Abstract

A piece of cultural criticism against Spanish scandal weeklies: cheap printing puts the press in anyone’s hands, and the old thugs have swapped blades for print; that such insults touch neither those who write them nor those they target reveals a moral prostration of public conscience. Not philosophical.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Jamás hubo en España tantos periódicos como ahora. Sobre todo el número de semanarios ha aumentado en proporción desmesurada. Los kioscos aparecen inundados de estas publicaciones hebdomadarias. He ahí un fenómeno que a primera vista os llena de optimismo. El pueblo español —pensáis—se ha reconciliado por fin con la letra impresa. Ya comienza a sentir la avidez de la lectura, síntoma de robustez espiritual. ¿No hay razón para confiar en el porvenir de España?

Pero aproximaos a esos quioscos y comprad, por vía de investigación, esos semanarios. Abrid sus páginas, y vuestro optimismo se os caerá a los pies, como un pobre pájaro herido. Un denso vaho de mentecatez os azotará el rostro. Sentís la sensación de haberos asomado a una cloaca. Arrojáis las inmundas hojas con asco y os quedáis meditando tristemente en su existencia, como fenómeno de la sociedad española.

¿Cómo se explica la cantidad y la naturaleza de estas ínfimas publicaciones? En primer término, ello se debe a la relativa baratura de las artes gráficas. Un puñado de pesetas basta para infectar la calle con tres o cuatro números de estos periódicos. Esto quiere decir que cualquier bergante puede disponer de esa terrible arma que se llama las prensas. De ordinario, estos bergantes, metidos a fundadores de semanarios de escándalo, no tienen dinero más que para tirar tres o cuatro números. Honradamente, no hay periódico que se consolide en tres o cuatro números.

Pero hay, mejor dicho, se cree que hay una vía corta del éxito: el escándalo. Estos semanarios de escándalo, o tienen vida propia a los cuatro números, o sucumben forzosamente. Para atraer al público —a una zona del público cuyos gustos y urdimbre espiritual son aún cavernarios— se utiliza el lenguaje más soez posible, se ataca a la gente en la forma más bárbaramente estúpida y se estampan las calumnias más monstruosas. De esta suerte el uso de la imprenta —¡quién se lo hubiera dicho a Gutenberg!— llega a su máxima degradación. Dijérase que todos los matones de la nación, todos los guapos de taberna, todos los destinados al presidio o procedentes de él, evolucionando con los tiempos, han sustituido sus viejas armas blancas y de fuego por las negras de la letra impresa. Antaño practicaban la exacción de dinero mediante amenazas epistolares; hoy se usa el chantaje periodístico. En política antigua, la manera de deshacerse de un adversario era pagar a un asesino para que lo matase; hoy basta con pagar a cualquier mercenario de la pluma para que le injurie y le calumnie; a ser posible, para que le mate civilmente.

Jamás el idioma castellano escrito cayó tan bajo. Hasta ahora, el hecho de ser escritor público denotaba cierta distinción espiritual; pero ya está siendo una vergüenza. Siempre, en todos los pueblos y en todas las lenguas, hubo creaciones satíricas; pero el aguijón iba oculto en galas de arte y buen gusto; actualmente, en España, la sátira se ha hecho sinónima de estercolero. Citemos un solo ejemplo. Uno de estos semanarios, uno de tantos, ni mejor ni peor que otros muchos de su laya, sean de la extrema derecha o de la extrema izquierda, le aplicaba a un político español, diputado nacional, cuyo nombre omitimos por delicadeza, todos estos calificativos: bellaco, cobarde, croupier, ladrón, difamador de mujeres. Y lo estupendo es esto: que este lenguaje insuperablemente injurioso no afecte en nada a la posición social y política del aludido, ni éste se sienta impulsado a llevar al banquillo a los autores de tales violencias.

Todo esto revela un rebajamiento de la conciencia pública española que induce a amargas reflexiones. Un pueblo dotado de alguna sensibilidad moral no permitiría una de dos, o que hubiese periódicos que escriban esas cosas, o que hubiese hombres de los cuales tales cosas pueden escribirse sin ventilarlas ante los Tribunales. Un pueblo donde estos dos hechos no se excluyen indica haber caído en una indiferencia, en una postración moral que es signo de honda gravedad para su porvenir.

¿Cuál podría ser el remedio contra este cáncer social? ¿Cómo podría contenerse esta ola de inmundicia que ha anegado la vida pública? En otros tiempos se recurría al duelo. Hoy el duelo, siempre absurdo, es en extremo ineficaz. No hay más salvación que en los Tribunales de justicia. Reanímense las leyes contra el libelo infamatorio. Vayan al banquillo los que injurian y calumnian. Convendría constituir una Liga de Higiene Social para alentar y ayudar a cuantos por desidia o timidez abandonan la vindicación, mediante el Código, de sus nombres escarnecidos. Si todos los hombres que son moral y estéticamente pulcros no se unen para devolver las gentes de esos semanarios a su elemento natural, los garitos, los presidios y las tabernas, el alcantarillado roto que sus periódicos significan va a hacer irrespirable la atmósfera de la vida pública en España. Y el público, el que siente la fruición del escándalo, ¿no adquirirá conciencia de su innoble complicidad?

Publicado sin firma, España, 16 de julio de 1915