Ortega y Gasset
Abstract
An obituary-essay on Maura, turning on what a politician is: death transfigures the man into a historical figure; Maura was neither a man of ideas nor highly cultivated, and yet was the only real politician Spain had in forty years, because only he who has a politics is one, and knows how to pose his nation’s subsoil problems instead of merely dispatching those chance throws up.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
He aquí a don Antonio Maura «tal como en sí mismo la Eternidad le cambia». ¡Mágico poder el de la muerte que elevando al hombre sobre la vida nos descubre su verdadera realidad! La muerte, como toda cima, tiene su gracia de Tabor: transfigura y alquitara la personalidad. Maura mientras vivió no fue lo que era «en sí mismo», sino, más bien, lo que era en nosotros, en nuestros odios o entusiasmos. Su figura se desmesuraba al refractarse en la atmósfera densa de nuestras pasiones. Ahora comienza su transfiguración en figura histórica. Se escapa de nuestros ardores, recoge la imagen que proyectaba sobre el alma del amigo o del enemigo, y, quieto, para siempre quieto, retorna a sí mismo. El paso de lo uno a lo otro ha sido esta vez literalmente un paso —un último escalón que no se ve aquí porque se ve el primero de allá. Este hombre, nunca enfermo, muere fulminado como los favorecidos, sin tránsito; de la vida apasionada se ha evadido a la claridad del mito. Más que morir, simplemente ha dejado de vivir.
El muerto queda fijo, como elevado en su hora. Entre tanto a nosotros el tiempo nos empuja hacia adelante, y cuando volvemos la cabeza vemos al fenecido allá lejos, al cabo de una larga perspectiva. La distancia se engulle los detalles, y de la persona deja sólo la esencial arquitectura. Cuando quedan sólo anécdotas es que no había otra cosa.
En rigor, don Antonio Maura se había ido alejando de la actualidad en los últimos años. Los acontecimientos interpuestos entre su labor pública y la fecha que corre habían comenzado a darle una lejanía histórica. Nuevos problemas, nuevas batallas, nuevos odios e ilusiones habían hecho olvidar los que batieron espumantes en torno a su gesto, y los antiguos enemigos, evaporada la hostilidad, veían hoy ya claramente lo que hubo de acertado en su actitud.
Yo no he hablado nunca con este nuevo y grande ausente: le he saludado una o dos veces. Probablemente no le hubiera complacido mi trato, ni a mí el suyo: soy demasiado «intelectual», cosa que Maura no fue nunca en medida ninguna. Si el que se halla a mi vera no emite ideas claras y precisas, siento pronto angustia respiratoria. Pero esto es una limitación mía, y no se me ocurre pensar que las ideas claras y precisas sean lo único, ni siquiera lo más importante en el mundo. No sobran, ciertamente, y sin alguna dosis de ellas nada llega a su perfección. Don Antonio Maura no fue un hombre de ideas, puede decirse que ni era un hombre de elevada cultura. Al menos en sus discursos y en su acción no hay huella de vastas y variadas curiosidades. Apenas si debió leer otra cosa que algunos clásicos castellanos, lectura estimable, pero de escaso rendimiento y estéril para educar la mente.
Sin embargo, este hombre ha sido, a mi juicio, el único político que ha habido en España durante los últimos cuarenta años. Político, hablando en serio, sólo es quien tiene una política. A los demás, la política los tenía. Unos, porque se contentaron con sortear las cuestiones según se presentaban, de modo que iban al estricote de los sucesos. Otros, los radicales, porque se acercaban a la vida pública presos en la escafandra de un sistema de convicciones jurídicas —liberalismo, democracia, etcétera— muy respetables, que pueden adjetivar una política, pero no suplantarla.
A don Antonio Maura no le preocupaban mayormente los que suelen llamarse «problemas de gobierno». Cualquier listo de provincias se apresurará a darnos una lección de realismo político diciéndonos: «¡No divaguemos! Veamos qué problemas concretos hay planteados». Al político de raza no le preocupan mucho los problemas que el azar plantea porque sabe que casi siempre son superficiales y es fácil resolverlos. Le importa más pensar qué problemas de subsuelo tiene que plantear él a su nación. Esto —ser un planteador de problemas— es el gran síntoma de estro político. Por eso, apenas se incorporó Maura sobre el haz de la vida pública española, la materia inerte de nuestro pueblo empezó a vibrar, el aire se caldeó, todo parecía cobrar un aspecto de realidad, de peligro, de vida. Es lo que pasa a la nave cuando, en vez de ir a merced de las olas, una mano firme toma el gobernalle y ciñe la borda al viento. Las cuadernas se estremecen, las velas dan latigazos, tiembla el mástil, pero la nave avanza en ruta, no flota a la deriva.
¡Y ese comienzo de vitalización nacional, de enardecimiento fue precisamente lo que le echaron en cara las demás gentes menores! Se decía que no tenía sentido de la realidad, puesto que a cada paso levantaba tempestades, provocaba conflictos. Con la estupidez reinante en aquellos años se creía haberlo dicho todo contra él y haber llegado del ingenio al ápice, repitiendo la frase de Gamazo: «Este hombre es un caballo que entra en una cacharrería». La frase no es auténtica, pero esto es lo de menos. Lo de más es que si, en efecto, había en el Maura de 1908 algo de «pura sangre», había en la vida pública del tiempo mucho de cacharrería. De modo que la frase, entendida hasta el cabo, se retorcía en su elogio; porque cuando la vida pública es una cacharrería, lo urgente es hacerla añicos. Y que lo era y que se iba a hacer añicos, aun sin el piafar de nadie, es una de las cosas que estos años han puesto en claro a los ciegos.
Estoy convencido de que cualquier otro hombre con temperamento opuesto, pero que tuviese una política, habría causado y causaría hoy la misma impresión. Porque una política significa la anticipación de una larga trayectoria de acciones públicas, y en el gesto con que se inicia va ya preformado el final. Si no hay capacidad para averiguar desde luego en la actitud de quien dispara el blanco adonde apunta, parecerá sin remedio un demente. Acaso el más grave mal de España es la escasez de personas dispuestas a entender un propósito político que no sea un entremés, que tenga más de un acto. Y si no se llega a comprender que a veces es lo más político suscitar deliberadamente conflictos para aprovecharlos como saltos de agua, podemos despedirnos de toda gran política.
Frente a la pseudo-política que no admite los conflictos, Maura tuvo la soberana intuición de la necesidad de ellos. Éste era el sentido de su «revolución desde arriba». Lo importante en sumo grado no son los «problemas de gobierno», los conflictos que surgen espontáneamente, traídos por la desdicha o engendrados por la enfermedad misma del cuerpo nacional; lo importante es descubrir qué conflictos preconcebidos hay que provocar terapéuticamente en la masa ciudadana para restablecer el equilibrio orgánico, la salud pública. La política monárquica no ha querido nunca convencerse de esto: se obstinó en que no pasase nada nunca, y en cuanto la marina se encrespaba derramó los odres de aceite. Con lo cual no parece que haya evitado ningún mal, y de cierto ha impedido todo bien.
Desde 1908 han corrido diez y siete años. Por tanto existe hoy una nueva generación, apta para comenzar e intervenir en la vida pública, que no vivió aquella fecha apasionada. Yo entonces no comprendía a don Antonio Maura, como aconteció al resto de mis contemporáneos. Luego he aprendido algunas cosas, entre otras a entender el sentido general de su intención política. Tal vez sea de alguna utilidad comunicar a la gente joven el resultado de ese aprendizaje. Si me leen hallarán que hoy considero como lo más valioso de su actuación justamente las cosas que entonces se le echaron más en cara. Padeció errores de todo calibre, algunos de los cuales procuraré señalar, pero cuatro o cinco elementos de su política son, a mi juicio, lo más sustancioso que cabe espumar de un cuarto de siglo en la vida pública española.
El Sol, 18 de diciembre de 1925
II
POLÍTICA Y MAGIA
El pensamiento político ha de ser física y no magia. En la Meca está el sepulcro de Mahoma suspendido en el aire. Los mágicos dicen: he ahí un cuerpo que no está sostenido por nada. El físico, en cambio, se pregunta al punto qué fuerzas mantienen en suspensión, quieto en la atmósfera, aquel objeto grave. Éste es el sentido del pensar físico: comprender que toda realidad, móvil o quieta, es siempre el resultado de fuerzas determinadas. La magia, por el contrario, no echa de menos las fuerzas y cree que las cosas pueden existir sin necesidad de ellas, gratuitamente.
I
Here is don Antonio Maura «as in himself Eternity changes him». Magical power that of death which, raising man above life, reveals to us his true reality! Death, like every summit, has its grace of Tabor: it transfigures and refines personality. Maura while he lived was not what he was «in himself», but, rather, what he was in us, in our hatreds or enthusiasms. His figure grew out of measure as it refracted in the dense atmosphere of our passions. Now his transfiguration into historical figure begins. He escapes our ardors, gathers up the image he projected upon the soul of friend or enemy, and, quiet, forever quiet, returns to himself. The passage from the one to the other has this time been literally a step —a last step that is not seen here because the first of over there is seen. This man, never ill, dies struck down like the favorites, without transition; from passionate life he has escaped into the clarity of myth. More than dying, he has simply ceased to live.
The dead man remains fixed, as if raised up in his hour. Meanwhile time pushes us forward, and when we turn our head we see the deceased far off there, at the end of a long perspective. Distance swallows the details, and of the person leaves only the essential architecture. When only anecdotes remain, it is that there was nothing else.
Strictly, don Antonio Maura had been moving away from the present in recent years. The events interposed between his public work and the current date had begun to give him a historical remoteness. New problems, new battles, new hatreds and illusions had made forgotten those that broke foaming around his gesture, and the old enemies, the hostility evaporated, saw today already clearly what there was of successful in his attitude.
I have never spoken with this new and great absentee: I have greeted him once or twice. Probably my company would not have pleased him, nor his mine: I am too much of an «intellectual», something Maura never was in any measure. If the one who is at my side does not emit clear and precise ideas, I soon feel respiratory anguish. But this is a limitation of mine, and it does not occur to me to think that clear and precise ideas are the only thing, nor even the most important thing in the world. They do not abound, certainly, and without some dose of them nothing reaches its perfection. Don Antonio Maura was not a man of ideas; it can be said that he was not even a man of elevated culture. At least in his speeches and in his action there is no trace of vast and varied curiosities. He can scarcely have read anything but some Castilian classics, estimable reading, but of scarce yield and sterile for educating the mind.
Nevertheless, this man has been, in my judgment, the only politician there has been in Spain during the last forty years. Politician, speaking seriously, only he is who has a policy. The others, politics had them. Some, because they contented themselves with sidestepping the issues as they presented themselves, so that they went at the mercy of events. Others, the radicals, because they approached public life prisoners in the diving suit of a system of juridical convictions —liberalism, democracy, etcetera— very respectable, which can adjective a policy, but not supplant it.
Don Antonio Maura was not greatly worried by what are usually called «problems of government». Any clever provincial will hasten to give us a lesson of political realism by telling us: «Let us not digress! Let us see what concrete problems are posed». The born politician is not much worried by the problems chance poses because he knows they are almost always superficial and easy to solve. It matters more to him to think what subsoil problems he must pose to his nation. This —being a poser of problems— is the great symptom of political instinct. For that reason, as soon as Maura rose upon the surface of Spanish public life, the inert matter of our people began to vibrate, the air grew warm, everything seemed to take on an aspect of reality, of danger, of life. It is what happens to the ship when, instead of going at the mercy of the waves, a firm hand takes the helm and hauls the rail to the wind. The frames shudder, the sails lash, the mast trembles, but the ship advances on course, it does not drift.
And that beginning of national vitalization, of enkindlement was precisely what the lesser people threw in his face! It was said that he had no sense of reality, since at every step he raised storms, provoked conflicts. With the reigning stupidity of those years it was believed that everything had been said against him and that the height of wit had been reached, repeating Gamazo’s phrase: «This man is a horse that enters a china shop». The phrase is not authentic, but that is the least of it. The most is that if, in effect, there was in the Maura of 1908 something of «thoroughbred», there was in the public life of the time much of china shop. So that the phrase, understood to the end, twisted into his praise; because when public life is a china shop, the urgent thing is to smash it to pieces. And that it was so and that it was going to be smashed to pieces, even without anyone’s pawing, is one of the things these years have made clear to the blind.
I am convinced that any other man with an opposite temperament, but who had a policy, would have caused and would cause today the same impression. Because a policy signifies the anticipation of a long trajectory of public actions, and in the gesture with which it begins the end is already preformed. If there is no capacity to make out at once, in the attitude of the one who shoots, the target he aims at, he will unavoidably seem a madman. Perhaps the gravest evil of Spain is the scarcity of persons disposed to understand a political purpose that is not an interlude, that has more than one act. And if one does not come to understand that sometimes it is the most political thing deliberately to arouse conflicts in order to exploit them as waterfalls, we can bid farewell to all great politics.
Facing the pseudo-politics that does not admit conflicts, Maura had the sovereign intuition of their necessity. This was the meaning of his «revolution from above». What is important in the highest degree are not the «problems of government», the conflicts that arise spontaneously, brought by misfortune or engendered by the very sickness of the national body; what is important is to discover what preconceived conflicts must be provoked therapeutically in the citizen mass in order to restore organic equilibrium, public health. Monarchic politics has never wanted to convince itself of this: it was obstinate that nothing should ever happen, and as soon as the sea grew rough it spilled the skins of oil. With which it does not seem to have avoided any evil, and certainly has prevented all good.
Seventeen years have run since 1908. Therefore there exists today a new generation, fit to begin and intervene in public life, which did not live that passionate date. I then did not understand don Antonio Maura, as happened to the rest of my contemporaries. Later I have learned some things, among others to understand the general sense of his political intention. Perhaps it will be of some utility to communicate to the young people the result of that learning. If they read me they will find that today I consider as the most valuable of his action precisely the things that were then most thrown in his face. He suffered errors of every caliber, some of which I shall try to point out, but four or five elements of his policy are, in my judgment, the most substantial that can be skimmed from a quarter of a century in Spanish public life.
El Sol, 18 December 1925
II
POLITICS AND MAGIC
Political thought must be physics and not magic. In Mecca is the tomb of Mohammed suspended in the air. The magicians say: there is a body that is not supported by anything. The physicist, on the contrary, asks at once what forces keep in suspension, quiet in the atmosphere, that heavy object. This is the meaning of physical thinking: to understand that every reality, moving or quiet, is always the result of determined forces. Magic, on the contrary, does not miss the forces and believes that things can exist without need of them, gratuitously.
I
Ecco don Antonio Maura «come in sé stesso l’Eternità lo cambia». Magico potere quello della morte che elevando l’uomo sopra la vita ci scopre la sua vera realtà! La morte, come ogni vetta, ha la sua grazia di Tabor: trasfigura e alambicca la personalità. Maura mentre visse non fu ciò che era «in sé stesso», ma, piuttosto, ciò che era in noi, nei nostri odi o entusiasmi. La sua figura si smisurava rifrangendosi nell’atmosfera densa delle nostre passioni. Ora comincia la sua trasfigurazione in figura storica. Si sfugge ai nostri ardori, raccoglie l’immagine che proiettava sull’anima dell’amico o del nemico, e, quieto, per sempre quieto, ritorna a sé stesso. Il passo dall’uno all’altro è stato questa volta letteralmente un passo —un ultimo scalino che non si vede qui perché se ne vede il primo di là. Quest’uomo, mai malato, muore fulminato come i favoriti, senza transito; dalla vita appassionata si è evaso alla chiarezza del mito. Più che morire, semplicemente ha smesso di vivere.
Il morto resta fisso, come elevato nella sua ora. Intanto a noi il tempo ci spinge in avanti, e quando voltiamo la testa vediamo il defunto laggiù lontano, al capo di una lunga prospettiva. La distanza inghiotte i dettagli, e della persona lascia solo l’essenziale architettura. Quando restano solo aneddoti è che non c’era altra cosa.
In rigore, don Antonio Maura si era andato allontanando dall’attualità negli ultimi anni. Gli avvenimenti interposti tra la sua opera pubblica e la data che corre avevano cominciato a dargli una lontananza storica. Nuovi problemi, nuove battaglie, nuovi odi e illusioni avevano fatto dimenticare quelli che batterono spumeggianti attorno al suo gesto, e gli antichi nemici, evaporata l’ostilità, vedevano oggi già chiaramente ciò che ci fu di azzeccato nel suo atteggiamento.
Io non ho mai parlato con questo nuovo e grande assente: l’ho salutato una o due volte. Probabilmente non gli sarebbe piaciuto il mio tratto, né a me il suo: sono troppo «intellettuale», cosa che Maura non fu mai in nessuna misura. Se colui che si trova accanto a me non emette idee chiare e precise, sento presto angustia respiratoria. Ma questo è una limitazione mia, e non mi viene in mente di pensare che le idee chiare e precise siano l’unica cosa, né anche la più importante del mondo. Non sopravanzano, certamente, e senza una qualche dose di esse nulla arriva alla sua perfezione. Don Antonio Maura non fu un uomo di idee, può dirsi che nemmeno era un uomo di elevata cultura. Almeno nei suoi discorsi e nella sua azione non c’è traccia di vaste e varie curiosità. Appena se dovette leggere altra cosa che alcuni classici castigliani, lettura stimabile, ma di scarso rendimento e sterile per educare la mente.
