all for its projected port, with which the miserable open roadstead of Nemours could never compete. In short, Port Say, situated on the Moroccan frontier, was easier to reach from the interior.

But monsieur Say did not let himself be intimidated: he continued imperturbable building, without caring for the hostilities that from all sides fell upon him. In the end he managed that the Government turned into his friendship. The officers of the immediate military stations, who until then had taken him for a mad illusionist and, notwithstanding he was a retired Navy officer, avoided his company, began to approach. At last, when a Customs employee was sent to Port Say, and, consequently, the town officially recognized as such, its founder believed himself at the end of the difficulties.

The works were carried out, under his direction, by French engineers; but, unfortunately, he did not know how to choose them well. Little expert in the human heart he suffered frequent disappointments, and mistaken works cost him losses of money and time.

Tuttavia, che osservazioni potrebbero lealmente opporsi a paragrafi come questo di un capitolo intitolato «I diritti storici della Spagna»?: «In un fianco orientale della rocca Dchebel Uarca, la cui punta Nord “Tres Forcas” si avanza sopra il mare 25 chilometri, si trova il possedimento più antico degli spagnoli in terra marocchina, Melilla. Dal 1496 era già tempo più che sufficiente perché si fossero intavolate relazioni di amichevole vicinato con le porzioni della tribù Gelaia, che abita in quella terra tanto ricca. Ma il commercio con i naturali è poco più cresciuto che in qualunque degli altri cinque presidi. E, tuttavia, Melilla è situata come nessun altro popolo della costa del Marocco per servire da capitale a un potente commercio interiore. I rifeños berberi chiamano questo luogo Tamrirt; cioè, luogo d’incontro. Qui sbocca il finora tanto frequentato cammino di Tafilet; partono vie usadere per Taza e Fez, arrivano qui abitanti di Kebdana e del Rif, perché sarebbe un giro eccessivo e campagna a traversa cercare per altro lato lo scambio di prodotti. Il porto possiede le più rare condizioni per svilupparsi opimamente. Nonostante tutto ciò, un decennio fa nessuno spagnolo poteva arrischiarsi oltre le pietre bianche che indicavano lo stretto territorio neutrale, senza essere ammonito da saluti di piombo, provenienti dai sempre vigili fucili rifeños» (96-97). E aggiunge: «Se gli spagnoli fossero più discreti, più pazienti ed energici, potrebbe Melilla accaparrare tutto il commercio tra lo Stretto di Gibilterra e la capitale algerina».

Artbauer ha levato un atto di accusa contro i procedimenti della penetrazione pacifica francese.

In questo si trovano conformi tutti i viaggiatori non provenienti dalla Repubblica. I metodi impuri della Francia, l’azione profondamente immorale che esercita sopra il Marocco, invitano all’amarezza e, naturalmente, alla protesta indignata. La Francia in Marocco è un triste dato dell’ipocrisia europea: mentre i popoli che acaudillano i movimenti superiori di cultura sembrano essere arrivati a una sensibilità etica squisita, cercano nei dintorni del continente spazi semiosculti dove operare, secondo gli antichi torpi istinti.

Mentre andavamo distratti, «la Francia ha conseguito dall’Algeria e dal Senegal paralizzare l’antichissima, la millenaria via delle carovane che andava da Timbuctù al Marocco, e ha riversato tutto il commercio dell’interno del colosso africano sopra i porti francesi, come dopo si è impadronita del tratto con i gruppi oasici di Figigeter, che prima si realizzava per Tafilet a Marrakech e sopra l’Atlante centrale a Fez».

Secondo Artbauer, però, non è il commercio, né semplicemente l’utilità economica, chi spinge l’enorme egoismo francese sopra il Marocco: è la necessità di soldati. Artbauer cita in suo appoggio alcune parole di Mouliéras: «Se l’Algeria e Tunisi insieme possono darci 300.000 soldati maomettani, che cosa non è da sperare dal Marocco, quando definitivamente entri nel dominio francese? Quel giorno sarà padrona dell’universo. Che esercito europeo potrà resistere all’urto di due milioni di berberi e arabi armati e disciplinati alla francese? Che ammirabile impero coloniale avremmo nell’Africa del Nord-Ovest! Tunisi, Algeria, Marocco! Soprattutto il Marocco, che vale più degli altri due insieme. Marocco, il paese incomparabile d’Africa, che un giorno, secondo speriamo, sarà il fiore più bello della corona della colonizzazione francese!»

I berberi sul Reno! Terribile immaginazione, che ricorda quella polizia nera del romanzo di Wells condotta dal Senegal in giganteschi aeroplani contro i poveri lavoratori europei alzati in ribellione di fronte ai Sindacati!

Il certo è che la Francia invia in Marocco alcune figure veramente strane, equivoche e suggestive. Non conoscete monsieur Say, il fondatore di Port Say, accanto al capo de Agua? È un tipo magnifico di colonizzatore, magnifico esemplare di quelle termiti che le razze ricche di energie sguinzagliano laggiù lontano, ma che dove cadono attaccano e, a volte, se li soffia la fortuna, lavorano, lavorano e finiscono per costruire alla metropoli un organo sociale suppletorio, una factoria, una città o una provincia.

Chi ci racconta la storia di monsieur Say è Karow nel suo libro Nove anni al servizio del Marocco (1909). Ma forse voi non ricordate chi è Karow. Invece, non vi sarete dimenticati di un malinconico personaggio che questi ultimi anni affiorava con molta frequenza la sua piccola fisionomia tra le righe dei telegrammi giornalistici: mi riferisco al Turco o, meglio detto, et-Turquí. Fate memoria? Era una piccola nave fantasma che percorreva instancabile la costa mogrebita da Achrut, accanto al Muluya, fino al Capo Juby, ultima avanzata marocchina, laggiù nell’Atlantico, dove il deserto apre la sua immensa pianura desolata, la sua infinita sabbia ardente. Indefettibilmente, poco dopo che in un punto qualunque della costa accadesse qualche avvenimento grave, una marachella di Bu-Hamara, per esempio, faceva la sua apparizione il bravo vaporino con i suoi cannoni legati a babordo e a tribordo: dava di sé alcuni spari sonori, minacciosi, paurosi, che cadevano sulla riva, poco prima inquieta, allora già sommersa nel suo torrido sopore. Altre volte il Turco andava e veniva con sollecitudine di menina portando e riportando grandi personaggi mogrebiti, che in occasioni caricavano la piccola imbarcazione con tutto il peso del loro harem, con tutta l’impedimenta della loro ampia lussuria semitica. E così, un giorno e l’altro in curva rotta, valoroso, vigile, gradasso, faceva cammino lungo la costa come un cagnolino da pastore che prende incessante ed energico la volta al gregge. Questo era il Turco, cifra e residuo postremo della Armata marocchina. Al comando di esso si trovava un tedesco, credo di Baviera, uomo tranquillo, di umore giocondo, sempre di buona grazia, discreto, senza vanità tedesca, di sguardo curioso e amenissimo dire: era il signor Karow.

Il libro che ha pubblicato dovrebbe tradursi in spagnolo perché è la vita del Marocco vista dall’interno, dal Turco, specie di cuore fluttuante dell’Impero, e vista da un uomo senza pregiudizi, con un grato sentire sanciopancesco.

Ci racconta mille piccole storie oltremodo curiose e precise che, forse meglio di nulla, rivelano la fisiologia e la patologia attuali del sultanato.

Una di queste storie è quella di monsieur Say.

El Imparcial, 31 maggio 1911

II

MONSIEUR SAY, TERMITE

Uno dei compiti del Turco era servire le guarnigioni sceriffiane del Peñón, Farjana e Uchda. Per portare provvista e soldati a quest’ultima, il Turco ancorava di fronte ad Achrut e Casba Saida, nella riva occidentale del Muluya.

Dall’altro lato di questo fiume, accanto al mare — riferisce Karow — si era fatto massaro, alcuni anni prima, un francese, monsieur Louis Say. La sua proprietà era limitata dal fiume Riss all’Ovest, dalle montagne all’Est, e al Nord il mare: totale, una fattoria di prossimamente un chilometro e mezzo quadrato, bella, piana e in parte molto fertile. Monsieur Say aveva l’intenzione di edificare a sue spese sopra questo terreno una città e un porto, e dare all’insieme il nome di «Port Say».

