Ortega y Gasset
Abstract
An essay on Azorín as an inversion of perspective: the minuscule takes the foreground and the monumental becomes ornament. From this Ortega attacks a philosophy of history ‘sick with panlogism’, which presents human life as the evolution of colossal abstract ideas: it gives only a rational interpretation, while the vital text — the contractions of my heart, this solitude of mine — stays outside it and is for each of us the first thing in the universe.
Connections
Assi: Senso della storia, Statuto del reale
Posizioni: la vita come realtà radicale, dialettica dello spirito
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En Azorín no hay nada solemne, majestuoso, altisonante. Su arte se insinúa hasta aquel estrato profundo de nuestro ánimo donde habitan estas menudas emociones tornasoladas. No le interesan las grandes líneas que, mirada la trayectoria del hombre en sintética visión, se desarrollan serenas, simples y magníficas, como el perfil de una serranía. Es todo lo contrario de un «filósofo de la historia». Por una genial inversión de la perspectiva, lo minúsculo, lo atómico, ocupa el primer rango en su panorama, y lo grande, lo monumental, queda reducido a un breve ornamento.
Deja pasar Azorín ante su faz muda, inexpresiva, casi inerte, cuanto pretende representar primeros papeles en la escena de la vida: los grandes hombres, los magnos acontecimientos, las ruidosas pasiones. Todo esto resbala sobre su sensibilidad. De pronto notamos un breve temblor en sus labios prietos, una suave iluminación en su pupila; adelanta la mano, señala con el índice a un punto del paisaje humano. Seguimos la indicación y hallamos… esto: un pueblecito —un nombre desconocido u olvidado—, un detalle del cuadro famoso que solíamos desapercibir —una frase vívida que naufragaba en la prosa vana de un libro. Como con unas pinzas sujeta Azorín ese mínimo hecho humano, lo destaca en primer término sobre el fondo gigante de la vida y lo hace reverberar al sol.
Esta inversión de la perspectiva es, cuando menos transitoriamente, de clara utilidad. Obran sobre nosotros cien años de política y de pedagogía, que son dos disciplinas de insinceridad. El político para convencernos y el pedagogo para mejorarnos, nos habitúan a no percibir nuestra realidad íntima. Como nos han predicado tanto que debe preocuparnos más que nada el Progreso, la Humanidad y la Democracia, hemos llegado a creer de buena fe que, en efecto, son tales esquemáticos objetos lo que más nos importa sobre la Tierra. Pero esto es una ilusión que respecto a nosotros mismos padecemos. Como Heine escribía «no sabemos a menudo qué es lo que nos duele. Nos quejamos de un lado y es el otro quien sufre. ¡Señora, yo tengo dolor de muelas en el corazón!» Así es frecuente que ululemos por la Democracia cuando, en verdad, sentimos una ambición insatisfecha o una pena de amor.
Enferma de panlogismo, la filosofía de la historia nos presenta la vida humana como una evolución de ciertas ideas colosales y abstractas. Dadas sus intenciones particulares, es justo que proceda de tal modo esta ciencia alentadora. Pero no lo tomemos muy en serio; lo que ella nos muestra no es la vida, sino ciertas consecuencias de la vida, lo que en un determinado sentido —el orden de la justicia, de la verdad, de la tolerancia— va decantando la vida.
Sobre el área de la existencia resbala el vértice sanguinolento de nuestro corazón, y sus convulsiones le hacen martillear en la superficie vital, dejando en ella como un pespunte de momentáneas angustias y exultaciones. De la misma suerte, el aparato Morse va dejando en la cinta su huella de puntos y rayas, que luego interpreta el telegrafista dándoles un sentido racional. Pero toda interpretación es una suplantación, no es nunca el texto mismo. La filosofía de la historia da una interpretación racional de la vida mas el texto vital queda fuera de ella: el texto vital se compone de las dilataciones y contracciones de mi víscera cordial —es esta sensación de radical soledad que ahora resuena dentro de mí como un alarido en una infinita oquedad desierta—, es aquella iluminación subitánea en que el mundo pareció flotar cuando entre los rumores de la fiesta la voz amada, la voz que era un hilo de plata, vertió en mi oído la esencia de una palabra… La filosofía de la historia no se ocupa de nada de esto: pasa sobre mi corazón y sobre el tuyo, lector, y sobre tantos otros, imperturbable, como un elefante sobre las temblorosas margaritas del prado. ¡Ah! Y esta vida inmediata, estas emociones de cada uno son para cada uno lo primero en el universo. Quiera o no. Todo lo demás es secundario, y sólo es en tanto que se apoya en nuestro corazón y en él se articula.
