Abstract

An obituary-essay on Maura, turning on what a politician is: death transfigures the man into a historical figure; Maura was neither a man of ideas nor highly cultivated, and yet was the only real politician Spain had in forty years, because only he who has a politics is one, and knows how to pose his nation’s subsoil problems instead of merely dispatching those chance throws up.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

He aquí a don Antonio Maura «tal como en sí mismo la Eternidad le cambia». ¡Mágico poder el de la muerte que elevando al hombre sobre la vida nos descubre su verdadera realidad! La muerte, como toda cima, tiene su gracia de Tabor: transfigura y alquitara la personalidad. Maura mientras vivió no fue lo que era «en sí mismo», sino, más bien, lo que era en nosotros, en nuestros odios o entusiasmos. Su figura se desmesuraba al refractarse en la atmósfera densa de nuestras pasiones. Ahora comienza su transfiguración en figura histórica. Se escapa de nuestros ardores, recoge la imagen que proyectaba sobre el alma del amigo o del enemigo, y, quieto, para siempre quieto, retorna a sí mismo. El paso de lo uno a lo otro ha sido esta vez literalmente un paso —un último escalón que no se ve aquí porque se ve el primero de allá. Este hombre, nunca enfermo, muere fulminado como los favorecidos, sin tránsito; de la vida apasionada se ha evadido a la claridad del mito. Más que morir, simplemente ha dejado de vivir.


El muerto queda fijo, como elevado en su hora. Entre tanto a nosotros el tiempo nos empuja hacia adelante, y cuando volvemos la cabeza vemos al fenecido allá lejos, al cabo de una larga perspectiva. La distancia se engulle los detalles, y de la persona deja sólo la esencial arquitectura. Cuando quedan sólo anécdotas es que no había otra cosa.

En rigor, don Antonio Maura se había ido alejando de la actualidad en los últimos años. Los acontecimientos interpuestos entre su labor pública y la fecha que corre habían comenzado a darle una lejanía histórica. Nuevos problemas, nuevas batallas, nuevos odios e ilusiones habían hecho olvidar los que batieron espumantes en torno a su gesto, y los antiguos enemigos, evaporada la hostilidad, veían hoy ya claramente lo que hubo de acertado en su actitud.

Yo no he hablado nunca con este nuevo y grande ausente: le he saludado una o dos veces. Probablemente no le hubiera complacido mi trato, ni a mí el suyo: soy demasiado «intelectual», cosa que Maura no fue nunca en medida ninguna. Si el que se halla a mi vera no emite ideas claras y precisas, siento pronto angustia respiratoria. Pero esto es una limitación mía, y no se me ocurre pensar que las ideas claras y precisas sean lo único, ni siquiera lo más importante en el mundo. No sobran, ciertamente, y sin alguna dosis de ellas nada llega a su perfección. Don Antonio Maura no fue un hombre de ideas, puede decirse que ni era un hombre de elevada cultura. Al menos en sus discursos y en su acción no hay huella de vastas y variadas curiosidades. Apenas si debió leer otra cosa que algunos clásicos castellanos, lectura estimable, pero de escaso rendimiento y estéril para educar la mente.

Sin embargo, este hombre ha sido, a mi juicio, el único político que ha habido en España durante los últimos cuarenta años. Político, hablando en serio, sólo es quien tiene una política. A los demás, la política los tenía. Unos, porque se contentaron con sortear las cuestiones según se presentaban, de modo que iban al estricote de los sucesos. Otros, los radicales, porque se acercaban a la vida pública presos en la escafandra de un sistema de convicciones jurídicas —liberalismo, democracia, etcétera— muy respetables, que pueden adjetivar una política, pero no suplantarla.

A don Antonio Maura no le preocupaban mayormente los que suelen llamarse «problemas de gobierno». Cualquier listo de provincias se apresurará a darnos una lección de realismo político diciéndonos: «¡No divaguemos! Veamos qué problemas concretos hay planteados». Al político de raza no le preocupan mucho los problemas que el azar plantea porque sabe que casi siempre son superficiales y es fácil resolverlos. Le importa más pensar qué problemas de subsuelo tiene que plantear él a su nación. Esto —ser un planteador de problemas— es el gran síntoma de estro político. Por eso, apenas se incorporó Maura sobre el haz de la vida pública española, la materia inerte de nuestro pueblo empezó a vibrar, el aire se caldeó, todo parecía cobrar un aspecto de realidad, de peligro, de vida. Es lo que pasa a la nave cuando, en vez de ir a merced de las olas, una mano firme toma el gobernalle y ciñe la borda al viento. Las cuadernas se estremecen, las velas dan latigazos, tiembla el mástil, pero la nave avanza en ruta, no flota a la deriva.

¡Y ese comienzo de vitalización nacional, de enardecimiento fue precisamente lo que le echaron en cara las demás gentes menores! Se decía que no tenía sentido de la realidad, puesto que a cada paso levantaba tempestades, provocaba conflictos. Con la estupidez reinante en aquellos años se creía haberlo dicho todo contra él y haber llegado del ingenio al ápice, repitiendo la frase de Gamazo: «Este hombre es un caballo que entra en una cacharrería». La frase no es auténtica, pero esto es lo de menos. Lo de más es que si, en efecto, había en el Maura de 1908 algo de «pura sangre», había en la vida pública del tiempo mucho de cacharrería. De modo que la frase, entendida hasta el cabo, se retorcía en su elogio; porque cuando la vida pública es una cacharrería, lo urgente es hacerla añicos. Y que lo era y que se iba a hacer añicos, aun sin el piafar de nadie, es una de las cosas que estos años han puesto en claro a los ciegos.

Estoy convencido de que cualquier otro hombre con temperamento opuesto, pero que tuviese una política, habría causado y causaría hoy la misma impresión. Porque una política significa la anticipación de una larga trayectoria de acciones públicas, y en el gesto con que se inicia va ya preformado el final. Si no hay capacidad para averiguar desde luego en la actitud de quien dispara el blanco adonde apunta, parecerá sin remedio un demente. Acaso el más grave mal de España es la escasez de personas dispuestas a entender un propósito político que no sea un entremés, que tenga más de un acto. Y si no se llega a comprender que a veces es lo más político suscitar deliberadamente conflictos para aprovecharlos como saltos de agua, podemos despedirnos de toda gran política.

