Ortega y Gasset
Abstract
An open letter to the editor of El Día, used as a pretext for a hierarchy of moral values: law and legality are the most external of values, and the Pharisee’s error is one of ordering, not of content (‘let us be legal above all’); likewise utopian rigorism errs in forgetting life, since morality is nothing but ‘the good life’. Before being morally good, Ortega says, one must be vitally good.
Connections
Assi: Fondamento della morale
Posizioni: la vita come realtà radicale
Concetti: legge, giustizia
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Señor director de El Día.
Amigo Gómez Hidalgo: Me pide usted que escriba en su periódico sobre el curioso fenómeno social de una población donde, para el cargo más íntimo y doméstico de la vida urbana, son elegidos por una mayoría inequívoca «cuatro presidiarios». En el artículo «El crédito de opinión», que ayer publican ustedes, se solicita la intervención literaria en este asunto de los que no somos legisperitos ni «políticos». Y aunque no suelo incorporarme a tal género de encuestas, quiero esta vez hacerlo, no por creer que va a servir de cosa alguna mi contribución ni porque se trate de un hecho en verdad importante y de patriótica transcendencia —¡en cuántos de esta índole no interviene uno ni puede intervenir!—, sino, paladinamente dicho, por la razón privada, y personal de mi gratitud a su periódico, el único que ha seguido con espontáneo afecto mis esfuerzos de América y de la Península hacia una España mejor, que ahora comienza a llevar frutos.
Y ya en esto, amigo mío, tenemos una circunstancia que exige «renovación». Durante sesenta años ha dominado la tendencia a hacer de la justicia o conformidad con el derecho, escrito o eterno, el único valor moral, cuando menos el único digno de regir las relaciones públicas. Y es el derecho, sin duda, una cosa altamente venerable de que no podemos prescindir, una de las muchas cualidades decisivas de la cultura. Pero no es más que una. Para no hablar sino del orden o haz moral de la cultura, ahí están la nobleza, la generosidad, el respeto mutuo, la piedad, el coraje ético, en fin, la gratitud, que son otros tantos valores morales, cuando menos del mismo rango que la justicia dentro de la jerarquía ideal que demanda una ética acertada. El exclusivismo que ha solido imperar en favor del derecho ha traído pésimas consecuencias. Más aún, cualquiera otra virtud que hubiese intentado análogo predominio habría sido más fecunda. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que entre todas las cualidades morales es el derecho, y especialmente la legalidad, la más externa. Sin ley no podemos vivir bien, como sin vaso no podemos beber bien; pero no vacilaremos, si damos a las cosas su debido orden, en preferir un buen hontanar a un buen vaso. La atención excesiva a la legalidad nos ha dejado en las manos un vaso casi perfecto, pero casi perfectamente seco. El caso no es nuevo en la historia; como en la literaria asistimos más de una vez a la muerte de una literatura por la exclusiva preocupación de la forma —arte amanerado y retórico—, así en la historia de los sentimientos éticos asistimos a la desaparición de civilizaciones destruidas por el legalismo, —culturas farisaicas.
¿Por ventura, sostiene algo absurdo o indeseable el fariseo? «¡Seamos legales!», dice. ¿Quién se atrevería a no seguirle? Pero no; el fariseo dice otra cosa muy distinta: «¡Seamos “ante todo” legales!» Y esto sí es absurdo, esto sí es inmoral, esto sí es antivital. He ahí la enorme importancia que tiene un simple error de ordenación. La ley, cosa venerable en su lugar, es abominable puesta «ante» todas las demás. No, señores fariseos: antes que legales, y aun antes que justos, tenemos que ser muchas otras cosas, por ejemplo: nobles, discretos, respetuosos del prójimo, benévolos, etcétera, en suma, buenos. Y antes que buenos moralmente, buenos vitalmente.
Aquí tenemos, amigo mío, otro punto en que importa una radical «renovación» de las conciencias. Como el fariseísmo es la perversión nacida de anteponer la legalidad a la moral íntima, es el ascetismo o rigorismo o utopismo ético la perversión que consiste en atender sólo a la moral y olvidarse de la vida. Esta enfermedad presenta síntomas como el que contienen estas palabras: «¡Perezcan las naciones y que se salven los principios!» ¡Tampoco, señores rigoristas, señores radicales, señores utopistas, tampoco! La moral vale más que la vida, es cierto; pero la moral no es sino la «vida» buena, el «buen» orden de la vida. Destruye usted la vida y destruye usted con el mismo gesto la posibilidad de la moral. Destruye usted la sociedad y aniquila usted a la par el «buen» orden social.
Esto quiere decir que puede darse el caso, ante un hombre o ante un pueblo, de ser más urgente y, por lo tanto, más moral atender a salvar su vitalidad que su moralidad, sus energías históricas que el orden público. Con un caso típico de esta clase nos hallamos ahora en España. De aquí nace la idea sustentada por mí desde hace años, y expuesta en una conferencia de la Comedia, en 1914 (Vieja y nueva política); la idea, digo, de oponer la España «vital» a la España «oficial» (legal) e invitar a que las gentes, cuando haya conflicto entre una y otra, prefieran siempre aquélla a ésta.
¿Es esto sólo la retórica oposición de una palabra a otra palabra, un ejemplo brillante de lo que llamamos «logomaquia»? No sé; pero me interesaría que alguien lograse explicar y calificar de otra manera lo que viene aconteciendo en España desde 1.º de junio último. Yo sólo acierto a describirlo de esta manera: España acepta una serie continuada de ilegalidades en gracia de una serie de vitalizaciones. Rompe la costra de los hábitos legales constituidos para dejar crecer y expandirse una realidad vital subyacente y en constitución.
No pretendo que el pueblo español me haya escuchado ni mucho menos que haga lo que hace por haberme oído. Pero ello es que desde 1.º de junio parecen los españoles preferir la España vital a la España oficial. Lo cual significa que era yo quien había escuchado a los españoles antes que ellos a sí mismos. Tal es la misión del político, decía yo en la Comedia, abril de 1914: «La misión que, según Fichte, compete al político, al verdadero político, consiste en “declarar lo que es”, en desprenderse de los tópicos ambientes y sin virtud, de los motes viejos y, penetrando en el fondo del alma colectiva, tratar de sacar a luz en fórmulas claras, evidentes, esas opiniones inexpresas e íntimas de un grupo social»[1].
Preferencia, pues, de la España vital sobre la España legal.
Fenómenos más salientes en que se concreta esa calificación mía del actual momento:
1.º Para «renovar» a España saltan fuera de la ley los militares, que eran los encargados de defender la ley.
2.º Los electores de Madrid votan a unos «presidiarios» situados fuera de la ley y derrotan a los partidos turnantes, que hasta ayer eran los encargados de representar y de hacer la ley.
¿Consecuencia primera de todo esto?… La siguiente:
¡Jóvenes de veinte años! No hagáis caso de quien os diga que el político tiene que ser un hombre que vea la vida como el conde de Romanones. Mirad, yo he hecho toda mi vida próximamente lo contrario que el conde de Romanones. Y, sin embargo, él se ha equivocado en política y yo en política he acertado —yo—…; que, como el Pierrot de Laforgue, soy no más que un «lunólogo eminente».
El Día, 15 de noviembre de 1917
II
Señor director de El Día.
Amigo Gómez Hidalgo: En un viejísimo «purana» indio se dice que donde quiera pone el hombre sobre el suelo la planta pisa siempre cien senderos. No hay hechos insignificantes si el hombre tiene órganos para recibir sus innumerables sentidos y alusiones. Toda cosa, al rozarla nosotros, nos hace guiños y trémulos ademanes, como anhelando que al través de ellos interpretemos su embrujada y aparente mudez. La mejor verdad está dicha en el eterno cuento de hadas donde una vieja mendiga hallada al borde del camino resulta, a poco que se la atienda, una gentil princesa.
Como un hueso a un can hambriento, arroja usted a mi meditación este hecho social de unos «presidiarios» elegidos para concejales. Y me pregunta: «¿Qué piensa usted de ello?» Más fácil sería acaso la respuesta si me preguntase usted qué no pienso de ello. Porque ese hecho tiene haces o caras múltiples, buenos unos, malos otros, donde se refleja gran parte del presente y el porvenir nacionales. Recuerda usted, sin duda, aquella escena del antiguo régimen moribundo que Marmontel refiere en sus Memorias: cenando en el palacio de Richelieu damas y próceres, a la sobremesa, se inclinan, invitados por Cagliostro, sobre una copa de agua, y en los vagos reflejos del líquido aciertan a ver representados los sucesos de la gran Revolución, diez años antes que ésta sobrevenga.
I
Dear Director of El Día.
Friend Gómez Hidalgo: You ask me to write in your newspaper on the curious social phenomenon of a population where, for the most intimate and domestic office of urban life, “four convicts” are elected by an unequivocal majority. In the article “The Credit of Opinion,” which you published yesterday, literary intervention in this matter is solicited from those of us who are neither legists nor “politicians.” And although I do not usually join in such a kind of survey, this time I wish to do so, not because I believe my contribution will serve any purpose nor because it is a truly important fact of patriotic transcendence —in how many of this kind does one not intervene, nor can one intervene!—, but, plainly said, for the private and personal reason of my gratitude to your newspaper, the only one that has followed with spontaneous affection my efforts in America and the Peninsula toward a better Spain, which now begins to bear fruit.
And already in this, my friend, we have a circumstance that demands “renovation.” For sixty years there has dominated the tendency to make of justice, or conformity with law, written or eternal, the sole moral value, at least the only one worthy of governing public relations. And law is, without doubt, a highly venerable thing that we cannot dispense with, one of the many decisive qualities of culture. But it is no more than one. To speak only of the moral order or sheaf of culture, there are nobility, generosity, mutual respect, piety, ethical courage, in short, gratitude, which are so many moral values, at least of the same rank as justice within the ideal hierarchy that a sound ethics demands. The exclusivism that has usually prevailed in favour of law has brought the worst consequences. Moreover, any other virtue that had attempted an analogous predominance would have been more fruitful. Why? For the simple reason that among all the moral qualities law, and especially legality, is the most external. Without law we cannot live well, as without a glass we cannot drink well; but we shall not hesitate, if we give things their due order, to prefer a good spring to a good glass. Excessive attention to legality has left in our hands a glass almost perfect, but almost perfectly dry. The case is not new in history; just as in literary history we attend more than once the death of a literature through the exclusive concern for form —mannered and rhetorical art—, so in the history of ethical sentiments we attend the disappearance of civilisations destroyed by legalism —Pharisaical cultures.
