Ortega y Gasset

Abstract

A piece on the art critic Julius Meier-Graefe, an occasion to attack imperial Germany as a ‘factory of falsifications’: there is an imperialist science, music and painting, and German conservatives are right to fear impressionism, because in seeking the truth of one element of a culture one risks finding the truth of all the rest. Art criticism and political polemic.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La sensibilidad política de las naciones cultas es tan aguda que, al rozar, a lo mejor, cosas muy remotas aparentemente de los negocios gubernamentales, se solivianta y estremece. Algo de esto ocurre en Alemania, donde no sólo el gran rebaño filisteo, sino también muchos sabios y artistas, miran al impresionismo pictórico como a un enemigo de la patria. Muestra semejante fenómeno el vicio nacionalista de la intolerancia: en este sentido merece, como todo nacionalismo, exquisito desprecio. Mas, por otra parte, es síntoma de una cultura todavía robusta, vivida e integral, de una visión del mundo compacta y tan elástica, que a la menor conmoción de uno de sus extremos se propaga por toda ella galvanizándola. Y efectivamente, no andan desorientados los filisteos cuando acusan al impresionismo de disolvente, de corruptor de las sustancias imperialistas que dan una cohesión antihistórica, violenta, al vario enjambre de pueblos germánicos. El Imperio alemán, como esas viviendas lacustres asentadas sobre el légamo enfermizo y movible, está construido sobre lo culturalmente falso. La labor educativa alemana es hoy —¡no hablo de ayer!— una fábrica de falsificaciones. Desde los jardines de la infancia hasta los seminarios de las Universidades hállase montada una gigantesca industria para falsificar hombres y convertirlos en servidores del Imperio. Hay una ciencia imperialista, una música nacionalista, una literatura celestina, una pintura idealizante y enervadora que operan sin descanso sobre la economía espiritual de los alemanes y han logrado embotar los rudos instintos de veracidad que caracterizan la acción histórica de aquella otra raza bárbara, es decir, nueva, y aún no cómplice, cuya rápida victoria fue una irrupción de virtudes inéditas.

Es tan grande la solidaridad que existe entre los elementos de la cultura, que buscando la verdad de uno de ellos, se corre el peligro de hallar la de todos los demás. Por eso saben muy bien los conservadores alemanes que si se fomenta la pintura verista —cuya fórmula acaso excesiva, incontinente y mística es el impresionismo— no tardará mucho en descubrirse la verdad moral sobre las páginas de los libros y en votarse la verdad política en los comicios. Véase de qué manera este inocente ejercicio de pintar unas manzanas o unas patatas según Dios las crió —como hizo Cézanne treinta años seguidos un día tras otro— puede abrir la primera brecha en la muralla de falsificaciones, dentro de la cual se ha hecho fuerte el más fuerte Imperio actual.

Pero frente a esta Alemania de hoy está la otra Alemania, la de ayer y de mañana, la de siempre. Y esta Alemania no muere; si muriera, fenecerían a la par las únicas posibilidades que quedan sobre Europa de un futuro digno de ser vivido. La tradición de Leibniz, Herder, Kant y Virchow sigue fluyendo so la tierra imperializada, violentada, y encuentra siempre manadero en hombres entusiastas que os serán señalados, si allá vais, como hombres peligrosos, enemigos de la Constitución.

