Ortega y Gasset

Abstract

Political polemic: the radical disease of Spanish public life is not the right/left divide but indecency in the exercise of public power (‘today’s Spanish state is anarchy with the official gazette in hand’), against the commonplace of those who preach attending only to ‘concrete problems’. Not a philosophical text.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Innumerables veces he dicho que el problema de la vida pública de España no era cuestión de «derechas e izquierdas». Acaso por defectuosidad en el modo de decirlo producía siempre con ello alguna irritación en torno. Los irritables no advertían que me refería yo a lo que en nuestra vida pública era y es más urgente, a su mal peculiarísimo. Siempre he detestado la nivelación de los problemas españoles con los de otros países. Es una holgazanería mental traspasar a España, sin más ni más, las soluciones que a sus angustias han dado otros pueblos. Cada ser, persona o nación tiene su angustia intransferible y su inalienable alegría. Y de esa angustia y esa alegría propias hay que vivir como de la única raíz auténtica. El mundo en rededor —en este caso los otros pueblos— está ahí actuando sobre nosotros, y debemos ser porosos a él y estar abiertos a su influjo. Pero en definitiva, para regir nuestra vida, el contorno debe servir sólo de orientación que nos ilustre y no de pauta que imitemos. La vida como imitación es la vida como falsificación.

Nuestro mal radical y primario no existe hoy en los otros grandes pueblos. Se ha denunciado este mal desde hace veinte años en todos los tonos y maneras. No se ha hecho gran caso. Pero hoy —tarde ya— lo ven los ciegos y lo oyen los sordos. El mal radical de la vida pública española es la falta de decencia en el comportamiento del Poder público. Y como este mal es una cuestión previa y más definitivamente profunda que toda disociación en derechas e izquierdas, acontece que hoy aparecen juntas derechas e izquierdas combatiendo a un Poder público prevaricador.

La mejor comprobación de la originalidad de nuestro mal se ofrece en la fisonomía originalísima del movimiento que a estas horas hace estremecerse a España. Porque el hecho incontrovertible es éste: que están juntos frente al sistema actual del Poder público los hombres entre sí más dispares por sus temperamentos e ideas políticas, y que al mismo tiempo, con ejemplar unanimidad, ceden todos en sus diferencias, suspenden sus particulares demandas, para pedir sólo… un orden, un Estado de conducta limpia.

Y sólo quien sea incapaz de ésta puede desconocer que tal encrespamiento de una gran parte del pueblo español no tiene otro origen que la perenne indecencia con que ha sido ejercido el Poder público. No se trata de una inquietud espontánea, de una indocilidad súbita en la masa ciudadana, como han sido frecuentes en otros países. Al contrario, estamos frente y contra el Poder, no por gusto, sino a la fuerza.

Durante cincuenta años han sido manejados los enormes instrumentos del Estado —ley, Parlamento, Administración, justicia, Ejército— impuramente, poniéndolos al servicio de miras particulares, cuando son los sagrados instrumentos de la vida común, de la vida nacional. Los españoles arrastraban su existencia quietos, demasiado quietos. En ningún país de Europa durante los últimos cincuenta años, ha planteado el pueblo menos conflictos a sus gobiernos que en España. Ha sido el mismo Estado quien ha envilecido sus propios actos usando deslealmente la ley, escarneciéndola por su propia cuenta. El Estado español de hoy es la anarquía con la Gaceta en la mano.

Es ello tan evidente, que resulta bastante ridículo escuchar cómo ahora se quiere oponer a un hecho tan enorme este tópico jubilado: «La política consiste en ocuparse de problemas concretos…»

No se sabe por qué, unas cuantas gentes han dado ahora en decir semejantes cosas. Notas y epístolas que aparecen en los periódicos ostentan este «reciente» descubrimiento, acompañándolo con unos aires de petulancia sobremanera inoportunos. Hay, en efecto, algunos señores que creen haber llegado con eso al ápice de toda sabiduría política. «Nada de cuestiones abstractas; problemas concretos». Y si se pregunta cuáles asuntos son de la una clase y de la otra, se nos dice muy en serio que es abstracto ocuparse de la constitución del Poder público, y que es concreto ocuparse de la moneda.

A lo cual ocurre oponer una larga serie de observaciones numeradas por I, II, III…

I

Comencemos por lo menos importante —una cuestión de palabras. Poco importante, pero sintomática de la «cultura» que movilizan estos señores. Si el lector ante una naranja decide ocuparse sólo de su color o de su peso o de que se venda en Francia, no obstante la querella de los vinos, es indiscutible que ha decidido ocuparse sólo de una parte de la naranja. Prescinde o abstrae de todo lo demás que hay en ella y se queda sólo con una parte. La parte es siempre un pedazo separado o abstracto de la cosa entera. Esto se aprende en los institutos de segunda enseñanza. Ahora bien: los señores del tópico quieren reducir la política a problemas particulares o parciales; por lo tanto, abstractos; pero les llaman «problemas concretos», maltratando el idioma como podía hacerlo un carabinero —sea dicho sin enojo para este Cuerpo, ya que su misión se limita a evitar el contrabando de cosas, como la mía es a ratos evitar el contrabando de palabras.

Pero repito que el desliz tiene escasa importancia y no urge nada discutir ahora los diferentes sentidos de «abstracto» y «concreto», ninguno de los cuales coincide con la intención de estos señores. Vayamos de la palabra a la cosa misma.

El señor Cambó, capitán de estas gentes, ha dicho a los españoles —en unas notas y cartas de tono archiimpertinente, escritas allá en la altura de un presunto Sinaí— que eran unos mentecatos ocupándose en política de cuestiones que no fuesen «concretas». Los demás pueblos de Europa se atienen sólo a éstas, según ha visto él en sus viajes, y como él es el único español que viaja, no hay sino creerlo. Las cuestiones «constitucionales», es decir, de organización del Poder público, son abstractas y extemporáneas.

II

Da el señor Cambó por supuesto y evidente que nosotros tenemos la obligación de imitar a los otros pueblos. Ya he rechazado más arriba tal supuesto y tal evidencia. Esa propensión al mimetismo es residuo de una de las enfermedades que padeció el próximo pasado de Cataluña y que seguramente van a curar sus nuevas generaciones. Para la persona, como para la nación, vivir es aceptar el destino, y el destino es siempre único, intransferible.

Pero ahora voy a admitir provisionalmente aquel imperativo de imitación. Queremos imitar en serio a esas naciones ejemplares, queremos, como ellas, hacer una política exclusivamente de asuntos «concretos»; por ejemplo, el monetario. Pero pronto advertimos que no nos es posible. Pues ocurre que si esos países atienden sólo a menesteres particulares de su vida pública es porque tienen resueltos los integrales. Vacan a lo particular en la medida en que han resuelto lo fundamental. El poder público se halla en ellos, por lo visto, suficientemente estabilizado, en virtud de lo cual no van a inventar problemas que no tienen, y se ocupan, sin más, de los parciales que salen a su paso.

Si queremos imitarlos en serio tenemos que empezar por imitar su pasado. Antes de copiar su estabilización monetaria necesitamos copiar su estabilización del Poder. Sin ésta no hay que hablar de aquélla. Pero esto no nos llevaría a un Gobierno Cambó. Nos llevaría directamente a Robespierre y a Cromwell.

Lo más importante que hay en una nación es su Estado, su Poder público, o lo que es igual, la cuestión de quién manda en ella. Cuando arrastra una conciencia sucia en esta sacra cuestión del mando —el Mando, el imperio, es siempre sacro imperio—, colectiva e individualmente se desmoraliza. Se desmoraliza el ciudadano y se desmoraliza la moneda, sin que haya otro medio de restaurar la moral de ambos que purificar la conciencia pública en la gran cuestión de Mando y Obediencia (véase La rebelión de las masas, página 465).

III

Esto quiere decir que no son separables los problemas parciales o «concretos» de los integrales o fundamentales. Y menos que otros el de la moneda. La moneda es un órgano del Estado que se nutre de confianza. No puede el extranjero tener confianza en una moneda si no la tiene en el Estado cuyo órgano de pago internacional es ella. Y no puede el extranjero tener confianza en un Estado cuando los indígenas no la tienen tampoco. Sin reconstituir la interna personalidad histórica de España es inútil pretender reconstituir aisladamente uno de sus atributos como el crematístico. Lo decisivo en la estabilización de la libra no lo hicieron los economistas, sino el pueblo inglés. Durante 1920 y casi entero el 1921, antes de que comenzasen a actuar las disposiciones desinflacionistas, se produce espontáneamente una gran baja de precios, y ésta y no aquellas disposiciones es quien origina la desinflación. Ahora bien: fenómeno tal no es verosímil sino en un pueblo que tiene confianza en su Estado y se siente solidario de él.