Frente a la pseudo-política que no admite los conflictos, Maura tuvo la soberana intuición de la necesidad de ellos. Éste era el sentido de su «revolución desde arriba». Lo importante en sumo grado no son los «problemas de gobierno», los conflictos que surgen espontáneamente, traídos por la desdicha o engendrados por la enfermedad misma del cuerpo nacional; lo importante es descubrir qué conflictos preconcebidos hay que provocar terapéuticamente en la masa ciudadana para restablecer el equilibrio orgánico, la salud pública. La política monárquica no ha querido nunca convencerse de esto: se obstinó en que no pasase nada nunca, y en cuanto la marina se encrespaba derramó los odres de aceite. Con lo cual no parece que haya evitado ningún mal, y de cierto ha impedido todo bien.

Desde 1908 han corrido diez y siete años. Por tanto existe hoy una nueva generación, apta para comenzar e intervenir en la vida pública, que no vivió aquella fecha apasionada. Yo entonces no comprendía a don Antonio Maura, como aconteció al resto de mis contemporáneos. Luego he aprendido algunas cosas, entre otras a entender el sentido general de su intención política. Tal vez sea de alguna utilidad comunicar a la gente joven el resultado de ese aprendizaje. Si me leen hallarán que hoy considero como lo más valioso de su actuación justamente las cosas que entonces se le echaron más en cara. Padeció errores de todo calibre, algunos de los cuales procuraré señalar, pero cuatro o cinco elementos de su política son, a mi juicio, lo más sustancioso que cabe espumar de un cuarto de siglo en la vida pública española.

El Sol, 18 de diciembre de 1925

II

POLÍTICA Y MAGIA

El pensamiento político ha de ser física y no magia. En la Meca está el sepulcro de Mahoma suspendido en el aire. Los mágicos dicen: he ahí un cuerpo que no está sostenido por nada. El físico, en cambio, se pregunta al punto qué fuerzas mantienen en suspensión, quieto en la atmósfera, aquel objeto grave. Éste es el sentido del pensar físico: comprender que toda realidad, móvil o quieta, es siempre el resultado de fuerzas determinadas. La magia, por el contrario, no echa de menos las fuerzas y cree que las cosas pueden existir sin necesidad de ellas, gratuitamente.

Así la mayor parte de la gente cree que el Estado o conjunto de las instituciones se puede mantener en pie y funcionar, siempre que no sobrevengan fuerzas extrañas que lo embistan o entorpezcan. Éstas serían las fuerzas revolucionarias. Sobre todo, el temperamento conservador, que es muy suspicaz para todo lo que parezca una acometida contra el Estado, no se preocupa de mirar si el Estado se ha quedado exento de fuerzas sociales que lo nutran y sostengan. Le parece natural que por sí mismo, mágicamente, siga en pie. Y, sin embargo, es de Perogrullo que esto no puede acontecer. Las instituciones existen en la medida que haya dinamismo de vida pública bajo ellas. Así sean las más perfectas imaginables, se paralizarán y morirán si en el país no existen energías sociales de carácter público.

Ahora bien: la Restauración fue —el monumento del Retiro lo dice— la «pacificación». ¡Voluptuosa palabra que resuena desde los collados de Belén! Pero todas las palabras del diccionario son equívocas y ésta también. Al decir «¡Paz!», acuden los hombres de buena voluntad, pero también se sienten aludidos los muertos. Hay una paz mortal o poco menos, y ésta fue la de la Restauración. Se procuró, ante todo, evitar conflictos, y para ello desinteresar de la vida pública a los españoles, que de suyo procuran excusarla. En 1902 no encontraba Silvela el pulso a la Península.

Entre tanto las guerras del 98 habían mostrado el triste desmedro del cuerpo nacional y habían aumentado la postración. Todo estaba por hacer en nuestro país. Suena el vocablo «Regeneración». Pero, ¿cómo ejecutarlo?

En esta hora aparece Maura sobre el área política. Y es curioso advertir que llegando en el momento en que parecía urgente hacerlo todo —riqueza pública, instrucción pública, carreteras, ejército—, Maura no intenta en serio hacer nada de esto. (La única y relativa excepción fue la ley de la escuadra y obedeció a urgencias internacionales). En lugar de atacar estos problemas sustantivos, sale por peteneras. Comienza a atacar a los grupos políticos instalados en las tertulias madrileñas —los «corros». Sin necesidad ninguna se apresura a irritar a las izquierdas. ¿Es un reaccionario? Hoy resulta bien claro que fue todo lo contrario. De la ley sobre el terrorismo, hablaremos. Ello es que mientras denuesta a los radicales y pide suplicatorios contra los diputados, es el hombre que busca más el Parlamento y hasta hace obligatorio el voto. Se susurra que mantiene enérgicamente los fueros del poder legislativo y ejecutivo frente al moderador. ¿Cómo se explica todo esto? Yo no creo que haya habido ningún gran político que no presente una faz equívoca. La extrañeza llega al extremo cuando en aquella España exánime, sin tesoro, sin caminos, sin ejército, sin instrucción, este hombre «vesánico» —es la palabra que entonces preferían las cabezas de cartón— presenta un proyecto de Administración local. ¿No es esto el método de Ollendorf?

La solución del enigma no es difícil. Todo el mundo hablaba de que eran urgentes grandes reformas en España —Hacienda, Guerra, Fomento, Instrucción—, el programa de Costa, política hidráulica, etcétera. Sólo Maura comprendió que casi nadie quería, en serio, esas reformas hondas —como no las quiere todavía hoy—, y que aunque las quisiera alguien no se podían acometer. Para ello era condición imprescindible que las instituciones con que habían de intentarse tales innovaciones gozasen de algún prestigio y vigor. Antes de emprender reformas en España era menester la reforma de España, de la vida pública nacional. Una mise au point de las instituciones, sobre todo de la esencial: el Parlamento. Y lo que urgía reformar de éste no era tanto su ley, su esquema jurídico, sino su situación dinámica, su física. El Parlamento era un fantasma, un ente mágico —el sepulcro de Mahoma. No se apoyaba en fuerzas nacionales suficientes. Unos cuantos grupos profesionales lo mantenían en vilo, ocultos, mediante un truco de prestidigitador como el de la Meca. ¿Y se quería que ese Parlamento sin fuerzas en la nación actuase profundamente en la nación? Claro está que no se quería. Desde hacía muchos años no se gobernaba en España; por eso no se había echado de menos el cimiento social de la institución. El que hubiese querido poner en marcha la máquina habría descubierto el truco. El Parlamento parecía existir a condición de no funcionar, esto es: de no existir. Así se pueden presentar muy bien instituciones en el aire.

