Abstract

Starting from the false idea Europe formed of the United States, Ortega develops a theory of ideas as schemata for handling things (with a critique of pragmatism, whose error is to reduce what we deal with to the perceptible) and concludes that to live is to face the oncoming circumstance and interpret it: ‘living is a work of imagination’, possible for man thanks to memory.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En mis conferencias de Buenos Aires —1928— y luego en mi libro La rebelión de las masas, he insinuado que entre las causas de la depresión vital que Europa ha padecido durante estos años, la más curiosa de todas es una idea: la falsa idea de los Estados Unidos que dejó entrar en su mente. Pero esto requiere, para ser comprendido, una preparación.

Las ideas, es decir, las imágenes esquemáticas que de las cosas nos hacemos, representan en la vida un papel semejante al de esos planos mecánicos que con el automóvil suele entregar la casa constructora al cliente. El motor y sus órganos están representados por una serie de líneas puras que simplifican la realidad y facilitan su manejo. El hombre construye la idea con el propósito, deliberado o no, de fijar un modo de habérselas con la cosa. Si no tuviésemos por inexorable sino que manejar las realidades en torno, no es verosímil que poseyésemos ideas. Aunque la naturaleza arbitrariamente nos hubiese dotado de inteligencia, yacería ésta en un rincón de nuestra persona, herrumbrosa y anquilosada, como en el desván la máquina fuera de uso. La pura contemplación no existe. Lo que el griego y el místico cristiano llamaban vita contemplativa no era tal, en rigor. Para uno como para otro la contemplación significó una efectiva manipulación de cosas, sólo que de las últimas cosas, de las realidades trascendentes: Dios, el universo, el sentido de la vida. El error del pragmatismo no radica en que considere las ideas como instrumentos, sino en que quiera reducir las cosas con que el hombre tiene que habérselas a lo perceptible y experimentable, lo que está a la mano y presente, el mineral, la planta, el animal y la estrella. (Porque la estrella por muy lejos que esté está siempre también a la mano). Si así fuese, la vida resultaría faena fácil, tal vez resuelta con cierta plenitud hace milenios. Especies inferiores al hombre, como el chimpancé, tienen ya, según Köhler, capacidad instrumentífica y esto no sería posible si careciesen de vislumbre de idea. Es probable que las ideas del animal no sean estables y posean un carácter de ideas-relámpagos, de «ocurrencias» que no se solidifican en su mente y por esto no llegan a ser «ideas generales». Pero este defecto de su inteligencia se debe más bien a insuficiencia de otra facultad que no es el pensamiento: a falta de memoria. Acaso, acaso el animal es menos pensador que el hombre solamente porque recuerda menos que éste, porque retiene menos; en suma, porque es un distraído. Tiene, según esta hipótesis, excelentes ideas, pero no las sabe conservar, no las acumula y, como vive no ya al día, sino al minuto, está siempre en los rudimentos.

Digo, pues, que la vida del hombre sería cosa fácil y tal vez resuelta suficientemente desde milenios si no tuviésemos que habérnoslas más que con cosas materiales. Pero el hecho de que tenga una rica memoria le ha complicado sobremanera la existencia. Verán ustedes por qué rodeo tan imprevisto. La vida, lo mismo en el animal que en el hombre, es una faena que se hace hacia adelante. Es afrontar la situación que en cada nuevo momento sobreviene. Propiamente hablando no se vive «ahora» ni «antes» sino en este inmediato futuro que en cada instante avanza hacia nosotros planteándonos problemas. Vivir es hallar la manera de conservarse en el momento próximo, en la circunstancia nueva. En este sentido tan elemental, vivir es sobrevivir. Ahora bien, esto supone que al llegar esta nueva circunstancia, el ser viviente tiene que hacerse cargo de ella y esto le obliga a interpretarla. No hay vida sin interpretación del contorno. Esta interpretación consiste en que el viviente ante la nueva circunstancia reacciona confrontándola con las pasadas que su memoria conserva. De este confrontamiento surge un esquema o figura ideal de la nueva situación en vista de la cual el ser viviente resuelve una actitud. Hay, pues, una construcción imaginativa del inmediato porvenir, de lo que va a pasar, de lo que va a ser el contorno en relación con el sujeto. Parecerá extraño, pero es la pura y simplicísima verdad: vivir es una obra de imaginación. Mas como es sabido, la imaginación es el reverso de la memoria. Desarticula el material de imágenes recibidas y lo articula en combinación con las percepciones o imágenes presentes. De aquí que cuando se tiene poca memoria no se puede tener mucha imaginación. El animal que recuerda poco opone a la situación presente poca reacción constructiva, es decir, que casi no interpreta, añade muy poco de su Minerva propia a los puros hechos que tiene delante y, sobre todo, reduce el porvenir hacia el cual se prepara al mero instante inmediato. En cambio, cuando el hombre imagina lo que va a venir, la nueva situación que sobrellega, el futuro que avanza sobre él, anticipa largamente basándose en el largo pasado que conserva. Se comprende que existe una correlación entre la cantidad de futuro que se anticipa y la cantidad de pasado que se recuerda. Por eso el hombre maduro es menos resuelto ante cada nueva situación: ve en ella no sólo su superficie inmediata e instantánea, sino sus consecuencias. Como el buen jugador de ajedrez al mover una pieza tiene la profética intuición de las innumerables jugadas que puede provocar. El «mañana» tiene para cada ser viviente distinto espesor según sea de espeso el «ayer» que conserva en la reminiscencia.