Innumerable times I have said that the problem of the public life of Spain was not a question of «rights and lefts». Perhaps from a defect in the manner of saying it, it always produced with it some irritation around. The irritable ones did not notice that I referred to what in our public life was and is most urgent, to its most peculiar malady. I have always detested the leveling of Spanish problems with those of other countries. It is a mental laziness to transfer to Spain, without more ado, the solutions that other peoples have given to their anguishes. Each being, person or nation, has its intransferable anguish and its inalienable joy. And from that own anguish and that own joy one must live as from the only authentic root. The world around —in this case the other peoples— is there acting upon us, and we must be porous to it and be open to its influence. But in the end, to govern our life, the surroundings must serve only as an orientation that enlightens us and not as a pattern that we imitate. Life as imitation is life as falsification.

Our radical and primary malady does not exist today in the other great peoples. This malady has been denounced for twenty years in all tones and manners. Not much attention has been paid to it. But today —late already— the blind see it and the deaf hear it. The radical malady of Spanish public life is the lack of decency in the behavior of public Power. And since this malady is a prior question and more definitively profound than all dissociation into rights and lefts, it happens that today rights and lefts appear together combating a prevaricating public Power.

The best verification of the originality of our malady is offered in the most original physiognomy of the movement that at this hour is making Spain tremble. Because the incontrovertible fact is this: that there stand together, before the present system of public Power, the men most disparate among themselves by their temperaments and political ideas, and that at the same time, with exemplary unanimity, they all yield in their differences, suspend their particular demands, to ask only… an order, a State of clean conduct.

And only he who is incapable of this can ignore that such a stirring of a great part of the Spanish people has no other origin than the perennial indecency with which public Power has been exercised. It is not a question of a spontaneous uneasiness, of a sudden indocility in the citizen mass, as have been frequent in other countries. On the contrary, we are facing and against Power, not for taste, but by force.

For fifty years the enormous instruments of the State —law, Parliament, Administration, justice, Army— have been handled impurely, putting them at the service of particular aims, when they are the sacred instruments of common life, of national life. The Spaniards dragged along their existence quiet, too quiet. In no country of Europe during the last fifty years has the people posed fewer conflicts to its governments than in Spain. It has been the State itself that has debased its own acts, using the law disloyally, scoffing at it on its own account. The Spanish State of today is anarchy with the Gazette in its hand.

It is so evident that it turns out quite ridiculous to hear how now one wants to oppose to so enormous a fact this retired commonplace: «Politics consists in occupying oneself with concrete problems…»

One does not know why, a few people have now taken to saying such things. Notes and epistles that appear in the newspapers display this «recent» discovery, accompanying it with airs of petulance exceedingly inopportune. There are, in effect, some gentlemen who believe they have arrived with this at the apex of all political wisdom. «Nothing of abstract questions; concrete problems». And if one asks which affairs are of one class and which of the other, one is told very seriously that it is abstract to occupy oneself with the constitution of public Power, and that it is concrete to occupy oneself with the coinage.

To which it occurs to oppose a long series of observations numbered I, II, III…

I

Let us begin with the least important —a question of words. Little important, but symptomatic of the «culture» that these gentlemen mobilize. If the reader, before an orange, decides to occupy himself only with its color or its weight or with its being sold in France, notwithstanding the quarrel of the wines, it is indisputable that he has decided to occupy himself only with a part of the orange. He prescinds or abstracts from all the rest that is in it and remains only with a part. The part is always a separated or abstract piece of the whole thing. This is learned in the secondary schools. Now: the gentlemen of the commonplace want to reduce politics to particular or partial problems; therefore, abstract ones; but they call them «concrete problems», mistreating the language as a carabineer could do —be it said without offense to that Corps, since its mission is limited to preventing the contraband of things, as mine is at times to prevent the contraband of words.

But I repeat that the slip has scant importance, and it does not urge to discuss now the different senses of «abstract» and «concrete», none of which coincides with the intention of these gentlemen. Let us go from the word to the thing itself.

Mr. Cambó, captain of these people, has said to the Spaniards —in some notes and letters of arch-impertinent tone, written there in the height of a presumed Sinai— that they were nincompoops to occupy themselves in politics with questions that were not «concrete». The other peoples of Europe hold only to these, according to what he has seen in his travels, and since he is the only Spaniard who travels, there is nothing for it but to believe him. The «constitutional» questions, that is, of organization of public Power, are abstract and untimely.

II

Mr. Cambó takes for granted and evident that we have the obligation to imitate the other peoples. I have already rejected above such a supposition and such an evidence. That propensity to mimicry is a residue of one of the diseases that the near past of Catalonia suffered and that its new generations will surely cure. For the person, as for the nation, to live is to accept destiny, and destiny is always unique, intransferable.

But now I am going to admit provisionally that imperative of imitation. We want to imitate in earnest those exemplary nations; we want, like them, to make an exclusively «concrete»-affairs policy; for example, the monetary one. But soon we notice that it is not possible for us. For it happens that if those countries attend only to particular needs of their public life, it is because they have the integral ones resolved. They are free for the particular in the measure in which they have resolved the fundamental. The public power in them is, apparently, sufficiently stabilized, by virtue of which they are not going to invent problems they do not have, and they occupy themselves, without more, with the partial ones that come out to meet them.

If we want to imitate them in earnest we have to begin by imitating their past. Before copying their monetary stabilization we need to copy their stabilization of Power. Without the latter there is no speaking of the former. But this would not lead us to a Cambó Government. It would lead us directly to Robespierre and to Cromwell.

The most important thing that there is in a nation is its State, its public Power, or, which is the same, the question of who commands in it. When it drags a dirty conscience in this sacred question of command —the Command, the empire, is always sacred empire—, collectively and individually it becomes demoralized. The citizen becomes demoralized and the coinage becomes demoralized, without there being any other means of restoring the morals of both than to purify the public conscience in the great question of Command and Obedience (see La rebelión de las masas, page 465).

III

This means that the partial or «concrete» problems are not separable from the integral or fundamental ones. And less than others that of the coinage. The coinage is an organ of the State that feeds on confidence. The foreigner cannot have confidence in a coinage if he does not have it in the State of which it is the organ of international payment. And the foreigner cannot have confidence in a State when the natives do not have it either. Without reconstituting the internal historical personality of Spain it is useless to pretend to reconstitute in isolation one of its attributes such as the chrematistic. The decisive thing in the stabilization of the pound was not done by the economists, but by the English people. During 1920 and almost all of 1921, before the deflationist dispositions began to act, there spontaneously takes place a great fall of prices, and this and not those dispositions is what originates the deflation. Now: such a phenomenon is not likely except in a people that has confidence in its State and feels itself solidary with it.

Innumerevoli volte ho detto che il problema della vita pubblica della Spagna non era questione di «destre e sinistre». Forse per difetto nel modo di dirlo, produceva sempre con ciò qualche irritazione intorno. Gli irritabili non avvertivano che io mi riferivo a ciò che nella nostra vita pubblica era ed è più urgente, al suo male peculiarissimo. Ho sempre detestato la livellazione dei problemi spagnoli con quelli di altri paesi. È un’accidia mentale trasferire alla Spagna, senza tante storie, le soluzioni che alle sue angosce hanno dato altri popoli. Ogni essere, persona o nazione, ha la sua angoscia intrasferibile e la sua inalienabile allegria. E di quella angoscia e quella allegria proprie bisogna vivere come dell’unica radice autentica. Il mondo in giro —in questo caso gli altri popoli— è lì che agisce su di noi, e dobbiamo essere porosi ad esso ed essere aperti al suo influsso. Ma in definitiva, per reggere la nostra vita, il contorno deve servire soltanto di orientamento che ci illustri e non di norma che imitiamo. La vita come imitazione è la vita come falsificazione.

Il nostro male radicale e primario non esiste oggi negli altri grandi popoli. Si è denunciato questo male da vent’anni in tutti i toni e maniere. Non se ne è fatto gran conto. Ma oggi —tardi ormai— lo vedono i ciechi e lo odono i sordi. Il male radicale della vita pubblica spagnola è la mancanza di decenza nel comportamento del Potere pubblico. E siccome questo male è una questione previa e più definitivamente profonda di ogni dissociazione in destre e sinistre, accade che oggi appaiono insieme destre e sinistre che combattono un Potere pubblico prevaricatore.

La migliore comprovazione dell’originalità del nostro male si offre nella fisionomia originalissima del movimento che a quest’ora fa tremare la Spagna. Perché il fatto incontrovertibile è questo: che stanno insieme di fronte al sistema attuale del Potere pubblico gli uomini tra loro i più disparati per i loro temperamenti e idee politiche, e che al tempo stesso, con esemplare unanimità, cedono tutti nelle loro differenze, sospendono le loro particolari richieste, per chiedere soltanto… un ordine, uno Stato di condotta pulita.

E soltanto chi sia incapace di questa può ignorare che tale increspamento di una grande parte del popolo spagnolo non ha altra origine che la perenne indecenza con cui è stato esercitato il Potere pubblico. Non si tratta di un’inquietudine spontanea, di un’indocilità improvvisa nella massa cittadina, come sono state frequenti in altri paesi. Al contrario, siamo di fronte e contro il Potere, non per gusto, ma a forza.