Nondimeno, quest’uomo è stato, a mio giudizio, l’unico politico che ci sia stato in Spagna durante gli ultimi quarant’anni. Politico, parlando sul serio, solo è chi ha una politica. Agli altri, la politica li aveva. Alcuni, perché si contentarono di scansare le questioni secondo che si presentavano, di modo che andavano a rimorchio degli avvenimenti. Altri, i radicali, perché si avvicinavano alla vita pubblica prigionieri nella scafandra di un sistema di convinzioni giuridiche —liberalismo, democrazia, eccetera— molto rispettabili, che possono aggettivare una politica, ma non sostituirla.
A don Antonio Maura non preoccupavano maggiormente quelli che sogliono chiamarsi «problemi di governo». Qualunque furbo di provincia si affretterà a darci una lezione di realismo politico dicendoci: «Non divaghiamo! Vediamo quali problemi concreti ci sono piantati». Al politico di razza non preoccupano molto i problemi che il caso pianta perché sa che quasi sempre sono superficiali ed è facile risolverli. Gli importa più pensare quali problemi di sottosuolo deve piantare lui alla sua nazione. Questo —essere un piantatore di problemi— è il grande sintomo di estro politico. Perciò, appena si incorporò Maura sulla faccia della vita pubblica spagnola, la materia inerte del nostro popolo cominciò a vibrare, l’aria si scaldò, tutto sembrava acquistare un aspetto di realtà, di pericolo, di vita. È ciò che passa alla nave quando, invece di andare a mercé delle onde, una mano ferma prende il timone e cinge la borda al vento. Le costole si scuotono, le vele danno frustate, trema l’albero, ma la nave avanza in rotta, non flotta alla deriva.
E quel cominciamento di vitalizzazione nazionale, di accaloramento fu precisamente ciò che gli rinfacciarono le altre genti minori! Si diceva che non aveva senso della realtà, poiché a ogni passo sollevava tempeste, provocava conflitti. Con la stupidità regnante in quegli anni si credeva di aver detto tutto contro di lui e di essere arrivati dall’ingegno all’apice, ripetendo la frase di Gamazo: «Quest’uomo è un cavallo che entra in una cristalleria». La frase non è autentica, ma questo è il meno. Il più è che se, in effetti, c’era nel Maura del 1908 qualcosa di «puro sangue», c’era nella vita pubblica del tempo molto di cristalleria. Di modo che la frase, intesa fino in fondo, si torceva nel suo elogio; perché quando la vita pubblica è una cristalleria, l’urgente è farla a pezzi. E che lo era e che si sarebbe fatta a pezzi, anche senza lo scalpitare di nessuno, è una delle cose che questi anni hanno messo in chiaro ai ciechi.
Sono convinto che qualunque altro uomo con temperamento opposto, ma che avesse una politica, avrebbe causato e causerebbe oggi la stessa impressione. Perché una politica significa l’anticipazione di una lunga traiettoria di azioni pubbliche, e nel gesto con cui si inizia va già preformata la fine. Se non c’è capacità per scoprire subito nell’atteggiamento di chi spara il bianco a cui mira, sembrerà senza rimedio un demente. Forse il più grave male di Spagna è la scarsità di persone disposte a intendere un proposito politico che non sia un intermezzo, che abbia più di un atto. E se non si arriva a comprendere che a volte è la cosa più politica suscitare deliberatamente conflitti per approfittarne come salti d’acqua, possiamo salutarci da ogni grande politica.
Di fronte alla pseudo-politica che non ammette i conflitti, Maura ebbe la sovrana intuizione della necessità di essi. Questo era il senso della sua «rivoluzione dall’alto». L’importante in sommo grado non sono i «problemi di governo», i conflitti che sorgono spontaneamente, portati dalla sventura o generati dalla malattia stessa del corpo nazionale; l’importante è scoprire quali conflitti preconcetti bisogna provocare terapeuticamente nella massa cittadina per ristabilire l’equilibrio organico, la salute pubblica. La politica monarchica non ha mai voluto convincersi di questo: si ostinò che non passasse mai nulla, e appena la marina si increspava rovesciò gli otri d’olio. Col che non sembra che abbia evitato nessun male, e di certo ha impedito ogni bene.
Dal 1908 sono corsi diciassette anni. Dunque esiste oggi una nuova generazione, atta a cominciare e intervenire nella vita pubblica, che non visse quella data appassionata. Io allora non comprendevo don Antonio Maura, come accadde al resto dei miei contemporanei. Poi ho imparato alcune cose, tra altre a intendere il senso generale della sua intenzione politica. Forse sarà di qualche utilità comunicare alla gente giovane il risultato di quell’apprendimento. Se mi leggono troveranno che oggi considero come la cosa più valevole della sua attuazione giustamente le cose che allora gli rinfacciarono di più. Padeció errori di ogni calibro, alcuni dei quali procurerò di segnalare, ma quattro o cinque elementi della sua politica sono, a mio giudizio, il più sostanzioso che si possa spumare da un quarto di secolo nella vita pubblica spagnola.
El Sol, 18 dicembre 1925
II
POLITICA E MAGIA
Il pensiero politico dev’essere fisica e non magia. Nella Mecca è il sepolcro di Maometto sospeso nell’aria. I maghi dicono: ecco un corpo che non è sostenuto da nulla. Il fisico, al contrario, si domanda al punto quali forze mantengono in sospensione, quieto nell’atmosfera, quell’oggetto grave. Questo è il senso del pensare fisico: comprendere che ogni realtà, mobile o quieta, è sempre il risultato di forze determinate. La magia, al contrario, non rimpiange le forze e crede che le cose possano esistere senza necessità di esse, gratuitamente.
Así la mayor parte de la gente cree que el Estado o conjunto de las instituciones se puede mantener en pie y funcionar, siempre que no sobrevengan fuerzas extrañas que lo embistan o entorpezcan. Éstas serían las fuerzas revolucionarias. Sobre todo, el temperamento conservador, que es muy suspicaz para todo lo que parezca una acometida contra el Estado, no se preocupa de mirar si el Estado se ha quedado exento de fuerzas sociales que lo nutran y sostengan. Le parece natural que por sí mismo, mágicamente, siga en pie. Y, sin embargo, es de Perogrullo que esto no puede acontecer. Las instituciones existen en la medida que haya dinamismo de vida pública bajo ellas. Así sean las más perfectas imaginables, se paralizarán y morirán si en el país no existen energías sociales de carácter público.
Ahora bien: la Restauración fue —el monumento del Retiro lo dice— la «pacificación». ¡Voluptuosa palabra que resuena desde los collados de Belén! Pero todas las palabras del diccionario son equívocas y ésta también. Al decir «¡Paz!», acuden los hombres de buena voluntad, pero también se sienten aludidos los muertos. Hay una paz mortal o poco menos, y ésta fue la de la Restauración. Se procuró, ante todo, evitar conflictos, y para ello desinteresar de la vida pública a los españoles, que de suyo procuran excusarla. En 1902 no encontraba Silvela el pulso a la Península.
Entre tanto las guerras del 98 habían mostrado el triste desmedro del cuerpo nacional y habían aumentado la postración. Todo estaba por hacer en nuestro país. Suena el vocablo «Regeneración». Pero, ¿cómo ejecutarlo?
En esta hora aparece Maura sobre el área política. Y es curioso advertir que llegando en el momento en que parecía urgente hacerlo todo —riqueza pública, instrucción pública, carreteras, ejército—, Maura no intenta en serio hacer nada de esto. (La única y relativa excepción fue la ley de la escuadra y obedeció a urgencias internacionales). En lugar de atacar estos problemas sustantivos, sale por peteneras. Comienza a atacar a los grupos políticos instalados en las tertulias madrileñas —los «corros». Sin necesidad ninguna se apresura a irritar a las izquierdas. ¿Es un reaccionario? Hoy resulta bien claro que fue todo lo contrario. De la ley sobre el terrorismo, hablaremos. Ello es que mientras denuesta a los radicales y pide suplicatorios contra los diputados, es el hombre que busca más el Parlamento y hasta hace obligatorio el voto. Se susurra que mantiene enérgicamente los fueros del poder legislativo y ejecutivo frente al moderador. ¿Cómo se explica todo esto? Yo no creo que haya habido ningún gran político que no presente una faz equívoca. La extrañeza llega al extremo cuando en aquella España exánime, sin tesoro, sin caminos, sin ejército, sin instrucción, este hombre «vesánico» —es la palabra que entonces preferían las cabezas de cartón— presenta un proyecto de Administración local. ¿No es esto el método de Ollendorf?
La solución del enigma no es difícil. Todo el mundo hablaba de que eran urgentes grandes reformas en España —Hacienda, Guerra, Fomento, Instrucción—, el programa de Costa, política hidráulica, etcétera. Sólo Maura comprendió que casi nadie quería, en serio, esas reformas hondas —como no las quiere todavía hoy—, y que aunque las quisiera alguien no se podían acometer. Para ello era condición imprescindible que las instituciones con que habían de intentarse tales innovaciones gozasen de algún prestigio y vigor. Antes de emprender reformas en España era menester la reforma de España, de la vida pública nacional. Una mise au point de las instituciones, sobre todo de la esencial: el Parlamento. Y lo que urgía reformar de éste no era tanto su ley, su esquema jurídico, sino su situación dinámica, su física. El Parlamento era un fantasma, un ente mágico —el sepulcro de Mahoma. No se apoyaba en fuerzas nacionales suficientes. Unos cuantos grupos profesionales lo mantenían en vilo, ocultos, mediante un truco de prestidigitador como el de la Meca. ¿Y se quería que ese Parlamento sin fuerzas en la nación actuase profundamente en la nación? Claro está que no se quería. Desde hacía muchos años no se gobernaba en España; por eso no se había echado de menos el cimiento social de la institución. El que hubiese querido poner en marcha la máquina habría descubierto el truco. El Parlamento parecía existir a condición de no funcionar, esto es: de no existir. Así se pueden presentar muy bien instituciones en el aire.
En tal coyuntura, lo que parece una cuestión adjetiva y meramente instrumental —suscitar fuerzas de vida pública cuyo dinamismo pueda aprovecharse para hacer marchar las instituciones— se convertía en la cuestión primaria y, en cierto modo, única. Hoy, creo yo, se empieza a ver esto con mayor claridad, se comienza a entender que sin corrientes enérgicas de vida pública no hay que pensar en proyecto alguno de gobernación —ni de derecha ni de izquierda. Hacen falta fuerzas que gobiernen, no Gobiernos de fuerza. Por una curiosa, pero irremediable paradoja, se recurre a Gobiernos de fuerza sólo cuando no hay fuerzas de gobierno.
Éstas fueron la mayor preocupación de Maura. Las fuerzas de gobierno son, por lo pronto, los partidos, las amplias agrupaciones organizadas y disciplinadas para la faena política. Pero estos partidos no se forman tampoco mágicamente. Es menester que millones de hombres se sientan forzados a intervenir de alguna manera en la vida pública; se interesen, se confíen, se apasionen, para poder extraer de ellos unos cientos de miles que se organicen en partidos vigorosos. Ahora bien, esto no se puede lograr si no se levanta presión en todos los ámbitos nacionales y no se dispone la existencia administrativa de villas, lugares y glebas en forma que cada cual se sienta impulsado a intervenir en la cosa pública según el radio de su órbita personal.
Maura intentó esta gran leva de fuerzas públicas por dos medios: uno inmediato, otro indirecto. De ambos, el segundo era el único bueno, profundo, certero, y aunque tímido, digno de su inspiración política: la reforma del régimen local. El otro, el inmediato, revelaba un resto de magia en su espíritu ardiente, que a veces mostraba vislumbres caliginosas de orientalidad. Fue éste el llamamiento a las masas neutras. Creyó que por un conjuro, con unas cuantas voces ungidas, iba la masa neutra a dejar de serlo y tornarse potencia activa. Por recaer en la magia se quedó en el aire, y cayó en política. Le faltó paciencia y le sobró fuego, el fuego que tostaba su tez y daba a su rostro un aspecto cerámico, como de barro cocido en Andújar.
Pero de estos dos medios conviene hablar un poco más.
El Sol, 19 de diciembre de 1925
III
DESCUBRIMIENTO DE LAS PROVINCIAS
No se propone este ensayo la beatificación de don Antonio Maura. Séanos repugnante toda beatería, religiosa o laica, con sus derretimientos y untuosidades, su postura de ojos en blanco, su tozudez y su incapacidad de ver las cosas por los cuatro costados. En vez de beatificarlo se trata de aprovechar para los destinos nacionales la porción de genialidad que hubo en este hombre. Supo ver unas cuantas cosas que parecen las más importantes para una política interior de España. Y hay que salvar esas visiones destacándolas, aislándolas de los errores, excrecencias, concomitancias, y sobre todo de los aspavientos en que Maura abundaba casi tropicalmente. La sazón es inmejorable para que esos capitales teoremas políticos puedan ser entendidos de muchos y entonces se habrá ganado todo. En su hora, las visiones de Maura fueron más bien previsiones. Los hechos que las motivaron eran aún subterráneos. Hoy están en la superficie, a merced de todas las retinas; son, en rigor, la superficie misma. Son, por lo pronto, éstos: la catástrofe de las instituciones y la ausencia extrema de vida pública que llevó a aquélla e impide superarla. Nótese que los pesimistas de hace diez y siete años —y lo eran casi todos los parlamentarios— advertían ya la escasez de vida pública, pero no creían que fuese tan apurada, y sobre todo pensaban que, a pesar de ella, las instituciones podrían sostenerse, ya que no mejorar. «En España no pasa nunca nada» —era su fórmula. Los mejores, llenos de excelente intención, elucubraban sus proyectos de reformas «sustantivas» —Hacienda, Instrucción, Fomento. Con ellos en la mano se dirigían al país. Éste no daba señales de vida. Entonces dejaban caer los brazos, y con el gesto de aceptar una fatalidad decían o pensaban: «¡Es inútil! En España no es posible una política porque no hay fuerzas de opinión con que hacerla».
Aquí está el error de ellos, y lo que, al menos en principio, fue el acierto de Maura. La política no se define por contenidos determinados. Consiste simplemente en proponerse hacer lo que en un país hay que hacer. Si en España no se puede hacer nada o poco más, a causa de no haber fuerzas de vida pública, el político inspirado no duda un momento y comprende que lo que hay que hacer, el único contenido posible de la política, es precisamente crear esas fuerzas inexistentes.
Thus the greater part of people believe that the State or whole of the institutions can maintain itself standing and functioning, provided that no strange forces supervene that assault or hamper it. These would be the revolutionary forces. Above all, the conservative temperament, which is very suspicious of everything that seems an assault against the State, does not worry about looking whether the State has remained free of the social forces that nourish and sustain it. It seems natural to it that by itself, magically, it should continue standing. And, nevertheless, it is a truism that this cannot happen. Institutions exist to the measure that there is dynamism of public life beneath them. Let them be the most perfect imaginable, they will paralyze and die if in the country there do not exist social energies of a public character.
Now then: the Restoration was —the monument of the Retiro says it— the «pacification». Voluptuous word that resounds from the hills of Bethlehem! But all the words of the dictionary are equivocal and this one too. On saying «Peace!», the men of good will hasten, but also the dead feel alluded to. There is a peace that is mortal or nearly so, and this was that of the Restoration. One tried, above all, to avoid conflicts, and to that end to disinterest the Spaniards from public life, who of themselves try to excuse it. In 1902 Silvela could not find the pulse of the Peninsula.
Meanwhile the wars of ‘98 had shown the sad decline of the national body and had increased the prostration. Everything was to be done in our country. The word «Regeneration» sounds. But, how to execute it?
At this hour Maura appears upon the political area. And it is curious to note that arriving at the moment in which it seemed urgent to do everything —public wealth, public instruction, roads, army—, Maura does not seriously attempt to do any of this. (The only and relative exception was the fleet law and it obeyed international urgencies). Instead of attacking these substantive problems, he goes off on tangents. He begins to attack the political groups installed in the Madrid tertulias —the «corros». Without any need he hastens to irritate the lefts. Is he a reactionary? Today it turns out quite clear that he was all the contrary. Of the law on terrorism, we shall speak. The fact is that while he denounces the radicals and asks for suplicatorios against the deputies, he is the man who seeks Parliament most and even makes voting obligatory. It is whispered that he energetically maintains the prerogatives of the legislative and executive power before the moderator. How is all this explained? I do not believe that there has been any great politician who does not present an equivocal face. The strangeness reaches its extreme when in that exanimate Spain, without treasure, without roads, without army, without instruction, this «maniacal» man —it is the word that the cardboard heads preferred then— presents a project of local Administration. Is this not the Ollendorf method?
