Abstract
Political polemic: the radical disease of Spanish public life is not the right/left divide but indecency in the exercise of public power (‘today’s Spanish state is anarchy with the official gazette in hand’), against the commonplace of those who preach attending only to ‘concrete problems’. Not a philosophical text.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Innumerables veces he dicho que el problema de la vida pública de España no era cuestión de «derechas e izquierdas». Acaso por defectuosidad en el modo de decirlo producía siempre con ello alguna irritación en torno. Los irritables no advertían que me refería yo a lo que en nuestra vida pública era y es más urgente, a su mal peculiarísimo. Siempre he detestado la nivelación de los problemas españoles con los de otros países. Es una holgazanería mental traspasar a España, sin más ni más, las soluciones que a sus angustias han dado otros pueblos. Cada ser, persona o nación tiene su angustia intransferible y su inalienable alegría. Y de esa angustia y esa alegría propias hay que vivir como de la única raíz auténtica. El mundo en rededor —en este caso los otros pueblos— está ahí actuando sobre nosotros, y debemos ser porosos a él y estar abiertos a su influjo. Pero en definitiva, para regir nuestra vida, el contorno debe servir sólo de orientación que nos ilustre y no de pauta que imitemos. La vida como imitación es la vida como falsificación.
Nuestro mal radical y primario no existe hoy en los otros grandes pueblos. Se ha denunciado este mal desde hace veinte años en todos los tonos y maneras. No se ha hecho gran caso. Pero hoy —tarde ya— lo ven los ciegos y lo oyen los sordos. El mal radical de la vida pública española es la falta de decencia en el comportamiento del Poder público. Y como este mal es una cuestión previa y más definitivamente profunda que toda disociación en derechas e izquierdas, acontece que hoy aparecen juntas derechas e izquierdas combatiendo a un Poder público prevaricador.
La mejor comprobación de la originalidad de nuestro mal se ofrece en la fisonomía originalísima del movimiento que a estas horas hace estremecerse a España. Porque el hecho incontrovertible es éste: que están juntos frente al sistema actual del Poder público los hombres entre sí más dispares por sus temperamentos e ideas políticas, y que al mismo tiempo, con ejemplar unanimidad, ceden todos en sus diferencias, suspenden sus particulares demandas, para pedir sólo… un orden, un Estado de conducta limpia.
Y sólo quien sea incapaz de ésta puede desconocer que tal encrespamiento de una gran parte del pueblo español no tiene otro origen que la perenne indecencia con que ha sido ejercido el Poder público. No se trata de una inquietud espontánea, de una indocilidad súbita en la masa ciudadana, como han sido frecuentes en otros países. Al contrario, estamos frente y contra el Poder, no por gusto, sino a la fuerza.
Durante cincuenta años han sido manejados los enormes instrumentos del Estado —ley, Parlamento, Administración, justicia, Ejército— impuramente, poniéndolos al servicio de miras particulares, cuando son los sagrados instrumentos de la vida común, de la vida nacional. Los españoles arrastraban su existencia quietos, demasiado quietos. En ningún país de Europa durante los últimos cincuenta años, ha planteado el pueblo menos conflictos a sus gobiernos que en España. Ha sido el mismo Estado quien ha envilecido sus propios actos usando deslealmente la ley, escarneciéndola por su propia cuenta. El Estado español de hoy es la anarquía con la Gaceta en la mano.
Es ello tan evidente, que resulta bastante ridículo escuchar cómo ahora se quiere oponer a un hecho tan enorme este tópico jubilado: «La política consiste en ocuparse de problemas concretos…»
No se sabe por qué, unas cuantas gentes han dado ahora en decir semejantes cosas. Notas y epístolas que aparecen en los periódicos ostentan este «reciente» descubrimiento, acompañándolo con unos aires de petulancia sobremanera inoportunos. Hay, en efecto, algunos señores que creen haber llegado con eso al ápice de toda sabiduría política. «Nada de cuestiones abstractas; problemas concretos». Y si se pregunta cuáles asuntos son de la una clase y de la otra, se nos dice muy en serio que es abstracto ocuparse de la constitución del Poder público, y que es concreto ocuparse de la moneda.