Y, sin embargo, de nada nos ocupamos menos que de esa vida nuestra. ¿Qué hicimos de la alegría de ayer y de la amargura de esta mañana? Conforme fueron íbamos dejando morir, instante tras instante, nuestros vitales momentos. Cada individuo es como un ser múltiple que avanza dejando a cada paso, tendido sobre el polvo, un compañero interior. La divina alegría que danza, la tullida tristeza, la hora de plenitud y la hora en que todo es ausente… Allá queda, bajo la tolvanera del camino, todo nuestro existir: primero la rosa, luego el harapo…
Pero, ¿muere, en efecto, ese íntimo ayer? Cuando llegamos a la madurez nuestro yo juvenil no ha expirado todavía: nada muere en el hombre mientras no muere el hombre entero. El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón. Dante diría per il lago del cor. Recordar es volver la vista al yo pretérito y hallarlo aún vivo y vibrátil como un dardo que sigue en el aire su carrera cuando el brazo que lo lanzó ya descansa. Aquella dolencia de amor que dio una puñalada en nuestra mocedad renueva su dolor, bien que suave y espectral, siempre que nos viene a la memoria, y otras veces un aroma vagaroso, una vieja música errabunda, que la brisa empuja hasta nuestro oído, parece desalojar de la conciencia todo nuestro yo actual y sustituirlo por una época pasada de nosotros mismos, que torna a la existencia como un audaz resucitado.
Pienso que no debiera llamarse culto sino al hombre que ha tomado posesión de todo sí mismo. Cultura es fidelidad consigo mismo, una actitud de religioso respeto hacia nuestra propia y personal vida. Decía Goethe que no podía estimar a un hombre que no llevase un diario de sus jornadas. El detalle del diario puede abandonarse; pero reservemos la aguda verdad diamantina que envuelve esa frase. Un ser que desprecia su propia realidad no puede verdaderamente estimar nada ni haber en él nada verdad. Sus ideas, sus actos, sus palabras tendrán sólo una calidad ilusoria: no serán nunca lo que aparentan ser. No por su contenido son reales mi fe o mi duda, sino como trozos de mi vida personal. Un hombre que no cree en sí mismo no puede creer en Dios.
La norma de llevar un diario que Goethe nos propone es muy significativa. Equivale a la indicación de que no dejemos trasvolar nuestro ayer sin subrayarlo, y que el mañana, saliéndonos al encuentro, nos halle prevenidos, bien dispuestos los odres para recibir lo que nos traiga. Dando de este modo frecuente reviviscencia a todo lo que fuimos y lo que aspiramos a ser, vivimos en actual y plenaria posesión de nuestra vida y la hacemos gravitar íntegra sobre cada hora transeúnte.
Yo creo que todo hombre superior ha tenido esta facultad de asistir a su propia existencia, de vivir un poco inclinado sobre su propia vida, en actitud a la vez de espectador exigente y de investigador alerta, pronto a corregir una desviación o desperfecto, presto al aplauso y al silbido. Y esto debe ser la vida de cada cual: a la vez un armonioso espectáculo y un valiente experimento.
Pero ¿no suena todo ello a inactualidad? Nada es tan ajeno a la conciencia superficial que hoy rige el mundo como estos afanes y cuidados propios a la cultura de la persona. En estos tiempos que cuentan con complicadas técnicas para todo, sólo se hace una cosa al buen tuntún: vivir. Así ha llegado la individualidad humana al más extremo rebajamiento —a la cultura democrática[53].
In Azorín there is nothing solemn, majestic, high-sounding. His art insinuates itself down to that deep stratum of our spirit where these tiny iridescent emotions dwell. He is not interested in the great lines which, when man’s trajectory is viewed in synthetic vision, develop serene, simple and magnificent, like the profile of a mountain range. He is the exact opposite of a ‘philosopher of history’. By a genius inversion of perspective, the minuscule, the atomic, occupies the first rank in his panorama, and the great, the monumental, is reduced to a brief ornament.
Azorín lets pass before his mute, inexpressive, almost inert face all that claims to play leading roles on the stage of life: the great men, the great events, the noisy passions. All this slides over his sensibility. Suddenly we notice a brief tremor in his tight lips, a soft illumination in his pupil; he advances his hand, points with his index finger to a spot in the human landscape. We follow the indication and find… this: a little village —an unknown or forgotten name—, a detail of the famous painting we used to overlook —a vivid phrase that was shipwrecked in the vain prose of a book. As with tweezers Azorín grasps that minimal human fact, sets it in the foreground against the giant backdrop of life and makes it reverberate in the sun.