Does the Pharisee, by any chance, maintain something absurd or undesirable? “Let us be legal!” he says. Who would dare not to follow him? But no; the Pharisee says something quite different: “Let us be ‘above all’ legal!” And this indeed is absurd, this indeed is immoral, this indeed is anti-vital. There is the enormous importance of a simple error of ordering. The law, a venerable thing in its place, is abominable placed “before” all the others. No, gentlemen Pharisees: before being legal, and even before being just, we have to be many other things, for example: noble, discreet, respectful of one’s neighbour, benevolent, etc., in short, good. And before being morally good, vitally good.
Here we have, my friend, another point in which a radical “renovation” of consciences matters. Just as Pharisaism is the perversion born of placing legality before intimate morality, so asceticism or rigorism or ethical utopianism is the perversion that consists in attending only to morality and forgetting life. This illness presents symptoms such as that contained in these words: “Let the nations perish and the principles be saved!” Not that either, gentlemen rigorists, gentlemen radicals, gentlemen utopians, not that either! Morality is worth more than life, that is certain; but morality is nothing but the good “life,” the “good” order of life. You destroy life and you destroy with the same gesture the possibility of morality. You destroy society and you annihilate at the same time the “good” social order.
This means that the case may arise, before a man or before a people, that it is more urgent, and therefore more moral, to attend to saving its vitality than its morality, its historical energies than public order. With a typical case of this kind we now find ourselves in Spain. From here is born the idea sustained by me for years, and expounded in a lecture at the Comedia, in 1914 (Old and New Politics); the idea, I say, of opposing the “vital” Spain to the “official” (legal) Spain and inviting people, when there is a conflict between one and the other, always to prefer the former to the latter.
Is this only the rhetorical opposition of one word to another word, a brilliant example of what we call “logomachy”? I do not know; but I should be interested for someone to succeed in explaining and qualifying in another way what has been happening in Spain since 1 June last. I only manage to describe it in this way: Spain accepts a continuous series of illegalities for the sake of a series of vitalisations. It breaks the crust of the constituted legal habits to let grow and expand an underlying, in-formation vital reality.
I do not pretend that the Spanish people have listened to me, still less that they do what they do because they have heard me. But the fact is that since 1 June the Spaniards seem to prefer the vital Spain to the official Spain. Which means that it was I who had listened to the Spaniards before they listened to themselves. Such is the mission of the politician, I used to say in the Comedia, April 1914: “The mission that, according to Fichte, falls to the politician, the true politician, consists in ‘declaring what is,’ in divesting oneself of the ambient and virtue-less commonplaces, of the old slogans, and, penetrating into the depths of the collective soul, seeking to bring to light in clear, evident formulas those inexpress’d and intimate opinions of a social group”[1].
Preference, then, of the vital Spain over the legal Spain.
Most salient phenomena in which my qualification of the present moment is concretised:
1st. To “renovate” Spain the military leap outside the law, those who were charged with defending the law.
2nd. The electors of Madrid vote for “convicts” placed outside the law and defeat the alternating parties, which until yesterday were the ones charged with representing and making the law.
First consequence of all this?… The following:
Young men of twenty! Pay no heed to whoever tells you that the politician has to be a man who sees life as the Count of Romanones does. Look, I have done all my life approximately the contrary of the Count of Romanones. And, nevertheless, he has been wrong in politics and I in politics have been right —I—…; for, like Laforgue’s Pierrot, I am no more than an “eminent lunologist.”
El Día, 15 November 1917
II
Dear Director of El Día.
Friend Gómez Hidalgo: In a very ancient Indian “purana” it is said that wherever man sets his sole upon the ground, he always treads a hundred paths. There are no insignificant facts if man has organs to receive their innumerable senses and allusions. Every thing, as we graze against it, makes winks and trembling gestures at us, as if yearning that through them we interpret its bewitched and apparent muteness. The best truth is told in the eternal fairy tale where an old beggar-woman found at the edge of the road turns out, if only one attends to her, to be a gentle princess.
Like a bone to a hungry dog, you throw into my meditation this social fact of “convicts” elected as town councillors. And you ask me: “What do you think of it?” The answer would perhaps be easier if you asked me what I do not think of it. Because that fact has multiple sheaves or faces, some good, others bad, in which a great part of the national present and future is reflected. You recall, no doubt, that scene of the dying old regime that Marmontel recounts in his Memoirs: ladies and grandees dining in the palace of Richelieu, at table’s end, lean, invited by Cagliostro, over a glass of water, and in the vague reflections of the liquid they manage to see represented the events of the great Revolution, ten years before it comes.
I
Signor direttore di El Día.
Amico Gómez Hidalgo: Mi chiede lei di scrivere sul suo giornale intorno al curioso fenomeno sociale di una popolazione dove, per l’incarico più intimo e domestico della vita urbana, sono eletti a maggioranza inequivoca «quattro galeotti». Nell’articolo «Il credito di opinione», che ieri pubblicate, si sollecita l’intervento letterario in questa faccenda di coloro che non siamo legisperiti né «politici». E sebbene non sia solito aggregarmi a tale genere di inchieste, voglio questa volta farlo, non perché creda che la mia contribuzione servirà a qualcosa né perché si tratti di un fatto veramente importante e di patriottica trascendenza —in quanti di questa specie non interviene uno né può intervenire!—, bensì, detto chiaramente, per la ragione privata e personale della mia gratitudine al suo giornale, l’unico che ha seguito con spontaneo affetto i miei sforzi d’America e di Penisola verso una Spagna migliore, che ora comincia a portare frutti.
E già in questo, amico mio, abbiamo una circostanza che esige «rinnovamento». Durante sessant’anni ha dominato la tendenza a fare della giustizia o conformità col diritto, scritto o eterno, l’unico valore morale, quanto meno l’unico degno di reggere le relazioni pubbliche. Ed è il diritto, senza dubbio, una cosa altamente venerabile di cui non possiamo fare a meno, una delle molte qualità decisive della cultura. Ma non è che una. Per non parlare che dell’ordine o fascio morale della cultura, ecco lì la nobiltà, la generosità, il rispetto reciproco, la pietà, il coraggio etico, infine, la gratitudine, che sono altrettanti valori morali, quanto meno dello stesso rango della giustizia dentro la gerarchia ideale che domanda un’etica azzeccata. L’esclusivismo che ha solito imperare a favore del diritto ha portato pessime conseguenze. E ancora di più, qualunque altra virtù che avesse tentato un analogo predominio sarebbe stata più feconda. Perché? Per la semplice ragione che tra tutte le qualità morali è il diritto, e specialmente la legalità, la più esterna. Senza legge non possiamo vivere bene, come senza bicchiere non possiamo bere bene; ma non esiteremo, se diamo alle cose il loro debito ordine, a preferire una buona sorgente a un buon bicchiere. L’attenzione eccessiva alla legalità ci ha lasciato tra le mani un bicchiere quasi perfetto, ma quasi perfettamente asciutto. Il caso non è nuovo nella storia; come nella letteraria assistiamo più di una volta alla morte di una letteratura per l’esclusiva preoccupazione della forma —arte manierata e retorica—, così nella storia dei sentimenti etici assistiamo alla sparizione di civiltà distrutte dal legalismo, —culture farisaiche.
Per ventura, sostiene qualcosa di assurdo o indesiderabile il fariseo? «Siamo legali!», dice. Chi oserebbe non seguirlo? Ma no; il fariseo dice un’altra cosa molto diversa: «Siamo “soprattutto” legali!» E questo sì che è assurdo, questo sì che è immorale, questo sì che è antivitale. Ecco l’enorme importanza che ha un semplice errore di ordinamento. La legge, cosa venerabile al suo posto, è abominevole posta «prima» di tutte le altre. No, signori farisei: prima che legali, e anche prima che giusti, dobbiamo essere molte altre cose, per esempio: nobili, discreti, rispettosi del prossimo, benevoli, eccetera, in somma, buoni. E prima che buoni moralmente, buoni vitalmente.
Ecco qui, amico mio, un altro punto in cui importa una radicale «rinnovazione» delle coscienze. Come il fariseismo è la perversione nata dall’anteporre la legalità alla morale intima, così è l’ascetismo o rigorismo o utopismo etico la perversione che consiste nell’attenere soltanto alla morale e dimenticarsi della vita. Questa malattia presenta sintomi come quello che contengono queste parole: «Periscano le nazioni e che si salvino i principi!» Nemmeno, signori rigoristi, signori radicali, signori utopisti, nemmeno! La morale vale più della vita, è certo; ma la morale non è che la «vita» buona, il «buon» ordine della vita. Distruggete la vita e distruggete con lo stesso gesto la possibilità della morale. Distruggete la società e annichilite a un tempo il «buon» ordine sociale.
Questo vuol dire che può darsi il caso, dinanzi a un uomo o dinanzi a un popolo, che sia più urgente e, perciò, più morale attendere a salvare la sua vitalità che la sua moralità, le sue energie storiche che l’ordine pubblico. Con un caso tipico di questa classe ci troviamo ora in Spagna. Di qui nasce l’idea da me sostenuta da anni, ed esposta in una conferenza della Comedia, nel 1914 (Vecchia e nuova politica); l’idea, dico, di opporre la Spagna «vitale» alla Spagna «ufficiale» (legale) e invitare le genti, quando ci sia conflitto tra l’una e l’altra, a preferire sempre quella a questa.
