Abstract
Against Lerroux’s proposal to suspend the jury in Barcelona: a liberal may accept its suspension in determinate circumstances, but not when the jury has acted without irregularity and the judges who would replace it offer no better guarantee. The question is badly posed: the real ill is the general disorder of justice and law in Spain.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando oímos que el discurso del señor Lerroux había producido un gran efecto en el Congreso, no nos extrañó nada. Siempre hemos tenido una alta idea de la capacidad mental que usufructúa el señor Lerroux. En un Parlamento como el nuestro, habitado por sombras, es él uno de los pocos cuerpos políticamente sólidos. En cambio, nos ha extrañado mucho que al leer nosotros el discurso no nos haya parecido tan bien. Es más, si no hubiese quedado en el uso de la palabra, dejándonos la esperanza de que la segunda parte subsane la primera, diríamos que nos había parecido mal.
Conviene, por lo tanto, esperar al término de la oración para intentar su anatomía. Hoy nos urge, sobre todo, poner algunas advertencias al punto en que más concretamente se ha expresado el señor Lerroux, a saber: su opinión de que a los crímenes sociales de Barcelona debiera responderse suprimiendo el Jurado.
Con mucha razón venía a decir el señor Lerroux que suprimir en tal o cual caso el ejercicio del Jurado no es cuestión de principios liberales o reaccionarios. Claro está que si en una localidad se vuelven todos dementes, nadie está más interesado que el liberalismo en evitar que sus pulcras instituciones sean manipuladas según el genio de los orates. Admitimos, pues, que un liberal, sin dejar de ser liberal, pueda aceptar en determinadas circunstancias la supresión del Jurado. Pero nos parece completamente inadmisible que un liberal pida la supresión del Jurado cuando no se dan, ni mucho menos, esas determinadas circunstancias; cuando en el ejercicio de la institución no ha habido la menor irregularidad; cuando, por el contrario, los jurados han cumplido estrictamente con su más estricto deber, y cuando sobre esto los jueces que pudieran sustituir al Jurado no ofrecen ninguna garantía superior a la de éste. Y sin embargo, el señor Lerroux, que conoce mucho mejor que nosotros la verdad de lo que decimos, pide desde lo alto de sus treinta y cinco años de radical liberalismo que sea suspendido el Jurado en Barcelona.
En general, ha pecado su discurso de excesivo sintetismo. Ya que —a nuestro juicio, con error— se ha concretado la discusión exclusiva y maniáticamente al hecho de los crímenes, dejando en vaga alusión lo que tienen de sociales, debió el señor Lerroux presentar el tema con algunos más detalles. Debió decir, por ejemplo, que, como días antes había recordado el señor Zulueta, los jurados no han podido juzgar de otro modo que lo han hecho porque los testigos no acusaban a los reos. Debió decir que en un caso, el hijo de la víctima, no obstante saber que el reo era el asesino de su padre, no quiso declararlo. Debió decir que, salvo en un proceso, los magistrados no han hallado medio para decretar la revisión, antes bien, han tenido que reconocer con sus firmas la perfecta legalidad del procedimiento. Con más razón que al Jurado, habría que suprimir jueces y testimonios. Ésta es la obligada consecuencia de la cuestión, así planteada. Y como esta consecuencia es absurda, quiere decirse simplemente que la cuestión está mal planteada, que es mucho más compleja y que ha de buscarse su solución en otras dimensiones muy distintas de la simple modificación en el procedimiento criminal.
¿Con qué sustituiría el señor Lerroux la actuación del Jurado? En un país donde cabe recurrir de una institución enferma a otra en plenitud de sanidad y de prestigio, problemas como éste tienen fácil arreglo. Pero es el caso que el nervio más poderoso del discurso que comentamos está precisamente en haber expresado con certera evidencia el estado de trastorno general que hoy padecen en España la justicia y la ley. Contentarse con palabras, dejar que éstas suplanten las realidades es envenenar la vida de un pueblo. Por la sencilla razón de que las realidades acaban por vengarse inexorablemente de las palabras suplantadoras. ¿Y no sería verbalizar dañinamente decir que otros jueces ofrecen más garantía a la totalidad del pueblo que este Jurado, malo y todo? En un Parlamento que ha tenido que corregir las sentencias de todo un Tribunal Supremo sobre la vil materia de unas pobres actas electorales, no puede el señor Lerroux decir tal cosa. Su fuerza parlamentaria ha sido siempre la que, en definitiva, como escribe un genial pensador, constituye el secreto de toda la firme política; decir lo que es, expresar realidades.
Ejemplo claro de ello es que el momento más eficaz de su discurso fue aquél en que dijo la más patente verdad: cuando mostraba la imposibilidad de que se impidiesen unas injusticias mientras se dejaba a otras triunfar, y de que fuese por los de abajo respetado un Poder que las Juntas de defensa tienen bajo sus talones. Este punto es hoy el esencial. De él hay que partir cuando se intenta restaurar el orden, la tranquilidad, la ley y la ética en España. En él creemos que insistirá hoy el señor Lerroux haciendo ver que nunca como ahora necesita la espada de la Justicia tener dos filos para de un solo golpe anular dos iniquidades contrapuestas.
Publicado sin firma, El Sol, 12 de enero de 1920