De esta suerte, la repleta bodega de los recuerdos obliga al hombre a imaginar un futuro vastísimo que, a veces, es toda su vida posible y todo el mundo en que ha de moverse. Para dar un paso tiene que anticipar todos los demás e idear el camino y esquematizarse el universo en un plano topográfico. No tiene duda: el hombre por su esencia misma se complica la vida, y cuanto más hondo sea su vivir y más auténticamente humano, la complicación es mayor. ¡Y todo por esta venturosa desdicha de poseer una formidable imaginación!

El chimpancé no tiene que preocuparse más que de buscar ahora el plátano hacia el cual siente apetito. Vive así de momento a momento, como en pespunte. Pero el hombre al imaginar su vida entera hace que ésta gravite sobre el paso singular que ahora va a dar. ¿Para qué darlo? —se pregunta. —Para dar luego tal otro —se responde y así sucesivamente. Y cuando ha imaginado el último paso, cuando ha anticipado la totalidad de su vida, se encuentra con que su imaginación le fuerza a salir de ella y preguntarse: ¿Para qué toda mi vida? ¿Qué sentido tiene mi vivir?

El hombre es el único viviente que para vivir necesita darse razones de existir. La cosa es increíble, pero indubitable, pero inexorable. La vida humana necesita —quiera o no— justificarse a sus propios ojos. Sólo podemos vivir apoyados en ciertas ideas sobre nosotros mismos y el más o menos de vida —su energía, intensidad, eficiencia— depende del coup de champagne que esas ideas logren darnos.

Supóngase un hombre que ha ejercitado un enorme esfuerzo para lograr la creación de algo. ¿De dónde ha manado ese esfuerzo? Evidentemente de la fe que tenía en el valor de ese algo y la convicción de que sólo mediante ese esfuerzo se podía conseguir. Pero he aquí que de pronto, a su vera, otro hombre logra crear otra cosa mejor aún y con una plenitud, con una sencillez y precisión de medios, sobre todo, con una facilidad y seguridad radicalmente superiores. No hay duda de que esta averiguación producirá completo desánimo en el primero. Con esfuerzo incomparablemente mayor, sólo ha obtenido un resultado incomparablemente inferior. Esto dejará en él la impresión de que no puede luchar más, que se ha equivocado y que aquel otro hombre pertenece a una especie cualitativamente distinta para el cual, desde luego, no existen las dificultades y problemas en que quedó enterrado su esfuerzo.

Pues éste ha sido el estado espiritual de Europa durante unos años frente a los Estados Unidos. Creyó ver que un pueblo joven, sin necesidad de larga preparación, de angustias, de luchas, conseguía crear un tipo de vida nueva, dentro del cual quedaban eliminados casi todos los azares, fallas y lacras que los conocidos hasta ahora habían siempre arrastrado. Imagen tal disminuía automáticamente la idea heroica de sí mismo que durante siglos había mantenido al europeo en la brecha de las esforzadas creaciones. Tenía que perder fe en su obra y en sus propias cualidades. Seres de condición nativamente superior venían a implantar una vida nueva, cuyo nivel inferior se hallaba desde luego muy por encima de toda la historia humana antecedente. Era inevitable que Europa, comparando su realidad con esa imagen del norteamericano, se sintiese como un definitivo e irremediable pasado. Se vive, decía yo, de la idea que uno tiene de sí mismo, pero en ésta interviene siempre, más o menos, la idea que tengamos de los demás. Si de los demás tenemos una idea demasiado buena, cuanto somos o hacemos nosotros nos parecerá despreciable, y este desprecio reflejo, actuando hora tras hora sobre nosotros, acabará por aflojar nuestra tensión vital.

Ahora bien, si esta idea que Europa tuvo de América durante estos años fuese cierta, pasada esa etapa de depresión, habría sido fecunda. La nueva vida superior habría acabado por refluir sobre nuestro continente y el europeo se hubiera sometido, con renovada ilusión, a la disciplina de este otro hombre auroral. No es posible que una nueva calidad humana de auténtico valor positivo produzca sólo efectos negativos. Norteamérica debía haber sido a estas horas como una inyección puesta al Viejo Mundo. Ahora bien, no ha sido así.

1930 será probablemente una fecha de suma importancia. En ella hace crisis la idea falsa sobre América que el europeo aceptó un momento —y sincrónicamente, el americano inicia la duda sobre sí mismo. La consecuencia es inexorable: comienza una etapa de depresión americana y de resurgimiento europeo.

El cambio en la imagen de los Estados Unidos aparece muy claro en algunos libros recientes que conviene analizar.

La Nación, 22 de marzo de 1931.

(Véase la continuación en el año 1932, Sobre los Estados Unidos).

[En el tomo V de estas Obras completas]