Abstract

From two sentences of Primo de Rivera — “the Dictatorship is beginning to wear out” and “its enormous strength is that it can set its own terms for handing over power” — both true, Ortega draws a third truth: it is national reality that is contradictory, since the worn-out government faces no concrete opinion at all, only nothingness, and must create its own successor out of nothing.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En un mismo número del periódico ABC escribe el presidente del Gobierno un artículo sobre la situación de la Dictadura y contesta en un comunicado de la Oficina de Censura a otro artículo del formidable periodista don José Cuartero. Ambas producciones del dictador forman un solo cuerpo; ambas procuran definir la situación en el día de la fecha. De su total, acoto estas dos frases: «La Dictadura comienza a estar gastada». He aquí una. «La mejor prueba de la fuerza enorme que conserva la Dictadura es que se permite señalarse a sí misma plazos y condiciones para traspasar sus poderes. ¿Cuándo ningún Gobierno, fuera ni dentro de España, se vio en tal caso?» He aquí la otra. No se puede negar que ambas frases dicen la verdad, por tanto, que dicen dos verdades. Sólo cabría —para apurar la exactitud— alguna reserva sobre que dentro de España ningún Gobierno haya gozado de esa capacidad superabundante y paradójica que consiste en ser dueño hasta de su propia desaparición. Pero, en cambio, es tan verídico no haber acontecido eso a ningún Gobierno fuera de España, que queda de sobra compensada la leve imprecisión.

Yo creo, no obstante, que si el general Primo de Rivera hubiera escrito ambas frases una tras otra y en continuidad, como aquí van acotadas, la pluma se le habría quedado un segundo en el aire como punzando una reflexión alada que de su unión levanta el vuelo. Y habría luego tachado la una o la otra, indiferentemente. No porque no sean verdad, sino precisamente porque lo son. Pues al serlo de consuno significan una tercera cosa, que, aunque es también una verdad irrebatible y más fundamental que las otras dos y causa de las otras dos, el general, por vez primera en su vida, habría sentido pavor y habría ordenado a su aguerrido vocabulario una retirada táctica.

Que un Gobierno esté gastado y que, sin embargo, conserve fuerza bastante para decidir con holgado albedrío su retirada y su sustitución son dos especies que en cualquier parte del mundo parecerían contradictorias: sería verdadera la una y falsa la otra. Un polemista que propendiese a lo inane tomaría de aquí pie para demostrar que el dictador había incurrido en contradicción, y se quedaría tan satisfecho. Mas sería falso atribuir al presidente la contradicción justamente cuando expresa dos puras verdades. Porque, repitámoslo una vez más, no es posible descalificar ninguna de esas dos proposiciones: se imponen ambas con pareja e ineluctable evidencia. Una y otra son la realidad misma. De suerte que lo contradictorio es la realidad nacional. Y ésta es la tercera cosa que las dos frases al reunirse dejan ver: que nuestra realidad nacional es contradictoria, inconcebible. Pues se da, en efecto, el caso de que un Gobierno, al gastarse, no encuentra ante sí ni siquiera una opinión hostil, pero concreta, orgánica, aunque no organizada; un ambiente preciso que, no queriendo lo presente, quiera para el futuro algo determinado, discernible, con perfil y fisonomía. En vez de esto halla sólo la pura nada. Y por ello tiene que realizar con sus propias fuerzas la faena mágica de reducirse a sí mismo a la nada, y de paso que se autoaniquila, crear de la nada su sustituto. He aquí una situación que difícilmente se habrá dado en ningún otro punto del planeta.

El hecho es de tal amplitud y gravedad, que parece obligado recalcarlo. Cuando se repara en esto, todo lo demás —la existencia de una Dictadura, la urgencia de un retorno a la legalidad— toma un aire frívolo y anecdótico. Con lo cual no se escatima un adarme a la importancia enorme que eso «demás» tiene, sino que simplemente se lo coloca en el lugar y tamaño que dentro del paisaje le corresponde.