The solution of the enigma is not difficult. Everybody talked about how urgent great reforms in Spain were —Treasury, War, Development, Instruction—, Costa’s program, hydraulic policy, etcetera. Only Maura understood that almost no one wanted, seriously, those deep reforms —just as no one wants them still today—, and that even if someone wanted them they could not be undertaken. For that, an indispensable condition was that the institutions with which such innovations were to be attempted should enjoy some prestige and vigor. Before undertaking reforms in Spain it was necessary the reform of Spain, of national public life. A mise au point of the institutions, above all of the essential one: Parliament. And what it was urgent to reform in it was not so much its law, its juridical scheme, but its dynamic situation, its physics. Parliament was a ghost, a magical entity —the tomb of Mohammed. It did not rest upon sufficient national forces. A few professional groups held it up, hidden, by means of a conjurer’s trick like that of Mecca. And it was wanted that that Parliament without forces in the nation should act profoundly upon the nation? Clearly it was not wanted. For many years Spain had not been governed; for that reason the social foundation of the institution had not been missed. Whoever had wanted to set the machine in motion would have discovered the trick. Parliament seemed to exist on condition of not functioning, that is: of not existing. Thus institutions in the air can be very well presented.
In such a juncture, what seems an adjective and merely instrumental question —arousing forces of public life whose dynamism can be taken advantage of to make the institutions march— became the primary and, in a certain way, only question. Today, I believe, one begins to see this with greater clarity, one begins to understand that without energetic currents of public life there is no thinking of any project of governance —neither of the right nor of the left. Forces that govern are needed, not Governments of force. By a curious, but irremediable paradox, one resorts to Governments of force only when there are no forces of government.
These were Maura’s greatest preoccupation. The forces of government are, in the first place, the parties, the broad organized and disciplined groupings for the political task. But these parties are not formed magically either. It is necessary that millions of men feel forced to intervene in some manner in public life; become interested, trust, become passionate, in order to be able to extract from them a few hundred thousand who organize themselves into vigorous parties. Now then, this cannot be achieved if pressure is not raised in all the national spheres and the administrative existence of towns, places and glebes is not disposed in such a way that each one feels impelled to intervene in the public thing according to the radius of his personal orbit.
Maura attempted this great raising of public forces by two means: one immediate, another indirect. Of both, the second was the only good, deep, sure one, and although timid, worthy of his political inspiration: the reform of the local regime. The other, the immediate one, revealed a residue of magic in his ardent spirit, which sometimes showed murky gleams of orientalism. This was the appeal to the neutral masses. He believed that by a spell, with a few anointed voices, the neutral mass was going to cease being so and become active power. For falling back into magic it remained in the air, and fell into politics. He lacked patience and had too much fire, the fire that toasted his complexion and gave his face a ceramic aspect, like of clay baked in Andújar.
But of these two means it is worth speaking a little more.
El Sol, 19 December 1925
III
DISCOVERY OF THE PROVINCES
This essay does not propose the beatification of don Antonio Maura. Repugnant to us be every bigotry, religious or lay, with its meltings and unctuousness, its posture of eyes turned up, its stubbornness and its incapacity to see things from all four sides. Instead of beatifying him, the thing is to take advantage for national destinies of the portion of genius that there was in this man. He knew how to see a few things that seem the most important for an interior policy of Spain. And those visions must be saved by highlighting them, isolating them from the errors, excrescences, concomitances, and above all from the histrionics in which Maura abounded almost tropically. The season is the best possible for those capital political theorems to be understood by many, and then everything will have been won. In his hour, Maura’s visions were rather foresights. The facts that motivated them were still underground. Today they are on the surface, at the mercy of all retinas; they are, strictly, the surface itself. They are, in the first place, these: the catastrophe of the institutions and the extreme absence of public life that led to it and prevents overcoming it. Note that the pessimists of seventeen years ago —and almost all the parliamentarians were so— already noticed the scarcity of public life, but did not believe it was so drained, and above all thought that, despite it, the institutions could hold up, if not improve. «In Spain nothing ever happens» —was their formula. The best ones, full of excellent intention, lucubrated their projects of «substantive» reforms —Treasury, Instruction, Development. With them in hand they directed themselves to the country. This gave no signs of life. Then they let their arms fall, and with the gesture of accepting a fatality they said or thought: «It is useless! In Spain a politics is not possible because there are no forces of opinion with which to make it».
Here is their error, and what, at least in principle, was Maura’s success. Politics is not defined by determined contents. It consists simply in proposing to do what in a country there is to be done. If in Spain nothing or little more can be done, cause there being no forces of public life, the inspired politician does not doubt for a moment and understands that what there is to be done, the only possible content of politics, is precisely to create those nonexistent forces.
Così la maggior parte della gente crede che lo Stato o insieme delle istituzioni si possa mantenere in piedi e funzionare, sempre che non sopravvengano forze estranee che lo investano o intralcino. Queste sarebbero le forze rivoluzionarie. Soprattutto, il temperamento conservatore, che è molto sospettoso per tutto ciò che sembri un’imboscata contro lo Stato, non si preoccupa di guardare se lo Stato sia rimasto esente di forze sociali che lo nutrano e sostengano. Gli sembra naturale che per se stesso, magicamente, continui in piedi. E, nondimeno, è ovvio che questo non può accadere. Le istituzioni esistono nella misura in cui ci sia dinamismo di vita pubblica sotto di esse. Siano pure le più perfette immaginabili, si paralizzeranno e moriranno se nel paese non esistono energie sociali di carattere pubblico.
Orbene: la Restaurazione fu —il monumento del Retiro lo dice— la «pacificazione». Voluttuosa parola che risuona dai colli di Betlemme! Ma tutte le parole del dizionario sono equivoche e anche questa. Al dire «Pace!», accorrono gli uomini di buona volontà, ma anche si sentono allusi i morti. C’è una pace mortale o poco meno, e questa fu quella della Restaurazione. Si procurò, anzitutto, evitare conflitti, e per ciò disinteressare dalla vita pubblica gli spagnoli, che da sé procurano di scansarla. Nel 1902 non trovava Silvela il polso alla Penisola.
Intanto le guerre del 98 avevano mostrato il triste deperimento del corpo nazionale e avevano aumentato la prostrazione. Tutto era da fare nel nostro paese. Suona il vocabolo «Rigenerazione». Ma, come eseguirlo?
In quest’ora appare Maura sull’area politica. Ed è curioso avvertire che arrivando nel momento in cui sembrava urgente fare tutto —ricchezza pubblica, istruzione pubblica, strade, esercito—, Maura non tenta sul serio di fare nulla di questo. (L’unica e relativa eccezione fu la legge della squadra e obbedì a urgenze internazionali). Invece di attaccare questi problemi sostantivi, esce per le tangenti. Comincia ad attaccare i gruppi politici installati nelle tertulie madrilene —i «corros». Senza necessità alcuna si affretta a irritare le sinistre. È un reazionario? Oggi risulta ben chiaro che fu tutto il contrario. Della legge sul terrorismo, parleremo. Sta di fatto che mentre denigra i radicali e chiede supplicatori contro i deputati, è l’uomo che cerca di più il Parlamento e fino a rende obbligatorio il voto. Si sussurra che mantiene energicamente le prerogative del potere legislativo ed esecutivo di fronte al moderatore. Come si spiega tutto questo? Io non credo che ci sia stato nessun grande politico che non presenti una faccia equivoca. La stranezza arriva all’estremo quando in quella Spagna esanime, senza tesoro, senza strade, senza esercito, senza istruzione, quest’uomo «vesanico» —è la parola che allora preferivano le teste di cartone— presenta un progetto di Amministrazione locale. Non è questo il metodo di Ollendorf?
La soluzione dell’enigma non è difficile. Tutto il mondo parlava che erano urgenti grandi riforme in Spagna —Finanze, Guerra, Sviluppo, Istruzione—, il programma di Costa, politica idraulica, eccetera. Solo Maura comprese che quasi nessuno voleva, sul serio, quelle riforme profonde —come non le vuole ancora oggi—, e che anche se qualcuno le volesse non si potevano intraprendere. Per ciò era condizione imprescindibile che le istituzioni con cui si dovevano tentare tali innovazioni godessero di qualche prestigio e vigore. Prima di intraprendere riforme in Spagna era mestieri la riforma della Spagna, della vita pubblica nazionale. Una mise au point delle istituzioni, soprattutto dell’essenziale: il Parlamento. E ciò che urgeva riformare di questo non era tanto la sua legge, il suo schema giuridico, ma la sua situazione dinamica, la sua fisica. Il Parlamento era un fantasma, un ente magico —il sepolcro di Maometto. Non si appoggiava in forze nazionali sufficienti. Qualche gruppo professionale lo manteneva in sospeso, occulto, mediante un trucco di prestigiatore come quello della Mecca. E si voleva che quel Parlamento senza forze nella nazione agisse profondamente nella nazione? Chiaro sta che non si voleva. Da molti anni non si governava in Spagna; perciò non si era rimpianto il fondamento sociale dell’istituzione. Colui che avesse voluto mettere in marcia la macchina avrebbe scoperto il trucco. Il Parlamento sembrava esistere a condizione di non funzionare, cioè: di non esistere. Così si possono presentare molto bene istituzioni nell’aria.
In tale congiuntura, ciò che sembra una questione aggettiva e meramente strumentale —suscitare forze di vita pubblica il cui dinamismo possa approfittarsi per fare marciare le istituzioni— si convertiva nella questione primaria e, in certo modo, unica. Oggi, credo io, si comincia a vedere questo con maggiore chiarezza, si comincia a intendere che senza correnti energiche di vita pubblica non c’è da pensare ad alcun progetto di governanza —né di destra né di sinistra. Fanno bisogno forze che governino, non Governi di forza. Per una curiosa, ma irremediabile paradosso, si ricorre a Governi di forza solo quando non ci sono forze di governo.
Queste furono la maggiore preoccupazione di Maura. Le forze di governo sono, per il pronto, i partiti, le ampie aggregazioni organizzate e disciplinate per la faccenda politica. Ma questi partiti non si formano nemmeno magicamente. È mestieri che milioni di uomini si sentano forzati a intervenire in qualche maniera nella vita pubblica; si interessino, si confidino, si appassionino, per poter estrarre da essi qualche centinaio di migliaia che si organizzino in partiti vigorosi. Orbene, questo non si può ottenere se non si solleva pressione in tutti gli ambiti nazionali e non si dispone l’esistenza amministrativa di ville, luoghi e glebe in forma che ciascuno si senta spinto a intervenire nella cosa pubblica secondo il raggio della sua orbita personale.
Maura tentò questa grande leva di forze pubbliche per due mezzi: uno immediato, un altro indiretto. Di entrambi, il secondo era l’unico buono, profondo, infallibile, e sebbene timido, degno della sua ispirazione politica: la riforma del regime locale. L’altro, l’immediato, rivelava un resto di magia nel suo spirito ardente, che a volte mostrava baleni caliginosi di orientalità. Fu questo il richiamo alle masse neutre. Credette che per un sortilegio, con qualche voce unta, la massa neutra sarebbe andata a smettere di esserlo e diventare potenza attiva. Per ricadere nella magia restò nell’aria, e cadde in politica. Gli mancò pazienza e gli avanzò fuoco, il fuoco che abbrustoliva la sua tez e dava al suo volto un aspetto ceramico, come di fango cotto ad Andújar.
Ma di questi due mezzi conviene parlare un poco di più.
El Sol, 19 dicembre 1925
III
SCOPERTA DELLE PROVINCE
Non si propone questo saggio la beatificazione di don Antonio Maura. Ci sia ripugnante ogni bigottismo, religioso o laico, con i suoi squagliamenti e untuosità, la sua postura di occhi al cielo, la sua testardaggine e la sua incapacità di vedere le cose dai quattro lati. Invece di beatificarlo si tratta di approfittare per i destini nazionali la porzione di genialità che ci fu in quest’uomo. Seppe vedere alcune cose che sembrano le più importanti per una politica interna della Spagna. E bisogna salvare quelle visioni mettendole in risalto, isolandole dagli errori, escrescenze, concomitanze, e soprattutto dagli spaventi in cui Maura abbondava quasi tropicalmente. La stagione è inmejorable perché quei capitali teoremi politici possano essere intesi da molti e allora si sarà guadagnato tutto. Nella sua ora, le visioni di Maura furono piuttosto previsioni. I fatti che le motivarono erano ancora sotterranei. Oggi sono alla superficie, a mercé di tutte le retine; sono, in rigore, la superficie stessa. Sono, per il pronto, questi: la catastrofe delle istituzioni e l’assenza estrema di vita pubblica che portò a quella e impedisce di superarla. Notisi che i pessimisti di diciassette anni fa —e lo erano quasi tutti i parlamentari— avvertivano già la scarsità di vita pubblica, ma non credevano che fosse tanto spossata, e soprattutto pensavano che, nonostante essa, le istituzioni potessero sostenersi, già che non migliorare. «In Spagna non passa mai nulla» —era la loro formula. I migliori, pieni di eccellente intenzione, elucubravano i loro progetti di riforme «sostantive» —Finanze, Istruzione, Sviluppo. Con essi in mano si dirigevano al paese. Questo non dava segnali di vita. Allora lasciavano cadere le braccia, e col gesto di accettare una fatalità dicevano o pensavano: «È inutile! In Spagna non è possibile una politica perché non ci sono forze di opinione con cui farla».
Qui sta l’errore loro, e ciò che, almeno in principio, fu l’azzeccato di Maura. La politica non si definisce per contenuti determinati. Consiste semplicemente nel proporsi di fare ciò che in un paese c’è da fare. Se in Spagna non si può fare nulla o poco più, a causa di non esserci forze di vita pubblica, il politico ispirato non dubita un momento e comprende che ciò che c’è da fare, l’unico contenuto possibile della politica, è precisamente creare quelle forze inesistenti.
Tal es el primer punto que conviene destacar y aislar en el pensamiento político de Maura. Abstraiga, por un momento, el lector de todo lo demás que en la figura y gestos de este hombre le sea menos simpático. Descienda al fondo insobornable de sí mismo, y pregúntese si no es utópico todo intento de reforma «material» en España mientras no se reforme la «forma» de nuestra vida pública, la situación dinámica del cuerpo ciudadano. Hoy no existe grupo alguno de opinión que tenga fuerza bastante para mandar cantar a un ciego. No se vislumbra quién, ni cómo, ni por qué va a gobernar mañana. Sólo se sabe que gobernará —mejor dicho, que parecerá gobernar— cualquiera, indiferentemente cualquiera, porque, sea quien sea, carecerá de asentamiento político en el país. De éste lo más que se puede sacar es un «no», activo o pasivo, contra todo el que gobierne más de quince días.
Se ha llegado, pues, de hecho, y no sólo como anticipación intuitiva, a un estado en que todos, radicales y conservadores, tienen un grave interés común: el de suspender toda otra política y dar prelación a este solo y único problema: ¿cómo es posible levantar presión de vida pública en España?
«Ausencia de ciudadanía», solía decir Maura, dando al problema una expresión que no me parece afortunada. Porque dicho así, toma el aire de una reconvención en que se inculpa al país, y esto es tan poco congruente como si el médico inculpase al enfermo porque le presenta un hígado en compota. Este tono de reprimenda escolar, iniciado por Maura, se ha hecho habitual en los últimos tiempos. Durante ellos yo —y supongo que los demás parejamente— no podía leer las declaraciones oficiales sin sentirme colegial de primero de latín, forzado a aguantar palmetazos de un dómine que me imponía dogmáticamente lo que debía o no pensar y me obligaba a aprender en la Gaceta si era yo chico bueno o malo. Es de esperar que se gaste pronto este stock de pedantería gubernamental y volvamos a formas de elocución política menos impertinentes.
Si no hay ciudadanía, por alguna causa será. Esta causa debe escrutar el político e imaginar los medios de extirparla.
Y aquí viene el segundo punto en que, a mi juicio, Maura supo ver la verdad, aunque menos claramente que en el primero.
¿Por qué no hay vida pública en España? La pregunta es tremenda y titularía un mamotreto. Pero reduzcamos su sentido a términos rigorosos y manejables.
Vida pública no es, sin más ni más, vida política. El vecino de un pueblo a quien sus intereses egoístas o sus convicciones ideales —para el caso es igual— llevan a ayudar con su voto, deliberadamente y con cierta continuidad, a una política, ejerce actos de vida pública, pero no es por ello un político. Ni siquiera necesita estar adscrito a un partido, y no es forzoso que tenga «ideales». Basta con que, por unos u otros motivos, así sean los más privados, acostumbre a tomar resoluciones que desembocan en actos de vida pública, a preferir unos programas a otros, unos hombres públicos a otros. Este mínimum de vida pública es el necesario. La vida política, en cambio, supone que nos «dedicamos» a la vida pública, que hacemos de ella una de nuestras principales ocupaciones. Pero esto no es necesario ni exigible. Además no podrá existir vida política sino como condensación de mucha vida pública. El mínimun de ésta, antedicho, es lo que hay que pretender y suscitar.
