Ortega y Gasset

Abstract

A programmatic speech (Liga de Educación Política): a programme is not to be announced but created theme by theme in shared life; one must travel the countryside, live in the villages, create cooperatives and circles of mutual education, string a network of nodes of effort serving at once as organ of propaganda and of study of the national fact. He rejects the labels liberal and radical: if things are complex, conduct must be complex. Politics, not philosophy.

Connections

Concetti: educazione
Forme: lezione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cualquiera que sea el contenido particular de nuestro programa, sé de antemano que se caracterizará por exigir con el mismo vigor estas dos cualidades: justicia y eficacia. Mirad cómo en toda Europa comienzan nuevos fervores de luchas liberales, y mirad cómo no encienden esa pasionalidad política modernísima, utopías más o menos remozadas, sino el ideal de la eficacia.

Vamos a inundar con nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo los últimos rincones de España; vamos a ver España y a sembrarla de amor y de indignación. Vamos a recorrer los campos en apostólica algarada, a vivir en las aldeas, a escuchar las quejas desesperadas allí donde manan; vamos a ser primero amigos de quienes luego vamos a ser conductores. Vamos a crear entre ellos fuertes lazos de socialidad —cooperativas, círculos de mutua educación, centros de observación y de protesta. Vamos a impulsar hacia un imperioso levantamiento espiritual los hombres mejores de cada capital, que hoy están prisioneros del gravamen terrible de la España oficial, más pesado en provincias que en Madrid. Vamos a hacerles saber a esos espíritus fraternos, perdidos en la inercia provincial, que tienen en nosotros auxiliares y defensores. Vamos a tender una red de nudos de esfuerzo por todos los ámbitos españoles, red que a la vez será órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional; red, en fin, que forme un sistema nervioso por el que corran vitales oleadas de sensibilidad y automáticas, poderosas corrientes de protesta.

¡El programa! Si se entiende por tal algo hondo y vivaz, tiene que ser creado tema a tema, en esa convivencia a que os invito. Tengamos el valor de esa misma novedad que pretendemos y no comencemos, como han hecho y hacen los otros partidos, por el fin. Nosotros no tenemos prisa: prisa es lo único que suelen tener los ambiciosos.

Odiemos las puras palabras: ¿qué ganaríamos con que yo ahora incluyera aquí un párrafo diciendo que es uno de los cuatro ángulos de nuestro programa la demanda de la moralidad en los poderes? Eso no se dice; eso es para hecho. En lugar de decirlo, hagámoslo; organicémonos en línea de agresión contra la inmoralidad; que lleguen a saber los ofendidos y maltrechos que hay una colectividad dispuesta y pertrechada en todo instante para defenderlos.

Sólo por la necesidad en que estamos —conforme tejemos esa nueva acción política, que será lo nuestro genuino— de dar cara a los sucesos de la política momentánea, de intervenir, desde luego, en la contienda, diré algo que ha de valer más bien como ejemplo de nuestra orientación que como definitivas aclaraciones, salvo en un asunto a que luego me he de referir.

¿Qué actitud tomar entre las direcciones genéricas de la política al uso? Señores, si yo ahora declaro que los que formamos parte de la Liga de Educación Política somos liberales, no diría nada, porque el vocabulario político está infestado y todos sus términos tienen que ser sometidos a lazareto. Las cosas claras. Yo desearía poderme llamar aquí radical. No creo, es cierto, que todas las labores hechas por los radicales españoles hayan sido inútiles; ha habido algunos —que yo llamaría buenos demagogos—, en cuya vida particular yo no tengo para qué meterme, que han ejercido una función necesaria en la sociedad: han producido como una primera estructura histórica en las masas; y ésos son realmente respetables. Pero esto ocurre a alguno que otro. Los radicales, así, en general, son unas gentes que van gritando por esas reuniones de Dios, y nuestra política es todo lo contrario que el grito, todo lo contrario que el simplismo. Si las cosas son complejas, nuestra conducta tendrá que ser compleja. No hay nada más absurdo que, por ejemplo, pedir que en el espectro de los colores se nos indique dónde exactamente acaba el anaranjado y dónde empieza el amarillo, porque es esencial a los colores puros el fundirse unos con otros en transición suavísima, el no acabar aquí o allí. Lo complejo tiene que ser reflejado, en los programas políticos, complejamente; y una de las cosas más graves que ocurren en España es que sólo se dirigen a la multitud esos simplismos radicales o reaccionarios, esos grandes gritos, que convierten la política en un sicofantismo, en obra de denostación y de insulto. Por consiguiente, yo necesitaría mucho tiempo para explicar en qué sentido nosotros deseamos ser radicales, es decir, extremadamente liberales, mucho más liberales que cuantos partidos tienen hoy representación en nuestro Parlamento. Pero es que hay cosas que, a lo mejor, pasan como no radicales y lo son. Yo no puedo olvidar que uno de los intentos de reformas más positivamente avanzados que se ha intentado en la Hacienda fue una ley de impuestos sobre las cédulas personales; y los republicanos fueron los primeros en oponerse a ella. Mientras las cosas no se pongan claras no podremos, sin incurrir en falta de seriedad, declararnos, sin más ni más, radicales. ¿Para qué? ¿Para pedir la limosna de un aplauso?