En tal coyuntura, lo que parece una cuestión adjetiva y meramente instrumental —suscitar fuerzas de vida pública cuyo dinamismo pueda aprovecharse para hacer marchar las instituciones— se convertía en la cuestión primaria y, en cierto modo, única. Hoy, creo yo, se empieza a ver esto con mayor claridad, se comienza a entender que sin corrientes enérgicas de vida pública no hay que pensar en proyecto alguno de gobernación —ni de derecha ni de izquierda. Hacen falta fuerzas que gobiernen, no Gobiernos de fuerza. Por una curiosa, pero irremediable paradoja, se recurre a Gobiernos de fuerza sólo cuando no hay fuerzas de gobierno.

Éstas fueron la mayor preocupación de Maura. Las fuerzas de gobierno son, por lo pronto, los partidos, las amplias agrupaciones organizadas y disciplinadas para la faena política. Pero estos partidos no se forman tampoco mágicamente. Es menester que millones de hombres se sientan forzados a intervenir de alguna manera en la vida pública; se interesen, se confíen, se apasionen, para poder extraer de ellos unos cientos de miles que se organicen en partidos vigorosos. Ahora bien, esto no se puede lograr si no se levanta presión en todos los ámbitos nacionales y no se dispone la existencia administrativa de villas, lugares y glebas en forma que cada cual se sienta impulsado a intervenir en la cosa pública según el radio de su órbita personal.

Maura intentó esta gran leva de fuerzas públicas por dos medios: uno inmediato, otro indirecto. De ambos, el segundo era el único bueno, profundo, certero, y aunque tímido, digno de su inspiración política: la reforma del régimen local. El otro, el inmediato, revelaba un resto de magia en su espíritu ardiente, que a veces mostraba vislumbres caliginosas de orientalidad. Fue éste el llamamiento a las masas neutras. Creyó que por un conjuro, con unas cuantas voces ungidas, iba la masa neutra a dejar de serlo y tornarse potencia activa. Por recaer en la magia se quedó en el aire, y cayó en política. Le faltó paciencia y le sobró fuego, el fuego que tostaba su tez y daba a su rostro un aspecto cerámico, como de barro cocido en Andújar.

Pero de estos dos medios conviene hablar un poco más.

El Sol, 19 de diciembre de 1925

III

DESCUBRIMIENTO DE LAS PROVINCIAS

No se propone este ensayo la beatificación de don Antonio Maura. Séanos repugnante toda beatería, religiosa o laica, con sus derretimientos y untuosidades, su postura de ojos en blanco, su tozudez y su incapacidad de ver las cosas por los cuatro costados. En vez de beatificarlo se trata de aprovechar para los destinos nacionales la porción de genialidad que hubo en este hombre. Supo ver unas cuantas cosas que parecen las más importantes para una política interior de España. Y hay que salvar esas visiones destacándolas, aislándolas de los errores, excrecencias, concomitancias, y sobre todo de los aspavientos en que Maura abundaba casi tropicalmente. La sazón es inmejorable para que esos capitales teoremas políticos puedan ser entendidos de muchos y entonces se habrá ganado todo. En su hora, las visiones de Maura fueron más bien previsiones. Los hechos que las motivaron eran aún subterráneos. Hoy están en la superficie, a merced de todas las retinas; son, en rigor, la superficie misma. Son, por lo pronto, éstos: la catástrofe de las instituciones y la ausencia extrema de vida pública que llevó a aquélla e impide superarla. Nótese que los pesimistas de hace diez y siete años —y lo eran casi todos los parlamentarios— advertían ya la escasez de vida pública, pero no creían que fuese tan apurada, y sobre todo pensaban que, a pesar de ella, las instituciones podrían sostenerse, ya que no mejorar. «En España no pasa nunca nada» —era su fórmula. Los mejores, llenos de excelente intención, elucubraban sus proyectos de reformas «sustantivas» —Hacienda, Instrucción, Fomento. Con ellos en la mano se dirigían al país. Éste no daba señales de vida. Entonces dejaban caer los brazos, y con el gesto de aceptar una fatalidad decían o pensaban: «¡Es inútil! En España no es posible una política porque no hay fuerzas de opinión con que hacerla».

Aquí está el error de ellos, y lo que, al menos en principio, fue el acierto de Maura. La política no se define por contenidos determinados. Consiste simplemente en proponerse hacer lo que en un país hay que hacer. Si en España no se puede hacer nada o poco más, a causa de no haber fuerzas de vida pública, el político inspirado no duda un momento y comprende que lo que hay que hacer, el único contenido posible de la política, es precisamente crear esas fuerzas inexistentes.

Tal es el primer punto que conviene destacar y aislar en el pensamiento político de Maura. Abstraiga, por un momento, el lector de todo lo demás que en la figura y gestos de este hombre le sea menos simpático. Descienda al fondo insobornable de sí mismo, y pregúntese si no es utópico todo intento de reforma «material» en España mientras no se reforme la «forma» de nuestra vida pública, la situación dinámica del cuerpo ciudadano. Hoy no existe grupo alguno de opinión que tenga fuerza bastante para mandar cantar a un ciego. No se vislumbra quién, ni cómo, ni por qué va a gobernar mañana. Sólo se sabe que gobernará —mejor dicho, que parecerá gobernar— cualquiera, indiferentemente cualquiera, porque, sea quien sea, carecerá de asentamiento político en el país. De éste lo más que se puede sacar es un «no», activo o pasivo, contra todo el que gobierne más de quince días.