Durante cinquanta anni sono stati maneggiati gli enormi strumenti dello Stato —legge, Parlamento, Amministrazione, giustizia, Esercito— impuramente, mettendoli al servizio di mire particolari, quando sono i sacri strumenti della vita comune, della vita nazionale. Gli spagnoli trascinavano la loro esistenza quieti, troppo quieti. In nessun paese d’Europa negli ultimi cinquanta anni il popolo ha posto ai suoi governi meno conflitti che in Spagna. È stato lo stesso Stato a avvilire i suoi propri atti usando slealmente la legge, schernendola per conto suo. Lo Stato spagnolo di oggi è l’anarchia con la Gazzetta in mano.

È ciò tanto evidente che risulta abbastanza ridicolo sentire come ora si voglia opporre a un fatto tanto enorme questo tòpos riformato: «La politica consiste nell’occuparsi di problemi concreti…»

Non si sa perché, alcune persone hanno dato ora a dire simili cose. Note ed epistole che appaiono nei giornali ostentano questa «recente» scoperta, accompagnandola con arie di petulanza oltremodo inopportune. C’è, in effetti, qualche signore che crede di essere arrivato con ciò all’apice di ogni sapienza politica. «Niente questioni astratte; problemi concreti». E se si domanda quali affari siano dell’una classe e dell’altra, ci si dice molto sul serio che è astratto occuparsi della costituzione del Potere pubblico, e che è concreto occuparsi della moneta.

A che cosa occorre opporre una lunga serie di osservazioni numerate per I, II, III…

I

Cominciamo dalla meno importante —una questione di parole. Poco importante, ma sintomatica della «cultura» che mobilitano questi signori. Se il lettore, dinanzi a un’arancia, decide di occuparsi soltanto del suo colore o del suo peso o del fatto che si venda in Francia, nonostante la querela dei vini, è indiscutibile che ha deciso di occuparsi soltanto di una parte dell’arancia. Prescinde o astrae da tutto il resto che c’è in essa e resta soltanto con una parte. La parte è sempre un pezzo separato o astratto della cosa intera. Questo s’impara negli istituti di seconda istruzione. Ora: i signori del luogo comune vogliono ridurre la politica a problemi particolari o parziali; quindi, astratti; ma li chiamano «problemi concreti», maltrattando la lingua come poteva farlo un carabiniere —sia detto senza dispetto per questo Corpo, giacché la sua missione si limita a evitare il contrabbando di cose, come la mia è a tratti evitare il contrabbando di parole.

Ma ripeto che lo scivolone ha scarsa importanza e non urge discutere ora i diversi sensi di «astratto» e «concreto», nessuno dei quali coincide con l’intenzione di questi signori. Andiamo dalla parola alla cosa stessa.

Il signor Cambó, capitano di queste genti, ha detto agli spagnoli —in alcune note e lettere di tono archiimpertinente, scritte lassù nell’altezza di un presunto Sinai— che erano dei mentecatti a occuparsi in politica di questioni che non fossero «concrete». Gli altri popoli d’Europa si attengono soltanto a queste, secondo quanto ha visto nei suoi viaggi, e siccome lui è l’unico spagnolo che viaggia, non c’è che credergli. Le questioni «costituzionali», cioè, di organizzazione del Potere pubblico, sono astratte e intempestive.

II

Dà il signor Cambó per supposto ed evidente che noi abbiamo l’obbligo di imitare gli altri popoli. Ho già respinto più sopra tale supposto e tale evidenza. Quella propensione al mimetismo è residuo di una delle malattie che patì il prossimo passato della Catalogna e che sicuramente cureranno le sue nuove generazioni. Per la persona, come per la nazione, vivere è accettare il destino, e il destino è sempre unico, intrasferibile.

Ma ora vado ad ammettere provvisoriamente quell’imperativo d’imitazione. Vogliamo imitare sul serio quelle nazioni esemplari, vogliamo, come loro, fare una politica esclusivamente di affari «concreti»; per esempio, quello monetario. Ma presto avvertiamo che non ci è possibile. Poiché accade che se quei paesi attendono soltanto a menesteri particolari della loro vita pubblica è perché hanno risolti gli integrali. Vacano al particolare nella misura in cui hanno risolto il fondamentale. Il potere pubblico si trova in essi, a quanto pare, sufficientemente stabilizzato, in virtù di che non andranno a inventare problemi che non hanno, e si occupano, senz’altro, dei parziali che escono loro incontro.

Se vogliamo imitarli sul serio dobbiamo cominciare dall’imitare il loro passato. Prima di copiare la loro stabilizzazione monetaria abbiamo bisogno di copiare la loro stabilizzazione del Potere. Senza questa non c’è da parlare di quella. Ma questo non ci porterebbe a un Governo Cambó. Ci porterebbe direttamente a Robespierre e a Cromwell.

La cosa più importante che c’è in una nazione è il suo Stato, il suo Potere pubblico, o, ciò che è lo stesso, la questione di chi comanda in essa. Quando trascina una coscienza sporca in questa sacra questione del comando —il Comando, l’impero, è sempre sacro imperio—, collettivamente e individualmente si demoralizza. Si demoralizza il cittadino e si demoralizza la moneta, senza che ci sia altro mezzo di restaurare la morale di entrambi che purificare la coscienza pubblica nella grande questione di Comando e Obbedienza (vedi La rebelión de las masas, pagina 465).

III

Questo vuol dire che non sono separabili i problemi parziali o «concreti» dagli integrali o fondamentali. E meno che altri quello della moneta. La moneta è un organo dello Stato che si nutre di fiducia. Non può lo straniero avere fiducia in una moneta se non la ha nello Stato di cui essa è organo di pagamento internazionale. E non può lo straniero avere fiducia in uno Stato quando gli indigeni non ce l’hanno nemmeno. Senza ricostituire l’interna personalità storica della Spagna è inutile pretendere di ricostituire isolatamente uno dei suoi attributi come il crematistico. Il decisivo nella stabilizzazione della sterlina non lo fecero gli economisti, ma il popolo inglese. Durante il 1920 e quasi tutto il 1921, prima che cominciassero ad agire le disposizioni deflazioniste, si produce spontaneamente una grande bassa di prezzi, e questa e non quelle disposizioni è ciò che origina la deflazione. Ora: fenomeno tale non è verosimile se non in un popolo che ha fiducia nel suo Stato e si sente solidale di esso.

En España, la estabilización —y conste que no entiendo de estos asuntos— es, como problema estrictamente técnico y de «idea», cosa que puede hacerla un niño: por el reducido volumen de nuestra economía, por la gravedad incomparablemente menor de nuestra situación comparada con las naciones beligerantes, y en fin, por llegarnos la hora después de la experiencia lograda en tantas otras estabilizaciones recientes. Conviene, pues, evitar esos aires de «iniciados» que toman los señores del tópico, entre los cuales no hay un solo economista auténtico.

Lo malo empieza cuando se trata de realizar la teoría o técnica estabilizadora. Y entonces caemos en la cuenta de que las dificultades españolas son incalculablemente superiores a las que ha encontrado en otras partes la restauración de la moneda. Pudo hacerla Francia porque Francia entera confiaba personalmente en Poincaré y en su burocracia. Inglaterra, porque confiaba en Cunliffe, en su canciller y en su Banco. Y parejamente Alemania en Schacht, Italia en Mussolini. Pero España precisamente no confía en el señor Cambó ni en el Estado. El supuesto «problema concreto» tiene sus raíces en lo más vagaroso e imponderable que hay en el mundo: la confianza.

IV

Pero, además, resulta demasiado pueril para no despertar sospechas, que se quiera entrar en una reforma de la moneda en medio de una crisis radical del Poder público. Esa reforma implica uno de los efectos más graves para la estructura social de un pueblo, a saber: el desplazamiento de la riqueza, la depresión —cuando menos la depresión— de ciertas clases sociales cuya economía queda cercenada. Otra raíz del problema particular que penetra hasta lo más hondo en la vida integral de un país.

Pero, además, nadie ignora que en una estabilización lo de menos es ella misma. Lo de más es que obliga en la etapa de postestabilización a una política no sólo financiera, sino directamente industrial y comercial sumamente precisa, pronta y eficiente. De otro modo sobreviene una catástrofe. ¿Y se puede hacer todo eso sin un Estado en punto? ¡Vamos, hombre!

Si algo se ha aprendido en el mundo durante estos últimos años es que todos los fenómenos de la vida pública poseen una solidaridad entre sí superior a cuanto podía imaginarse. Se está viendo que las formas de la convivencia humana actual traban unas cosas con otras tan prietamente, que casi es angustioso. Dentro de cada nación y entre las naciones. La última experiencia grave se ha hecho a cuenta de los Estados Unidos y su pretensión de particularismo.

Esta desintegración y dispersión de la política en los llamados «problemas concretos» tiene, pues, todo el aspecto de una pura tontería. Se comprende que el duque de Maura piense así; pero da ocasión a sorpresa ver embarcado en tal extravagancia al señor Cambó, que parecía hombre con algún despejo…

El Sol, 13 de marzo de 1931

V

Uno de los diálogos más ilustres de la historia humana fue aquél que mantuvieron en Erfurt el I de octubre de 1808 Napoleón y Goethe. Se hablaba del teatro antiguo, y Napoleón censuraba que se quisiese interesar al hombre actual con la imagen mitológica del Destino que manejan las tragedias clásicas. Entonces el rayo de la guerra pronunció una palabra formidable, cuya tremenda verdad revive ahora Europa: «¡El Destino es hoy la política!»

