Ortega y Gasset
Abstract
An essay in ‘historical psychology’: besides the rhythm of the ages (ours is a time of the young, and the intermediate generation was the unluckiest), the rhythm of the sexes acts on historical substance, and one may ask what the sex of an epoch is. Thesis: when man is defined first of all by his striving toward woman, the epoch is dominated by feminine values; masculine epochs are marked by lack of interest in woman.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: teoria delle generazioni
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante «mocedad». El nuevo estilo de vida ha comenzado no hace mucho, y ocurre que la generación próxima ya a los cuarenta años ha sido una de las más infortunadas que han existido. Porque cuando era joven reinaban todavía en Europa los viejos, y ahora que ha entrado en la madurez encuentra que se ha transferido el imperio a la mocedad. Le ha faltado, pues, la hora de triunfo y dominio, la sazón de grata coincidencia con el orden reinante en la vida. En suma: que ha vivido siempre al revés que el mundo y, como el esturión, ha tenido que nadar sin descanso contra la corriente del tiempo. Los más viejos y los más jóvenes desconocen este duro destino de no haber flotado nunca; quiero decir de no haberse sentido nunca la persona como llevada por un elemento favorable, sino que un día tras otro y lustro tras lustro tuvo que vivir en vilo, sosteniéndose a pulso sobre el nivel de la existencia. Pero tal vez esta misma imposibilidad de abandonarse un solo instante la ha disciplinado y purificado sobremanera. Es la generación que ha combatido más, que ha ganado en rigor más batallas y ha gozado menos triunfos[7].
Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación intermediaria y retengamos la atención sobre el momento actual. No basta decir que vivimos en tiempo de juventud. Con ello no hemos hecho más que definirlo dentro del ritmo de las edades. Pero a la vera de éste actúa sobre la substancia histórica el ritmo de los sexos. ¡Tiempo de juventud! Perfectamente. Pero ¿masculino o femenino? El problema es más sutil, más delicado —casi indiscreto. Se trata de filiar el sexo de una época.
Para acertar en ésta, como en todas las empresas de la psicología histórica, es preciso tomar un punto de vista elevado, libertarse de ideas angostas sobre lo que es masculino y lo que es femenino. Ante todo, es urgente desasirse del trivial error que entiende la masculinidad principalmente en su relación con la mujer. Para quien piense así, es muy masculino el caballero bravucón que se ocupa ante todo en cortejar a las damas y hablar de las buenas hembras. Éste era el tipo de varón dominante hacia 1890: traje barroco, grandes levitas cuyas haldas capeaban al viento, plastrón, barba de mosquetero, cabello en volutas, un duelo al mes. (El buen fisonomista de las modas descubre pronto la idea que inspiraba a ésta: la ocultación del cuerpo viril bajo una profusa vegetación de tela y pelambre. Quedaban sólo a la vista, manos, nariz y ojos. El resto era falsificación, literatura textil, peluquería. Es una época de profunda insinceridad: discursos parlamentarios y prosa de «artículo de fondo»)[8].
El hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer revela, sin más, que en esa época predominaban los valores de feminidad. Sólo cuando la mujer es lo que más se estima y encanta tiene sentido apreciar al varón por el servicio y culto que a ésta rinda. No hay síntoma más evidente de que lo masculino, como tal, es preterido y desestimado. Porque así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene éste el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, técnica, guerra, política, deporte, etcétera, son cosas en que el hombre se ocupa con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva. Este privilegio de lo masculino, que le permite en amplia medida bastarse a sí mismo, acaso parezca irritante. Es posible que lo sea. Yo no lo aplaudo ni lo vitupero, pero tampoco lo invento. Es una realidad de primera magnitud con que la Naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar.
La veracidad, pues, me fuerza a decir que todas las épocas masculinas de la historia se caracterizan por la falta de interés hacia la mujer. Ésta queda relegada al fondo de la vida, hasta el punto de que el historiador, forzado a una óptica de lejanía, apenas si la ve. En el haz histórico aparecen sólo hombres, y, en efecto, los hombres viven a la sazón sólo con hombres. Su trato normal con la mujer queda excluido de la zona diurna y luminosa en que acontece lo más valioso de la vida, y se recoge en la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos —sensualidad, paternidad, familiaridad. Egregia ocasión de masculinidad fue el siglo de Pericles, siglo sólo para hombres. Se vive en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro asiste a los juegos de los efebos desnudos y se habitúa a discernir las más finas calidades de la belleza varonil, que el escultor va a comentar en el mármol. Por su parte, el adolescente bebe en el aire ático la afluencia de palabras agudas que brota de los viejos dialécticos, sentados en los pórticos con la cayada en la axila. ¿La mujer?… Sí; a última hora, en el banquete varonil, hace su entrada bajo la especie de flautistas y danzarinas que ejecutan sus humildes destrezas, al fondo, muy al fondo de la escena, como sostén y pausa a la conversación que languidece. Alguna vez, la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por qué? Porque ha aprendido el saber de los hombres, porque se ha masculinizado.
Aunque el griego ha sabido esculpir famosos cuerpos de mujer, su interpretación de la belleza femenina no logró desprenderse de la preferencia que sentía por la belleza del varón. La Venus de Milo es una figura másculo-femínea, una especie de atleta con senos. Y es un ejemplo de cómica insinceridad que haya sido propuesta imagen tal al entusiasmo de los europeos durante el siglo XIX, cuando más ebrios vivían de romanticismo y de fervor hacia la pura, extremada feminidad. El canon del arte griego quedó inscrito en las formas del muchacho deportista y cuando esto no le bastó prefirió soñar con el hermafrodita. (Es curioso advertir que la sensualidad primeriza del niño le hace normalmente soñar con el hermafrodita; cuando más tarde separa la forma masculina de la femenina sufre —por un instante— amarga desilusión. La forma femenina le parece como una mutilación de la masculina; por tanto, como algo incompleto y vulnerado)[9].
Sería un error atribuir este masculinismo, que culmina en el siglo de Pericles, a una nativa ceguera del hombre griego para los valores de feminidad, y oponerle el presunto rendimiento del germano ante la mujer. La verdad es que en otras épocas de Grecia anteriores a la clásica triunfó lo femenino, como en ciertas etapas del germanismo domina lo varonil. Precisamente aclara mejor que otro ejemplo la diferencia entre épocas de uno y otro sexo lo acontecido en la Edad Media, que por sí misma se divide en dos porciones: la primera, masculina; la segunda, desde el siglo XII, femenina.
En la primera Edad Media la vida tiene más rudo cariz. Es preciso guerrear cotidianamente, y a la noche, compensar el esfuerzo con el abandono y el frenesí de la orgía. El hombre vive casi siempre en campamentos, sólo con otros hombres, en perpetua emulación con ellos sobre temas viriles: esgrima, caballería, caza, bebida. El hombre, como dice un texto de la época, no «debe separarse hasta la muerte de la crin de su caballo y pasará su vida a la sombra de la lanza». Todavía en tiempo de Dante algunos nobles, los Lamberti, los Soldanieri, conservaban, en efecto, el privilegio de ser enterrados a caballo[10].
