Abstract
On the anti-espionage bill: nobody disputes the principle, but circumstances are what measure the justice and modulate the discretion of imperative acts. Ortega lists the circumstances (three years of war without such coercion, internal dissensions now calm, settled neutrality, a single prosecution born of journalistic revelations) that required extreme delicacy toward the press.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
No digo yo esta ley contra el espionaje, sino una ley donde se decretase la electrocución de media España podía ser aceptable en su hora y su sazón. Como la vida es, afortunadamente, mucho más variada que nuestra filosofía, nadie puede predecir qué medida será un día la más benéfica. Así, en esta sesión de doce horas no ha habido nadie que se opusiese en principio a la idea de una ley sobre el espionaje. Conviene hacer constar esto, que con todas sus letras hizo constar el señor Pedregal. «Es una necesidad —ha dicho—, cuya expresión ha salido varias veces de los bancos de la izquierda».
Pero si en principio no hay régimen que no pueda quedar justificado por las circunstancias, tiene también que ser cierta la proposición inversa: que las circunstancias son las encargadas de medir la justicia y modular la discreción de los actos imperativos. La política o impolítica de un Gobierno ha de manifestarse, pues, en la apreciación de estas circunstancias, factores, por lo visto, tan esenciales, que bastan para ungir de prestigio social, o por el contrario, para desvirtuar el nervio moral de una ley cuya finalidad nadie discute.
¿Era el caso presente de aquéllos en que un Gobierno puede despreocuparse del modelado jurídico que da a su intención legislativa y considerar como una minucia desdeñable ante la gravedad de la situación la peligrosa vaguedad de sus definiciones de delito y los ensanches de su prerrogativa? ¿Era, asimismo, un caso en que la manera de obtener la aprobación parlamentaria resultase indiferente?
He aquí la lista de circunstancias que parecían invitar a una extrema delicadeza por parte del Gobierno. Son ellas de muy distinta índole; pero nótese que las situaciones políticas, como los estados meteorológicos, se nutren de los elementos más heterogéneos y consisten precisamente en esa misteriosa fusión de lo disparejo. La influencia nos llega de la suma y no de cada ingrediente.
Primero.— España ha podido vivir durante tres años de guerra sin necesidad de esta nueva coerción de la Prensa. La innovación legal supone, pues, algún hecho nuevo, grave y notorio que predisponga en su favor a la conciencia pública.
Segundo.— Se acude a este régimen restrictivo justamente a la hora en que las disensiones interiores provocadas por la guerra están más en calma.
Tercero.— Corregidas las malas inteligencias o las vacilaciones de los primeros tiempos, consta hoy a todos los españoles que no existe ningún grupo político apreciable dispuesto a abandonar la neutralidad. Se halla la atmósfera pública tan saturada de esta convicción, que ningún Estado beligerante puede en serio atribuir al nuestro solidaridad expresa ni tácita con las emanaciones literarias de cualquier periodista bien soldado. Era, pues, la ocasión excelente para derivar la coerción en otro sentido y dar unas vueltas más de tuerca a las leyes generales contra el insulto y la calumnia. El Gobierno debió comprender que es una puerilidad presentar a España amenazada de conflictos internacionales por la incontinencia de unos panfletarios. El que no lo es, y por la indelicadeza del texto legal se siente confundido con ellos, no puede menos de irritarse.
Cuarto.— Durante tres años se ha practicado el espionaje en España, sin que la memoria pública recuerde un solo caso de espontánea intervención por parte del Gobierno. Hace pocas semanas, con motivo de investigaciones periodísticas, se ha iniciado el primer proceso. Quiere decir esto que esas revelaciones periodísticas, cuando menos, no eran calumniosas. Y es justamente la hora que el Gobierno elige para presentar a los periódicos como una inmensa organización de la calumnia.