Tre anni prima non esisteva lì più che un deserto, dove abitò sotto una semplice capanna; ora era già sorto un paesino con molte case concluse e a mezzo edificare, e, tra esse, ampie e belle vie. Si era anche cominciato il porto. I prossimi monti fornivano eccellenti e abbondanti materiali.

Le autorità francesi ebbero all’inizio scarsa comprensione per gli ampi piani di monsieur Say e gli mettevano ogni genere di difficoltà, la maggior parte dovute a intrighi di Nemours. Perché in Nemours, distante solo una trentina di chilometri, si guardava a Port Say, quel minimo ovulo di una città possibile, come a un pericoloso concorrente, soprattutto per il suo progettato porto, con cui non poteva mai competere la misera rada aperta di Nemours. Insomma, Port Say, situato nella frontiera marocchina, era più facile da raggiungere dall’interno.

Ma monsieur Say non si lasciò intimorire: seguì imperterrito costruendo, senza curarsi delle ostilità che da tutti i lati sopra di lui cadevano. Alla fine riuscì che il Governo si volgesse in sua amicizia. Gli ufficiali delle stazioni militari immediate, che fino allora lo avevano tenuto per un pazzo illusionista e, nonostante fosse ufficiale ritirato di Marina, evitavano il suo tratto, cominciarono ad avvicinarsi. Per ultimo, quando fu inviato un impiegato di Dogana a Port Say, e, conseguentemente, riconosciuto ufficialmente il paese come tale, credette il suo fondatore di trovarsi al termine delle difficoltà.

I lavori erano realizzati, sotto la sua direzione, da ingegneri francesi; ma, disgraziatamente, non li sapeva scegliere bene. Poco esperto del cuore umano soffrì frequenti disinganni, e lavori errati gli costarono perdite di denaro e di tempo.

Por lo demás, reinaba en Port Say siempre buen humor entre los pocos franceses distinguidos que allí se reunían. Se pasaba el tiempo de la mejor manera, y, como no solía haber señoras, no eran graves las preocupaciones por el traje. Monsieur Say solía recibir en camiseta, con pantalones cortos de pana, alpargatas y sin medias. ¡Verdaderamente —exclamaba Karow— una vida fronteriza! Por la noche, a la hora de comer, la indumentaria no variaba; a lo sumo, Say se ponía un cuello, pero jamás medias ni cosa que las valiera.

Algún tiempo después recibe el Turquí la orden de vigilar, y aun cañonear, la Restinga, porque se decía que, bajo el amparo ilegal del Roguí, trataban algunos franceses de establecer allí una factoría. Apenas llegado a Achrut, Karow se entera de que monsieur Say y toda su compañía se han declarado súbitamente partidarios acérrimos del embaucador y juegamanos que aspiraba al sultanado. Al principio —refiere Karow— me pareció inverosímil que monsieur Say anduviera en tan oscuros negocios; pero pronto me fue confirmado el hecho por testimonios franceses en Port Say mismo. Primero me contó un empleado de Say, su jardinero, que, a la sazón, se hallaban en Mar Chica dos amigos de aquél; que el propio Say había marchado a Francia en busca de dinero para Bu-Hamara, y que su yate de recreo, encargado hasta entonces del tráfico entre Port Say y Mar Chica, había embarrancado pocos días antes junto a la factoría.

Lo ocurrido era lo siguiente: Bourmancé, hijastro de Say, un joven fantástico con veleidades anarquistas, había entablado desde tiempo atrás relaciones con Bu-Hamara y hacía frecuentes viajes a Zeluán y Mar Chica. Diose maña para convencer a Say de que le acompañara en uno de estos viajes. En enero, efectivamente, marchó en su yate a aquellos lugares y quedó entusiasmado de la comarca, porque vio al punto con cuánta facilidad podía disponerse allí un puerto capaz y seguro. Proporcionáronse una entrevista de dos horas con Bu-Hamara. El pretendiente se mantuvo, mientras duró la conversación, con un revólver en cada mano; sobre una mesa, ante él había hasta una docena de revólveres. Frente a él se arrodillaron Say y otro francés respetuosamente e inclinaron sus torsos. Bu-Hamara pedía por la concesión del puerto de Mar Chica un millón contante de francos y 1.500 fusiles; en cambio, prometía a monsieur Say, para el caso que lograra elevarse a sultán de Marruecos, toda la costa desde Melilla hasta el Riss, con un interior hasta las montañas próximas. Say permaneció unos diez días en Mar Chica, y se decidió a perforar la Restinga para convertir de este modo la laguna en un puerto natural y seguro. En el extremo Este pensaba situar una ciudad, que había de llamarse Mohamediya, donde se concentraría todo el comercio de tierra adentro. Vuelto a Port Say, partió en seguida a Francia en busca del dinero, mientras Bourmancé, en el yate, tornaba a Mar Chica. Este joven fantástico —prorrumpe indignado Karow, fiel al señor que sirve— se permitió el chiste de izar, en lugar de la francesa, la bandera verde del pretendiente, cosa que enfureció no poco a las tropas del sultán, reunidas en la Alcazaba de Saida. Y cuando aquella misma noche encalló el yate, lo consideraron como castigo de Allah por la osadía francesa. Bourmancé y Delbrell, el francés jefe de Estado Mayor de Bu-Hamara, hicieron los imposibles para mover a éste a que atacara las tropas leales de la Alcazaba, sin conseguirlo, porque sus partidarios andaban malhumorados y sospechosos y llevaban con enojo los tratos del Roguí con los franceses sobre el venderles la patria.

Todo esto enfrió las amistades entre Karow, servidor del sultán, y monsieur Say, que, arrimado al pretendiente, andaba comprando la tierra, y no a su dueño, por cuenta de Francia, por lo menos, a ciencia y paciencia de ésta. En las posteriores arribadas procuró no verle, hasta que una vez, cediendo a reiteradas solicitudes, fue a visitarle en compañía de un matrimonio alemán y los señores Manesmann —según creo, los que obtuvieron del sultán la concesión de las minas en Beni-Bu-Ifror— y algunas otras personas. En casa de monsieur Say les fue servido el té: sólo Karow tuvo la ocurrencia de pedir en su lugar una copa de coñac. Se dio el caso raro —nota aquí el marino— de que todos los que tomaron té sufrieron a poco desarreglos intestinales, mientras yo permanecí en completa salud. ¿Por ventura monsieur Say es hombre de tan antigua cepa colonizadora que no duda en echar mano de los diversos medios consagrados en la historia por los más famosos conquistadores? Claro que yo no hago sino extractar un libro cuyos datos me merecen todo crédito: ni supongo ni propongo: expongo meramente los rasgos de esta curiosa fisonomía, de este monsieur Say, manual del perfecto colonizador.

Los planes sobre Mar Chica fracasaron: Karow recoge el rumor de que monsieur Say había recibido 20.000 francos del Gobierno marroquí a cambio de que renunciara a sus manejos con Bu-Hamara.

La vida elemental de Port Say avanzaba lentamente; pasaban los días con monótono fluir, uno igual a otro. Pero de pronto el horizonte va a animarse; una nueva fisonomía va a completar este arca de Noé colonial con su par de colonizadores de cada especie. Hasta ahora faltaba la colonizadora. Pero he aquí que un día de entre los días va a ascender del mar, como Afrodita anadiómene, y va a enriquecer con su magnífica figura la ciudad incipiente.

Karow arriba en una ocasión con el temible y tonitruante Turquí a la usada ribera de Achrut, trasladándose a Port Say y recibe la noticia de que poco antes había llegado una dama.

Debieron ser aquellos momentos de esplendor incalculable para Port Say. Según los saint-simonianos, la sociedad ha de ser regenerada, no por un hombre, sino por una pareja, pues, en su opinión, el individuo social no es un hombre, sino un hombre y una mujer en unitario, íntimo enlace. Ya tenían al Padre, como ellos decían a Enfantin; pero faltaba la Madre. En sus reuniones de Ménilmontant, que se celebraban con un complicado rito jerárquico, colocábase junto al sillón del Padre otro sillón de respeto: era el que correspondía a la Madre, la deseada, la esperada, que demoraba su adviento. ¡Qué sublime regocijo el día que se presentara!

Calculen ustedes la que habría en Port Say el día que se presentó madame Du Gast anadiómene. Sí, señor lector; madame Du Gast. Venía, empero, de pasada, camino de Fez. El Telegrama del Rif había referido la inclinación de esta señora hacia Bu-Hamara; decíase que era muy rica, que ofrecía al pretendiente oro, armas y municiones a cambio de concesiones mineras y licitud para emprender la construcción de ferrocarriles. Según Karow, la intervención del general Marina desvaneció estos proyectos.