En tal paisaje moral, la mujer carece de papel y no interviene en lo que podemos llamar vida de primera clase. Entendámonos: en todas las épocas se ha deseado a la mujer, pero no en todas se la ha estimado. Así en esta bronca edad. La mujer es botín de guerra. Cuando el germano de estos siglos se ocupa en idealizar la mujer, imagina la walkiria, la hembra beligerante, virago musculosa que posee actitudes y destrezas de varón.
I
There is no doubt that our time is a time of the young. The pendulum of history, always restless, now ascends on the «youth» quadrant. The new style of life began not long ago, and it happens that the generation now close to forty has been one of the most unfortunate that have existed. Because when it was young the old still reigned in Europe, and now that it has entered maturity it finds that empire has been transferred to youth. What has been lacking to it, then, is the hour of triumph and dominion, the season of gratifying coincidence with the reigning order in life. In short: it has always lived opposite to the world and, like the sturgeon, has had to swim without rest against the current of time. The oldest and the youngest are ignorant of this hard destiny of never having floated; I mean of never having felt the person as carried by a favorable element, but that day after day and lustrum after lustrum it had to live on tenterhooks, sustaining itself by main force upon the level of existence. But perhaps this very impossibility of abandoning itself for a single instant has disciplined and purified it exceedingly. It is the generation that has fought most, that has won in rigor more battles and has enjoyed fewer triumphs[7].
But let us leave for now intact the theme of that intermediary generation and hold our attention upon the present moment. It is not enough to say that we live in a time of youth. With that we have done no more than define it within the rhythm of the ages. But alongside this, the rhythm of the sexes acts upon the historical substance. A time of youth! Perfectly. But masculine or feminine? The problem is more subtle, more delicate —almost indiscreet. It is a question of identifying the sex of an epoch.
To succeed in this, as in all the enterprises of historical psychology, it is necessary to take an elevated point of view, to free oneself of narrow ideas about what is masculine and what is feminine. Above all, it is urgent to rid oneself of the trivial error that understands masculinity principally in its relation to woman. For whoever thinks thus, the swaggering gentleman who occupies himself above all in courting the ladies and speaking of fine females is very masculine. This was the type of dominant male around 1890: baroque suit, great frock coats whose skirts flapped in the wind, plastron, musketeer’s beard, hair in curls, a duel a month. (The good physiognomist of fashions soon discovers the idea that inspired it: the concealment of the virile body under a profuse vegetation of cloth and hair. Only hands, nose and eyes remained in view. The rest was falsification, textile literature, hairdressing. It is an epoch of profound insincerity: parliamentary speeches and the prose of the «leading article»)[8].
The fact that in thinking of man what stands out first is his eagerness toward woman reveals, without more, that in that epoch the values of femininity predominated. Only when woman is what is most esteemed and enchanting does it make sense to appreciate the male for the service and cult he renders her. There is no more evident symptom that the masculine, as such, is passed over and disesteemed. Because just as woman cannot in any case be defined without referring her to the male, the latter has the privilege that the greater and better portion of himself is completely independent of whether woman exists or not. Science, technique, war, politics, sport, etcetera, are things with which man occupies himself with the vital center of his person, without woman having substantive intervention. This privilege of the masculine, which allows it in ample measure to suffice to itself, may perhaps seem irritating. It is possible that it is. I neither applaud nor vituperate it, but neither do I invent it. It is a reality of first magnitude with which Nature, inexorable in its wills, obliges us to count.
Veracity, then, forces me to say that all the masculine epochs of history are characterized by the lack of interest toward woman. She remains relegated to the background of life, to the point that the historian, forced to an optics of distance, hardly sees her. In the historical beam only men appear, and, in effect, men live at that time only with men. Their normal dealings with woman remain excluded from the diurnal and luminous zone in which the most valuable of life happens, and are gathered into the darkness, into the underground of the inferior hours, given over to pure instincts —sensuality, paternity, familiarity. Egregious occasion of masculinity was the century of Pericles, a century only for men. One lives in public: agora, gymnasium, camp, trireme. The mature man attends the games of the naked ephebes and grows accustomed to discerning the finest qualities of virile beauty, which the sculptor is going to comment upon in marble. For his part, the adolescent drinks in the Attic air the affluence of sharp words that springs from the old dialecticians, seated in the porticoes with their staff under their armpit. Woman?… Yes; at the last hour, in the virile banquet, she makes her entrance in the form of flute players and dancers who perform their humble skills, at the back, very far back of the scene, as support and pause for the conversation that languishes. Sometimes, woman steps forward a little: Aspasia. Why? Because she has learned the knowledge of men, because she has masculinized herself.
Although the Greek has known how to sculpt famous female bodies, his interpretation of feminine beauty did not manage to shake off the preference he felt for the beauty of the male. The Venus de Milo is a masculine-feminine figure, a kind of athlete with breasts. And it is an example of comical insincerity that such an image should have been proposed to the enthusiasm of Europeans during the nineteenth century, when they lived most drunk with romanticism and fervor toward pure, extreme femininity. The canon of Greek art remained inscribed in the forms of the sporty boy and when this was not enough it preferred to dream of the hermaphrodite. (It is curious to note that the child’s early sensuality normally makes him dream of the hermaphrodite; when later he separates the masculine form from the feminine he suffers —for an instant— bitter disillusion. The feminine form seems to him like a mutilation of the masculine; therefore, as something incomplete and violated)[9].
It would be an error to attribute this masculinism, which culminates in the century of Pericles, to a native blindness of the Greek man for the values of femininity, and to oppose to it the presumed devotion of the German before woman. The truth is that in other epochs of Greece prior to the classical the feminine triumphed, just as in certain stages of Germanism the manly dominates. Precisely what clarifies better than any other example the difference between epochs of the one and the other sex is what happened in the Middle Ages, which of itself divides into two portions: the first, masculine; the second, from the twelfth century, feminine.
In the first Middle Ages life has a ruder aspect. It is necessary to make war daily, and at night, to compensate the effort with abandonment and the frenzy of the orgy. Man lives almost always in camps, only with other men, in perpetual emulation with them on virile themes: fencing, chivalry, hunting, drinking. Man, as a text of the epoch says, must not «separate himself until death from the mane of his horse and he will pass his life in the shadow of the lance». Still in Dante’s time some nobles, the Lamberti, the Soldanieri, preserved, in effect, the privilege of being buried on horseback[10].
In such a moral landscape, woman lacks a role and does not intervene in what we can call first-class life. Let us understand each other: in all epochs woman has been desired, but not in all has she been esteemed. Thus in this rough age. Woman is war booty. When the German of these centuries occupies himself in idealizing woman, he imagines the Valkyrie, the belligerent female, muscular virago who possesses the attitudes and skills of a male.