Whatever the particular content of our program, I know in advance that it will be characterized by demanding with equal vigor these two qualities: justice and efficacy. Look how new fervors of liberal struggles begin all over Europe, and look how it is not more or less refurbished utopias that kindle that most modern political passionateness, but the ideal of efficacy.

We are going to flood with our curiosity and our enthusiasm the last corners of Spain; we are going to see Spain and sow it with love and indignation. We are going to traverse the fields in apostolic foray, to live in the villages, to listen to the desperate complaints there where they well up; we are going to be first friends of those of whom later we are going to be leaders. We are going to create among them strong bonds of sociality —cooperatives, circles of mutual education, centers of observation and protest. We are going to impel toward an imperious spiritual uprising the best men of each capital, who today are prisoners of the terrible burden of official Spain, heavier in the provinces than in Madrid. We are going to let those fraternal spirits, lost in provincial inertia, know that they have in us auxiliaries and defenders. We are going to spread a net of knots of effort through all the Spanish spheres, a net that will at once be an organ of propaganda and an organ of study of the national fact; a net, in short, that forms a nervous system through which vital waves of sensitivity and automatic, powerful currents of protest may run.

The program! If by such is understood something deep and lively, it must be created theme by theme, in that coexistence to which I invite you. Let us have the courage of that very novelty we claim, and let us not begin, as the other parties have done and do, by the end. We are in no hurry: hurry is the only thing that the ambitious usually have.

Let us hate mere words: what would we gain if I now included here a paragraph saying that one of the four corners of our program is the demand for morality in the powers? That is not said; that is for doing. Instead of saying it, let us do it; let us organize ourselves in line of aggression against immorality; let the offended and battered come to know that there is a collectivity ready and equipped at every instant to defend them.

Only because of the need we are in —as we weave that new political action, which will be our genuine thing— to face the events of momentary politics, to intervene, from the outset, in the contest, I will say something that must rather serve as an example of our orientation than as definitive clarifications, except in one matter to which I shall have to refer later.

What attitude to take among the generic directions of conventional politics? Gentlemen, if I now declare that those of us who form part of the League of Political Education are liberals, I would say nothing, because the political vocabulary is infested and all its terms must be put under quarantine. Clear things. I would wish to be able to call myself here a radical. I do not believe, to be sure, that all the labors done by the Spanish radicals have been useless; there have been some —whom I would call good demagogues—, into whose private life I have no reason to meddle, who have exercised a necessary function in society: they have produced, as it were, a first historical structure in the masses; and those are truly respectable. But this happens to the occasional one. The radicals, thus, in general, are folk who go shouting through those God-only-knows meetings, and our politics is the very contrary of the shout, the very contrary of simplism. If things are complex, our conduct will have to be complex. There is nothing more absurd than, for example, asking that in the spectrum of colors we be shown where exactly orange ends and yellow begins, because it is essential to pure colors to melt into one another in a most gentle transition, not to end here or there. The complex must be reflected, in political programs, complexly; and one of the gravest things that happens in Spain is that only those radical or reactionary simplisms are addressed to the multitude, those great shouts, which turn politics into a sycophantism, into a work of reviling and insult. Consequently, I would need a great deal of time to explain in what sense we wish to be radicals, that is, extremely liberal, much more liberal than all the parties that today have representation in our Parliament. But the thing is that there are things which, perhaps, pass as non-radical and are radical. I cannot forget that one of the most positively advanced attempts at reform ever tried in the Treasury was a law of taxes on personal identity certificates; and the republicans were the first to oppose it. Until things are made clear, we cannot, without incurring a lack of seriousness, declare ourselves, without more ado, radicals. To what end? To ask the alms of an applause?

Qualunque sia il contenuto particolare del nostro programma, so in anticipo che si caratterizzerà per esigere con lo stesso vigore queste due qualità: giustizia ed efficacia. Guardate come in tutta Europa cominciano nuovi fervori di lotte liberali, e guardate come non accendono quella passionalità politica modernissima utopie più o meno rinnovate, ma l’ideale dell’efficacia.