El Destino es el nombre de lo que el hombre, quiera o no, tiene que aceptar; es el hosco perfil de las crudas faenas que le son inexorablemente impuestas. Es lo contrario de la frivolidad, que cree poder tomar o dejar lo que le viene en gana. La vida humana contemporánea está mucho más profunda e inevitablemente socializada que la moderna, medieval y antigua. Por ello, la mayor porción de presiones y problemas que gravitan hoy sobre el individuo provienen de su contorno social, del gran cuerpo político en que está sumergido y preso. Es decir, que su destino, el repertorio de conflictos que, quiera o no, ha de aceptar, se compone en dosis enorme de cuestiones políticas.

«El Destino es la política». Y viceversa. Política es el conjunto de problemas que es preciso aceptar. Los «concretos» y los inconcretos —los que haya. No es cuestión de albedrío. Pretender escoger unos y eludir otros equivale a ignorar que la vida no tolera el capricho, que es una cosa muy dura, muy grave y muy seria, con la que es forzoso apencar. Lo demás es señoritismo.

Y he aquí que estos señores o señoritos reunidos en el partido del centro resuelven prescindir sencillamente de la cuestión radical que mueve toda la historia de España desde 1900: la reorganización del Poder público. Así, sin más ni más. Según ellos, es una cuestión «abstracta», fantasmagórica, taumatúrgica… Ellos quieren sólo «problemas concretos».

La inepcia, aunque voluminosa, no sorprendería en las gentes menores de ese partido. Pero sí sorprende en el señor Cambó. Porque si algo ha representado este hombre en los últimos veinte años, es rigorosamente lo contrario de una política desintegrada, inorgánica y de cabos sueltos o «concretos». Parecía que Cambó, a diferencia de los viejos políticos, tenía percepción para lo que es esencial en toda verdadera política: su dinamismo histórico, su verdad cósmica. Una política que no vaya empujada en su totalidad por un gran viento histórico —el viento del Destino, que empuja a Carlos V y su corcel negro en el genial retrato de Tiziano— es puro embeleco. Por eso Cambó hacía condición de toda política un Ideal peninsular. Es decir, no admitía problemas aislados, que el azar arroja como zancadilla entre los pies de los gobernantes, sino problemas suscitados orgánica y deliberadamente por éstos. En suma, frente a la política atomística y de mera reacción ante los hechos, fue Cambó el hombre de la política integradora, que crea o suscita en la matriz de un ideal sustanciosos problemas. ¿No ha de causarnos sorpresa verle ahora en la galería del «concretismo»? ¿Cómo se explica esta degeneración?

VI

Por lo pronto se explica por una pérdida de fe. La política de «problemas concretos» no es sino… canovismo, escepticismo. Cambó, que ha dejado de creer en Cataluña, no logra tampoco creer en España, y con personajes subalternos de Madrid inicia un nuevo canovismo. Se renuncia otra vez a que España sea una nación vertebrada y en pie, que se hinque bien en la historia, que afirme su puesto al sol y afronte con entusiasmo el misterio del porvenir.

Resolución tal no puede menos de encontrarnos apasionadamente en contra. No me es lícito renunciar a que mi nación llegue a poseer todos los atributos esenciales de un pueblo actual, históricamente vivo. Será más o menos difícil dotarla de ellos. Pero desahuciarla es aceptar una mitología trivial que habla de las «razas incapaces» y es humilde provincianismo que se queda atónito ante los pueblos triunfantes, y no advierte

que el mundo da muchas vueltas,

y ayer se cayó una torre.

El hecho de que Australia posea 165.000 millones de toneladas en reservas de carbón y España sólo 2.550 es, en efecto, incorregible. Pero esto es un defecto absoluto de la tierra ibérica, no de la nación española, que se compone de hombres. La escasez de carbón dificultará que el hombre español llegue a ser muy rico; pero no imposibilita que sea un hombre de alma limpia, de mente clara y de ánimo elástico, que pueda instalarse entre las otras variedades humanas y hacerse de ellas estimar y respetar. Conseguir esto es lo importante y lo único necesario: lo demás es… cursilería. Pero eso no se consigue circunscribiéndose a los «problemas concretos», sino que exige la reforma a fondo de la vida española, que nosotros, gústele o no al señor Cambó, estamos resueltos a acometer con tanta energía como buen humor.

VII

En todo lo anterior he procurado razonar por qué aunque los otros pueblos de Europa se ocupen sólo de problemas particulares —según asegura el señor Cambó—, España no tiene otro remedio que atacar en su raíz los integrales. Pero ahora descubro al lector que esos razonamientos fueron puro lujo. Quería mostrar que, aunque fuesen tales los hechos europeos, el señor Cambó no tenía razón en sus consecuencias. Pero la ficción no debe prolongarse más. Pues acaece que los hechos avizorados por el señor Cambó en sus viajes son completamente imaginarios, y que la realidad contradice cara a cara y de arriba abajo sus afirmaciones.

En rigor, nada extraño sería que esas naciones, entre las cuales se cuentan las más próceres, atravesasen un período de sobrada estabilización en su Poder público. Ello no daría pie para extraer sugerencias ni moralejas; pero, en fin, podía ser un hecho más o menos transitorio.

Por mala aventura del señor Cambó, el panorama político de Europa resulta ser el siguiente:

Italia se ocupa en construir nada menos que un Estado; en opinión de los italianos, novísimo y sin precedentes en la historia. Día por día se afana en inventar nuevas instituciones de Poder público.

In Spain, stabilization —and let it be noted that I understand nothing of these matters— is, as a strictly technical and “idea” problem, something a child could do: given the reduced volume of our economy, the incomparably lesser gravity of our situation compared with the belligerent nations, and finally, the hour arriving for us after the experience gained in so many other recent stabilizations. It is fitting, then, to avoid those airs of “initiates” affected by the gentlemen of cliché, among whom there is not a single authentic economist.

The trouble begins when it comes to carrying out the stabilising theory or technique. And then we realize that the Spanish difficulties are incalculably greater than those encountered elsewhere by the restoration of the currency. France could do it because all of France trusted personally in Poincaré and in his bureaucracy. England, because she trusted in Cunliffe, in her chancellor and in her Bank. And likewise Germany in Schacht, Italy in Mussolini. But Spain precisely does not trust in Señor Cambó nor in the State. The supposed “concrete problem” has its roots in the most vague and imponderable thing there is in the world: trust.

IV

But, moreover, it is too puerile not to arouse suspicion to wish to enter upon a reform of the currency in the midst of a radical crisis of public Power. That reform entails one of the gravest effects for the social structure of a people, namely: the displacement of wealth, the depression —at the very least the depression— of certain social classes whose economy is left curtailed. Another root of the particular problem that penetrates to the very depths of the integral life of a country.

But, moreover, nobody ignores that in a stabilization the least important thing is the stabilization itself. What matters most is that it obliges, in the post-stabilization stage, a policy that is not only financial but directly industrial and commercial, extremely precise, prompt and efficient. In another way a catastrophe ensues. And can all that be done without a State in working order? Come now, my good man!

If anything has been learned in the world during these last years, it is that all the phenomena of public life possess a solidarity with one another greater than could have been imagined. One is seeing that the forms of present-day human coexistence bind things together so tightly that it is almost distressing. Within each nation and among nations. The last grave experience has been made at the expense of the United States and its pretension to particularism.

This disintegration and dispersal of politics into the so-called “concrete problems” thus has every appearance of sheer folly. One understands that the Duke of Maura should think so; but it gives occasion for surprise to see Señor Cambó embarked upon such an extravagance, a man who seemed possessed of some perspicacity…

El Sol, 13 March 1931

V

One of the most illustrious dialogues in human history was that held at Erfurt on 1 October 1808 between Napoleon and Goethe. They spoke of the ancient theatre, and Napoleon censured the wish to interest modern man in the mythological image of Destiny handled by the classical tragedies. Then the thunderbolt of war pronounced a formidable word, whose tremendous truth Europe now revives: “Destiny is today politics!”

Destiny is the name of what man, whether he wills it or not, must accept; it is the sullen profile of the harsh tasks inexorably imposed upon him. It is the opposite of frivolity, which believes it can take or leave whatever it pleases. Contemporary human life is far more profoundly and inevitably socialised than the modern, the medieval and the ancient. Hence the greater portion of the pressures and problems that today weigh upon the individual proceed from his social surroundings, from the great political body in which he is submerged and captive. That is to say, his destiny, the repertory of conflicts that, whether he wills it or not, he must accept, is composed in enormous measure of political questions.