Se ha llegado, pues, de hecho, y no sólo como anticipación intuitiva, a un estado en que todos, radicales y conservadores, tienen un grave interés común: el de suspender toda otra política y dar prelación a este solo y único problema: ¿cómo es posible levantar presión de vida pública en España?

«Ausencia de ciudadanía», solía decir Maura, dando al problema una expresión que no me parece afortunada. Porque dicho así, toma el aire de una reconvención en que se inculpa al país, y esto es tan poco congruente como si el médico inculpase al enfermo porque le presenta un hígado en compota. Este tono de reprimenda escolar, iniciado por Maura, se ha hecho habitual en los últimos tiempos. Durante ellos yo —y supongo que los demás parejamente— no podía leer las declaraciones oficiales sin sentirme colegial de primero de latín, forzado a aguantar palmetazos de un dómine que me imponía dogmáticamente lo que debía o no pensar y me obligaba a aprender en la Gaceta si era yo chico bueno o malo. Es de esperar que se gaste pronto este stock de pedantería gubernamental y volvamos a formas de elocución política menos impertinentes.

Si no hay ciudadanía, por alguna causa será. Esta causa debe escrutar el político e imaginar los medios de extirparla.

Y aquí viene el segundo punto en que, a mi juicio, Maura supo ver la verdad, aunque menos claramente que en el primero.

¿Por qué no hay vida pública en España? La pregunta es tremenda y titularía un mamotreto. Pero reduzcamos su sentido a términos rigorosos y manejables.

Vida pública no es, sin más ni más, vida política. El vecino de un pueblo a quien sus intereses egoístas o sus convicciones ideales —para el caso es igual— llevan a ayudar con su voto, deliberadamente y con cierta continuidad, a una política, ejerce actos de vida pública, pero no es por ello un político. Ni siquiera necesita estar adscrito a un partido, y no es forzoso que tenga «ideales». Basta con que, por unos u otros motivos, así sean los más privados, acostumbre a tomar resoluciones que desembocan en actos de vida pública, a preferir unos programas a otros, unos hombres públicos a otros. Este mínimum de vida pública es el necesario. La vida política, en cambio, supone que nos «dedicamos» a la vida pública, que hacemos de ella una de nuestras principales ocupaciones. Pero esto no es necesario ni exigible. Además no podrá existir vida política sino como condensación de mucha vida pública. El mínimun de ésta, antedicho, es lo que hay que pretender y suscitar.

Hubo un tiempo en que se pensó que España toda podía vivir políticamente de la vida pública que hubiese en Madrid. En algunas naciones, Francia por ejemplo, ha podido vivir la provincia durante un siglo de la espiritualidad de todo orden, incluso política, que irradiaba de la capital. En España fue sólo una ilusión. Madrid no cumplió, en ningún sentido —tampoco en el intelectual— su misión de capitalidad. Madrid ha fracasado. Yo lo siento mucho porque soy madrileño; pero creo que a fuer de buen madrileño debo aminorar el fracaso poniéndole el único remedio, que es… reconocerlo. Recuerdo haber escrito hace ya mucho tiempo que el dato de sociología política más importante en esta etapa española es haberse trasferido el centro de gravedad nacional de Madrid a provincias. Antes las provincias creían en Madrid, seguían dócilmente sus inspiraciones, vivían de la vida capital. Ahora han retirado su adhesión; pero, exentas aún de vida pública propia, resulta que hemos llegado al cero dinámico.

Ésta fue la segunda gran intuición de Maura. La fuerza de vida pública que falta y hay que suscitar sólo es posible en la provincia. Para ello es preciso modificar la existencia provinciana. Con tal finalidad, Maura elabora su proyecto de Administración local. El propósito fue egregio —para mí el único importante, decisivo, que hoy cabe adoptar en España. Pero las líneas de su realización resultaron desdibujadas. Maura diagnosticó mal los defectos de la vida provincial. ¿Por qué?

La respuesta equivale a contestar esta otra pregunta sobremanera actual: dadas las provincias españolas, ¿cómo es posible despertar su vitalidad pública? Con ello arribaremos al tercer ingrediente de la mejor, de la única política.

El Sol, 22 de diciembre de 1925

IV

LA REFORMA LOCAL

En 1902 comienza Maura a exponer sus ideas sobre reforma de la Administración local. Durante doce años no cesará de combatir en su pro. La calidad de la inspiración política, la constancia, denuedo y convicción que puso en su servicio dan a esta empresa un rango aparte y único en la historia de la gobernación española durante los últimos treinta o cuarenta años. La ley de Administración local —o para ceñirme más a lo que pienso—, la idea que inspiró esa ley, proporciona a la figura de Maura una dimensión de gran político que no logro encontrar en ningún otro hombre de cuantos operaron públicamente en la misma época.

Todo lo demás que Maura ha hecho y sido en bien y en mal tiene que ser relegado a un plano secundario a fin de dejar solitaria, en su prócer rango, esta gran intuición del gran levantino. Y no es objeción contra el superlativo de este encomio el hecho de que sean aún muy pocos los dispuestos a hallarlo justificado. No serán las personas, sino las realidades y el tiempo que las trae al hombro, quienes aportarán el asentimiento.

Porque no es cosa fácil hallar en nuestra tierra gentes resueltas a enfrontar un tema, sea el que sea, artístico o científico, religioso o político, con el esfuerzo de la reflexión. Se prefiere juzgar por impresión. Pero la impresión es sólo la reacción intelectual ante lo que se ve, ante la apariencia. Con ella no es posible abordar ninguna verdad repuesta y de trastierra, cuya pesquisa requiere precisamente desasirse de lo aparente, negar su importancia y poner la proa a ultranza.