È questo soltanto la retorica opposizione di una parola a un’altra parola, un esempio brillante di ciò che chiamiamo «logomachia»? Non so; ma mi interesserebbe che qualcuno riuscisse a spiegare e a qualificare in altro modo ciò che va accadendo in Spagna dal 1° giugno scorso. Io soltanto riesco a descriverlo in questo modo: la Spagna accetta una serie continuata di illegalità in grazia di una serie di vitalizzazioni. Rompe la crosta degli abiti legali costituiti per lasciar crescere ed espandersi una realtà vitale sottostante e in costituzione.
Non pretendo che il popolo spagnolo mi abbia ascoltato né tanto meno che faccia ciò che fa per avermi udito. Ma il fatto è che dal 1° giugno gli spagnoli sembrano preferire la Spagna vitale alla Spagna ufficiale. Il che significa che ero io ad avere ascoltato gli spagnoli prima che essi ascoltassero se stessi. Tale è la missione del politico, dicevo io nella Comedia, aprile 1914: «La missione che, secondo Fichte, compete al politico, al vero politico, consiste nel “dichiarare ciò che è”, nello sbarazzarsi dei luoghi comuni ambientali e senza virtù, dei vecchi motti e, penetrando nel fondo dell’anima collettiva, cercare di trarre alla luce in formule chiare, evidenti, quelle opinioni inespresse e intime di un gruppo sociale»[1].
Preferenza, dunque, della Spagna vitale sulla Spagna legale.
Fenomeni più salienti in cui si concreta questa mia qualificazione dell’attuale momento:
1.º Per «rinnovare» la Spagna saltano fuori dalla legge i militari, che erano gli incaricati di difendere la legge.
2.º Gli elettori di Madrid votano per dei «galeotti» situati fuori della legge e sconfiggono i partiti turnanti, che fino a ieri erano gli incaricati di rappresentare e di fare la legge.
Conseguenza prima di tutto questo?… La seguente:
Giovani di vent’anni! Non date retta a chi vi dica che il politico deve essere un uomo che veda la vita come il conte di Romanones. Guardate, io ho fatto tutta la mia vita pressappoco il contrario del conte di Romanones. E, tuttavia, lui si è sbagliato in politica e io in politica ho indovinato —io—…; che, come il Pierrot di Laforgue, non sono che un «eminente lunologo».
El Día, 15 novembre 1917
II
Signor direttore di El Día.
Amico Gómez Hidalgo: In un vecchissimo «purana» indiano si dice che dovunque l’uomo posa sul suolo la pianta, pesta sempre cento sentieri. Non ci sono fatti insignificanti se l’uomo ha organi per ricevere i loro innumerevoli sensi e allusioni. Ogni cosa, al toccarla noi, ci fa occhiolini e tremuli gesti, come anelando che attraverso di essi interpretiamo il suo ammaliato e apparente mutismo. La verità migliore è detta nell’eterna fiaba dove una vecchia mendicante trovata al bordo del cammino risulta, appena la si ascolti, una gentile principessa.
Come un osso a un cane affamato, getta lei alla mia meditazione questo fatto sociale di alcuni «galeotti» eletti consiglieri. E mi domanda: «Che cosa ne pensa?» Più facile sarebbe forse la risposta se mi domandasse che cosa non ne penso. Perché quel fatto ha fasci o facce molteplici, buoni gli uni, cattivi gli altri, dove si riflette gran parte del presente e dell’avvenire nazionali. Ricorda lei, senza dubbio, quella scena del vecchio regime morente che Marmontel riferisce nelle sue Memorie: cenando nel palazzo di Richelieu dame e proceri, a fine tavola, si chinano, invitati da Cagliostro, sopra una coppa d’acqua, e nei vaghi riflessi del liquido riescono a vedere rappresentati gli avvenimenti della grande Rivoluzione, dieci anni prima che questa sopravvenga.
Ayer tomé un sendero y dibujé una cara de las que aquel hecho presenta. Me importaba ante todo señalar lo que este fenómeno tiene de común con tantos otros surgidos en España desde hace algún tiempo. En una de sus significaciones coincide con la actitud de los militares; uno y otro hecho implican la sensación de que ciertas porciones del derecho vigente y constituido perpetúan una legalidad falsa, ficticia, hipócrita y, por lo tanto, irrespetable. La realidad social se ve obligada a afirmar contra ella su derecho preferente. Mas entiéndase bien, siempre que la vida rompe una ley va movida por la aspiración a otra ley más efectiva, compleja y respetable. Toda España ha visto la ilegalidad de la situación creada por las Juntas de defensa y, sin embargo, expresa o tácita, no ha faltado a éstas la adhesión de los corazones. ¿De dónde nace tal adhesión general? ¿Por acaso, de una perversa fruición en la ilegalidad como tal, pareja a la que siente el loco furioso al ver rotas las cosas? Algunos individuos de temperamento socialmente anómalo tal vez obedezcan a este motivo. Pero la adhesión ha sido general y no sólo de estos «especialistas en desorden».
Más concretamente: en pocas cosas manifiestan los españoles tan compacto acuerdo como en desear la supremacía del Poder civil. Y sin embargo han aceptado transitoriamente su mediatización por la fuerza militar. La razón no puede ser más que una: el Poder civil hollado no era tal Poder civil. La ley rota era sólo una ficción de ley. Y en la actitud de los militares, aparte toda clase de reservas secundarias, hemos visto todos preformada y como aspirada una nueva legalidad de mejor cuño. El instante en que la opinión pública dudase gravemente de esto sería el último instante de las Juntas de defensa.
Los militares han roto la Constitución, la ley general. Más modestos, los electores madrileños han roto una ley particular: la sentencia en que un tribunal manda a presidio e incapacita a cuatro hombres. El fenómeno es el mismo, pero por ser más modesto y circunscrito procede de causas menos profundas, más momentáneas.
Como el Poder civil no era tal Poder civil, así la sentencia contra el Comité de huelga nació ineficaz.
Al decir esto creo reflejar escrupulosa e imparcialmente un hecho de la conciencia colectiva. No digo que a mí me parezca bien o mal la sentencia, porque esta declaración carecería de todo interés. Escribo para gentes leales que cuando un escritor afirma algo confrontan esta afirmación con la realidad misma y, si coinciden ambas, aceptan aquélla, y si no, no.
Digo, pues, que para una gran mayoría de conciudadanos la sentencia contra el Comité de huelga nació ineficaz, no pareció una ley «seria», se presentó sin esos graves y vigorosos caracteres que hacen respetable una prescripción o mandato.
Me va usted a permitir, amigo mío, que en este punto delicado exprese sin ambages mi pensamiento.
¿Por qué no era «seria», esto es, eficiente, ejecutiva, la sentencia? Lo contrario a la seriedad es la frivolidad y cuanto ha dado motivo al supuesto delito, y, en consecuencia, el proceso mismo y la sentencia forman un tejido de frivolidades. El nombre es duro, pero no será menester advertir que yo nombro así los acontecimientos y excuso las personas.
¿No debemos llamar frivolidad a la adopción de resoluciones que traen graves consecuencias, en virtud de razonamientos ligeros, pueriles, superficiales? Pues en este sentido fue una evidente frivolidad la huelga general. No necesito probarlo, aunque algún día he de decir lo que me ocurre sobre aquel hecho y sobre la psicología de sus directores. No necesito probarlo porque, como es sabido, todas las personas que en este movimiento intervinieron hacen constar que no lo quisieron. Es decir, que todos reconocen su frivolidad.
A esta primera, de obreros y republicanos, siguió la frivolidad cometida por el Cuerpo armado. Hubo, por parte de éste, una prontitud, una diligencia y un celo en acudir a contrarrestar la agitación popular, que todo espíritu imparcial, el cual aspire sólo a entender estos sucesos como un futuro historiador, necesita mostrar lealmente su extrañeza. Dos meses y medio antes los militares consideraban de tal manera corrupta e irritante la acción gubernamental, que les pareció oportuno y lícito declararse en rebeldía. Aproximadamente España entera abundó en el juicio de los militares sobre el estado de cosas vigente.
Esto obligaba al Ejército a comportarse con la debida complejidad, ya que fatalmente —y en buena hora sea dicho— son ellos responsables de la dirección que ahora toma la historia de España. No pienso con esto, claro es, que el Ejército parezca comprometido a secundar en activa o en pasiva cualquiera agitación que un grupo díscolo promueva. Pero sí pienso que queda obligado a reconocer en todo movimiento amplio de la inquietud nacional un hecho «históricamente justificado», respetable en su raíz, del mismo tipo que el iniciado por la oficialidad. Podrá juzgar ésta, como juzgo yo, erróneas, la táctica y la intención de la huelga veraniega; podrá, cuando menos, parecernos vago, confuso, amorfo, el propósito que la disparaba; pero esto no indica sino que el Ejército debió actuar de una manera más exacta, más compleja, más inteligente y patriótica, respetando lo que en ella hubiese de respetable y evitando lo que en ella había de torpe, maligno o inoportuno.
Vago, confuso y amorfo ha sido el propósito de las Juntas de defensa, y, sin embargo, los demás españoles hemos, por suerte, usado del buen sentido y la sensibilidad histórica suficientes para respetar su raíz cordial y aun nutrirla con la atmósfera de nuestra adhesión. Lo dicho por mí recientemente en una conferencia de La Coruña sobre la importancia nacional del acto militar me da opción a ser escuchado por los militares sin suspicacia.
Comprenderán éstos que después de haber declarado la marcha de los asuntos públicos intolerable, hasta el punto de justificar una rebeldía, no es digno de ellos «fingir» la convicción de que un movimiento tan amplio como el de este verano se deba puramente a unos cuantos agitadores de oficio. ¿Por qué, pues, siguieron la trayectoria más simplista? Los obreros que este verano, con evidente error de táctica, se declararon en huelga, son los obreros españoles. Da un poco de vergüenza tener que recordar esta útil perogrullada; pero yo, que soy lo menos «obrerista» del mundo, he sentido vergüenza mayor este verano al ver en el semblante de no pocos compatriotas un «rictus» de odio hacia el obrero. A mí me parece inmoral la mayor parte de los gritos que dan los agitadores de profesión en las Casas del Pueblo. Pero que haya alguien en nuestra sociedad el cual sienta odio por los obreros, por sus agrupaciones, y aun por sus errores, es una cosa que no ya me parece inmoral, sino que no me parece nada, porque no me cabe en la cabeza, como no me cabe un cuadrado redondo. Si en algún cuarto de banderas —cosa que yo no creo posible— se hubiese alguien congratulado de la perfección con que las ametralladoras funcionaban frente a los obreros, sería cuestión de llevar ese aposento a un museo teratológico, como algo insólito. ¡Un cuarto de banderas lleno de cuadrados redondos![2]
Los últimos documentos públicamente emanados de las Juntas de defensa reconocen, con giro implícito, que hubo error en la actitud del Ejército ante la huelga, cuando se quejan de haber sido por el Gobierno contrapuestos a los obreros. ¿Por qué, pues, si en otros puntos no han obedecido automáticamente al Gobierno no le obedecieron entonces un poco más complejamente?