Ello es que el propio monsieur Say presentó a Karow dos oficiales franceses, de los que decía ser adláteres puestos por el Gobierno a madame Du Gast. Ésta llevaba una carta especial de recomendación para el Sultán.

El Turquí pasa a Melilla. Su capitán va por la tarde a tierra, y en el hotel Africana distrae el tiempo con unos amigos. El vapor francés Zenith ancla: madame Du Gast, seguida de sus dos compañeros, vestidos ahora de civil, se traslada del barco al hotel. «En el muelle —dice Karow— la recibe un caballero que en el hotel me nombraron como un señor C… A lo que luego supe, este C… era un contrabandista francés que, poco antes, había estado en Zeluán. Hospedose en el hotel Africana y dejó la cuenta sin pagar. Muchos afirmaban que se trataba de un agente de madame Du Gast, cosa que me pareció muy verosímil cuando vi la solicitud con que se ocupaba de esta señora y de su equipaje, y luego partía con ella en su coche. La hostelera de Africana hizo aquel mismo día una visita a madame Du Gast y le rogó que pagara la cuenta de C…; pero ella rehusó, declarándose irresponsable de las deudas privadas de sus amigos. Al mismo tiempo recibía yo una carta de Mohamed Torres, en que me pedía que inspeccionara atentamente los manejos de C… y de un cierto B…, porque ambos intentaban en breve desembarcar una gran cantidad de armas y municiones para el pretendiente.

»Pareciome —prosigue el autor—, en verdad, bastante sorprendente cuanto vi y oí de estas gentes. Madame Du Gast marchó a Fez con oficiales franceses, después de haber ensayado cerrar negocios con el pretendiente, y mientras uno de sus agentes trabajaba todavía con él. C… siguió sin pagar su cuenta en la fonda. B…, que andaba en todo el intríngulis, era hermano de un alto empleado francés en Argel. Pero, sobre todo ello, me parecían incalificables las andanzas de madame Du Gast, que, por encargo de su Gobierno, ejercía aquel juego doble. No pude menos de poner en autos de todo a Torres, invitándole a desconfiar del nuevo método de atracción francesa, la hermosa señora Du Gast».

For the rest, there always reigned in Port Say good humor among the few distinguished Frenchmen who gathered there. Time was passed in the best way, and, since there usually were no ladies, the worries about dress were not grave. Monsieur Say used to receive in undershirt, with short corduroy trousers, espadrilles and without stockings. Truly — exclaimed Karow — a frontier life! At night, at the dinner hour, the attire did not vary; at most, Say put on a collar, but never stockings nor anything that might serve for them.

Some time later the Turk receives the order to watch, and even to cannonade, the Restinga, because it was said that, under the illegal protection of the Roguí, some Frenchmen were trying to establish there a factory. Scarcely arrived at Achrut, Karow learns that monsieur Say and his whole company have suddenly declared themselves staunch partisans of the swindler and gambler who aspired to the sultanate. At first — relates Karow — it seemed to me improbable that monsieur Say was involved in such dark business; but soon the fact was confirmed to me by French testimonies in Port Say itself. First an employee of Say, his gardener, told me that, at that time, two friends of his were in Mar Chica; that Say himself had left for France in search of money for Bu-Hamara, and that his pleasure yacht, in charge until then of the traffic between Port Say and Mar Chica, had run aground a few days before beside the factory.

What had happened was the following: Bourmancé, Say’s stepson, a fantastic young man with anarchist leanings, had for some time entered into relations with Bu-Hamara and made frequent trips to Zeluán and Mar Chica. He contrived to convince Say to accompany him on one of these trips. In January, in effect, he left in his yacht for those places and was enchanted with the region, because he saw at once with how much facility a capable and safe port could be disposed there. They procured a two-hour interview with Bu-Hamara. The pretender kept himself, while the conversation lasted, with a revolver in each hand; on a table, before him there were up to a dozen revolvers. Before him Say and another Frenchman knelt respectfully and inclined their torsos. Bu-Hamara asked for the concession of the port of Mar Chica a million in ready francs and 1,500 rifles; in exchange, he promised monsieur Say, for the case that he managed to raise himself to sultan of Morocco, the whole coast from Melilla to the Riss, with an interior up to the nearby mountains. Say remained about ten days in Mar Chica, and decided to pierce the Restinga to convert in this way the lagoon into a natural and safe port. At the eastern end he thought of placing a city, which was to be called Mohamediya, where all the commerce of the hinterland would concentrate. Returned to Port Say, he left at once for France in search of the money, while Bourmancé, on the yacht, returned to Mar Chica. This fantastic young man — bursts out indignant Karow, faithful to the master he serves — permitted himself the joke of hoisting, in place of the French, the green flag of the pretender, which infuriated not a little the troops of the sultan, gathered in the Alcazaba of Saida. And when that same night the yacht ran aground, they considered it as a punishment of Allah for the French audacity. Bourmancé and Delbrell, the French chief of Staff of Bu-Hamara, did the impossible to move him to attack the loyal troops of the Alcazaba, without succeeding, because his partisans went ill-humored and suspicious and bore with anger the dealings of the Roguí with the French about selling them the fatherland.

All this cooled the friendships between Karow, servant of the sultan, and monsieur Say, who, leaning on the pretender, was going about buying the land, and not from its owner, on account of France, at least, with its knowledge and patience. In the later arrivals he tried not to see him, until once, yielding to reiterated requests, he went to visit him in company of a German couple and the gentlemen Manesmann — I believe, those who obtained from the sultan the concession of the mines in Beni-Bu-Ifror — and some other persons. In monsieur Say’s house tea was served to them: only Karow had the idea of asking in its place a glass of cognac. The rare case occurred — notes here the sailor — that all who took tea suffered shortly after intestinal disorders, while I remained in complete health. Is monsieur Say by chance a man of so ancient colonizing stock that he does not hesitate to lay hands on the diverse means consecrated in history by the most famous conquerors? Of course I only extract a book whose data merit all my credit: I neither suppose nor propose: I merely expound the traits of this curious physiognomy, of this monsieur Say, manual of the perfect colonizer.

The plans on Mar Chica failed: Karow gathers the rumor that monsieur Say had received 20,000 francs from the Moroccan Government in exchange for renouncing his machinations with Bu-Hamara.

The elemental life of Port Say advanced slowly; the days passed with monotonous flow, one equal to another. But suddenly the horizon is going to liven up; a new physiognomy is going to complete this colonial Noah’s ark with its pair of colonizers of each species. Until now the female colonizer was missing. But behold, one day among the days she is going to ascend from the sea, like Aphrodite Anadyomene, and is going to enrich with her magnificent figure the incipient city.

Karow arrives on one occasion with the terrible and thundering Turk at the usual shore of Achrut, moving to Port Say and receives the news that shortly before a lady had arrived.

Those must have been moments of incalculable splendor for Port Say. According to the Saint-Simonians, society must be regenerated, not by a man, but by a couple, because, in their opinion, the social individual is not a man, but a man and a woman in unitary, intimate union. They already had the Father, as they said to Enfantin; but the Mother was missing. In their meetings at Ménilmontant, which were celebrated with a complicated hierarchical rite, beside the Father’s armchair another armchair of respect was placed: it was the one that corresponded to the Mother, the desired, the awaited, who delayed her advent. What sublime rejoicing the day she presented herself!

Calculate what there would have been in Port Say the day madame Du Gast Anadyomene presented herself. Yes, dear reader; madame Du Gast. She came, however, in passing, on the way to Fez. The Telegrama del Rif had related this lady’s inclination toward Bu-Hamara; it was said that she was very rich, that she offered the pretender gold, arms and munitions in exchange for mining concessions and license to undertake the construction of railroads. According to Karow, the intervention of General Marina dissipated these projects.

The fact is that monsieur Say himself presented to Karow two French officers, of whom he said they were henchmen placed by the Government on madame Du Gast. She carried a special letter of recommendation for the Sultan.