I
Non c’è dubbio che il nostro tempo è tempo di giovani. Il pendolo della storia, sempre inquieto, ascende ora per il quadrante «giovinezza». Il nuovo stile di vita è cominciato non da molto, e accade che la generazione prossima ormai ai quarant’anni sia stata una delle più sfortunate che siano esistite. Perché quando era giovane regnavano ancora in Europa i vecchi, e ora che è entrata nella maturità trova che si è trasferito l’impero alla giovinezza. Le è mancata, dunque, l’ora di trionfo e dominio, la stagione di grata coincidenza con l’ordine regnante nella vita. In somma: che ha sempre vissuto al rovescio del mondo e, come lo storione, ha dovuto nuotare senza riposo contro la corrente del tempo. I più vecchi e i più giovani ignorano questo duro destino di non essere mai fluiti; voglio dire di non essersi mai sentita la persona come portata da un elemento favorevole, ma che un giorno dopo l’altro e lustro dopo lustro dovette vivere in sospeso, sostenendosi a forza di polsi sul livello dell’esistenza. Ma forse questa stessa impossibilità di abbandonarsi un solo istante l’ha disciplinata e purificata oltremodo. È la generazione che ha combattuto di più, che ha guadagnato in rigore più battaglie e ha goduto meno trionfi[7].
Ma lasciamo per ora intatto il tema di quella generazione intermediaria e tratteniamo l’attenzione sul momento attuale. Non basta dire che viviamo in tempo di gioventù. Con questo non abbiamo fatto più che definirlo dentro il ritmo delle età. Ma accanto a questo agisce sulla sostanza storica il ritmo dei sessi. Tempo di gioventù! Perfettamente. Ma mascolino o femminile? Il problema è più sottile, più delicato —quasi indiscreto. Si tratta di identificare il sesso di un’epoca.
Per riuscire in questa, come in tutte le imprese della psicologia storica, è necessario prendere un punto di vista elevato, liberarsi di idee anguste su ciò che è mascolino e ciò che è femminile. Anzitutto, è urgente spogliarsi del triviale errore che intende la mascolinità principalmente nella sua relazione con la donna. Per chi pensi così, è molto mascolino il cavaliere bravaccio che si occupa anzitutto di corteggiare le dame e parlare delle belle femmine. Questo era il tipo di maschio dominante verso il 1890: abito barocco, grandi redingote le cui falde sventolavano al vento, plastron, barba da moschettiere, capello in volute, un duello al mese. (Il buon fisionomista delle mode scopre presto l’idea che ispirava questa: l’occultamento del corpo virile sotto una profusa vegetazione di stoffa e pelame. Restavano solo alla vista, mani, naso e occhi. Il resto era falsificazione, letteratura tessile, parrucchieria. È un’epoca di profonda insincerità: discorsi parlamentari e prosa di «articolo di fondo»)[8].
Il fatto che al pensare all’uomo si metta in risalto per primo il suo anelito verso la donna rivela, senza più, che in quell’epoca predominavano i valori di femminilità. Solo quando la donna è ciò che più si stima e incanta ha senso apprezzare il maschio per il servizio e culto che a questa renda. Non c’è sintomo più evidente che il mascolino, come tale, è pretermesso e disistimato. Perché così come la donna non può in nessun caso essere definita senza riferirla al maschio, ha questo il privilegio che la maggiore e migliore porzione di se stesso è indipendente del tutto dal fatto che la donna esista o no. Scienza, tecnica, guerra, politica, sport, eccetera, sono cose in cui l’uomo si occupa col centro vitale della sua persona, senza che la donna abbia intervento sostantivo. Questo privilegio del mascolino, che gli permette in ampia misura di bastare a se stesso, forse sembrerà irritante. È possibile che lo sia. Io non lo applaudo né lo vitupero, ma nemmeno lo invento. È una realtà di prima grandezza con cui la Natura, inesorabile nelle sue volontà, ci obbliga a contare.
La veracità, dunque, mi forza a dire che tutte le epoche mascoline della storia si caratterizzano per la mancanza di interesse verso la donna. Questa resta relegata al fondo della vita, fino al punto che lo storico, forzato a un’ottica di lontananza, appena se la vede. Nel fascio storico appaiono solo uomini, e, in effetti, gli uomini vivono a quel tempo solo con uomini. Il loro tratto normale con la donna resta escluso dalla zona diurna e luminosa in cui accade il più valevole della vita, e si raccoglie nella tenebra, nel sotterraneo delle ore inferiori, consegnate ai puri istinti —sensualità, paternità, familiarità. Egregia occasione di mascolinità fu il secolo di Pericle, secolo solo per uomini. Si vive in pubblico: agorà, ginnasio, accampamento, trireme. L’uomo maturo assiste ai giochi degli efebi nudi e si abitua a discernere le più fini qualità della bellezza virile, che lo scultore andrà a commentare nel marmo. Da parte sua, l’adolescente beve nell’aria attica l’affluenza di parole acute che germoglia dai vecchi dialettici, seduti nei portici con il bastone sotto l’ascella. La donna?… Sì; a ultim’ora, nel banchetto virile, fa la sua entrata sotto la specie di flautiste e danzatrici che eseguono le loro umili destrezze, in fondo, molto in fondo alla scena, come sostegno e pausa alla conversazione che languisce. Qualche volta, la donna si fa avanti un poco: Aspasia. Perché? Perché ha imparato il sapere degli uomini, perché si è mascolinizzata.
Sebbene il greco abbia saputo scolpire famosi corpi di donna, la sua interpretazione della bellezza femminile non riuscì a spogliarsi della preferenza che sentiva per la bellezza del maschio. La Venere di Milo è una figura maschio-femminile, una specie di atleta con seni. Ed è un esempio di comica insincerità che sia stata proposta immagine tale all’entusiasmo degli europei durante il secolo XIX, quando più ebbri vivevano di romanticismo e di fervore verso la pura, estrema femminilità. Il canone dell’arte greca restò inscritto nelle forme del ragazzo sportivo e quando questo non gli bastò preferì sognare l’ermafrodito. (È curioso avvertire che la sensualità primigenia del bambino lo fa normalmente sognare l’ermafrodito; quando più tardi separa la forma maschile dalla femminile soffre —per un istante— amara delusione. La forma femminile gli sembra come una mutilazione della maschile; quindi, come qualcosa di incompleto e vulnerato)[9].
Sarebbe un errore attribuire questo mascolinismo, che culmina nel secolo di Pericle, a una nativa cecità dell’uomo greco per i valori di femminilità, e opporgli il presunto rendimento del germano dinanzi alla donna. La verità è che in altre epoche di Grecia anteriori alla classica trionfò il femminile, come in certe tappe del germanesimo domina il virile. Precisamente chiarisce meglio che altro esempio la differenza tra epoche dell’uno e dell’altro sesso ciò che accadde nel Medioevo, che da sé si divide in due porzioni: la prima, mascolina; la seconda, dal secolo XII, femminile.