Nos hallamos al comienzo de una serie penosa de vicisitudes políticas. Cada jornada traerá su cambio, cruento o manso, pero siempre estéril o al menos sin otra fertilidad que hacer patente un nuevo error al querer ensayarlo. Será preciso que agotemos el capital de posibles equivocaciones para que un buen día nos encontremos ante el cuerpo de la verdad, tiritando de puro desnudo. Unos dirán que en España hace falta libertad, y tienen tanta razón que resulta demasiada. Porque, de cierto, nadie que cuente duda de ello en serio: la duda comienza al preguntarnos cómo España puede tener, en serio, libertad. Otros dirán que lo urgente es autoridad, y tampoco les falta razón. Pero la autoridad no se manda hacer ni consiste en que un Gobierno se titule de fuerza y haga desde la Gaceta ostentación de sus bíceps, como un Hércules de feria. Se olvida que libertad y autoridad son resultados de la vida pública existente en un país, y, además, son recíprocas. Sólo un Gobierno que goce de autoridad puede, en serio, darse el lujo de ser liberal, y sólo un Gobierno liberal, es decir, fundado en la libre y fervorosa aquiescencia de muchos ciudadanos, emitirá ese influjo irradiante que es la autoridad. Si mañana sobreviene un Gobierno que se titule liberal, pero que no sea, por otras razones diferentes de la libertad, respetable, no podrá menos de suspender las libertades para sostenerse una semana. Libertad y autoridad son resultados; quererlos no es buscarlos a ellos, sino a sus ingredientes y factores, que suelen ser distintos del producto.

Maura, que quería ambas cosas —libertad y autoridad—, se esforzó en crear sus condiciones. Vio a su modo y en la perspectiva impuesta por su hora, la sencilla y radical verdad: cincuenta años de experimento han demostrado con superabundancia que la estructura política y administrativa en que se halla organizado el cuerpo español impiden todo desarrollo de vida pública. Instituciones, formas de gobierno, justicia, fomento económico, cuanto se intente y ambicione, serán espectros, fantasmas y penas de amor perdidas mientras no se disloque la estructura actual y se dé al cuerpo público de España otra anatomía. Y esta otra anatomía no puede, claro está, ser cualquiera, sino que ha de inventarse, como se inventa una máquina, partiendo de la finalidad que se pretende. En nuestro caso esta finalidad —común a radicales y conservadores, por ser condición para las políticas de unos y otros— sólo puede consistir en la suscitación de fuertes energías de vida pública. Esto se proponía Maura con su famoso proyecto de ley. «Si yo anhelo —decía— la reforma del régimen local, es porque entiendo que es la base primaria, única, del remedio de muchos males públicos, desde el más bajo al más alto; porque entiendo que en ella está una grandísima parte de la esencia de las mejoras demandadas por el país y luego el supuesto necesario para otras muchas mejoras que no se pueden someter al Parlamento sino después que ésta se haya establecido». ¿Y por qué considera de tal suerte previa esta reforma? ¿Qué realidad primaria aspira a lograr con esta primaria innovación? «En adelante —es decir, después de la reforma— acontecerán dos cosas trascendentales: la una que el Ayuntamiento ya no podrá ser lo que es hoy para la lucha política de los partidos, y éstos tendrán que buscar su fuerza en la voluntad popular, y la otra que los dominadores y azotes de los pueblos quedarán entregados a la venganza patente y eficaz de sus convecinos, mientras que ahora es absolutamente imposible que un vecindario se subleve contra un cacique, porque detrás del cacique estamos todos, aun los que los detestamos».

Este último párrafo muestra con sobrada claridad que el propósito principal de Maura al modelar la ley de Administración local no fue propiamente administrativo, sino político: quiere dar ocasión a que se produzcan vendavales de vida pública, y no se pueden leer las frases citadas sin que irrumpa en el escenario de la fantasía un motín municipal.

Hoy, pasados casi veinte años, sigue teniendo razón Maura: ésa es la cuestión primaria, la única. Tiene tanta razón en lo esencial que ha dejado de tenerla en lo accidental, que es el articulado de su ley. El tiempo, al correr, ha aclarado muchas cosas y ha preparado mejor los ánimos. Visto desde esta vertiente que mide un cuarto de siglo, el perfil de su reforma parece insuficiente y desdibujado.

El error de Maura fue un error de diagnóstico, y fue el mismo error que cometieron otros hombres buenos de su época: Costa, por ejemplo. (Al decir que es un error doy simplemente a entender que a mí me lo parece, lamentando no haber hallado aún manera de pensar con la testa del prójimo que opine de otro modo). Creyeron que si en España faltaba vida pública era porque la estorbaban y anulaban los políticos. Maura y Costa coinciden en la manía de atribuir todos los males al caciquismo. Ambos inician la campaña contra la política al uso, y el primero resume su reforma llamándola «el descuaje del caciquismo». Desde entonces todo son denuestos contra las pobres gentes que subían y bajaban en la noria del Poder, como humildes ludiones en el tubo de un gabinete de física. Al buen español le suele halagar que de sus defectos se eche la culpa a alguien, nominativamente, para poder hablar mal de él en el café, que es su operación más activa. Maura fue opimo en la invención de insultos dirigidos a los «políticos».

Pero he aquí un ejemplo de la ventaja que reporta llevar a la práctica ideas falsas. Cien mil discursos y otros cien mil artículos —yo he escrito algunos de los cien mil— no hubieran logrado convencer a nuestros compatriotas de que los «políticos» no eran la causa de los males nacionales, sino que eran tan sólo su expresión y su símbolo.

La casi totalidad del proyecto de Maura está dedicado a libertar los Ayuntamientos de la presión que sobre ellos ejerce el caciquismo de los ministros de la Gobernación. Punto por punto sigue su reforma las articulaciones del sistema electoral vigente entonces, y las va descoyuntando. En este sentido cabe decir que es una reforma negativa, como es negativo su feo vocablo onomástico —el «descuaje». Sería injusto olvidar la fecha y la atmósfera pública en que el proyecto fue presentado. Acaso no era posible hacer más. En los discursos de su autor relampaguea a veces una concepción más amplia, más completa. Sea de ello lo que quiera, parece forzoso reconocer que aquella ley, reproducida hoy, tendría un aspecto arcaico. Es menester, sin duda, libertar de los ministros de Madrid la existencia local; pero no basta con esto. Hay que hacer más, mucho más. La dislocación del viejo cuerpo anquilosado tiene que ser más radical. Maura lo espera todo del átomo municipal, habla poco de la provincia y con extremada timidez de la región. En aquellos días fue una audacia esto que es hoy una gloria para el audaz. Sin embargo, al cabo de los años y las andanzas empieza a entreverse que la salud estaría en poner boca abajo el proyecto de Maura, y seguir un orden inverso: primero, la región; luego, la provincia, y al cabo, el municipio. El mayor elogio que de su idea inspiradora cabe hacer es que su verdad, como veremos, no depende del articulado, de la letra, influidos por la ocasión y prisioneros de la oportunidad.