Vogliamo inondare con la nostra curiosità e il nostro entusiasmo gli ultimi angoli di Spagna; vogliamo vedere la Spagna e seminarla d’amore e d’indignazione. Vogliamo percorrere i campi in apostolica scorreria, vivere nei borghi, ascoltare le lamentele disperate là dove sgorgano; vogliamo essere prima amici di quelli di cui poi saremo conduttori. Vogliamo creare tra loro forti legami di socialità —cooperative, circoli di mutua educazione, centri di osservazione e di protesta. Vogliamo spingere verso un imperioso sollevamento spirituale gli uomini migliori di ogni capitale, che oggi sono prigionieri del terribile gravame della Spagna ufficiale, più pesante in provincia che a Madrid. Vogliamo far sapere a quegli spiriti fraterni, perduti nell’inerzia provinciale, che hanno in noi ausiliari e difensori. Vogliamo tendere una rete di nodi di sforzo per tutti gli ambiti spagnoli, rete che a un tempo sarà organo di propaganda e organo di studio del fatto nazionale; rete, in fine, che formi un sistema nervoso per cui corrano vitali ondate di sensibilità e automatiche, poderose correnti di protesta.

Il programma! Se con ciò s’intende qualcosa di profondo e vivace, deve essere creato tema per tema, in quella convivenza a cui vi invito. Abbiamo il coraggio di quella stessa novità che pretendiamo e non cominciamo, come hanno fatto e fanno gli altri partiti, dalla fine. Noi non abbiamo fretta: fretta è l’unica cosa che sogliono avere gli ambiziosi.

Odiamo le pure parole: che guadagneremmo se io ora includessi qui un paragrafo dicendo che è uno dei quattro angoli del nostro programma la richiesta della moralità nei poteri? Questo non si dice; questo è per farlo. Invece di dirlo, facciamolo; organizziamoci in linea di aggressione contro l’immoralità; che giungano a sapere gli offesi e i malconci che c’è una collettività disposta e attrezzata in ogni istante a difenderli.

Soltanto per la necessità in cui siamo —mentre tessiamo quella nuova azione politica, che sarà il nostro genuino— di far fronte agli avvenimenti della politica momentanea, di intervenire, senz’altro, nella contesa, dirò qualcosa che deve valere piuttosto come esempio del nostro orientamento che come chiarimenti definitivi, salvo in un punto a cui poi dovrò riferirmi.

Quale attitudine prendere tra le direzioni generiche della politica al uso? Signori, se io ora dichiaro che quelli che facciamo parte della Lega di Educazione Politica siamo liberali, non direi nulla, perché il vocabolario politico è infestato e tutti i suoi termini devono essere sottoposti a lazzaretto. Le cose chiare. Io desidererei potermi chiamare qui radicale. Non credo, è certo, che tutte le opere fatte dai radicali spagnoli siano state inutili; ci sono stati alcuni —che io chiamerei buoni demagoghi—, nella cui vita privata io non ho motivo d’immischiarmi, che hanno esercitato una funzione necessaria nella società: hanno prodotto come una prima struttura storica nelle masse; e quelli sono realmente rispettabili. Ma questo accade a qualcuno. I radicali, così, in generale, sono delle genti che vanno gridando per quelle riunioni di Dio, e la nostra politica è tutto il contrario del grido, tutto il contrario del semplicismo. Se le cose sono complesse, la nostra condotta dovrà essere complessa. Non c’è nulla di più assurdo che, per esempio, chiedere che nello spettro dei colori ci si indichi dove esattamente finisce l’arancione e dove comincia il giallo, perché è essenziale ai colori puri il fondersi gli uni con gli altri in transizione soavissima, il non finire qui o lì. Il complesso deve essere riflesso, nei programmi politici, complessamente; e una delle cose più gravi che accadono in Spagna è che si dirigono alla moltitudine soltanto quei semplicismi radicali o reazionari, quei grandi gridi, che convertono la politica in un sicofantismo, in opera di denigrazione e di insulto. Per conseguenza, io avrei bisogno di molto tempo per spiegare in che senso noi desideriamo essere radicali, cioè, estremamente liberali, molto più liberali di quanti partiti hanno oggi rappresentanza nel nostro Parlamento. Ma è che ci sono cose che, magari, passano come non radicali e lo sono. Io non posso dimenticare che uno dei tentativi di riforme più positivamente avanzati che si sia tentato nell’Erario fu una legge d’imposte sulle cedole personali; e i repubblicani furono i primi a opporvisi. Finché le cose non si mettano chiare, non potremo, senza incorrere in mancanza di serietà, dichiararci, senza più, radicali. A che pro? A chiedere la limosina di un applauso?