“Destiny is politics.” And vice versa. Politics is the totality of problems that must be accepted. The “concrete” ones and the unconcrete ones —whatever there are. It is not a matter of free will. To pretend to choose some and evade others is to ignore that life does not tolerate caprice, that it is a very hard, very grave and very serious thing, with which one is forced to come to terms. All the rest is dandyism.

And behold, these gentlemen or young gentlemen gathered in the centre party resolve simply to set aside the radical question that has moved all of Spain’s history since 1900: the reorganisation of public Power. Just like that, no more. According to them, it is an “abstract,” phantasmagorical, thaumaturgical question… They want only “concrete problems.”

The ineptitude, though voluminous, would not surprise in the lesser folk of that party. But it does surprise in Señor Cambó. Because if this man has represented anything in the last twenty years, it is rigorously the opposite of a disintegrated, inorganic politics of loose or “concrete” ends. It seemed that Cambó, unlike the old politicians, had perception for what is essential in all true politics: its historical dynamism, its cosmic truth. A politics that is not pushed in its entirety by a great historical wind —the wind of Destiny, which drives Charles V and his black steed in Titian’s genial portrait— is pure hocus-pocus. That is why Cambó made an Ideal of the Peninsula the condition of all politics. That is, he did not admit isolated problems, such as chance casts as a stumbling-block between the feet of governors, but problems raised organically and deliberately by them. In short, as against atomistic politics of mere reaction to events, Cambó was the man of integrating politics, which creates or brings forth in the matrix of an ideal substantial problems. Must it not cause us surprise to see him now in the gallery of “concretism”? How is this degeneration to be explained?

VI

For the present it is explained by a loss of faith. The politics of “concrete problems” is nothing but… canovism, scepticism. Cambó, who has ceased to believe in Catalonia, likewise fails to believe in Spain, and with subordinate figures of Madrid inaugurates a new canovism. Once again the renunciation is made of Spain’s being a nation with a backbone and on its feet, that plants itself firmly in history, asserts its place in the sun and confronts with enthusiasm the mystery of the future.

Such a resolution cannot fail to find us passionately against it. It is not lawful for me to renounce my nation’s coming to possess all the essential attributes of a present-day people, historically alive. It will be more or less difficult to endow it with them. But to give it up for lost is to accept a trivial mythology that speaks of the “incapable races” and is a humble provincialism that stands aghast before triumphant peoples, and does not notice

that the world turns many times,

and yesterday a tower fell.

The fact that Australia possesses 165,000 million tons of coal reserves and Spain only 2,550 is, indeed, incorrigible. But this is an absolute defect of the Iberian land, not of the Spanish nation, which is composed of men. The scarcity of coal will make it difficult for the Spanish man to become very rich; but it does not make it impossible for him to be a man of clean soul, clear mind and elastic spirit, who can install himself among the other human varieties and earn their esteem and respect. To achieve this is what matters and the only thing necessary: all the rest is… cheapness. But this is not achieved by confining oneself to “concrete problems”; rather it demands the thoroughgoing reform of Spanish life, which we, whether it pleases Señor Cambó or not, are resolved to undertake with as much energy as good humour.

VII

In all the foregoing I have tried to reason why, although the other peoples of Europe occupy themselves only with particular problems —as Señor Cambó assures us—, Spain has no other remedy than to attack the integral ones at their root. But now I reveal to the reader that those reasonings were pure luxury. I wanted to show that, even if such were the European facts, Señor Cambó was not right in his conclusions. But the fiction must not be prolonged further. For it happens that the facts glimpsed by Señor Cambó on his travels are completely imaginary, and that reality contradicts his affirmations face to face and from top to bottom.

Strictly speaking, there would be nothing strange in those nations, among which are counted the most eminent, passing through a period of excessive stabilisation of their public Power. That would give no foothold for drawing suggestions or morals; but, after all, it could be a more or less transitory fact.

By Señor Cambó’s ill fortune, the political panorama of Europe turns out to be the following:

Italy is occupied in building nothing less than a State; in the opinion of the Italians, brand-new and without precedent in history. Day by day it labours to invent new institutions of public Power.

In Spagna, la stabilizzazione —e sia chiaro che non me ne intendo— è, come problema strettamente tecnico e di «idea», cosa che può fare un bambino: per il ridotto volume della nostra economia, per la gravità incomparabilmente minore della nostra situazione rispetto alle nazioni belligeranti, e infine, perché ci giunge l’ora dopo l’esperienza acquisita in tante altre recenti stabilizzazioni. Conviene, dunque, evitare quelle arie da «iniziati» che si danno i signori del luogo comune, tra i quali non c’è un solo autentico economista.

Il male comincia quando si tratta di realizzare la teoria o la tecnica stabilizzatrice. E allora ci accorgiamo che le difficoltà spagnole sono incalcolabilmente superiori a quelle che in altre parti ha incontrato la restaurazione della moneta. Poté farla la Francia perché la Francia intera confidava personalmente in Poincaré e nella sua burocrazia. L’Inghilterra, perché confidava in Cunliffe, nel suo cancelliere e nella sua Banca. E similmente la Germania in Schacht, l’Italia in Mussolini. Ma la Spagna precisamente non confida nel signor Cambó né nello Stato. Il presunto «problema concreto» ha le sue radici in ciò che di più vago e imponderabile esiste al mondo: la fiducia.

IV

Ma, inoltre, risulta troppo puerile per non destare sospetti il voler intraprendere una riforma della moneta in mezzo a una crisi radicale del Potere pubblico. Quella riforma implica uno degli effetti più gravi per la struttura sociale di un popolo, vale a dire: lo spostamento della ricchezza, la depressione —quanto meno la depressione— di certe classi sociali la cui economia resta troncata. Un’altra radice del problema particolare che penetra fino nel più profondo della vita integrale di un paese.

Ma, inoltre, nessuno ignora che in una stabilizzazione ciò che meno conta è essa stessa. Ciò che più conta è che obbliga, nella fase di post-stabilizzazione, a una politica non soltanto finanziaria, ma direttamente industriale e commerciale, sommamente precisa, pronta ed efficiente. In altro modo sopravviene una catastrofe. E si può fare tutto questo senza uno Stato in ordine? Ma via, caro mio!

Se qualcosa si è imparato nel mondo durante questi ultimi anni, è che tutti i fenomeni della vita pubblica possiedono una solidarietà reciproca superiore a quanto si potesse immaginare. Si sta vedendo che le forme dell’attuale convivenza umana legano le une alle altre le cose così strettamente, che è quasi angoscioso. Dentro ciascuna nazione e tra le nazioni. L’ultima grave esperienza si è fatta a spese degli Stati Uniti e della loro pretesa di particolarismo.

Questa disintegrazione e dispersione della politica nei cosiddetti «problemi concreti» ha, dunque, tutta l’aria di una pura sciocchezza. Si comprende che il duca di Maura la pensi così; ma dà occasione a sorpresa vedere imbarcato in tale stravaganza il signor Cambó, che sembrava uomo di qualche intelligenza…

El Sol, 13 marzo 1931

V

Uno dei dialoghi più illustri della storia umana fu quello che tennero a Erfurt il 1° ottobre 1808 Napoleone e Goethe. Si parlava del teatro antico, e Napoleone censurava che si volesse interessare l’uomo attuale con l’immagine mitologica del Destino di cui si servono le tragedie classiche. Allora il fulmine della guerra pronunciò una parola formidabile, la cui tremenda verità ora l’Europa rivive: «Il Destino è oggi la politica!»

Il Destino è il nome di ciò che l’uomo, voglia o no, deve accettare; è l’aspro profilo delle crude fatiche che gli sono inesorabilmente imposte. È il contrario della frivolezza, che crede di poter prendere o lasciare ciò che le va a genio. La vita umana contemporanea è molto più profondamente e inevitabilmente socializzata che la moderna, la medievale e l’antica. Perciò, la maggior parte delle pressioni e dei problemi che oggi gravitano sull’individuo provengono dal suo contorno sociale, dal grande corpo politico in cui è sommerso e prigioniero. Cioè, che il suo destino, il repertorio di conflitti che, voglia o no, deve accettare, si compone in dosi enormi di questioni politiche.

«Il Destino è la politica». E viceversa. Politica è l’insieme dei problemi che è necessario accettare. I «concreti» e gli inconcreti —quelli che ci siano. Non è questione di arbitrio. Pretendere di sceglierne alcuni ed eluderne altri equivale a ignorare che la vita non tollera il capriccio, che è una cosa molto dura, molto grave e molto seria, con la quale è forza fare i conti. Il resto è signorilismo.

Ed ecco che questi signori o signorini riuniti nel partito del centro risolvono di prescindere semplicemente dalla questione radicale che muove tutta la storia di Spagna dal 1900: la riorganizzazione del Potere pubblico. Così, senza tante storie. Secondo loro, è una questione «astratta», fantasmagorica, taumaturgica… Essi vogliono soltanto «problemi concreti».