Hubo un tiempo en que se pensó que España toda podía vivir políticamente de la vida pública que hubiese en Madrid. En algunas naciones, Francia por ejemplo, ha podido vivir la provincia durante un siglo de la espiritualidad de todo orden, incluso política, que irradiaba de la capital. En España fue sólo una ilusión. Madrid no cumplió, en ningún sentido —tampoco en el intelectual— su misión de capitalidad. Madrid ha fracasado. Yo lo siento mucho porque soy madrileño; pero creo que a fuer de buen madrileño debo aminorar el fracaso poniéndole el único remedio, que es… reconocerlo. Recuerdo haber escrito hace ya mucho tiempo que el dato de sociología política más importante en esta etapa española es haberse trasferido el centro de gravedad nacional de Madrid a provincias. Antes las provincias creían en Madrid, seguían dócilmente sus inspiraciones, vivían de la vida capital. Ahora han retirado su adhesión; pero, exentas aún de vida pública propia, resulta que hemos llegado al cero dinámico.
Ésta fue la segunda gran intuición de Maura. La fuerza de vida pública que falta y hay que suscitar sólo es posible en la provincia. Para ello es preciso modificar la existencia provinciana. Con tal finalidad, Maura elabora su proyecto de Administración local. El propósito fue egregio —para mí el único importante, decisivo, que hoy cabe adoptar en España. Pero las líneas de su realización resultaron desdibujadas. Maura diagnosticó mal los defectos de la vida provincial. ¿Por qué?
La respuesta equivale a contestar esta otra pregunta sobremanera actual: dadas las provincias españolas, ¿cómo es posible despertar su vitalidad pública? Con ello arribaremos al tercer ingrediente de la mejor, de la única política.
El Sol, 22 de diciembre de 1925
IV
LA REFORMA LOCAL
En 1902 comienza Maura a exponer sus ideas sobre reforma de la Administración local. Durante doce años no cesará de combatir en su pro. La calidad de la inspiración política, la constancia, denuedo y convicción que puso en su servicio dan a esta empresa un rango aparte y único en la historia de la gobernación española durante los últimos treinta o cuarenta años. La ley de Administración local —o para ceñirme más a lo que pienso—, la idea que inspiró esa ley, proporciona a la figura de Maura una dimensión de gran político que no logro encontrar en ningún otro hombre de cuantos operaron públicamente en la misma época.
Todo lo demás que Maura ha hecho y sido en bien y en mal tiene que ser relegado a un plano secundario a fin de dejar solitaria, en su prócer rango, esta gran intuición del gran levantino. Y no es objeción contra el superlativo de este encomio el hecho de que sean aún muy pocos los dispuestos a hallarlo justificado. No serán las personas, sino las realidades y el tiempo que las trae al hombro, quienes aportarán el asentimiento.
Porque no es cosa fácil hallar en nuestra tierra gentes resueltas a enfrontar un tema, sea el que sea, artístico o científico, religioso o político, con el esfuerzo de la reflexión. Se prefiere juzgar por impresión. Pero la impresión es sólo la reacción intelectual ante lo que se ve, ante la apariencia. Con ella no es posible abordar ninguna verdad repuesta y de trastierra, cuya pesquisa requiere precisamente desasirse de lo aparente, negar su importancia y poner la proa a ultranza.
Nos hallamos al comienzo de una serie penosa de vicisitudes políticas. Cada jornada traerá su cambio, cruento o manso, pero siempre estéril o al menos sin otra fertilidad que hacer patente un nuevo error al querer ensayarlo. Será preciso que agotemos el capital de posibles equivocaciones para que un buen día nos encontremos ante el cuerpo de la verdad, tiritando de puro desnudo. Unos dirán que en España hace falta libertad, y tienen tanta razón que resulta demasiada. Porque, de cierto, nadie que cuente duda de ello en serio: la duda comienza al preguntarnos cómo España puede tener, en serio, libertad. Otros dirán que lo urgente es autoridad, y tampoco les falta razón. Pero la autoridad no se manda hacer ni consiste en que un Gobierno se titule de fuerza y haga desde la Gaceta ostentación de sus bíceps, como un Hércules de feria. Se olvida que libertad y autoridad son resultados de la vida pública existente en un país, y, además, son recíprocas. Sólo un Gobierno que goce de autoridad puede, en serio, darse el lujo de ser liberal, y sólo un Gobierno liberal, es decir, fundado en la libre y fervorosa aquiescencia de muchos ciudadanos, emitirá ese influjo irradiante que es la autoridad. Si mañana sobreviene un Gobierno que se titule liberal, pero que no sea, por otras razones diferentes de la libertad, respetable, no podrá menos de suspender las libertades para sostenerse una semana. Libertad y autoridad son resultados; quererlos no es buscarlos a ellos, sino a sus ingredientes y factores, que suelen ser distintos del producto.
Such is the first point that it is fitting to highlight and isolate in Maura’s political thought. Let the reader abstract, for a moment, from everything else that in the figure and gestures of this man is less sympathetic to him. Let him descend to the unbribable depth of himself, and ask himself whether every attempt at «material» reform in Spain is not utopian while the «form» of our public life, the dynamic situation of the citizen body, is not reformed. Today there exists no group of opinion that has force enough to make a blind man sing. One does not glimpse who, nor how, nor why is going to govern tomorrow. Only one knows that anyone will govern —better said, will seem to govern—, anyone, indifferently anyone, because, whoever he be, he will lack political settlement in the country. Of this the most one can draw is a «no», active or passive, against whoever governs more than fifteen days.
One has arrived, then, in fact, and not only as an intuitive anticipation, at a state in which all, radicals and conservatives, have a grave common interest: that of suspending every other policy and giving prelation to this sole and unique problem: how is it possible to raise pressure of public life in Spain?
«Absence of citizenship», Maura used to say, giving to the problem an expression that does not seem to me fortunate. Because said thus, it takes on the air of a reproach in which the country is blamed, and this is as little congruous as if the physician blamed the patient because he presents him a liver in compote. This tone of schoolmasterly reprimand, initiated by Maura, has become habitual in recent times. During them I —and I suppose the others likewise— could not read the official declarations without feeling myself a first-year Latin schoolboy, forced to endure raps of a pedant who imposed on me dogmatically what I should or should not think and obliged me to learn in the Gaceta whether I was a good or bad boy. It is to be hoped that this stock of governmental pedantry will soon be spent and we return to forms of political elocution less impertinent.
If there is no citizenship, it will be for some cause. This cause the politician must scrutinize and imagine the means of extirpating it.
And here comes the second point in which, in my judgment, Maura knew how to see the truth, although less clearly than in the first.
Why is there no public life in Spain? The question is tremendous and would title a huge tome. But let us reduce its sense to rigorous and manageable terms.
Public life is not, without more, political life. The neighbor of a town whom his selfish interests or his ideal convictions —for the case it is the same— lead to help with his vote, deliberately and with a certain continuity, a policy, exercises acts of public life, but he is not for that a politician. He does not even need to be attached to a party, and it is not necessary that he have «ideals». It is enough that, for one or another motives, be they the most private, he be accustomed to take resolutions that debouch into acts of public life, to prefer some programs to others, some public men to others. This minimum of public life is the necessary one. Political life, on the contrary, supposes that we «devote» ourselves to public life, that we make of it one of our principal occupations. But this is neither necessary nor demandable. Moreover, political life cannot exist except as a condensation of much public life. The minimum of the latter, aforesaid, is what must be sought and aroused.
There was a time when it was thought that all Spain could live politically from the public life that there might be in Madrid. In some nations, France for example, the province has been able to live for a century from the spirituality of every order, even political, that radiated from the capital. In Spain it was only an illusion. Madrid did not fulfill, in any sense —not even in the intellectual— its mission of capitality. Madrid has failed. I am very sorry because I am a Madrilenian; but I believe that as a good Madrilenian I ought to diminish the failure by putting it the only remedy, which is… to recognize it. I remember having written already a long time ago that the most important datum of political sociology in this Spanish stage is that the national center of gravity has transferred from Madrid to the provinces. Before, the provinces believed in Madrid, followed docilely its inspirations, lived from the capital life. Now they have withdrawn their adherence; but, still free of their own public life, it turns out that we have arrived at the dynamic zero.
This was the second great intuition of Maura. The force of public life that is lacking and must be aroused is only possible in the province. For that it is necessary to modify the provincial existence. With such a purpose, Maura elaborates his project of local Administration. The purpose was egregious —for me the only important, decisive one that today can be adopted in Spain. But the lines of its realization turned out blurred. Maura diagnosed badly the defects of provincial life. Why?
The answer is equivalent to answering this other question, exceedingly current: given the Spanish provinces, how is it possible to awaken their public vitality? With this we shall arrive at the third ingredient of the best, of the only politics.
El Sol, 22 December 1925
IV
THE LOCAL REFORM
In 1902 Maura begins to set forth his ideas on the reform of local Administration. For twelve years he will not cease to fight in its favor. The quality of the political inspiration, the constancy, courage and conviction that he put at its service give this enterprise a separate and unique rank in the history of Spanish governance during the last thirty or forty years. The law of local Administration —or to keep closer to what I think—, the idea that inspired that law, provides Maura’s figure a dimension of great politician that I cannot find in any other man of all those who operated publicly in the same epoch.
Everything else that Maura has done and been, in good and in evil, must be relegated to a secondary plane in order to leave solitary, in its lofty rank, this great intuition of the great Levantine. And it is no objection against the superlative of this praise the fact that there are still very few disposed to find it justified. It will not be persons, but realities and the time that carries them on its shoulders, that will bring the assent.
Because it is not an easy thing to find in our land people resolved to face a theme, be it what it may, artistic or scientific, religious or political, with the effort of reflection. One prefers to judge by impression. But impression is only the intellectual reaction before what is seen, before appearance. With it it is not possible to approach any hidden and hinterland truth, whose quest requires precisely to strip oneself of the apparent, to deny its importance and set the prow at all cost.
We find ourselves at the beginning of a painful series of political vicissitudes. Each day will bring its change, bloody or gentle, but always sterile or at least without other fertility than making patent a new error in wanting to try it. It will be necessary that we exhaust the capital of possible mistakes so that one fine day we find ourselves before the body of truth, shivering with pure nakedness. Some will say that Spain needs freedom, and they have so much reason that it turns out too much. Because, certainly, no one who counts doubts it seriously: the doubt begins when we ask ourselves how Spain can have, seriously, freedom. Others will say that what is urgent is authority, and they too are not lacking reason. But authority is not made to order nor does it consist in a Government entitling itself of force and making from the Gaceta a display of its biceps, like a fairground Hercules. It is forgotten that freedom and authority are results of the public life existing in a country, and, moreover, are reciprocal. Only a Government that enjoys authority can, seriously, afford the luxury of being liberal, and only a liberal Government, that is, founded on the free and fervent acquiescence of many citizens, will emit that radiating influence which is authority. If tomorrow there supervenes a Government that entitles itself liberal, but that is not, for other reasons different from liberty, respectable, it will not be able to do less than suspend the liberties to hold itself up for a week. Freedom and authority are results; wanting them is not seeking them, but their ingredients and factors, which are usually different from the product.
Tale è il primo punto che conviene mettere in risalto e isolare nel pensiero politico di Maura. Astragga, per un momento, il lettore da tutto il resto che nella figura e nei gesti di quest’uomo gli sia meno simpatico. Scenda al fondo incorruttibile di se stesso, e si domandi se non è utopico ogni tentativo di riforma «materiale» in Spagna mentre non si riformi la «forma» della nostra vita pubblica, la situazione dinamica del corpo cittadino. Oggi non esiste gruppo alcuno di opinione che abbia forza bastante per fare cantare un cieco. Non si intravede chi, né come, né perché andrà a governare domani. Solo si sa che governerà —meglio detto, che sembrerà governare— chiunque, indifferentemente chiunque, perché, sia chi sia, mancherà di assestamento politico nel paese. Di questo al più che si può estrarre è un «no», attivo o passivo, contro chiunque governi più di quindici giorni.
Si è arrivati, dunque, di fatto, e non solo come anticipazione intuitiva, a uno stato in cui tutti, radicali e conservatori, hanno un grave interesse comune: quello di sospendere ogni altra politica e dare prelazione a questo solo e unico problema: come è possibile sollevare pressione di vita pubblica in Spagna?
«Assenza di cittadinanza», soleva dire Maura, dando al problema un’espressione che non mi sembra felice. Perché detto così, prende l’aria di un rimprovero in cui si inculpa il paese, e questo è tanto poco congruente come se il medico inculpasse il malato perché gli presenta un fegato in composta. Questo tono di reprimenda scolastica, iniziato da Maura, si è fatto abituale negli ultimi tempi. Durante essi io —e suppongo che gli altri parimenti— non potevo leggere le dichiarazioni ufficiali senza sentirmi scolaro di prima latino, forzato a sopportare scapaccioni di un pedante che mi imponeva dogmaticamente ciò che dovevo o no pensare e mi obbligava a imparare nella Gazzetta se ero ragazzo buono o cattivo. È da sperare che si esaurisca presto questo stock di pedanteria governativa e torniamo a forme di elocuzione politica meno impertinenti.
Se non c’è cittadinanza, per qualche causa sarà. Questa causa deve scrutarla il politico e immaginare i mezzi di estirparla.
E qui viene il secondo punto in cui, a mio giudizio, Maura seppe vedere la verità, sebbene meno chiaramente che nel primo.
Perché non c’è vita pubblica in Spagna? La domanda è tremenda e intitolerebbe un tomo enorme. Ma riduciamo il suo senso a termini rigorosi e maneggevoli.
Vita pubblica non è, senza più, vita politica. Il vicino di un paese che i suoi interessi egoisti o le sue convinzioni ideali —per il caso è uguale— portano ad aiutare col suo voto, deliberatamente e con certa continuità, una politica, esercita atti di vita pubblica, ma non è per questo un politico. Nemmeno ha bisogno di essere adscritto a un partito, e non è forzoso che abbia «ideali». Basta che, per uni o altri motivi, siano pure i più privati, soleva prendere risoluzioni che sboccano in atti di vita pubblica, a preferire alcuni programmi ad altri, alcuni uomini pubblici ad altri. Questo minimum di vita pubblica è il necessario. La vita politica, al contrario, suppone che ci «dedichiamo» alla vita pubblica, che facciamo di essa una delle nostre principali occupazioni. Ma questo non è necessario né esigibile. Inoltre non potrà esistere vita politica se non come condensazione di molta vita pubblica. Il minimo di questa, antedetto, è ciò che bisogna pretendere e suscitare.
Ci fu un tempo in cui si pensò che tutta la Spagna potesse vivere politicamente della vita pubblica che ci fosse a Madrid. In alcune nazioni, la Francia per esempio, ha potuto vivere la provincia per un secolo della spiritualità di ogni ordine, anche politica, che irradiava dalla capitale. In Spagna fu solo un’illusione. Madrid non compì, in nessun senso —nemmeno nell’intellettuale— la sua missione di capitalità. Madrid ha fallito. Me ne dispiace molto perché sono madrileno; ma credo che a forza di buon madrileno debba diminuire il fallimento mettendogli l’unico rimedio, che è… riconoscerlo. Ricordo di aver scritto già da molto tempo che il dato di sociologia politica più importante in questa tappa spagnola è essersi trasferito il centro di gravità nazionale da Madrid alle province. Prima le province credevano in Madrid, seguivano docilmente le sue ispirazioni, vivevano della vita capitale. Ora hanno ritirato la loro adesione; ma, esenti ancora di vita pubblica propria, risulta che siamo arrivati allo zero dinamico.
Questa fu la seconda grande intuizione di Maura. La forza di vita pubblica che manca e bisogna suscitare solo è possibile nella provincia. Per ciò è necessario modificare l’esistenza provinciana. Con tale finalità, Maura elabora il suo progetto di Amministrazione locale. Il proposito fu egregio —per me l’unico importante, decisivo, che oggi si possa adottare in Spagna. Ma le linee della sua realizzazione risultarono sbiadite. Maura diagnosticò male i difetti della vita provinciale. Perché?
La risposta equivale a contestare quest’altra domanda oltremodo attuale: date le province spagnole, come è possibile risvegliare la loro vitalità pubblica? Con ciò arriveremo al terzo ingrediente della migliore, dell’unica politica.
El Sol, 22 dicembre 1925
IV
LA RIFORMA LOCALE
Nel 1902 comincia Maura a esporre le sue idee sulla riforma dell’Amministrazione locale. Durante dodici anni non cesserà di combattere in suo favore. La qualità dell’ispirazione politica, la costanza, il coraggio e la convinzione che mise al suo servizio danno a questa impresa un rango a parte e unico nella storia della governanza spagnola durante gli ultimi trenta o quarant’anni. La legge di Amministrazione locale —o per cingermi più a ciò che penso—, l’idea che ispirò quella legge, fornisce alla figura di Maura una dimensione di grande politico che non riesco a trovare in nessun altro uomo di quanti operarono pubblicamente nella stessa epoca.
Tutto il resto che Maura ha fatto ed è stato in bene e in male deve essere relegato a un piano secondario al fine di lasciare solitaria, nel suo procero rango, questa grande intuizione del grande levantino. E non è obiezione contro il superlativo di questo encomio il fatto che siano ancora molto pochi i disposti a trovarlo giustificato. Non saranno le persone, ma le realtà e il tempo che le porta in spalla, ad apportare l’assenso.