En estos días ha pasado por Madrid un alemán de este estilo: Julius Meier-Graefe, crítico de pintura, impresionista exacerbado y, por tanto, ciudadano díscolo y temible. En la briosa cruzada que comienza a levantarse en Alemania para defender la verdad artística lleva Meier-Graefe una pica de vanguardia. Y ha sido tan osado, que hace cuatro o cinco años publicó un libro, El caso Boecklin, donde se maldecía descaradamente del pintor más famoso entre los que han favorecido la mentira imperial. ¡Boecklin! ¡Nombre sagrado para las muchachas alemanas! Ante sus cuadros dulces, ingeniosos, pintados, más que con sus colores, con ideas generales, con blandos lugares comunes espumados del hervor romántico, las doncellitas bárbaras, de carnes tan blancas y tan quietas, de almas góticas y hacendosas, que llevan miel sobre las pestañas y una abeja en el corazón, se han conmovido suavemente y han soñado otro mundo más vago, más fácil, más lleno de casualidades que el verdadero, un mundo, en fin, donde reine perennemente el feudalismo. ¿Qué otro arte puede placer a estas criaturitas de nervios inexpertos y que no han pasado de un erotismo elemental? El imperialismo alemán usa de los cien metros cuadrados de tela que haya podido pintar Boecklin, como de una pantalla que intercepta la visión de la vida real, terriblemente precisa y sin equívocos, «de este valle de lágrimas —según decía Sancho—, de este mal mundo que tenemos, adonde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería», de este reino del hambre y del hartura, de la frivolidad y la desesperación, que cuanto peor sea más tendrá que arreglar, y más graves convulsiones serán forzosas para enmendarlo. Porque a la postre, lector, son los cuadros de Boecklin una enorme pantalla con que se intenta tapar el socialismo.

No quería hoy hacer otra cosa, sino enviar un saludo agradecido a Meier-Graefe, que tan discretas cosas ha dicho sobre el impresionismo de nuestros viejos pintores. Tenemos en la confusión de nuestros Museos y en la lobreguez de claustros y capillas las más hondas enseñanzas de veracidad estética que acaso haya en Europa. Los grandes pintores del siglo XIX han venido a aprender a estas escuelas de naturalidad, y tornando a sus patrias han abierto una nueva era en la pintura. Manet —ha dicho Meier-Graefe— enseña al hombre actual lo que hay en Velázquez de perenne. Cézanne sirve como una introducción al Greco. Es lástima que no se haya intentado en España una Exposición retrospectiva de la pintura extranjera en el siglo pasado. Y es lástima, asimismo, que ninguna casa editorial emprenda una traducción de la «Evolución del arte moderno», obra capital de Meier-Graefe.

El Imparcial, 19 de julio de 1908

The political sensitivity of the cultured nations is so acute that, on touching, perhaps, things very remote apparently from governmental affairs, it becomes agitated and shudders. Something of this occurs in Germany, where not only the great philistine herd, but also many scholars and artists, look at pictorial impressionism as at an enemy of the fatherland. Such a phenomenon shows the nationalist vice of intolerance: in this sense it deserves, like every nationalism, exquisite contempt. But, on the other hand, it is a symptom of a culture still robust, lived and integral, of a vision of the world compact and so elastic, that at the least commotion of one of its extremes it propagates through all of it galvanizing it. And in effect, the philistines are not disoriented when they accuse impressionism of being a dissolvent, a corrupter of the imperialist substances that give an antihistorical, violent cohesion to the varied swarm of Germanic peoples. The German Empire, like those lake dwellings settled upon the sickly and mobile mire, is built upon what is culturally false. The German educational labour is today —I do not speak of yesterday!— a factory of falsifications. From the kindergartens to the seminars of the Universities there is mounted a gigantic industry for falsifying men and converting them into servants of the Empire. There is an imperialist science, a nationalist music, a procuring literature, an idealizing and enervating painting that operate without rest on the spiritual economy of the Germans and have managed to blunt the rude instincts of veracity that characterize the historical action of that other barbarous race, that is, new, and still not an accomplice, whose rapid victory was an irruption of unpublished virtues.

So great is the solidarity that exists between the elements of culture, that in seeking the truth of one of them, one runs the danger of finding that of all the others. That is why the German conservatives know very well that if verist painting is fostered —whose formula perhaps excessive, incontinent and mystical is impressionism— it will not take long for the moral truth to be discovered on the pages of books and for the political truth to be voted in the assemblies. See in what manner this innocent exercise of painting some apples or some potatoes as God created them —as Cézanne did thirty years running, one day after another— can open the first breach in the wall of falsifications, within which the strongest current Empire has made itself strong.

But facing this Germany of today there is the other Germany, that of yesterday and tomorrow, that of always. And this Germany does not die; if it died, the only possibilities remaining over Europe of a future worthy of being lived would perish at once. The tradition of Leibniz, Herder, Kant and Virchow continues flowing under the imperialized, violated earth, and always finds a spring in enthusiastic men who will be pointed out to you, if you go there, as dangerous men, enemies of the Constitution.

