Abstract
A reply to Luis de Zulueta on the Reformist party’s rapprochement with the Liberals: Ortega judges it fatal to reformism and reproaches his opponent for comparing words instead of real situations, recalling that in politics texts are only pretexts and the sense of a word depends on the hour at which it is uttered. Journalistic polemic.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
A un comentario que puse al discurso último de don Melquíades Álvarez contesta Luis de Zulueta en esta nuestra España. No le ha parecido bien a mi amigo que yo discrepe de la posición oficial que el partido reformista ha tomado, y acude solícito para ponerme un cerco de ortodoxia.
Yo sostenía que la aproximación al partido liberal anunciada por el jefe del reformismo desviaba la trayectoria y el sentido de esta nueva agrupación política. El señor Zulueta, empero, cree todo lo contrario. En su opinión, el partido reformista nació pura y exclusivamente para aproximarse al partido liberal.
Me parece que al presentar esta teoría paradójica —un partido que nace sin otra misión que la de auxiliar a otro partido— Luis de Zulueta vocabuliza un poco. Lo que él llama «problema del partido liberal» encierra un equívoco. Debiera decir «problema de la política liberal». Hay en su artículo una deplorable tendencia, entre jurídica y teológica, a buscar el concierto de palabras de ayer con palabras de hoy, y cierta voluntaria renuncia a mirar las cosas cara a cara.
Con la aspiración de emparedarme entre dos textos, reproduce Zulueta párrafos que Melquíades Álvarez pronunció en el Palace Hotel, donde resplandece una peculiar coincidencia con las ahora dichas en Granada. En ambas ocasiones se habla de «colaboración» y de «desinterés». Cierto que en el Palace Hotel se decía: «lo más que podemos hacer» es colaborar si…, y en Granada se dice: «desde ahora» ofrecemos «nuestra colaboración, una colaboración sincera, entusiasta, decidida, generosa, resuelta», si… La expresión sube un tono; la actitud avanza un paso, y Luis de Zulueta, que tan certeramente nos recuerda cómo es la política una cuestión de tacto, reconocerá que no es contradictorio llegar a poner los dedos aquí, pero resistirse a prolongarlos un jeme más allá. Precisamente en cuestiones de tacto, la distancia entre el bien y el mal se mide por pulgadas. Bien lo sabe Zulueta, grande aficionado a la casuística.
Pero no insistamos sobre los textos; ya se ve que por ese camino concluiremos en frívola cabalística. La política se distingue de la ciencia en que no vive de la exactitud de las palabras, sino del acierto en las posturas, del vigor con que se manifieste ante los ojos de las muchedumbres la trayectoria general de una agrupación. En política, los textos suelen ser sólo pretextos, anuncio de acciones. La palabra política sólo vale como un acto de escorzo. Por esto depende su sentido —su sentido político, que es cosa muy distinta de su significado teórico— del momento en que sea pronunciada.
Y esto es lo importante. Mejor hubiera hecho Luis de Zulueta en irse recto a comparar situaciones reales que vocablos abstraídos de la hora y del aire en que sonaron. Así debió contestar a un artículo como el mío, donde se sacrificaba a la lealtad cuanto no era estrictamente requerido por la sinceridad.
Por esto yo me limito a preguntar a nuestro amigo: ¿cree o no que las palabras de Granada —aun dado que sean las mismísimas— significan hoy un paso más de aproximación que da hacia el liberal el partido reformista? Dudo de que Luis de Zulueta se atreva a contestarme que no, y si me contesta que sí, como es forzoso, se verá obligado a recoger el escolástico aparato con que pretende cazarme en una grave contradicción. Porque ese paso es el que juzgo mortal para el reformismo y, por tanto, para el inmediato porvenir de la política nacional, que sólo en este nuevo partido puede labrarse un instrumento eficaz de reanimación pública.
Esto me urgía contestar a la primera parte de lo que Zulueta escribe, donde se trata de ofrecerme a la mirada de las gentes como un hombre propenso a contradecirse. Lo cual reconocerá mi amigo que es una acusación terrible cuando va lanzada contra un profesor de Filosofía.
El resto de las opiniones que Zulueta expone es, sin embargo, mucho más grave. Manifiestan una manera de valorar el presente y el futuro próximo de la conciencia pública española, sus posibilidades e imposibilidades, un modo de juzgar la misión de los hombres nuevos en la política, etcétera, etcétera, que discrepan de los míos todavía más que en el punto concreto de la agrupación reformista. De ello tenemos que ocuparnos con alguna extensión. Hora es ya de que intentemos romper ciertas frases hechas a que Luis de Zulueta —¿quién podía esperarlo?— se acoge. Era uno de los nuestros y se ha pasado a los filisteos. También él nos arroja de la política, en calidad de ilusionarios. Por lo visto, la capacidad de realismo se determina según la distancia a que se esté del conde de Romanones. Nos reintegra al Ateneo y a la cátedra…
Vivimos las horas de la resignación. Por todas partes se oyen voces, como la discretísima de Zulueta, que aceptan, no sé bien por qué, la ineptitud de España para incorporarse. Nos hablan de labores centenarias, de generaciones que han de consumirse en preparar la honda transformación… Y, no obstante, la historia muestra más bien mutaciones súbitas y la psicología tiende a explicarse éstas como más fáciles y verosímiles. No tendría nada de particular que también ahora acertáramos los entusiastas y los optimistas frente a los resignados.
Pero ya hablaremos de todo esto, amigo Zulueta, en las semanas estas que vienen, acaso dolorosas y revueltas, tal vez desdichadamente felices y quietas como aguas muertas. Me saludaba usted con el recuerdo de nuestra coincidencia en el banquete del Palace Hotel. Yo devuelvo ese saludo con algo que es hermano del recuerdo, con una anticipación: como dice usted en su artículo, «no me atreveré a jurar que no le imite yo algún día». En efecto, no tardará muchos: los que tarde en meditar bien si le es a usted posible sinceramente una «colaboración entusiasta, decidida» con el partido liberal. «Entusiasta, decidida»… Con el partido liberal… Luis de Zulueta…
España, 4 de junio de 1915