A lo cual ocurre oponer una larga serie de observaciones numeradas por I, II, III…
I
Comencemos por lo menos importante —una cuestión de palabras. Poco importante, pero sintomática de la «cultura» que movilizan estos señores. Si el lector ante una naranja decide ocuparse sólo de su color o de su peso o de que se venda en Francia, no obstante la querella de los vinos, es indiscutible que ha decidido ocuparse sólo de una parte de la naranja. Prescinde o abstrae de todo lo demás que hay en ella y se queda sólo con una parte. La parte es siempre un pedazo separado o abstracto de la cosa entera. Esto se aprende en los institutos de segunda enseñanza. Ahora bien: los señores del tópico quieren reducir la política a problemas particulares o parciales; por lo tanto, abstractos; pero les llaman «problemas concretos», maltratando el idioma como podía hacerlo un carabinero —sea dicho sin enojo para este Cuerpo, ya que su misión se limita a evitar el contrabando de cosas, como la mía es a ratos evitar el contrabando de palabras.
Pero repito que el desliz tiene escasa importancia y no urge nada discutir ahora los diferentes sentidos de «abstracto» y «concreto», ninguno de los cuales coincide con la intención de estos señores. Vayamos de la palabra a la cosa misma.
El señor Cambó, capitán de estas gentes, ha dicho a los españoles —en unas notas y cartas de tono archiimpertinente, escritas allá en la altura de un presunto Sinaí— que eran unos mentecatos ocupándose en política de cuestiones que no fuesen «concretas». Los demás pueblos de Europa se atienen sólo a éstas, según ha visto él en sus viajes, y como él es el único español que viaja, no hay sino creerlo. Las cuestiones «constitucionales», es decir, de organización del Poder público, son abstractas y extemporáneas.
II
Da el señor Cambó por supuesto y evidente que nosotros tenemos la obligación de imitar a los otros pueblos. Ya he rechazado más arriba tal supuesto y tal evidencia. Esa propensión al mimetismo es residuo de una de las enfermedades que padeció el próximo pasado de Cataluña y que seguramente van a curar sus nuevas generaciones. Para la persona, como para la nación, vivir es aceptar el destino, y el destino es siempre único, intransferible.
Pero ahora voy a admitir provisionalmente aquel imperativo de imitación. Queremos imitar en serio a esas naciones ejemplares, queremos, como ellas, hacer una política exclusivamente de asuntos «concretos»; por ejemplo, el monetario. Pero pronto advertimos que no nos es posible. Pues ocurre que si esos países atienden sólo a menesteres particulares de su vida pública es porque tienen resueltos los integrales. Vacan a lo particular en la medida en que han resuelto lo fundamental. El poder público se halla en ellos, por lo visto, suficientemente estabilizado, en virtud de lo cual no van a inventar problemas que no tienen, y se ocupan, sin más, de los parciales que salen a su paso.
Si queremos imitarlos en serio tenemos que empezar por imitar su pasado. Antes de copiar su estabilización monetaria necesitamos copiar su estabilización del Poder. Sin ésta no hay que hablar de aquélla. Pero esto no nos llevaría a un Gobierno Cambó. Nos llevaría directamente a Robespierre y a Cromwell.
Lo más importante que hay en una nación es su Estado, su Poder público, o lo que es igual, la cuestión de quién manda en ella. Cuando arrastra una conciencia sucia en esta sacra cuestión del mando —el Mando, el imperio, es siempre sacro imperio—, colectiva e individualmente se desmoraliza. Se desmoraliza el ciudadano y se desmoraliza la moneda, sin que haya otro medio de restaurar la moral de ambos que purificar la conciencia pública en la gran cuestión de Mando y Obediencia (véase La rebelión de las masas, página 465).
III
Esto quiere decir que no son separables los problemas parciales o «concretos» de los integrales o fundamentales. Y menos que otros el de la moneda. La moneda es un órgano del Estado que se nutre de confianza. No puede el extranjero tener confianza en una moneda si no la tiene en el Estado cuyo órgano de pago internacional es ella. Y no puede el extranjero tener confianza en un Estado cuando los indígenas no la tienen tampoco. Sin reconstituir la interna personalidad histórica de España es inútil pretender reconstituir aisladamente uno de sus atributos como el crematístico. Lo decisivo en la estabilización de la libra no lo hicieron los economistas, sino el pueblo inglés. Durante 1920 y casi entero el 1921, antes de que comenzasen a actuar las disposiciones desinflacionistas, se produce espontáneamente una gran baja de precios, y ésta y no aquellas disposiciones es quien origina la desinflación. Ahora bien: fenómeno tal no es verosímil sino en un pueblo que tiene confianza en su Estado y se siente solidario de él.