Perché non è cosa facile trovare nella nostra terra genti risolute ad affrontare un tema, sia quello che sia, artistico o scientifico, religioso o politico, con lo sforzo della riflessione. Si preferisce giudicare per impressione. Ma l’impressione è solo la reazione intellettuale dinanzi a ciò che si vede, dinanzi all’apparenza. Con essa non è possibile affrontare nessuna verità riposta e di retroterra, la cui ricerca esige precisamente di spogliarsi dell’apparente, negare la sua importanza e mettere la prua a oltranza.
Ci troviamo al cominciamento di una serie penosa di vicissitudini politiche. Ogni giornata porterà il suo cambiamento, cruento o mansueto, ma sempre sterile o almeno senza altra fertilità che fare palese un nuovo errore al volerlo provare. Sarà necessario che esauriamo il capitale di possibili equivocazioni perché un buon giorno ci troviamo dinanzi al corpo della verità, tremando di puro nudo. Alcuni diranno che in Spagna fa mancanza libertà, e hanno tanta ragione che risulta troppa. Perché, di certo, nessuno che conti ne dubita sul serio: il dubbio comincia al domandarci come la Spagna possa avere, sul serio, libertà. Altri diranno che l’urgente è autorità, e nemmeno a loro manca ragione. Ma l’autorità non si manda fare né consiste in che un Governo si intitoli di forza e faccia dalla Gazzetta ostentazione dei suoi bicipiti, come un Ercole di fiera. Si dimentica che libertà e autorità sono risultati della vita pubblica esistente in un paese, e, inoltre, sono reciproche. Solo un Governo che goda di autorità può, sul serio, permettersi il lusso di essere liberale, e solo un Governo liberale, cioè, fondato nella libera e fervorosa acquiescenza di molti cittadini, emetterà quell’influsso irradiante che è l’autorità. Se domani sopravviene un Governo che si intitoli liberale, ma che non sia, per altre ragioni differenti dalla libertà, rispettabile, non potrà fare a meno di sospendere le libertà per sostenersi una settimana. Libertà e autorità sono risultati; volerli non è cercare essi, ma i loro ingredienti e fattori, che sogliono essere differenti dal prodotto.
Maura, que quería ambas cosas —libertad y autoridad—, se esforzó en crear sus condiciones. Vio a su modo y en la perspectiva impuesta por su hora, la sencilla y radical verdad: cincuenta años de experimento han demostrado con superabundancia que la estructura política y administrativa en que se halla organizado el cuerpo español impiden todo desarrollo de vida pública. Instituciones, formas de gobierno, justicia, fomento económico, cuanto se intente y ambicione, serán espectros, fantasmas y penas de amor perdidas mientras no se disloque la estructura actual y se dé al cuerpo público de España otra anatomía. Y esta otra anatomía no puede, claro está, ser cualquiera, sino que ha de inventarse, como se inventa una máquina, partiendo de la finalidad que se pretende. En nuestro caso esta finalidad —común a radicales y conservadores, por ser condición para las políticas de unos y otros— sólo puede consistir en la suscitación de fuertes energías de vida pública. Esto se proponía Maura con su famoso proyecto de ley. «Si yo anhelo —decía— la reforma del régimen local, es porque entiendo que es la base primaria, única, del remedio de muchos males públicos, desde el más bajo al más alto; porque entiendo que en ella está una grandísima parte de la esencia de las mejoras demandadas por el país y luego el supuesto necesario para otras muchas mejoras que no se pueden someter al Parlamento sino después que ésta se haya establecido». ¿Y por qué considera de tal suerte previa esta reforma? ¿Qué realidad primaria aspira a lograr con esta primaria innovación? «En adelante —es decir, después de la reforma— acontecerán dos cosas trascendentales: la una que el Ayuntamiento ya no podrá ser lo que es hoy para la lucha política de los partidos, y éstos tendrán que buscar su fuerza en la voluntad popular, y la otra que los dominadores y azotes de los pueblos quedarán entregados a la venganza patente y eficaz de sus convecinos, mientras que ahora es absolutamente imposible que un vecindario se subleve contra un cacique, porque detrás del cacique estamos todos, aun los que los detestamos».
Este último párrafo muestra con sobrada claridad que el propósito principal de Maura al modelar la ley de Administración local no fue propiamente administrativo, sino político: quiere dar ocasión a que se produzcan vendavales de vida pública, y no se pueden leer las frases citadas sin que irrumpa en el escenario de la fantasía un motín municipal.
Hoy, pasados casi veinte años, sigue teniendo razón Maura: ésa es la cuestión primaria, la única. Tiene tanta razón en lo esencial que ha dejado de tenerla en lo accidental, que es el articulado de su ley. El tiempo, al correr, ha aclarado muchas cosas y ha preparado mejor los ánimos. Visto desde esta vertiente que mide un cuarto de siglo, el perfil de su reforma parece insuficiente y desdibujado.
El error de Maura fue un error de diagnóstico, y fue el mismo error que cometieron otros hombres buenos de su época: Costa, por ejemplo. (Al decir que es un error doy simplemente a entender que a mí me lo parece, lamentando no haber hallado aún manera de pensar con la testa del prójimo que opine de otro modo). Creyeron que si en España faltaba vida pública era porque la estorbaban y anulaban los políticos. Maura y Costa coinciden en la manía de atribuir todos los males al caciquismo. Ambos inician la campaña contra la política al uso, y el primero resume su reforma llamándola «el descuaje del caciquismo». Desde entonces todo son denuestos contra las pobres gentes que subían y bajaban en la noria del Poder, como humildes ludiones en el tubo de un gabinete de física. Al buen español le suele halagar que de sus defectos se eche la culpa a alguien, nominativamente, para poder hablar mal de él en el café, que es su operación más activa. Maura fue opimo en la invención de insultos dirigidos a los «políticos».
Pero he aquí un ejemplo de la ventaja que reporta llevar a la práctica ideas falsas. Cien mil discursos y otros cien mil artículos —yo he escrito algunos de los cien mil— no hubieran logrado convencer a nuestros compatriotas de que los «políticos» no eran la causa de los males nacionales, sino que eran tan sólo su expresión y su símbolo.
La casi totalidad del proyecto de Maura está dedicado a libertar los Ayuntamientos de la presión que sobre ellos ejerce el caciquismo de los ministros de la Gobernación. Punto por punto sigue su reforma las articulaciones del sistema electoral vigente entonces, y las va descoyuntando. En este sentido cabe decir que es una reforma negativa, como es negativo su feo vocablo onomástico —el «descuaje». Sería injusto olvidar la fecha y la atmósfera pública en que el proyecto fue presentado. Acaso no era posible hacer más. En los discursos de su autor relampaguea a veces una concepción más amplia, más completa. Sea de ello lo que quiera, parece forzoso reconocer que aquella ley, reproducida hoy, tendría un aspecto arcaico. Es menester, sin duda, libertar de los ministros de Madrid la existencia local; pero no basta con esto. Hay que hacer más, mucho más. La dislocación del viejo cuerpo anquilosado tiene que ser más radical. Maura lo espera todo del átomo municipal, habla poco de la provincia y con extremada timidez de la región. En aquellos días fue una audacia esto que es hoy una gloria para el audaz. Sin embargo, al cabo de los años y las andanzas empieza a entreverse que la salud estaría en poner boca abajo el proyecto de Maura, y seguir un orden inverso: primero, la región; luego, la provincia, y al cabo, el municipio. El mayor elogio que de su idea inspiradora cabe hacer es que su verdad, como veremos, no depende del articulado, de la letra, influidos por la ocasión y prisioneros de la oportunidad.
El Sol, 31 de diciembre de 1925
V
AUTONOMÍA, DESCENTRALIZACIÓN
¿Cómo es posible despertar energías de vida pública en la existencia provincial española?
El medio que Maura propuso consiste en dotar al Municipio de la mayor autonomía, es decir, hacerlo en su tráfago local independiente del Poder central. Yo sostengo que con esto no basta ni mucho menos, y quisiera formular sencillamente las razones que nutren mi convicción. El tema es sobremanera inameno, pero dudo que exista otro de más honda importancia y que demande con mayor urgencia la meditación de los capaces. Por otra parte, ¿cabe homenaje más adecuado que revivir junto a la tumba reciente los problemas que más ocuparon al fenecido?
Imaginemos el caso más favorable: el proyecto de Maura convertido en ley, y su articulado funcionando conforme al deseo de su autor. ¿Qué se habría logrado? Evitar los trastornos que en los Municipios causa la ciega y violenta intervención del Poder central. ¿Eran éstos tan grandes? Hay un lugar en los discursos de Maura que siempre me ha sorprendido. Con grandes ademanes de espanto hace constar que los retrasos financieros de los Municipios españoles ascienden —ascendían— a «unos doscientos ochenta millones de atrasos y embrollos, fruto de toda la podredumbre administrativo-caciquil que servía de entraña al régimen actual». ¿Eso era todo? ¿Con doscientos millones se podría tapar el agujero de la desdicha nacional? La incongruencia entre el tamaño de la cifra y la importancia que Maura le atribuye hace sospechar que se trata de una concepción errónea, cuyo defecto de evidencia se procura compensar con patetismo. Dato semejante provoca en uno la convicción opuesta. Si los Ayuntamientos de la Península sólo tienen trampas por valor de doscientos ochenta millones, su situación es muy tolerable, y no hay por qué apresurarse a legislar sobre ellos.
Pero sigamos imaginando. Estamos en un pueblo de Castilla, solitario en medio de sus largas glebas pardas. Con la ley de Maura hemos logrado evitar las canalladas que el cacique sólo puede perpetrar en connivencia con el ministro de la Gobernación. Pero no exageremos: esos crímenes son pocos. Quedan todos los demás que la existencia angosta y mísera de este pueblecito, de estas vegas sitibundas engendran. Generosa con el recuerdo de Maura, nuestra imaginación suprime también estos crímenes de simiente local. Queremos pintar una situación ideal. ¿Qué hemos logrado con ella para los efectos de la gran vida pública española?
Maura, who wanted both things —freedom and authority—, strove to create their conditions. He saw in his own way and in the perspective imposed by his hour the simple and radical truth: fifty years of experiment have demonstrated with superabundance that the political and administrative structure in which the Spanish body finds itself organized prevents all development of public life. Institutions, forms of government, justice, economic development, whatever is attempted and coveted, will be specters, ghosts and lost loves while the current structure is not dislocated and another anatomy is given to the public body of Spain. And this other anatomy cannot, clearly, be just any one, but must be invented, as a machine is invented, starting from the end that is sought. In our case this end —common to radicals and conservatives, as a condition for the policies of both— can only consist in the arousal of strong energies of public life. This is what Maura proposed with his famous bill. «If I yearn —he said— for the reform of the local regime, it is because I understand that it is the primary, unique basis of the remedy of many public evils, from the lowest to the highest; because I understand that in it lies a very great part of the essence of the improvements demanded by the country and then the necessary presupposition for many other improvements that cannot be submitted to Parliament except after this one has been established». And why does he consider this reform so prior? What primary reality does he aspire to achieve with this primary innovation? «In the future —that is, after the reform— two transcendental things will happen: one, that the Municipality will no longer be able to be what it is today for the political struggle of the parties, and these will have to seek their strength in the popular will, and the other, that the dominators and scourges of the peoples will be delivered to the patent and effective vengeance of their neighbors, while now it is absolutely impossible for a neighborhood to rise against a caudillo, because behind the caudillo are all of us, even those who detest him».”
This last paragraph shows with more than sufficient clarity that Maura’s principal purpose in shaping the law of local Administration was not properly administrative, but political: he wants to give occasion for gusts of public life to be produced, and one cannot read the cited phrases without a municipal riot breaking into the stage of the imagination.
Today, almost twenty years passed, Maura continues to be right: that is the primary, the only question. He has so much reason in the essential that he has ceased to have it in the accidental, which is the articles of his law. Time, running, has clarified many things and has better prepared the spirits. Seen from this slope that measures a quarter of a century, the profile of his reform seems insufficient and blurred.
Maura’s error was an error of diagnosis, and it was the same error that other good men of his epoch committed: Costa, for example. (In saying that it is an error I merely give to understand that it seems so to me, regretting not having yet found a way of thinking with the head of my neighbor who may opine otherwise). They believed that if public life was lacking in Spain it was because the politicians hindered and annulled it. Maura and Costa coincide in the mania of attributing all evils to caciquismo. Both begin the campaign against the usual politics, and the former sums up his reform by calling it «the uprooting of caciquismo». Since then all is invective against the poor people who went up and down in the wheel of Power, like humble Cartesian divers in the tube of a physics cabinet. The good Spaniard is usually flattered that someone be blamed for his defects, nominatively, so as to be able to speak ill of him in the café, which is his most active operation. Maura was opulent in the invention of insults directed at the «politicians».
But here is an example of the advantage that carrying false ideas into practice reports. A hundred thousand speeches and another hundred thousand articles —I have written some of the hundred thousand— would not have managed to convince our compatriots that the «politicians» were not the cause of the national evils, but were only their expression and their symbol.
Almost the totality of Maura’s project is dedicated to freeing the Municipalities from the pressure that the caciquismo of the ministers of the Interior exercises upon them. Point by point his reform follows the articulations of the electoral system then in force, and goes dislocating them. In this sense it can be said that it is a negative reform, as negative is his ugly onomastic word —the «descuaje». It would be unjust to forget the date and the public atmosphere in which the project was presented. Perhaps it was not possible to do more. In the speeches of its author there now and then flashes a broader, more complete conception. Be that as it may, it seems necessary to recognize that that law, reproduced today, would have an archaic aspect. It is necessary, without doubt, to free local existence from the ministers of Madrid; but this is not enough. One must do more, much more. The dislocation of the old ankylosed body must be more radical. Maura expects everything from the municipal atom, speaks little of the province and with extreme timidity of the region. In those days it was an audacity what is today a glory for the audacious. Nevertheless, in the course of the years and the goings one begins to glimpse that health would lie in turning Maura’s project upside down, and following an inverse order: first, the region; then, the province, and at last, the municipality. The greatest praise that can be made of his inspiring idea is that its truth, as we shall see, does not depend on the articles, on the letter, influenced by the occasion and prisoners of the opportunity.
El Sol, 31 December 1925
V
AUTONOMY, DECENTRALIZATION
How is it possible to awaken energies of public life in the Spanish provincial existence?
The means Maura proposed consists in endowing the Municipality with the greatest autonomy, that is, making it in its local business independent of the central Power. I maintain that with this it is not enough, nor by far, and I should like to formulate simply the reasons that nourish my conviction. The theme is exceedingly unamusing, but I doubt that there exists another of deeper importance and that demands with greater urgency the meditation of the capable. On the other hand, is there a more adequate homage than reviving beside the recent tomb the problems that most occupied the deceased?
Let us imagine the most favorable case: Maura’s project converted into law, and its articles functioning according to the desire of its author. What would have been achieved? Avoiding the disorders that in the Municipalities the blind and violent intervention of the central Power causes. Were these so great? There is a place in Maura’s speeches that has always surprised me. With great gestures of fright he records that the financial arrears of the Spanish Municipalities amount —amounted— to «about two hundred and eighty million of arrears and muddles, fruit of all the administrative-cacique putrefaction that served as entrails of the current regime». Was that all? With two hundred million one could plug the hole of national misfortune? The incongruity between the size of the figure and the importance Maura attributes to it makes one suspect that it is a question of an erroneous conception, whose defect of evidence one tries to compensate with pathos. Such a datum provokes in one the opposite conviction. If the Municipalities of the Peninsula only have traps to the value of two hundred and eighty million, their situation is very tolerable, and there is no reason to hasten to legislate on them.
But let us go on imagining. We are in a town of Castile, solitary in the midst of its long gray glebes. With Maura’s law we have managed to avoid the dirty tricks that the caudillo can only perpetrate in connivance with the minister of the Interior. But let us not exaggerate: those crimes are few. There remain all the others that the narrow and miserable existence of this little town, of these thirsty valleys, engenders. Generous with the memory of Maura, our imagination suppresses also these crimes of local seed. We want to paint an ideal situation. What have we achieved with it for the effects of the great Spanish public life?
Maura, che voleva entrambe le cose —libertà e autorità—, si sforzò di creare le loro condizioni. Vide a suo modo e nella prospettiva imposta dalla sua ora, la semplice e radicale verità: cinquant’anni di esperimento hanno dimostrato con sovrabbondanza che la struttura politica e amministrativa in cui si trova organizzato il corpo spagnolo impediscono ogni sviluppo di vita pubblica. Istituzioni, forme di governo, giustizia, sviluppo economico, quanto si tenti e ambisca, saranno spettri, fantasmi e pene d’amore perdute mentre non si dislochi la struttura attuale e si dia al corpo pubblico della Spagna un’altra anatomia. E questa altra anatomia non può, chiaro sta, essere una qualunque, ma deve inventarsi, come si inventa una macchina, partendo dalla finalità che si pretende. Nel nostro caso questa finalità —comune a radicali e conservatori, per essere condizione per le politiche degli uni e degli altri— solo può consistere nella suscitazione di forti energie di vita pubblica. Questo si proponeva Maura col suo famoso progetto di legge. «Se io anelo —diceva— la riforma del regime locale, è perché intendo che è la base primaria, unica, del rimedio di molti mali pubblici, dal più basso al più alto; perché intendo che in essa sta una grandissima parte dell’essenza dei miglioramenti domandati dal paese e poi il presupposto necessario per altre molte migliorie che non si possono sottomettere al Parlamento se non dopo che questa si sia stabilita». E perché considera di tal sorta previa questa riforma? Quale realtà primaria aspira a ottenere con questa primaria innovazione? «In avvenire —cioè, dopo la riforma— accadranno due cose trascendentali: l’una che il Municipio non potrà più essere ciò che è oggi per la lotta politica dei partiti, e questi dovranno cercare la loro forza nella volontà popolare, e l’altra che i dominatori e flagelli dei popoli resteranno consegnati alla vendetta patente ed efficace dei loro compaesani, mentre ora è assolutamente impossibile che un vicinato si sollevi contro un caporione, perché dietro il caporione ci siamo tutti, anche quelli che lo detestiamo».