Aquí concluyen para mí los datos y los hechos, y en su hueco necesito poner algunas suposiciones.
Pero ellas y la conclusión de este comentario queden para una tercera carta, amigo Gómez Hidalgo.
El Día, 18 de noviembre de 1917
III
Yesterday I took a path and drew one of the faces that that fact presents. What mattered to me above all was to point out what this phenomenon has in common with so many others that have arisen in Spain for some time. In one of its significations it coincides with the attitude of the military; both facts imply the sensation that certain portions of the current and constituted law perpetuate a legality that is false, fictitious, hypocritical and, therefore, unworthy of respect. Social reality sees itself obliged to affirm against it its preferential right. But let it be well understood: whenever life breaks a law, it is moved by the aspiration to another law more effective, complex and respectable. All Spain has seen the illegality of the situation created by the Defense Juntas and, nevertheless, express or tacit, the adhesion of hearts has not been lacking to them. Where does such general adhesion come from? Perchance, from a perverse relish in illegality as such, akin to that felt by the raving madman upon seeing things broken? Some individuals of socially anomalous temperament perhaps obey this motive. But the adhesion has been general and not only of these “specialists in disorder.”
More concretely: in few things do the Spaniards show as compact an agreement as in desiring the supremacy of civil Power. And yet they have transitorily accepted its mediatisation by military force. The reason can be no more than one: the civil Power trampled was not such a civil Power. The broken law was only a fiction of law. And in the attitude of the military, apart from every kind of secondary reserve, we have all seen preformed and, as it were, aspired to, a new legality of better stamp. The instant in which public opinion should gravely doubt this would be the last instant of the Defense Juntas.
The military have broken the Constitution, the general law. More modest, the Madrid electors have broken a particular law: the sentence in which a tribunal sends four men to prison and disables them. The phenomenon is the same, but being more modest and circumscribed it proceeds from less profound, more momentary causes.
Just as the civil Power was not such a civil Power, so the sentence against the Strike Committee was born inefficacious.
In saying this I believe I reflect scrupulously and impartially a fact of the collective conscience. I do not say that the sentence seems to me right or wrong, because that declaration would lack all interest. I write for loyal people who, when a writer affirms something, confront this affirmation with reality itself and, if the two coincide, accept it, and if not, not.
I say, then, that for a great majority of fellow-citizens the sentence against the Strike Committee was born inefficacious; it did not seem a “serious” law; it presented itself without those grave and vigorous characters that make a prescription or mandate respectable.
You will allow me, my friend, in this delicate point, to express my thought without circumlocution.
Why was the sentence not “serious,” that is, efficient, executive? The contrary of seriousness is frivolity, and whatever has given occasion to the supposed crime, and, consequently, the trial itself and the sentence form a tissue of frivolities. The name is hard, but it will not be necessary to note that I so name the events and excuse the persons.
Must we not call frivolity the adoption of resolutions that bring grave consequences, by virtue of light, puerile, superficial reasonings? Well, in this sense the general strike was an evident frivolity. I need not prove it, although one day I shall have to say what occurs to me about that fact and about the psychology of its directors. I need not prove it because, as is well known, all the persons who took part in this movement make it known that they did not want it. That is, they all recognise its frivolity.
To this first frivolity, of workers and republicans, followed the one committed by the armed Corps. On its part there was a promptness, a diligence and a zeal in hastening to counteract the popular agitation, such that every impartial spirit, who aspires only to understand these events like a future historian, needs to loyally show his astonishment. Two and a half months before, the military considered governmental action so corrupt and irritating that it seemed to them opportune and licit to declare themselves in rebellion. Approximately all of Spain abounded in the judgment of the military on the prevailing state of affairs.
This obliged the Army to behave with due complexity, since fatally —and may it be said in good hour— they are responsible for the direction that the history of Spain now takes. With this I do not think, clearly, that the Army should appear committed to second, actively or passively, whatever agitation a fractious group promotes. But I do think that it remains obliged to recognise in every broad movement of national unrest a fact “historically justified,” respectable in its root, of the same kind as that initiated by the officer corps. The latter may judge, as I judge, erroneous the tactics and intention of the summer strike; may it, at least, seem to us vague, confused, amorphous the purpose that discharged it; but this indicates only that the Army should have acted in a more exact, more complex, more intelligent and patriotic manner, respecting what in it there was of respectable and avoiding what in it there was of clumsy, malignant or inopportune.
Vague, confused and amorphous has been the purpose of the Defense Juntas, and, nevertheless, the rest of us Spaniards have, fortunately, used enough good sense and historical sensibility to respect their cordial root and even nourish it with the atmosphere of our adhesion. What I recently said in a lecture at La Coruña on the national importance of the military act gives me the option of being heard by the military without suspicion.
They will understand that, after having declared the march of public affairs intolerable, to the point of justifying a rebellion, it is not worthy of them to “feign” the conviction that a movement as broad as that of this summer is due purely to a few professional agitators. Why, then, did they follow the most simplistic trajectory? The workers who this summer, with evident error of tactics, declared themselves on strike, are the Spanish workers. It is a little shameful to have to recall this useful truism; but I, who am the least “workerist” person in the world, have felt a greater shame this summer on seeing upon the countenance of not a few compatriots a “rictus” of hatred toward the worker. The greater part of the cries that professional agitators give in the People’s Houses seems to me immoral. But that there should be someone in our society who feels hatred for the workers, for their groupings, and even for their errors, is a thing that not only does not seem to me immoral, but that does not seem to me anything at all, because it does not enter my head, just as a round square does not enter it. If in some colours room —a thing I do not believe possible— someone had congratulated himself on the perfection with which the machine-guns functioned before the workers, it would be a matter of carrying that chamber to a teratological museum, as something unheard-of. A colours room full of round squares![2]
The last documents publicly emanating from the Defense Juntas recognise, with an implicit turn, that there was error in the Army’s attitude before the strike, when they complain of having been opposed to the workers by the Government. Why, then, if in other points they have not automatically obeyed the Government, did they not obey it then a little more complexly?
Here the data and the facts conclude for me, and in their hollow I need to place some suppositions.
But they and the conclusion of this commentary may remain for a third letter, friend Gómez Hidalgo.
El Día, 18 November 1917
III
Ieri presi un sentiero e disegnai una delle facce che quel fatto presenta. Mi importava innanzi tutto segnalare ciò che questo fenomeno ha di comune con tanti altri sorti in Spagna da qualche tempo. In una delle sue significazioni coincide con l’attitudine dei militari; l’uno e l’altro fatto implicano la sensazione che certe porzioni del diritto vigente e costituito perpetuino una legalità falsa, fittizia, ipocrita e, perciò, irrispettabile. La realtà sociale si vede obbligata ad affermare contro di essa il suo diritto preferente. Ma s’intenda bene: ogni volta che la vita rompe una legge va mossa dall’aspirazione a un’altra legge più effettiva, complessa e rispettabile. Tutta la Spagna ha visto l’illegalità della situazione creata dalle Giunte di difesa e, tuttavia, espressa o tacita, non è mancata a queste l’adesione dei cuori. Da dove nasce tale adesione generale? Per caso, da una perversa fruizione dell’illegalità in quanto tale, simile a quella che sente il pazzo furioso nel vedere le cose rotte? Alcuni individui di temperamento socialmente anormale forse obbediscono a questo motivo. Ma l’adesione è stata generale e non soltanto di questi «specialisti in disordine».
Più concretamente: in poche cose manifestano gli spagnoli accordo così compatto come nel desiderare la supremazia del Potere civile. E tuttavia hanno accettato transitoriamente la sua mediatizzazione da parte della forza militare. La ragione non può essere che una: il Potere civile conculcato non era tale Potere civile. La legge rotta era soltanto una finzione di legge. E nell’attitudine dei militari, a parte ogni classe di riserve secondarie, abbiamo tutti veduto preformata e come aspirata una nuova legalità di miglior conio. L’istante in cui l’opinione pubblica dubitasse gravemente di questo sarebbe l’ultimo istante delle Giunte di difesa.
I militari hanno rotto la Costituzione, la legge generale. Più modesti, gli elettori madrileni hanno rotto una legge particolare: la sentenza in cui un tribunale manda al penitenziario e inabilita quattro uomini. Il fenomeno è lo stesso, ma per essere più modesto e circoscritto procede da cause meno profonde, più momentanee.
Come il Potere civile non era tale Potere civile, così la sentenza contro il Comitato di sciopero nacque inefficace.
Dicendo questo credo di riflettere scrupolosamente e imparzialmente un fatto della coscienza collettiva. Non dico che la sentenza mi sembri bene o male, perché questa dichiarazione mancherebbe di ogni interesse. Scrivo per gente leale che, quando uno scrittore afferma qualcosa, confronta questa affermazione con la realtà stessa e, se coincidono entrambe, accetta quella, e se no, no.
Dico, dunque, che per una grande maggioranza di concittadini la sentenza contro il Comitato di sciopero nacque inefficace, non parve una legge «seria», si presentò senza quei gravi e vigorosi caratteri che rendono rispettabile una prescrizione o comando.
Mi permetterà lei, amico mio, che in questo punto delicato esprima senza ambagi il mio pensiero.