El Sol, 31 de diciembre de 1925

V

AUTONOMÍA, DESCENTRALIZACIÓN

¿Cómo es posible despertar energías de vida pública en la existencia provincial española?

El medio que Maura propuso consiste en dotar al Municipio de la mayor autonomía, es decir, hacerlo en su tráfago local independiente del Poder central. Yo sostengo que con esto no basta ni mucho menos, y quisiera formular sencillamente las razones que nutren mi convicción. El tema es sobremanera inameno, pero dudo que exista otro de más honda importancia y que demande con mayor urgencia la meditación de los capaces. Por otra parte, ¿cabe homenaje más adecuado que revivir junto a la tumba reciente los problemas que más ocuparon al fenecido?

Imaginemos el caso más favorable: el proyecto de Maura convertido en ley, y su articulado funcionando conforme al deseo de su autor. ¿Qué se habría logrado? Evitar los trastornos que en los Municipios causa la ciega y violenta intervención del Poder central. ¿Eran éstos tan grandes? Hay un lugar en los discursos de Maura que siempre me ha sorprendido. Con grandes ademanes de espanto hace constar que los retrasos financieros de los Municipios españoles ascienden —ascendían— a «unos doscientos ochenta millones de atrasos y embrollos, fruto de toda la podredumbre administrativo-caciquil que servía de entraña al régimen actual». ¿Eso era todo? ¿Con doscientos millones se podría tapar el agujero de la desdicha nacional? La incongruencia entre el tamaño de la cifra y la importancia que Maura le atribuye hace sospechar que se trata de una concepción errónea, cuyo defecto de evidencia se procura compensar con patetismo. Dato semejante provoca en uno la convicción opuesta. Si los Ayuntamientos de la Península sólo tienen trampas por valor de doscientos ochenta millones, su situación es muy tolerable, y no hay por qué apresurarse a legislar sobre ellos.

Pero sigamos imaginando. Estamos en un pueblo de Castilla, solitario en medio de sus largas glebas pardas. Con la ley de Maura hemos logrado evitar las canalladas que el cacique sólo puede perpetrar en connivencia con el ministro de la Gobernación. Pero no exageremos: esos crímenes son pocos. Quedan todos los demás que la existencia angosta y mísera de este pueblecito, de estas vegas sitibundas engendran. Generosa con el recuerdo de Maura, nuestra imaginación suprime también estos crímenes de simiente local. Queremos pintar una situación ideal. ¿Qué hemos logrado con ella para los efectos de la gran vida pública española?

Vive, a la postre, la nación en sus grandes instituciones, sobre todo en el Parlamento. Hemos purificado el Ayuntamiento del villorrio, pero le hemos dejado solo, y, por lo tanto, tal cual es. Debíamos hacer una lista de las preocupaciones, de los temas que se alojan en las almas de sus vecinos —grupo de Robinsones adscritos a su isla municipal, prisionera en el oleaje de los surcos—: son la cosecha, el camino que pasa por el término, la credencial de peatón, las contribuciones. Todo lo demás que acontece más allá del otero, por un lado, del barranco o encinar, por el otro, adquiere un aspecto vago, confuso, irreal. Sólo dos o tres personas —el secretario, el alcalde— van de cuando en cuando a la capital de la provincia, a rendir cuentas, a consultar una orden. La política nacional que se hace en Madrid —leyes financieras, constitución, cambios de régimen— suena como rumor de un lejano planeta que ni se oye, ni menos se entiende bien. Y, sin embargo, cada dos, cada tres, cada cinco años se pide al pueblo un diputado para que tome parte en las discusiones parlamentarias y decida, no sobre la cosecha, el caminito, el peatón, sino sobre los «derechos del hombre», el Tratado de comercio con Turquía, el bloqueo continental, la guerra cósmica… ¿No es esto absurdo, monstruoso? En comparación con lo absurdo, con lo monstruoso de este uso, ¿qué importancia tienen todos esos abusos, cuya existencia se quiere presentar como causa de que España «no marche»? ¡Cuántas veces he escrito esto: «Amigos, no los abusos, sino los usos son lo malo de nuestra existencia nacional! ¡Renunciad a ese feo instinto de esbirros, de policías que persiguen el abuso para gozarse en agarrar algún culpable, y no atienden al defecto impersonal de los usos, de los malos usos!» Pero inútil. Se quieren «responsabilidades», se busca carne bajo las uñas; hace siglos era el judío de la judería o el morisco de la morería; ayer, el cacique; luego, el «viejo político», mañana…

Y, en tanto, permanece intacto el absurdo. Un diputado que va a decidir sobre los grandes problemas nacionales es elegido —sin más aparato intermediario— por este pueblecito de glebas pedregosas, donde hay unos chopos temblones y unas ovejas hambrientas. ¡Y se pretende que de esa «vida pública» municipal —repito, sin más intermediario— se espume la necesaria para henchir el enorme velamen del Parlamento nacional! Mas la realidad se impondrá. El pueblecito dará su tirón de la moral insólida del diputado que, para asegurar el distrito, enviará al diablo la nación con tal de nombrar unos peatones y construir los baches de una carretera.

Nótese que la incongruencia es doble. Porque ni el pulso local puede acertar con los grandes problemas relativamente abstractos de la nación, ni, viceversa, el Parlamento madrileño puede entender con fervor y precisión en los menudos temas locales. Maura se preocupó demasiado exclusivamente de corregir esta última dimensión del absurdo, pero dejó en vigor la otra, que es la más grave.

Es preciso, sin duda, libertar de Madrid al Municipio, pero no para dejarlo solo. Material y moralmente su volumen es demasiado reducido para que en él se susciten corrientes de vida pública, aspiraciones, depuraciones. De hecho está hoy cada Ayuntamiento de España atado, encadenado a la bola de la Puerta del Sol. Se ha dado a España una estructura radiada, que es la más simple (recuérdese la organización de los animales inferiores). Un centro y radios que de él emanan. Rompamos éstos, pero atemos a los Municipios unos con otros para que formen grandes incorporaciones, respetables por su mismo talle. Maura lo entrevió, pero no se atrevió. Hoy es sazón de mayor madurez.