Quest’ultimo paragrafo mostra con sovrabbondante chiarezza che il proposito principale di Maura nel modellare la legge di Amministrazione locale non fu propriamente amministrativo, ma politico: vuole dare occasione a che si producano ventate di vita pubblica, e non si possono leggere le frasi citate senza che irrompa nello scenario della fantasia un motín municipale.
Oggi, passati quasi vent’anni, continua ad avere ragione Maura: questa è la questione primaria, l’unica. Ha tanta ragione nell’essenziale che ha smesso di averla nell’accidentale, che è l’articolato della sua legge. Il tempo, correndo, ha chiarito molte cose e ha preparato meglio gli animi. Visto da questo versante che misura un quarto di secolo, il profilo della sua riforma sembra insufficiente e sbiadito.
L’errore di Maura fu un errore di diagnosi, e fu lo stesso errore che commisero altri uomini buoni della sua epoca: Costa, per esempio. (Dicendo che è un errore do semplicemente a intendere che a me lo sembra, rammaricandomi di non aver trovato ancora modo di pensare con la testa del prossimo che opini d’altro modo). Credettero che se in Spagna mancava vita pubblica era perché la ostacolavano e annullavano i politici. Maura e Costa coincidono nella mania di attribuire tutti i mali al caciquismo. Entrambi iniziano la campagna contro la politica all’uso, e il primo riassume la sua riforma chiamandola «lo sradicamento del caciquismo». Da allora tutto sono vituperi contro le povere genti che salivano e scendevano nella noria del Potere, come umili ludioni nel tubo di un gabinetto di fisica. Al buon spagnolo suole lusingare che dei suoi difetti si dia la colpa a qualcuno, nominativamente, per poter parlare male di lui nel caffè, che è la sua operazione più attiva. Maura fu opimo nell’invenzione di insulti diretti ai «politici».
Ma ecco un esempio del vantaggio che riporta portare alla pratica idee false. Centomila discorsi e altri centomila articoli —io ho scritto alcuni dei centomila— non avrebbero ottenuto convincere i nostri compatrioti che i «politici» non erano la causa dei mali nazionali, ma che erano solo la loro espressione e il loro simbolo.
La quasi totalità del progetto di Maura è dedicata a liberare i Municipi della pressione che su di essi esercita il caciquismo dei ministri dell’Interno. Punto per punto la sua riforma segue le articolazioni del sistema elettorale vigente allora, e le va disarticolando. In questo senso si può dire che è una riforma negativa, come è negativo il suo brutto vocabolo onomastico —lo «descuaje». Sarebbe ingiusto dimenticare la data e l’atmosfera pubblica in cui il progetto fu presentato. Forse non era possibile fare di più. Nei discorsi del suo autore balena a volte una concezione più ampia, più completa. Sia di ciò quel che vuole, sembra forzoso riconoscere che quella legge, riprodotta oggi, avrebbe un aspetto arcaico. È mestieri, senza dubbio, liberare dai ministri di Madrid l’esistenza locale; ma non basta con questo. Bisogna fare di più, molto di più. La dislocazione del vecchio corpo anchilosato deve essere più radicale. Maura lo aspetta tutto dall’atomo municipale, parla poco della provincia e con estrema timidezza della regione. In quei giorni fu un’audacia ciò che oggi è una gloria per l’audace. Nondimeno, al cabo degli anni e delle andanze comincia a intravedersi che la salute starebbe nel mettere bocca giù il progetto di Maura, e seguire un ordine inverso: prima, la regione; poi, la provincia, e al cabo, il municipio. Il maggiore elogio che della sua idea ispiratrice si possa fare è che la sua verità, come vedremo, non dipende dall’articolato, dalla lettera, influenzati dall’occasione e prigionieri dell’opportunità.
El Sol, 31 dicembre 1925
V
AUTONOMIA, DECENTRAMENTO
Come è possibile risvegliare energie di vita pubblica nell’esistenza provinciale spagnola?
Il mezzo che Maura propose consiste nel dotare il Municipio della maggiore autonomia, cioè, farlo nel suo traffico locale indipendente dal Potere centrale. Io sostengo che con questo non basta né molto meno, e vorrei formulare semplicemente le ragioni che nutrono la mia convinzione. Il tema è oltremodo inameno, ma dubito che esista un altro di più profonda importanza e che domandi con maggiore urgenza la meditazione dei capaci. D’altra parte, c’è omaggio più adeguato che rivivere accanto alla tomba recente i problemi che più occuparono il defunto?
Immaginiamo il caso più favorevole: il progetto di Maura convertito in legge, e il suo articolato funzionante conforme al desiderio del suo autore. Che cosa si sarebbe ottenuto? Evitare i turbamenti che nei Municipi causa la cieca e violenta intervento del Potere centrale. Erano questi tanto grandi? C’è un luogo nei discorsi di Maura che mi ha sempre sorpreso. Con grandi gesti di spavento fa constare che i ritardi finanziari dei Municipi spagnoli ammontano —ammontavano— a «circa duecentottanta milioni di arretrati e imbrogli, frutto di tutta la putredine amministrativo-cacichile che serviva di entragna al regime attuale». Era quello tutto? Con duecento milioni si potrebbe tappare il buco della sventura nazionale? L’incongruenza tra la dimensione della cifra e l’importanza che Maura le attribuisce fa sospettare che si tratti di una concezione erronea, il cui difetto di evidenza si procura di compensare con patetismo. Dato simile provoca in uno la convinzione opposta. Se i Municipi della Penisola hanno solo trappole per valore di duecentottanta milioni, la loro situazione è molto tollerabile, e non c’è perché affrettarsi a legiferare su di essi.
Ma seguitiamo immaginando. Siamo in un paese di Castiglia, solitario in mezzo alle sue lunghe glebe bigie. Con la legge di Maura abbiamo ottenuto evitare le carognate che il caporione può solo perpetrare in combutta col ministro dell’Interno. Ma non esageriamo: quei crimini sono pochi. Restano tutti gli altri che l’esistenza angusta e misera di questo paesino, di queste valli sitibonde generano. Generosa col ricordo di Maura, la nostra immaginazione sopprime anche questi crimini di semenza locale. Vogliamo dipingere una situazione ideale. Che cosa abbiamo ottenuto con essa per gli effetti della grande vita pubblica spagnola?
Vive, a la postre, la nación en sus grandes instituciones, sobre todo en el Parlamento. Hemos purificado el Ayuntamiento del villorrio, pero le hemos dejado solo, y, por lo tanto, tal cual es. Debíamos hacer una lista de las preocupaciones, de los temas que se alojan en las almas de sus vecinos —grupo de Robinsones adscritos a su isla municipal, prisionera en el oleaje de los surcos—: son la cosecha, el camino que pasa por el término, la credencial de peatón, las contribuciones. Todo lo demás que acontece más allá del otero, por un lado, del barranco o encinar, por el otro, adquiere un aspecto vago, confuso, irreal. Sólo dos o tres personas —el secretario, el alcalde— van de cuando en cuando a la capital de la provincia, a rendir cuentas, a consultar una orden. La política nacional que se hace en Madrid —leyes financieras, constitución, cambios de régimen— suena como rumor de un lejano planeta que ni se oye, ni menos se entiende bien. Y, sin embargo, cada dos, cada tres, cada cinco años se pide al pueblo un diputado para que tome parte en las discusiones parlamentarias y decida, no sobre la cosecha, el caminito, el peatón, sino sobre los «derechos del hombre», el Tratado de comercio con Turquía, el bloqueo continental, la guerra cósmica… ¿No es esto absurdo, monstruoso? En comparación con lo absurdo, con lo monstruoso de este uso, ¿qué importancia tienen todos esos abusos, cuya existencia se quiere presentar como causa de que España «no marche»? ¡Cuántas veces he escrito esto: «Amigos, no los abusos, sino los usos son lo malo de nuestra existencia nacional! ¡Renunciad a ese feo instinto de esbirros, de policías que persiguen el abuso para gozarse en agarrar algún culpable, y no atienden al defecto impersonal de los usos, de los malos usos!» Pero inútil. Se quieren «responsabilidades», se busca carne bajo las uñas; hace siglos era el judío de la judería o el morisco de la morería; ayer, el cacique; luego, el «viejo político», mañana…
Y, en tanto, permanece intacto el absurdo. Un diputado que va a decidir sobre los grandes problemas nacionales es elegido —sin más aparato intermediario— por este pueblecito de glebas pedregosas, donde hay unos chopos temblones y unas ovejas hambrientas. ¡Y se pretende que de esa «vida pública» municipal —repito, sin más intermediario— se espume la necesaria para henchir el enorme velamen del Parlamento nacional! Mas la realidad se impondrá. El pueblecito dará su tirón de la moral insólida del diputado que, para asegurar el distrito, enviará al diablo la nación con tal de nombrar unos peatones y construir los baches de una carretera.
Nótese que la incongruencia es doble. Porque ni el pulso local puede acertar con los grandes problemas relativamente abstractos de la nación, ni, viceversa, el Parlamento madrileño puede entender con fervor y precisión en los menudos temas locales. Maura se preocupó demasiado exclusivamente de corregir esta última dimensión del absurdo, pero dejó en vigor la otra, que es la más grave.
Es preciso, sin duda, libertar de Madrid al Municipio, pero no para dejarlo solo. Material y moralmente su volumen es demasiado reducido para que en él se susciten corrientes de vida pública, aspiraciones, depuraciones. De hecho está hoy cada Ayuntamiento de España atado, encadenado a la bola de la Puerta del Sol. Se ha dado a España una estructura radiada, que es la más simple (recuérdese la organización de los animales inferiores). Un centro y radios que de él emanan. Rompamos éstos, pero atemos a los Municipios unos con otros para que formen grandes incorporaciones, respetables por su mismo talle. Maura lo entrevió, pero no se atrevió. Hoy es sazón de mayor madurez.
La autonomía municipal es una abstracción y, por lo mismo, no podemos quedarnos en ella. El pensamiento fabrica abstracciones; es su menester. Para comprender separa, aísla, analiza. Pero si toma su obra prima, su mentefactura inicial como si fuese la realidad misma, lo echa a perder todo. En vez de esto, debe —concluido el análisis, sueltas las piezas— reconstruir la máquina, y con sus abstracciones restaurar la maravilla de lo concreto.
La cosecha de este otro pueblo cordobés no depende de las condiciones de su término municipal. En él crece el árbol de bronce que da la oliva bética. Pero donde el pueblo termina no termina el olivo. Los troncos retorcidos brincan más allá de la línea municipal, y se extienden por toda una enorme comarca llevando con ellos cierta identidad de condiciones vitales, intereses comunes, posibilidades colectivas de gran tamaño. El pueblecito aislado ni siquiera puede llegar a una conciencia clara de los problemas políticos que el olivo plantea. No hablemos de que pudiera atacarlos y darles cima. Así acontece que no se ha logrado extraer del olivo más que aceite, pero no la energía de vida pública que en él reside. Y lo mismo acontece con el resto de la producción española, que sigue políticamente inactiva. Sólo Bilbao y Barcelona han trasportado a la mecánica pública algo de sus potencias económicas.
La producción es sólo un ejemplo de las muchas realidades sociales que son susceptibles de desarrollar vida pública y convertirse en fuerzas políticas que sostengan vigorosamente un sistema de sustituciones.
En vez de aislar el Municipio oblíguesele a fundirse jurídicamente con toda una comarca, a depender de ella y actuar sobre ella. Frente a la masa gigante de la nación, el pueblecito no hace figura, no es nada, se siente incapaz y humillado. Frente a la masa menor, aunque respetable, de una comarca, el pueblecito será ya alguien. Vivirá entre sus pares, llamado a opinar, decidir, combatir sobre temas que existen claros en su repertorio vital o que, al menos, le son próximos. Confiando más en su figura comenzará a actuar, a intervenir, a apasionarse.
Las razones que inducen a este modo de pensar son innumerables, y las dadas son tan sólo las que el espacio me deja hoy insinuar. Pero, en resumen, la idea que propugno, puesta en cifra, sería ésta:
1.º No es posible vida pública en España si no se procura crearla en la existencia provincial.
2.º No es posible vida pública en la existencia provincial, sino en virtud de una extremada descentralización. Hasta aquí Maura.
3.º La descentralización es sólo una conditio sine qua non o negativa, a la que es preciso añadir otra positiva: la creación de cuerpos autónomos capaces de desarrollar fuertes corrientes de vitalidad pública.
4.º Los Municipios son entidades demasiado reducidas para que en ellos se susciten corrientes interiores —empresas, aspiraciones, luchas, organizaciones, etcétera.
5.º Es, pues, ineludible buscar entre el Estado —cuerpo demasiado grande y abstracto— y el Municipio —demasiado pequeño y no menos abstracto— un tipo de organismo intermedio que sea lanzado al agua de su propia responsabilidad para que se vea obligado a salir nadando. El mayor error sería creer que es preciso esperar a que él se forme espontáneamente. La grande obra política consiste precisamente en forzarle a nacer puesto que advertimos su necesidad.
6.º Como este tipo de organismo intermedio no puede ser tampoco la provincia, unidad demasiado arbitraria e insuficientemente amplia, sólo queda la «gran comarca», es decir, el principio anatómico de la región.
He aquí cómo se llega a la idea de autonomía regional, no por razones históricas, de pretérito sentimental, sino, al revés, por conveniencias de futuro. Al golpear el mármol se quiebra por sus vetas, que son como articulaciones preformadas en su materia compacta. Si damos un empellón a España, una forzosidad mecánica la hará articularse según el veteado de sus regiones. La máquina pública que queríamos inventar y sacarnos de la mente raciocinante resulta coincidir con una realidad profunda, diseñada espontáneamente por un destino sobrehumano en el cuerpo sagrado de España.
El Sol, 7 de enero de 1926
VI
LA AUTONOMÍA REGIONAL Y SUS RAZONES
Imagino una nueva anatomía de España: la Península organizada en grandes regiones. Cada una estaría gobernada por una Asamblea regional o Parlamento local, que nombraría sus magistraturas ejecutivas. La Asamblea se compondría de diputados elegidos por sufragio universal directo en los distritos actuales. A este Poder local se entregaría la resolución de todos los asuntos localizados en la existencia provincial. En manos del Poder central y su Parlamento nacional quedarían muy pocos asuntos; a saber: los problemas y funciones estrictamente nacionales, incluso el derecho de intervenir en las regiones cuando alguna de ellas padeciese una situación anómala. El Parlamento nacional se compondría de diputados elegidos en los Parlamentos regionales. El número de estos diputados sería muy reducido: noventa o cien.
He aquí un dibujo del cuerpo español perfectamente caprichoso y, por lo mismo, irritante. Todo capricho irrita, porque con él pretende el que escribe o el que habla inyectarnos su privada manía, y nos produce repugnancia recibir en nuestro organismo un humor personal ajeno. Cada cual adora su propio capricho y repele el del prójimo. Somos muy benévolos con nuestras secreciones, y nos causan asco las ajenas.
At the end of the day, the nation lives in its great institutions, above all in Parliament. We have purified the Municipality of the hamlet, but we have left it alone, and, therefore, just as it is. We should make a list of the preoccupations, of the themes that lodge in the souls of its neighbors —a group of Robinsons attached to their municipal island, prisoner in the surge of the furrows—: they are the harvest, the road that passes through the term, the pedestrian’s pass, the contributions. Everything else that happens beyond the hill, on one side, of the ravine or holm-oak grove, on the other, acquires a vague, confused, unreal aspect. Only two or three persons —the secretary, the mayor— go from time to time to the capital of the province, to render accounts, to consult an order. The national politics that is made in Madrid —financial laws, constitution, changes of regime— sounds like the rumor of a distant planet that is neither heard, nor less well understood. And, nevertheless, every two, every three, every five years the people are asked for a deputy to take part in the parliamentary discussions and decide, not on the harvest, the little road, the pedestrian, but on the «rights of man», the Treaty of commerce with Turkey, the continental blockade, the cosmic war… Is this not absurd, monstrous? In comparison with the absurd, with the monstrous of this usage, what importance have all those abuses, whose existence one wishes to present as cause that Spain «does not march»? How many times have I written this: «Friends, not the abuses, but the usages are the evil of our national existence! Renounce that ugly instinct of bailiffs, of policemen who pursue abuse to delight in catching some culprit, and do not attend to the impersonal defect of usages, of bad usages!» But useless. «Responsibilities» are wanted, meat is sought under the nails; centuries ago it was the Jew of the judería or the Moor of the morería; yesterday, the caudillo; then, the «old politician», tomorrow…
And, meanwhile, the absurd remains intact. A deputy who is going to decide on the great national problems is elected —without more intermediary apparatus— by this little town of stony glebes, where there are some trembling poplars and some hungry sheep. And it is pretended that from that municipal «public life» —I repeat, without more intermediary— be skimmed the one necessary to fill the enormous sail of the national Parliament! But reality will impose itself. The little town will give its pull of the unusual morality of the deputy who, to secure the district, will send the nation to the devil as long as he can appoint some road menders and build the potholes of a highway.