En España, la estabilización —y conste que no entiendo de estos asuntos— es, como problema estrictamente técnico y de «idea», cosa que puede hacerla un niño: por el reducido volumen de nuestra economía, por la gravedad incomparablemente menor de nuestra situación comparada con las naciones beligerantes, y en fin, por llegarnos la hora después de la experiencia lograda en tantas otras estabilizaciones recientes. Conviene, pues, evitar esos aires de «iniciados» que toman los señores del tópico, entre los cuales no hay un solo economista auténtico.
Lo malo empieza cuando se trata de realizar la teoría o técnica estabilizadora. Y entonces caemos en la cuenta de que las dificultades españolas son incalculablemente superiores a las que ha encontrado en otras partes la restauración de la moneda. Pudo hacerla Francia porque Francia entera confiaba personalmente en Poincaré y en su burocracia. Inglaterra, porque confiaba en Cunliffe, en su canciller y en su Banco. Y parejamente Alemania en Schacht, Italia en Mussolini. Pero España precisamente no confía en el señor Cambó ni en el Estado. El supuesto «problema concreto» tiene sus raíces en lo más vagaroso e imponderable que hay en el mundo: la confianza.
IV
Pero, además, resulta demasiado pueril para no despertar sospechas, que se quiera entrar en una reforma de la moneda en medio de una crisis radical del Poder público. Esa reforma implica uno de los efectos más graves para la estructura social de un pueblo, a saber: el desplazamiento de la riqueza, la depresión —cuando menos la depresión— de ciertas clases sociales cuya economía queda cercenada. Otra raíz del problema particular que penetra hasta lo más hondo en la vida integral de un país.
Pero, además, nadie ignora que en una estabilización lo de menos es ella misma. Lo de más es que obliga en la etapa de postestabilización a una política no sólo financiera, sino directamente industrial y comercial sumamente precisa, pronta y eficiente. De otro modo sobreviene una catástrofe. ¿Y se puede hacer todo eso sin un Estado en punto? ¡Vamos, hombre!
Si algo se ha aprendido en el mundo durante estos últimos años es que todos los fenómenos de la vida pública poseen una solidaridad entre sí superior a cuanto podía imaginarse. Se está viendo que las formas de la convivencia humana actual traban unas cosas con otras tan prietamente, que casi es angustioso. Dentro de cada nación y entre las naciones. La última experiencia grave se ha hecho a cuenta de los Estados Unidos y su pretensión de particularismo.
Esta desintegración y dispersión de la política en los llamados «problemas concretos» tiene, pues, todo el aspecto de una pura tontería. Se comprende que el duque de Maura piense así; pero da ocasión a sorpresa ver embarcado en tal extravagancia al señor Cambó, que parecía hombre con algún despejo…
El Sol, 13 de marzo de 1931
V
Uno de los diálogos más ilustres de la historia humana fue aquél que mantuvieron en Erfurt el I de octubre de 1808 Napoleón y Goethe. Se hablaba del teatro antiguo, y Napoleón censuraba que se quisiese interesar al hombre actual con la imagen mitológica del Destino que manejan las tragedias clásicas. Entonces el rayo de la guerra pronunció una palabra formidable, cuya tremenda verdad revive ahora Europa: «¡El Destino es hoy la política!»
El Destino es el nombre de lo que el hombre, quiera o no, tiene que aceptar; es el hosco perfil de las crudas faenas que le son inexorablemente impuestas. Es lo contrario de la frivolidad, que cree poder tomar o dejar lo que le viene en gana. La vida humana contemporánea está mucho más profunda e inevitablemente socializada que la moderna, medieval y antigua. Por ello, la mayor porción de presiones y problemas que gravitan hoy sobre el individuo provienen de su contorno social, del gran cuerpo político en que está sumergido y preso. Es decir, que su destino, el repertorio de conflictos que, quiera o no, ha de aceptar, se compone en dosis enorme de cuestiones políticas.