This inversion of perspective is, at least transitorily, of clear utility. A hundred years of politics and pedagogy, which are two disciplines of insincerity, work upon us. The politician to convince us and the pedagogue to improve us accustom us to not perceiving our intimate reality. Since they have preached so much to us that what should concern us above all is Progress, Humanity and Democracy, we have come to believe in good faith that, in effect, such schematic objects are what matter most to us on Earth. But this is an illusion we suffer with regard to ourselves. As Heine wrote ‘we often do not know what it is that pains us. We complain of one side and it is the other that suffers. Madame, I have a toothache in my heart!’ Thus it is frequent that we howl for Democracy when, in truth, we feel an unsatisfied ambition or a sorrow of love.
Sick with panlogism, the philosophy of history presents human life to us as an evolution of certain colossal and abstract ideas. Given its particular intentions, it is just that this encouraging science proceed in such a manner. But let us not take it very seriously; what it shows us is not life, but certain consequences of life, what in a determinate sense —the order of justice, of truth, of tolerance— life goes on decanting.
Over the area of existence slides the blood-stained apex of our heart, and its convulsions make it hammer upon the vital surface, leaving on it like a stitching of momentary anxieties and exultations. In the same way, the Morse apparatus leaves on the tape its trace of dots and dashes, which the telegraphist later interprets giving them a rational meaning. But every interpretation is a supplantation; it is never the text itself. The philosophy of history gives a rational interpretation of life, but the vital text remains outside it: the vital text is composed of the dilations and contractions of my cordial viscera —it is this sensation of radical solitude that now resounds within me like a howl in an infinite deserted hollow—, it is that sudden illumination in which the world seemed to float when, amid the murmurs of the feast, the beloved voice, the voice that was a thread of silver, poured into my ear the essence of a word… The philosophy of history concerns itself with none of this: it passes over my heart and over yours, reader, and over so many others, imperturbable, like an elephant over the trembling daisies of the meadow. Ah! And this immediate life, these emotions of each one are for each one the first thing in the universe. Willing or not. Everything else is secondary, and is only insofar as it rests upon our heart and in it is articulated.
And yet, of nothing do we concern ourselves less than of that life of ours. What did we make of yesterday’s joy and of this morning’s bitterness? As they passed we went letting die, instant after instant, our vital moments. Each individual is like a multiple being that advances leaving at each step, stretched upon the dust, an inner companion. The divine joy that dances, the crippled sadness, the hour of plenitude and the hour in which everything is absent… There it remains, under the dust cloud of the road, all our existing: first the rose, then the rag…
But does that intimate yesterday really die? When we reach maturity our youthful self has not yet expired: nothing dies in man while the whole man does not die. The past self, what yesterday we felt and thought, alive, endures in a subterranean existence of the spirit. It is enough that we disengage from the urgent present for all that past of ours to rise to the flower of the soul and begin again to resound. With a word of beautiful etymological contours we say that we remember it —that is, that we make it pass again through the estuary of our heart. Dante would say per il lago del cor. To remember is to turn the gaze to the past self and find it still alive and vibrant like a dart that continues its course in the air when the arm that launched it already rests. That love-sickness which gave a stab in our youth renews its pain, though soft and spectral, whenever it comes to mind, and at other times a vagrant aroma, an old wandering music, which the breeze pushes to our ear, seems to dislodge from consciousness all our present self and replace it with a past epoch of ourselves, which returns to existence like a bold risen one.
I think that only he who has taken possession of all of himself should be called cultured. Culture is fidelity to oneself, an attitude of religious respect toward our own and personal life. Goethe said he could not esteem a man who did not keep a diary of his days. The detail of the diary may be abandoned; but let us reserve the sharp diamond truth that phrase wraps. A being who despises his own reality cannot truly esteem anything nor be there anything true in him. His ideas, his acts, his words will have only an illusory quality: they will never be what they appear to be. Not by their content are my faith or my doubt real, but as pieces of my personal life. A man who does not believe in himself cannot believe in God.
The rule of keeping a diary that Goethe proposes to us is very significant. It is equivalent to the indication that we not let our yesterday fly past without underlining it, and that tomorrow, coming to meet us, find us forewarned, the wineskins well disposed to receive what it brings us. Giving in this way frequent reviviscence to all that we were and that we aspire to be, we live in actual and full possession of our life and make it gravitate wholly over each passing hour.