Perché la sentenza non era «seria», cioè, efficiente, esecutiva? Il contrario della serietà è la frivolezza, e quanto ha dato motivo al supposto delitto, e, in conseguenza, il processo stesso e la sentenza formano un tessuto di frivolezze. Il nome è duro, ma non sarà necessario avvertire che io chiamo così gli avvenimenti e scuso le persone.
Non dobbiamo chiamare frivolezza l’adozione di risoluzioni che portano gravi conseguenze, in virtù di ragionamenti leggeri, puerili, superficiali? Orbene, in questo senso fu un’evidente frivolezza lo sciopero generale. Non ho bisogno di provarlo, sebbene un giorno dovrò dire ciò che mi passa per la testa su quel fatto e sulla psicologia dei suoi direttori. Non ho bisogno di provarlo perché, com’è noto, tutte le persone che intervennero in questo movimento fanno constare di non averlo voluto. Cioè, che tutti riconoscono la sua frivolezza.
A questa prima, di operai e repubblicani, seguì la frivolezza commessa dal Corpo armato. Ci fu, da parte di questo, una prontezza, una diligenza e uno zelo nell’accorrere a contrastare l’agitazione popolare, che ogni spirito imparziale, il quale aspiri soltanto a intendere questi avvenimenti come un futuro storico, ha bisogno di mostrare lealmente la sua stranezza. Due mesi e mezzo prima i militari consideravano in tal modo corrotta e irritante l’azione governativa, che parve loro opportuno e lecito dichiararsi in ribellione. Pressappoco la Spagna intera abbondò nel giudizio dei militari sullo stato di cose vigente.
Questo obbligava l’Esercito a comportarsi con la dovuta complessità, giacché fatalmente —e sia detto in buon’ora— sono loro responsabili della direzione che ora prende la storia di Spagna. Non penso con questo, chiaro è, che l’Esercito sembri impegnato a secondare in attivo o in passivo qualunque agitazione che un gruppo discolo promuova. Ma sì che penso che resta obbligato a riconoscere in ogni movimento ampio dell’inquietudine nazionale un fatto «storicamente giustificato», rispettabile nella sua radice, dello stesso tipo di quello iniziato dall’ufficialità. Potrà giudicare questa, come giudico io, erronee la tattica e l’intenzione dello sciopero estivo; potrà, quanto meno, sembrarci vago, confuso, amorfo il proposito che lo scagliava; ma questo non indica se non che l’Esercito doveva agire in una maniera più esatta, più complessa, più intelligente e patriottica, rispettando ciò che in essa vi fosse di rispettabile ed evitando ciò che in essa vi era di goffo, maligno o inopportuno.
Vago, confuso e amorfo è stato il proposito delle Giunte di difesa, e, tuttavia, noi altri spagnoli abbiamo, per fortuna, usato del buon senso e della sensibilità storica sufficienti per rispettare la loro radice cordiale e anche nutrirla con l’atmosfera della nostra adesione. Quanto ho detto recentemente in una conferenza di La Coruña sull’importanza nazionale dell’atto militare mi dà opzione a essere ascoltato dai militari senza suscettibilità.
Comprenderanno questi che, dopo aver dichiarato intollerabile la marcia degli affari pubblici, fino al punto di giustificare una ribellione, non è degno di loro «fingere» la convinzione che un movimento così ampio come quello di questa estate si debba puramente ad alcuni agitatori di professione. Perché, dunque, seguirono la traiettoria più semplicista? Gli operai che questa estate, con evidente errore di tattica, si dichiararono in sciopero, sono gli operai spagnoli. Fa un po’ di vergogna dover ricordare questa utile ovvietà; ma io, che sono la persona meno «operista» del mondo, ho sentito una vergogna maggiore questa estate nel vedere sul sembiante di non pochi compatrioti un «rictus» d’odio verso l’operaio. A me sembra immorale la maggior parte dei gridi che danno gli agitatori di professione nelle Case del Popolo. Ma che ci sia qualcuno nella nostra società che senta odio per gli operai, per le loro aggruppazioni, e anche per i loro errori, è una cosa che non solo non mi sembra immorale, ma che non mi sembra niente, perché non mi entra in testa, come non mi entra un quadrato rotondo. Se in qualche camera di bandiere —cosa che io non credo possibile— qualcuno si fosse congratulato della perfezione con cui le mitragliatrici funzionavano di fronte agli operai, sarebbe questione di portare quel locale a un museo teratologico, come qualcosa d’insolito. Una camera di bandiere piena di quadrati rotondi![2]
Gli ultimi documenti pubblicamente emanati dalle Giunte di difesa riconoscono, con giro implicito, che ci fu errore nell’attitudine dell’Esercito dinanzi allo sciopero, quando si lamentano di essere stati dal Governo contrapposti agli operai. Perché, dunque, se in altri punti non hanno obbedito automaticamente al Governo, non gli obbedirono allora un po’ più complessamente?
Qui concludono per me i dati e i fatti, e nel loro vuoto ho bisogno di mettere alcune supposizioni.
Ma esse e la conclusione di questo commento restino per una terza lettera, amico Gómez Hidalgo.
El Día, 18 novembre 1917
III
Amigo Gómez Hidalgo: Mi carta anterior no concluía donde concluía su asunto. Quedó truncada por razones de espacio. En ella iba yo desarrollando esta idea: la sentencia contra el Comité de huelga nació muerta y sin eficacia moral. Porque en la ley que la dictó venía a condensarse una serie de frivolidades. La primera fue la huelga misma. La segunda fue el semblante con que el Ejército salió a su encuentro. No debió nunca castigar con la una mano sin sustentar con la otra lo que en aquel movimiento había de explosión de un descontento positivo. La huelga fue una manifestación, frívola en la forma, de un malestar realísimo que ciertas capas del cuerpo social sentían y siguen sintiendo. Reconocida la extrema defectuosidad del régimen público, en general, no puede extrañar a ningún hombre comprensivo y honrado que el malestar tome formas particulares en cada clase y grupo de la sociedad. El militar interpretará la angustia nacional acentuando ciertos rasgos de ella que los hábitos mentales propios de su oficio le fuerzan a destacar. El propietario, a su vez, se quejará preferentemente de otros defectos. El obrero hará lo mismo. Y cada cual buscará el remedio a su manera movilizando sus peculiares recursos. Si cada uno de esos grupos no consigue, mediante un esfuerzo de reflexión, reconocer y respetar el fondo común y nacional de justas exigencias que late más allá de esos ademanes discrepantes, el militar vendrá a las manos con el propietario y con el obrero, el obrero con el propietario y con el militar, todos con los políticos y los políticos con todos; de suerte que a la vuelta de unos meses va a ser España una olla de grillos cocidos en sangre.
No debió, pues, el Ejército aceptar el equívoco de que él consideraba la protesta obrera como algo extranacional, antisocial e irrespetable en su esencia. En el plano de la realidad histórica, donde unos hechos engendran otros con cósmica forzosidad, más hondo que aquél donde se mueven las voluntades personales, la causa decisiva de la huelga obrera de agosto fue la rebeldía militar de junio. Yo no pretendo juzgar si ello fue bueno o fue malo; pero es cosa palmaria que fue así. Si, como debemos esperar, llega ahora España a un vital renacimiento, sobre el Ejército recaerá el honor de haber dado el empellón definitivo. Mas el que lleva el honor de la victoria lleva también la responsabilidad de haber presentado la batalla y de todas las vicisitudes que a esto sigan. Cuanto ha acontecido desde hace seis meses y acontezca en un porvenir cuyos confines nadie puede aún marcar es, al menos parcialmente, obra del Ejército. Quiera o no, es él en algún modo responsable de ello ante la Historia y ante los honestos corazones. Y yo no creo que se pierda nada con ver las cosas claramente y aceptarlas según son.
¿Por qué insisto en esto? Tengo algunas razones para ello.
Lo más importante que por el pronto cabía hacer en beneficio de una España mejor lo han hecho los militares. Me refiero al barrido de la política turnante. Hubiera sido mejor —¿quién lo duda?— que en vez de los militares otras fuerzas sociales más adecuadas dieran cima a esta empresa. Mas, por lo visto, no tenían energía suficiente para ello. Los militares lo han conseguido; rindámosles, pues, noblemente y sin hipocresías la oportuna gratitud.
Pero al mismo tiempo no debemos olvidar que se ha obtenido este inmejorable resultado por el medio más peligroso. En mi vocabulario no tiene la palabra peligro la significación de algo absolutamente malo y que a toda costa deba ser evitado. Sólo lo muerto no está en peligro. Vitalidad, por el contrario, es siempre periculosidad. La intervención militar es saludable, fecunda; pero es peligrosa. En cambio, un Gobierno emoliente estilo Dato no es peligroso, pero es mortal.
En 15 de junio último publiqué en El Imparcial un artículo titulado «Bajo el arco en ruina», donde entre otras cosas, sugería que España había entrado en un período revolucionario. No es que yo desee revolución alguna; todo lo contrario, las detesto. Pero el que yo no desee una cosa no es una razón para que esa cosa deje de acontecer. Y lo que entonces dije y ahora corroboro es que, aun cuando todos los españoles detestásemos el estado revolucionario, en él nos hallamos y en él seguiremos un largo espacio por una forzosidad de mecánica social. Un sistema de equilibrio público se ha roto, afortunadamente. El nuevo sistema de público equilibrio no se ha alcanzado aún, desgraciadamente. Nos encontramos, pues, en un régimen de esencial desequilibrio, de proceso revolucionario. Si llamamos a los nodos o densificaciones de este proceso revoluciones, hemos pasado ya por dos: la rebeldía militar de junio, la huelga general de agosto. Puede que haya alguien a quien asuste, enoje o estorbe la palabra revolución. En tal caso puede usar otra; me es indiferente, reservándome el derecho a pensar que quien se asusta, enoja o es estorbado por la sombra que en el aire hiende una palabra, viene a ser lo que llamamos un imbécil.