Nella prima Età Media la vita ha più rude cariz. È necessario guerreggiare quotidianamente, e alla notte, compensare lo sforzo con l’abbandono e il furore dell’orgia. L’uomo vive quasi sempre in accampamenti, solo con altri uomini, in perpetua emulazione con loro su temi virili: scherma, cavalleria, caccia, bevuta. L’uomo, come dice un testo dell’epoca, non «deve separarsi fino alla morte dalla criniera del suo cavallo e passerà la sua vita all’ombra della lancia». Ancora in tempo di Dante alcuni nobili, i Lamberti, i Soldanieri, conservavano, in effetti, il privilegio di essere sepolti a cavallo[10].
In tale paesaggio morale, la donna manca di ruolo e non interviene in ciò che possiamo chiamare vita di prima classe. Intendiamoci: in tutte le epoche si è desiderata la donna, ma non in tutte la si è stimata. Così in questa rude età. La donna è bottino di guerra. Quando il germano di questi secoli si occupa di idealizzare la donna, immagina la valchiria, la femmina belligerante, virago muscolosa che possiede atteggiamenti e destrezze di maschio.
Esta existencia de áspero régimen crea las bases primeras, el subsuelo del porvenir europeo. Merced a ella se ha conseguido ya en el siglo XII acumular alguna riqueza, contar con un poco de orden, de paz, de bienestar. Y he aquí que rápidamente, como en ciertas jornadas de primavera, cambia la faz de la historia. Los hombres empiezan a pulirse en la palabra y en el modal. Ya no se aprecia el ademán bronco, sino el gesto mesurado, grácil. A la continua pendencia sustituye el solatz e deport —que quiere decir conversación y juego. La mutación se debe al ingreso de la mujer en el escenario de la vida pública. La Corte de los Carolingios era exclusivamente masculina. Pero en el siglo XII las altas damas de Provenza y Borgoña tienen la audacia sorprendente de afirmar, frente al Estado de los guerreros y frente a la Iglesia de los clérigos, el valor específico de la pura feminidad. Esta nueva forma de vida pública, donde la mujer es el centro, contiene el germen de lo que, frente a Estado e Iglesia, se va a llamar siglos más tarde «sociedad». Entonces se llamó «corte»; pero no como la antigua corte de guerra y de justicia, sino «corte de amor». Se trata, nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida…
El Sol, 26 de junio de 1927
II
Se trata, nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida. Porque hasta el siglo XII no se había encontrado la manera de afirmar la delicia de la existencia, de lo mundanal frente al enérgico «tabú» que sobre todo lo terreno había hecho caer la Iglesia. Ahora aparece la cortezia triunfando de la clerezia. Y la cortezia es ante todo el régimen de vida que va inspirado por el entusiasmo hacia la mujer. Se ve en ella la norma y el centro de la creación. Sin la violencia del combate o del anatema, suavísimamente, la feminidad se eleva a máximo poder histórico. ¿Cómo aceptan este yugo el guerrero y el sacerdote, en cuyas manos se hallaban todos los medios de la lucha? No cabe más claro ejemplo de la fuerza indomable que el «sentir del tiempo» posee. En rigor, es tan poderoso que no necesita combatir. Cuando llega, montado sobre los nervios de una nueva generación, sencillamente se instala en el mundo como en una propiedad indiscutida.
La vida del varón pierde el módulo de la etapa masculina y se conforma al nuevo estilo. Sus armas prefieren al combate la justa y el torneo, que están ordenados para ser vistos por las damas. Los trajes de los hombres comienzan a imitar las líneas del traje femenino, se ajustan a la cintura y se descotan bajo el cuello. El poeta deja un poco la gesta en que se canta al héroe varonil y tornea la trova que ha sido inventada
sol per domnas lauzar[11].
El caballero desvía sus ideas feudales hacia la mujer y decide servir a una dama, cuya cifra pone en el escudo. De esta época proviene el culto a la Virgen María, que proyecta en las regiones trascendentes la entronización de lo femenino, acontecida en el orden sublunar. La mujer se hace ideal del hombre, y llega a ser la forma de todo ideal. Por eso en tiempo de Dante la figura femenina absorbe el oficio alegórico de todo lo sublime, de todo lo aspirado. Al fin y al cabo, consta por el Génesis que la mujer no está hecha de barro, como el varón, sino que está hecha de sueño de varón.
Ejercitada la pupila en estos esquemas de pretérito, que fácilmente podríamos multiplicar, se vuelve al panorama actual y reconoce al punto que nuestro tiempo no es sólo tiempo de juventud, sino de juventud masculina. El amo del mundo es hoy el muchacho. Y lo es, no porque lo haya conquistado, sino a fuerza de desdén. La mocedad masculina se afirma a sí misma, se entrega a sus gustos y apetitos, a sus ejercicios y preferencias, sin preocuparse del resto, sin acatar o rendir culto a nada que no sea su propia juventud. Es sorprendente la resolución y la unanimidad con que los jóvenes han decidido no «servir» a nada ni a nadie, salvo a la idea misma de la mocedad. Nada parecería hoy más obsoleto que el gesto rendido y curvo con que el caballero bravucón de 1890 se acercaba a la mujer para decirle una frase galante, retorcida como una viruta. Las muchachas han perdido el hábito de ser galanteadas, y ese gesto en que hace treinta años rezumaban todas las resinas de la virilidad, les olería hoy a afeminamiento.
Porque la palabra afeminado tiene dos sentidos muy diversos. Por uno de ellos significa el hombre anormal que fisiológicamente es un poco mujer. Estos individuos monstruosos existen en todos los tiempos, como desviación fisiológica de la especie, y su carácter patológico les impide representar la normalidad de ninguna época. Pero en su otro sentido, «afeminado» significa sencillamente homme à femmes, el hombre muy preocupado de la mujer, que gira en torno de ella y dispone sus actitudes y persona en vista de un público femenino. En tiempos de este sexo, esos hombres parecen muy hombres; pero cuando sobrevienen etapas de masculinismo se descubre lo que en ellos hay de efectivo afeminamiento, pese a su aspecto de matamoros.
Hoy, como siempre que los valores masculinos han predominado, el hombre estima su figura más que la del sexo contrario, y consecuentemente, cuida su cuerpo y tiende a ostentarlo. El viejo «afeminado» llama a este nuevo entusiasmo de los jóvenes por el cuerpo viril y a ese esmero con que lo tratan afeminamiento, cuando es todo lo contrario. Los muchachos conviven juntos en los estadios y áreas de deporte. No les interesa más que su juego y la mayor o menor perfección en las posturas o en la destreza. Conviven, pues, en perfecto concurso y emulación, que versan sobre calidades viriles. A fuerza de contemplarse en los ejercicios donde el cuerpo aparece exento de falsificaciones textiles, adquieren una fina percepción de la belleza física varonil, que cobra a sus ojos un valor enorme. Nótese que sólo se estima la excelencia en las cosas de que se entiende. Sólo estas excelencias, claramente percibidas, arrastran el ánimo y lo sobrecogen[12].