In these days a German of this style has passed through Madrid: Julius Meier-Graefe, painting critic, exacerbated impressionist and, therefore, a fractious and fearsome citizen. In the spirited crusade that is beginning to rise in Germany to defend artistic truth Meier-Graefe carries a vanguard pike. And he has been so daring, that four or five years ago he published a book, The case Boecklin, where the most famous painter among those who have favoured the imperial lie was shamelessly cursed. Boecklin! Sacred name for the German girls! Before his sweet, ingenious canvases, painted, more than with his colours, with general ideas, with soft commonplaces foamed from the romantic boiling, the barbarous maidens, of flesh so white and so still, of Gothic and industrious souls, who carry honey on their eyelashes and a bee in their heart, have been gently moved and have dreamed another world more vague, more easy, more full of chance than the true one, a world, in short, where feudalism reigns perennially. What other art can please these little creatures of inexperienced nerves and who have not passed beyond an elementary eroticism? German imperialism uses of the hundred square metres of canvas that Boecklin may have painted, as of a screen that intercepts the vision of real life, terribly precise and without equivocations, ‘of this valley of tears —as Sancho used to say—, of this evil world that we have, where scarcely is found a thing that is without a mixture of wickedness, deceit and roguery’, of this kingdom of hunger and satiety, of frivolity and despair, which the worse it is the more it will have to arrange, and the more serious convulsions will be forced in order to mend it. Because in the end, reader, the canvases of Boecklin are an enormous screen with which one tries to cover up socialism.

I did not want today to do anything else but send a grateful greeting to Meier-Graefe, who has said such discreet things about the impressionism of our old painters. We have in the confusion of our Museums and in the gloom of cloisters and chapels the deepest teachings of aesthetic veracity that there perhaps are in Europe. The great painters of the nineteenth century have come to learn at these schools of naturalness, and returning to their homelands they have opened a new era in painting. Manet —Meier-Graefe has said— teaches the man of today what there is of perennial in Velázquez. Cézanne serves as an introduction to El Greco. It is a pity that a retrospective Exhibition of foreign painting in the past century has not been attempted in Spain. And it is a pity, likewise, that no publishing house undertakes a translation of the ‘Evolution of Modern Art’, capital work of Meier-Graefe.

El Imparcial, 19 July 1908

La sensibilità politica delle nazioni colte è tanto acuta che, al toccare, magari, cose molto remote apparentemente dagli affari governativi, si solleva e si scuote. Qualcosa di questo accade in Germania, dove non solo il grande gregge filisteo, ma anche molti sapienti e artisti, guardano all’impressionismo pittorico come a un nemico della patria. Mostra siffatto fenomeno il vizio nazionalista dell’intolleranza: in questo senso merita, come ogni nazionalismo, squisito disprezzo. Ma, d’altra parte, è sintomo di una cultura ancora robusta, vissuta e integrale, di una visione del mondo compatta e tanto elastica, che alla minima commozione di una delle sue estremità si propaga per tutta essa galvanizzandola. E in effetti, non vanno disorientati i filistei quando accusano l’impressionismo di dissolvente, di corruttore delle sostanze imperialiste che danno una coesione antistorica, violenta, al vario sciame di popoli germanici. L’Impero tedesco, come quelle abitazioni lacustri assestate sul limo malaticcio e mobile, è costruito sopra il culturalmente falso. La laboriosità educativa tedesca è oggi —non parlo di ieri!— una fabbrica di falsificazioni. Dai giardini d’infanzia fino ai seminari delle Università si trova montata una gigantesca industria per falsificare uomini e convertirli in servitori dell’Impero. C’è una scienza imperialista, una musica nazionalista, una letteratura mezzana, una pittura idealizzante e snervante che operano senza riposo sull’economia spirituale dei tedeschi e sono riuscite a ottundere i rozzi istinti di veracità che caratterizzano l’azione storica di quell’altra razza barbara, cioè nuova, e ancora non complice, la cui rapida vittoria fu un’irruzione di virtù inedite.