The Turk passes to Melilla. Its captain goes in the afternoon to land, and in the hotel Africana passes the time with some friends. The French steamer Zenith anchors: madame Du Gast, followed by her two companions, now dressed in civilian clothes, moves from the ship to the hotel. «At the quay — says Karow — she is received by a gentleman whom in the hotel they named to me as a certain Mr. C… From what I later learned, this C… was a French smuggler who, shortly before, had been in Zeluán. He lodged in the hotel Africana and left the bill unpaid. Many affirmed that he was an agent of madame Du Gast, which seemed to me very plausible when I saw the solicitude with which he attended to this lady and her luggage, and then left with her in his car. The innkeeper of the Africana made that same day a visit to madame Du Gast and begged her to pay C…‘s bill; but she refused, declaring herself irresponsible for the private debts of her friends. At the same time I received a letter from Mohamed Torres, in which he asked me to inspect attentively the machinations of C… and of a certain B…, because both were attempting shortly to land a great quantity of arms and munitions for the pretender.

»It seemed to me — continues the author —, in truth, quite surprising all that I saw and heard of these people. Madame Du Gast left for Fez with French officers, after having tried to close business with the pretender, and while one of her agents was still working with him. C… continued without paying his bill at the inn. B…, who was in the whole intrigue, was the brother of a high French official in Algiers. But, above all that, the goings-on of madame Du Gast seemed to me unqualifiable, who, by commission of her Government, exercised that double game. I could not but put Torres au courant of everything, inviting him to distrust the new method of French attraction, the beautiful Madame Du Gast».

Per il resto, regnava a Port Say sempre buon umore tra i pochi francesi distinti che lì si riunivano. Si passava il tempo nella migliore maniera, e, come non soleva esserci signore, non erano gravi le preoccupazioni per il vestito. Monsieur Say soleva ricevere in canottiera, con calzoni corti di velluto a coste, espadrillas e senza calze. Veramente — esclamava Karow — una vita di frontiera! Di notte, all’ora di mangiare, l’indumentaria non variava; al massimo, Say si metteva un colletto, ma mai calze né cosa che le valesse.

Qualche tempo dopo riceve il Turco l’ordine di vigilare, e persino cannoneggiare, la Restinga, perché si diceva che, sotto l’amparo illegale del Roguí, trattassero alcuni francesi di stabilire lì una factoria. Appena arrivato ad Achrut, Karow s’informa che monsieur Say e tutta la sua compagnia si sono dichiarati improvvisamente partigiani accaniti dell’imbroglione e giocatore che aspirava al sultanato. All’inizio — riferisce Karow — mi parve inverosimile che monsieur Say andasse in affari tanto oscuri; ma presto mi fu confermato il fatto da testimonianze francesi a Port Say stesso. Prima mi raccontò un impiegato di Say, il suo giardiniere, che, a quel tempo, si trovavano a Mar Chica due amici di quello; che lo stesso Say era partito per la Francia in cerca di denaro per Bu-Hamara, e che il suo yate da diporto, incaricato fino allora del traffico tra Port Say e Mar Chica, si era incagliato pochi giorni prima accanto alla factoria.

L’accaduto era il seguente: Bourmancé, figliastro di Say, un giovane fantastico con velleità anarchiste, aveva intavolato da tempo relazioni con Bu-Hamara e faceva frequenti viaggi a Zeluán e Mar Chica. Si diede mafia per convincere Say ad accompagnarlo in uno di questi viaggi. In gennaio, in effetti, partì nel suo yate per quei luoghi e restò entusiasmato della contrada, perché vide al punto con quanta facilità poteva disporsi lì un porto capace e sicuro. Si procurarono un’intervista di due ore con Bu-Hamara. Il pretendente si mantenne, mentre durò la conversazione, con un revolver in ogni mano; sopra una tavola, davanti a lui c’erano fino a una dozzina di revolver. Davanti a lui si inginocchiarono Say e un altro francese rispettosamente e inclinarono i loro torsi. Bu-Hamara chiedeva per la concessione del porto di Mar Chica un milione contante di franchi e 1.500 fucili; in cambio, prometteva a monsieur Say, per il caso che riuscisse a elevarsi a sultano del Marocco, tutta la costa da Melilla fino al Riss, con un interno fino alle montagne prossime. Say restò una decina di giorni a Mar Chica, e si decise a perforare la Restinga per convertire in questo modo la laguna in un porto naturale e sicuro. Nell’estremo Est pensava situare una città, che doveva chiamarsi Mohamediya, dove si concentrerebbe tutto il commercio di terra dentro. Tornato a Port Say, partì subito per la Francia in cerca del denaro, mentre Bourmancé, nello yate, tornava a Mar Chica. Questo giovane fantastico — prorompe indignato Karow, fedele al signore che serve — si permise lo scherzo di issare, in luogo della francese, la bandiera verde del pretendente, cosa che infuriò non poco le truppe del sultano, riunite nell’Alcazaba di Saida. E quando quella stessa notte si incagliò lo yate, lo considerarono come castigo di Allah per l’audacia francese. Bourmancé e Delbrell, il francese capo di Stato Maggiore di Bu-Hamara, fecero gli impossibili per muoverlo ad attaccare le truppe leali dell’Alcazaba, senza riuscirci, perché i suoi partigiani andavano di malumore e sospettosi e portavano con ira i trattati del Roguí con i francesi sul vender loro la patria.

Tutto questo raffreddò le amicizie tra Karow, servitore del sultano, e monsieur Say, che, appoggiato al pretendente, andava comprando la terra, e non al suo padrone, per conto della Francia, per lo meno, a scienza e pazienza di questa. Nelle posteriori arrivate procurò di non vederlo, fino a che una volta, cedendo a reiterate richieste, andò a visitarlo in compagnia di un matrimonio tedesco e dei signori Manesmann — secondo credo, quelli che ottennero dal sultano la concessione delle miniere in Beni-Bu-Ifror — e alcune altre persone. In casa di monsieur Say fu loro servito il tè: solo Karow ebbe l’idea di chiedere in luogo di esso una coppa di cognac. Si diede il caso raro — nota qui il marinaio — che tutti quelli che presero tè soffrirono poco dopo disturbi intestinali, mentre io rimasi in completa salute. Per avventura monsieur Say è uomo di così antica cepa colonizzatrice che non dubita di mettere mano ai diversi mezzi consacrati nella storia dai più famosi conquistatori? Chiaro che io non faccio che estrarre un libro i cui dati mi meritano tutto il credito: né suppongo né propongo: espongo meramente i tratti di questa curiosa fisionomia, di questo monsieur Say, manuale del perfetto colonizzatore.

I piani su Mar Chica fallirono: Karow raccoglie il rumore che monsieur Say aveva ricevuto 20.000 franchi dal Governo marocchino in cambio che rinunciasse ai suoi maneggi con Bu-Hamara.

La vita elementare di Port Say avanzava lentamente; passavano i giorni con monotono fluire, uno uguale all’altro. Ma di colpo l’orizzonte va ad animarsi; una nuova fisionomia va a completare questa arca di Noè coloniale con il suo paio di colonizzatori di ogni specie. Finora mancava la colonizzatrice. Ma ecco che un giorno tra i giorni va ad ascendere dal mare, come Afrodite anadiómene, e va ad arricchire con la sua magnifica figura la città incipiente.

Karow arriva in un’occasione con il temibile e tonitruante Turco alla solita riva di Achrut, trasferendosi a Port Say e riceve la notizia che poco prima era arrivata una dama.

Dovettero essere quei momenti di splendore incalcolabile per Port Say. Secondo i saint-simonianí, la società dev’essere rigenerata, non da un uomo, ma da una coppia, perché, nella loro opinione, l’individuo sociale non è un uomo, ma un uomo e una donna in unitario, intimo legame. Già avevano il Padre, come essi dicevano a Enfantin; ma mancava la Madre. Nelle loro riunioni di Ménilmontant, che si celebravano con un complicato rito gerarchico, si collocava accanto alla poltrona del Padre un’altra poltrona di rispetto: era quella che corrispondeva alla Madre, la desiderata, la sperata, che indugiava il suo avvento. Che sublime giubilo il giorno che si presentasse!

Calcolate voi quella che ci sarebbe stata a Port Say il giorno che si presentò madame Du Gast anadiómene. Sì, signor lettore; madame Du Gast. Veniva, però, di passaggio, in cammino per Fez. Il Telegrama del Rif aveva riferito l’inclinazione di questa signora verso Bu-Hamara; dicevasi che era molto ricca, che offriva al pretendente oro, armi e munizioni in cambio di concessioni minerarie e licitudine per intraprendere la costruzione di ferrovie. Secondo Karow, l’intervento del generale Marina dissolse questi progetti.

Il fatto è che lo stesso monsieur Say presentò a Karow due ufficiali francesi, dei quali diceva essere adlàteri messi dal Governo a madame Du Gast. Questa portava una lettera speciale di raccomandazione per il Sultano.