De aquí que las modas masculinas hayan tendido estos años a subrayar la arquitectura muscular del hombre joven, simplificando un tipo de traje tan poco propicio para ello como el heredado del siglo XIX. Era menester que bajo los tubos o cilindros de tela en que este horrible traje consiste, se afirmase el cuerpo del futbolista.
Tal vez desde los tiempos griegos no se ha estimado tanto la belleza masculina como ahora. Y el buen observador nota que nunca las mujeres han hablado tanto y con tal descaro como ahora de los hombres guapos. Antes, sabían callar su entusiasmo por la belleza de un varón, si es que la sentían. Pero, además, conviene apuntar que la sentían mucho menos que en la actualidad. Un viejo psicólogo habituado a meditar sobre estos asuntos, sabe que el entusiasmo de la mujer por la belleza corporal del hombre, sobre todo por la belleza fundada en la corrección atlética, no es casi nunca espontáneo. Al oír hoy con tanta frecuencia el cínico elogio del hombre guapo brotando de labios femeninos, en vez de colegir ingenuamente y sin más: «A la mujer de 1927 le gustan superlativamente los hombres guapos», hace un descubrimiento más hondo: la mujer de 1927 ha dejado de acuñar los valores por sí misma y acepta un punto de vista de los hombres que en esta fecha sienten, en efecto, entusiasmo por la espléndida figura del atleta. Ve, pues, en ello un síntoma de primera categoría, que revela el predominio del punto de vista varonil.
No sería objeción contra éste que alguna lectora, perescrutando sinceramente en su interior, reconociese que no se daba cuenta de ser influida en su estima de la belleza masculina por el aprecio que de ella hacen los jóvenes. De todo aquello que es un impulso colectivo y empuja la vida histórica entera en una u otra dirección no nos damos cuenta nunca, como no nos damos cuenta del movimiento estelar que lleva nuestro planeta, ni de la faena química en que se ocupan nuestras células. Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.
This existence of rough regime creates the first bases, the subsoil of the European future. Thanks to it one has already succeeded in the twelfth century in accumulating some wealth, in counting on a little order, peace, well-being. And behold that rapidly, as on certain spring days, the face of history changes. Men begin to polish themselves in word and manner. The rough demeanor is no longer appreciated, but the measured, graceful gesture. In place of the continual quarrel comes the solatz e deport —which means conversation and game. The mutation is due to the entry of woman onto the stage of public life. The Court of the Carolingians was exclusively masculine. But in the twelfth century the high ladies of Provence and Burgundy have the surprising audacity to affirm, against the State of warriors and against the Church of clerics, the specific value of pure femininity. This new form of public life, where woman is the center, contains the germ of what, against State and Church, is going to be called centuries later «society». Then it was called «court»; but not like the ancient court of war and justice, but «court of love». It is a matter, nothing less, of a whole new style of culture and life…
El Sol, 26 June 1927
II
It is a matter, nothing less, of a whole new style of culture and life. Because until the twelfth century there had not been found the way of affirming the delight of existence, of the worldly against the energetic «taboo» that the Church had cast over all that is earthly. Now cortezia appears triumphing over clerezia. And cortezia is above all the regime of life that goes inspired by enthusiasm toward woman. In it one sees the norm and the center of creation. Without the violence of combat or of anathema, most gently, femininity rises to maximum historical power. How do the warrior and the priest accept this yoke, in whose hands all the means of struggle lay? There is no clearer example of the indomitable force that the «feeling of the time» possesses. Strictly, it is so powerful that it does not need to fight. When it arrives, mounted upon the nerves of a new generation, it simply installs itself in the world as in an undisputed property.
The life of the male loses the module of the masculine stage and conforms to the new style. His weapons prefer to combat the joust and the tournament, which are ordered to be seen by the ladies. Men’s clothes begin to imitate the lines of female dress, fit at the waist and are cut low under the neck. The poet leaves a little the geste in which the virile hero is sung and turns the trove that has been invented
sol per domnas lauzar[11].
The knight diverts his feudal ideas toward woman and decides to serve a lady, whose cipher he places on his shield. From this epoch comes the cult of the Virgin Mary, which projects into the transcendent regions the enthronement of the feminine, which took place in the sublunar order. Woman becomes man’s ideal, and comes to be the form of every ideal. For that reason in Dante’s time the feminine figure absorbs the allegorical office of everything sublime, of everything aspired to. After all, it is recorded in Genesis that woman is not made of clay, like the male, but is made of the dream of a male.
With the pupil exercised in these schemes of the past, which we could easily multiply, one turns to the current panorama and at once recognizes that our time is not only a time of youth, but of masculine youth. The master of the world today is the boy. And he is so, not because he has conquered it, but by force of disdain. Masculine youth affirms itself, gives itself to its tastes and appetites, to its exercises and preferences, without worrying about the rest, without accepting or rendering cult to anything that is not its own youth. Surprising is the resolution and unanimity with which the young have decided not to «serve» anything or anyone, save the very idea of youth. Nothing would seem more obsolete today than the yielding and curved gesture with which the swaggering gentleman of 1890 approached woman to say a gallant phrase to her, twisted like a wood shaving. The girls have lost the habit of being gallanted, and that gesture in which thirty years ago all the resins of virility oozed would today smell to them of effeminacy.
Because the word effeminate has two very different senses. By one of them it means the abnormal man who physiologically is a little woman. These monstrous individuals exist in all times, as a physiological deviation of the species, and their pathological character prevents them from representing the normality of any epoch. But in its other sense, «effeminate» means simply homme à femmes, the man very preoccupied with woman, who turns around her and disposes his attitudes and person in view of a feminine public. In times of this sex, those men seem very manly; but when stages of masculinism supervene, what there is in them of effective effeminacy is discovered, despite their swashbuckling appearance.
Today, as always when masculine values have predominated, man esteems his own figure more than that of the opposite sex, and consequently, cares for his body and tends to display it. The old «effeminate» calls this new enthusiasm of the young for the virile body and that care with which they treat it effeminacy, when it is all the contrary. The boys live together in the stadiums and sports areas. They are interested only in their game and in the greater or lesser perfection in postures or in skill. They live, then, in perfect concurrence and emulation, which turn upon virile qualities. By dint of contemplating themselves in the exercises where the body appears free of textile falsifications, they acquire a fine perception of virile physical beauty, which acquires in their eyes an enormous value. Note that excellence is only esteemed in things one understands. Only these excellences, clearly perceived, carry away the soul and overwhelm it[12].
Hence the masculine fashions have tended these years to underline the muscular architecture of the young man, simplifying a type of suit as little propitious for that as the one inherited from the nineteenth century. It was necessary that under the tubes or cylinders of cloth in which this horrible suit consists, the body of the footballer should assert itself.