Note that the incongruity is double. Because neither can the local pulse hit upon the great relatively abstract problems of the nation, nor, vice versa, can the Madrid Parliament attend with fervor and precision to the minute local themes. Maura worried too exclusively about correcting this latter dimension of the absurd, but left in force the other, which is the gravest.
It is necessary, without doubt, to free the Municipality from Madrid, but not to leave it alone. Materially and morally its volume is too reduced for currents of public life, aspirations, purifications to be aroused in it. In fact, today every Municipality of Spain is tied, chained to the ball of the Puerta del Sol. Spain has been given a radiated structure, which is the simplest (remember the organization of the inferior animals). A center and radii that emanate from it. Let us break these, but let us tie the Municipalities one to another so that they form great incorporations, respectable for their very stature. Maura glimpsed it, but did not dare. Today is a season of greater maturity.
Municipal autonomy is an abstraction and, for the same reason, we cannot remain in it. Thought fabricates abstractions; it is its task. To understand it separates, isolates, analyzes. But if it takes its work prima, its initial mind-product, as if it were reality itself, it spoils everything. Instead of this, it must —once the analysis is concluded, the pieces loosened— reconstruct the machine, and with its abstractions restore the marvel of the concrete.
The harvest of this other Córdoban town does not depend on the conditions of its municipal term. In it grows the bronze tree that gives the Baetic olive. But where the town ends, the olive does not end. The twisted trunks leap beyond the municipal line, and extend over a whole enormous comarca carrying with them a certain identity of vital conditions, common interests, collective possibilities of great size. The isolated little town cannot even arrive at a clear consciousness of the political problems the olive poses. Not to speak of its being able to attack them and bring them to a head. Thus it happens that from the olive nothing more has been extracted than oil, but not the energy of public life that resides in it. And the same happens with the rest of the Spanish production, which continues politically inactive. Only Bilbao and Barcelona have transported to the public machinery something of their economic powers.
Production is only an example of the many social realities that are susceptible to developing public life and turning into political forces that vigorously sustain a system of substitutions.
Instead of isolating the Municipality, oblige it to merge juridically with a whole comarca, to depend on it and act upon it. Faced with the gigantic mass of the nation, the little town cuts no figure, is nothing, feels incapable and humiliated. Faced with the minor, though respectable, mass of a comarca, the little town will already be somebody. It will live among its equals, called to opine, decide, fight on themes that exist clearly in its vital repertoire or that, at least, are near to it. Trusting more in its figure it will begin to act, to intervene, to become passionate.
The reasons that induce to this way of thinking are innumerable, and those given are only those that space leaves me today to insinuate. But, in sum, the idea I champion, put in figures, would be this:
1st. Public life is not possible in Spain if one does not try to create it in the provincial existence.
2nd. Public life is not possible in the provincial existence, except by virtue of an extreme decentralization. Up to here Maura.
3rd. Decentralization is only a conditio sine qua non or negative one, to which another positive one must be added: the creation of autonomous bodies capable of developing strong currents of public vitality.
4th. The Municipalities are too reduced entities for interior currents to be aroused in them —enterprises, aspirations, struggles, organizations, etcetera.
5th. It is, then, ineluctable to seek between the State —a body too large and abstract— and the Municipality —too small and no less abstract— a type of intermediate organism that is thrown into the water of its own responsibility so that it be obliged to come out swimming. The greatest error would be to believe that it is necessary to wait for it to form itself spontaneously. The great political work consists precisely in forcing it to be born since we notice its necessity.
6th. As this type of intermediate organism cannot be the province either, too arbitrary and insufficiently ample a unit, only the «great comarca» remains, that is, the anatomical principle of the region.
Here is how one arrives at the idea of regional autonomy, not for historical reasons, of sentimental past, but, on the contrary, for conveniences of the future. In striking the marble it breaks along its veins, which are like articulations preformed in its compact matter. If we give Spain a push, a mechanical compulsion will make it articulate according to the veining of its regions. The public machine that we wanted to invent and pull out of our ratiocinating mind turns out to coincide with a profound reality, designed spontaneously by a superhuman destiny in the sacred body of Spain.
El Sol, 7 January 1926
VI
REGIONAL AUTONOMY AND ITS REASONS
I imagine a new anatomy of Spain: the Peninsula organized in great regions. Each one would be governed by a regional Assembly or local Parliament, which would name its executive magistracies. The Assembly would be composed of deputies elected by direct universal suffrage in the current districts. To this local Power would be delivered the resolution of all the affairs localized in the provincial existence. In the hands of the central Power and its national Parliament very few affairs would remain; to wit: the strictly national problems and functions, including the right to intervene in the regions when any of them suffered an anomalous situation. The national Parliament would be composed of deputies elected in the regional Parliaments. The number of these deputies would be very reduced: ninety or a hundred.
Here is a drawing of the Spanish body perfectly capricious and, for the same reason, irritating. Every caprice irritates, because with it the writer or the speaker pretends to inject into us his private mania, and it produces us repugnance to receive in our organism an alien personal humor. Each one adores his own caprice and repels his neighbor’s. We are very benevolent with our secretions, and the alien ones disgust us.
Vive, alla fin fine, la nazione nelle sue grandi istituzioni, soprattutto nel Parlamento. Abbiamo purificato il Municipio del villaggio, ma lo abbiamo lasciato solo, e, perciò, tale quale è. Dovremmo fare una lista delle preoccupazioni, dei temi che si alloggiano nelle anime dei suoi vicini —gruppo di Robinson adscritti alla loro isola municipale, prigioniera nell’ondata dei solchi—: sono la raccolta, la strada che passa per il termine, la credenziale di pedone, le contribuzioni. Tutto il resto che accade al di là del colle, da un lato, del burrone o lecceta, dall’altro, acquista un aspetto vago, confuso, irreale. Solo due o tre persone —il segretario, il sindaco— vanno di quando in quando alla capitale della provincia, a rendere conti, a consultare un ordine. La politica nazionale che si fa a Madrid —leggi finanziarie, costituzione, cambi di regime— suona come rumore di un lontano pianeta che né si ode, né meno si intende bene. E, nondimeno, ogni due, ogni tre, ogni cinque anni si chiede al popolo un deputato perché prenda parte nelle discussioni parlamentari e decida, non sulla raccolta, la stradina, il pedone, ma sui «diritti dell’uomo», il Trattato di commercio con la Turchia, il blocco continentale, la guerra cosmica… Non è questo assurdo, mostruoso? In comparazione con l’assurdo, col mostruoso di questo uso, che importanza hanno tutti quegli abusi, la cui esistenza si vuole presentare come causa che la Spagna «non marci»? Quante volte ho scritto questo: «Amici, non gli abusi, ma gli usi sono il male della nostra esistenza nazionale! Rinunciate a quel brutto istinto di scherani, di poliziotti che perseguono l’abuso per godersi a prendere qualche colpevole, e non attendono al difetto impersonale degli usi, dei cattivi usi!» Ma inutile. Si vogliono «responsabilità», si cerca carne sotto le unghie; fa secoli era il giudeo della giudecca o il morisco della morería; ieri, il caporione; poi, il «vecchio politico», domani…
E, intanto, permane intatto l’assurdo. Un deputato che andrà a decidere sui grandi problemi nazionali è eletto —senza più apparato intermediario— da questo paesino di glebe pietrose, dove ci sono alcuni pioppi tremolanti e alcune pecore affamate. E si pretende che da quella «vita pubblica» municipale —ripeto, senza più intermediario— si spumi la necessaria per rigonfiare l’enorme velame del Parlamento nazionale! Ma la realtà si imporrà. Il paesino darà il suo strattone della morale insolita del deputato che, per assicurarsi il distretto, manderà al diavolo la nazione pur di nominare alcuni pedoni e costruire le buche di una strada.
Notisi che l’incongruenza è doppia. Perché né il polso locale può azzeccare i grandi problemi relativamente astratti della nazione, né, viceversa, il Parlamento madrileno può intendere con fervore e precisione i minuti temi locali. Maura si preoccupò troppo esclusivamente di correggere quest’ultima dimensione dell’assurdo, ma lasciò in vigore l’altra, che è la più grave.
È necessario, senza dubbio, liberare da Madrid il Municipio, ma non per lasciarlo solo. Materialmente e moralmente il suo volume è troppo ridotto perché in esso si suscitino correnti di vita pubblica, aspirazioni, depurazioni. Di fatto è oggi ogni Municipio di Spagna legato, incatenato alla palla della Puerta del Sol. Si è dato alla Spagna una struttura raggiata, che è la più semplice (ricordisi l’organizzazione degli animali inferiori). Un centro e raggi che da esso emanano. Rompiamo questi, ma leghiamo i Municipi uni con altri perché formino grandi incorporazioni, rispettabili per il loro stesso talle. Maura lo intravede, ma non si atrevi. Oggi è stagione di maggiore maturità.
L’autonomia municipale è un’astrazione e, per lo stesso, non possiamo restare in essa. Il pensiero fabbrica astrazioni; è il suo mestiere. Per comprendere separa, isola, analizza. Ma se prende la sua opera prima, la sua mentefattura iniziale come se fosse la realtà stessa, rovina tutto. Invece di questo, deve —conclusa l’analisi, sciolti i pezzi— ricostruire la macchina, e con le sue astrazioni restaurare la meraviglia del concreto.
La raccolta di quest’altro paese cordovano non dipende dalle condizioni del suo termine municipale. In esso cresce l’albero di bronzo che dà l’oliva betica. Ma dove il paese termina non termina l’olivo. I tronchi attorti saltano al di là della linea municipale, e si estendono per tutta un’enorme comarca portando con essi certa identità di condizioni vitali, interessi comuni, possibilità collettive di grande taglia. Il paesino isolato nemmeno può arrivare a una coscienza chiara dei problemi politici che l’olivo pianta. Non parliamo che potesse attaccarli e dar loro cima. Così accade che non si sia ottenuto estrarre dall’olivo più che olio, ma non l’energia di vita pubblica che in esso risiede. E lo stesso accade col resto della produzione spagnola, che segue politicamente inattiva. Solo Bilbao e Barcellona hanno trasportato alla meccanica pubblica qualcosa delle loro potenze economiche.
La produzione è solo un esempio delle molte realtà sociali che sono suscettibili di sviluppare vita pubblica e convertirsi in forze politiche che sostengano vigorosamente un sistema di sostituzioni.
Invece di isolare il Municipio obbligatelo a fondersi giuridicamente con tutta una comarca, a dipendere da essa e agire su di essa. Di fronte alla massa gigante della nazione, il paesino non fa figura, non è nulla, si sente incapace e umiliato. Di fronte alla massa minore, sebbene rispettabile, di una comarca, il paesino sarà già qualcuno. Vivrà tra i suoi pari, chiamato a opinare, decidere, combattere su temi che esistono chiari nel suo repertorio vitale o che, al meno, gli sono prossimi. Confidando più nella sua figura comincerà ad agire, a intervenire, ad appassionarsi.
Le ragioni che inducono a questo modo di pensare sono innumerevoli, e le date sono solo quelle che lo spazio mi lascia oggi insinuare. Ma, in riassunto, l’idea che propugno, messa in cifra, sarebbe questa:
1.º Non è possibile vita pubblica in Spagna se non si procura crearla nell’esistenza provinciale.
2.º Non è possibile vita pubblica nell’esistenza provinciale, se non in virtù di un’estremata decentralizzazione. Fino a qui Maura.
3.º La decentralizzazione è solo una conditio sine qua non o negativa, alla quale bisogna aggiungere un’altra positiva: la creazione di corpi autonomi capaci di sviluppare forti correnti di vitalità pubblica.
4.º I Municipi sono entità troppo ridotte perché in essi si suscitino correnti interiori —imprese, aspirazioni, lotte, organizzazioni, eccetera.
5.º È, dunque, ineludibile cercare tra lo Stato —corpo troppo grande e astratto— e il Municipio —troppo piccolo e non meno astratto— un tipo di organismo intermedio che sia lanciato all’acqua della sua propria responsabilità perché si veda obbligato a uscire nuotando. Il maggiore errore sarebbe credere che bisogna aspettare che esso si formi spontaneamente. La grande opera politica consiste precisamente nel forzarlo a nascere poiché avvertiamo la sua necessità.
6.º Come questo tipo di organismo intermedio non può essere nemmeno la provincia, unità troppo arbitraria e insufficientemente ampia, solo resta la «grande comarca», cioè, il principio anatomico della regione.
Ecco come si arriva all’idea di autonomia regionale, non per ragioni storiche, di passato sentimentale, ma, al contrario, per convenienze di futuro. Al colpire il marmo si spezza per le sue vene, che sono come articolazioni preformate nella sua materia compatta. Se diamo una spinta alla Spagna, una forzosità meccanica la farà articolarsi secondo il venato delle sue regioni. La macchina pubblica che volevamo inventare e tirarci fuori dalla mente raziocinante risulta coincidere con una realtà profonda, disegnata spontaneamente da un destino sovrumano nel corpo sacro della Spagna.
El Sol, 7 gennaio 1926
VI
L’AUTONOMIA REGIONALE E LE SUE RAGIONI
Immagino una nuova anatomia della Spagna: la Penisola organizzata in grandi regioni. Ciascuna sarebbe governata da un’Assemblea regionale o Parlamento locale, che nominerebbe le sue magistrature esecutive. L’Assemblea si comporrebbe di deputati eletti per suffragio universale diretto nei distretti attuali. A questo Potere locale si consegnerebbe la risoluzione di tutti gli affari localizzati nell’esistenza provinciale. Nelle mani del Potere centrale e del suo Parlamento nazionale resterebbero molto pochi affari; a sapere: i problemi e funzioni strettamente nazionali, incluso il diritto di intervenire nelle regioni quando qualcuna di esse patisse una situazione anomala. Il Parlamento nazionale si comporrebbe di deputati eletti nei Parlamenti regionali. Il numero di questi deputati sarebbe molto ridotto: novanta o cento.
Ecco un disegno del corpo spagnolo perfettamente capriccioso e, per lo stesso, irritante. Ogni capriccio irrita, perché con esso pretende chi scrive o chi parla iniettarci la sua privata mania, e ci produce ripugnanza ricevere nel nostro organismo un umore personale altrui. Ciascuno adora il suo proprio capriccio e respinge quello del prossimo. Siamo molto benevoli con le nostre secrezioni, e ci fanno schifo quelle altrui.
Pero capricho es toda idea para sustentar la cual no se dan razones. La razón libra a la idea de su tufo privado, la despersonaliza, y de un capricho hace un teorema que es lícito proponer a la consideración del prójimo.
Cualquier diseño de organización política, cualquiera constitución, tienen por sí mismos un aire de capricho, como lo tiene una máquina si nadie nos dice con qué fin está construida y cómo sus piezas cooperan en vista de aquella finalidad.
Yo quisiera acumular en el menor espacio posible las razones mayores que proporcionan, a mi juicio, un fértil sentido al anterior esquema de nueva anatomía española. Conviene recordar que una idea será tanto más verdadera cuanto mayor sea el número de problemas distintos y en apariencia heterogéneos que logre resolver. Así en Física se llama verdad a la hipótesis que, entre todas, explique sencillamente más fenómenos diversos.
Hay dos cosas primordiales que es forzoso conseguir en España, como supuesto de toda otra mejoría. Ambas cosas se imponen igualmente, y son del mismo modo previas para el radical y el conservador si quieren en serio realizar un día sus divergentes políticas. Una de ellas —de sobra encarecida en los artículos anteriores— es el aumento de la vitalidad pública de España, el desarrollo exasperado de su dinamismo político, sin el cual nada es real en un Estado. La otra cosa primaria es lograr que las grandes instituciones nacionales —Gobierno y Parlamento— recobren prestigio y dejen de ser la escena ruin o grotesca que solían.
Tomemos, sucesivamente, estas dos cosas como resultados que la mente se propone, y para cuya obtención apercibe los medios. Si mirando el anterior esquema a la luz de estas dos finalidades hallamos dos series de razones que convergen en su abono, creo yo que habrá perdido toda apariencia caprichosa y merecerá alguna atención de las personas reflexivas.