«El Destino es la política». Y viceversa. Política es el conjunto de problemas que es preciso aceptar. Los «concretos» y los inconcretos —los que haya. No es cuestión de albedrío. Pretender escoger unos y eludir otros equivale a ignorar que la vida no tolera el capricho, que es una cosa muy dura, muy grave y muy seria, con la que es forzoso apencar. Lo demás es señoritismo.
Y he aquí que estos señores o señoritos reunidos en el partido del centro resuelven prescindir sencillamente de la cuestión radical que mueve toda la historia de España desde 1900: la reorganización del Poder público. Así, sin más ni más. Según ellos, es una cuestión «abstracta», fantasmagórica, taumatúrgica… Ellos quieren sólo «problemas concretos».
La inepcia, aunque voluminosa, no sorprendería en las gentes menores de ese partido. Pero sí sorprende en el señor Cambó. Porque si algo ha representado este hombre en los últimos veinte años, es rigorosamente lo contrario de una política desintegrada, inorgánica y de cabos sueltos o «concretos». Parecía que Cambó, a diferencia de los viejos políticos, tenía percepción para lo que es esencial en toda verdadera política: su dinamismo histórico, su verdad cósmica. Una política que no vaya empujada en su totalidad por un gran viento histórico —el viento del Destino, que empuja a Carlos V y su corcel negro en el genial retrato de Tiziano— es puro embeleco. Por eso Cambó hacía condición de toda política un Ideal peninsular. Es decir, no admitía problemas aislados, que el azar arroja como zancadilla entre los pies de los gobernantes, sino problemas suscitados orgánica y deliberadamente por éstos. En suma, frente a la política atomística y de mera reacción ante los hechos, fue Cambó el hombre de la política integradora, que crea o suscita en la matriz de un ideal sustanciosos problemas. ¿No ha de causarnos sorpresa verle ahora en la galería del «concretismo»? ¿Cómo se explica esta degeneración?
VI
Por lo pronto se explica por una pérdida de fe. La política de «problemas concretos» no es sino… canovismo, escepticismo. Cambó, que ha dejado de creer en Cataluña, no logra tampoco creer en España, y con personajes subalternos de Madrid inicia un nuevo canovismo. Se renuncia otra vez a que España sea una nación vertebrada y en pie, que se hinque bien en la historia, que afirme su puesto al sol y afronte con entusiasmo el misterio del porvenir.
Resolución tal no puede menos de encontrarnos apasionadamente en contra. No me es lícito renunciar a que mi nación llegue a poseer todos los atributos esenciales de un pueblo actual, históricamente vivo. Será más o menos difícil dotarla de ellos. Pero desahuciarla es aceptar una mitología trivial que habla de las «razas incapaces» y es humilde provincianismo que se queda atónito ante los pueblos triunfantes, y no advierte
que el mundo da muchas vueltas,
y ayer se cayó una torre.
El hecho de que Australia posea 165.000 millones de toneladas en reservas de carbón y España sólo 2.550 es, en efecto, incorregible. Pero esto es un defecto absoluto de la tierra ibérica, no de la nación española, que se compone de hombres. La escasez de carbón dificultará que el hombre español llegue a ser muy rico; pero no imposibilita que sea un hombre de alma limpia, de mente clara y de ánimo elástico, que pueda instalarse entre las otras variedades humanas y hacerse de ellas estimar y respetar. Conseguir esto es lo importante y lo único necesario: lo demás es… cursilería. Pero eso no se consigue circunscribiéndose a los «problemas concretos», sino que exige la reforma a fondo de la vida española, que nosotros, gústele o no al señor Cambó, estamos resueltos a acometer con tanta energía como buen humor.
VII
En todo lo anterior he procurado razonar por qué aunque los otros pueblos de Europa se ocupen sólo de problemas particulares —según asegura el señor Cambó—, España no tiene otro remedio que atacar en su raíz los integrales. Pero ahora descubro al lector que esos razonamientos fueron puro lujo. Quería mostrar que, aunque fuesen tales los hechos europeos, el señor Cambó no tenía razón en sus consecuencias. Pero la ficción no debe prolongarse más. Pues acaece que los hechos avizorados por el señor Cambó en sus viajes son completamente imaginarios, y que la realidad contradice cara a cara y de arriba abajo sus afirmaciones.
En rigor, nada extraño sería que esas naciones, entre las cuales se cuentan las más próceres, atravesasen un período de sobrada estabilización en su Poder público. Ello no daría pie para extraer sugerencias ni moralejas; pero, en fin, podía ser un hecho más o menos transitorio.