Perhaps since Greek times masculine beauty has not been so esteemed as now. And the good observer notes that women have never spoken so much and with such shamelessness as now of handsome men. Before, they knew how to keep silent their enthusiasm for the beauty of a male, if indeed they felt it. But, moreover, it is worth noting that they felt it much less than in the present. An old psychologist accustomed to meditating on these matters knows that woman’s enthusiasm for the bodily beauty of man, above all for beauty founded on athletic correctness, is almost never spontaneous. Hearing today with such frequency the cynical praise of the handsome man springing from feminine lips, instead of naively inferring without more: «The woman of 1927 superlatively likes handsome men», he makes a deeper discovery: the woman of 1927 has ceased to coin values by herself and accepts a point of view of men who at this date feel, in effect, enthusiasm for the splendid figure of the athlete. He sees, then, in it a symptom of first category, which reveals the predominance of the virile point of view.
It would not be an objection against this that some female reader, sincerely scrutinizing her interior, acknowledged that she was not aware of being influenced in her esteem of masculine beauty by the appreciation the young make of it. Of everything that is a collective impulse and pushes the whole historical life in one direction or another we are never aware, just as we are not aware of the stellar movement that carries our planet, nor of the chemical labor in which our cells are occupied. Each one believes he lives on his own account, by virtue of reasons he supposes most personal. But the fact is that beneath that surface of our consciousness act the great anonymous forces, the powerful trade winds of history, giant gusts that mobilize us at their whim.
Questa esistenza di aspro regime crea le basi prime, il sottosuolo dell’avvenire europeo. Mercé essa si è riusciti già nel secolo XII ad accumulare qualche ricchezza, a contare con un po’ di ordine, di pace, di benessere. Ed ecco che rapidamente, come in certe giornate di primavera, cambia la faccia della storia. Gli uomini cominciano a levigarsi nella parola e nel contegno. Non si apprezza più l’adesione brusca, ma il gesto misurato, gracile. Alla continua lite sostituiscono il solatz e deport —che vuol dire conversazione e gioco. La mutazione si deve all’ingresso della donna nello scenario della vita pubblica. La Corte dei Carolingi era esclusivamente mascolina. Ma nel secolo XII le alte dame di Provenza e Borgogna hanno l’audacia sorprendente di affermare, di fronte allo Stato dei guerrieri e di fronte alla Chiesa dei chierici, il valore specifico della pura femminilità. Questa nuova forma di vita pubblica, dove la donna è il centro, contiene il germe di ciò che, di fronte a Stato e Chiesa, si chiamerà secoli più tardi «società». Allora si chiamò «corte»; ma non come l’antica corte di guerra e di giustizia, bensì «corte d’amore». Si tratta, nientemeno, di tutto un nuovo stile di cultura e di vita…
El Sol, 26 giugno 1927
II
Si tratta, nientemeno, di tutto un nuovo stile di cultura e di vita. Perché fino al secolo XII non si era trovato il modo di affermare la delizia dell’esistenza, del mondano di fronte all’energico «tabù» che su ogni cosa terrena aveva fatto cadere la Chiesa. Ora appare la cortezia trionfante della clerezia. E la cortezia è anzitutto il regime di vita che va ispirato dall’entusiasmo verso la donna. Si vede in essa la norma e il centro della creazione. Senza la violenza del combattimento o dell’anatema, soavissimamente, la femminilità si eleva a massimo potere storico. Come accettano questo giogo il guerriero e il sacerdote, nelle cui mani si trovavano tutti i mezzi della lotta? Non c’è esempio più chiaro della forza indomabile che il «sentire del tempo» possiede. In rigore, è tanto potente che non ha bisogno di combattere. Quando arriva, montato sui nervi di una nuova generazione, semplicemente si installa nel mondo come in una proprietà indiscussa.
La vita del maschio perde il modulo della tappa mascolina e si conforma al nuovo stile. Le sue armi preferiscono alla battaglia la giostra e il torneo, che sono ordinati per essere visti dalle dame. Gli abiti degli uomini cominciano a imitare le linee dell’abito femminile, si adattano alla vita e si scollano sotto il collo. Il poeta lascia un poco la gesta in cui si canta l’eroe virile e tornea la trova che è stata inventata
sol per domnas lauzar[11].
Il cavaliere devia le sue idee feudali verso la donna e decide di servire una dama, la cui cifra pone sullo scudo. Da quest’epoca proviene il culto alla Vergine Maria, che proietta nelle regioni trascendenti l’intronizzazione del femminile, accaduta nell’ordine sublunare. La donna si fa ideale dell’uomo, e arriva a essere la forma di ogni ideale. Perciò in tempo di Dante la figura femminile assorbe l’ufficio allegorico di tutto lo sublime, di tutto l’aspirato. In fin dei conti, consta per la Genesi che la donna non è fatta di fango, come il maschio, ma è fatta di sogno di maschio.
Esercitata la pupilla in questi schemi di passato, che facilmente potremmo moltiplicare, si volge al panorama attuale e riconosce al punto che il nostro tempo non è solo tempo di gioventù, ma di gioventù mascolina. Il padrone del mondo è oggi il ragazzo. E lo è, non perché lo abbia conquistato, ma a forza di disdegno. La gioventù mascolina afferma se stessa, si consegna ai suoi gusti e appetiti, ai suoi esercizi e preferenze, senza preoccuparsi del resto, senza accettare o rendere culto a nulla che non sia la sua propria gioventù. È sorprendente la risoluzione e l’unanimità con cui i giovani hanno deciso di non «servire» nulla né nessuno, salvo l’idea stessa della gioventù. Nulla sembrerebbe oggi più obsoleto del gesto reso e curvo con cui il cavaliere bravaccio del 1890 si avvicinava alla donna per dirle una frase galante, attorcigliata come un truciolo. Le ragazze hanno perso l’abito di essere galantate, e quel gesto in cui trent’anni fa trasudavano tutte le resine della virilità, oggi odorerebbe loro di effeminatezza.
Perché la parola effeminato ha due sensi molto diversi. Per uno di essi significa l’uomo anormale che fisiologicamente è un poco donna. Questi individui mostruosi esistono in tutti i tempi, come deviazione fisiologica della specie, e il loro carattere patologico impedisce loro di rappresentare la normalità di nessuna epoca. Ma nel suo altro senso, «effeminato» significa semplicemente homme à femmes, l’uomo molto preoccupato della donna, che gira attorno a essa e dispone i suoi atteggiamenti e la sua persona in vista di un pubblico femminile. In tempi di questo sesso, quegli uomini sembrano molto uomini; ma quando sopravvengono tappe di mascolinismo si scopre ciò che in essi c’è di effettivo effeminamento, nonostante il loro aspetto di spacca-monti.