I believe that every superior man has had this faculty of attending his own existence, of living a little bent over his own life, in an attitude at once of exacting spectator and of alert researcher, ready to correct a deviation or flaw, prompt to applause and to hiss. And this should be the life of each one: at once a harmonious spectacle and a brave experiment.
But does not all this sound like inactuality? Nothing is so alien to the superficial consciousness that today rules the world as these strivings and cares proper to the culture of the person. In these times that count on complicated techniques for everything, only one thing is done haphazardly: living. Thus has human individuality reached the most extreme abasement —to democratic culture[53].
In Azorín non vi è nulla di solenne, maestoso, altisonante. La sua arte si insinua fino a quello strato profondo del nostro animo dove abitano queste minute emozioni cangianti. Non lo interessano le grandi linee che, guardata la traiettoria dell’uomo in visione sintetica, si sviluppano serene, semplici e magnifiche, come il profilo di una serranía. È tutto il contrario di un «filosofo della storia». Per una geniale inversione della prospettiva, il minuscolo, l’atomico, occupa il primo rango nel suo panorama, e il grande, il monumentale, resta ridotto a un breve ornamento.
Lascia passare Azorín davanti alla sua faccia muta, inespressiva, quasi inerte, quanto pretende rappresentare prime parti nella scena della vita: i grandi uomini, i magni avvenimenti, le rumorose passioni. Tutto ciò scivola sulla sua sensibilità. A un tratto notiamo un breve tremore nelle sue labbra strette, una dolce illuminazione nella sua pupilla; avanza la mano, segna con l’indice un punto del paesaggio umano. Seguiamo l’indicazione e troviamo… questo: un paesino —un nome sconosciuto o dimenticato—, un dettaglio del quadro famoso che solevamo non scorgere —una frase vivida che naufragava nella prosa vana di un libro. Come con delle pinze tiene Azorín quel minimo fatto umano, lo mette in primo piano sullo sfondo gigante della vita e lo fa riverberare al sole.
Questa inversione della prospettiva è, quando meno transitoriamente, di chiara utilità. Operano su di noi cento anni di politica e di pedagogia, che sono due discipline di insincerità. Il politico per convincerci e il pedagogo per migliorarci, ci abituano a non percepire la nostra realtà intima. Poiché ci hanno tanto predicato che deve preoccuparci più di ogni cosa il Progresso, l’Umanità e la Democrazia, siamo giunti a credere in buona fede che, in effetti, siano tali schematici oggetti ciò che più ci importa sulla Terra. Ma questa è un’illusione che patiamo rispetto a noi stessi. Come scriveva Heine «non sappiamo spesso che cosa sia ciò che ci duole. Ci lamentiamo di un lato ed è l’altro che soffre. Signora, io ho il mal di denti nel cuore!» Così è frequente che ululiamo per la Democrazia quando, in verità, sentiamo un’ambizione insoddisfatta o una pena d’amore.
Malata di panlogismo, la filosofia della storia ci presenta la vita umana come un’evoluzione di certe idee colossali e astratte. Date le sue particolari intenzioni, è giusto che proceda in tal modo questa scienza incoraggiante. Ma non prendiamola molto sul serio; ciò che essa ci mostra non è la vita, ma certe conseguenze della vita, ciò che in un determinato senso —l’ordine della giustizia, della verità, della tolleranza— va decantando la vita.
Sull’area dell’esistenza scivola il vertice sanguinolento del nostro cuore, e le sue convulsioni lo fanno martellare sulla superficie vitale, lasciando in essa come un’imbastitura di momentanee angosce ed esultazioni. Allo stesso modo, l’apparecchio Morse va lasciando sul nastro la sua impronta di punti e linee, che poi interpreta il telegrafista dando loro un senso razionale. Ma ogni interpretazione è una supplantazione, non è mai il testo stesso. La filosofia della storia dà un’interpretazione razionale della vita, ma il testo vitale resta fuori di essa: il testo vitale si compone delle dilatazioni e contrazioni della mia viscera cordiale —è questa sensazione di radicale solitudine che ora risuona dentro di me come un urlo in una infinita cavità deserta—, è quella illuminazione subitanea in cui il mondo parve fluttuare quando tra i rumori della festa la voce amata, la voce che era un filo d’argento, versò nel mio orecchio l’essenza di una parola… La filosofia della storia non si occupa di nulla di tutto questo: passa sul mio cuore e sul tuo, lettore, e su tanti altri, imperturbabile, come un elefante sulle tremolanti margherite del prato. Ah! E questa vita immediata, queste emozioni di ciascuno sono per ciascuno la prima cosa nell’universo. Voglia o no. Tutto il resto è secondario, ed è soltanto in quanto si appoggia sul nostro cuore e in esso si articola.