Y no se diga que ese vacío es producto natural de haber estado durante seis años suspendidas las libertades públicas. Esta suspensión ha contribuido, sin duda, a evacuar más ese vacío. Pero no nos hagamos ilusiones: esa suspensión no explica el hecho a que aquí se alude. No echo de menos movimientos organizados de opinión, gritos, protestas, levantamientos, etcétera. Su ausencia podía muy bien excusarse por la presión del Poder público. El Estado actual posee en todas partes de Europa y América medios tales, que si él no quiere, la opinión no puede tomar esas formas. (Éste es uno de los grandes problemas planteados al porvenir de Europa por la perfección misma a que la máquina de su Estado llega hoy). Pero nadie puede dudar que no era menester ninguna de esas manifestaciones plásticas de la opinión pública. Bastaba con que la gente, esa cosa tan vaga pero tan decisiva que se llama la gente, tuviese dentro de sí, en su secreta intimidad, una opinión sobre la situación pública de España; bastaba con que el español medio hubiese tomado una actitud íntima ante lo que ha pasado, pasa y va a pasar en España, para que eso que echamos de menos existiese, constase inequívocamente en la atmósfera. El espíritu es materia flúida que, en definitiva, y sobre todo en casos extremos como el presente, no necesita cauces preparados ni artefactos o facilidades externas para manifestarse. Por ser flúido acierta siempre a rezumar, y el estado íntimo de opinión que tenga la persona traspira de ella e impregna el aire, como la humedad de las corrientes subterráneas asciende por capilaridad a la superficie. No nos hagamos, repito, ilusiones: si no consta hoy una opinión orgánica y concreta sobre el inmediato porvenir nacional, no es porque no ha podido expresarse, sino porque no la tienen los españoles.

Esto, esto es lo que con un frenesí de veracidad es preciso declarar, porque eso, eso es lo grave.

Pero conviene precisar más. La responsabilidad fabulosa de no tener una opinión sobre su propio destino recae sobre toda la nación. Pero, claro está, se reparte según las densidades de las distintas capas sociales. Que el pastorcito de los pedregales sorianos, hincado al cierzo entre sus merinas; que el labrador manchego o catalán, oblicuo sobre el surco, no tenga una opinión sobre el inmediato destino público de una nación es cosa sobremanera venial. De aquella responsabilidad le alcanza muy poco —al pastorcico un pedazo tan pequeño como el mendrugo que lleva en su zurrón. Pero, ¡diablo!, al banquero, al industrial, al magistrado, al poderoso comerciante, al «aristócrata» de Rolls y cock-tail, al catedrático, al obispo, al provincial de frailes, al ingeniero, al médico de trapío…, a esos les corresponde un enorme gravamen de responsabilidad. No cito al político, ni al periodista, ni a esos otros seres, por lo visto tremebundos, incalificables, ictiosáuricos, que por llamarles lo peor se les suele hoy llamar «intelectuales». No los cito, porque, en primer lugar, su oficio es la política y, mejor o peor, opinan; pero además porque todos ellos juntos no son ni tienen por qué ser más que un minúsculo rincón del cuerpo nacional. Y lo intolerable es que el banquero, el industrial, el magistrado, etcétera, crean que son los políticos, los periodistas y los «intelectuales» quienes tienen que tomar concreta actitud ante los destinos del país, pero no ellos. Su misión es, por lo visto, no tener opinión, esperar a que la tengan esos grupos a quienes desprecian, y cuando la hayan emitido no hacerles el menor caso.

Es menester revolverse enérgicamente contra ese parasitismo histórico de las clases «superiores», que, en efecto, hoy por hoy, como ayer por ayer, son y fueron el torso de la nación, y en orden de representación, beneficio y responsabilidad puede decirse que la nación misma. Son las eternas ausentes de los destinos nacionales. Son lo que verdaderamente significa una excepción en el globo terráqueo. Porque ellas son así, puede darse el caso de que en España una Dictadura tenga que hacerlo todo por sus propias fuerzas, hasta gastarse rozándose consigo misma, tenga que hacer todo por sí, venir, quedarse y hasta irse.

Firmado X., El Sol, 1 de enero de 1930