Oggi, come sempre che i valori mascolini hanno predominato, l’uomo stima la sua figura più che quella del sesso contrario, e conseguentemente, cura il suo corpo e tende a ostentarlo. Il vecchio «effeminato» chiama questo nuovo entusiasmo dei giovani per il corpo virile e quella cura con cui lo trattano effeminatezza, quando è tutto il contrario. I ragazzi convivono insieme negli stadi e nelle aree di sport. Non li interessa più che il loro gioco e la maggiore o minore perfezione nelle posture o nella destrezza. Convivono, dunque, in perfetto concorso ed emulazione, che vertono su qualità virili. A forza di contemplarsi negli esercizi dove il corpo appare esente di falsificazioni tessili, acquistano una fine percezione della bellezza fisica virile, che acquista ai loro occhi un valore enorme. Notisi che solo si stima l’eccellenza nelle cose di cui si intende. Solo queste eccellenze, chiaramente percepite, trascinano l’animo e lo sopraffanno[12].
Di qui che le mode mascoline siano tese questi anni a sottolineare l’architettura muscolare dell’uomo giovane, semplificando un tipo di abito così poco propizio per ciò come l’ereditato dal secolo XIX. Era mestieri che sotto i tubi o cilindri di stoffa in cui questo orribile abito consiste, si affermasse il corpo del calciatore.
Forse dai tempi greci non si è stimata tanto la bellezza mascolina come ora. E il buon osservatore nota che mai le donne hanno parlato tanto e con tale sfacciataggine come ora degli uomini belli. Prima, sapevano tacere il loro entusiasmo per la bellezza di un maschio, se è che lo sentivano. Ma, inoltre, conviene annotare che lo sentivano molto meno che nell’attualità. Un vecchio psicologo abituato a meditare su questi affari, sa che l’entusiasmo della donna per la bellezza corporale dell’uomo, soprattutto per la bellezza fondata nella correttezza atletica, non è quasi mai spontaneo. Sentendo oggi con tanta frequenza il cinico elogio dell’uomo bello germogliare da labbra femminili, invece di dedurre ingenuamente e senza più: «Alla donna del 1927 piacciono superlativamente gli uomini belli», fa una scoperta più profonda: la donna del 1927 ha smesso di coniare i valori per se stessa e accetta un punto di vista degli uomini che in questa data sentono, in effetti, entusiasmo per la splendida figura dell’atleta. Vede, dunque, in esso un sintomo di prima categoria, che rivela il predominio del punto di vista virile.
Non sarebbe obiezione contro questo che qualche lettrice, scrutando sinceramente nel suo interno, riconoscesse che non si rendeva conto di essere influenzata nella sua stima della bellezza mascolina dall’apprezzamento che di essa fanno i giovani. Di tutto ciò che è un impulso collettivo e spinge l’intera vita storica in una o altra direzione non ci rendiamo conto mai, come non ci rendiamo conto del movimento stellare che porta il nostro pianeta, né della faccenda chimica in cui si occupano le nostre cellule. Ciascuno crede di vivere per conto suo, in virtù di ragioni che suppone personalissime. Ma il fatto è che sotto quella superficie della nostra coscienza agiscono le grandi forze anonime, i potenti alisei della storia, soffi giganti che ci mobilitano a loro capriccio.
Tampoco sabe bien la mujer de hoy por qué fuma, por qué se viste como se viste, por qué se afana en deportes físicos. Cada una podrá dar su razón diferente, que tendrá alguna verdad, pero no la bastante. Es mucha casualidad que al presente el régimen de la existencia femenina en los órdenes más diversos coincida siempre en esto: la asimilación al hombre. Si en el siglo XII el varón se vestía como la mujer y hacía bajo su inspiración versitos dulcifluos, hoy la mujer imita al hombre en el vestir y adopta sus ásperos juegos. La mujer procura hallar en su corporeidad las líneas del otro sexo. Por eso lo más característico de las modas actuales no es la exigüidad del encubrimiento, sino todo lo contrario. Basta comparar el traje de hoy con el usado en la época de otro Directorio mayor —1800— para descubrir la esencia variante, tanto más expresiva cuanto mayor es la semejanza. El traje Directorio era también una simple túnica, bastante corta, casi como la de ahora. Sin embargo, aquel desnudo era un perverso desnudo de mujer. Ahora, la mujer va desnuda como un muchacho. La dama Directorio acentuaba, ceñía y ostentaba el atributo femenino por excelencia: aquella túnica era el más sobrio tallo para sostener la flor del seno. El traje actual, aparentemente tan generoso en la nudificación, oculta, en cambio, anula, escamotea, el seno femenino.
Es una equivocación psicológica explicar las modas vigentes por un supuesto afán de excitar los sentidos del varón, que se han vuelto un poco indolentes. Esta indolencia es un hecho, y yo no niego que en el detalle de la indumentaria y de las actitudes influya ese propósito incitativo; pero las líneas generales de la actual figura femenina están inspiradas por una intención opuesta: la de parecerse un poco al hombre joven. El descaro e impudor de la mujer contemporánea son, más que femeninos, el descaro y el impudor de un muchacho que da a la intemperie su carne elástica. Todo lo contrario, pues, de una exhibición lúbrica y viciosa. Probablemente, las relaciones entre los sexos no han sido nunca más sanas, paradisíacas y moderadas que ahora. El peligro está más bien en la dirección inversa. Porque ha acontecido siempre que las épocas masculinas de la historia, desinteresadas de la mujer, han rendido extraño culto al amor dórico. Así en tiempo de Pericles, en tiempo de César, en el Renacimiento.
Es, pues, una bobada perseguir en nombre de la moral la brevedad de las faldas al uso. Hay en los sacerdotes una manía milenaria contra los modistos. A principios del siglo XIII nota Luchaire, «los sermonarios no cesan de fulminar contra la longitud exagerada de las faldas, que son, dicen, una invención diabólica»[13]. ¿En qué quedamos? ¿Cuál es la falda diabólica? ¿La corta o la larga?
A quien ha pasado su juventud en una época femenina le apena ver la humildad con que hoy la mujer, destronada, procura insinuarse y ser tolerada en la sociedad de los hombres. A este fin acepta en la conversación los temas que prefieren los muchachos, y habla de deportes y de automóviles, y cuando pasa la ronda de cock-tails, bebe como un barbián. Esta mengua del poder femenino sobre la sociedad es causa de que la convivencia sea en nuestros días tan áspera. Inventora la mujer de la cortezia, su retirada del primer plano social ha traído el imperio de la descortesía. Hoy no se comprendería un hecho como el acaecido en el siglo XVII con motivo de la beatificación de varios santos españoles —entre ellos, San Ignacio, San Francisco Javier y Santa Teresa de Jesús. El hecho fue que la beatificación sufrió una larga demora por la disputa surgida entre los cardenales sobre quién habría de entrar primero en la oficial beatitud: la dama Cepeda o los varones jesuitas.