Il Turco passa a Melilla. Il suo capitano va di sera a terra, e nell’hotel Africana distrae il tempo con alcuni amici. Il vapore francese Zenith ancora: madame Du Gast, seguita dai suoi due compagni, vestiti ora da civile, si trasferisce dal battello all’hotel. «Nel molo — dice Karow — la riceve un cavaliere che nell’hotel mi nominarono come un signor C… A quel che seppi poi, questo C… era un contrabbandista francese che, poco prima, era stato a Zeluán. Si alloggiò nell’hotel Africana e lasciò il conto senza pagare. Molti affermavano che si trattava di un agente di madame Du Gast, cosa che mi parve molto verosimile quando vidi la sollecitudine con cui si occupava di questa signora e del suo bagaglio, e poi partiva con lei nella sua automobile. L’albergatrice di Africana fece quello stesso giorno una visita a madame Du Gast e la pregò che pagasse il conto di C…; ma essa rifiutò, dichiarandosi irresponsabile dei debiti privati dei suoi amici. A un tempo ricevevo una lettera di Mohamed Torres, in cui mi chiedeva che ispezionassi attentamente i maneggi di C… e di un certo B…, perché entrambi tentavano in breve sbarcare una grande quantità di armi e munizioni per il pretendente.

»Mi parve — prosegue l’autore —, in verità, abbastanza sorprendente quanto vidi e udii di queste genti. Madame Du Gast partì per Fez con ufficiali francesi, dopo aver provato a chiudere affari col pretendente, e mentre uno dei suoi agenti lavorava ancora con lui. C… seguitò senza pagare il suo conto nella locanda. B…, che andava in tutto l’intrigo, era fratello di un alto impiegato francese ad Argel. Ma, sopra tutto ciò, mi sembravano incalificabili le andanze di madame Du Gast, che, per incarico del suo Governo, esercitava quel gioco doppio. Non potei fare a meno di mettere al corrente di tutto Torres, invitandolo a diffidare del nuovo metodo di attrazione francese, la bella signora Du Gast».

Tal es la vida y alguno de los milagros de monsieur Say, aventurero y fundador, termita francés que trabaja el sultanado occidental por el rincón de Muluya. Lo escrito es simplemente un extracto, en su mayor parte literal, de las notas que hallo desparramadas en el libro de Karow.

El Imparcial, 4 de junio de 1911

III

UNA DESCRIPCIÓN DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL

Al ofrecer al público estos extractos y notas sobre el problema de Marruecos, no hago sino prolongar un tema que siempre fue vivo en las predicaciones de Costa, cuyo programa quisiéramos seguir defendiendo unos cuantos en toda su integridad material, bien que modificando su disposición y cambiando los acentos.

En los últimos años debía decir el fenecido maestro que era ya tarde para acometer la política de Marruecos; nada más cierto, si se tiene en cuenta las esperanzas que Costa había alimentado, épicas esperanzas que él había espigado en lo largo de nuestra antigua historia; esperanzas, sin duda, ya anacrónicas y arcaizantes a la hora que él les abrió su corazón.

Mas nunca es tarde para nada con tal que se tomen las tareas en la forma y cariz a que el tiempo las ha traído y nos las pone por delante. La política de Marruecos, de la manera que don Julián Ribera, por ejemplo, la formuló en 1901 —véase La Lectura de aquel año—, sigue siendo posible. Lo que es imposible y además absurdo y luego irritante y, sobre todo, necio, es la guerra de Marruecos en gran parte ni en pequeño.

Una política es una complicación incalculable de fines menudos y sagaces, de medios precisos y simples: no es cosa tan sencilla como un ritmo de movimientos reflejos; no es ordenar cada dos años un pequeño avance de unas tropas poco preparadas por unas tierras que tienen su dueño. Para muchos españoles, y entre ellos no pocos hombres públicos, el problema político de Marruecos se resolvió todo cuando fue firmada el Acta de Algeciras. Nunca debía olvidarse que la política en que intervienen diplomáticos, la llamada política internacional, es, en sí misma, negativa; es, a lo sumo, un mecanismo de precauciones para que la política verdadera, la activa, la constructora, la eminentemente histórica, no sea imposible.

El ideal fuera que se hablara de Marruecos en todos los Ministerios menos en los de Guerra y Marina. Hay quien cree que en realidad ocurre todo lo contrario. Pedimos que se organice la acción difusa del pueblo español sobre el pueblo del litoral marroquí, que los pocos de cultura y civilización que poseemos, el poco de ciencia, el poco de comercio, el poco de industria, el poco de producciones diversas de los indígenas africanos se potencien, artificialmente si es preciso, para que, aprovechando la pendiente favorable de nuestra proximidad y de nuestra tradicional convivencia y aun semejanza, penetre en la fisiología de la sociedad bereber algo de estructura española. ¿Puede decírseme a qué misterioso y mágico poder se debe, por ejemplo, el hecho de que el correo mejor organizado y de mayores garantías en Marruecos sea hoy el alemán?

Mas ya que no esté en mano de los periódicos fundir testas de mejor calidad para ponerlas al frente de las secretarías de Estado, en su mano está el levantar el piso bajo de esta política, como de toda otra política. El cual es, simplemente, la información, el enriquecimiento de la intuición popular. Nuestros periódicos emplean hartas páginas en los ejercicios que temperamentos verbales y sin amenidad realizan sobre la vastedad del vocabulario y son avaros para obra de ideas y exposición de datos. Ahora bien; sin esta colaboración de la Prensa no es posible ninguna política compleja. Yo creo que así como todos tenemos que ser un poco políticos, debemos actuar un poco de periodistas. Todo ciudadano tiene alguna vez algo concreto, oportuno, utilizable que decir: todos oímos o vemos o leemos algo susceptible de acumularse a la troj de observaciones sobre que ha de irse formando la conciencia administrativa nacional.

No otra intención tienen los dos artículos últimos que han aparecido en esta hoja; yo espero que inciten a quienes verdaderamente conocen Marruecos para que comuniquen con sencillez sus visiones, y a los que se sientan con afición para que dediquen su energía al estudio de ese problema, que, pase lo que pase, seguirá siendo muy especialmente español. Paul Mahr, en un folleto rico en cifras y síntesis, sobre la política y la economía marroquíes, publicado en 1902, hacía ya esta simple y clarividente observación: «Resulta sumamente enojoso para los franceses hallarse con que Orán es casi una provincia española. Y si Francia se apoderase del Norte de Marruecos, se formaría allí en un dos por tres una colonia española. Esto sería irremediable. España lograría, de todas maneras, una colonia, porque es cosa muy poco clara cómo podrá Francia colonizar por sí misma Marruecos, no habiendo podido hacerlo aún en Argelia, ni en Túnez, en Madagascar ni en Nueva Caledonia».

Política de pueblo a pueblo, y no de Gobierno a Gobierno, debe ser la nuestra en Marruecos. Lo que de internacional y estatuido se ha puesto hasta el día en obra, parece más propio a fomentar la repulsión del europeo que la ilustre pacífica penetración. Así acaece con la Policía internacional que creó el Acta de Algeciras. Véase el croquis que Artbauer ofrece de ella:

«En cada uno de los ocho puertos abiertos al tráfico europeo radica un Cuerpo de 200 hombres; en Tánger y Mogador, de casi 600. En Tetuán y el Arach, los instructores son españoles; en Tánger, franceses y españoles. En Casablanca debía ocurrir lo propio, pero los soberbios hidalgos hace mucho que, enojados, se retiraron en vista de que la dictadura militar francesa no les dejaba en libertad de acción. En los demás puertos ejercitan oficiales franceses a la tropa, enrolada a duras penas por cinco años. Esta duplicidad parece muy bien mirada desde lejos; pero un cuerpo con dos cabezas no hace nada a punto. Así acontece, que el único resultado de la ingeniosa entente sea la falta de conexión de las diversas secciones entre sí, unidas sólo en la persona del buen señor coronel Müller, un militar suizo que, por lo demás, suele hallarse gozando de licencia. El jefe superior neutral de estas mixtas fuerzas pasa revista de tiempo en tiempo a sus tropas. Los soldados libres de servicio se reúnen para ello en la plaza de cada ciudad, realizan unos cuantos movimientos, unas cuantas marchas en distintas direcciones, unas cuantas «media vuelta a la derecha», etcétera, al mando de oficiales subalternos argelinos, mientras los instructores europeos galopan celosamente de aquí para allá manifestando sus uniformes de origen. Luego deliberan estos señores y juzgan lo visto —exactamente como en la inspección de los Ejércitos europeos—; pero la lluvia que comienza o el calor excesivo ponen pronto término a la deliberación, las compañías se retiran y la cosa concluye a satisfacción de todo el mundo. Y en tanto, el mísero profano fatiga su cerebro para descubrir una justificación al hecho absurdo de que estas paradas y ejercicios militares ocupen a un organismo de Policía. Sin embargo, lo más bello de toda esta institución es su absoluta superfluidad, tan grande, por lo menos, como la del Acta de Algeciras. Jamás han sido amenazados los europeos en la región costera, como no sea por las importunas y exigentes maneras de algunos súbditos franceses y exclusivamente por ellas. Cierto que siempre han existido aquellas inquietudes populares que constituyen la vida normal en Marruecos; pero nunca se propagaron hasta la costa y nadie tuvo jamás menos necesidad de este espantapájaros policíaco que los europeos, en cuyo pro ha sido suscitado. Antes bien, la cuestión es ahora arreglar los desórdenes que esta policía motiva a toda hora.