Sólo cabe, en mi entender, reducir al mínimum la parte dolorosa, brutal, innoble y estéril que tienen todos los procesos de revolución. Y para esto, sólo un método existe: que las cabezas cobren una visión amplia, serena y clara del complejo fenómeno social, a fin de que los motivos reales de contienda no se multipliquen con los imaginarios. Dicho de otro modo: que luchen los juicios, pero no, además de éstos, los prejuicios. Y he aquí donde arraigan mis temores. ¿Se elevará el pensamiento del Ejército a esa intuición sutil, certera, que la circunstancia exige?
En otro lugar pienso desenvolver con toda amplitud la cuestión. Ahora sólo quisiera hacer notar que la actitud del Cuerpo armado ante la huelga estival no ha sido un buen síntoma.
¿Qué idea presidió entonces a sus actos? Tenemos que movernos ante hipótesis. Pero eliminando las inverosímiles, yo me quedo con ésta: en agosto quiso el Ejército dar la impresión al país de que seguía siendo la fuerza puesta al servicio del orden, dócil al Poder constituido y enemiga de toda turbulencia. Por si el 1.º de junio había suscitado alguna duda sobre ello, se ejecutó la represión con un celo subrayado e insólito.
No creo que recusen esta suposición mía ni los más ortodoxos miembros de las Juntas de defensa.
Pues bien; si tal fue la idea que dirigió al Ejército, con todo respeto para las personas, yo me permito ver en ella un síntoma gravísimo de que los grupos de oficiales directores no han conquistado aquella intuición sutil y certera del momento nacional que los dotados de un patriotismo severo y reflexivo quisiéramos hallar en ellos.
¿Pretendía usted —se me dirá— que se cruzasen de brazos los militares ante la agitación popular? Ni por un momento pretendo yo tal cosa. En general, yo no pretendo nada. Me limito a abrir bien los ojos sobre los hechos para procurar verlos lo mejor posible. Del pasado no me interesa lo que ha pasado ya sino aquellos factores de él en que parece anunciarse el porvenir. Lo que el Ejército hizo, como lo que el pueblo hizo, acertado o erróneo, es pretérito irremediable. En cambio, las ideas, el modo de pensar que determinó la conducta militar importan aún en el presente, porque en ellas sospechamos el carácter, las tendencias psicológicas de esta fuerza que va a colaborar en el próximo futuro.
Mostrar semejante prisa y celo en parecer a la hora de agosto sostenedores de un poder público que los actos militares de junio y de julio habían sustancialmente desautorizado me parece… ¿Inconsecuente? Eso sería lo de menos; la consecuencia es una norma de la lógica intelectual a que no necesita tal vez someterse siempre la vida. La sospecha grave que puede desprenderse de aquel cambio de actitud es si los militares creen que el movimiento nacional iniciado por ellos va a limitarse a lo que ellos quisieron y quieren que sea.
Voy a suponer que sus deseos coinciden exactamente con los míos y con los del lector. El que nosotros lo queramos no trae consigo que ello resulte posible. Nosotros pondremos todos nuestros medios para realizarlo, pero el mundo sobre el cual vertemos nuestro deseo tiene su peculiar estructura y exigencias indominables. Deberemos, pues, mirar siempre a la par lo que nosotros deseamos que sea y lo que el mundo es aparte de nuestro deseo.
Friend Gómez Hidalgo: My previous letter did not conclude where its subject concluded. It remained truncated for reasons of space. In it I was developing this idea: the sentence against the Strike Committee was born dead and without moral efficacy. Because in the law that dictated it there came to be condensed a series of frivolities. The first was the strike itself. The second was the countenance with which the Army came out to meet it. It should never have punished with the one hand without sustaining with the other what in that movement there was of an explosion of a positive discontent. The strike was a manifestation, frivolous in form, of a very real malaise that certain layers of the social body felt and continue to feel. Once the extreme defectiveness of the public regime is recognised, in general, it cannot seem strange to any understanding and honest man that the malaise takes particular forms in each class and group of society. The soldier will interpret the national anguish accentuating certain traits of it that the mental habits proper to his office force him to highlight. The proprietor, in turn, will complain preferably of other defects. The worker will do the same. And each one will seek the remedy in his own way, mobilising his peculiar resources. If each of these groups does not succeed, through an effort of reflection, in recognising and respecting the common and national fund of just demands that pulses beyond those discrepant gestures, the soldier will come to blows with the proprietor and with the worker, the worker with the proprietor and with the soldier, all with the politicians and the politicians with all; so that in the turn of a few months Spain is going to be a pot of crickets cooked in blood.
The Army, then, should not have accepted the equivocation that it considered the workers’ protest as something extranational, antisocial and unworthy of respect in its essence. On the plane of historical reality, where one fact engenders others with cosmic necessity, deeper than that where personal wills move, the decisive cause of the workers’ strike of August was the military rebellion of June. I do not pretend to judge whether that was good or bad; but it is a patent thing that it was so. If, as we must hope, Spain now arrives at a vital renaissance, upon the Army will fall the honour of having given the definitive shove. But he who bears the honour of the victory bears also the responsibility of having presented the battle and of all the vicissitudes that follow upon it. Whatever has happened these six months and whatever happens in a future whose confines no one can yet mark is, at least partially, the work of the Army. Whether it wills it or not, it is in some way responsible for it before History and before honest hearts. And I do not believe that anything is lost by seeing things clearly and accepting them as they are.
Why do I insist on this? I have some reasons for it.
The most important thing that for the present could be done for the benefit of a better Spain has been done by the military. I refer to the sweeping away of the alternating politics. It would have been better —who doubts it?— that instead of the military other more adequate social forces had brought this enterprise to a head. But, apparently, they did not have sufficient energy for it. The military have achieved it; let us render them, then, nobly and without hypocrisies the opportune gratitude.
But at the same time we must not forget that this unsurpassable result has been obtained by the most dangerous means. In my vocabulary the word danger does not have the signification of something absolutely bad and that at all costs should be avoided. Only the dead is not in danger. Vitality, on the contrary, is always perilousness. Military intervention is salutary, fruitful; but it is dangerous. On the other hand, an emollient Government in the style of Dato is not dangerous, but it is mortal.
On 15 June last I published in El Imparcial an article entitled “Under the Arch in Ruin,” where, among other things, I suggested that Spain had entered a revolutionary period. It is not that I desire any revolution; quite the contrary, I detest them. But my not desiring a thing is no reason for that thing to stop happening. And what I then said and now corroborate is that, even if all Spaniards detested the revolutionary state, in it we find ourselves and in it we shall remain for a long stretch, by a necessity of social mechanics. A system of public equilibrium has been broken, fortunately. The new system of public equilibrium has not yet been reached, unfortunately. We find ourselves, then, in a regime of essential disequilibrium, of revolutionary process. If we call the nodes or densifications of this process revolutions, we have already passed through two: the military rebellion of June, the general strike of August. There may be someone who is frightened, angered or hindered by the word revolution. In such a case he may use another; it is indifferent to me, reserving the right to think that whoever is frightened, angered or hindered by the shadow that a word cleaves in the air, turns out to be what we call an imbecile.
Only this remains, in my understanding: to reduce to the minimum the painful, brutal, ignoble and sterile part that all processes of revolution have. And for this, only one method exists: that heads acquire a broad, serene and clear vision of the complex social phenomenon, so that the real motives of contention may not multiply with the imaginary ones. Said in another way: that judgments fight, but not, besides them, prejudices. And here is where my fears take root. Will the thought of the Army rise to that subtle, sure intuition that the circumstance demands?
Elsewhere I think to develop the question in all its amplitude. Now I should only like to note that the attitude of the armed Corps before the summer strike has not been a good symptom.
What idea presided then over its acts? We have to move among hypotheses. But eliminating the implausible ones, I keep to this one: in August the Army wished to give the country the impression that it continued to be the force placed at the service of order, docile to the constituted Power and enemy of all turbulence. Lest 1 June should have raised some doubt about this, the repression was executed with a marked and unusual zeal.
I do not believe that even the most orthodox members of the Defense Juntas will reject this supposition of mine.
Well then; if such was the idea that directed the Army, with all respect for the persons, I allow myself to see in it a most grave symptom that the groups of directing officers have not conquered that subtle and sure intuition of the national moment that those endowed with a severe and reflective patriotism would wish to find in them.
Did you pretend —I shall be told— that the military should stand with folded arms before the popular agitation? Not for a moment do I pretend such a thing. In general, I pretend nothing. I limit myself to opening my eyes well upon the facts to try to see them as best as possible. Of the past I am not interested in what has already passed but in those factors of it in which the future seems to announce itself. What the Army did, like what the people did, right or wrong, is irremediable past. In exchange, the ideas, the way of thinking that determined the military conduct matter still in the present, because in them we suspect the character, the psychological tendencies of this force that is going to collaborate in the near future.
To show such haste and zeal in appearing, at the hour of August, sustainers of a public power that the military acts of June and July had substantially disauthorised seems to me… Inconsequent? That would be the least of it; consequence is a norm of intellectual logic to which life perhaps does not always need to submit. The grave suspicion that can detach itself from that change of attitude is whether the military believe that the national movement begun by them is going to limit itself to what they wanted and want it to be.
I am going to suppose that their desires coincide exactly with mine and with the reader’s. Our wanting it does not bring with it that it turns out possible. We shall put all our means to realise it, but the world upon which we pour our desire has its peculiar structure and indomitable exigencies. We shall have to, then, always look at once at what we desire it to be and at what the world is apart from our desire.