El Sol, 3 de julio de 1927
Nor does the woman of today know well why she smokes, why she dresses as she dresses, why she strives in physical sports. Each one will be able to give her different reason, which will have some truth, but not enough. It is too much coincidence that at present the regime of feminine existence in the most diverse orders coincides always in this: assimilation to man. If in the twelfth century the male dressed like woman and made under her inspiration sweet-flowing little verses, today woman imitates man in dress and adopts his rough games. Woman tries to find in her corporeality the lines of the other sex. For that reason the most characteristic thing of current fashions is not the scantiness of covering, but all the contrary. It is enough to compare the dress of today with that used in the epoch of another greater Directory —1800— to discover the variant essence, all the more expressive the greater the resemblance. The Directory dress was also a simple tunic, quite short, almost like the one of now. Nevertheless, that nakedness was a perverse nakedness of woman. Now, woman goes naked like a boy. The Directory lady accentuated, girded and displayed the feminine attribute par excellence: that tunic was the soberest stalk to sustain the flower of the bosom. The current dress, apparently so generous in nudification, hides, instead, cancels, shuffles away, the feminine bosom.
It is a psychological mistake to explain the fashions in force by a supposed eagerness to excite the senses of the male, which have become a little indolent. This indolence is a fact, and I do not deny that in the detail of the clothing and of the attitudes that inciting purpose influences; but the general lines of the current feminine figure are inspired by an opposite intention: that of resembling a little the young man. The shamelessness and impudence of contemporary woman are, more than feminine, the shamelessness and impudence of a boy who gives to the open air his elastic flesh. All the contrary, then, of a lubricious and vicious exhibition. Probably, the relations between the sexes have never been healthier, more paradisiacal and moderate than now. The danger lies rather in the inverse direction. Because it has always happened that the masculine epochs of history, disinterested in woman, have rendered strange cult to Doric love. Thus in the time of Pericles, in the time of Caesar, in the Renaissance.
It is, then, a foolishness to pursue in the name of morality the brevity of the skirts in use. There is in the priests a millenary mania against dressmakers. At the beginning of the thirteenth century Luchaire notes, «the sermonizers do not cease to fulminate against the exaggerated length of skirts, which are, they say, a diabolical invention»[13]. Where do we stand? Which is the diabolical skirt? The short or the long?
Whoever has passed his youth in a feminine epoch is pained to see the humility with which today woman, dethroned, tries to insinuate herself and be tolerated in the society of men. To this end she accepts in conversation the themes the boys prefer, and speaks of sports and automobiles, and when the round of cocktails passes, drinks like a scapegrace. This diminution of feminine power over society is cause that coexistence is in our days so harsh. Woman being the inventor of cortezia, her withdrawal from the social foreground has brought the empire of discourtesy. Today one would not understand a fact like that which happened in the seventeenth century on the occasion of the beatification of various Spanish saints —among them, Saint Ignatius, Saint Francis Xavier and Saint Teresa of Jesus. The fact was that the beatification suffered a long delay because of the dispute that arose among the cardinals over who should enter first into official beatitude: lady Cepeda or the Jesuit males.
El Sol, 3 July 1927
Nemmeno sa bene la donna di oggi perché fuma, perché si veste come si veste, perché si affanna in sport fisici. Ciascuna potrà dare la sua ragione differente, che avrà qualche verità, ma non abbastanza. È troppa coincidenza che al presente il regime dell’esistenza femminile negli ordini più diversi coincida sempre in questo: l’assimilazione all’uomo. Se nel secolo XII il maschio si vestiva come la donna e faceva sotto la sua ispirazione versetti dolciflui, oggi la donna imita l’uomo nel vestire e adotta i suoi aspri giochi. La donna procura di trovare nella sua corporeità le linee dell’altro sesso. Perciò la cosa più caratteristica delle mode attuali non è l’esiguità dell’occultamento, ma tutto il contrario. Basta comparare l’abito di oggi con quello usato nell’epoca di un altro Direttorio maggiore —1800— per scoprire l’essenza variante, tanto più espressiva quanto maggiore è la somiglianza. L’abito Direttorio era anche una semplice tunica, abbastanza corta, quasi come quello di ora. Nondimeno, quel nudo era un perverso nudo di donna. Ora, la donna va nuda come un ragazzo. La dama Direttorio accentuava, cingeva e ostentava l’attributo femminile per eccellenza: quella tunica era il più sobrio stelo per sostenere il fiore del seno. L’abito attuale, apparentemente così generoso nella nudificazione, occulta, invece, annulla, scarta, il seno femminile.
È un’equivocazione psicologica spiegare le mode vigenti per un presunto anelito di eccitare i sensi del maschio, che si sono fatti un poco indolenti. Questa indolenza è un fatto, e io non nego che nel dettaglio dell’indumentaria e degli atteggiamenti influisca quel proposito incitativo; ma le linee generali dell’attuale figura femminile sono ispirate da un’intenzione opposta: quella di somigliare un poco all’uomo giovane. Lo sfacciato e l’imprudenza della donna contemporanea sono, più che femminili, lo sfacciato e l’imprudenza di un ragazzo che dà all’inclemenza la sua carne elastica. Tutto il contrario, dunque, di un’esibizione lubrica e viziosa. Probabilmente, le relazioni tra i sessi non sono mai state più sane, paradisiache e moderate che ora. Il pericolo è piuttosto nella direzione inversa. Perché è accaduto sempre che le epoche mascoline della storia, disinteressate della donna, abbiano reso strano culto all’amore dorico. Così in tempo di Pericle, in tempo di Cesare, nel Rinascimento.
È, dunque, una stupidaggine perseguire in nome della morale la brevità delle gonne in uso. C’è nei sacerdoti una mania millenaria contro i sarti. Ai principi del secolo XIII nota Luchaire, «i sermonari non cessano di fulminare contro la lunghezza esagerata delle gonne, che sono, dicono, un’invenzione diabolica»[13]. In che cosa restiamo? Qual è la gonna diabolica? La corta o la lunga?
A chi ha passato la sua gioventù in un’epoca femminile dispiace vedere l’umiltà con cui oggi la donna, detronizzata, procura di insinuarsi e essere tollerata nella società degli uomini. A questo fine accetta nella conversazione i temi che preferiscono i ragazzi, e parla di sport e di automobili, e quando passa il giro di cocktail, beve come uno scavezzacollo. Questa diminuzione del potere femminile sulla società è causa che la convivenza sia ai nostri giorni così aspra. Inventrice la donna della cortezia, la sua ritirata dal primo piano sociale ha portato l’impero della scortesia. Oggi non si comprenderebbe un fatto come quello accaduto nel secolo XVII con motivo della beatificazione di vari santi spagnoli —tra essi, San Ignazio, San Francesco Saverio e Santa Teresa di Gesù. Il fatto fu che la beatificazione subì una lunga dilazione per la disputa sorta tra i cardinali su chi dovesse entrare per primo nell’ufficial beatitudine: la dama Cepeda o i maschi gesuiti.
El Sol, 3 luglio 1927