»Esto es el pan nuestro de cada día. En la bombardeada Dar el Bayda vienen a las manos un día aquellos marroquíes de la «Hermandad» que han sido educados por franceses, con los instruidos por españoles. Otro día entran en fuego en toda regla por las calles de la ciudad con unos tiradores argelinos; la batalla dura hasta que uno de los ejércitos consume sus municiones y tiene que retirarse. Entonces se presentan los oficiales para intervenir con gestos importantes. Dos desertores perseguidos en Safi se acogen a la Kuba del santón y son arrojados de ella por el capitán francés de la Policía. Los jerifes y notables de la ciudad impidieron con muchos esfuerzos que penetrara el cristiano en el sagrario, dando con ello ocasión a que en un lugar fanático de Marruecos se produjera el incidente de Casablanca, que, según se recordará, fue debido a la irritación criminal del sentimiento religioso de los naturales».

La lista de fechorías aducida por Artbauer es larga; luego añade: «La única excepción ilustre es Tetuán, con el pequeño capitán Cogolludo, el hombre de la barba negra».

Such is the life and some of the miracles of monsieur Say, adventurer and founder, French termite that works the western sultanate by the corner of the Muluya. What is written is simply an extract, for the most part literal, of the notes I find scattered in Karow’s book.

El Imparcial, June 4, 1911

III

A DESCRIPTION OF INTERNATIONAL POLITICS

In offering to the public these extracts and notes on the problem of Morocco, I do nothing but prolong a theme that was always alive in the preachings of Costa, whose program a few of us would like to continue defending in all its material integrity, although modifying its arrangement and changing the accents.

In the last years the deceased master used to say that it was already late to undertake the politics of Morocco; nothing more certain, if one takes into account the hopes Costa had nourished, epic hopes that he had gleaned along our long ancient history; hopes, without doubt, already anachronistic and archaizing at the hour when he opened his heart to them.

But it is never too late for anything provided one takes the tasks in the form and aspect to which time has brought them and places them before us. The politics of Morocco, in the way that Don Julián Ribera, for example, formulated it in 1901 — see La Lectura of that year — remains possible. What is impossible and moreover absurd and then irritating and, above all, foolish, is the war in Morocco in large part or in small.

A politics is an incalculable complication of minute and sagacious ends, of precise and simple means: it is not a thing as simple as a rhythm of reflex movements; it is not ordering every two years a small advance of ill-prepared troops through lands that have their owner. For many Spaniards, and among them not a few public men, the political problem of Morocco was all resolved when the Act of Algeciras was signed. It should never be forgotten that the politics in which diplomats intervene, the so-called international politics, is, in itself, negative; it is, at most, a mechanism of precautions so that the true politics, the active, the constructive, the eminently historical, may not be impossible.

The ideal would be that Morocco be spoken of in all the Ministries except those of War and Navy. There are those who believe that in reality the exact opposite happens. We ask that the diffuse action of the Spanish people upon the people of the Moroccan coast be organized, that the little culture and civilization we possess, the little science, the little commerce, the little industry, the little of diverse productions of the African natives be potentiated, artificially if necessary, so that, taking advantage of the favorable slope of our proximity and our traditional coexistence and even resemblance, something of Spanish structure penetrate the physiology of the Berber society. Can it be told to me to what mysterious and magical power is due, for example, the fact that the best organized mail with the greatest guarantees in Morocco is today the German?

But since it is not in the hands of the newspapers to fuse heads of better quality to put them at the head of the secretariats of State, in their hands it is to raise the ground floor of this politics, as of every other politics. Which is, simply, information, the enrichment of popular intuition. Our newspapers employ too many pages in the exercises that verbal and unpleasing temperaments carry out over the vastness of the vocabulary and are miserly for work of ideas and exposition of data. Now; without this collaboration of the Press no complex politics is possible. I believe that just as we all have to be a little political, we must act a little as journalists. Every citizen has sometimes something concrete, opportune, usable to say: we all hear or see or read something susceptible of accumulating to the granary of observations upon which the national administrative conscience must go on forming itself.

No other intention have the two last articles that have appeared in this page; I hope they incite those who truly know Morocco to communicate with simplicity their visions, and those who feel an inclination to dedicate their energy to the study of that problem, which, whatever happens, will continue to be very especially Spanish. Paul Mahr, in a pamphlet rich in figures and syntheses, on Moroccan politics and economy, published in 1902, was already making this simple and clairvoyant observation: «It is extremely annoying for the French to find that Oran is almost a Spanish province. And if France seized the North of Morocco, there would form in no time a Spanish colony. This would be irremediable. Spain would achieve, in any case, a colony, because it is a very unclear thing how France will be able to colonize Morocco by itself, not having been able to do it yet in Algeria, nor in Tunis, in Madagascar nor in New Caledonia».

Politics from people to people, and not from Government to Government, must be ours in Morocco. What of international and enacted has been put into effect up to today seems more apt to foster the repulsion of the European than the illustrious peaceful penetration. Thus it happens with the international Police created by the Act of Algeciras. See the sketch Artbauer offers of it:

«In each of the eight ports open to European traffic there is a Corps of 200 men; in Tangier and Mogador, of almost 600. In Tetuán and the Arach, the instructors are Spanish; in Tangier, French and Spanish. In Casablanca the same should have occurred, but the haughty hidalgos long ago, angry, withdrew in view that the French military dictatorship did not leave them freedom of action. In the other ports French officers drill the troops, enrolled with difficulty for five years. This duplicity seems very well regarded from afar; but a body with two heads does nothing on time. Thus it happens that the only result of the ingenious entente is the lack of connection of the diverse sections among themselves, united only in the person of the good Colonel Müller, a Swiss soldier who, for the rest, usually finds himself enjoying leave. The neutral superior chief of these mixed forces reviews from time to time his troops. The soldiers free of service gather for this in the square of each city, perform some movements, some marches in different directions, some “right about face”, etcetera, under the command of subordinate Algerian officers, while the European instructors gallop jealously here and there displaying their uniforms of origin. Then these gentlemen deliberate and judge what was seen — exactly as in the inspection of the European Armies —; but the rain that begins or the excessive heat soon put an end to the deliberation, the companies withdraw and the thing concludes to the satisfaction of everyone. And meanwhile, the poor layman tires his brain to discover a justification for the absurd fact that these parades and military exercises occupy an organism of Police. However, the most beautiful thing of this whole institution is its absolute superfluity, as great, at least, as that of the Act of Algeciras. The Europeans have never been threatened in the coastal region, except by the importunate and demanding manners of some French subjects and exclusively by them. Certainly those popular restlessnesses that constitute normal life in Morocco have always existed; but they never propagated to the coast and nobody ever had less need of this police scarecrow than the Europeans, for whose benefit it has been raised. Rather, the question is now to arrange the disorders that this police motivates at every hour.

»This is our daily bread. In the bombarded Dar el Bayda one day those Moroccans of the “Hermandad” who have been educated by Frenchmen come to blows with those instructed by Spaniards. Another day they engage in regular firefight through the streets of the city with some Algerian sharpshooters; the battle lasts until one of the armies consumes its munitions and has to withdraw. Then the officers present themselves to intervene with important gestures. Two deserters pursued in Safi take refuge in the Kuba of the holy man and are cast out of it by the French captain of the Police. The sharifs and notables of the city prevented with many efforts the Christian from penetrating the sanctuary, giving thereby occasion that in a fanatical place of Morocco the Casablanca incident be produced, which, as will be remembered, was due to the criminal irritation of the religious sentiment of the natives».