Amico Gómez Hidalgo: La mia lettera precedente non concludeva dove concludeva il suo argomento. Restò troncata per ragioni di spazio. In essa andavo sviluppando questa idea: la sentenza contro il Comitato di sciopero nacque morta e senza efficacia morale. Perché nella legge che la dettò veniva a condensarsi una serie di frivolezze. La prima fu lo sciopero stesso. La seconda fu il sembiante con cui l’Esercito uscì a incontrarlo. Non doveva mai castigare con l’una mano senza sostenere con l’altra ciò che in quel movimento vi era di esplosione di un discontento positivo. Lo sciopero fu una manifestazione, frivola nella forma, di un malessere realissimo che certe falde del corpo sociale sentivano e seguono sentendo. Riconosciuta l’estrema difettosità del regime pubblico, in generale, non può fare strano ad alcun uomo comprensivo e onesto che il malessere prenda forme particolari in ogni classe e gruppo della società. Il militare interpreterà l’angoscia nazionale accentuando certi tratti di essa che gli abiti mentali propri del suo mestiere lo forzano a mettere in rilievo. Il proprietario, a sua volta, si lagnerà preferentemente di altri difetti. L’operaio farà lo stesso. E ciascuno cercherà il rimedio a modo suo mobilitando le sue peculiari risorse. Se ciascuno di questi gruppi non riesce, mediante uno sforzo di riflessione, a riconoscere e rispettare il fondo comune e nazionale di giuste esigenze che palpita al di là di questi gesti discrepanti, il militare verrà alle mani col proprietario e con l’operaio, l’operaio col proprietario e col militare, tutti con i politici e i politici con tutti; di modo che al volgere di qualche mese la Spagna sarà un pentolone di grilli cotti nel sangue.
Non doveva, dunque, l’Esercito accettare l’equivoco che esso considerasse la protesta operaia come qualcosa di extranazionale, antisociale e irrispettabile nella sua essenza. Sul piano della realtà storica, dove gli uni fatti ne generano altri con cosmica necessità, più profondo di quello dove si muovono le volontà personali, la causa decisiva dello sciopero operaio di agosto fu la ribellione militare di giugno. Io non pretendo giudicare se ciò fu bene o fu male; ma è cosa palmare che fu così. Se, come dobbiamo sperare, giunge ora la Spagna a un vitale rinascimento, sull’Esercito ricadrà l’onore di aver dato la spinta definitiva. Ma chi porta l’onore della vittoria porta anche la responsabilità di aver presentato la battaglia e di tutte le vicissitudini che a ciò seguano. Quanto è accaduto da sei mesi e accadrà in un avvenire i cui confini nessuno può ancora marcare è, almeno parzialmente, opera dell’Esercito. Voglia o no, è esso in qualche modo responsabile di ciò dinanzi alla Storia e dinanzi agli onesti cuori. E io non credo che si perda nulla a vedere le cose chiaramente e ad accettarle come sono.
Perché insisto su questo? Ho alcune ragioni per farlo.
La cosa più importante che per il momento si potesse fare a beneficio di una Spagna migliore l’hanno fatta i militari. Mi riferisco allo spazzamento della politica turnante. Sarebbe stato meglio —chi lo dubita?— che invece dei militari altre forze sociali più adeguate dessero cima a questa impresa. Ma, a quanto pare, non avevano energia sufficiente per farlo. I militari lo hanno conseguito; rendiamo loro, dunque, nobilmente e senza ipocrisie l’opportuna gratitudine.
Ma al tempo stesso non dobbiamo dimenticare che si è ottenuto questo inappuntabile risultato per il mezzo più pericoloso. Nel mio vocabolario la parola pericolo non ha la significazione di qualcosa di assolutamente cattivo e che a ogni costo debba essere evitato. Soltanto il morto non è in pericolo. Vitalità, al contrario, è sempre pericolosità. L’intervento militare è salutare, fecondo; ma è pericoloso. In cambio, un Governo emolliente stile Dato non è pericoloso, ma è mortale.
Il 15 giugno scorso pubblicai in El Imparcial un articolo intitolato «Sotto l’arco in rovina», dove tra altre cose, suggerivo che la Spagna era entrata in un periodo rivoluzionario. Non è che io desideri rivoluzione alcuna; tutto il contrario, le detesto. Ma il fatto che io non desideri una cosa non è una ragione perché quella cosa cessi di accadere. E ciò che allora dissi e ora confermo è che, anche se tutti gli spagnoli detestassimo lo stato rivoluzionario, in esso ci troviamo e in esso seguiremo per un lungo spazio per una necessità di meccanica sociale. Un sistema di equilibrio pubblico si è rotto, fortunatamente. Il nuovo sistema di equilibrio pubblico non si è ancora raggiunto, disgraziatamente. Ci troviamo, dunque, in un regime di essenziale squilibrio, di processo rivoluzionario. Se chiamiamo rivoluzioni i nodi o densificazioni di questo processo, siamo già passati per due: la ribellione militare di giugno, lo sciopero generale di agosto. Può esserci qualcuno che si spaventi, si adiri o sia disturbato dalla parola rivoluzione. In tal caso può usarne un’altra; mi è indifferente, riservandomi il diritto di pensare che chi si spaventa, si adira o è disturbato dall’ombra che nell’aria fende una parola, viene a essere ciò che chiamiamo un imbecille.
Soltanto resta, a mio intendere, ridurre al minimum la parte dolorosa, brutale, innobile e sterile che hanno tutti i processi di rivoluzione. E per questo, esiste un solo metodo: che le teste acquisitino una visione ampia, serena e chiara del complesso fenomeno sociale, affinché i motivi reali di contesa non si moltiplichino con gli immaginari. Detto in altro modo: che lottino i giudizi, ma non, oltre a questi, i pregiudizi. Ed ecco dove mettono radice i miei timori. Si eleverà il pensiero dell’Esercito a quella intuizione sottile, sicura, che la circostanza esige?
In altro luogo penso di svolgere con tutta ampiezza la questione. Ora soltanto vorrei far notare che l’attitudine del Corpo armato dinanzi allo sciopero estivo non è stata un buon sintomo.
Quale idea presiedette allora ai suoi atti? Dobbiamo muoverci tra ipotesi. Ma eliminando le inverosimili, io mi tengo questa: in agosto l’Esercito volle dare l’impressione al paese di continuare a essere la forza posta al servizio dell’ordine, docile al Potere costituito e nemica di ogni turbolenza. Perché il 1° giugno avesse suscitato qualche dubbio su questo, si eseguì la repressione con uno zelo sottolineato e insolito.
Non credo che recusino questa mia supposizione nemmeno i più ortodossi membri delle Giunte di difesa.
Ebbene; se tale fu l’idea che diresse l’Esercito, con tutto rispetto per le persone, io mi permetto di vedere in essa un sintomo gravissimo che i gruppi di ufficiali direttori non hanno conquistato quella intuizione sottile e sicura del momento nazionale che i dotati di un patriottismo severo e riflessivo vorremmo trovare in loro.
Pretendeva lei —mi si dirà— che i militari se ne stessero con le braccia incrociate dinanzi all’agitazione popolare? Nemmeno per un momento pretendo io una cosa tale. In generale, io non pretendo nulla. Mi limito ad aprire bene gli occhi sui fatti per cercare di vederli il meglio possibile. Del passato non mi interessa ciò che è già passato ma quei fattori di esso in cui sembra annunciarsi l’avvenire. Ciò che l’Esercito fece, come ciò che il popolo fece, azzeccato o erroneo, è pretérito irreparabile. In cambio, le idee, il modo di pensare che determinò la condotta militare importano ancora nel presente, perché in esse sospettiamo il carattere, le tendenze psicologiche di questa forza che collaborerà nel prossimo futuro.
Mostrare simile fretta e zelo nel comparire all’ora di agosto come sostenitori di un potere pubblico che gli atti militari di giugno e di luglio avevano sostanzialmente disautorizzato mi sembra… Inconseguente? Sarebbe il meno; la conseguenza è una norma della logica intellettuale a cui forse non ha bisogno di sottomettersi sempre la vita. Il sospetto grave che può staccarsi da quel cambiamento di attitudine è se i militari credano che il movimento nazionale iniziato da loro si limiterà a ciò che essi vollero e vogliono che sia.
Andrò a supporre che i loro desideri coincidano esattamente coi miei e con quelli del lettore. Il fatto che noi lo vogliamo non porta con sé che ciò risulti possibile. Noi metteremo tutti i nostri mezzi per realizzarlo, ma il mondo sul quale versiamo il nostro desiderio ha la sua peculiare struttura ed esigenze indominabili. Dovremo, dunque, guardare sempre a un tempo ciò che noi desideriamo che sia e ciò che il mondo è a parte il nostro desiderio.
Saltando de su esfera de acción propia los militares cumplen un acto de instrucción política. ¿No se quiere reconocer esta intervención política por motivos abogadescos? Bien, digamos entonces algo más grave: cumplen un acto de intervención histórica, imprimen un cierto movimiento al cuerpo nacional íntegro. Lanzan una piedra al viento y la piedra al abandonar la mano sigue su trayectoria, según la ley ineludible de la gravitación. ¿Fuera serio que, en el aire la piedra, creyese la mano poder aún regir su dirección? Los militares han dado un empellón —tal vez glorioso— a la vida española. Ésta desarrollará a su manera española, de quien la manera militar es sólo un rasgo, este impulso recibido. La idea de lo que debe hacerse en cada momento tiene, por fuerza, que ser distinta en la cabeza del militar, en la del obrero, en la del industrial. No hay duda que la resultante será una articulación de todas estas ideas parciales. Pero ese término se obtendrá con tanto menos dolor y tanta menor pérdida cuanto sea el esfuerzo que cada uno de esos gremios ponga en superar sus limitadas ideas gremiales.
No basta con que generosamente posterguemos nuestros intereses de grupo; es menester que consigamos dominar las propensiones mentales que nos ha impuesto nuestro oficio.
El órgano de percepción tiene que ser adecuado al objeto percibido. Con el oído no tocamos los colores. Con la visión no olemos los sonidos. Del mismo modo, el Ejército no puede salir al encuentro de los hechos nacionales por él suscitados con ideas y hábitos puramente militares. Si no atiende esto, cada paso será un tropezón, como el de agosto. ¿No fue un tropezón? En junio no existía el menor equívoco entre oficiales y obreros. En agosto se sembraba este equívoco, que sigue madurando.
¿Puede quien sea patriota y no padezca de estupidez juzgar esto indiferente?
Pero hay más; en junio simbolizaba el Ejército la reivindicación de la realidad, de la seriedad, frente a las inmorales ficciones constituidas. Hoy vemos a un número bien considerable de electores que envía sus votos a unos hombres sentenciados por un tribunal militar. Puede que haya quien crea haber cumplido todos sus deberes morales e intelectuales declarando locos o antipatriotas a esos electores. Con esta manera sólita de juzgar al enemigo no se le suprime, simplemente se avanza un paso hacia la olla de sangre.