Quinto.— A esta absoluta injusticia que con la Prensa comete el Gobierno, se suma otra relativa, que no por ser relativa es menos grave. La política, como todas las demás actividades humanas, está sometida a las normas de la perspectiva, y la actitud que un Gobierno puede tomar frente a un grupo o clase social, depende, entre otras cosas, de la actitud que haya adoptado frente a otros grupos o clases sociales. Y se comprenderá que un Gobierno, el cual se cree obligado a todos los silencios y todas las suavidades frente a la oficialidad del Ejército, un Gobierno que tan moderadamente ha escuchado la historia del escarnecimiento de un diputado, estaba comprometido por la equidad, por el buen tacto y hasta por un precepto de elegancia, a no ser espada para las plumas, ya que fue pluma y vellón para las espadas. Se gobierna con imponderables, solía decir el Canciller de Hierro.
Sexto.— Un imponderable es la elegancia del ademán sobre el fondo majestuoso de la vida de un pueblo. Otro imponderable es la delicadeza. El Gobierno interpone el texto de esta ley entre la impecuniosidad de los empleados, que son legión, y otra ley aumentándoles los sueldos. Si no se aprobaba aquél, no se llegaba a ésta. Cualquier tropiezo para el Gabinete era una prolongación de las angustias económicas que padecen los funcionarios. El Gobierno ha enviado por delante al hambre para que despeje su camino. ¿No hay, además, en cuestión un anticipo reintegrable? El gesto poco elegante se encorva, pues, hacia la simonía.
Estas y otras observaciones fueron hechas al Gobierno en la sesión última. Ninguna ni todas juntas son motivo para que una ley no se haga; pero todas y cada una bastan para invitar a la mesura en su redacción, a la exactitud en sus preceptos y a la paciencia en su tramitación parlamentaria.
¿Qué han contestado los ministros a las observaciones de las izquierdas arriba extractadas? No puede negarse que esas advertencias tienen vigor de convicción. No son palabras, son razones que, quiera uno o no, hacen presa en la adhesión intelectual. Frente a ellas, el Gobierno ha opuesto sólo una afirmación: que circunstancias secretas hacen imprescindible la ley.
Perfectamente: he ahí una circunstancia más; si se quiere, he ahí la más importante circunstancia. Cabe oponer que es insólito el advenimiento de una circunstancia como ésta sin que, al menos vagamente, imprecisa, musitada, en forma siquiera de eco o de sospecha, haya trascendido a la conciencia pública. Pero aceptemos el supuesto táctico: el gobernado, en efecto, no tiene derecho a que se le trate como gobernante, y es, a mi juicio, una deformación de la democracia hacer creer al demos que es lo mismo ser soberano y ser gobernante. Guarde, pues, su secreto profesional el Gobierno; pero conceda todo lo demás a la profesión de gobernado. No es posible que ese secreto influya en la letra textual de la ley, ni en las maneras usadas para obtener su votación. Dicho de otra manera: esa circunstancia es una; pero nada más que una. El Gobierno ha adquirido grave responsabilidad no atendiendo a las demás.
En cuanto al señor Maura, sólo se le ha ocurrido decir una cosa; pero ella tan de su cuño, que equivale a diez tomos de sus Memorias íntimas. El señor Maura ha manifestado su extrañeza de que una ley sobre la cual ha pensado él cuatro días parezca perfectible en vista de unas impugnaciones. ¿Es cierto que ha sido ésta en esencia la idea expresada por el señor Maura? No puedo creerlo, y prefiero esperar su confirmación en el Diario de las Sesiones para oponer a tal pensamiento alguna literatura.
En resumidas cuentas: poseemos una ley especial más contra los escritores. No bastaba, por lo visto, la de Imprenta y la de Jurisdicciones. Los pretextos, la terminología, varían según los casos; pero la conclusión es siempre la misma. Cuando un Gobierno se dispone a hacer una ejemplar manifestación de autoridad, ya se sabe en qué termina: en vejar a los que ponen negro sobre blanco. No es extraño, y aun debe reconocerse un progreso. Somos de una raza que se había especializado en quemar escritores. Ahora se les quema la sangre nada más.
Pero la tradición no se interrumpe. Reunid nueve celtíberos: encargadles del Poder. Durante unas semanas gobernarán con suavidad, con mansedumbre. De pronto, una tarde, sentirán que se despierta en su interior un primitivo y fiero instinto venatorio. A la mañana siguiente, con el arma al brazo, ved que se echan al soto, y desdeñando la fauna más variada, prefieren siempre como pieza el bípedo con la pluma en la mano.
El Sol, 8 de julio de 1918