La autonomía municipal es una abstracción y, por lo mismo, no podemos quedarnos en ella. El pensamiento fabrica abstracciones; es su menester. Para comprender separa, aísla, analiza. Pero si toma su obra prima, su mentefactura inicial como si fuese la realidad misma, lo echa a perder todo. En vez de esto, debe —concluido el análisis, sueltas las piezas— reconstruir la máquina, y con sus abstracciones restaurar la maravilla de lo concreto.

La cosecha de este otro pueblo cordobés no depende de las condiciones de su término municipal. En él crece el árbol de bronce que da la oliva bética. Pero donde el pueblo termina no termina el olivo. Los troncos retorcidos brincan más allá de la línea municipal, y se extienden por toda una enorme comarca llevando con ellos cierta identidad de condiciones vitales, intereses comunes, posibilidades colectivas de gran tamaño. El pueblecito aislado ni siquiera puede llegar a una conciencia clara de los problemas políticos que el olivo plantea. No hablemos de que pudiera atacarlos y darles cima. Así acontece que no se ha logrado extraer del olivo más que aceite, pero no la energía de vida pública que en él reside. Y lo mismo acontece con el resto de la producción española, que sigue políticamente inactiva. Sólo Bilbao y Barcelona han trasportado a la mecánica pública algo de sus potencias económicas.

La producción es sólo un ejemplo de las muchas realidades sociales que son susceptibles de desarrollar vida pública y convertirse en fuerzas políticas que sostengan vigorosamente un sistema de sustituciones.

En vez de aislar el Municipio oblíguesele a fundirse jurídicamente con toda una comarca, a depender de ella y actuar sobre ella. Frente a la masa gigante de la nación, el pueblecito no hace figura, no es nada, se siente incapaz y humillado. Frente a la masa menor, aunque respetable, de una comarca, el pueblecito será ya alguien. Vivirá entre sus pares, llamado a opinar, decidir, combatir sobre temas que existen claros en su repertorio vital o que, al menos, le son próximos. Confiando más en su figura comenzará a actuar, a intervenir, a apasionarse.

Las razones que inducen a este modo de pensar son innumerables, y las dadas son tan sólo las que el espacio me deja hoy insinuar. Pero, en resumen, la idea que propugno, puesta en cifra, sería ésta:

1.º No es posible vida pública en España si no se procura crearla en la existencia provincial.

2.º No es posible vida pública en la existencia provincial, sino en virtud de una extremada descentralización. Hasta aquí Maura.

3.º La descentralización es sólo una conditio sine qua non o negativa, a la que es preciso añadir otra positiva: la creación de cuerpos autónomos capaces de desarrollar fuertes corrientes de vitalidad pública.

4.º Los Municipios son entidades demasiado reducidas para que en ellos se susciten corrientes interiores —empresas, aspiraciones, luchas, organizaciones, etcétera.

5.º Es, pues, ineludible buscar entre el Estado —cuerpo demasiado grande y abstracto— y el Municipio —demasiado pequeño y no menos abstracto— un tipo de organismo intermedio que sea lanzado al agua de su propia responsabilidad para que se vea obligado a salir nadando. El mayor error sería creer que es preciso esperar a que él se forme espontáneamente. La grande obra política consiste precisamente en forzarle a nacer puesto que advertimos su necesidad.

6.º Como este tipo de organismo intermedio no puede ser tampoco la provincia, unidad demasiado arbitraria e insuficientemente amplia, sólo queda la «gran comarca», es decir, el principio anatómico de la región.

He aquí cómo se llega a la idea de autonomía regional, no por razones históricas, de pretérito sentimental, sino, al revés, por conveniencias de futuro. Al golpear el mármol se quiebra por sus vetas, que son como articulaciones preformadas en su materia compacta. Si damos un empellón a España, una forzosidad mecánica la hará articularse según el veteado de sus regiones. La máquina pública que queríamos inventar y sacarnos de la mente raciocinante resulta coincidir con una realidad profunda, diseñada espontáneamente por un destino sobrehumano en el cuerpo sagrado de España.

El Sol, 7 de enero de 1926

VI

LA AUTONOMÍA REGIONAL Y SUS RAZONES

Imagino una nueva anatomía de España: la Península organizada en grandes regiones. Cada una estaría gobernada por una Asamblea regional o Parlamento local, que nombraría sus magistraturas ejecutivas. La Asamblea se compondría de diputados elegidos por sufragio universal directo en los distritos actuales. A este Poder local se entregaría la resolución de todos los asuntos localizados en la existencia provincial. En manos del Poder central y su Parlamento nacional quedarían muy pocos asuntos; a saber: los problemas y funciones estrictamente nacionales, incluso el derecho de intervenir en las regiones cuando alguna de ellas padeciese una situación anómala. El Parlamento nacional se compondría de diputados elegidos en los Parlamentos regionales. El número de estos diputados sería muy reducido: noventa o cien.

He aquí un dibujo del cuerpo español perfectamente caprichoso y, por lo mismo, irritante. Todo capricho irrita, porque con él pretende el que escribe o el que habla inyectarnos su privada manía, y nos produce repugnancia recibir en nuestro organismo un humor personal ajeno. Cada cual adora su propio capricho y repele el del prójimo. Somos muy benévolos con nuestras secreciones, y nos causan asco las ajenas.

Pero capricho es toda idea para sustentar la cual no se dan razones. La razón libra a la idea de su tufo privado, la despersonaliza, y de un capricho hace un teorema que es lícito proponer a la consideración del prójimo.

Cualquier diseño de organización política, cualquiera constitución, tienen por sí mismos un aire de capricho, como lo tiene una máquina si nadie nos dice con qué fin está construida y cómo sus piezas cooperan en vista de aquella finalidad.

Yo quisiera acumular en el menor espacio posible las razones mayores que proporcionan, a mi juicio, un fértil sentido al anterior esquema de nueva anatomía española. Conviene recordar que una idea será tanto más verdadera cuanto mayor sea el número de problemas distintos y en apariencia heterogéneos que logre resolver. Así en Física se llama verdad a la hipótesis que, entre todas, explique sencillamente más fenómenos diversos.