L’inezia, sebbene voluminosa, non sorprenderebbe nelle genti minori di quel partito. Ma sorprende sì nel signor Cambó. Perché se qualcosa ha rappresentato quest’uomo negli ultimi vent’anni, è rigorosamente il contrario di una politica disintegrata, inorganica e dai capi sciolti o «concreti». Sembrava che Cambó, a differenza dei vecchi politici, avesse percezione per ciò che è essenziale in ogni vera politica: il suo dinamismo storico, la sua verità cosmica. Una politica che non vada sospinta nella sua totalità da un grande vento storico —il vento del Destino, che spinge Carlo V e il suo destriero nero nel geniale ritratto di Tiziano— è puro imbroglio. Perciò Cambó faceva condizione di ogni politica un Ideale peninsulare. Cioè, non ammetteva problemi isolati, che il caso getta come sgambetto tra i piedi dei governanti, ma problemi suscitati organicamente e deliberatamente da questi. In somma, di fronte alla politica atomistica e di mera reazione ai fatti, Cambó fu l’uomo della politica integratrice, che crea o suscita nella matrice di un ideale problemi sostanziosi. Non deve cagionarci sorpresa vederlo ora nella galleria del «concretismo»? Come si spiega questa degenerazione?

VI

Per il momento si spiega con una perdita di fede. La politica dei «problemi concreti» non è che… canovismo, scetticismo. Cambó, che ha smesso di credere in Catalogna, non riesce neppure a credere in Spagna, e con personaggi subalterni di Madrid inizia un nuovo canovismo. Si rinuncia ancora una volta a che la Spagna sia una nazione vertebrata e in piedi, che si pianti bene nella storia, che affermi il suo posto al sole e affronti con entusiasmo il mistero dell’avvenire.

Una tale risoluzione non può non trovarci appassionatamente contrari. Non mi è lecito rinunciare a che la mia nazione giunga a possedere tutti gli attributi essenziali di un popolo attuale, storicamente vivo. Sarà più o meno difficile dotarla di essi. Ma darla per spacciata è accettare una mitologia triviale che parla delle «razze incapaci» ed è umile provincialismo che resta attonito dinanzi ai popoli trionfanti, e non avverte

che il mondo fa molti giri,

e ieri cadde una torre.

Il fatto che l’Australia possegga 165.000 milioni di tonnellate di riserve di carbone e la Spagna soltanto 2.550 è, in effetti, incorreggibile. Ma questo è un difetto assoluto della terra iberica, non della nazione spagnola, che si compone di uomini. La scarsità di carbone renderà difficile che l’uomo spagnolo giunga a essere molto ricco; ma non rende impossibile che sia un uomo dall’anima pulita, dalla mente chiara e dall’animo elastico, che possa installarsi tra le altre varietà umane e farsi da esse stimare e rispettare. Conseguire questo è l’importante e l’unico necessario: il resto è… leziosità. Ma questo non si consegue circoscrivendosi ai «problemi concreti», bensì esige la riforma a fondo della vita spagnola, che noi, piaccia o no al signor Cambó, siamo risoluti ad affrontare con tanta energia quanto buon umore.

VII

In tutto quanto precede ho cercato di ragionare perché, sebbene gli altri popoli d’Europa si occupino soltanto di problemi particolari —a quanto assicura il signor Cambó—, la Spagna non ha altro rimedio che attaccare alla radice quelli integrali. Ma ora rivelo al lettore che quei ragionamenti furono puro lusso. Volevo mostrare che, sebbene i fatti europei fossero tali, il signor Cambó non aveva ragione nelle sue conseguenze. Ma la finzione non deve prolungarsi oltre. Poiché accade che i fatti intravisti dal signor Cambó nei suoi viaggi sono completamente immaginari, e che la realtà contraddice faccia a faccia e da cima a fondo le sue affermazioni.

In rigor di termini, nulla di strano sarebbe che quelle nazioni, tra le quali si contano le più illustri, attraversassero un periodo di eccessiva stabilizzazione del loro Potere pubblico. Ciò non darebbe appiglio per trarne suggerimenti né moralità; ma, insomma, poteva essere un fatto più o meno transitorio.

Per mala ventura del signor Cambó, il panorama politico d’Europa risulta essere il seguente:

L’Italia si occupa a costruire niente meno che uno Stato; nell’opinione degli italiani, nuovissimo e senza precedenti nella storia. Giorno per giorno si affanna a inventare nuove istituzioni di Potere pubblico.

En Alemania pelean por las calles las multitudes, no con motivo de «problemas concretos», por ejemplo, el ligerísimo de sus cinco millones de obreros parados, sino sobre la Constitución, sobre democracia o autoritarismo, internacionalismo o nacionalismo.

Subamos a Polonia. Hace ocho días se ha comenzado a leer en el Parlamento el proyecto de una nueva Constitución.

Tal vez el señor Cambó considere esos pueblos como relativamente anormales, y otorgue sólo a Inglaterra y Francia el carácter de normativos. ¡Bueno fuera que en esas dos naciones rectoras del mundo, y que emergen triunfantes de guerra tan atroz, anduviesen las cosas manga por hombro y todo en desequilibrio! Sin embargo, da la siguiente casualidad. En Inglaterra, donde hay a estas horas enormes problemas concretos, como el del paro y la fuga del oro —¿se da cuenta el lector de lo que significa para la City el menor síntoma de fuga del oro?—, se entretienen, no obstante, en discutir alrededor de una Mesa Redonda. Y lo que en ella discuten es —nada menos— la nueva Constitución de la India, con la cual se inicia —nada menos— la Constitución de lo que se llama el Tercer Imperio Inglés.

Pero se dirá que, por lo menos, la Inglaterra tradicional, las viejas islas brumosas, el Reino Unido, modelo sin par de Poder público, no se ocupa de fantasmagorías constitucionales. Se dirá —ya lo ha dicho tranquilamente el señor Cambó—; pero se dirá una cosa contraria a la verdad. Porque estos días publican los periódicos telegramas dando cuenta de haberse comenzado a discutir en el Parlamento el proyecto de «elección alternativa», que significa la base de coligación entre el partido laborista y el liberal. Ahora bien: todo el que conozca someramente la historia inglesa sabe que sus modificaciones constitucionales en los últimos dos siglos han consistido principalmente en simples reformas electorales. (Yo sostengo que, en rigor y en sustancia, los cambios más esenciales en el Poder público son en todas partes las reformas del procedimiento electoral. Véase mi libro, próximo a publicarse, La redención de las provincias y la decencia nacional).

Queda, pues, Francia y sólo Francia para sostener la tesis audaz del señor Cambó. Y, efectivamente, Francia representa hoy en el mundo la defensa del statu quo, y es, por el momento, la potencia reaccionaria por excelencia. Pero basta escarbar un poco por debajo de la superficie para advertir que ese statu quo va a durar muy poco. Y es el político más realista, más concretista de Francia, monsieur Tardieu, quien hace pocas semanas ha dado al viento un vocablo, no más que un vocablo sin materia ni peso, pero en torno al cual muy pronto se encenderán las pasiones. Ese vocablo no designa un problema particular, sino todo lo contrario, el más integral que cabe. Tardieu ha dicho: «Hay que construir un Imperio, el Imperio Francés». Y, en efecto, una nación que posee tan enormes colonias, dominios, protectorados, etcétera, tiene que plantearse el problema de su Constitución en Imperio.

Compárense con estos hechos las palabras que Cambó escribía, en estilo doctoral, hace unas semanas y tómese luego en peso, para calcularla bien, la… liviandad de la pluma del señor Cambó. ¿Qué han aprovechado a este señor sus frecuentes viajes? ¿Cómo no se ha percatado de hechos tan patentes? ¿Viaja con escafandra y no le llegan los rumores más claros del contorno? Porque hay escafandristas natos y sin remedio. Yo creía que el señor Cambó no pertenecía al gremio; pero voy temiendo que sea un maestro en el arte de no enterarse de las cosas y gran licenciado en tomar el rábano por las hojas.

Como siga así, vamos a convencernos de que el señor Cambó no es sino un conde de Bugallal que, por distracción, se ha olvidado de que es el conde de Bugallal.

VIII

Para que un partido sea un «partido del centro» no basta con llamarlo así: es menester que lo sea. Por esto, el que bajo esa denominación ha aparecido recientemente, y que tremola la bandera del «concretismo», no se lo ha parecido a nadie. Diríase que lo han fundado los chinos, ya que son los chinos el pueblo que resolvió, por sí y ante sí, declarar que su tierra era el centro del mundo, y llamó a su Estado el Imperio del Centro. Pero son las humanas perspectivas tan relativas, que, mirada la China desde Europa, resulta ser el Extremo Oriente, como quien dice la extrema derecha.

Sobre el verdadero carácter de ese partido no tenemos hoy otra orientación que el predominio en sus filas de los hombres de negocios. Han acudido a él presurosos, «como las zoritas al palomar». No se vea en esto alusión maldiciente alguna, que me repugnaría deslizar en giro vago, sin compromiso de acusación precisa y prueba rigorosa. Considero funesto para una nación que sus políticos sean hombres de negocios, pero no porque estos negocios sean sucios, sino también en el caso de que sean limpios.