Por mala aventura del señor Cambó, el panorama político de Europa resulta ser el siguiente:
Italia se ocupa en construir nada menos que un Estado; en opinión de los italianos, novísimo y sin precedentes en la historia. Día por día se afana en inventar nuevas instituciones de Poder público.
En Alemania pelean por las calles las multitudes, no con motivo de «problemas concretos», por ejemplo, el ligerísimo de sus cinco millones de obreros parados, sino sobre la Constitución, sobre democracia o autoritarismo, internacionalismo o nacionalismo.
Subamos a Polonia. Hace ocho días se ha comenzado a leer en el Parlamento el proyecto de una nueva Constitución.
Tal vez el señor Cambó considere esos pueblos como relativamente anormales, y otorgue sólo a Inglaterra y Francia el carácter de normativos. ¡Bueno fuera que en esas dos naciones rectoras del mundo, y que emergen triunfantes de guerra tan atroz, anduviesen las cosas manga por hombro y todo en desequilibrio! Sin embargo, da la siguiente casualidad. En Inglaterra, donde hay a estas horas enormes problemas concretos, como el del paro y la fuga del oro —¿se da cuenta el lector de lo que significa para la City el menor síntoma de fuga del oro?—, se entretienen, no obstante, en discutir alrededor de una Mesa Redonda. Y lo que en ella discuten es —nada menos— la nueva Constitución de la India, con la cual se inicia —nada menos— la Constitución de lo que se llama el Tercer Imperio Inglés.
Pero se dirá que, por lo menos, la Inglaterra tradicional, las viejas islas brumosas, el Reino Unido, modelo sin par de Poder público, no se ocupa de fantasmagorías constitucionales. Se dirá —ya lo ha dicho tranquilamente el señor Cambó—; pero se dirá una cosa contraria a la verdad. Porque estos días publican los periódicos telegramas dando cuenta de haberse comenzado a discutir en el Parlamento el proyecto de «elección alternativa», que significa la base de coligación entre el partido laborista y el liberal. Ahora bien: todo el que conozca someramente la historia inglesa sabe que sus modificaciones constitucionales en los últimos dos siglos han consistido principalmente en simples reformas electorales. (Yo sostengo que, en rigor y en sustancia, los cambios más esenciales en el Poder público son en todas partes las reformas del procedimiento electoral. Véase mi libro, próximo a publicarse, La redención de las provincias y la decencia nacional).
Queda, pues, Francia y sólo Francia para sostener la tesis audaz del señor Cambó. Y, efectivamente, Francia representa hoy en el mundo la defensa del statu quo, y es, por el momento, la potencia reaccionaria por excelencia. Pero basta escarbar un poco por debajo de la superficie para advertir que ese statu quo va a durar muy poco. Y es el político más realista, más concretista de Francia, monsieur Tardieu, quien hace pocas semanas ha dado al viento un vocablo, no más que un vocablo sin materia ni peso, pero en torno al cual muy pronto se encenderán las pasiones. Ese vocablo no designa un problema particular, sino todo lo contrario, el más integral que cabe. Tardieu ha dicho: «Hay que construir un Imperio, el Imperio Francés». Y, en efecto, una nación que posee tan enormes colonias, dominios, protectorados, etcétera, tiene que plantearse el problema de su Constitución en Imperio.
Compárense con estos hechos las palabras que Cambó escribía, en estilo doctoral, hace unas semanas y tómese luego en peso, para calcularla bien, la… liviandad de la pluma del señor Cambó. ¿Qué han aprovechado a este señor sus frecuentes viajes? ¿Cómo no se ha percatado de hechos tan patentes? ¿Viaja con escafandra y no le llegan los rumores más claros del contorno? Porque hay escafandristas natos y sin remedio. Yo creía que el señor Cambó no pertenecía al gremio; pero voy temiendo que sea un maestro en el arte de no enterarse de las cosas y gran licenciado en tomar el rábano por las hojas.
Como siga así, vamos a convencernos de que el señor Cambó no es sino un conde de Bugallal que, por distracción, se ha olvidado de que es el conde de Bugallal.