Hay dos cosas primordiales que es forzoso conseguir en España, como supuesto de toda otra mejoría. Ambas cosas se imponen igualmente, y son del mismo modo previas para el radical y el conservador si quieren en serio realizar un día sus divergentes políticas. Una de ellas —de sobra encarecida en los artículos anteriores— es el aumento de la vitalidad pública de España, el desarrollo exasperado de su dinamismo político, sin el cual nada es real en un Estado. La otra cosa primaria es lograr que las grandes instituciones nacionales —Gobierno y Parlamento— recobren prestigio y dejen de ser la escena ruin o grotesca que solían.

Tomemos, sucesivamente, estas dos cosas como resultados que la mente se propone, y para cuya obtención apercibe los medios. Si mirando el anterior esquema a la luz de estas dos finalidades hallamos dos series de razones que convergen en su abono, creo yo que habrá perdido toda apariencia caprichosa y merecerá alguna atención de las personas reflexivas.

La autonomía regional en la forma insinuada al principio sería el único medio eficaz para suscitar vida pública por las razones siguientes:

1.ª La experiencia ha mostrado que es ilusorio querer despertar los nervios públicos de España mediante procedimientos directos, como son programas, llamamientos, propagandas orales o periodísticas, etcétera. El español medio, por unos u otros motivos que no es ocasión de describir, parece impermeable al vocabulario y hermético a la idea. Si se quiere que actúe públicamente no hay más remedio que obligarle a ello, y sólo cabe obligarle poniendo la solución del mayor número de los asuntos en manos del mayor número posible de ciudadanos. Ya que es remiso a prestar su apoyo para que otros los resuelvan, justo y pedagógico es que cargue él con la faena. Claro que esto sólo puede hacerse con los negocios que más próximamente le afectan, y en los cuales puede tener nociones acertadas. A temas locales, soluciones locales. En vez de un solo Gobierno enorme y abstracto, nueve o diez Gobiernos menores bajo él, con jurisdicción más concreta, que legislen sobre cuestiones próximas y más dominables.

2.ª Buena porción de ese abstencionismo político que practica el español no le es imputable. Los programas políticos le invitan a apasionarse por temas que no entiende, y, en cambio, no se le da ocasión para convertir en motivo de acción política el asunto, tal vez humilde, que verdaderamente le interesa. La vida pública tiene que comenzar por ser vida pública local, excitada por asuntos locales, con partidos locales que luchen por una victoria posible, y ésta sólo cabe si el órgano que ha de resolver en definitiva es también local.

3.ª Es preciso acercar todo lo posible el lugar de la sentencia al lugar de la delincuencia. Maura, con gran acierto, insistía mucho en esto. El ministro de la Gobernación está muy lejos del pueblo donde el cacique ha cometido el delito.

4.ª No hay otra manera de educar y hostigar la conciencia pública que hacerla responsable de sus actos. Esto se obtiene, en la medida posible, haciendo a la región responsable de sus propios problemas, en vez de inducirla inmoralmente a descargar toda la responsabilidad sobre un Poder lejano, ausente, como es el Poder central. De aquí que se haya habituado el pueblo español a ser un mero espectador de sus propias desdichas. Ante hecho tal no es suficiente que lo hagamos constar como un fenómeno de la Naturaleza, añadiendo, a lo sumo, que fuera deseable su modificación. No es sólo deseable que un pueblo abandone su actitud espectacular ante sus propios destinos, sino que es exigible, porque ello constituye una gran vileza. Nuestra generación está obligada a hacerle salir de ese envilecimiento, usando, si es preciso, de cierta violencia jurídica. Yo veo en la autoridad regional una forma de esta violencia jurídica porque con ella enseñamos a nadar al pueblo español echándolo al agua. Tutela pedía Costa. Todo lo contrario: ¡al agua, al agua! —que bracee con sus propios brazos en el líquido elemento de la historia. Es lo que hacen los padres y tutores discretos con sus hijos o pupilos.

5.ª Vida pública no consiste sólo en que las masas se interesen por los negocios públicos; necesita otro ingrediente de suma importancia: que de la masa se destaquen figuras directoras, minorías bien dotadas para conducir, espiritualizar y organizar aquélla, y que, al propio tiempo, sean capaces de resolver los asuntos y sentir una superior responsabilidad. España no sólo padece ausencia de la masa en la vida pública, sino de gentes aptas para dirigir el país. Faltan hombres de primera clase porque no se les da ocasión de hacerse tales. El centralismo ha hecho de España un cuerpo con una sola cabeza —Madrid— y ha dejado decapitadas las provincias. No sólo en el sentido político, sino en el orden intelectual y moral. Si la cabeza madrileña hubiera resultado suficiente, aún habría podido la nación marchar a fuerza de irradiación desde el centro a la periferia. Pero no ha acaecido esto. Madrid no posee ni mucho menos alma bastante para inyectarla en los campos peninsulares, en las ciudades y villas. La casi totalidad de España vive una existencia moral e intelectualmente sórdida, chabacana, exenta de vibraciones y ejemplos impulsores. La autonomía regional traería consigo la multiplicación de la capitalidad. Tallaría en el plasma nacional varios organismos enteros, con su corazón y su cerebro, su selección de minorías egregias y el refinamiento consiguiente de todas las potencias espirituales que harían la existencia local más rica, más llena de afanes hacia un tipo superior de sociedad española.

6.ª Que la provincia sea lo menos provincia y lo más capital posible: esto es lo que importa conseguir. Padecemos de un ruralismo, de un aldeanismo superlativos, que es preciso contrarrestar con esta multiplicación de capitalidades. Es preciso crear nueve o diez centros vigorosos que exciten la vida comarcana, capaces por la extensión de tierras y hombres que representan de sentir el orgullo de sí mismos y acometer empresas de gran envergadura.

He aquí una primera serie de razones. Veamos ahora la que resulta partiendo de la otra gran cuestión: la necesidad de que las instituciones nacionales —Gobierno y Parlamento— gocen del prestigio imprescindible.

El Sol, 10 de enero de 1926