Como directores de las agrupaciones obreras, estos cuatro hombres han fracasado. Sin embargo, los obreros los vuelven a elegir. No será por la brillantez de su gestión. Más bien parece que con su voto protestan de la ficción legal con que un tribunal de oficiales solidarios de la hora de junio sentencia a unos hombres colaboradores en la hora de agosto. Y como lo absurdo no puede prosperar, no prosperará el falso poder civil de los partidos turnantes que los oficiales aniquilaron, ni la sentencia del tribunal que los obreros madrileños desde las urnas revocan.
No será necesario decir que toda esta literatura mía es inútil, amigo Gómez Hidalgo. La ceguera partidista ocultará a los ojos de unos y otros estas evidencias.
Me interesa, al despedirme ahora de usted, decir dos cosas: la primera es que yo no he votado al Comité de huelga. Y no porque haya votado a otros, sino porque voto en blanco en virtud de razones que ahora serían por completo inoportunas. Si no fuese una impertinencia, sobre la papeleta en blanco extendería mi protesta contra la ley del señor La Cierva, que me obliga a votar. Considero esta ley un atropello de mi persona individual por el Estado.
La segunda cosa es que de los cien haces presentados por el hecho de esta elección yo sólo he aludido a los que ofrecen un carácter nacional y no partidista. Tampoco he tocado el punto propiamente ideológico de derecho político y filosofía del derecho. No es, por otra parte, necesario. Un maestro de todos, don Pedro Dorado Montero, ha puesto el problema con toda precisión donde yo, discípulo, lo hubiera puesto, salvas ligeras variantes. La cuestión es, en efecto, si la soberanía ejercida en un acto de sufragio puede ser limitada por una ley particular, y, en consecuencia, si tiene sentido la inhabilitación para cargos públicos sometidos al sufragio universal.
Hasta otra, amigo Gómez Hidalgo, y que los próximos diez o doce meses de vida española no sean sueños frenéticos y crueles que teme su afectísimo, José Ortega y Gasset.
El Día, 24 de noviembre de 1917
Leaping from their own sphere of action, the military perform an act of political instruction. Does one not wish to recognise this political intervention for legalistic motives? Very well, let us say then something graver: they perform an act of historical intervention, they imprint a certain movement upon the integral national body. They cast a stone to the wind, and the stone, on leaving the hand, follows its trajectory, according to the ineluctable law of gravitation. Would it be serious that, with the stone in the air, the hand should believe itself able still to govern its direction? The military have given a shove —perhaps a glorious one— to Spanish life. This will develop in its own Spanish way, of which the military way is only one feature, the impulse received. The idea of what must be done at each moment has, necessarily, to be different in the head of the soldier, in that of the worker, in that of the industrialist. There is no doubt that the resultant will be an articulation of all these partial ideas. But that term will be obtained with the less pain and the less loss as the greater is the effort that each of these guilds puts into overcoming its limited guild ideas.
It is not enough that we generously postpone our group interests; it is necessary that we manage to master the mental propensities that our craft has imposed upon us.
The organ of perception has to be adequate to the object perceived. With the ear we do not touch colours. With vision we do not smell sounds. In the same way, the Army cannot come out to meet the national facts raised by itself with purely military ideas and habits. If it does not attend to this, every step will be a stumble, like that of August. Was it not a stumble? In June not the least equivocation existed between officers and workers. In August this equivocation was sown, which continues to ripen.
Can he who is a patriot and does not suffer from stupidity judge this indifferent?
But there is more; in June the Army symbolised the vindication of reality, of seriousness, in the face of the immoral constituted fictions. Today we see a quite considerable number of electors sending their votes to men sentenced by a military tribunal. There may be those who believe they have fulfilled all their moral and intellectual duties by declaring these electors mad or anti-patriots. With this usual manner of judging the enemy one does not suppress him; one simply advances a step toward the pot of blood.
As directors of the workers’ groupings, these four men have failed. Nevertheless, the workers re-elect them. It will not be for the brilliance of their management. Rather it seems that with their vote they protest the legal fiction with which a tribunal of officers, solidary with the hour of June, sentences men who collaborated in the hour of August. And since the absurd cannot prosper, neither will the false civil power of the alternating parties that the officers annihilated, nor the sentence of the tribunal that the Madrid workers revoke from the ballot boxes.
It will not be necessary to say that all this literature of mine is useless, friend Gómez Hidalgo. Partisan blindness will hide these evidences from the eyes of one and the other.
It interests me, now taking my leave of you, to say two things: the first is that I have not voted for the Strike Committee. And not because I voted for others, but because I vote blank by virtue of reasons that would now be completely inopportune. If it were not an impertinence, upon the blank ballot I would extend my protest against Señor La Cierva’s law, which obliges me to vote. I consider this law an outrage upon my individual person by the State.
The second thing is that of the hundred sheaves presented by the fact of this election I have alluded only to those that offer a national and not a partisan character. Nor have I touched the properly ideological point of political right and philosophy of law. It is not, on the other hand, necessary. A master of all, Don Pedro Dorado Montero, has posed the problem with all precision where I, a disciple, would have posed it, saving slight variants. The question is, indeed, whether the sovereignty exercised in an act of suffrage can be limited by a particular law, and, consequently, whether the disqualification for public offices submitted to universal suffrage has meaning.
Until another time, friend Gómez Hidalgo, and may the next ten or twelve months of Spanish life not be frenetic and cruel dreams, fears your most affectionate, José Ortega y Gasset.
El Día, 24 November 1917
Saltando dalla loro sfera d’azione propria, i militari compiono un atto di istruzione politica. Non si vuole riconoscere questo intervento politico per motivi avvocateschi? Bene, diciamo allora qualcosa di più grave: compiono un atto di intervento storico, imprimono un certo movimento al corpo nazionale integro. Lanciano una pietra al vento, e la pietra, abbandonata la mano, segue la sua traiettoria, secondo la legge ineludibile della gravitazione. Sarebbe serio che, con la pietra in aria, la mano credesse di poter ancora reggere la sua direzione? I militari hanno dato una spinta —forse gloriosa— alla vita spagnola. Questa svolgerà a modo suo spagnolo, di cui il modo militare è soltanto un tratto, questo impulso ricevuto. L’idea di ciò che si deve fare in ogni momento ha, per forza, da essere diversa nella testa del militare, in quella dell’operaio, in quella dell’industriale. Non c’è dubbio che la risultante sarà un’articolazione di tutte queste idee parziali. Ma questo termine si otterrà con tanto meno dolore e tanto minore perdita quanto maggiore sarà lo sforzo che ciascuno di questi gremi metterà nel superare le sue limitate idee gremiali.
Non basta che generosamente posponiamo i nostri interessi di gruppo; è necessario che riusciamo a dominare le propensioni mentali che ci ha imposto il nostro mestiere.
L’organo di percezione deve essere adeguato all’oggetto percepito. Con l’orecchio non tocchiamo i colori. Con la visione non odoriamo i suoni. Del medesimo modo, l’Esercito non può uscire all’incontro dei fatti nazionali da esso suscitati con idee e abiti puramente militari. Se non attende a questo, ogni passo sarà un inciampo, come quello di agosto. Non fu un inciampo? In giugno non esisteva il minimo equivoco tra ufficiali e operai. In agosto si seminava questo equivoco, che segue maturando.
Può chi sia patriota e non soffra di stupidità giudicare questo indifferente?
Ma c’è di più; in giugno l’Esercito simboleggiava la rivendicazione della realtà, della serietà, di fronte alle immorali finzioni costituite. Oggi vediamo un numero ben considerevole di elettori che invia i suoi voti ad alcuni uomini sentenziati da un tribunale militare. Può esserci chi creda di aver compiuto tutti i suoi doveri morali e intellettuali dichiarando pazzi o antipatrioti questi elettori. Con questa maniera solita di giudicare il nemico non lo si sopprime, semplicemente si avanza un passo verso il pentolone di sangue.
Come direttori delle aggruppazioni operaie, questi quattro uomini hanno fallito. Tuttavia, gli operai li rieleggono. Non sarà per la brillantezza della loro gestione. Piuttosto sembra che col loro voto protestino della finzione legale con cui un tribunale di ufficiali solidali dell’ora di giugno sentenzia alcuni uomini collaboratori nell’ora di agosto. E come l’assurdo non può prosperare, non prospererà il falso potere civile dei partiti turnanti che gli ufficiali annichilirono, né la sentenza del tribunale che gli operai madrileni dalle urne revocano.
Non sarà necessario dire che tutta questa mia letteratura è inutile, amico Gómez Hidalgo. La cecità partigiana nasconderà agli occhi degli uni e degli altri queste evidenze.
Mi interessa, accomiatandomi ora da lei, dire due cose: la prima è che io non ho votato per il Comitato di sciopero. E non perché abbia votato per altri, ma perché voto in bianco in virtù di ragioni che ora sarebbero del tutto inopportune. Se non fosse un’impertinenza, sulla scheda in bianco stenderei la mia protesta contro la legge del signor La Cierva, che mi obbliga a votare. Considero questa legge una sopraffazione della mia persona individuale da parte dello Stato.
La seconda cosa è che dei cento fasci presentati dal fatto di questa elezione io ho alluso soltanto a quelli che offrono un carattere nazionale e non partigiano. Nemmeno ho toccato il punto propriamente ideologico di diritto politico e filosofia del diritto. Non è, d’altra parte, necessario. Un maestro di tutti, don Pedro Dorado Montero, ha posto il problema con tutta precisione dove io, discepolo, lo avrei posto, salvo lievi varianti. La questione è, in effetti, se la sovranità esercitata in un atto di suffragio possa essere limitata da una legge particolare, e, in conseguenza, se abbia senso l’inabilitazione per cariche pubbliche sottoposte al suffragio universale.
A rivederci, amico Gómez Hidalgo, e che i prossimi dieci o dodici mesi di vita spagnola non siano sogni frenetici e crudeli come teme il suo affezionatissimo, José Ortega y Gasset.
El Día, 24 novembre 1917