E, tuttavia, di nulla ci occupiamo meno che di quella vita nostra. Che cosa abbiamo fatto della gioia di ieri e dell’amarezza di questa mattina? Man mano che passavano andavamo lasciando morire, istante dopo istante, i nostri momenti vitali. Ogni individuo è come un essere multiplo che avanza lasciando a ogni passo, disteso sulla polvere, un compagno interiore. La divina gioia che danza, la storpia tristezza, l’ora di pienezza e l’ora in cui tutto è assente… Laggiù resta, sotto la nube di polvere del cammino, tutto il nostro esistere: prima la rosa, poi lo straccio…
Ma, muore, in effetti, quell’intimo ieri? Quando giungiamo alla maturità il nostro io giovanile non è ancora spirato: nulla muore nell’uomo finché non muore l’uomo intero. L’io passato, ciò che ieri sentimmo e pensammo, vivo perdura in un’esistenza sotterranea dello spirito. Basta che ci disinteressiamo dell’urgente attualità perché ascenda a fior d’anima tutto quel nostro passato e si metta di nuovo a risuonare. Con una parola di bei contorni etimologici diciamo che lo ricordiamo —cioè, che lo facciamo ripassare per l’estuario del nostro cuore. Dante direbbe per il lago del cor. Ricordare è rivolgere lo sguardo all’io preterito e trovarlo ancora vivo e vibratile come un dardo che continua nell’aria la sua corsa quando il braccio che lo lanciò già riposa. Quella malattia d’amore che diede una pugnalata nella nostra giovinezza rinnova il suo dolore, ben che dolce e spettrale, ogni volta che ci viene alla memoria, e altre volte un aroma vagabondo, una vecchia musica errante, che la brezza spinge fino al nostro orecchio, sembra sloggiare dalla coscienza tutto il nostro io attuale e sostituirlo con un’epoca passata di noi stessi, che torna all’esistenza come un audace risuscitato.
Penso che non si dovrebbe chiamare culto se non l’uomo che ha preso possesso di tutto sé stesso. Cultura è fedeltà con sé stessi, un atteggiamento di religioso rispetto verso la nostra propria e personale vita. Diceva Goethe che non poteva stimare un uomo che non tenesse un diario delle sue giornate. Il dettaglio del diario può abbandonarsi; ma conserviamo l’acuta verità diamantina che avvolge quella frase. Un essere che disprezza la propria realtà non può veramente stimare nulla né esservi in lui nulla di vero. Le sue idee, i suoi atti, le sue parole avranno soltanto una qualità illusoria: non saranno mai ciò che appaiono essere. Non per il loro contenuto sono reali la mia fede o il mio dubbio, ma come pezzi della mia vita personale. Un uomo che non crede in sé stesso non può credere in Dio.
La norma di tenere un diario che Goethe ci propone è molto significativa. Equivale all’indicazione che non lasciamo trasvolare il nostro ieri senza sottolinearlo, e che il domani, venendoci incontro, ci trovi prevenuti, ben disposti gli otri per ricevere ciò che ci porta. Dando in questo modo frequente riviviscenza a tutto ciò che fummo e che aspiriamo a essere, viviamo in attuale e piena possessione della nostra vita e la facciamo gravitare integra su ogni ora transeunte.
Io credo che ogni uomo superiore abbia avuto questa facoltà di assistere alla propria esistenza, di vivere un po’ chinato sulla propria vita, in atteggiamento a un tempo di spettatore esigente e di ricercatore vigile, pronto a correggere una deviazione o un difetto, presto all’applauso e al fischio. E questo deve essere la vita di ciascuno: a un tempo un armonioso spettacolo e un coraggioso esperimento.
Ma non suona tutto ciò a inattualità? Nulla è tanto estraneo alla coscienza superficiale che oggi regge il mondo come questi aneliti e cure propri alla cultura della persona. In questi tempi che contano su complicate tecniche per tutto, si fa soltanto una cosa alla carlona: vivere. Così è giunta l’individualità umana al più estremo abbassamento —alla cultura democratica[53].