VIII
Para que un partido sea un «partido del centro» no basta con llamarlo así: es menester que lo sea. Por esto, el que bajo esa denominación ha aparecido recientemente, y que tremola la bandera del «concretismo», no se lo ha parecido a nadie. Diríase que lo han fundado los chinos, ya que son los chinos el pueblo que resolvió, por sí y ante sí, declarar que su tierra era el centro del mundo, y llamó a su Estado el Imperio del Centro. Pero son las humanas perspectivas tan relativas, que, mirada la China desde Europa, resulta ser el Extremo Oriente, como quien dice la extrema derecha.
Sobre el verdadero carácter de ese partido no tenemos hoy otra orientación que el predominio en sus filas de los hombres de negocios. Han acudido a él presurosos, «como las zoritas al palomar». No se vea en esto alusión maldiciente alguna, que me repugnaría deslizar en giro vago, sin compromiso de acusación precisa y prueba rigorosa. Considero funesto para una nación que sus políticos sean hombres de negocios, pero no porque estos negocios sean sucios, sino también en el caso de que sean limpios.
Y no es hostilidad de «intelectual» contra los hombres de negocios. Yo deploro que en España haya tan pocos, y espero mucho de su multiplicación. Sin ellos nuestro país no alcanzará jamás el nivel a que ha llegado la evolución económica europea, que es, a su vez, condición material de todo progreso histórico para la Península. Necesitamos a grandes zancadas situarnos en la altitud del capitalismo continental, y esto sólo pueden realizarlo los hombres de negocios. ¡Aviada estaría España si tuviese que esperar su plenitud económica de nosotros los escritores! Por eso yo, desde mi boardillita, me entusiasmo cuando veo pasar un auténtico hombre de negocios.
Pero otra cosa es que esos hombres de negocios estén en el Poder, y, en vez de hacer sus negocios, los compliquen con la política. Por ejemplo: no obtiene España la menor ventaja de que sea ministro de Hacienda el señor Ventosa, que es, a la par, vicepresidente de la Chade. Y menos todavía cuando en ese Ministerio existe un expediente sobre tributación de la Chade. Rechazo toda insinuación maligna que pretenda rebasar lo más mínimo la significación estricta de esas palabras; pero la significación estricta de esas palabras quiero que conste de la manera más taxativa. Yo no admito dentro de mí el pensar mal gratuitamente de nadie; pero, como español, protesto de que se me obligue a pensar bien de situaciones nacionalmente delicadas. Por eso, porque ni es lícito pensar mal ni es aceptable que se nos obligue a pensar bien, es por lo que no pueden estar en el Poder los hombres de negocios.
Si esto fuera sólo una opinión mía, no importaba en dosis apreciable. Porque mi poquedad está siempre a un dedo del error. Lo malo es que tengo mis clásicos. Y no cualesquiera, sino el clásico de los clásicos en la materia, el padre y maestro de la Economía política, el propio Adam Smith. El cual, en su libro fundamental, dice esta friolera: «Los mercaderes y jefes de manufacturas son las dos tribus del pueblo que de ordinario representan mayores capitales, y que por su riqueza atraen sobre sí la mayor cantidad de consideración pública. Como se pasan la vida imaginando proyectos y combinando nuevas empresas, superan en penetración y en inteligencia a la mayor parte de los hombres que hacen vida de nobles en sus tierras. El pensamiento de aquéllos, no obstante, anda siempre más ocupado de su interés particular que del interés general, y esto trae consigo que sus consejos, aunque los den con la más pura buena fe —cosa que no siempre acontece—, dependen mucho más del interés primero que del último… Toda proposición de ley nueva o de nuevo reglamento en cuestiones de comercio, si parte de esa clase de hombres deberá ser siempre escuchada con precaución que nunca parecerá excesiva. Antes de adoptarla, examínese largamente, no sólo con asiduo cuidado, con atención escrupulosa, sino además con la mayor desconfianza. Porque esos proyectos vienen de una clase de hombres cuyo interés no se halla jamás en exacta conformidad con el interés público; de una clase de hombres interesada generalmente en engañar a éste y aun de oprimirlo; en fin, de una clase de hombres que más de una vez le ha engañado, en efecto, insidiosamente y cruelmente oprimido».
He sostenido siempre, contra los «platónicos», que no es deseable para un pueblo ser gobernado por filósofos; pero, claro es, significa una desgracia mucho más grave y de mayores arrastres que lo gobiernen los hombres de negocios.
El Sol, 14 de marzo de 1931