La autonomía regional en la forma insinuada al principio sería el único medio eficaz para suscitar vida pública por las razones siguientes:
1.ª La experiencia ha mostrado que es ilusorio querer despertar los nervios públicos de España mediante procedimientos directos, como son programas, llamamientos, propagandas orales o periodísticas, etcétera. El español medio, por unos u otros motivos que no es ocasión de describir, parece impermeable al vocabulario y hermético a la idea. Si se quiere que actúe públicamente no hay más remedio que obligarle a ello, y sólo cabe obligarle poniendo la solución del mayor número de los asuntos en manos del mayor número posible de ciudadanos. Ya que es remiso a prestar su apoyo para que otros los resuelvan, justo y pedagógico es que cargue él con la faena. Claro que esto sólo puede hacerse con los negocios que más próximamente le afectan, y en los cuales puede tener nociones acertadas. A temas locales, soluciones locales. En vez de un solo Gobierno enorme y abstracto, nueve o diez Gobiernos menores bajo él, con jurisdicción más concreta, que legislen sobre cuestiones próximas y más dominables.
2.ª Buena porción de ese abstencionismo político que practica el español no le es imputable. Los programas políticos le invitan a apasionarse por temas que no entiende, y, en cambio, no se le da ocasión para convertir en motivo de acción política el asunto, tal vez humilde, que verdaderamente le interesa. La vida pública tiene que comenzar por ser vida pública local, excitada por asuntos locales, con partidos locales que luchen por una victoria posible, y ésta sólo cabe si el órgano que ha de resolver en definitiva es también local.
3.ª Es preciso acercar todo lo posible el lugar de la sentencia al lugar de la delincuencia. Maura, con gran acierto, insistía mucho en esto. El ministro de la Gobernación está muy lejos del pueblo donde el cacique ha cometido el delito.
4.ª No hay otra manera de educar y hostigar la conciencia pública que hacerla responsable de sus actos. Esto se obtiene, en la medida posible, haciendo a la región responsable de sus propios problemas, en vez de inducirla inmoralmente a descargar toda la responsabilidad sobre un Poder lejano, ausente, como es el Poder central. De aquí que se haya habituado el pueblo español a ser un mero espectador de sus propias desdichas. Ante hecho tal no es suficiente que lo hagamos constar como un fenómeno de la Naturaleza, añadiendo, a lo sumo, que fuera deseable su modificación. No es sólo deseable que un pueblo abandone su actitud espectacular ante sus propios destinos, sino que es exigible, porque ello constituye una gran vileza. Nuestra generación está obligada a hacerle salir de ese envilecimiento, usando, si es preciso, de cierta violencia jurídica. Yo veo en la autoridad regional una forma de esta violencia jurídica porque con ella enseñamos a nadar al pueblo español echándolo al agua. Tutela pedía Costa. Todo lo contrario: ¡al agua, al agua! —que bracee con sus propios brazos en el líquido elemento de la historia. Es lo que hacen los padres y tutores discretos con sus hijos o pupilos.
5.ª Vida pública no consiste sólo en que las masas se interesen por los negocios públicos; necesita otro ingrediente de suma importancia: que de la masa se destaquen figuras directoras, minorías bien dotadas para conducir, espiritualizar y organizar aquélla, y que, al propio tiempo, sean capaces de resolver los asuntos y sentir una superior responsabilidad. España no sólo padece ausencia de la masa en la vida pública, sino de gentes aptas para dirigir el país. Faltan hombres de primera clase porque no se les da ocasión de hacerse tales. El centralismo ha hecho de España un cuerpo con una sola cabeza —Madrid— y ha dejado decapitadas las provincias. No sólo en el sentido político, sino en el orden intelectual y moral. Si la cabeza madrileña hubiera resultado suficiente, aún habría podido la nación marchar a fuerza de irradiación desde el centro a la periferia. Pero no ha acaecido esto. Madrid no posee ni mucho menos alma bastante para inyectarla en los campos peninsulares, en las ciudades y villas. La casi totalidad de España vive una existencia moral e intelectualmente sórdida, chabacana, exenta de vibraciones y ejemplos impulsores. La autonomía regional traería consigo la multiplicación de la capitalidad. Tallaría en el plasma nacional varios organismos enteros, con su corazón y su cerebro, su selección de minorías egregias y el refinamiento consiguiente de todas las potencias espirituales que harían la existencia local más rica, más llena de afanes hacia un tipo superior de sociedad española.
6.ª Que la provincia sea lo menos provincia y lo más capital posible: esto es lo que importa conseguir. Padecemos de un ruralismo, de un aldeanismo superlativos, que es preciso contrarrestar con esta multiplicación de capitalidades. Es preciso crear nueve o diez centros vigorosos que exciten la vida comarcana, capaces por la extensión de tierras y hombres que representan de sentir el orgullo de sí mismos y acometer empresas de gran envergadura.
He aquí una primera serie de razones. Veamos ahora la que resulta partiendo de la otra gran cuestión: la necesidad de que las instituciones nacionales —Gobierno y Parlamento— gocen del prestigio imprescindible.
El Sol, 10 de enero de 1926
But caprice is every idea for which no reasons are given. Reason frees the idea from its private taint, depersonalizes it, and turns a caprice into a theorem that may legitimately be proposed for the consideration of one’s fellow man.
Any design of political organization, any constitution, has in itself an air of caprice, as a machine does if no one tells us for what end it is built and how its parts cooperate in view of that purpose.
I should like to accumulate in the smallest possible space the major reasons which, in my judgment, give a fertile meaning to the foregoing scheme of a new Spanish anatomy. It is worth recalling that an idea will be all the truer the greater the number of distinct and apparently heterogeneous problems it manages to solve. Thus in Physics one calls truth the hypothesis which, among all, simply explains the most diverse phenomena.
There are two paramount things that must be achieved in Spain, as the presupposition of every other improvement. Both impose themselves equally, and both are in the same manner prior for the radical and the conservative, if they seriously wish one day to realize their divergent policies. One of them —more than enough urged in the preceding articles— is the increase of Spain’s public vitality, the exasperated development of its political dynamism, without which nothing is real in a State. The other primary thing is to ensure that the great national institutions —Government and Parliament— recover their prestige and cease to be the squalid or grotesque scene they used to be.
Let us take, successively, these two things as results that the mind sets before itself, and for whose attainment it prepares the means. If, looking at the foregoing scheme in the light of these two ends, we find two series of reasons converging in its favor, I believe it will have lost all capricious appearance and will deserve some attention from reflective persons.
Regional autonomy in the form intimated at the outset would be the only effective means of arousing public life, for the following reasons:
1st. Experience has shown that it is illusory to wish to awaken Spain’s public nerves by direct procedures, such as programs, appeals, oral or journalistic propaganda, etcetera. The average Spaniard, for one reason or another that there is no occasion to describe, seems impermeable to vocabulary and hermetic to the idea. If one wants him to act publicly, there is no remedy but to compel him to it, and one can only compel him by placing the solution of the greatest number of affairs in the hands of the greatest possible number of citizens. Since he is reluctant to lend his support so that others may resolve them, it is just and pedagogical that he himself shoulder the task. Of course, this can only be done with the business that most nearly affects him, and in which he can have sound notions. To local themes, local solutions. Instead of a single enormous and abstract Government, nine or ten lesser Governments beneath it, with more concrete jurisdiction, legislating on nearby and more manageable questions.
2nd. A good portion of that political abstentionism which the Spaniard practices is not imputable to him. Political programs invite him to grow passionate over themes he does not understand, and, in turn, he is given no occasion to convert into a motive of political action the matter, perhaps humble, which truly interests him. Public life must begin by being local public life, excited by local affairs, with local parties fighting for a possible victory, and this is only possible if the organ that must ultimately decide is also local.
3rd. It is necessary to bring as close as possible the place of the sentence to the place of the delinquency. Maura, with great acumen, insisted much on this. The Minister of the Interior is very far from the town where the cacique has committed the crime.
4th. There is no other way to educate and goad public conscience than to make it responsible for its acts. This is obtained, insofar as possible, by making the region responsible for its own problems, instead of immorally inducing it to unload all responsibility upon a distant, absent Power, such as the central Power. Hence the Spanish people have grown accustomed to being a mere spectator of their own misfortunes. Faced with such a fact, it is not enough that we record it as a phenomenon of Nature, adding, at most, that its modification would be desirable. It is not only desirable that a people abandon its spectatorial attitude before its own destinies; it is exigible, because it constitutes a great baseness. Our generation is obliged to make it emerge from that abasement, using, if necessary, a certain legal violence. I see in regional authority a form of this legal violence, because with it we teach the Spanish people to swim by throwing them into the water. Costa asked for tutelage. Quite the contrary: into the water, into the water! —let them flail with their own arms in the liquid element of history. That is what discreet fathers and guardians do with their children or wards.
5th. Public life does not consist only in the masses taking an interest in public affairs; it needs another ingredient of the utmost importance: that from the mass there stand out leading figures, minorities well endowed to conduct, spiritualize and organize it, and who, at the same time, are capable of resolving affairs and feeling a superior responsibility. Spain suffers not only the absence of the mass from public life, but of people fit to direct the country. Men of the first class are lacking because they are given no occasion to become such. Centralism has made of Spain a body with a single head —Madrid— and has left the provinces beheaded. Not only in the political sense, but in the intellectual and moral order. If the Madrid head had proved sufficient, the nation could still have marched by force of irradiation from the center to the periphery. But this has not come to pass. Madrid does not by any means possess enough soul to inject into the peninsular fields, into the cities and towns. Almost the whole of Spain lives a morally and intellectually sordid, shabby existence, devoid of vibrations and impelling examples. Regional autonomy would bring with it the multiplication of capitality. It would carve in the national plasma several whole organisms, with their heart and brain, their selection of egregious minorities and the consequent refinement of all the spiritual powers that would make local existence richer, fuller of strivings toward a superior type of Spanish society.
6th. That the province be as little province and as much capital as possible: this is what matters to achieve. We suffer from a superlative ruralism, a village-mindedness, which must be counteracted by this multiplication of capital cities. It is necessary to create nine or ten vigorous centers that excite the regional life, capable —by the extent of lands and men they represent— of feeling pride in themselves and undertaking enterprises of great scope.
Here is a first series of reasons. Now let us see that which results from the other great question: the need for the national institutions —Government and Parliament— to enjoy the indispensable prestige.
El Sol, 10 January 1926
Ma capriccio è ogni idea per sostenere la quale non si adducono ragioni. La ragione libera l’idea dal suo tufo privato, la spersonalizza, e di un capriccio fa un teorema che è lecito proporre alla considerazione del prossimo.
Qualsiasi disegno di organizzazione politica, qualsiasi costituzione, hanno per sé stessi un’aria di capriccio, come la ha una macchina se nessuno ci dice con quale fine è costruita e come le sue parti cooperino in vista di quella finalità.
Vorrei accumulare nel minor spazio possibile le ragioni maggiori che forniscono, a mio giudizio, un senso fertile al precedente schema di nuova anatomia spagnola. Conviene ricordare che un’idea sarà tanto più vera quanto maggiore sia il numero di problemi distinti e in apparenza eterogenei che riesca a risolvere. Così in Fisica si chiama verità l’ipotesi che, tra tutte, spieghi semplicemente più fenomeni diversi.
Vi sono due cose primordiali che è forza conseguire in Spagna, come presupposto di ogni altro miglioramento. Entrambe si impongono ugualmente, e sono del medesimo modo preliminari tanto per il radicale quanto per il conservatore, se vogliono davvero realizzare un giorno le loro divergenti politiche. Una di esse —fin troppo raccomandata negli articoli precedenti— è l’aumento della vitalità pubblica della Spagna, lo sviluppo esasperato del suo dinamismo politico, senza il quale nulla è reale in uno Stato. L’altra cosa primaria è ottenere che le grandi istituzioni nazionali —Governo e Parlamento— recuperino prestigio e cessino di essere la scena misera o grottesca che solevano essere.
Prendiamo, successivamente, queste due cose come risultati che la mente si propone, e per la cui ottenzione appresta i mezzi. Se, guardando il precedente schema alla luce di queste due finalità, troviamo due serie di ragioni che convergono in suo favore, credo che esso avrà perduto ogni apparenza capricciosa e meriterà qualche attenzione delle persone riflessive.
L’autonomia regionale nella forma accennata in principio sarebbe l’unico mezzo efficace per suscitare vita pubblica per le seguenti ragioni:
1.ª L’esperienza ha mostrato che è illusorio voler destare i nervi pubblici della Spagna mediante procedimenti diretti, come programmi, appelli, propagande orali o giornalistiche, eccetera. Lo spagnolo medio, per un motivo o per un altro che non è il caso di descrivere, sembra impermeabile al vocabolario ed ermetico all’idea. Se si vuole che agisca pubblicamente non c’è altro rimedio che obbligarlo a ciò, e non lo si può obbligare se non mettendo la soluzione del maggior numero degli affari nelle mani del maggior numero possibile di cittadini. Giacché è restio a prestare il suo appoggio perché altri li risolvano, giusto e pedagogico è che si carichi lui della fatica. È chiaro che questo si può fare soltanto con i negozi che più da vicino lo toccano, e nei quali può avere nozioni esatte. Ai temi locali, soluzioni locali. Invece di un solo Governo enorme e astratto, nove o dieci Governi minori sotto di esso, con giurisdizione più concreta, che legiferino su questioni vicine e più dominabili.
2.ª Buona parte di quell’astensionismo politico che pratica lo spagnolo non gli è imputabile. I programmi politici lo invitano ad appassionarsi per temi che non intende, e invece non gli si dà occasione di convertire in motivo di azione politica l’affare, magari umile, che veramente lo interessa. La vita pubblica deve cominciare con l’essere vita pubblica locale, eccitata da affari locali, con partiti locali che lottino per una vittoria possibile, e questa è possibile solo se l’organo che deve risolvere in definitiva è anch’esso locale.
3.ª È necessario avvicinare quanto più possibile il luogo della sentenza al luogo della delinquenza. Maura, con grande accortezza, insisteva molto su questo. Il ministro dell’Interno è molto lontano dal paese dove il cacique ha commesso il delitto.
4.ª Non c’è altro modo di educare e sollecitare la coscienza pubblica che renderla responsabile dei suoi atti. Questo si ottiene, nella misura possibile, rendendo la regione responsabile dei propri problemi, invece di indurla immoralmente a scaricare tutta la responsabilità su un Potere lontano, assente, com’è il Potere centrale. Di qui che il popolo spagnolo si sia abituato a essere un mero spettatore delle proprie sventure. Di fronte a tale fatto non basta che lo si registri come un fenomeno della Natura, aggiungendo, al massimo, che sarebbe desiderabile la sua modificazione. Non è soltanto desiderabile che un popolo abbandoni il suo atteggiamento spettacolare davanti ai propri destini, ma è esigibile, perché ciò costituisce una grande viltà. La nostra generazione è obbligata a farlo uscire da quell’avvilimento, usando, se occorre, una certa violenza giuridica. Io vedo nell’autorità regionale una forma di questa violenza giuridica, perché con essa insegniamo a nuotare al popolo spagnolo gettandolo in acqua. Tutela chiedeva Costa. Tutto il contrario: in acqua, in acqua! —che sguazzi con le proprie braccia nel liquido elemento della storia. È ciò che fanno i padri e i tutori discreti con i loro figli o pupilli.
5.ª La vita pubblica non consiste soltanto in ciò che le masse si interessino dei negozi pubblici; ha bisogno di un altro ingrediente di somma importanza: che dalla massa si stacchino figure direttive, minoranze ben dotate per condurre, spiritualizzare e organizzare quella, e che, al tempo stesso, siano capaci di risolvere gli affari e sentire una responsabilità superiore. La Spagna non soffre soltanto l’assenza della massa nella vita pubblica, ma di gente atta a dirigere il paese. Mancano uomini di prima classe perché non si dà loro occasione di diventarlo. Il centralismo ha fatto della Spagna un corpo con una sola testa —Madrid— e ha lasciato decapitate le province. Non solo nel senso politico, ma nell’ordine intellettuale e morale. Se la testa madrilena fosse risultata sufficiente, la nazione avrebbe ancora potuto camminare a forza di irradiazione dal centro alla periferia. Ma ciò non è accaduto. Madrid non possiede, nemmeno lontanamente, anima bastante da iniettare nei campi peninsulari, nelle città e nelle ville. La quasi totalità della Spagna vive un’esistenza moralmente e intellettualmente sordida, sciatta, priva di vibrazioni e di esempi impulsivi. L’autonomia regionale porterebbe con sé la moltiplicazione della capitalità. Scolpirebbe nel plasma nazionale parecchi organismi interi, con il loro cuore e il loro cervello, la loro selezione di minoranze egregie e il conseguente raffinamento di tutte le potenze spirituali che renderebbero l’esistenza locale più ricca, più piena di aneliti verso un tipo superiore di società spagnola.
6.ª Che la provincia sia il meno possibile provincia e il più possibile capitale: questo è ciò che importa conseguire. Soffriamo di un ruralismo, di un aldeanismo superlativi, che è necessario controbilanciare con questa moltiplicazione di capitalità. È necessario creare nove o dieci centri vigorosi che eccitino la vita comarcana, capaci, per l’estensione di terre e di uomini che rappresentano, di sentire l’orgoglio di sé stessi e di intraprendere imprese di grande portata.
Ecco una prima serie di ragioni. Vediamo ora quella che risulta partendo dall’altra grande questione: la necessità che le istituzioni nazionali —Governo e Parlamento— godano del prestigio imprescindibile.
El Sol, 10 gennaio 1926