È tanto grande la solidarietà che esiste tra gli elementi della cultura, che cercando la verità di uno di essi, si corre il pericolo di trovare quella di tutti gli altri. Perciò sanno molto bene i conservatori tedeschi che se si favorisce la pittura verista —la cui formula forse eccessiva, incontinente e mistica è l’impressionismo— non tarderà molto a scoprirsi la verità morale sulle pagine dei libri e a votarsi la verità politica nei comizi. Si veda in che maniera questo innocente esercizio di dipingere alcune mele o alcune patate come Dio le creò —come fece Cézanne trent’anni seguiti un giorno dopo l’altro— può aprire la prima breccia nella muraglia di falsificazioni, dentro la quale si è fatto forte il più forte Impero attuale.

Ma di fronte a questa Germania di oggi c’è l’altra Germania, quella di ieri e di domani, quella di sempre. E questa Germania non muore; se morisse, perirebbero a un tempo le uniche possibilità che restano sull’Europa di un futuro degno di essere vissuto. La tradizione di Leibniz, Herder, Kant e Virchow segue fluendo sotto la terra imperializzata, violentata, e trova sempre sorgente in uomini entusiasti che vi saranno segnalati, se lì andrete, come uomini pericolosi, nemici della Costituzione.

In questi giorni è passato per Madrid un tedesco di questo stile: Julius Meier-Graefe, critico di pittura, impressionista esacerbato e, quindi, cittadino discolo e temibile. Nella briosa crociata che comincia a levarsi in Germania per difendere la verità artistica porta Meier-Graefe una picca d’avanguardia. Ed è stato tanto audace, che quattro o cinque anni fa pubblicò un libro, Il caso Böcklin, dove si malediceva spudoratamente del pittore più famoso tra quelli che hanno favorito la menzogna imperiale. Böcklin! Nome sacro per le ragazze tedesche! Dinanzi ai suoi quadri dolci, ingegnosi, dipinti, più che con i suoi colori, con idee generali, con molli luoghi comuni schiumati dal ribollire romantico, le donzelle barbare, di carni tanto bianche e tanto quiete, di anime gotiche e operose, che portano miele sulle ciglia e un’ape nel cuore, si sono commosse dolcemente e hanno sognato un altro mondo più vago, più facile, più pieno di casualità del vero, un mondo, in fine, dove regni perennemente il feudalesimo. Quale altro arte può piacere a queste creaturine di nervi inesperti e che non sono passate da un erotismo elementare? L’imperialismo tedesco usa dei cento metri quadrati di tela che abbia potuto dipingere Böcklin, come di uno schermo che intercetta la visione della vita reale, terribilmente precisa e senza equivoci, «di questa valle di lacrime —secondo diceva Sancio—, di questo mal mondo che abbiamo, dove appena si trova cosa che sia senza mescolanza di malizia, imbroglio e birboneria», di questo regno della fame e della sazietà, della frivolità e della disperazione, che quanto peggiore sia più avrà da accomodare, e più gravi convulsioni saranno forzose per emendarlo. Perché alla fin fine, lettore, sono i quadri di Böcklin un enorme schermo con cui si tenta di tappare il socialismo.

Non volevo oggi fare altra cosa, se non inviare un saluto grato a Meier-Graefe, che tanto discrete cose ha detto sull’impressionismo dei nostri vecchi pittori. Abbiamo nella confusione dei nostri Musei e nella lividità di chiostri e cappelle le più profonde insegnanze di veracità estetica che forse ci sia in Europa. I grandi pittori del secolo XIX sono venuti a imparare a queste scuole di naturalità, e tornando alle loro patrie hanno aperto una nuova era nella pittura. Manet —ha detto Meier-Graefe— insegna all’uomo attuale ciò che c’è di perenne in Velázquez. Cézanne serve come un’introduzione al Greco. È peccato che non si sia tentata in Spagna una Esposizione retrospettiva della pittura straniera nel secolo passato. Ed è peccato, altresì, che nessuna casa editrice intraprenda una traduzione dell’«Evoluzione dell’arte moderna», opera capitale di Meier-Graefe.

El Imparcial, 19 luglio 1908