Abstract
On Spain’s international situation, summed up in the formula “whatever England wants”. Ortega accepts Álvarez’s diagnosis but demands the cry of pain be added: radical abjection consists in having alienated to another the axis of one’s own personality, and this holds eminently for a nation, a political unit definable only through the concept of sovereignty.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
No es necesario que nos detengamos sobre cada uno de los puntos en que va articulada a la hora presente nuestra situación internacional. El señor Álvarez ha coincidido en lo esencial, con todos los demás directores de partido. Es de tal suerte apretada, dolorosa y triste nuestra condición en el mundo, que ni siquiera ha dejado margen posible a la discrepancia. Y no es uno de los fenómenos más gratos que presenciamos advertir cómo —obligados en este punto a andar confundidos— se esfuerzan los grupos políticos por atribuirse sutiles divergencias merced a un curioso juego de coeficientes que se ponen a la neutralidad: desde la neutralidad simple, pasando por la neutralidad espectante, hasta la neutralidad mortal. Bien está —mirando pedagógicamente— que se nos someta a estos ejercicios mentales un poco escolásticos; pero no se pretenda con este cultivo de adjetivaciones a la neutralidad ganar títulos para cosechas futuras. Nuestra situación internacional no tiene más salida que un callejón sin salida. Y como esto es así, terriblemente así, puede resultar desmoralizador para nuestro pueblo que se trate el tema internacional discutiendo únicamente la postura de España hacia los poderes beligerantes; es decir, hacia fuera de España. Porque es justamente aquella parte de nuestra actuación nacional sobre la que no tenemos albedrío, y una de dos: o mentimos a nuestro pueblo con grotescas alharacas donde se finja una robustez que no tenemos, o siguiendo la suprema táctica de la sinceridad, aumentaremos la depresión moral de los españoles, haciéndoles sentir hasta qué bochornoso extremo no son colectivamente dueños de sus actos.
Para mí es indudable —y a ello he dedicado mi pluma desde que comencé a escribir—, es indudable que el patriotismo en nuestra España de hoy debe partir de una crítica acerba y un valeroso reconocimiento del enorme fracaso español. En esto es preciso ser inexorable, porque es la base de todo lo demás. Ha llegado a nosotros nuestra Patria convertida en un establo de Augías: la realidad nacional se hallaba cubierta de una costra densísima formada por valores falsos, por fantásticas presunciones, por montañas de superlativos que desfiguraban bufonescamente nuestras virtudes efectivas y nuestras glorias verdaderas en arte y en ciencia, en geografía y en guerra. Seamos en esta crítica leales; seamos piadosos; procedamos en ella con dolorido amor —pero inexorablemente. ¡España, quien bien te quiere te hará llorar! ¡Quien no te haga llorar es que no te ama, es que sólo te quiere gozar!
Ha cumplido severamente el señor Álvarez este deber patriótico presentando nuestra situación en Europa como la de un pueblo inerme; inerme de armas materiales y, lo que es peor, de las armas del coraje político y del entusiasmo vital. Ello es así; téngase, pues, el resto de valor para decirlo así.
Pero lo que no me parece ya tan bien es que se diga eso sólo. La realidad es la que ha expuesto el señor Álvarez: toda esta parte de su discurso puede resumirse en estas palabras: «lo que quiera Inglaterra». Mas el señor Álvarez ha debido inmediatamente añadir que tal realidad es la mayor ignominia, el mayor deshonor, la suerte más abyecta que a un pueblo puede caber.
La abyección radical de un hombre consiste en haber enajenado a otro poder —sea a otro hombre, sea a un vicio, sea a un partido— el eje de su personalidad; es decir, aquel centro del ánimo donde se decide de los propios actos. El ser dueño de sí mismo es lo menos que se puede ser, y por ello, no ser dueño de sí mismo es ser menos que un hombre, es ser un hombre abyecto.
Y si esto acontece con el individuo, en grado eminente ha de acontecer con una nación, con aquella unidad política que sólo podemos definir mediante el concepto de soberanía.
El señor Álvarez, que es —conste así— de todos los políticos españoles el que menos ha halagado los vicios patrioteros de las muchedumbres, ha cumplido con su deber diciendo que nuestra política internacional sólo puede ser una: «lo que quiera Inglaterra».
Pero no ha debido dejar que el eco de esas palabras severas y veraces se aleje y extinga sin lanzar en su busca un grito de dolor y de alarma, de vergüenza e iracundia, exigiendo de los españoles que ni un día, ni una hora se tarde en emprender la corrección de esa realidad. ¡Qué bien hubiera sonado su voz, tan maravillosamente templada, si en medio de las legiones de resignados se hubiera alzado hostigándonos a la reconquista de nuestra soberanía, de la soberanía sobre nuestros propios destinos!
Mas ¿por qué echamos de menos en este discurso ese espolazo vigoroso que empuje a los españoles hacia la dignidad histórica? ¿Por qué se resigna don Melquíades Álvarez a esa realidad inaceptable que con tan clara visión reconoce? ¿Es que ha perdido la fe en una nueva España posible?…