Y no es hostilidad de «intelectual» contra los hombres de negocios. Yo deploro que en España haya tan pocos, y espero mucho de su multiplicación. Sin ellos nuestro país no alcanzará jamás el nivel a que ha llegado la evolución económica europea, que es, a su vez, condición material de todo progreso histórico para la Península. Necesitamos a grandes zancadas situarnos en la altitud del capitalismo continental, y esto sólo pueden realizarlo los hombres de negocios. ¡Aviada estaría España si tuviese que esperar su plenitud económica de nosotros los escritores! Por eso yo, desde mi boardillita, me entusiasmo cuando veo pasar un auténtico hombre de negocios.

Pero otra cosa es que esos hombres de negocios estén en el Poder, y, en vez de hacer sus negocios, los compliquen con la política. Por ejemplo: no obtiene España la menor ventaja de que sea ministro de Hacienda el señor Ventosa, que es, a la par, vicepresidente de la Chade. Y menos todavía cuando en ese Ministerio existe un expediente sobre tributación de la Chade. Rechazo toda insinuación maligna que pretenda rebasar lo más mínimo la significación estricta de esas palabras; pero la significación estricta de esas palabras quiero que conste de la manera más taxativa. Yo no admito dentro de mí el pensar mal gratuitamente de nadie; pero, como español, protesto de que se me obligue a pensar bien de situaciones nacionalmente delicadas. Por eso, porque ni es lícito pensar mal ni es aceptable que se nos obligue a pensar bien, es por lo que no pueden estar en el Poder los hombres de negocios.

Si esto fuera sólo una opinión mía, no importaba en dosis apreciable. Porque mi poquedad está siempre a un dedo del error. Lo malo es que tengo mis clásicos. Y no cualesquiera, sino el clásico de los clásicos en la materia, el padre y maestro de la Economía política, el propio Adam Smith. El cual, en su libro fundamental, dice esta friolera: «Los mercaderes y jefes de manufacturas son las dos tribus del pueblo que de ordinario representan mayores capitales, y que por su riqueza atraen sobre sí la mayor cantidad de consideración pública. Como se pasan la vida imaginando proyectos y combinando nuevas empresas, superan en penetración y en inteligencia a la mayor parte de los hombres que hacen vida de nobles en sus tierras. El pensamiento de aquéllos, no obstante, anda siempre más ocupado de su interés particular que del interés general, y esto trae consigo que sus consejos, aunque los den con la más pura buena fe —cosa que no siempre acontece—, dependen mucho más del interés primero que del último… Toda proposición de ley nueva o de nuevo reglamento en cuestiones de comercio, si parte de esa clase de hombres deberá ser siempre escuchada con precaución que nunca parecerá excesiva. Antes de adoptarla, examínese largamente, no sólo con asiduo cuidado, con atención escrupulosa, sino además con la mayor desconfianza. Porque esos proyectos vienen de una clase de hombres cuyo interés no se halla jamás en exacta conformidad con el interés público; de una clase de hombres interesada generalmente en engañar a éste y aun de oprimirlo; en fin, de una clase de hombres que más de una vez le ha engañado, en efecto, insidiosamente y cruelmente oprimido».

He sostenido siempre, contra los «platónicos», que no es deseable para un pueblo ser gobernado por filósofos; pero, claro es, significa una desgracia mucho más grave y de mayores arrastres que lo gobiernen los hombres de negocios.

El Sol, 14 de marzo de 1931

In Germany the crowds are fighting in the streets, not over “concrete problems,” for example the very light one of its five million unemployed workers, but over the Constitution, over democracy or authoritarianism, internationalism or nationalism.

Let us go up to Poland. Eight days ago the reading began in Parliament of the draft of a new Constitution.

Perhaps Señor Cambó considers those peoples as relatively abnormal, and grants only to England and France the character of normative. It would be a fine thing if in those two nations that govern the world, and that emerge triumphant from so atrocious a war, things went every which way and all in disequilibrium! However, the following coincidence occurs. In England, where at this hour there are enormous concrete problems, such as unemployment and the flight of gold —does the reader realise what the least symptom of the flight of gold means for the City?—, they nevertheless amuse themselves discussing around a Round Table. And what they discuss there is —nothing less— the new Constitution of India, with which there begins —nothing less— the Constitution of what is called the Third English Empire.

But it will be said that, at least, traditional England, the old misty isles, the United Kingdom, the matchless model of public Power, does not occupy itself with constitutional phantasmagorias. It will be said —Señor Cambó has already said it calmly—; but it will be said a thing contrary to the truth. Because these days the newspapers publish telegrams reporting that the discussion has begun in Parliament of the draft of “alternative vote,” which signifies the basis of alliance between the Labour party and the Liberal. Now then: anyone with a smattering of English history knows that its constitutional modifications in the last two centuries have consisted mainly of simple electoral reforms. (I maintain that, strictly and in substance, the most essential changes in public Power are everywhere the reforms of the electoral procedure. See my book, soon to be published, The Redemption of the Provinces and National Decency).

There remains, then, France and only France to sustain Señor Cambó’s audacious thesis. And, indeed, France today represents in the world the defence of the status quo, and is, for the moment, the reactionary power par excellence. But it suffices to scratch a little beneath the surface to perceive that this status quo is going to last very little. And it is the most realist, most concretist politician of France, Monsieur Tardieu, who a few weeks ago cast to the wind a word, no more than a word without matter or weight, but around which the passions will very soon be kindled. That word does not designate a particular problem, but quite the contrary, the most integral there can be. Tardieu has said: “We must build an Empire, the French Empire.” And, indeed, a nation that possesses such enormous colonies, dominions, protectorates, etc., must pose the problem of its Constitution as an Empire.

Compare with these facts the words that Cambó wrote, in doctoral style, a few weeks ago, and then weigh fully, to estimate it well, the… flippancy of Señor Cambó’s pen. What have his frequent travels profited this gentleman? How has he failed to perceive such patent facts? Does he travel in a diving suit and do the clearest rumours of his surroundings not reach him? For there are born and incurable divers. I believed that Señor Cambó did not belong to the guild; but I am coming to fear that he is a master in the art of not getting wind of things and a great graduate in taking the radish by the leaves.

If he goes on like this, we shall come to convince ourselves that Señor Cambó is nothing but a Count of Bugallal who, through distraction, has forgotten that he is the Count of Bugallal.

VIII

For a party to be a “centre party” it is not enough to call it so: it must be one. Hence, the one that has recently appeared under that designation, and that waves the flag of “concretism,” has seemed like one to nobody. One would say the Chinese founded it, since it is the Chinese who are the people that resolved, by itself and before itself, to declare that its land was the centre of the world, and called its State the Empire of the Centre. But human perspectives are so relative that, seen from Europe, China turns out to be the Far East, so to speak the extreme right.

As to the true character of that party we have today no other guidance than the predominance in its ranks of men of business. They have hurried to it, “like doves to the dovecote.” Let no malicious allusion be seen in this, which would revolt me to insinuate in vague terms, without commitment to a precise accusation and rigorous proof. I consider it fatal for a nation that its politicians should be men of business, but not because these businesses are dirty, but also in the case that they are clean.

Nor is it “intellectual” hostility against men of business. I deplore that there are so few of them in Spain, and I expect much from their multiplication. Without them our country will never attain the level reached by European economic evolution, which is, in turn, the material condition of all historical progress for the Peninsula. We need to place ourselves in great strides at the altitude of continental capitalism, and only men of business can accomplish this. Spain would be in a fine fix if it had to await its economic plenitude from us writers! That is why I, from my little attic, grow enthusiastic when I see a genuine man of business pass by.

But it is another matter that these men of business should be in Power and, instead of doing their business, complicate it with politics. For example: Spain gains not the least advantage from Señor Ventosa’s being Minister of Finance, who is at the same time vice-president of the Chade. And still less when in that Ministry there exists a file on the taxation of the Chade. I reject every malicious insinuation that pretends to exceed in the slightest degree the strict meaning of those words; but the strict meaning of those words I want recorded in the most categorical manner. I do not admit within myself thinking evil gratuitously of anyone; but, as a Spaniard, I protest at being obliged to think well of nationally delicate situations. That is why, because it is neither lawful to think evil nor acceptable that we be obliged to think well, men of business cannot be in Power.

If this were only my own opinion, it would not matter to any appreciable degree. For my littleness is always a finger’s breadth from error. The trouble is that I have my classics. And not just any classics, but the classic of classics in the matter, the father and master of political economy, Adam Smith himself. Who, in his fundamental book, says this chilling thing: “Merchants and heads of manufactures are the two tribes of the people that ordinarily represent greater capitals, and that by their wealth draw upon themselves the greatest amount of public consideration. As they spend their lives imagining projects and combining new enterprises, they surpass in penetration and intelligence the greater part of the men who live like nobles on their estates. Their thought, nevertheless, always goes more occupied with their particular interest than with the general interest, and this brings with it that their counsels, though given with the purest good faith —a thing that does not always happen—, depend much more on the first interest than on the last… Every proposal of a new law or of a new regulation in matters of commerce, if it comes from that class of men, should always be listened to with a caution that will never seem excessive. Before adopting it, let it be examined at length, not only with assiduous care, with scrupulous attention, but moreover with the greatest distrust. Because those projects come from a class of men whose interest is never in exact conformity with the public interest; from a class of men generally interested in deceiving it and even in oppressing it; in short, from a class of men that more than once has indeed deceived it insidiously and cruelly oppressed it.”