The list of misdeeds adduced by Artbauer is long; then he adds: «The only illustrious exception is Tetuán, with the small Captain Cogolludo, the man of the black beard».

Tale è la vita e alcuni dei miracoli di monsieur Say, avventuriero e fondatore, termite francese che lavora il sultanato occidentale per il cantuccio del Muluya. Lo scritto è semplicemente un estratto, nella maggior parte letterale, delle note che trovo sparse nel libro di Karow.

El Imparcial, 4 giugno 1911

III

UNA DESCRIZIONE DELLA POLITICA INTERNAZIONALE

Offrendo al pubblico questi estratti e note sul problema del Marocco, non faccio che prolungare un tema che fu sempre vivo nelle predicazioni di Costa, il cui programma vorremmo seguire difendendo alcuni in tutta la sua integrità materiale, ben che modificando la sua disposizione e cambiando gli accenti.

Negli ultimi anni doveva dire il defunto maestro che era già tardi per accomettere la politica del Marocco; niente di più certo, se si tiene conto delle speranze che Costa aveva nutrito, epiche speranze che egli aveva spigolato nella lunghezza della nostra antica storia; speranze, senza dubbio, già anacronistiche e arcaizzanti all’ora in cui egli aprì loro il suo cuore.

Ma non è mai tardi per nulla con tal che si prendano i compiti nella forma e nell’aspetto a cui il tempo li ha portati e ce li mette dinanzi. La politica del Marocco, alla maniera che don Julián Ribera, per esempio, la formulò nel 1901 — vedasi La Lectura di quell’anno —, segue essendo possibile. Ciò che è impossibile e inoltre assurdo e poi irritante e, soprattutto, sciocco, è la guerra del Marocco in gran parte né in piccolo.

Una politica è una complicazione incalcolabile di fini minuti e sagaci, di mezzi precisi e semplici: non è cosa tanto semplice come un ritmo di movimenti riflessi; non è ordinare ogni due anni un piccolo avanzamento di truppe poco preparate per terre che hanno il loro padrone. Per molti spagnoli, e tra essi non pochi uomini pubblici, il problema politico del Marocco si risolse tutto quando fu firmata l’Atto di Algeciras. Mai dovrebbe dimenticarsi che la politica in cui intervengono diplomatici, la chiamata politica internazionale, è, in sé stessa, negativa; è, al massimo, un meccanismo di precauzioni perché la politica vera, l’attiva, la costruttrice, l’eminentemente storica, non sia impossibile.

L’ideale fosse che si parlasse del Marocco in tutti i Ministeri meno che in quelli di Guerra e Marina. C’è chi crede che in realtà accada tutto il contrario. Chiediamo che si organizzi l’azione diffusa del popolo spagnolo sopra il popolo del litorale marocchino, che il poco di cultura e civilizzazione che possediamo, il poco di scienza, il poco di commercio, il poco di industria, il poco di produzioni diverse degli indigeni africani si potenzino, artificialmente se è necessario, perché, approfittando della pendenza favorevole della nostra prossimità e della nostra tradizionale convivenza e persino somiglianza, penetri nella fisiologia della società berbera qualcosa di struttura spagnola. Può dirsi a quale misterioso e magico potere si deve, per esempio, il fatto che la posta meglio organizzata e di maggiori garanzie in Marocco sia oggi la tedesca?

Ma già che non sia in mano dei giornali fondere teste di miglior qualità per metterle a capo delle segreterie di Stato, in loro mano è alzare il piano basso di questa politica, come di ogni altra politica. Il quale è, semplicemente, l’informazione, l’arricchimento dell’intuizione popolare. I nostri giornali impiegano troppe pagine negli esercizi che temperamenti verbali e senza amenità realizzano sopra la vastità del vocabolario e sono avari per opera di idee e esposizione di dati. Orbene; senza questa collaborazione della Stampa non è possibile nessuna politica complessa. Io credo che così come tutti dobbiamo essere un poco politici, dobbiamo agire un poco da giornalisti. Ogni cittadino ha qualche volta qualcosa di concreto, opportuno, utilizzabile da dire: tutti sentiamo o vediamo o leggiamo qualcosa suscettibile di accumularsi al granaio di osservazioni sopra cui deve andarsi formando la coscienza amministrativa nazionale.

Non altra intenzione hanno i due ultimi articoli che sono apparsi in questa pagina; io spero che incitino a quelli che veramente conoscono il Marocco perché comunichino con semplicità le loro visioni, e a quelli che si sentono con inclinazione perché dedichino la loro energia allo studio di quel problema, che, passi quel che passi, seguirà essendo molto specialmente spagnolo. Paul Mahr, in un opuscolo ricco di cifre e sintesi, sulla politica e l’economia marocchine, pubblicato nel 1902, faceva già questa semplice e chiaroveggente osservazione: «Risulta sommamente noioso per i francesi trovarsi con che Orano è quasi una provincia spagnola. E se la Francia si impadronisse del Nord del Marocco, si formerebbe lì in un batter d’occhio una colonia spagnola. Questo sarebbe irrimediabile. La Spagna riuscirebbe, in tutte le maniere, a una colonia, perché è cosa molto poco chiara come potrà la Francia colonizzare da sé stessa il Marocco, non avendo potuto farlo ancora in Algeria, né in Tunisi, in Madagascar né in Nuova Caledonia».

Politica di popolo a popolo, e non di Governo a Governo, deve essere la nostra in Marocco. Ciò che di internazionale e statuito si è messo fin al giorno in opera, sembra più proprio a fomentare la repulsione dell’europeo che la illustre pacifica penetrazione. Così accade con la Polizia internazionale che creò l’Atto di Algeciras. Vedasi lo schizzo che Artbauer offre di essa:

«In ciascuno degli otto porti aperti al traffico europeo risiede un Corpo di 200 uomini; in Tangeri e Mogador, di quasi 600. In Tetuán e l’Arach, gli istruttori sono spagnoli; in Tangeri, francesi e spagnoli. In Casablanca doveva accadere lo stesso, ma i superbi hidalgos da molto tempo, arrabbiati, si ritirarono in vista che la dittatura militare francese non lasciava loro libertà d’azione. Negli altri porti esercitano ufficiali francesi la truppa, arruolata a fatica per cinque anni. Questa duplicità sembra molto ben vista da lontano; ma un corpo con due teste non fa nulla a punto. Così accade, che l’unico risultato dell’ingegnosa intesa sia la mancanza di connessione delle diverse sezioni tra loro, unite solo nella persona del buon signor colonnello Müller, un militare svizzero che, per il resto, suole trovarsi godendo di licenza. Il capo superiore neutrale di queste miste forze passa rivista di tempo in tempo alle sue truppe. I soldati liberi di servizio si riuniscono per ciò nella piazza di ogni città, realizzano alcuni movimenti, alcune marce in diverse direzioni, alcuni “media vuelta a la derecha”, eccetera, al comando di ufficiali subalterni algerini, mentre gli istruttori europei galoppano gelosamente di qua e di là manifestando i loro uniformi d’origine. Poi deliberano questi signori e giudicano il visto — esattamente come nell’ispezione degli Eserciti europei —; ma la pioggia che comincia o il caldo eccessivo mettono presto termine alla deliberazione, le compagnie si ritirano e la cosa conclude a soddisfazione di tutto il mondo. E in tanto, il misero profano affatica il suo cervello per scoprire una giustificazione al fatto assurdo che queste parate ed esercizi militari occupino un organismo di Polizia. Tuttavia, il più bello di tutta questa istituzione è la sua assoluta superfluità, tanto grande, per lo meno, come quella dell’Atto di Algeciras. Mai sono stati minacciati gli europei nella regione costiera, se non per le importune ed esigenti maniere di alcuni sudditi francesi ed esclusivamente per esse. Certo che sempre sono esistite quelle inquietudini popolari che costituiscono la vita normale in Marocco; ma mai si propagarono fino alla costa e nessuno ebbe mai meno bisogno di questo spauracchio poliziesco degli europei, in pro dei quali è stato suscitato. Prima ancora, la questione è ora sistemare i disordini che questa polizia motiva a ogni ora.