I have always maintained, against the “Platonists,” that it is not desirable for a people to be governed by philosophers; but, clearly, it is a far graver misfortune, and of greater consequences, that men of business should govern it.

El Sol, 14 March 1931

In Germania combattono per le strade le folle, non a motivo di «problemi concreti», per esempio il leggerissimo dei suoi cinque milioni di operai disoccupati, ma sulla Costituzione, sulla democrazia o l’autoritarismo, sull’internazionalismo o il nazionalismo.

Saliamo in Polonia. Otto giorni fa si è cominciato a leggere in Parlamento il progetto di una nuova Costituzione.

Forse il signor Cambó considera questi popoli come relativamente anormali, e concede soltanto a Inghilterra e Francia il carattere di normativi. Sarebbe bello che in queste due nazioni reggitrici del mondo, che emergono trionfanti da guerra così atroce, le cose andassero alla rinfusa e tutto in squilibrio! Tuttavia, capita la seguente coincidenza. In Inghilterra, dove a quest’ora ci sono enormi problemi concreti, come quello della disoccupazione e della fuga dell’oro —si rende conto il lettore di che cosa significhi per la City il minimo sintomo di fuga dell’oro?—, si dilettano, nondimeno, a discutere attorno a una Tavola Rotonda. E ciò che in essa discutono è —niente meno— la nuova Costituzione dell’India, con la quale si inizia —niente meno— la Costituzione di quello che si chiama il Terzo Impero Inglese.

Ma si dirà che, almeno, l’Inghilterra tradizionale, le vecchie isole nebbiose, il Regno Unito, modello senza pari di Potere pubblico, non si occupa di fantasmagorie costituzionali. Si dirà —l’ha già detto tranquillamente il signor Cambó—; ma si dirà una cosa contraria alla verità. Perché in questi giorni i giornali pubblicano telegrammi che danno conto che si è cominciato a discutere in Parlamento il progetto di «elezione alternativa», che significa la base di coalizione tra il partito laburista e il liberale. Orbene: chiunque conosca sommariamente la storia inglese sa che le sue modificazioni costituzionali negli ultimi due secoli sono consistite principalmente in semplici riforme elettorali. (Io sostengo che, in rigor di termini e in sostanza, i cambiamenti più essenziali del Potere pubblico sono in ogni luogo le riforme del procedimento elettorale. Si veda il mio libro, di prossima pubblicazione, La redenzione delle province e la decenza nazionale).

Resta, dunque, la Francia e soltanto la Francia a sostenere la tesi audace del signor Cambó. E, in effetti, la Francia rappresenta oggi nel mondo la difesa dello statu quo, ed è, per il momento, la potenza reazionaria per eccellenza. Ma basta scavare un po’ sotto la superficie per avvertire che quello statu quo durerà molto poco. Ed è il politico più realista, più concretista di Francia, monsieur Tardieu, colui che poche settimane fa ha dato al vento un vocabolo, non più che un vocabolo senza materia né peso, ma attorno al quale molto presto si accenderanno le passioni. Quel vocabolo non designa un problema particolare, bensì tutto il contrario, il più integrale che ci sia. Tardieu ha detto: «Bisogna costruire un Impero, l’Impero Francese». E, in effetti, una nazione che possiede colonie, domini, protettorati enormi, eccetera, deve porsi il problema della sua Costituzione in Impero.

Si confrontino con questi fatti le parole che Cambó scriveva, in stile dottorale, alcune settimane fa, e si prenda poi nel suo giusto peso, per calcolarla bene, la… leggerezza della penna del signor Cambó. Che cosa hanno giovato a questo signore i suoi frequenti viaggi? Come mai non si è accorto di fatti così patenti? Viaggia con lo scafandro e non gli giungono i rumori più chiari del contorno? Perché ci sono scafandristi nati e senza rimedio. Io credevo che il signor Cambó non appartenesse al gremio; ma vado temendo che sia un maestro nell’arte di non informarsi delle cose e gran licenziato nel prendere il rábano per le foglie.

Se continua così, arriveremo a convincerci che il signor Cambó non è che un conte di Bugallal che, per distrazione, si è dimenticato di essere il conte di Bugallal.

VIII

Perché un partito sia un «partito del centro» non basta chiamarlo così: è necessario che lo sia. Per questo, quello che sotto tale denominazione è apparso recentemente, e che sventola la bandiera del «concretismo», non è parso tale a nessuno. Si direbbe che lo abbiano fondato i cinesi, giacché sono i cinesi il popolo che risolse, da sé e davanti a sé, di dichiarare che la sua terra era il centro del mondo, e chiamò il suo Stato l’Impero del Centro. Ma sono le prospettive umane così relative, che, guardata la Cina dall’Europa, risulta essere l’Estremo Oriente, come chi dicesse l’estrema destra.

Sul vero carattere di quel partito non abbiamo oggi altra orientazione che il predominio nelle sue file degli uomini d’affari. Vi sono accorsi frettolosi, «come le tortore al colombaio». Non si veda in questo alcuna allusione maldicente, che mi ripugnerebbe sferrare in giro vago, senza impegno di accusa precisa e prova rigorosa. Considero funesto per una nazione che i suoi politici siano uomini d’affari, ma non perché questi affari siano sporchi, bensì anche nel caso che siano puliti.

E non è ostilità di «intellettuale» contro gli uomini d’affari. Io deploro che in Spagna ce ne siano così pochi, e spero molto dalla loro moltiplicazione. Senza di loro il nostro paese non raggiungerà mai il livello a cui è giunta l’evoluzione economica europea, che è, a sua volta, condizione materiale di ogni progresso storico per la Penisola. Abbiamo bisogno di collocarci a grandi passi nell’altitudine del capitalismo continentale, e questo possono realizzarlo soltanto gli uomini d’affari. Bella figura farebbe la Spagna se dovesse attendere la sua pienezza economica da noi scrittori! Perciò io, dal mio solaio, mi entusiasmo quando vedo passare un autentico uomo d’affari.

Ma altra cosa è che questi uomini d’affari siano al Potere e, invece di fare i loro affari, li complichino con la politica. Per esempio: la Spagna non ottiene la minima ventura dal fatto che sia ministro delle Finanze il signor Ventosa, che è, al contempo, vicepresidente della Chade. E meno ancora quando in quel Ministero esiste un fascicolo sulla tassazione della Chade. Respingo ogni insinuazione maligna che pretenda di oltrepassare sia pur minimamente la significazione stretta di queste parole; ma la significazione stretta di queste parole voglio che consti nel modo più tassativo. Io non ammetto dentro di me il pensare male gratuitamente di nessuno; ma, come spagnolo, protesto che mi si obblighi a pensare bene di situazioni nazionalmente delicate. Per questo, perché né è lecito pensare male né è accettabile che ci si obblighi a pensare bene, per questo gli uomini d’affari non possono stare al Potere.

Se questa fosse soltanto un’opinione mia, non importerebbe in dose apprezzabile. Perché la mia pochezza è sempre a un dito dall’errore. Il male è che ho i miei classici. E non quali che siano, ma il classico dei classici in materia, il padre e maestro dell’Economia politica, il medesimo Adam Smith. Il quale, nel suo libro fondamentale, dice questa freddura: «I mercanti e i capi delle manifatture sono le due tribù del popolo che di solito rappresentano maggiori capitali, e che per la loro ricchezza attirano su di sé la maggior quantità di considerazione pubblica. Siccome passano la vita immaginando progetti e combinando nuove imprese, superano in penetrazione e in intelligenza la maggior parte degli uomini che fanno vita da nobili nelle loro terre. Il pensiero di costoro, nondimeno, va sempre più occupato del loro interesse particolare che dell’interesse generale, e questo porta con sé che i loro consigli, sebbene li diano con la più pura buona fede —cosa che non sempre accade—, dipendano molto più dal primo interesse che dall’ultimo… Ogni proposizione di legge nuova o di nuovo regolamento in questioni di commercio, se parte da quella classe di uomini, dovrà sempre essere ascoltata con precauzione che non sembrerà mai eccessiva. Prima di adottarla, la si esamini a lungo, non soltanto con assidua cura, con attenzione scrupolosa, ma inoltre con la massima diffidenza. Perché questi progetti vengono da una classe di uomini il cui interesse non si trova mai in esatta conformità con l’interesse pubblico; da una classe di uomini interessata generalmente a ingannare questo e persino a opprimerlo; infine, da una classe di uomini che più di una volta lo ha, in effetti, ingannato insidiosamente e crudelmente oppresso».

Ho sempre sostenuto, contro i «platonici», che non è desiderabile per un popolo essere governato da filosofi; ma, chiaro è, significa una disgrazia molto più grave e di maggiori strascichi che lo governino gli uomini d’affari.

El Sol, 14 marzo 1931