»Questo è il pane nostro di ogni giorno. Nella bombardata Dar el Bayda vengono alle mani un giorno quei marocchini della “Hermandad” che sono stati educati da francesi, con quelli istruiti da spagnoli. Un altro giorno entrano in fuoco in tutta regola per le vie della città con alcuni tiratori algerini; la battaglia dura fino a che uno degli eserciti consuma le sue munizioni e deve ritirarsi. Allora si presentano gli ufficiali per intervenire con gesti importanti. Due disertori perseguiti a Safi si accolgono alla Kuba del santone e ne sono scacciati dal capitano francese della Polizia. Gli sceriffi e notabili della città impedirono con molti sforzi che il cristiano penetrasse nel santuario, dando con ciò occasione a che in un luogo fanatico del Marocco si producesse l’incidente di Casablanca, che, secondo si ricorderà, fu dovuto alla irritazione criminale del sentimento religioso dei naturali».

La lista di misfatti addotta da Artbauer è lunga; poi aggiunge: «L’unica eccezione illustre è Tetuán, con il piccolo capitano Cogolludo, l’uomo della barba nera».

Cuando la tropa fue organizada faltaban clases indígenas. Francia se las proporcionó en los regimientos argelinos; España, en su tabor rifeño de Ceuta, compuesto de 150 hombres. Ambas medidas, explicables en un principio, se mostraron luego defectuosas. Los instructores españoles se dieron cuenta de ello y sustituyeron poco a poco a la oficialidad subalterna, de modo que hoy puede tenerse en ella bastante confianza. Francia, empero, introdujo cada vez más elementos extraños.

Como todos los reclutas orientales, son desde un principio estos soldados obedientes y de buen talante; lo demás viene con los cinco reales diarios que puntualmente se les paga, dando pábulo a una gran envidia que les tienen por ello los Asaks marroquíes. Sin embargo, no hacen, con sus estrambóticos uniformes, otra cosa que estorbar en las angostas callejuelas el paso de borricos y camellos, y, cuando llega la noche, dormir acurrucados en cualquier rincón.

El marroquí de tipo medio no alcanza a comprender qué puede significar este organismo policíaco, y piensa que de los europeos no se puede esperar nada más discreto que ese instituto por nadie deseado y que para nada sirve. El moro culto, en cambio, se pregunta, con razón, si el imperio económicamente destruido por las dilapidaciones del imbécil Abd-el-Aziz puede desprenderse del montón enorme de duros que son necesarios para pagar los sueldos gigantes de los instructores europeos y que, a la postre, sirven sólo a entretener un ejército de parada, revista o muestra. ¿Se llama «Policía» en tierra de cristianos a una cosa así? ¿A qué —piensan— tener estas gentes con sus bayonetas rígidas justamente a las puertas de las ciudades, donde sólo pueden ofender la vista de las pacíficas caravanas que entran y salen? ¿Por qué en ciudades de mucho tráfico, en cuyas estrechas calles no es siquiera posible tirar, han de ir y venir estos hombres con sus terribles fusiles? Y, sobre todo, ¿para qué es menester toda esta institución si la tropa no puede reprimir las ilegalidades de europeos exigentes, muchos de ellos huidos del continente, puesto que sólo ejerce poder sobre los indígenas? Antes salían todas las noches dos hombres, el uno con un grueso garrote, el otro con una linterna estupenda, y esta Policía idílica bastaba a guardar la paz y seguridad. La nueva Policía, por el contrario, ofrece apoyo y ocasión a elementos de historia poco limpia, como antiguos partidarios del Roguí, etcétera.

«Todo este absurdo —concluye Artbauer— se hace comprensible si atendemos que estas tropas no son en realidad Policía, sino marco y preparación para el futuro Ejército marroquí que Francia comienza a aprestarse en Marruecos».

El Imparcial, 14 de junio de 1911

When the troops were organized, indigenous ranks were lacking. France provided them in the Algerian regiments; Spain, in its Riffian tabor of Ceuta, composed of 150 men. Both measures, understandable at first, later proved defective. The Spanish instructors realized this and little by little replaced the subordinate officer corps, so that today considerable trust can be placed in it. France, however, introduced ever more foreign elements.

Like all oriental recruits, these soldiers are from the outset obedient and good-natured; the rest comes with the five reales daily that are punctually paid to them, feeding a great envy that the Moroccan Asaks feel toward them on that account. Nevertheless, with their outlandish uniforms they do nothing but obstruct, in the narrow alleyways, the passage of donkeys and camels, and, when night falls, sleep huddled in some corner.

The average Moroccan cannot manage to understand what this police body can mean, and thinks that from the Europeans nothing more discreet can be expected than that institute, desired by no one and serving no purpose. The devout Moor devout, on the other hand, asks himself, rightly, whether the empire economically ruined by the squanderings of the imbecilic Abd-el-Aziz can divest itself of the enormous pile of duros needed to pay the gigantic salaries of the European instructors, which, in the end, serve only to maintain an army of parade, review, or show. Is a thing like this called «Police» in Christian lands? Why —they think— keep these people with their rigid bayonets right at the gates of the cities, where they can only offend the sight of the peaceful caravans that enter and leave? Why, in cities of heavy traffic, in whose narrow streets it is not even possible to shoot, must these men come and go with their terrible rifles? And, above all, what need is there of all this institution, if the troops cannot repress the illegalities of demanding Europeans, many of them fugitives from the continent, since it exercises power only over the natives? Formerly two men went out every night, one with a thick club, the other with a splendid lantern, and this idyllic Police sufficed to keep peace and security. The new Police, on the contrary, offers support and occasion to elements of none-too-clean history, such as old partisans of the Roguí, etc.

«All this absurdity —Artbauer concludes— becomes comprehensible if we consider that these troops are not really Police, but frame and preparation for the future Moroccan Army that France is beginning to prepare in Morocco».

El Imparcial, June 14, 1911

Quando la truppa fu organizzata mancavano classi indigene. La Francia le procurò nei reggimenti algerini; la Spagna, nel suo tabor del Rif di Ceuta, composto di 150 uomini. Entrambe le misure, spiegabili in un primo tempo, si mostrarono poi difettose. Gli istruttori spagnoli se ne accorsero e sostituirono a poco a poco l’ufficialità subalterna, di modo che oggi si può avere in essa bastante fiducia. La Francia, però, introdusse sempre più elementi estranei.

Come tutte le reclute orientali, questi soldati sono fin da principio obbedienti e di buon carattere; il resto viene con i cinque reali giornalieri che puntualmente vengono loro pagati, dando alimento a una grande invidia che per ciò nutrono nei loro confronti gli Asak marocchini. Tuttavia, coi loro stravaganti uniformi, non fanno altro che intralciare nelle anguste viuzze il passo di asini e cammelli e, quando giunge la notte, dormire rannicchiati in un angolo qualunque.

Il marocchino di tipo medio non arriva a comprendere che cosa possa significare questo organismo poliziesco, e pensa che dagli europei non ci si possa aspettare nulla di più discreto di quell’istituto da nessuno desiderato e che a nulla serve. Il moro devoto, invece, si domanda, con ragione, se l’impero economicamente distrutto dalle dilapidazioni dell’imbecille Abd-el-Aziz possa privarsi del mucchio enorme di duros necessari a pagare i giganteschi stipendi degli istruttori europei e che, in fin dei conti, servono soltanto a mantenere un esercito di parata, rivista o mostra. Si chiama «Policia» in terra di cristiani una cosa simile? A che —pensano— tenere queste genti con le loro rigide baionette proprio alle porte delle città, dove possono soltanto offendere la vista delle pacifiche carovane che entrano ed escono? Perché in città di gran traffico, nelle cui strette strade non è nemmeno possibile sparare, questi uomini devono andare e venire coi loro terribili fucili? E, soprattutto, a che serve tutta questa istituzione se la truppa non può reprimere le illegalità di europei esigenti, molti dei quali fuggiti dal continente, giacché essa esercita potere soltanto sugli indigeni? Prima uscivano tutte le notti due uomini, l’uno con un grosso randello, l’altro con una stupenda lanterna, e questa Policia idilliaca bastava a custodire la pace e la sicurezza. La nuova Policia, al contrario, offre appoggio e occasione a elementi di storia poco pulita, come antichi partigiani del Roguí, eccetera.

«Tutto questo assurdo —conclude Artbauer— si fa comprensibile se consideriamo che queste truppe non sono in realtà Policia, ma cornice e preparazione per il futuro Esercito marocchino che la Francia comincia ad apprestare in Marocco».

El Imparcial, 14 giugno 1911